31/12/11

BAILE DE MARIPOSAS

Dejo aquí el relato de despedida del año y de Euro-pa-labra alcanzada por los recortes.

Nada más verla acercarse, la cogió de la mano y la arrastró detrás del mostrador de Coca- Cola. Ella intentó hablar, pero él le tapó la boca. Le bajó la malla violeta y entró en su cuerpo con un deseo olvidado después de tantos años de rutina. Se incorporó al dar los cuartos, con una serpentina sobre la cabeza. Subía la cremallera de su pantalón, cuando se encontró de frente con la otra mariposa. Dos cuencos de uvas temblonas en cada mano y el anillo brillando en el anular.

¡¡¡Que este año que comienza, recojáis todos una buena cosecha de relatos!!!



28/12/11

AVISO PARA TIERNOS INFANTES

Imagen tomada de la red.


Todos los años por estas fechas, algunos padres sacan del armario el traje de tonto. Los ves en pleno centro de Madrid con una cornamenta en la cabeza (esta temporada se lleva más la de forro marrón que la de lucecitas), una espiral con borla, o una chimenea con un Papa Noel colándose, no sabemos si con la intención de dejar regalos, robar, o, armado de cuchara, degustar los sesos cual Aníbal Lécter. El día siete de enero, esos padres guardarán el traje de bobo en el armario y sus bocas expulsarán la bilis retenida en forma de improperios. Tal vez os alcance algún pescozón o guantazo.

25/12/11

¿EPITAFIO? O, A LA FUERZA AHORCAN

Ilustración tomada de la red

Más de una vez le di esquinazo, por andar ocupada en otras muertes. Llegó el día. Ella, aburrida, se limpiaba el luto de las uñas con la punta de la guadaña, y me vio. No era para tanto, pero tenía que llenar la barca. No me conoce bien. Aries. Testaruda, tirando a cansina. Con verborrea incontinente. Hasta el último aliento. ¿ Quién dice que no pueda convencerla? ¿ Quién, que exista otro remedio contra el dolor que le doy de sesera que no sea el de dar media vuelta y remar hacia la orilla de la vida? Malherida, pero viva. En ello estoy, yo, la Lola.

21/12/11

PERFECCIÓN

Fotografía cogida de la red



Papá gritaba a mamá y mamá lloraba a gritos. La abuela mojaba en silencio el ovillo de lana con lágrimas. Yo la ayudaba a devanar la madeja mientras soñaba con que de mayor tendría una buena familia. Trabajé duro y gané mucho dinero. Conseguí un buen marido y un buen hijo. La niña aún la tengo a prueba. Es rebelde y no hace siempre lo que le digo. Sin embargo no me decido a devolverla.

18/12/11

LA RANITA ME LLEVÓ A SU CHARCA

La ranita me ha llevado a su charca de aguas cristalinas. Me ha alimentado muy bien, tanto que estoy que no quepo en la piel.

Gracias.

Mil.

17/12/11

CAMUFLAJE



El editor fue muy claro: a los lectores no les gustaban las tragedias, no se identificaban con las víctimas. Así que borró guerra y puso discusión. Quitó injusticia y escribió diferentes puntos de vista. Envió a la papelera muerte y tecleó heridas. Sin embargo... El escritor sonrió. Entre zapato y pie, dejó el dolor camuflado.

10/12/11

LA QUEJA INFINITA

Lars Graff

Llevamos media vida así. Tú siempre con la boca abierta; yo barriendo y despejando el camino. Media vida es mucho y estoy cansada. Esperaré sentada aquí en lo alto, como juez de silla. Saltarán los batracios, se arrastrarán los reptiles por tus zapatos. Se amontonarán y subirán hasta tu barbilla. Y una de dos: o cierras la boca de una maldita vez, o te tragas y te ahogas con tus sapos y culebras.

5/12/11

ADOLFITO (seleccionado en el IV concurso de microrrelatos Calle del Sol)


Basado en la fotografía 'Todos paseamos por la calle del Sol.

Papá es tonto. Mamá lista. Papá siempre dice no. Mamá dice sí. Papá no me da nunca para chuches. Mamá sacó las monedas del bote de Cola Cao. Papá le echó la bronca. Mamá me mima. Amo a mi mamá. Papá no quería comprarme la moto. Odio a mi papá. Mamá me deja ir por la acera. Papá ya no puede impedirlo. Mi mamá lo hizo callar para siempre. Y esos dos, que se aparten si no quieren vérselas con mi mamá. ¡La calle es mía!

2/12/11

EL DESEO Y LA CULPA

Cogida de la red

Cuando mi madre volvió a quedarse embarazada, mi padre dijo que en adelante, iría solo al colegio para que ella descansara. Al principio, nos desayunábamos todos los días con sus vómitos, pero conforme el abdomen se le hinchaba, las náuseas dejaron paso a su pasión por los bocadillos de chorizo. Se volvió una glotona y comía a escondidas en la cocina para que no la viera mi padre y no la regañara. Poco a poco fui perdiendo a mi madre, pues aquella tragona que andaba despatarrada por la casa, parecía estar en otro mundo y no me hacía el menor caso.
Uno de aquellos días, dijo no tener tiempo y rechazó la lectura de mi trabajo de Lengua. Cuando más tarde me preguntó si quería que mi nuevo hermano fuera niño o niña, le dije que me daba igual y que ojalá no naciera. Pasaron los días y una noche, mientras cenábamos, al levantarse de la silla, dejó el asiento manchado de sangre. Era una niña y estaba muerta. A mi madre casi se la lleva con ella y a mí me estuvo torturando durante mucho tiempo la niña de Frankenstein, la única muerta que yo conocía.

28/11/11

LA SIEMBRA Y LA COSECHA-EURO-PA-LABRA


Mi primera mujer me dio tres hijos. La segunda, cinco. La tercera, nueve. Cuando mis chicos tuvieron uso de razón, los puse a trabajar conmigo en el campo. Ninguno me culpó de la muerte de su madre. Ninguno me reprochó hacerles ganarse el pan. Una noche, viéndolos tomar el sopicaldo, me entró la tontuna y a cada uno le regalé un euro. Pusieron los diecisiete euros en una cartilla. Cuando enfermé, el mayor de mis hijos vino a mi cama y me dijo: Pa, no puedes morirte aún. Tienen que rentar los diecisiete euros para un entierro decente.

27/11/11

APUNTES PARA LLEGAR A SER UN BUEN CENSOR




Si usted aspira a ser un buen censor, es importante que coja experiencia.

Facebook es un buen sitio para ejercitarse. Como usted es un defensor de las causas justas, y, por tanto, de denunciar las que no lo son, usted podrá colgar en su muro el caso de un anciano al que su médico ha usado como cobaya administrándole un fármaco que lo dejó para el arrastre. No dude ni un segundo que sus amigos se unirán a las críticas de semejante práctica del doctor Miserable.

Pero si por casualidad pasa por allí un perroflauta o mosca cojonera y le da por señalar al laboratorio como parte responsable, usted, que tiene tratos comerciales con dicho laboratorio, saldrá inmediatamente en su defensa, pues no va a morder la mano que le da de comer. Y si el perroflauta o mosca cojonera sigue, erre que erre, metiendo el dedo en la llaga, no borre el post, no porque ¡qué dirían sus amigos! Lo que debe hacer es impedir el paso al que ha venido a molestar y dar las órdenes pertinentes para que nadie que no sean sus agregados, pueda leer ese debate. Así quedará como un justiciero ante sus amigos y habrá condenado al cuarto oscuro del ostracismo al disidente.

Ya verá cómo en poco tiempo pasa de envasador de pastillas y cápsulas, a censor, típex en mano, de prospectos, tachando en las contraindicaciones, riesgos de infartos de miocardio, íctus, cirrosis y otras banalidades que solo sirven para alarmar y estropear el negocio.

De nada, hombre, de nada, a mandar que para eso estamos.


¡Ahí va, qué chulo me ha quedado! Estoy pensando que con unos arreglitos lo puedo enviar a ese concurso de pocas palabras y muchos euros. Con suerte, lo mismo pasa la primera selección aprovechando un despiste, y gracias al hastío u otra circunstancia de los miembros del jurado, me dan el primer premio y me embolso una pasta gansa.

24/11/11

¿NOS ESCUCHAMOS?



Hace ya mucho tiempo, cuando mi hijo mayor, entonces de cinco años, peleaba por su vida en una UVI, yo iba a la cafetería, y al ver a los viejecitos mojando un churro o una porra en un café y comiéndosela como si la rumiaran, pensaba que ellos ya habían vivido, que les tocaba morir y no a mi niño. Y cuando la compañera de una enfermera, a la que tanto debo por su apoyo, mostraba su preocupación por la fiebre altísima de su hijo que no cedía, también pensaba que era muy injusto tener que escuchar algo tan nimio frente al calvario por el que yo estaba pasando.
Ni los viejecitos ni la madre enfermera tenían la culpa de lo que a mí me ocurría, la responsabilidad era del conductor del coche que nos embistió.
Así que yo no tengo la culpa (no voy a pedir perdón por ello a los millones de parados) de que yo tenga un contrato eventual, al ochenta y cinco por ciento, que finaliza en julio. De igual modo que no tendrán responsabilidad, cuando yo me quede en el paro, los compañeros que, al ser fijos, conserven su puesto de trabajo. Ni deberán rasgarse las vestiduras aquellos que no tengan que pagar hipotecas porque haya gente viviendo en la calle.
Sí, tenemos responsabilidad los votantes, hayamos metido una papeleta o no en una urna, sobre lo que está ocurriendo. Decidimos con lo que hacemos o dejamos de hacer, sobre el pasado, el presente y el futuro por llegar. Así que no, no somos unos pobrecitos, sino ciudadanos con plenas facultades para tomar decisiones. Es muy fatigoso, lo sé por experiencia, pero hay que mostrarse dispuesto a rebelarse y a luchar, cada cual a su manera.
No es lo mismo quejarse de una uña rota que de un brazo roto y habrá que escuchar al segundo, pero, sin llegar a estos extremos, todos tenemos nuestras heridas, unas más grandes y otras más pequeñas y todos tenemos necesidad de que se nos escuche. Sin embargo, no parecemos dispuestos a hacerlo, enseguida sacamos nuestra situación a la palestra e intentamos acaparar la atención del que escucha, y si no lo conseguimos, nos ponemos agresivos y echamos en cara que lo nuestro es más importante, que no se nos muestra respeto por nuestra situación que es la peor con diferencia. A veces incluso olvidamos que tenemos enfrente a alguien que nos ha echado una mano.
Y así volvemos a Babel.

Resumiendo, que todos tenemos responsabilidades que asumir y también derecho a un pico del paño de lágrimas. En definitiva a ser personas comprometidas y solidarias y a escucharnos los unos a los otros.

23/11/11

CONOCIÉNDOTE, CONOCIÉNDOME




No me digáis que no es una belleza. Gracias MJ, me leo y estoy encantada de conocerme.


Hay un duende en Lola, la niña traviesa que chapotea de charco en charco buscando una rana para ilustrar el cuento que siempre quiso escribir. Nostalgia en el abuelo que se queda varado frente al televisor, perdido en el laberinto de sus recuerdos. Soledad en la abuela que se sienta en el umbral para tomar el fresco esperando el caramelo que endulzará su mirada. Un par de zapatos que no encajan en los delicados pies de cenicienta ni en los del niño que aprende a hacerse mayor asumiendo como propio el dolor ajeno. Una fecha marcada a fuego en el alma indignada de una Lola solidaria. Un cabello ensortijado donde nacen las palabras que fluyen como ríos de tinta sobre el papel en blanco. Hay, en fin, un genio en Lola, la escritora que convoca a las musas con sólo frotar su lámpara mágica.

María José Abia.

21/11/11

EL TIEMPO ENCRIPTADO O EL MILAGRO (NO TAN) SECRETO


fotografía tomada de la red

El primer día tiró, distraída, el agua del cubo al patio. El segundo, le pareció que el hombre a quien iban a fusilar era el de la víspera. El tercero, se acercó con precaución, aplastando a la abeja que proyectaba una sombra fija en una baldosa. No se movía un pelo de aire. El cuarto, limpió con el trapo del polvo la gota de agua de la mejilla del reo. Después enfermó. Cuando volvió, sólo quedaba una salpicadura de sangre en la pared del patio.

18/11/11

REBELIÓN


Fotografía tomada de la red
Aristóteles siguió con su discurso filosófico, como si nada. Pablo agitó el bote y se distrajo pintando el quinqué en el muro. Napoleón, con la mano bajo la chaqueta, propuso traspasar la frontera de la puerta. ¿Qué podía hacer yo si nadie me escuchaba? Sorteé el cuerpo de la psiquiatra, empujé al enfermero, derribándolo de la silla, me senté, saqué papel y lápiz y me puse a escribir: "La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores".

16/11/11

FANZINE RUIDO

Fotografía tomada de la red

Y QUEDARÁ LA NADA

Mi instinto dice que tu perfume ya no es verde; que la mermelada no es música para camaleones; que el néctar dulce del bodoque no existe; que el canto del jilguero nunca más será terciopelo. Mi instinto dice que la soberbia me llevó por caminos equivocados y la ceguera a regresar a un hogar sin chimenea encendida, sin lavanda, sin tu tarareo, sin el quejido chico de la aguja al horadar la tela tensada del bastidor. Mi instinto dice, en fin, que cuando hoy vuelva, desapareceré, como tú, entre las paredes de nuestra casa.

INVASIÓN


Me quedé a esperarla sin pasar de la entrada. Poco a poco, ella había ido tomando cada estancia a pasitos cortos, sin que nada ni nadie pudiera detenerla; y yo, después de mi intento de huida, fui obligada a regresar por los cancerberos de bata blanca y sonda gástrica. Antes de verla frente a mí, con la cara amable de mi bisabuela, olí su perfume de adormidera. Me despedí de mis recuerdos, luego dejé que ella invadiera con un abrazo, el último rincón de mi cordura.

Gracias, Anita.

14/11/11

MALAS HIERBAS- COSECHA EÑE 2011



Cuando cumplí seis años, mi madre me regaló una alcancía para que comenzara a ahorrar para el futuro. Mi padre, una azada para el trabajo en la huerta. A mi hermano Antonio, dos años mayor que yo, le habían hecho el mismo regalo cuando cumplió los seis años. Dejó la alcancía sobre el arcón de la entrada, donde estaban las cosas inservibles, y la azada la llevó al pajar y allí se quedó abandonada para siempre. No se quejó de los regalos, pero tampoco los recibió con las muestras de alegría con que lo hice yo. Él no creía en el ahorro ni en el trabajo, ni en nada que no fuera conseguir un beneficio inmediato para derrocharlo. Yo, en cambio, seguía los pasos de mis padres.

Los domingos por la tarde íbamos a visitar a la abuela Leocadia. Nuestra madre nos ponía el pantalón gris de franela con la raya bien marcada, la camisa blanca y el chaleco también gris, los calcetines negros y los zapatos de cordones, bien lustrados, del mismo color. Nos peinaba con agua hacia atrás y, con el pelo brillante y relamido, subíamos la calle del maestro Ruiz González. Yo contento, pensando en las monedas que me daría la abuela para llenar mi alcancía; mi hermano Antonio enfurruñado, pasando la mano por el pelo desde la coronilla, para despeinarlo.
La abuela Leocadia vivía en la casa más grande del pueblo. En sus techos y paredes pintadas, en sus adornos de angelotes de escayola, se adivinaba el esplendor de otras épocas, cuando vivía el abuelo Benito, un derrochador que siempre andaba metido en proyectos que dejaran su huella en la historia de la casa. De aquella época quedaban los angelotes; las pinturas imitando escenas griegas, que la abuela tapó con manos de pintura blanca, y que se empeñaban en salir todas las primaveras; los azulejos a media pared del patio; y una imitación de una fuente romana. La casa se caía a pedazos, pero a la abuela no le importaba. “¡Para qué voy a meter dinero en ella!. Con el poco tiempo de vida que me queda, no voy a disfrutarla. Que se entierre conmigo”, decía cuando mi hermano le echaba en cara lo que él llamaba usura. Aquellos desplantes y malos modos, le costaban caro a mi hermano, pues la abuela Leocadia lo castigaba dándole una sola moneda mientras que a mí me daba dos o tres. A él parecía no importarle, y muchas veces me la regalaba. Decía que con esa miseria qué iba a comprar. No se trataba de comprar sino de ahorrar. Intentaba convencerlo, y él me decía: ”¡ Pobre Luis, pobre Luis!”, mientras pasaba su mano por mi cabeza.
La abuela Leocadia murió muy vieja pero no de achaques de la edad. El tejado de la casa se le vino encima mientras dormía. Mi padre lo sintió mucho, no sólo porque había perdido a su madre, también porque se le fueron unos cuartos en pagar a algunos hombres para que la sacaran de debajo de las tejas. De la casa que heredó no quiso hacerse cargo. Mucho gasto y nada de ganancias, dijo. Y entonces fue cuando mi hermano quiso quedársela. No fue por enriquecerme a su costa, pero esa casa, una vez muertos nuestros padres, me correspondería a partes iguales con mi hermano, y si él la quería, qué menos que pagarme un dinero. Así se lo dije a mis padres y ellos estuvieron de acuerdo conmigo. A mi hermano se le nublaron los ojos de tristeza. No porque no pudiera pagarme. Él, si quería, era buen trabajador y si algo le interesaba, no dudaba en coger la azada, la sierra, o lo que hiciera falta, para conseguir un fajo de billetes. Era otra cosa, dijo. Le apenaba yo, tan ruin como nuestros padres. A mí fue la primera vez que me molestó oírle hablar así de mí y de mis padres, que eran los suyos, pero no quise afearle sus palabras. A fin de cuentas, bastante tenía con ser un manirroto, un hombre sin provecho ni futuro. Le dije que bueno, que se lo pensara, y él no tuvo nada que pensar. Aceptó mi oferta y se fue del pueblo durante unos años. Volvió con callos en las manos, algo tocados sus pulmones por el polvo de las minas, y con una bolsa llena de dinero. Cuando contaba los billetes para pagarme, me arrepentí de no haberle pedido más por la casa; a buen seguro lo habría dado con gusto, pero soy un hombre de palabra y no iba a volverme atrás. Él se quedó con la casa en ruinas y yo volví al trabajo en la huerta.
Mi hermano Antonio mandó picar las paredes para quitarles las capas de pintura que le dio la abuela y que volvieran las escenas de griegos que tanto le gustaban. Hizo un nuevo tejado y restauró los angelotes, metió una bomba para sacar agua del pozo y darle vida a la fuente, puso azulejos donde faltaban y enlosó el patio. Mandó traer canapés y sillones, camas que ocupaban habitaciones enteras, y aceites para el baño que se hizo construir robándole un trozo a la bodega donde guardaba botellas de vino y licores. En su despensa no faltaba el chorizo, el jamón y los tocinos: todos los martes venía una negra con la que pasaba las noches de los domingos, con algo para él. Yo veía con horror ese ir y venir de aquella mujer a la casa de la abuela mientras me esforzaba en sacar las lechugas adelante, los tomates, los pepinos y otras hortalizas para el consumo de mi familia y la venta en el mercado.
Mis padres andaban encorvados, con la cabeza gacha, y no volvieron a nombrar a mi hermano ni a visitarlo. No tengo la menor duda de que él les quitó las ganas de vivir. Primero murió mi padre de una mala caída del manzano de la que no tuvo fuerzas para recuperarse; luego mi madre, que no supo qué hacer sin mi padre. Aguanté la presencia de mi hermano en el entierro, del brazo de la negra que llegó al pueblo sin papeles ni ropa, ni donde caerse muerta, por no armar un escándalo, pero desde ese día, miraba para otro lado cuando me cruzaba con él por la calle.
Me casé con Aurelia, una mujer limpia, callada y hacendosa que me dio tres hijos varones. Ella se levanta conmigo al amanecer y me prepara los torreznos y las migas y el café con leche. Me hace un hato con la fiambrera para que no tenga que dejar una tierra sin cardar, ni unos pimientos sin recoger para volver a casa a la hora de la comida. La alcancía que me regaló mi madre, se llena muchas veces, y yo voy sacando los billetes y las monedas y las guardo en una arqueta de madera porque de los Bancos no me fío. La huerta, de la que mi hermano no reclamó su parte, pasó a mis manos. Yo, por si acaso, gasté algo de dinero en un notario que arregló los papeles para que los firmara, cediéndome todos sus derechos, no fuera a ser que un día se arrepintiera y quisiera aprovecharse de mi trabajo. Peor aún: que le diera por casarse con la negra y luego ella reclamara la mitad de la huerta. Pero mi hermano no se casó, ni tuvo hijos, afortunadamente, porque qué vida podía darles un padre así.
La negra trajo a otras negras. Gente rara que atraviesa el mar en un barcucho para quedarse en nuestra tierra sin papeles. Levantaron una casa en las afueras, cerca de la carretera que va a la ciudad, y allí hacían collares y vasijas de barro por el día, y por la noche atendían el bar que montaron dentro de la misma casa. Los domingos cerraban el negocio y se iban a casa de mi hermano a pasar la noche. De allí salían gritos y carcajadas. Decían los vecinos que no eran risas humanas. También se escuchaba música hasta primeras horas del día siguiente. Luego todo era silencio.
La antigua casa de la abuela tenía sus merodeadores. Los hombres, cuando se hartaban de jugar a las cartas y beber chatos de vino, algo achispados, acercaban las orejas a la puerta y a las ventanas y se emborrachaban aún más con la barbarie que les llegaba de dentro. A mí aquello me repugnaba y sólo los acompañé una vez, supongo que más bebido que de costumbre. Una vergüenza que no logro borrar del todo. Me sumé al desahogo colectivo que se estrellaba y absorbía las rendijas de puerta y postigos, escurriendo por el umbral, y luego me sentí como un puerco y me dio lástima de mi hermano. Yo había caído una vez, pero él siempre estaba en lo más bajo. Un lodazal la casa de la abuela, de la que mi hermano Antonio apenas salía. En parte, como aseguraba, porque no había nada más allá de esos muros que pudiera interesarle, pero también, porque tenía los pulmones atascados de polvo de minas y respiraba como un pájaro en los días calurosos y sin agua, boqueando a cada paso.
Las autoridades eclesiásticas tomaron cartas en el asunto, alertadas por una denuncia del párroco, quien aseguraba que aquella casa era el mismísimo infierno y en ella se llevaban a cabo todo tipo de atrocidades. Aseguraba haber oído convocar al demonio en una orgía de depravación jamás imaginable. Claro que, para haberlo oído, el señor cura debió acercarse también a la puerta uno de aquellos domingos. No habría podido, de otra manera, hablar con tanto detalle de las aberraciones que se consumaban dentro. También se apoyó el cura en que los vecinos aseguraban haber visto hogueras y saltar a las negras desnudas entre las llamas, y caer convulsionadas de gusto mientras mi hermano las poseía. Los vecinos justificaban haberse encaramado a los muros de los patios para asomarse, el tener constancia, como el cura, de lo que allí estaba ocurriendo. Y con aquellos testimonios hicieron llegar una carta al obispo y, de paso, a la oficina de inmigración de la capital, para que pusieran en su lugar, es decir, echaran a su país a aquellas brujas que tentaban a los hombres y los hacían perder sus ganancias en la casa de las afueras, bebiendo hasta reventar.
A mi hermano lo encontraron muerto las negras cuando fueron un martes por la mañana a llevarle pan y leche para el desayuno. El médico dictaminó que había muerto de lo suyo, ahogado por el polvo de mina. No le dio importancia a las marcas alrededor del cuello, pues, dijo, el sadismo era común en prácticas depravadas.
Lo enterré lejos de nuestros padres, porque, a buen seguro, se habrían levantado de sus tumbas si lo hubiera metido con ellos. Un ataúd sencillo en un terreno barato. Bastante hice, ya que él no dejó ningún dinero ni para mí ni para mis hijos. Todo lo ingresó en una cuenta de un Banco para sus negras. Olvidó, seguro, poner la casa a su nombre y la heredé yo porque él no tenía ni mujer ni hijos reconocidos. Tuve mis dudas. Podría haberla vendido tal y como estaba a buen precio, pero aquel lugar me repugnaba tanto que la eché abajo y esperé al mejor postor para deshacerme del terreno. Dicen que el comprador va a hacer su agosto, que dividirá el solar en parcelas y levantará varias casas. Eso me revuelve las tripas porque yo no he sacado mucho de la venta, al menos no tanto como sacará él, pero por otro lado, estoy contento de haberme librado de ella y del demonio de mi hermano, esa oveja descarriada como lo llamó el cura en la misa que ofició en su funeral. Ya sé que él no habría querido pasar por la iglesia, y que si hubiera podido, se habría levantado de la caja para salir corriendo, pero manda el que se queda, y ese soy yo.
Sigo trabajando la huerta todos los días menos los domingos. Meto mis ahorros en la alcancía que vacío cuando está llena. Y estoy educando a mis hijos como buenos cristianos, lo mismo que hicieron mis padres conmigo. Tengo una vida tranquila. Aunque, algunas noches me despierto sobresaltado, miro a mi mujer, su pelo canoso y enmarañado, su piel cuarteada por el sol y el aire y el poco cuidado, las manos anchas y callosas sobre el embozo, y me viene a la cabeza aquella noche de domingo cuando llamé a la puerta de mi hermano, llevado por la piedad sin duda, para ofrecerle un tarro de tomates en conserva. Él me hizo pasar y yo me dejé seducir por las brujas que untaron mi cuerpo con aceites olorosos y me dieron a beber vino, quién sabe si con algo de sus hechizos. Caí en lo peor que se pueda imaginar cristiano alguno. Borracho, dando saltos entre las llamas, arrastrándome en el lodo de la perdición, y vaciando mis bolsillos del dinero de la última venta de hortalizas para regalárselo a aquellas mujeres de piel suave y risa escandalosa. Y mi hermano no paraba de decir: “¡Vaya con mi hermanito!”, viéndome hacer aquellas cosas. Cogía a una, la tiraba al suelo y allí mismo me desahogaba, luego a otra, y así hasta el amanecer. Después vino el despertar en la cama de mi hermano, entre sábanas empapadas, él durmiendo a pierna suelta, feliz, y yo horrorizado. Solos porque las negras ya se habían ido. Me llegaban retazos de la noche. Los dos como bestias revolcándonos con aquellas perdidas. Me entró una ira ciega hacia él, culpable de mi caída bochornosa, de la pérdida de mi dinero que acabó, lo sé porque ella levantó el brazo cuando se la llevaban del pueblo con las demás, en una pulsera con campanitas de oro que no dejaban de tintinear con el movimiento de su muñeca. Perdí la razón. No tenía intención de hacerlo. Pero lo hice, y no me detuvo verlo abrir los ojos y mirarme como si no pudiera creer que fuera yo quien le apretaba la garganta. “¡Maldito seas!”, dije y repetí mil veces sin dejar de mirarle a la cara hasta que sus labios se volvieron morados y dejó de resollar como el puerco que era, como el puerco que siempre fue.
Me despierto empapado en sudor y recuerdo la pesadilla. Pero sé que es cuestión de tiempo, que mi vida y mi sueño volverán al cauce del que nunca debieron salir. Porque yo no tuve la culpa de que una semilla del demonio fecundara a mi madre y creciera la mala hierba.

12/11/11

ALERGIA (Abogados.Finalista de septiembre)

Fotografía tomada de la red.

Mamá lo llama catarro, pero es un premio incómodo de la naturaleza. Yo trabajaba como detective privado en la jurisdicción de Margarita. Una ocupación de bombilla y luz macilenta de cine, pero sin el glamour ni la vida excitante de un Marlowe. Necesitaba urgentemente una reforma en mis hábitos. Y aquella noche se me ocurrió dar una vuelta por los muelles. Miraba las aguas turbias, cuando pasó aquel tipo cerca de mí y comencé a estornudar sin tregua. Corrió asustado, como si fueran tiros y lo seguí con mi automática a punto, hasta darle caza. Resultó ser un mafioso. Después vinieron otros casos. Siempre me ocurre igual. Sufro algún tipo de alergia al mal. Decidí aprovecharlo y hacer el bien. Estudié para juez. No falla: entra un culpable en la sala y no paran los estornudos y el lagrimeo hasta que se lo llevan esposado. A más maldad, más estornudos.

8/11/11

SEÑALADORES - IV Jornadas Nacionales de Minificción en Mendoza (Argentina)


TODO, DEMASIADO


Apuró tanto el vaso del amor, que tragó los posos contaminados de odio.


ACONDROPLASIA

Hay un hada en la polilla que busca la luz del farolillo; un dragón en César, el perro que tira bocados a las moscas; una maga en Rosa, la vecina que trae el anís para los cólicos del pequeño; y un enano en el bebé que acuno entre mis brazos.


4/11/11

RELIQUIA DE AMOR

Fotografía tomada de la red

Le di la extremaunción al Papa y abandoné sus aposentos con la bolsita que me entregó. Pero cómo hacer el encargo. Debía bajar a la cripta y romper la lápida. Paseé nervioso, asomándome varias veces a las luces de vigilia en la plaza de San Pedro; Negrín, ladraba a mi lado. Tomé una decisión: abrí el saquito y eché su contenido en el comedero. Sor Angelina lo entendería, seguro. Después de todo, llevaba años sin ese trocito de cuerpo.

1/11/11

MALOS TRATOS

Dibujo tomado de la red

Está dulce el tiempo. En hileras, los árboles pintan de verde y amarillo. Abajo, las máquinas han levantado el asfalto. Está caliente el día. Sobre el azul del cielo los pájaros mandan trinos al aire. A ras de suelo, el estruendo de las taladradoras reventando la tierra. Se oye el espanto venir. Más abajo, cerca del infierno, cinco años peleando. En los sótanos, nadie sabe del dolor. Pasa de puntillas la cordura y deja una cabeza y un cuerpo machacados. Dice, la madre, dice. Y los veladores de la infancia miran hacia otro lado. Está duro el tiempo. Invierno de adultos. Ella, maldita alma. Él, corazón tan negro. Amores perros que siembran semillas de cicuta entre las flores de la infancia. Y bajo la cabeza y miro mis zapatos manchados de gris en un día luminoso de inicios de la primavera. Sobrevive. Hazlo por ti.

28/10/11

HERIDAS - INCLUIDO EN LA V ANTOLOGÍA DEL PREMIO OROLA




Mamá me ayuda a vestirme. Me peina una coleta y la abraza con un lazo azul celeste. Luego me mira y da su aprobación. Mamá está muy atareada. No deja de ir de un lado a otro. De la cocina a la habitación. Vuelve a detenerse a mi lado, moja sus dedos en saliva e intenta domar el remolino en el arranque de pelo de la frente. Mamá, llamo. Pero no escucha. Va otra vez a la cocina y bebe un sorbo de tisana. Mamá, insisto. Y ella me dice que no tiene tiempo para nada, que se ha hecho tarde y debe arreglarse para estar bien guapa. Se coloca la pamela frente al espejo. Se mira y remira, buscando algo que hacer. Pero no hay nada. Me acerco y la abrazo. No debí aceptar la invitación a la boda de tu padre, dice al fin. Deja caer las manos a lo largo del cuerpo y se echa a llorar.

23/10/11

DEPREDADORES

Fotografía tomada de la red

Se creen inmortales. Suben, confiadas, al coche de desconocidos. Todas iguales. Aunque esta última, no. Tiene una mirada fiera y aprieta los labios con fuerza, como hacía mi hija cuando la castigábamos. Mi pobre niña. Creo que la dejaré ir. Paro el coche. Estoy a punto de abrirle la puerta, cuando levanta los brazos hasta la cabeza y saca el largo punzón de su pelo. Demasiado tarde para coger la pistola de la caja del salpicadero.

19/10/11

INTOXICACIÓN

Fotografía tomada de la red

El peligro estaba fuera, amenazaban. Llenó la nevera y descolgó el teléfono. Llevaba un mes de encierro cuando comenzaron los ataques. Primero fue la puerta blindada derritiéndose como gelatina. Más tarde, los postigos de las ventanas se abrieron con un empellón de ira. Se acurrucó en un rincón. Fue saliendo una legión de tertulianos de aquel artefacto infernal. Armados con palabras afiladas le hicieron puré la cabeza.

13/10/11

¡TOMEMOS LAS CALLES DEL MUNDO EL 15 DE OCTUBRE!


719 ciudades71 paises


15 de octubre – Unidos por un cambio global


POSOS



Supe que tenía poderes, el día que cumplí los diez años. Mamá pasó la mañana cocinando. Había invitado a mis tíos y primos para celebrarlo. Cuando acabamos de comer el arroz caldoso, y los mayores se bebieron todo el vino que papá subió del tonel de la bodega, sudábamos porque era un verano muy caluroso. Soplé las velas, y mamá cortó la tarta de chocolate. Después de repartirla en los platos de postre, quedó un trozo, pero cuando quise repetir, papá dijo que no, que ya era suficiente, que me iba a empachar. De nada sirvieron mis protestas. Si papá decía que no, eso iba a misa.
De regalos tuve lo de siempre, lo de otros años: blocs de dibujo y lápices de colores. Papá me trajo cuadernillos de Rubio para que practicara con las cuentas. La mesa era un revoltijo de platos sucios, peladuras de gambas y papel de envolver. El tío Juan sacó un puro y le ofreció a papá, pero él lo rechazó con cara de asco. El polvillo del carbón de la mina le había embozado los pulmones y respiraba con un silbido de fondo, como de locomotora de juguete.
Cuando el tío Juan encendió el puro, papá dijo que hacía mucho calor y que podríamos refrescarnos en el pilón del patio, que sacaría agua fresca del pozo para llenarlo. Se levantó con un gran bostezo. No sé por qué, pero miré los posos del vino en el fondo de su vaso. Lo vi agarrado a la cubeta de aluminio, golpeándose en la cabeza contra las paredes del pozo. No dije nada, porque nada había que decir de aquello, no fuera que me dieran una bofetada. Papá nos dejó a todos en la cocina donde comíamos siempre porque era el lugar más espacioso de la casa, y al poco se oyeron los gritos venir del patio.
- Papá se cayó al pozo- dije entonces, pero nadie me hizo caso.
Corrieron todos para ver qué pasaba mientras yo, sabiendo lo inevitable de su muerte, me puse a comer el trozo de tarta que había sobrado. A mamá aquello no le gustó. Volvía descompuesta, gritando que fuera a avisar a alguien, cuando me pilló con la cuchara en la boca.
- Tu padre en el fondo del pozo, y tú comiendo. ¡Qué desgracia más grande!- dijo.
Lo tuvieron que sacar con los ganchos que echaban de vez en cuando para sacar gaseosas o relojes. Había que verlo subir, enganchado por los pantalones, echando agua como un surtidor. Parecía una fuente. Me habría gustado aplaudir, pero me daba cuenta de que todos andaban con cara de funeral y me contuve.
Desde aquel día, mamá me miraba con recelo y evitaba abrazarme. Apenas un roce de sus labios cuando me daba las buenas noches. Sin embargo, estuvo de acuerdo en conseguir algunas monedas con mis poderes. Porque después de la muerte de papá, nos quedamos en la miseria. Dejaba entrar a los vecinos, aunque ella se ausentaba durante las visitas, para que les dijera qué suerte les esperaba, cómo sería la cosecha de ese año, si iba a ser niña o niño lo que estaba en camino.
La única condición para conocer el futuro inmediato de aquella gente, era que trajeran una botella de vino artesano, echaran un poco en el vaso, lo bebieran y dejaran que los posos se sedimentaran en el fondo. Los posos se agrupaban formando espigas, muertos con las manos cruzadas sobre el pecho, o niños con el sexo bien a la vista. Nunca fallaba.
Al principio hubo un gran escándalo en el pueblo. El cura vino a visitarnos y le advirtió a mi madre de que aquella era una práctica satánica, antinatural, y más en una niña. También se acercó el alcalde con la intención de disuadirla. Y más tarde el cabo de la Guardia Civil, que no estaba seguro de si mis predicciones constituían un delito castigado por la ley. Ninguno resistió la tentación de ver su futuro en los posos de un vaso de vino, y no volvieron a molestarnos.

Cuando murió mamá, sin predicción ni nada, de puro cansancio, yo andaba ya por los treinta y nueve años y ni un solo hombre se había decidido a pedirme en matrimonio. Entonces llegó Elías “el chatarrero” y se quedó a vivir en el pueblo.
Se acercaba a menudo a mi casa con diferentes combinaciones de números, boletos y estampas, y yo le daba los resultados de peleas de gallos, de juegos de cartas y, más adelante, de carreras de caballos. Él me lo agradecía con unos pocos euros que yo aceptaba porque había visto en los posos del vino de aquel hombre, que estaba destinado a ser mi marido, como así fue.
Pero yo sólo podía predecir el futuro, no el porqué de lo que iba a ocurrir ni las razones que cada uno tenía para desear tal o cual cosa. Por eso no pude saber que Elías, casándose conmigo, lo único que pretendía era tener una adivina gratis, como enseguida pude comprobar.
Nada más dejar la iglesia, y antes de pasar la noche de bodas en mi casa, pues no consintió en llevarme de viaje de novios a París, como era mi ilusión, me dijo: “Rosina: de ahora en adelante, yo administraré el dinero, que para eso soy el marido”. Yo no dije ni que sí ni que no, seguí arrastrando mi cola de novia calle arriba, sabiendo cuál sería en adelante mi cometido.
Todos los días, después de las visitas, y mientras el que ya era mi marido se iba al café a jugar a las cartas o a apostar en cualquier ventanilla, yo separaba una pequeña cantidad que era la que le entregaba a él, y la otra la guardaba en un falso fondo del armario de la habitación donde murió mi madre. A él le extrañaba que mis poderes dieran tan pocos beneficios, pero el vicio por las apuestas era muy grande y nunca se quedó para comprobar cuántos clientes recibía.
A mí no me habría importado que pasara los días y las noches fuera, amasando una fortuna gracias a mis vaticinios, pero me sentía muy sola y comencé a acariciar la idea de tener un hijo. “¿Un hijo? ¡Tú estás loca!”, fue la respuesta de Elías cuando le hice partícipe de mi deseo. Así que también me iba a dejar sin lo que más ansiaba.
Día a día fue ganando el rencor en mí. Tenía tiempo para pensar, para darme cuenta del marido que tenía, de que no me había dado nada, de que me negaba lo que yo más quería. Me corroía por dentro. Era como ese agujero en el jersey que cuanto más metes el dedo, más grande se hace. Y el único bálsamo que encontré fue fallar un día sí, otro también, en las predicciones para las apuestas hasta que acabó arruinado y con una deuda que no sabía cómo saldar.
- Mira bien en los posos, Rosina, que me andan buscando- me pidió un día.
Nos sentamos a la mesa. Él echó el vino en el vaso y se lo bebió de un trago. Esperé unos minutos a que los posos se agruparan, según su destino, y luego le dije:
- Vas a morir.
Elías estrelló el vaso en el suelo y entre blasfemias, insultos y una bofetada, me dijo que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. “Una farsante, eso es lo que eres. Ni un acierto en los últimos tiempos. Tú me has arruinado”, soltó antes de salir dando un portazo.
A pesar de su ira, a mí me pareció que se tomaba las cosas con demasiada calma, teniendo en cuenta que iba a morir. Y entonces tuve un presentimiento. Fui a la habitación de mi madre, quité la tablilla del armario y encontré el hueco vacío. Me había negado París, un hijo, y ahora me robaba, dejándome en la ruina. Lo esperé sentada en la silla, horas y horas, hasta que lo vi aparecer más ufano que nunca.
-¿Así que iba a morir? Pues ya ves, vivito y coleando- dijo con mucha guasa y una sonrisa en los labios. Sonrisa que se le congeló en una mueca de estupor con el primer navajazo.
-Es inútil, Elías, escapar a tu destino- dije asestándole hasta doce puñaladas porque él, cual garrapata, se resistía a morir.

10/10/11

ESPECULADOR




Suena la campanilla de la tienda. Es él. Me enseña un fajo de billetes. “Me llevo las que quedan”, dice. “No hay más”, le digo. Se oye un ruido sofocado. “¿Seguro?”, insiste. “Segurísimo”, atajo yo, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. Recoge el dinero y sale dando un portazo. Abro la caja de caudales y con el índice y el pulgar las cojo, las levanto y las deposito en las hojas del libro en blanco. Se aparean y multiplican, las palabras.

3/10/11

OTRO RELATO INCLUIDO EN LA EDICIÓN DEL LIBRO JARDINES SECRETOS 2011

JARDÍN DE ROSAS

Llevo días esperándote. Pero no apareces. Me desperezo cada mañana con el sol asomando, tibio, por el horizonte. Pongo todo mi esfuerzo en abrirme, bella y perfumada para ti. Si vinieras podrías acercarte a la pérgola donde se enreda mi tallo sin espinas que escupí, una a una, como los dientes de leche de esos niños que vienen a jugar aquí, con sus mamás satisfechas. Parlotean entre ellas sin cesar, sentadas en los bancos, moviendo los dedos, ágiles con las agujas y las lanas. Todas las tardes disfrutaba con las voces, con los juegos, con las risas. Pero he caído en la melancolía desde que te conocí. Transparente y luminoso, entraste en mi jardín de noche y, bajo el balón de luz de la luna, viniste a mí, acariciaste mis pétalos con la delicadeza de lo etéreo y soplaste un tibio beso salpicado de llanto. Y yo te iba a consolar, enredando mi talle en tu aura, pero no quise herirte con mis espinas. Por eso me las arranqué. Ya estoy preparada. Te espero. Dejaré que me lleves contigo. Habitaremos juntos la casa derruida. Un hombre luciérnaga y una rosa sin espinas.

30/9/11

RELATOS INCLUIDOS EN LA EDICIÓN JARDINES SECRETOS 2011


LA PROMESA

No vayas con ese. Cuatro palabras que marcan el ritmo de la huida. Su madre se las repitió hasta el agotamiento poco antes de morir. Ahora vuelven y repican en su cabeza mientras siente el corazón bombear con fuerza, con tanta fuerza que sólo escucha el golpe de sangre en las venas. Y las palabras. ¡Rápido, más rápido! Cortan las zapatillas el aire, dejando una estela. Se distancia. Entra y se detiene, sin resuello, en el Jardín Japonés. Tumbado en el suelo, cierra los ojos. No vayas con ese, le rogaba su madre, con una pena muy honda. Lo oye cerca, apenas a unos metros. Si salgo de ésta, prometo no volver a tener tratos con él. Prometo buscar ayuda, alejarme de todo esto, si salgo de ésta. Y entonces la tierra se esponja y él se hunde en el hueco, como una cuna, y los arbustos de flores azul intenso se doblan sobre su cuerpo y lo cubren entero. Pasa cerca, tanto que teme que lo pise, pero se aleja. No vayas con ese. Nunca más, madre, nunca más.

JARDÍN SECRETO


Me gusta verte mover las agujas como si cruzaras espadas, pero las espadas matan y tú no podrías matar ni a una mosca. Tú das vida, querida Hortensia. ¿Ves? ya lo he dicho. Parece brotar de tu regazo ese embrión de bufanda. Bordeamos el invierno. Los dos lo sabemos aunque no queramos hablar de ello. Ya no preguntas. Te has cansado de repetirme siempre lo mismo. ¡Como si no lo supieras! Lo sabes, siempre lo has sabido. Tú eres más habladora, aunque esta tarde estés enfrascada en tejer, con el cabo de lana enredado en ese meñique que los años han ido curvando, y no me hagas caso. ¿Cuántos son, cincuenta? Una eternidad juntos, Hortensia. Y tú venga con la pregunta. La repetías como si olvidaras que ya la habías hecho. Ahora sí, ahora olvidas cosas, como yo, para qué negarlo. Y es en este momento, cuando has dejado de reclamármelo, que me nace decirte lo que tantas veces me pediste: Te quiero, Hortensia.
- ¿Decías algo?
- Nada, que ya refresca en el jardín. Es hora de volver a casa.

27/9/11

LA MUJER DE AGUA




A María Jesús, para que sus días estén llenos de deseos renovados y otros por cumplir.

Cuando el día amaga en el cristal de la habitación, ella entra en el cuarto de baño. Los párpados tienen el peso de las horas, los minutos y los segundos de sueño sin apurar. A tientas, como a veces toma la vida, abre el grifo. Corta el chorro con el dedo. Humedece los ojos. Una vez más. Dos. Tres. Le cuesta. Cierra el paso del agua. Primero unas rendijas por donde penetra la luz pálida del amanecer, luego de par en par. Y allí está, mirándola de frente. Retira un mechón con su sombra de la cara. Vuelve a abrir el grifo. Une las manos y acuna el agua en el hueco. Escurre entre los dedos. Se libera. Aprovecha el pocito de la palma. Bebe. El espejo le devuelve la imagen. Una mujer de agua. No una mujer aguada. No. Una mujer de agua. Sonríe por primera vez desde que se desembarazó de las sábanas que la ataban a la noche.
Sale de casa. Camina por la calle a paso ligero, absorbiendo los rayos del sol, arco iris que se come el gris del día.
Huele a chocolate fundido. Empuja la puerta y las campanillas tiritan en la entrada. Uno de cada, pide. Y vuelve a la acera. Desnuda una tableta del papel plata, muerde con sus dientes de agua y su cuerpo se enturbia de marrón acharolado. Se mira frente a un escaparate. Hace un quiebro de cintura a esa mujer de carne y hueso que la roza y la mira extrañada. Continúa caminando hasta la marquesina de la heladería Cerezas y menta. Un sorbete de pistacho y se viste de verde brillante. Una niña saca la lengua y la pasa por su piel. La mamá tira de ella, se la lleva en volandas.
La mañana ha levantado los brazos al sol del membrillo. El parque está desierto. Se estremecen las primeras hojas de otoño bajo sus pies. Se sienta en un columpio. Impulsa su cuerpo y corta el aire con el vuelo de su falda. Cierra los ojos. El aire trae la humedad del mar. Y una eternidad la retiene. Remolonea. Se mira la mano derecha, los dedos como palitos. Es hora de arribar a puerto.
Las gaviotas sobrevuelan la cubierta de un barco de pescadores, bajan y se llevan algún despojo en el pico. El agua está mansa. Rizada de luz en el camino que abre el sol. Mediodía. Momento de zambullirse. Toma impulso y se lanza. Pasa un pez veloz y asustado bajo sus brazos delgados de agua. Agua dentro del agua. Agua que respira, que siente, que se disuelve y nutre.
Y llegará el atardecer. Y con las primeras luces de las farolas, nacerá la ciudad submarina y el zapato sin cordones buscará su casa, y en la carta arrugada, el corazón desangrará su tinta roja. Y las gotas se buscarán para reagruparse. Entonces ella recuperará su cuerpo de agua y saldrá del mar.
Azul intenso, agua salada que se desliza por las aceras, bajo las luces de neón de clubes pintados de rosa y oro, que deja su huella líquida en la ventanilla de un cine, en el velador de un café, en el banco de un parque solitario. Y después el regreso a casa. Tres horas. Sólo tres horas de sueño, antes de que llegue un nuevo amanecer. Mujer de agua.

25/9/11

PERIFERIAS



- Ayer me puse delante del espejo y no me vi guapa, sólo vi un adefesio con palo de fregona. Tampoco vi a Dios en los fogones como usted dijo.
- Lo dijo Santa Teresa. Anda, reza tres padres nuestros y vete a casa.
-¿Y por qué tengo que rezar si no he hecho nada todavía?
- Para que se te quiten esas ideas que te rondan en la cabeza- dice don Agapito.
De mañana no pasa. Solicitará el traslado a una parroquia del barrio de Salamanca.

20/9/11

DEVOLUCIÓN

Fotografía cogida de la red


Soñé que no podía dormir. A través del cristal de la ventana de mi habitación, veía el cielo negro de una noche sin luna ni estrellas. Tenía mucha sed. Me levantaba iba a la cocina, abría el frigorífico y sacaba una botella de leche. Sabía a natillas con grumos y galletas maría. Me la bebía toda. Luego iba al cuarto de los niños. Sobre la mesa de color verde y naranja había una máquina de escribir antigua con un teclado alto que dejaba ver parte de sus tentáculos. Me sentaba en una silla pequeña y comenzaba a escribir. El carro iba devorando el papel y el timbre avisaba cada medio segundo de que había llegado al final de la línea. Olía a patio de colegio y a leche agria, por eso yo sabía que estaba escribiendo algo sobre las ayudas del plan Marshall. Llevaba escrito un papel corrido que arrastraba por la habitación, cuando se coló en mi nariz el olor del apresto de los uniformes recién estrenados. Supe que algo terrible iba a pasar. En seguida vino el hedor de la pólvora, de la tierra removida, de los ríos de sangre y de la carne abrasada. Soñé que dejaba de escribir, me iba al baño y vomitaba toda la historia.

14/9/11

EL COLECCIONISTA


Comencé en el instituto. Todos mis compañeros la llamaban Pinocho por su nariz, y se reían a sus espaldas. Yo seguía sus bromas con una risa floja porque la profesora de Lengua me gustaba muchísimo. Tenía el pelo más bonito que había visto después de las crines de los caballos que cepillaba mi padre.

Fue por casualidad. Uno de aquellos días en que mi salud débil y un frío intenso en el patio, me dejaron sin recreo. Me quedé solo en el aula. Un rayo de sol se dobló sobre la mesa y el pelo enredado en la espiral de su cuaderno, brilló como una hebra de té negro. Me levanté del pupitre y lo cogí. Era liso y muy suave. No pensaba hacer nada en concreto, pero en ese momento ella entró en clase y lo metí en mi bolsillo. A solas, en mi habitación, lo estuve mirando suspendido de la punta de mis dedos, contra el cristal de la ventana. Cambió de color con la luz roja del atardecer. Parecía un hilo de fuego. Busqué una de las bolsitas con cierre automático en las que mi madre tenía los botones y los corchetes y lo guardé dentro, luego la metí bajo el montón de libros y cuadernos. Desde ese día, pasé la mano por la espalda de la vecina, cuando lloró en mi hombro la pérdida de su perro Negrito, y me quedé con un filamento rizado, rubio oscuro; recogí el de color azafrán de una amiga en la universidad; arrastré entre mis dedos, con la excusa de retirar polvo de su chaqueta, la culebrilla castaña de una compañera de trabajo. Azafatas, cantantes, escritoras, carniceras, verduleras, amas de casa, actrices... Todo pelo que se me ponía a mano iba a parar a una bolsita para mi colección. Llegué a tener tres mil cuatrocientos cinco pelos.

Han estado a punto de descubrirme, he pasado apuros económicos. En cierta ocasión estuve cerca de venderlos a mi amigo Pablo, que colecciona desde recortes de periódicos, a alfileres de distintas cabezas. Pero no lo hice. Aguanté la mala racha comiendo la sopa boba. Y un día llego a mi casa y me encuentro a mi mujer en jarras diciéndome que soy un puerco y que ha tirado mi colección a la basura. Dijo que la encontró limpiando, pero fue un registro en toda regla, porque la muy pava creía que la engañaba con otra. Esa noche machaqué unos orfidales en un mortero y se los eché en el vino. Ella no dejó de hablar durante la cena. Parecía contenta, tal vez sorprendida de cómo me lo había tomado. Esperé a que estuviera bien dormida. Cogí las tijeras y le corté su hermosa melena del color de las nueces. Ahora, cuando barre, si me he cortado las uñas de los pies, deja un círculo con ellas dentro, y si ve unos pelos atravesados en las púas de mi peine, coge el cepillo para alisar los primeros brotes de su cabeza.

11/9/11

LA NUEVA BABEL

Ya he vuelto, queridos blogueros. Y para desengrasar un poco el lagrimal, una sonrisa.

Llegué en taxi, como debe ser, sobre las cinco de la tarde, después de la siesta como también debe ser. Una riñonera con la documentación y los ahorros de la cartilla que dejé temblando; la bolsa con cuatro trapitos, lo imprescindible. Camisetas, pantalones, vestidos, bragas, sujetadores, calcetines, pantis, zapatos, zapatillas, camisones, pijamas, bolsa de aseo y otras cosas más que ya no recuerdo, y el ordenata agarrado a mi muñeca con unas esposas. Me hice la dueña y señora de un banco y allí puse mi despacho, haciendo una especie de corralito con las latas de Coca Cola y otras bebidas que iba consumiendo. La comida regular pero ya estaba acostumbrada. Combinaba entre la cafetería, el restaurante y las máquinas de sánwiches y patatas fritas.

Al principio estaba encantada con el ambiente. Carros de equipaje empujados por mujeres, hombres y niños de todos los pelajes. Los altavoces soltando su carga enlatada de ofertas y los carteristas llevándose de todo un poco. Mestizaje puro. Luego comenzó a irritarme la cantinela de los altavoces y los talones mugrientos de algunos paseantes. Empecé a llamarle la atención al ladronzuelo que se había quedado por mi zona, amenazándolo con denunciarle si no se largaba para otro lado. Tenía la novela en la cabeza pero aún no había encontrado el momento de empezar. Era todo tan excitante. Aprendí pronto a distinguir al nacional del extranjero y me divertía provocar a todo bicho viviente.
Y así vivía yo, feliz gestando mi obra maestra, cuando se me cruzó él. Sólo dije aquello de, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre, y solté una risotada. Sí, ya sé, un poco ordinaria sí que me había vuelto pero no merecí el castigo que se me vino encima. Se volvió y con una sonrisa espléndida me preguntó cuánto. ¿Cuánto qué?, le contesté yo con otra pregunta. Cuánto valer tú, me soltó a bocajarro. Y yo, que una no tiene precio, qué se había creído, que yo eso lo hacía gratis. Dónde, dijo él. Ahí me di cuenta de que la suerte estaba echada. El tipo se me pegó al costado y se puso a sobarme el brazo y no atendía a razones. Guapo lo era un rato largo pero una es muy estrecha y no ha pasado del piropo y siempre pensando que no se me iba a entender. ¡Quién iba a pensar que aquel negrazo de cuerpo imponente tendría conocimientos de castellano! Comencé a considerar que tal vez fue un error largarme de casa. Recogí mis cosas y salí por la primera puerta que vi, levantando una mano para llamar a un taxi. El senegalés, por decir algo, detrás, insistiendo. Se me ocurrió un plan diabólico. Le di la llave de la casa de mi pueblo andaluz, veinte centímetros de hierro, dirección incluida, y lo invité a perfeccionar su excelente castellano. Él aceptó encantado. Antes de subir al taxi, le di un beso llevada por la compasión más que por el deseo. Porque cuando el guaperas salga al patio y escuche al vecino a través del muro de separación discutir con la mujer en los términos de: que no jes eso ahí, estás ton o qué, y mira que te lo ten di que cuides del rroz; a una velocidad de dos mil palabras por segundo, una de dos, o se vuelve loco o se coge una depresión de consecuencias incalculables. Iré a rescatarlo dentro de unos días. Tan mala no soy. ¿O sí?

12/8/11

PENÚLTIMA FRONTERA

Queridos blogueros yo también me voy unos días. La casa está en buenas manos. Mientras, aquí os dejo un relato de ausencias. Va por vosotros.
Cuando subía el cristal de la ventanilla, cerraba los ojos y veía las tres figuras en el andén como una escena de aquella película que pasaron varias veces en el cine de verano. Elena en medio, con una mano extendida y la otra cerrada en un puño con el pañuelo mojado de llanto. Mi hermano Ambrosio a su derecha, también despidiéndome con una mano y los dedos de la otra en el hombro de mi mujer. A su izquierda, Amelia, mi niña chica, apretando contra su pecho el hipopótamo de trapo.
Me quería tirar del tren allí mismo. Rodar por la ladera y volver andando a mi pueblo. Y durante todo el recorrido no dejaba de decirme: “Tú aguanta, que sólo es un mes. Tú aguanta, que como mucho dos”. Y así me iba resignando. Luego pasaban los días como alquitrán pegado a los zapatos. Hileras de cepas que se perdían en el cielo y a las que nunca terminabas de arrancarles las uvas. Trabajar, comer; trabajar, cenar, dormir. Poco más. De vez en cuando, algún compatriota se animaba a hacer unas migas en la casa compartida. Era peor. Me entraba una morriña de muerte comiendo aquellos trozos de pan con embutido insípido. Se humedecían mis ojos recordando las que hacía Elena, con el chorizo de matanza, aquel que se curaba con el humo de la chimenea, su tocino veteado, sus pimientos secos, sus ajos. Migas con uvas. Sobre las trébedes y con unas sardinas de Málaga.
Pero aquellas eran las menos. La mayoría de las veces comíamos del rancho que preparaba una mujer seca y avinagrada, con la que nunca hablé porque no conocía ni una palabra del idioma. Y podía haberlo aprendido, que no era tan difícil. Porque esta jerga que oigo ahora, no hay dios que la entienda. A ver dónde está el intérprete para esto.
Aquí no hay cementerios con sus tumbas y sus lápidas. Aquí no puedo escribirle a Elena, como hacia cuando me iba a la vendimia, y contarle que me dan miedo las tapias, tan bajas que si te mueres, sólo hace falta que te echen en volandas por encima del muro y ahí te quedas para siempre. Aquí no hay hollejos y pulpas pisadas que fermentan y te hacen llorar sin quererlo. No puedo decirle que añoro el olor de la aceituna prensada con la muela y el zumo ámbar escurriendo por los canales hasta los pozos. Ni que disparo con el dedo a una bandada de pájaros mientras recuerdo el hedor de la pólvora y veo a los perros rastreando la sangre de la liebre que intenta llegar a la madriguera. Tampoco puedo enviarle dinero, ni hacer un extra y llamarla por teléfono.
Me gustaba desahogarme con ella y hacerle preguntas sobre la niña y mi hermano, al que imaginaba a su lado todos los días, comiéndose los lomos de la matanza en el jogarín. Me daba una rabia ciega pensar que la mala suerte se había cebado conmigo, agricultor, y no con él, un chupa tintas del Ayuntamiento con un sueldo fijo todo el año. Pero cuando estaba más tranquilo, me alegraba de tener a Elena y a mi niña chica. Eso mi hermano no podía tenerlo. Por eso le escribía también a él de vez en cuando, para que no se hiciera ilusiones, para recordarle que volvería al pueblo después de la vendimia y estaría otra vez con mi mujer y mi niña chica.
Ahora no sé la fecha de mi regreso. Ni si habrá regreso. Creo que no. Estela, que fue el nombre que le puse, se esfuerza por entender mi idioma y viene a verme todos los días a esta enorme pompa de jabón donde vivo y de la que no puedo salir, aunque nada sé cierto. Pero sospecho que si intentara abandonarla, moriría. Pregunta qué quiero, yo le digo que volver a casa, y ella se pone triste.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Aquí no hay almanaques y las hendiduras que hago en las paredes con el dedo, se alisan en dos o tres vueltas espaciales. No sé si fue hace un año, o dos, o tal vez tres, cuando la curiosidad me llevó hasta aquel agujero negro en mitad del sembrado. Me pregunto qué pensaría Elena cuando desaparecí sin dejar ni una carta de despedida. Supongo que al principio me buscaría. Daría parte en el cuartel de la Guardia Civil; viajaría a la capital y pegaría carteles en las paredes de los edificios, en los coches, en los troncos de los árboles, en las farolas; llamaría a la radio y a la televisión, a los periódicos. Hasta que se cansara. Porque nadie espera eternamente. Tal vez piense que la he abandonado, que ya no la quiero. Quizás me haya dado por muerto. Ahí estará mi hermano para consolarla.
Y si pudiera volver ¿qué le diría a Elena? ¿Que sembraba el trigo cuando vi aquella mancha negra como una sombra sin árbol; que fui hacia ella y La Tierra desapareció bajo mis pies? Nunca me creería. Me echaría de su lado como a un loco o a un traidor. No sé con cuál de las dos posibilidades se quedaría, pero en cualquier caso, la habría perdido para siempre. La he perdido. No puedo volver. Antes, ella esperaba mi regreso; ahora no. Esa es la diferencia entre irse a trabajar fuera para tener ahorrado un dinero en caso de que llegue un año de sequía o el pedrisco destroce las cosechas, y este viaje inesperado, sin despedida, ni cartas, ni llamadas de teléfono.
Al principio de estar aquí, me desesperaba y temía por mi vida. Ahora sé que no tienen intención de hacerme daño, que me dejaron en este gran globo elástico y transparente, y llenaron de agua los pétalos de cristal líquido que flotan a mi alrededor, para que pudiera vivir. Procuran no molestarme, sólo Estela viene a verme. Antes me daban pavor esas cosas largas colgándole del cuerpo. Evitaba mirarla y me alejaba de ella para que no hubiera el menor contacto.
Ha pasado el tiempo y ya no huyo ni miro hacia otro lado cuando entra en la burbuja. Ya no siento rechazo. Porque tiene unos ojos muy grandes que cambian a menudo de color. Son morados si le digo que quiero volver a casa, y son un arco iris que va pasando, si me ve comer esta especie de batatas saladas y cintas con sabor a pescado y no pongo caras raras como antes, ni arrugo la nariz con el olor intenso, a mar profundo, que se cuela cuando ella atraviesa las paredes de mi casa. Podría hacer un esfuerzo por entenderla. Podría hablar su idioma. Podría quedarme.

11/8/11

EL ASPIRANTE


Nunca supo el porqué de su infortunio. Le gustaba la vida. Tenía salud, una mujer a la que amaba y un hijo con la rebeldía propia de una adolescencia de libro. Entonces ¿por qué aquella amargura regurgitada desde lo más hondo? “Lo que te ocurre es por ser demasiado optimista. Mírame a mí: como espero poquitas raciones de felicidad, con cualquier cosa me contento”, le decía una y mil veces su mujer, como quien repite una letanía. Y él pasó del “mea culpa” a un odio cada vez más generalizado hacia los humanos. Sólo aguantaba a su gato, con quien no tenía problema alguno de comunicación. “Cada vez que me encuentro con el del tercero, me dan unas ganas de darle un puñetazo...”, se decía para sus adentros, pues ya había renunciado a transmitirle sus venenos a la mujer que era feliz pintando la terraza de azul cobalto o yéndose a las rebajas de las que volvía con un trapito que luego tiraba a la basura porque, a ver para qué quería ella una falda de lunares. De su trabajo, ni hablaba, para qué si era basura de último cuño capitalista. Aguantar, tenía que aguantar un rato largo las impertinencias de su jefe. Y el sueldo ni mencionarlo. En esas estaba, apurando los últimos gramos de optimismo, cuando se le ocurrió gritar a un conductor que lo había adelantado por la derecha que ojalá se lo llevaran los demonios. Fue decirlo y pararle el guardia civil y meterle un tajo de puntos que lo puso al otro al borde del llanto. Aquello, pudiendo ser una casualidad, no dejó de mosquearlo, así que detuvo el coche en el arcén, prendió un cigarro, aspiró fuerte y con una medio borrachera de alquitrán y nicotina, hizo el conjuro: “Vendería mi alma al diablo por aderezar el camino de mi vida con un puñado de cadáveres”. Entonces el guardia civil se le acercó y dijo: “Poder, puedo, pero no tanto. Sobre la vida y la muerte, manda Él, que para eso nos derrotó en la madre de todas las batallas. Ahora, si tú quieres, me quedo con esa piltrafilla de alma que arrastras por los suelos a cambio de algún descalabro de tus enemigos”. “¡Hecho!”, dijo él, tendiéndole la mano en un apretón más que caliente. “Lo siento, hombre, es que de donde vengo todo es brasa”, se disculpó el diablillo, pues eso dijo ser. Acordaron su primer trabajito: convertir a la mujer en una amante endiablada, no sólo siempre dispuesta a practicar el sexo, sino también, y eso era lo importante, una oyente activa que se quedara, cual papel secante, con todas las penas que él fuera estampando en su cabeza.
Cuando llegó a su casa, su mujer se acercó con los ojos brillantes de lascivia, en tanga y sujetador a medio pecho, le echó los brazos al cuello, cogió el labio inferior del marido con los dientes y le dio un mordisquito que le enderezó todo lo que había de lacio en su cuerpo. Luego ajustó el rojo fuego de sus labios a los de él y ardieron juntos en las llamas del mismísimo infierno.
Al día siguiente, le pidió al comprador de almas que arruinara a su jefe, ya que estaba claro que pensaba despedirlo. El diablillo aceptó encantado y le retiró al jefe todos los fondos de sus cuentas bancarias. El resultado de esa intervención acabó con un salto mortal del arruinado desde el decimonoveno piso de su apartamento, y las carcajadas satánicas del que antes fuera un alma en pena y que ahora andaba más contento que unas castañuelas en la feria de Sevilla.
Del hijo exigió, no respeto, sino sumisión y vuelta a las buenas maneras, porque, a ver qué era eso de tutear al padre; de usted y firme cada vez que él lo llamara para pedirle algo. A la suegra la mandó varias veces al hospital cuando se ponía cargante, pues con ella no valía conjuro alguno para doblegar su voluntad de arpía. El diablillo le confesó que tal vez fuera un demonio a medio hacer y por eso no había forma de que hincara la rodilla ante él. Pero no pudo librarse de una caída por la escalera del autobús, ni un cólico nefrítico que dejó el rastro de sus uñas en los camilleros que vinieron a buscarla en una ambulancia.
Comenzaron entonces los síntomas de una adicción al mal que puso al diablillo contra las cuerdas. “Que me quites de en medio a ese tío engominado”, ordenaba el vendedor de alma con los ojos volteándose en las cuencas y la excitación engarfiando sus manos. “¡Pero, hombre, ¿qué te ha hecho?!”, se escandalizaba el diablillo. “Su mera existencia me molesta. A ver cómo puedes meterle un buen puro. A ser posible con un final como el de mi exjefe”, le ordenaba con una risa cada vez más satánica. El tipo pagó sus excesos de gomina con una caída irrecuperable de pelo. Empezó a sufrir las burlas de los niños del barrio, y su vanidad encogió en la misma medida que su cuerpo se doblaba hasta exhibir una hermosa joroba en su espalda que provocó la risa del vecindario, y lo hizo encerrarse en el piso de donde lo sacaron medio enterrado por las bolsas de basura y con algún mordisco en las orejas por los ratones que habían tomado la casa.
Al cabo de un año, el diablillo intentaba esquivar al tipo sin alma que lo mismo pedía una rotura de piernas de un alcalde corrupto que una embolia de un especulador de vivienda. Se daba cuenta de que el humano ganaba en ánimos y ganas de vivir e iba de víctima en víctima, cual garrapata engordando en deseos de maldad, mientras él estaba cada día más alicaído y comenzaba a sentir remordimientos y pena por todos los que, de una manera u otra, terminaban engrosando las necrológicas de los periódicos. “Mira que nos la estamos jugando, que ya te dije que en los temas de la muerte no debía meterme”, le avisaba al desalmado. “¿Y quién dice que te metas? Si uno quiere morirse, pues que lo haga”, soltaba el exterminador de humanos con una carcajada del más allá. “Este me quita el puesto”, se dijo el diablillo. “Está haciendo méritos para pasar directamente a demonio con derecho a cornamenta, que era lo que me correspondía a mí”. Y en un último intento por acabar con el aspirante a demonio, urdió una trampa: puso la billetera al alcance de la mano del hijo adolescente con el convencimiento de que no sería capaz de hacerle daño a los de su propia sangre. “Me lo dejas en manos de la pija de la Rosario para que le retuerza los cojones, metafóricamente hablando, y se quede de por vida de calzonazos”, pidió el padre sin que la voz le temblara lo más mínimo. “¡Pero hombre, que es tu hijo!”, soltó el mediodiablillo, pues ya estaba sintiendo como un humano. “¡Quién lo sabe!”, dijo el mediohumano que ya notaba su transformación en demonio. “Además que yo lo que quiero es largarme a Manhattan, al mismo corazón de la maldad, y dedicarme a la compra-venta de almas. Así que puedes quedarte con él, te lo regalo”, y comenzó a llenar la maleta de bolsas con dinero. “!Pero tú no puedes!”, chilló el que ya sentía como humano, sabiendo que había perdido la partida. “A ver si te crees que las últimas intervenciones las hiciste tú. Nada, no funcionabas. Me di cuenta de que no podías ni con tu alma, menos con la mía que ya pesaba toneladas de maldad, cuando dudaste a la hora de quitarle toda pasión por la vida a mi mujer. Así que me puse en contacto con Él y ya sólo hago tratos a lo grande”. Cerró la maleta, cogió a su gato, y antes de salir, dijo: “ Si quieres, puedes quedarte también con ella”. Se marchó dando un portazo. Y mientras bajaba en el ascensor, soltó su última carcajada medio humana.

7/8/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)

Del blog animalnaturaleza.

Oía la llamada. Se hundía un poco más. Su nombre picoteado por el graznido de las gaviotas. Y de repente, mamá lo desenterraba de la arena.

5/8/11

ADICCIONES

Fotografía de Bernardo Álvarez


Soy amadecasapendiente y llevo unos minutos sin pensar en unos pimientos rellenos ni en hacer la compra.

Hace unos días toqué fondo. Toda la mañana cocinando, el frigorífico hasta arriba, y agarré la cesta y salí a la calle. ¿Qué hacía yo en mitad de la acera, en bata y con zapatillas de estar en casa?, me decía, cuando tropecé con una cuartilla abrazada a una farola anunciando un taller de escritura dos portales más abajo. Supongo que fue la hartura de mí misma la que me puso delante de un señor que me preguntaba a qué había ido.

-¿A qué va a ser?, a lo de aprender a escribir.

- Ya bueno, pero tenemos cursos de narrativa, de guión, de poesía...

Ahí sufrí un ataque, una puñalada trapera del cocineo y dejé al de las letras ofreciéndome cursos, para adentrarme en el bonito, que también me ofreció el pescadero a primera hora de la mañana, y sus maneras de prepararlo. "Quedaría bien encebollado, pero al niño no le va así, mejor con tomate."

- Entonces, ¿cuál le interesa?

- El que sea más fácil.

- Todos tienen su dificultad, pero podría comenzar con el cuento.

Dije que bueno y entonces él avanzó algo del curso.

-...Ab obo...

"Los huevos rellenos quedarían bien para el domingo"

-... in media res...

"Unos filetes en salsa y me hacen reverencias".

- Y sepa usted que contamos con la presencia de un alumno aventajado que ya ha ganado unos cuantos jamones de Teruel en un concurso radiofónico.

Temblando de emoción, abrí mi bolso, saqué el talonario, le hice una seña para que me dejara su bolígrafo, escribí seiscientos euros y firmé el cheque. Luego se lo entregué, agradecida, y salí pensando en los platos que iba a preparar con los jamones.

P.D. Este relato lo escribí hace tiempo, en un mano a mano con un escritor que ganó varios jamones en un concurso radiofónico. Lo traigo aquí como una pequeña muestra de la variedad de enganches de los que podemos quedarnos colgados: desde productos tóxicos, a la comida, al cuerpo, a los talleres literarios, etc. Todo muy nocivo para la salud.

3/8/11

NOSTALGIA (Finalista de junio del concurso sobre abogados)

fotografía tomada de la red

Todos los años por el cumpleaños de mamá, papá se saca del cuello la cinta morada con la llave y abre el candado que puso en el armario de ella. Revisa sus vestidos y zapatos. Comprueba que el birrete sigue en la balda de arriba. Se entretiene un poco acariciando las puñetas de la toga y por último coge el CD guardado en el primer cajón entre la ropa interior. Sentado al lado del plato vacío, escucha “Ansiedad” en la voz cadenciosa de Nat King Cole mientras brinda con una copa sin dueña. Sé que no debería consentirle que haga eso y seguir las instrucciones de su médico. La nostalgia es un tóxico más potente que cualquier veneno y su corazón es débil. Pero desde que se la arrebató el marido despechado de una clienta, a la puerta de los juzgados, él sólo piensa en reunirse con ella.

31/7/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)


Ella se baña. Él espera en el chiringuito. Pasa la lengua por la piel. Sabe a limón y sal: la devoraría. Un bocado, y se come media sardina.

26/7/11

RELATO GANADOR "CUENTA 140"


Mientras mamá dormitaba en su hamaca, él devolvía las olas al mar a raquetazos. Aquella ola gigante dejó la raqueta huérfana en la arena.