11/8/11

EL ASPIRANTE


Nunca supo el porqué de su infortunio. Le gustaba la vida. Tenía salud, una mujer a la que amaba y un hijo con la rebeldía propia de una adolescencia de libro. Entonces ¿por qué aquella amargura regurgitada desde lo más hondo? “Lo que te ocurre es por ser demasiado optimista. Mírame a mí: como espero poquitas raciones de felicidad, con cualquier cosa me contento”, le decía una y mil veces su mujer, como quien repite una letanía. Y él pasó del “mea culpa” a un odio cada vez más generalizado hacia los humanos. Sólo aguantaba a su gato, con quien no tenía problema alguno de comunicación. “Cada vez que me encuentro con el del tercero, me dan unas ganas de darle un puñetazo...”, se decía para sus adentros, pues ya había renunciado a transmitirle sus venenos a la mujer que era feliz pintando la terraza de azul cobalto o yéndose a las rebajas de las que volvía con un trapito que luego tiraba a la basura porque, a ver para qué quería ella una falda de lunares. De su trabajo, ni hablaba, para qué si era basura de último cuño capitalista. Aguantar, tenía que aguantar un rato largo las impertinencias de su jefe. Y el sueldo ni mencionarlo. En esas estaba, apurando los últimos gramos de optimismo, cuando se le ocurrió gritar a un conductor que lo había adelantado por la derecha que ojalá se lo llevaran los demonios. Fue decirlo y pararle el guardia civil y meterle un tajo de puntos que lo puso al otro al borde del llanto. Aquello, pudiendo ser una casualidad, no dejó de mosquearlo, así que detuvo el coche en el arcén, prendió un cigarro, aspiró fuerte y con una medio borrachera de alquitrán y nicotina, hizo el conjuro: “Vendería mi alma al diablo por aderezar el camino de mi vida con un puñado de cadáveres”. Entonces el guardia civil se le acercó y dijo: “Poder, puedo, pero no tanto. Sobre la vida y la muerte, manda Él, que para eso nos derrotó en la madre de todas las batallas. Ahora, si tú quieres, me quedo con esa piltrafilla de alma que arrastras por los suelos a cambio de algún descalabro de tus enemigos”. “¡Hecho!”, dijo él, tendiéndole la mano en un apretón más que caliente. “Lo siento, hombre, es que de donde vengo todo es brasa”, se disculpó el diablillo, pues eso dijo ser. Acordaron su primer trabajito: convertir a la mujer en una amante endiablada, no sólo siempre dispuesta a practicar el sexo, sino también, y eso era lo importante, una oyente activa que se quedara, cual papel secante, con todas las penas que él fuera estampando en su cabeza.
Cuando llegó a su casa, su mujer se acercó con los ojos brillantes de lascivia, en tanga y sujetador a medio pecho, le echó los brazos al cuello, cogió el labio inferior del marido con los dientes y le dio un mordisquito que le enderezó todo lo que había de lacio en su cuerpo. Luego ajustó el rojo fuego de sus labios a los de él y ardieron juntos en las llamas del mismísimo infierno.
Al día siguiente, le pidió al comprador de almas que arruinara a su jefe, ya que estaba claro que pensaba despedirlo. El diablillo aceptó encantado y le retiró al jefe todos los fondos de sus cuentas bancarias. El resultado de esa intervención acabó con un salto mortal del arruinado desde el decimonoveno piso de su apartamento, y las carcajadas satánicas del que antes fuera un alma en pena y que ahora andaba más contento que unas castañuelas en la feria de Sevilla.
Del hijo exigió, no respeto, sino sumisión y vuelta a las buenas maneras, porque, a ver qué era eso de tutear al padre; de usted y firme cada vez que él lo llamara para pedirle algo. A la suegra la mandó varias veces al hospital cuando se ponía cargante, pues con ella no valía conjuro alguno para doblegar su voluntad de arpía. El diablillo le confesó que tal vez fuera un demonio a medio hacer y por eso no había forma de que hincara la rodilla ante él. Pero no pudo librarse de una caída por la escalera del autobús, ni un cólico nefrítico que dejó el rastro de sus uñas en los camilleros que vinieron a buscarla en una ambulancia.
Comenzaron entonces los síntomas de una adicción al mal que puso al diablillo contra las cuerdas. “Que me quites de en medio a ese tío engominado”, ordenaba el vendedor de alma con los ojos volteándose en las cuencas y la excitación engarfiando sus manos. “¡Pero, hombre, ¿qué te ha hecho?!”, se escandalizaba el diablillo. “Su mera existencia me molesta. A ver cómo puedes meterle un buen puro. A ser posible con un final como el de mi exjefe”, le ordenaba con una risa cada vez más satánica. El tipo pagó sus excesos de gomina con una caída irrecuperable de pelo. Empezó a sufrir las burlas de los niños del barrio, y su vanidad encogió en la misma medida que su cuerpo se doblaba hasta exhibir una hermosa joroba en su espalda que provocó la risa del vecindario, y lo hizo encerrarse en el piso de donde lo sacaron medio enterrado por las bolsas de basura y con algún mordisco en las orejas por los ratones que habían tomado la casa.
Al cabo de un año, el diablillo intentaba esquivar al tipo sin alma que lo mismo pedía una rotura de piernas de un alcalde corrupto que una embolia de un especulador de vivienda. Se daba cuenta de que el humano ganaba en ánimos y ganas de vivir e iba de víctima en víctima, cual garrapata engordando en deseos de maldad, mientras él estaba cada día más alicaído y comenzaba a sentir remordimientos y pena por todos los que, de una manera u otra, terminaban engrosando las necrológicas de los periódicos. “Mira que nos la estamos jugando, que ya te dije que en los temas de la muerte no debía meterme”, le avisaba al desalmado. “¿Y quién dice que te metas? Si uno quiere morirse, pues que lo haga”, soltaba el exterminador de humanos con una carcajada del más allá. “Este me quita el puesto”, se dijo el diablillo. “Está haciendo méritos para pasar directamente a demonio con derecho a cornamenta, que era lo que me correspondía a mí”. Y en un último intento por acabar con el aspirante a demonio, urdió una trampa: puso la billetera al alcance de la mano del hijo adolescente con el convencimiento de que no sería capaz de hacerle daño a los de su propia sangre. “Me lo dejas en manos de la pija de la Rosario para que le retuerza los cojones, metafóricamente hablando, y se quede de por vida de calzonazos”, pidió el padre sin que la voz le temblara lo más mínimo. “¡Pero hombre, que es tu hijo!”, soltó el mediodiablillo, pues ya estaba sintiendo como un humano. “¡Quién lo sabe!”, dijo el mediohumano que ya notaba su transformación en demonio. “Además que yo lo que quiero es largarme a Manhattan, al mismo corazón de la maldad, y dedicarme a la compra-venta de almas. Así que puedes quedarte con él, te lo regalo”, y comenzó a llenar la maleta de bolsas con dinero. “!Pero tú no puedes!”, chilló el que ya sentía como humano, sabiendo que había perdido la partida. “A ver si te crees que las últimas intervenciones las hiciste tú. Nada, no funcionabas. Me di cuenta de que no podías ni con tu alma, menos con la mía que ya pesaba toneladas de maldad, cuando dudaste a la hora de quitarle toda pasión por la vida a mi mujer. Así que me puse en contacto con Él y ya sólo hago tratos a lo grande”. Cerró la maleta, cogió a su gato, y antes de salir, dijo: “ Si quieres, puedes quedarte también con ella”. Se marchó dando un portazo. Y mientras bajaba en el ascensor, soltó su última carcajada medio humana.

11 comentarios:

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Le queda una buena carrera por delante. Siempre he estado convencido de la maldad mefistofélica de los trepas.

Enhorabuena.

Nicolás Jarque dijo...

Lola que gran relato de intercambio de papeles. Me he reído mucho con las maldades que el vendedor de almas ideaba. Y como sufría el diablillo cada vez más. Es que el que nace diablo y el que es bueno, por mucho que tenga un titulo u otro al final acaban teniendo su destino cumplido.
Me ha encantado y muy buena la resolución.
Besos endiablados.

Rosa dijo...

Qué bueno Lola!!!
Ese intercambio de humano a demonio y viceversa, y que fuese guardia civil...jajaja, buenísimo.

Gracias por este ratejo. No perderé mi alma por ello, verdad?

Besos desde el aire

Elise Reyna dijo...

Un relato divertido Lola. cariños

Patricia Nasello dijo...

La próxima será de demonio con cornamenta!
Ya me lo imaginaba yo, ningún pobre diablo podría manejar la maldad de la que son capaces algunos humanos.

Me encantó desde el título.

Un gran cuento, Lola.

Besos buenos

Juan Leante dijo...

Lástima que no le diera por arreglar el descosio de la prima de riesgo, la deuda, los especuladores y su puta madre. ¡Hostia! ya me estoy calentando un poco con el contenido de esta historia. ¿No podrías contactar...?
Un besazo.

Ximens dijo...

Hola Lola, soy nuevo por aquí. Llegué a través de Elysa, y de tus relatos en El País.
Es curioso como reflejas en tu relato el que cada vez más los diablos se parecen a los humanos. Es un relato tipo bucle extraño que me ha gustado. Sin llegar a tanto ¿quien no ha deseado alguna vez que al jefe se le lleven los diablos?

Cora Christie dijo...

Al fin te dio la ventolera gamberra!Ya tocaba

¡pobre criatura hombre!

¡pobre amigo suyo gato!

¡hembra celosa!

Análisis clarito como agua del Tinto

Lola Sanabria dijo...

Yo también, Pedro. Son demonios reencarnados.

De eso se trataba, Nicolás, de hacer reír un rato.

Estuve dudando, Rosa, entre un micro de los de llorar a moco tendido y éste. Me dije ¡qué coño, estamos de vaciones un poquito de risa no hará mal!

Me alegro de que te hayas divertido, Elise.

Los humanos, Patricia son lo más en maldad.

Estoy en ello, Juan, a ver si lo consigo y nos hace algunos arreglos terrenales que falta hacen.

Bienvenido, Ximens. Pasa y acomódate, iremos planeando una destitución de jefes a lo grande.

Ya sabes tú, querida Cora, lo bien que me lo paso con estas gamberradas. Lleno la casa de risas satánicas.


Lluvia de besos a repartir.

Elysa dijo...

Sé que me repito, Lola, pero este Aspirante es muy bueno.
Realmente poco tiene que hacer este diablillo, ya hay bastantes humanos que le superan en maldades.

Besitos de los buenos

Lola Sanabria dijo...

Una repetición tan buena, siempre es de agradecer.

Besos, mil, Elysa