18/5/20

APLAZAMIENTO. SELECCIONADO EN EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS

Ambos entendemos lo que siente el otro y sabemos que un abrazo ...
Tomada de la red

Si yo iba a la cocina, tú te quedabas en el salón. Si entraba en el cuarto de baño, tú te afeitabas en el aseo. Mientras yo dormía, tú descolgabas del tendedero la mascarilla, cogías la lista común y hacías la compra. Si yo veía las noticias en la televisión, tú oías en la radio que aún no había vacuna para el coronavirus. Propagación era la palabra maldita mil veces escuchada. Necesitaba calor humano. Y allí estabas tú. Comenzamos a buscarnos. A dejar una mano sobre el aparador para que el otro la rozara al pasar. A sentarnos juntos en el sofá. A volver a compartir la cama. A querernos. Cuando juntos vencimos la pandemia y se acabó el confinamiento, fuimos de la mano al despacho del abogado, rompimos los papeles del divorcio y los lanzamos al aire. Fueron cayendo como copos de nieve hasta desaparecer de nuestras vidas.

1/5/20

VECINOS

ᐈ Viejitos tomados de la mano imágenes de stock, fotos pareja de ...
Tomada de la red

Él respira pegadito a mi cabeza. Nos separa un tabique. Algo nimio. Y mientras intento conciliar el sueño me llegan voces, ruidos, música. La televisión ha cobrado una importancia de fetiche a donde se amarra con su compañera como un salvavidas en medio de este triángulo de las Bermudas que nos amenaza a todos. A veces escucho la voz de una doctora. Debe serlo. O tal vez enfermera. En cualquier caso una sanitaria. Lo sé por el tono recomendatorio, por la despedida, porque su voz se aleja hacia la puerta, por el ruido al cerrarse y las vueltas de llave. «Que ha dicho que te tienes que tomar tres de estas  al día», dice la mujer. Utiliza un tono alto porque él ha pasado ampliamente los noventa y debe ir duro de oído. Contesta. No consigo descifrar lo que dice. Habla más bajo. Ella es mucho más joven y se entera. «Que han pillado a unos ciclistas por la Gran Vía. Pretendían escabullirse pero la policía les ha echado el guante», informa en otra ocasión ella. Y el hombre responde algo; no sé qué ni me importa. Porque lo vital es saber que sigue ahí al lado. Cuando anda, lo hace a pasitos, arrastrando los dos pies, como cuando te ponías bayetas debajo de los zapatos para sacar brillo a la cera del suelo, aunque sus suelas sí rechinan sobre la tarima. Uno y dos, se cambió del sillón al sofá. Uno, dos, tres, cuatro… Se aleja. Tal vez vaya a la cocina. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…Quizá al dormitorio. Escucharlo. Oírla a ella. Que no llegue silencio, aunque lo que se cuele a veces sea una pelea de gallos y gallinas televisivas. Que no lleguen los gritos, el llanto, la desesperación, la pérdida. Y así, siesta tras siesta, noche tras noche, todos alcanzaremos vivos la salida.

28/4/20

AMORES SOSTENIDOS

Tomada de la red.



Doblegaba el llanto con mucho llanto y la vuelta del chupete. Y entre sueños suspiraba hondo y la llamaba. No había consuelo posible. Nadie podía sustituirla. Ella es el cacao con leche. Yo, el  aguachirri en medio de la tormenta. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Dejaba el paseo de hámster por la rueda de la casa. Soltaba la sartén y los huevos a nada que mi niña la llamaba. Confeccioné guiñoles con telas viejas. Su padre le hizo un teatrillo con unas maderas. Ponía todo mi empeño en contarle historias. Repetía las que le contaba mi madre. Imitaba su voz. Nada era igual. «¡La abuela lo sabe hacer, tú no!», decía mientras se restregaba los ojos, en la antesala del diluvio universal.
Le gustaban mucho los patos y también los peces en el agua de la bañera. Los movía con una mano, mi madre con la otra, mientras hacían que hablaban entre ellos. Eran cariñosos unos con otros. Se querían. Encargamos toda una flota. La dejábamos estar todo el rato que quisiera en el agua. Faltaba la abuela. Convirtió la hora del baño en una batalla. El barco con sus viajeros, los buzos, el submarino, el pulpo, los peces y hasta los patos, sus preferidos, caían bajo la rabia en pelotazos de mi hija.
Yo también la echaba mucho de menos. Era el sostén a donde me agarraba cada día. Cuando una reunión de trabajo se alargaba, allí estaba siempre ella para atender a su nieta. Si enfermaba, seguía cuidando de mí como cuando era pequeña. Ante cualquier emergencia: ella. Una fuente inagotable de amor para compartir. Pero nada era comparable a la desolación de la niña. El tiempo parecía atrapado en una bola de mercurio. Llamadas y esperanzas, día a día. ¡Pronto volverá, ya verás, pronto, pronto!, le repetía una y otra vez a mi hija mientras la acurrucaba entre mis brazos y la mecía.
Y regresó. Parecía una sombra. Etérea de tan flaca. Liviana como una pavesa. Fue duro no poder tocarla. Sin embargo era tanta la alegría por haberla recuperado que hasta su nieta pareció entenderlo. A regañadientes la dejó encerrarse en su habitación para que pasara la cuarentena.
Ahora la niña se pasa todo el rato pegada a la puerta. A través de ella hablan. A través de ella, su abuela le cuenta historias, se inventa cuentos. Y desde el otro extremo del pasillo se lanzan besos cada vez que mi madre abre la puerta para coger la bandeja de comida. Vamos tachando los días en el calendario. Queda nada para abrazarla.

3/4/20

ATENCIÓN DOMICILIARIA



Las mascarillas de tipo FFP3 deben estar destinadas a los profesionales sanitarios que trabajan con pacientes ya diagnosticados (Foto. Freepik)

¿Y a quién tienes tú, de dónde sacarás fuerzas para seguir viviendo? No. Calladito. Déjame trabajar. Deja que pase el brazo por los huesitos de tu espalda. Que te acerque a mi pecho y te ponga la almohada. Sí, dos. Lo sé. Para que estés cómodo. Así. Cambiado. Con el cuerpo y la ropa limpios. Sí. La crema. No la he olvidado. No permitiré que salga ninguna escara . ¡Que sí, que no te preocupes! ¡Mira! ¿ves?, guantes y mascarilla. Para mí, para ti. Toda precaución es poca. Hoy no puedo quedarme más tiempo. Te contaré muchas cosas mañana. Te hablaré de que los días se rompen en pedazos iguales. Pequeños y punzantes. De que la gente se ha organizado en grupos de cuidados. De que vamos todos a una. De que saldremos adelante. Pero hoy no. Hoy hace un día radiante y las calles vacías están llenas de luz, sin un jirón de aire contaminado. Te subo la persiana para que puedas ver el cielo, los pájaros revoloteando de rama en rama. No lo dudes. Ganaremos esta batalla. Y yo volveré mañana.

8/3/20

GOTAS EN EL AGUACERO



Tomada de la red.



El 1 de diciembre del 1955, Rosa Louise McCauley de 42 años salió de un autobús para entrar en la cárcel al negarse a levantarse para ceder su asiento a un blanco. Una decisión que movilizó y organizó las protestas en Montgomery que acabaron con la segregación racial en el transporte público.
Ese latido. El latido. Un aviso de cuerpo y alma. Línea divisoria, sin tiza ni pizarra, paso adelante que rompe la resignación, que aprieta, rechina los dientes y levanta la cabeza y se niega a obedecer. Puños cerrados. Determinación. Resistencia a las amenazas. La ley no engrilla. Engrilla la indignidad, la injusticia, la sumisión. Pequeños y grandes latidos de heroínas que escriben la Historia.

29/2/20

EL CUARTO. GANADOR DE LA SEMANA DE LOS RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.
La luna con sus ojitos de sueño en la pared. La colcha con el pico deshilachado por las uñas de Bigotes. El vendedor y el puesto con las naranjas, los limones, las coles y el pimiento. La excavadora y los playmobil con sus cascos, palas y picos. Todo igual que lo dejó la infancia interrumpida.

Para escuchar la lectura del relato clicar aquí. A partir del minuto nueve.



25/2/20

FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS CONVOCADO POR ZENDA. LARGA TRAVESÍA DE ESPERANZA

Tomada de la red.



Noche cerrada. Noche sin luna. Boca de lobo que hiere sin daga ni bala. Entra la humedad al hueso y se queda ahí. Tirita el miedo de puro miedo. Jasira protege su barriga con la manta que tejió durante la espera. Suena y resuena en la memoria su corta vida. Todos los días recorría kilómetros para recoger agua y leña. Ordeñaba la cabra, amasaba el teff para las injeras. Traía el estiércol. Cuidaba de sus hermanos pequeños y recorría las vías del tren en busca de escoria. A veces se sentaba a la puerta de la choza y, si el cansancio no la vencía, era una niña que jugaba con una muñequilla hecha con harapos y cuerdas. Se pinchaba el dedo y con su sangre le dibujaba una gran sonrisa. Sonríe y la sonrisa se le congela en mueca. Entonces era feliz. Luego vinieron las guerras. Las violaciones. El terror. El mar mece la patera. Son demasiados dentro. Jasira no tiene miedo. Lo dejó en las chozas quemadas, en los llantos de niños, en los golpes de machetes que mutilaban y mataban, en las fronteras, en cada camino, en los pies llagados, en el hambre que masticaba cualquier cosa. La dieron por muerta como a toda su familia, pero decidió vivir. Ahora todo eso forma parte de una pesadilla. Ahora viene el dulce sueño. Nota las primeras contracciones. Espera un poco, susurra a la vida que lleva dentro. ¿No ves las luces a lo lejos? Pronto llegaremos, aguanta que ya estamos. En el otro lado de la barca, acaban de echar por la borda el cadáver de Ashanti. Aún falta  mucho para alcanzar la costa.