TORMENTAS EN LA MEMORIA
Viste vieja?, salió el sol. Siempre las tormentas pasan, vos lo sabés mejor que nadie, en nuestro camino, tantas veces creímos naufragar. Pero logramos llegar a tierra. Cómo pasan los años, hasta en las paredes de nuestra casa se nota. Nuestra casa. ¿Te acordás lo que hinchaste para que hiciera la cocina grande?, es tan enorme este lugar ahora, que más de una vez se me pierde tu aroma y tengo que inventármelo al igual que tu imagen. Pensar que en algún momento la pudimos llenar, aún me parece escuchar aquellos sonidos de domingo.
Mirá cuántas piezas vacías, por tu manía de querer que cada uno de los chicos tuviese una. Si nos habremos deslomado para hacerlas, vos sentada todo el día en la máquina y yo haciendo horas extra en la alpargata, pero lo logramos. Cuando nos vinimos a vivir aquí, solo teníamos la cocina, una pieza, el baño afuera y nuestra amada galería con la palmera en medio. Los mates que hemos tomado bajo sus hojas, me parece verte, tu vientre inmenso, toda vos eras flor. Si supieras las veces que se me piantó una lágrima, cuando ibas a calentar la pava, y me quedaba mirando cómo te alejabas, con tu paso lento, el que avisaba de que pronto la casa se volvería a llenar de risas, llantos y pañales. Mira si soy viejo tonto, mientras te contaba esto, que nunca te había dicho, también se me piantó una lágrima.
Es una casa muy grande la que tenemos, cada tanto me desoriento en ella, quizás a vos te pasa lo mismo, por eso a veces cuando te llamo no venís. Seguime, vamos a la puerta de rejas, aún está intacta, al igual que mis recuerdos. Mirala vieja, tan fuerte como siempre, ¿recordás cuando vinieron los milicos a buscar a Jorge?, no la podía abrir los muy desgraciados, lo que les costó que cediera sus brazos, como los tuyos, antes de que te lo arrancasen. Esta puerta dice mucho de nuestra historia, si te habré visto, recostada en ella, esperando a tu hijo, a nuestro hijo, ese que nunca volvió. Por tu silencio, sé que te pusiste triste, al igual que yo. ¿Viste, Elena?, es mentira que el tiempo lo cura todo, hay heridas que jamás se cierran, solo se cubren de polvo.
No quiero que te pongas mal, mejor hablemos de cosas lindas, que también tenemos muchas, como cuando salí del brazo con Margarita el día que se casó, vos no parabas de llorar, y yo te juro que tenía unas ganas de volver sobre mis pasos, sabía que al traspasarla esa puerta, la nenita a la que por años, cada mañana, llevaba a la escuela, ya no dormiría bajo mi mismo techo. Y luego los nietos, sus bautismos, las Navidades en la galería. Nuestra vida y cada uno de los recuerdos que nos quedó de ella están dentro de esta casa. Entremos, vieja, vamos a tomar mate, porque se está nublando de nuevo, y, como te dije antes, a veces, con las tormentas me desoriento.
Myriam Claudia Peradotto (Argentina)