5/9/18

PAUL NEWMAN Y LOS AÑOS DE LA DORADA BICICLETA


Tomada de la red

Aquellos muchachos pedaleando cuesta abajo, cuesta arriba, con un chirrido constante de óxido en cadena y guardabarros; aquellos chicos de pantalones con pinzas, camisas infladas por el aire y chalecos, fueran o no, robados a padres, abuelos o tíos, y si era posible, sus cabezas coronadas por sombreros, ellos, sin saberlo, eran una pizca de algo grande. Bastaba achinar los ojos, dejar apenas una rajita por donde entrara la imagen distorsionada, cuanto más lejos, mejor conseguida, darle al reproductor de tarareo de Raindrops are falling on my head y buscar la penumbra de pajares, silos y molinos, sin mirar siquiera a quién arrastraba de la mano, con la sonrisa y los ojos azules como un fotograma en la cabeza. Y luego desandar el camino de vuelta a casa con algo de paja pegada a la ropa.  

            A mamá le llegaban rumores, dichos de unos y otras, sobre mis correrías por las afueras, y de vez en cuando me hacía sentar en una silla para darme una charla entre educativa, cutre, alarmista y preventiva. O sea, un batiburrillo donde tropezaban sus propias andanzas. Yo la escuchaba en silencio. La dejaba desahogarse. Luego le prometía que no ocurría nada de nada, sólo un poco de diversión, que estuviera tranquila. Ella ya sabía lo que significaba ser víctima de habladurías, lo había vivido en sus carnes. Y ahí se removía inquieta. Porque fueron sus carnes las que se abrieron, amorosas, para cobijarme.

            De tal palo, tal astilla. Porque sí, mucho cuidado con éste y el otro, pero levanté la guardia con el forastero. Un chico que vino de Estados Unidos a pasar las vacaciones con su tía. Eso dijeron. Otra cosa sería la razón verdadera de aquel viaje. Unos aseguraban que era para quitarlo de en medio y enfriar una relación con una señora mayor. Otros que si el padre había metido la mano en un fondo para huérfanos del ferrocarril y querían evitarle los insultos de conocidos y extraños hasta que se apagara la escandalera. Para mí, fue la fuerza del deseo la que lo llevó a mis brazos.

            Alquilé una bicicleta para él, le regalé chaleco y sombrero,  y fuimos inseparables durante el tiempo que permaneció en el pueblo. Ya no necesitaba más, con él me bastaba. Incluso en ocasiones lo miré sin achinar los ojos, un poco de refilón. No cabía duda, era un Paul Newman auténtico.

            Desapareció de mi vida igual que entró, sin avisar, y me dejó el mejor regalo que podía hacerme. No voy a decir que sea igual que Paul Newman, algo tenía que sacar de la madre, pero se le parece un montón: rubio, ojos azules y esa sonrisa que embelesa a propios y extraños. Desde bien chiquito lo monté en bicicleta. Le cogió el gusto. Yo encantada con mi chico. Y vigilante, que hay mucha lista por ahí con ganas de pedalear con él. Pero éste de momento se queda conmigo, que no hace tanto que lo parí. Aunque tenga que ponerle la tranca a la puerta. Mi madre se ríe a mandíbula batiente, como una loca, mientras dice, llorando de la risa, que de casta le viene al galgo y que ya veré, ya veré.

29/7/18

EN LA RED




I
En la piel los besos burbuja estallan.
Bocabajo.
Calor suave de media mañana,
candela de tarde y soplos de noche.
Bocabajo.
Las cosquillas de ternura en el pecho
y la piel rizada y seca en la espalda.
Amores de cantos y algas enredadas.
Muerte de borrachera y  pasión.
Verano.
II
Salivas que estiran y engloban.
Como pompas saladas de jabón.
Hijos que nacen en sus labios,
rompen el cordón y se desprenden.
 Besan la piel palmo a palmo.
Si pudiera.
Si ella hubiera podido evitarlo.
Pero no pudo.
No quiso.
Brillan las escamas.
Nada y busca su isla. La palmera.
Debajo descansará el amor.

24/7/18

ROJO PASIÓN



Durante la temporada de recogida de cerezas, 
Regina pintaba sus labios con zumo de picotas. 
Y cada año, 
los temporeros saciaban su sed de amor 
con los jugos de su boca.

12/7/18

LA CARNE. SELECCIONADO EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS

Tomada de la red.

Sabía de sus compras de anillos y otros abalorios, por albaranes que guardaba como trofeos. Dudó aquella vez, cuando la denuncia de una ONG lo subió al estrado. Abogar por su inocencia, tras ver a la niña, balbuciendo palabras en otro idioma, con arroyuelos corriendo por su carita sucia, le costó una noche de insomnio, pero lo superó con la lectura de la Biblia y la mordaza invisible. El pastor fue absuelto y defendió el castigo del pecado con vehemencia desde su púlpito. No lo comprendía, pero ella no era nadie para censurar a un hombre de Dios. Ella era su humilde servidora. Pero hoy, cuando ha visto el cuerpo magullado de su pequeña, no ha vacilado. Y no ha sido ella quien le ha asestado el golpe fatal en la nuca, ha sido su Señor quien ha llamado a su vera a uno de sus hijos descarriados.

4/7/18

INFORMACIÓN PRIVILEGIADA


Tomada de la red.

Aquel sí que fue un patadón en toda regla. El ¡¡¡gooooool, gooooool, goooool!!! a voz en cuello de Joseba traspasó tabiques, rebotó en los cristales provocando un cimbronazo amenazador, y tembló el misterio. Él, rojo y con los ojos redondos y brillantes como canicas, y yo con un goterón a punto de desbordarse del lagrimal. Me quedé noqueada durante un tiempo, sin fuerzas para levantarme del sofá y coger los huevos, la sartén y la paleta. Respiré hondo unas cuantas veces y, mientras lo hacía, rogué para que no hubiera más que un regate suave, un desganado llevar el balón de un lado a otro de los jugadores; movimientos flojos y pacíficos, por favor, por favor. Y en eso pitaron el descanso. Así pues, mis súplicas habían sido escuchadas por una diosa maternal. Cuajé la tortilla lo más rápido que pude, la dividí en dos trozos, le llevé el suyo a Joseba, que puso el plato sobre las rodillas mientras no quitaba ojo al televisor por aquello de la repetición de las jugadas, y me comí en dos bocados el mío en la cocina antes de desaparecer tras la puerta de mi habitación. Atrincherada y con las rendijas tapadas con toallas y camisetas, me llegaba amortiguado el griterío de la calle, el del salón de mi casa, los petardazos en el descampado vecino. O sea que ganaba España. Me tumbé en la cama y tuve mi rato de tranquilidad y buen rollito. Apenas un golpeteo de ¡eh, que estoy aquí! Yo miraba el techo con sus luces y sombras y me parecían porterías y muñequitas de colores que se desplazaban por un campo imaginario. Tal era la situación.

            Antes de quedarme dormida con una sonrisa de satisfacción, recordé las veces que Joseba me tocaba la tripa mientras decía con orgullo, como si fuera el Sumo Hacedor: «Será un pichichi, un futbolista de primera, ya lo verás». Y por las patadas que daba cada vez que escuchaba a su padre vociferar un gol,  posiblemente acertaría. Sólo que no sería un, sino una. De momento, esa información me la guardaba para mí sola. Ya llegaría el momento de soltarla, ya.