7/12/19

BICHO

Tomada de la red

Se puede decir que somos los últimos de una estirpe. En concreto la tuya, Bicho, nació y morirá contigo. Mejor.  La de mi familia viene de lejos. No toda está recogida en fotografías y legajos. Una vergüenza a nada que eches la vista atrás. Guerras, saqueos, quebrantahuesos terrenales para exprimir las entrañas de este planeta que reverbera y duele verlo ahora de tan bonito y sano como está. ¡Qué culpa vas a tener tú de lo que pasó! No te me pongas de morros. Yo te acepto igual, ya lo sabes. Aquella lava blanca y sedienta la trajimos nosotros. Se arrastraba por la tierra reseca, entraba en sus grietas, buscaba vida. Agua. ¡Ja!, agua. Se pagaba a precio de oro. Y aquel ejército se colaba por las rendijas de nuestras puertas, encontraba los aljibes, los pozos y los veneros y los secaba. Más de un pellejo humano vi tirado en el suelo sin sustancia alguna, pues hasta la sangre llegaron a beberse. Los jóvenes, Bicho, ellos, que llevaban tiempo encerrados día y noche buscando soluciones a nuestros problemas, se organizaron y pulverizaron la invasión con manguerazos de una sustancia corrosiva. Muy corrosiva, sí, lo sé Bicho. Pero tú te salvaste; en realidad fue cosa mía. Verte escurrir debajo de la puerta casi me mata de un infarto. Me preparaba para arrearte un escobazo cuando te plantaste delante de mí, temblando como un copo de nieve a punto de desprenderse del alero de la casa un día de Navidad, y no pude liquidarte. Pero eso ya lo sabes. Como sabes también que he compartido contigo todo lo bueno y malo de esta vida. Oculto, eso sí, porque una no sabía si mis amigas, que venían a casa a jugar todos los jueves al cinquillo y a merendar chocolate con churros, lo entenderían. Tenía que esconderte en el sótano hasta que se iban. Has conocido la Tierra renacida en todo su esplendor. El cielo soleado, el gris y negro con sus aguaceros y sus tormentas; los castaños dorados, las petunias en el jardín… ¿Te acuerdas cuando te dio por comer setas venenosas? Casi te mueres. Pero, hijo, eres tan tóxico que ni eso te mató. Hemos sido felices los dos a nuestra manera ¿verdad, Bicho?  No te me pongas sentimental ahora. Nos queda poco tiempo para desperdiciarlo en llantos. ¿O no? ¿Por qué me miras así? Yo tengo noventa años. Tú… ¡Pero qué tonta! Tú no tienes edad. Siempre te veo igual. No has degenerado nada de nada. ¡Con lo bien que te he cuidado, mira qué lustroso estás! O sea que yo me voy y tú te quedas. ¿Cómo que no? ¡Ah, de ninguna manera te voy a meter en ese líquido desintegrador! Que no quieres vivir sin mí, que a ver quién te cuidará cuando yo no esté. Seguro que tú solo te las arreglarás de maravilla. ¡Bueno, bueno!, déjate de mimos. Haz lo que te dé la gana. Que sí, que yo también te quiero, Bicho.

1/12/19

MÍO, TUYO, SUYO, NUESTRO, VUESTRO PLANETA

Tomada de la red


Yo iba y volvía del trabajo boqueando un poco como pez fuera del agua. Agua tratada. Agua con filtraciones. Yo seguía mi vida, como si aquel dolor de la Tierra que aullaba auxilio no importara. Pasaba a diario por la puerta de la organización ecologista, tan bonita decorada con naturaleza y cielo azul sin mácula, y ni me fijaba.
Contra todo pronóstico, me quedé embarazada. Y todo cambió. ¡Fue tan difícil sacar adelante a mi niño en un cuerpo tan envenenado! Nació mi niño. Nació y ya era bastante. Horas y horas de lucha hasta que me lo pusieron en el regazo. Nació mi niño. Se abrió paso entre la espesura y la sangre de un parto difícil. El pequeño ser que mamó contaminación. Aquella que nos decían que nunca iba a llegar, pero llegó.  Él decidió nacer. Y lo hizo. Con sus limitaciones. Ahora no paso de largo por la puerta de naturaleza limpia. Entro con mi hijo, siempre con él, y participo. Poco a poco, vamos construyendo un hermoso relato que consiga convencer y convertir nuestra lucha en una fuerza imparable por la recuperación de nuestro planeta.

26/11/19

PROHIBICIONES. FINALISTA RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.

El río inquietaba a las madres y nos gustaba a las hijas. Burlamos la vigilancia. Chicas y chicos, entre juncos, chapoteos y risas, nos dimos nuestros primeros besos con sabor a tortilla de patata y gaseosa. Caía la noche y me quedé con mi novio, rezagada. Se me olvidó cómo llegar e improvisé el camino de vuelta a casa. Pero me perdí. Después nacería mi hija Laura.

Para escuchar el microrrelato clicad aquí. Minuto 5:34.

19/10/19

DENTRO. FINALISTA RETOS LITERARIOS G PUNTO RNE.

Una partícula que se coló en tu blog

Querida niña:

De aquellos palitos de piernas y brazos; de los terrores nocturnos que creíste que nunca acabarían; de la tristeza en los atardeceres rojos (la virgen está planchando) de los domingos… de todo eso, nada queda. Queda el camino por desbrozar; la ilusión de nuevos retos; los deseos por cumplir; los amigos por conocer; los amores por descubrir. Y tú, siempre dentro de mí.

Escuchar aquí.

A partir del minuto 6:22.

7/10/19

EN EL PATIO





Hay un momento en el que la colina del repetidor se traga el sol y el aire hiere con su luz espesa. Las golondrinas cruzan el cielo estirado en azul ceniza y se aquietan en la raspa de la antena del televisor. Enfrente, el muro de adobe con los huecos cegados de cemento, y entre el canalón, una be estirada de cielo que vivirá el tiempo que tarden las voces del otro lado, en levantar una nueva casa.
Y justo cuando la tarde está más prieta que nunca, tanto que casi te impide respirar, achatándose la luz entre las copas de los chaparros de la loma, Lucas suelta un gruñido y salta al muro que toca la parra y allí se queda, al acecho, vigilando la salamanquesa que se esconde entre las tejas del lavadero. Le digo que esta vez se quedó chasqueado y que venga a mí y deje de hacer el gato sanguinario, pero no me obedece y baja cuando ya la noche comienza en el patio. Se estira en el cemento, donde estaba el gallinero, y yo sigo atenta al cambio del violeta al azul del cielo, espiando las primeras estrellas que me llaman desde quién sabe qué galaxias. Entonces suenan las patas en una carrera corta, golpean la cal del muro, que brilla con la primera luna, y luego viene él con la salamanquesa entre las fauces, la deja cerca de la orza, donde se queda un momento quieta, después inicia un movimiento rápido hacia la pared, que Lucas aborta de un zarpazo y la devuelve al suelo, malherida, él al lado, moviendo el rabo, observando su trofeo, luego se levanta, la coge con la boca y la traslada cerca del lavadero, la suelta, la salamanquesa se arrastra unos centímetros, desiste, la cola se retuerce a un lado. Lucas se echa encima, mira  la sombra de otro felino sobre el tejado, se levanta, golpea el cuerpo con las patas de un lado a otro, confirmando su muerte, y luego la abandona por grande, si fuera pequeñita se la habría comido. Me quedo inmóvil, esperando a que un poco de aire mueva las hojas de la parra, desviando la mirada hacia los guiños de un avión y los puntos blancos estrellándose en la lejanía, pero vuelve a la masa aquietada sobre el cemento. Del otro lado del muro, llega el entrechocar de los platos y el rumor de voces que irán subiendo hasta gritarse órdenes mientras la noche se llena de olor a pimientos fritos. Me levanto, cojo la pala de un rojo descolorido por muchos soles y levanto el cuerpo destrozado de la salamanquesa. La dejo a un lado, hago un agujero, la echo dentro y mientras la cubro de tierra, me viene a la cabeza el trocito de vida de Lillian Hellman enterrando a la tortuga ante la burla de Dashiell Hammett. El cazador viene silencioso, se levanta sobre las patas traseras y asoma su  hocico.

13/9/19

EL MEJOR VIAJE



 
Tomada de la red.

He viajado. Aún viajo. Escucho Angola de África Lisanga, y la tarde llamea en colores vivos y danzas sensuales entre plantaciones de caña de azúcar. Pero ninguno como aquél que tantas veces repetí cuando era niña, durante el silencio sagrado de la siesta, en el patio de mi casa. En bragas y descalza, acuclillada ante una cubeta de aluminio llena de agua, con una pluma negra de gallo y otra gris de gallina flotando en la superficie sobre una hoja de parra. El Capitán Trueno y Sígrid se embarcaban en una nueva aventura en el Amazonas. Serpientes culebreando en el río. Selva de árboles frondosos, lianas y pájaros exóticos. Las guerreras amazonas y mi mano guiando a los héroes en su lucha por rescatar a algún niño o mujer a punto de ser sacrificado en el altar de un templo azteca oculto por la  exuberante vegetación. Y a eso de las cinco de la tarde, el olor intenso del café saliendo a borbotones, la voz del locutor en la radio, la llamada de mi madre. Final del viaje.

27/8/19

DENTRO

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Tomada de la red.


Había sido una noche dura en el centro de Madrid. Los del GRUME trajeron a una  romaní al Centro de Menores. Tendría alrededor de dieciséis años. Los educadores de la noche se hicieron cargo y, siguiendo el protocolo de aislamiento, la llevaron al Nido: un par de habitaciones con cuatro camas, un baño y una salita. Le retiraron el móvil, recogieron sus pertenencias y le proporcionaron un pijama de la ropa comunitaria. Al día siguiente, cuando Nuria fue a llevarle el desayuno, encontró su cuerpo, aún caliente, con un golpe en la cabeza.
Después del levantamiento del cadáver y el lógico revuelo de chicos y chicas, la vida retomó su pulso habitual en el Centro.
Durante el recreo del día siguiente, el guardia jurado rumano que admiraba al Empalador, se acercó a mi banco.
  Chica mala—sentenció.— Nadie la reclama. A nadie interesa una investigación.
    Chica mala—corroboré.

La ñeta había comenzado una pelea con la latín king. Un día de estos, una de ellas amanecería destripada.

EN MIS MANOS



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Tomada de la red


A pesar de la cara machacada por los golpes y la sangre borboteando como un geiser de la herida de la cabeza, lo reconocí al instante. Estaba siendo una noche agotadora tras lo ocurrido durante aquel concierto; todos estábamos exhaustos. Así las cosas, el protocolo era mero papel mojado a esa hora lindante con el amanecer, cuando la riada humana se había cortado dándonos una tregua. Miré hacia el pasillo: parecía la piel muerta de una culebra. Ni un alma. Algunos estarían recostados en cualquier rincón, otros moverían el palito de plástico blanco dentro de un brebaje negro que simulaba café. En el cielo se aclaraba poco a poco la línea cortada de los edificios. Escuché los ronquidos de la agonía. Lo dejé morir. Luego empujé la camilla por Urgencias. Crimen fue lo que hizo aquel desalmado con mi niña.





19/7/19

CUIDADOS. FINALISTA DEL 9º CONCURSO DE RELATOS BREVES DIARI DE TERRASSA




Tomada de la red


La mejor. Como tú, ninguna. Y mira las manos, pequeñas y delicadas. Una caricia cuando pasas la toallita por el culito de nuestro bebé. Dejas unas gotas de leche del biberón sobre tu muñeca y la finura de tu piel sabe cuál es la temperatura adecuada para la boquita que espera como un polluelo a que su mamá lo alimente. Utilizas la cadencia adecuada con la que debes darle golpecitos en la espalda para que expulse los gases. Mueves su cuna siguiendo el ritmo de la nana que le cantas para que se duerma. Tus manos, Graciela, tus manos. No hay otras que huelan, ni tranquilicen igual a nuestro hijo. Eres imprescindible. Lo sabes de sobra, las mamás tenéis ese talento. Sin embargo sigues vistiéndote con tus mejores ropas, las que más te gustan. Escucha lo que te digo: Yo no lo haré igual que tú, no estoy preparado para esto. Tengo las manos grandes. Soy torpe. No salgas esta tarde. Ya tendrás tiempo de cine, o a donde sea que vayas a ir con tus amigas. Cuando crezca un poco…¡No lo hagas! No me dejes con la palabra en la boca, ni me des con la puerta… en las narices.

21/6/19

EN CASA. SELECCIONADO EN EL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS DEL MES DE MAYO



Tomada de la red

Te lo dije, te dije que me pasaba a la competencia. Mejores condiciones laborales en el nuevo bufete de abogados. Pero no quisiste creerme. Decías que no daba la talla. Me asignaron aquel caso tan importante y fue mi gran victoria. No lo supiste encajar y, a mi pesar, tuve que dejar nuestra casa. A bocajarro, así me abordaste, a la salida del ambulatorio, mientras me ocupaba de contener con un algodón la sangre tras la extracción para un análisis. Comunicar conmigo a través de mensajes al móvil, era imposible. Te los escupía, dijiste. Ahora afirmas que estoy en casa. Pero aquí no puedo ni rebullirme, mezclada con todas aquellas brillantes colegas desaparecidas. Sí, claro, reconozco la repisa de la chimenea sobre la que nos tienes metidas en esta urna, adornando el salón, pero esto no es vida. O muerte. Lo que sea, Alberto, lo que sea.

18/6/19

AYÓÓ’Ó’Ó’NÍ (AMOR). FINALISTA DEL VI CONCURSO DE RELATOS BREVES DE CORNELLÁ



Querida señora Smith:

Por si caí en el olvido, me presentaré. Mi nombre es Chester y soy navajo. Vivo en una reserva y regento una tienda donde vendo las joyas que fabrico. La tarde del 19 de agosto del año 1980 entretenía mi tiempo observando, desde el quicio de mi negocio, la polvareda que levantaban los niños con sus juegos, cuando la vi en medio de un grupo de turistas. Brillaba su risa. De su melena brotaban llamaradas rojas. Los brazos, las manos y los dedos, en movimiento continuo, eran alas de colibrí que anunciaban la llegada inminente de mi nuevo Tótem: usted.
            Mi tribu nunca quiso guerras, sino amor y paz, señora. Así me lo transmitió mi abuelo, Ojo de Coyote. Sin embargo, y a pesar de haber perdido nuestras tierras, la historia no siempre nos hace justicia, describiéndonos como salvajes sin corazón. Me gusta el trabajo artesanal. Es mi pasión. Desde pequeño.  Me he ganado el pan con mis manos. Y creo poseer buenas cualidades para que se me acepte y quiera. Pero nací tímido. De nada sirvieron los remedios caseros de mis mayores. No hubo hierbas, ni rueda de medicina que cambiara esto. Entenderá entonces que mi boca quedara sellada ante su cercana y perturbadora presencia. Usted se paró delante de mí y arrugó su nariz en un mohín de enfado. ¿Me va a dejar pasar o no?, me preguntó sin entender que lo que me mantenía varado en la entrada era el temblor de unas piernas recias y fuertes, herencia de mis antepasados, pero que ante usted se convertían en mantequilla de cacahuete. Viéndola de cerca era más bonita aún que de lejos. Tenía la piel blanca como leche de cabra manchada con unas pecas encantadoras, y de su cuerpo emanaba una mezcla de jazmines y esencias que transpiraban los poros de su piel. Me hechizó. Quizás no lo comprenda, pero aún sigo hechizado. No hay día ni noche que no me acompañe en mi andadura por este mundo.
            Conseguí hacerme a un lado y usted entró en mi tienda. Lo miró todo y todo le maravillaba. Parece mentira, decía. Parece mentira, repetía con el rostro arrebolado. Con las barbaridades que cometieron y las cosas tan bonitas que hacen ahora, murmuró como para sí, pero, señora, yo tengo el oído, al igual que el olfato y otros sentidos, muy desarrollado. Herencia familiar también. Y la escuché. Me habría gustado contarle que el pueblo navajo contribuyó con cientos de codificadores a que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial y se restableciera la paz. Me habría gustado decirle que al pueblo navajo le gusta cultivar la tierra y cazar para comer, que así vivían hasta que vinieron a echarlos y desposeerlos de sus pertenencias. No pude entonces, pero ahora sí puedo.
            Se encaprichó con un collar de plata y turquesas en el que yo estaba trabajando y me ofrecí a enviarlo a su domicilio cuando estuviera terminado, sin cargo adicional alguno.  Le pareció caro y quiso entrar en el regateo que siempre desprecié. Ahí sí estuve decidido. No lo acepté. Simplemente acaté lo que estuviera dispuesta a darme, que fue poco, señora, pues apenas alcanzaba para el material, pero ¡qué le iba a negar yo a usted! No debe extrañarse, pues, de que hoy reciba esta carta en su domicilio, en el que espero que siga viviendo, ya que, después de tantos años, aún conservo sus señas.
            Ha llegado el momento, después de muchas lunas y soles, de que sepa de mis sentimientos.  He seguido sus logros y trabajos en revistas y otras publicaciones y, no hace mucho, la vi en televisión recibiendo un premio por su labor como diseñadora de joyas. Llevaba mi collar puesto y eso me hizo abrigar la esperanza de que tal vez yo le importe algo, de que no se haya olvidado de mí, pues al lado de sus creaciones, las mías son meras baratijas. Me sentí dichoso. He de confesarle que también necesité la ayuda de un buen amigo para decidirme a dar este paso. Durante nuestros paseos me ha convencido, en esta hora de inicio del crepúsculo de mi vida, de que se lo debía a usted, que sería malo, cuando mi espíritu se separe de mi cuerpo, ir cargado con este peso. La quiero, señora, y habría sido un hombre afortunado si el sentimiento hubiera sido mutuo. Aún tengo esperanzas de que pueda llegar a serlo. Yo estoy dispuesto a abandonar mi hogar para ir a donde usted me diga. Tal es mi amor, tal mi anhelo.
            A partir de ahora, cada día comprobaré el correo, mañana y tarde, a la espera de su ansiada contestación, hasta el final de mis días.

Con amor: Chester     

2/6/19

ES LEYENDA. SELECCIONADO EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

Tomada de la red.



Doña Carmen, fiscal muy eficiente, acababa de ver cómo los responsables de apalear a una vagabunda se habían ido de rositas por falta de pruebas. «¡Esto lo arreglo yo!», dijo para sus adentros la mujer de la limpieza, aceptando el desafío.
Salió a la calle y preguntó por una cabina telefónica al señor de la Once. «Tire derecho por esta calle, tuerza luego a la izquierda, y cuando llegue a una plaza con una fuente con amorcillo que mea pis artificial, pregunte». Demasiado lío para la transformación. Pidió al hombre que se echara a un lado y entró y salió del kiosco en un pispás. Subida a un banco, tomó impulso y voló con su capa morada ondeando al viento. Ni callejero, ni nada, con su súper visión localizaría a los malhechores y les daría un escarmiento, como a los acosadores de metro.  Por algo la llamaban la feminista justiciera.

13/5/19

PREPARADOS, LISTOS, ¡YA!



Tomada de la red


Aquella noche soñé con islas, cocoteros, daikiris, música discotequera y cuerpos morenos retozando conmigo en la arena. Me levanté más temprano de lo habitual y muy excitado. Ducha rápida y doble vuelta de llave en la cerradura de la puerta.
            Llegué con tiempo. Una muchedumbre impaciente esperaba, algunos pegados al cristal como moscas. Abrieron a la hora en punto y entramos en tromba, atropellándonos los unos a los otros, a la caza de nuestro codiciado tesoro. Braceé entre violetas, rojos y morados hasta arribar a  palmeras verdes y cimbreantes, cielos y mares sin nubes que mancillaran los azules diferentes. La cogí por los hombros y la levanté a la altura de mis ojos. Vista así, de cerca, no era tan maravillosa aquella camisa caribeña que anunciaban rebajada en el catálogo que me dejó mi querido Borja.

2/5/19

MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS

Tomada de la red

A menudo hacemos las maletas. Abrimos el armario y escogemos cuidadosamente lo imprescindible. No debe faltar la  ropa ligera de verano. Tampoco la rebeca y la chambra de entretiempo. No olvidar la pelliza, los chaquetones de buen paño, las bufandas, los calcetines y los guantes tejidos al amor de la lumbre. Para el calzado, las chanclas y las katiuskas. Y no dejarnos las cajitas para las especias y los baúles para las sedas. El viaje es largo y pasaremos por mares y océanos, cabos y golfos, amén de países diferentes. Unos con sus brotes de primavera. Otros envueltos en arenas tórridas de verano. Muchos con el otoño boqueando mantos de hojas doradas. Y no pocos, hibernando bajo  la nieve.
            Dejamos para el final la maleta chica con los patucos, saquitos, sonajeros, chupetes, baberos, manguitos y flotadores infantiles. Porque, aunque los médicos dicen que no puede ser, nosotros no perdemos la esperanza.
            Al atardecer, cuando ya está todo dispuesto, vamos a la ventana, la abrimos para que entre el olor intenso del heno y escuchemos el mugido de las vacas en los establos. Así permanecemos hasta que la noche se cierra en el campo. Luego deshacemos el equipaje con mimo, dejándolo todo bien guardado para la próxima vez; quizás entonces estemos preparados para la gran aventura. Después bajamos a la cocina y hacemos la cena para irnos temprano a descansar. Tenemos una responsabilidad. Debemos levantarnos al amanecer, con los demás trabajadores, migar pan en café y coger fuerzas. Las reses son numerosas  y hay que ordeñarlas y tenerlo todo hecho antes de que vengan los camiones, con sus grandes cubas metálicas, a recoger la leche de nuestras vaquerías. Alimentará a muchos niños, algunos más allá de nuestras fronteras. Y aunque sea solo un poquito, también serán nuestro hijos.

20/3/19

EL LA, LA, LA

Tomada de la red


A finales de los años sesenta, mi vida se centraba en cuatro actividades principales: desollarme las rodillas durante las numerosas caídas en las calles sin asfaltar de mi pueblo, participar en «Radio Chupete», concurso de canto que organizaba con mis amigas en un rincón de la fachada de mi casa y hostigar a mi madre para que transformara una y otra vez mis vestidos, faldas y pantalones en otros modelos más a la moda. También registraba los arcones y si sacaba,  por ejemplo, una capa forrada de terciopelo con la intención de hacerme una falda, ahí estaba mi abuela  con su dosis de mala leche para cortar en seco cualquier intento de reciclar su ropa, la del abuelo o el fruto de alguna herencia, como era el caso de los mantones de Manila. Y la última y más importante: ver completa la retransmisión del Festival de Eurovisión.
            El Festival de Eurovisión se celebraba una vez al año y era cita obligada plantarse frente al televisor de quien lo tuviera, pues no todas las familias podían permitirse comprarse uno. Había que auto-invitarse para ir de gorroneo a la salita de una vecina de confianza y ocupar sitio frente al aparato. Los hombres no asistían a aquel acontecimiento; volvían del campo o del bar, cenaban y se iban temprano a la cama. Tenían suerte porque de nada servían las indirectas de la dueña de la casa, cansada a veces de ver la televisión y con ganas de retirarse, de allí no nos movíamos hasta que finalizaba el evento.
El 6 de abril del 1968 tuvo lugar en el Royal Albert Hall de Londres la gala del Festival de Eurovisión. Ganó una jovencísima Massiel con su La, la, la. Todas le perdonamos que se moviera un poco como un robot, dadas las circunstancias. Aquello fue el acontecimiento del año. Salió en el NO-DO como un hito histórico nacional.
El La, la, la llenó las calles de mi pueblo, las casas, los comercios, el negocio del zapatero remendón, el del carpintero, la vaquería, los campos…¡Me cago en la leche!, se quejaba algún hombre, ¡ya se me ha pegao el canto ese!
Naturalmente, enseguida pensé en cambiar una prenda. En esta ocasión me costó convencer a mi madre pues se trataba de un vestido nuevo, pero insistí tanto que acabó cediendo. En lugar de flores, la tela era de pata de gallo grande en colores rosas y verdes, pero mi madre le cosió una tira blanca con ondulaciones y quedó bastante aparente. El día del reestreno, mi abuela se plantó delante de mí en jarras y, con ese guiño de ojo que la caracterizaba cuando iba a soltar una maldad, me dijo: «¡Mira tú la risión de la Massiel de pacotilla!». Se me cayeron los palos del sombrajo.
Tardaría poco tiempo en abandonar para siempre las transformaciones, « Radio Chupete» y las carreras con aterrizaje en el suelo, para centrarme en conseguir ropa nueva que me hiciera parecer mayor para poder colarme en el salón del Café Español donde lo mismo se bailaba suelto que agarrado.

19/3/19

ATOCHA


Tomada de la red

Conocí a Dolores González Ruiz durante los últimos años del franquismo. Al ser enlace sindical me expedientaron por hacer una huelga junto a otras compañeras. Fui al despacho de abogados laboralistas para solicitar ayuda en el juicio que habría de celebrarse. No me defendió ella, pero compartía espacio con el abogado que se ocupó de mi caso, y la fuerza y seguridad de esta mujer me impresionaron.         
     El 24 de enero de 1977, a las 22:30 h, un grupo de pistoleros fascistas asesinaron a Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado, Luis Javier Benavides y Ángel Rodríguez Leal. A pesar de sobrevivir a la matanza, a Dolores González Ruiz también la asesinaron esa noche de alguna manera.  Era una persona muy especial y las personas especiales anidan para siempre en la memoria.

10/3/19

LA CULPA



 
Tomada de la red
Todos los veranos, mi mujer le pregunta  a su madre si quiere irse al pueblo o venirse a la playa. Ella responde: «Yo, lo que vosotros digáis». Nos acompaña siempre. Podríamos arreglarnos con unas toallas en la arena, pero dice que necesita ciertas comodidades porque es vieja. Un día la oí llamarme desde el agua y me hice el sordo durante unos segundos, aunque después corrí a socorrerla. Desde entonces, le coloco el parasol y la hamaca, le pongo la nevera a mano, y le extiendo el bronceador. Luego me doy un baño y me tumbo en la arena. Ella espera, y cuando me estoy quedando dormido, me llama para que cambie de posición la tumbona.

RENOVACIÓN

Tomada de la red.



Hoy toca. La he escuchado esta mañana cantar su canción favorita. Un horror para los oídos, pero, en fin, a ella le gusta. Hoy toca. Ha cambiado el desayuno habitual por tostadas con mantequilla y mermelada. Y lo entiendo. Todos los días lo mismo, cansa. Darse un capricho, de cuando en cuando, le viene bien. Ahora, eso de meterse en el baño y tirarse horas y horas dentro, con la puerta cerrada y dale que dale al canto… Antes solo teníamos uno y había un problema: que yo no podía usarlo. Pero ella le encontró solución enseguida. Le robó un trocito de espacio a mi despacho y allí mandó hacer un aseo. Todo menos abrir la puerta en esos días. Quiere intimidad, dice.
            Conforme avanza la mañana, los cánticos se hacen más melodiosos, una untuosidad de miel que entra y derrite cualquier esquina de acero en mi interior. Me pongo tierno y lloro. Voy a la cocina, me anudo el delantal del gallo a la cintura, saco costillas, pimientos, cebolla, ajos y alcachofas, patatas, aceite y pimentón, y hago un guiso en la olla. De vez en cuando, una lágrima se añade al rehogado. Y mientras se cuece todo, me sirvo una copa de vino y unas aceitunas, voy a la terraza y me siento a esperar. Hasta allí sigue llegando la voz, cada vez más dulce, más cristalina.
            A mediodía cesa el canto. Voy hacia el pasillo y espío la salida del cuarto de baño. En unos minutos se abre la puerta y sale ella con la cabeza coronada por rizos  borrachos de sol y una sonrisa resplandeciente en los labios. Su piel luce cual bronce bruñido. Me embobo mirándola. Se vuelve hacia mí y me pregunta qué hay de comida. Está hambrienta, dice. Yo le detallo el menú. Le gusta todo, todo menos pescado. Una vez asé una lubina y se enfadó mucho conmigo.
            Después de comer vamos a la cama y retozamos con gusto como unos chavales que acaban de descubrirse. Es un placer acariciar su piel suave y cálida como la de un bebé. Sin límite de tiempo. Ya iré luego. Ya recogeré todas las escamas que quedaron igual que un manto plateado dentro de la bañera.

6/3/19

PURGA. FINALISTA DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DEL MES DE ENERO DE LAMICROBIBLIOTECA




Es su niño. Su creación. No quiere exagerar, pero, si no es perfecto, roza la perfección. ¡Le da tanta pena! Se le rompe el corazón. Lo acaricia una vez más, antes de echarlo al fuego. Crepitan las llamas purificadoras que iluminan la noche eterna, oscura como boca de lobo. Todos tienen que sacrificarse. Y él quiere formar parte del orden social que se avecina. Ellos están a las puertas con nuevos pogromos. Los libros primero, después ya dirán.

17/2/19

LA OSCURIDAD

Tomada de la red.



Tu sonrisa.
El placer de tu mirada.
Radiante y feliz
como niño con zapatos nuevos.
Anochecía violeta.
Entre telas estampadas
de amor recién estrenado.
Gallinita clueca por adulación de gallo.
Deseos cumplidos entre almohadas de plumas.
 «Sillita de oro para el moro y silla de oropel para su mujer».
Del embeleso al beso.
Del beso al cansancio,
Del cansancio a la trágala.
¡Me gusta tanto el morado!, decías, fascinado.
Y pasaste del foulard, el vestido y los zapatos,
al mapa de mi cuerpo.
Los tequieros tatuados se los tragaron las arrugas de mi piel.
Vejez adelantada con pronóstico de muerte súbita.
Y entonces aquel Ocho M en el vagón de metro
con sus letras enlazadas.
«Somos la voz de las que no tienen voz ».

1/2/19

FLOR DE UN DÍA

Tomada de la red.



Llora el gran ojo.
Sufrimiento a raudales.
Pena infinita.

Cesa un latido.
Sangran los corazones.
Agua que arrasa.

Mi niña chica,
te fuiste de mi vera.
Llamador de ángeles.

Entre muñecas.
Jugando al escondite,
nos encontramos.

Ríe la luna,
reflejada en el agua.
Juega el nenúfar.

Lágrima seca.
La infancia robada,
pide justicia.

Aceite virgen,
adereza comidas,
atiza el amor.

Rocas hambrientas.
Agonía de flores,
sin la simiente.

En la memoria.
Amores de verano,
se quedan siempre.

Un pataleo,
agitando los mares,
remueve el mundo.

6/1/19

REGALO DE NAVIDAD



Tomada de la red
Una vez más, pulverizó una lluvia de gotas perfumadas sobre la tira de cartulina. La sacudió, sujetándola con delicadeza entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, rematados en uñas azules con estrellitas plateadas, y se la dio a oler a la clienta. Porque a ella ya, ni olfato le quedaba. Saturada la pituitaria con tanto derroche de perfumes. La señora abrió las aletas de la nariz y dijo no. A ver esa que tiene ahí, la del frasco con forma de corazón, pidió. Lara levantó el pie derecho en posición de garza durante unos segundos, luego combinó el movimiento con el izquierdo. A unos minutos de finalizar la jornada de trabajo, el cansancio eran hormigas que daban bocaditos y amenazaban con calambres en sus piernas. Nochevieja, y su jefa la había dejado sola. También Nuria. La primera sin dar explicaciones porque para eso era la que pagaba. La segunda con la excusa de una gastroenteritis. A otra con ese cuento. Seguro que había aprovechado para ir a la peluquería, a teñirse el pelo de ese rojo horrible de todos los años y a hacerse la manicura. Como si lo viera. Consultó el reloj. Nada, no le quedaba nada para echar el cierre. Se le estaba haciendo eterno el paso del tiempo. La señora, después de rechazar el perfume Amor a primera vista porque, según ella era muy cabezón con tanta especia, pidió unas muestras que Lara, naturalmente, no le dio. Era la típica caradura que nunca compraba.
            Después de que la señora abandonara el local con el belfo en posición de enfado y soberbia, mascullando palabras contra la falta de profesionalidad de las jóvenes de  hoy en día, se hizo un silencio reparador en la perfumería. Lara consultó el reloj: hora de cerrar. Echó el pestillo a la puerta de cristal y pasó a la trastienda. Cambió los zapatos de tacón por las deportivas. El alivio fue inmediato. Se puso el abrigo y el pañolón alrededor del cuello, colgó el  bolso de su hombro derecho y la bolsa con el calzado del izquierdo y salió. Después de echar el cierre se quedó unos segundos parada en la acera. Si cruzaba la calle podría correr por el sendero bordeado de pinos hasta llegar a casa. Una hora, más o menos. Merecía la pena el esfuerzo, se dijo, y cumplir con el propósito que se hizo unos meses atrás, cuando la dejó Víctor, para relajarse.
El frío se volvió más intenso. Lara calentó las manos con su aliento. Comenzaron a caer algunos hilachos de nieve. Le vinieron a la cabeza la sopa de almendras y la ternera wellington que todas las navidades preparaban sus padres. Mejor  dejaba el deporte para otro día con la compañía habitual de Nuria. Anduvo hacia la parada de autobús. Unos jóvenes reían bajo la marquesina.
Oculto detrás de un árbol, el depredador se consumía en la inutilidad de la espera.


20/12/18

DULZURA

Tomada de la red

Cuando mamá derretía azúcar en la cocina, mi hermana y yo entrábamos en trance navideño. El olor a caramelo líquido corría por toda la casa y se colaba a través de  nuestras narices hasta llegar al flujo sanguíneo. El corazón bombeaba dulzura a espuertas. Estoy seguro de que si nos hubieran hecho una analítica, en aquellas circunstancias habría dado diabetes y mamá se habría sentido muy desgraciada y culpable. La doctora debía saberlo y cuidaba de no mandar hacer esta prueba a nadie del pueblo, especialmente a los niños, durante esas fechas. Ella misma también colaboraba con el derroche general dejando en su consulta el cuenco de caramelos a rebosar. Después de todo, quién podía negarnos una golosina en fechas tan señaladas. A todos se nos nublaba la razón y nos olvidábamos de empachos y caries durante unos días.
            Las garrapiñadas de mamá eran las mejores del mundo. Por eso pasaba lo que pasaba. Aunque las guardara en las profundidades de un arcón con ropa que jamás de los jamases se nos ocurría abrir el resto del año, seguíamos el rastro del caramelo y las almendras, con el olfato de perra de caza que despertaba en mi hermana para la ocasión, y no eran pocas las veces que encontrábamos nuestro tesoro escondido entre las mantas y la naftalina. Se lo cobraba bien: el doble siempre para ella.
            Cuando llegaban esos días especiales de pavo, pato, gallina, gallo o lo que hubiera en el corral esperando para presentarlo en la mesa asadito y chorreante de salsa de manzanas, mamá iba a su escondrijo, con la vana ilusión de encontrar lo más preciado, y se daba de bruces con la realidad: un año más que sus hijos se habían adelantado. Nos regañaba, sí, pero con la boca chica. No comer por haber comido, como decía el abuelo, no era ninguna tragedia. El que sí se enfadaba bastante era papá. Pero mamá lo aplacaba al recordarle su diabetes. Por un día no iba a pasar nada, murmuraba él resignado.
            Aquellas navidades, el robo de los dulces se perpetró por alguien ajeno a mi hermana y a mí. Todos sospechamos de papá por varias razones. La primera fue porque se empleó a fondo en consolarnos cuando nos dimos cuenta de que las garrapiñadas habían volado. Se veía a la legua la culpabilidad en la cara . Y la segunda, llevarnos ante el escaparate de la tienda de juguetes de doña Rosita para que eligiéramos el que más nos gustara, sin límite de precio. Era sabido por todos que si los padres decían que no a tal o cual juguete, aunque los hijos lo incluyeran en la carta, los Reyes Magos no hacían ningún caso a estas peticiones. De regreso a casa, después de que mi hermana y yo hubiéramos apuntado con el dedo a una Nintendo y al coche teledirigido, papá iba cabizbajo y lento en el andar.
            Mamá estaba en la cocina preparando una sopa de marisco. Giró la cabeza cuando nos oyó entrar sin dejar de mover la cuchara de madera dentro de la olla. La soltó de repente y dio un respingo.  Papá  acababa de desplomarse sobre el suelo del recibidor. Mi hermana y yo  nos quedamos alelados, sin movernos, sólo mirando, como si no fuera con nosotros lo que estaba ocurriendo.
            Mamá corrió a arrodillarse al lado de papá. Lo llamó varias veces, sin obtener respuesta. Le levantó una mano y la soltó. Cayó como tonta sobre el parqué. Aplicó la oreja derecha al pecho. Le puso la mano cerca de la nariz y la boca. Después, se levantó y tras mandarnos a nuestro cuarto y sin rechistar, llamó al  abuelo. Nosotros, recuperados de la conmoción, espiábamos todos los movimientos desde una rendija de la puerta.
            Entre mamá y el abuelo levantaron el cuerpo, lo llevaron a la habitación de papá y mamá y lo tumbaron en la cama con zapatos y todo. Luego salieron sin hacer ruido, como para no molestarlo, y mamá  fue a contarnos a mi hermana y a mí que papá estaba algo indispuesto, con tanto dulce, y se había acostado. Prohibido entrar a despertarlo. Cenaríamos los cuatro solos. Antes éramos más, pero desde que papá y el tío Alfredo llegaron a las manos una Nochebuena, no volvimos a juntarnos con los tíos y los primos. No era plan desperdiciar la comida con el hambre que estaban pasando los niños en el mundo, dijo . Y al decir esto lloró un poco. Pero enseguida se limpió las lágrimas con el pico del delantal y volvió a la cocina a terminar de hacer la sopa.
            La cena fue como siempre, solo que sin papá y con mamá más sensible y con más ganas de felicidad que nunca. Regañó al abuelo porque comía sin tino y se iba a poner malo. Mi hermana se atragantó con un langostino o dos, no sé cuántos tenía en la boca. Mamá se puso muy pesada y mi hermana y yo tuvimos que cantar El tamborilero acompañados por el abuelo que hacía ruido con una cuchara y la botella de anís. Entre unas cosas y otras nos dieron las doce. Mamá se empeñó  en que viéramos La Misa del Gallo en la televisión, algo que se salió del guion de años anteriores. Tampoco encontraba el momento de mandarnos a la cama aunque estábamos que nos caíamos de sueño. Retrasó todo lo que pudo el momento, pero a eso de la una de la madrugada, cuando ya no quedaban ni ánimos para cantar, ni algo para comer o beber, se rindió, al fin. Se levantó del sofá con un suspiro hondo de resignación,  arrastró los pies por el pasillo hasta la habitación, volvió enseguida al comedor y nos anunció: «Vuestro padre nos ha dejado».

3/12/18

TODO LO QUE HABRÍA HECHO POR TI

Tomada de la red


Habría sido tu lamia enamorada, batallando contra remolinos de agua prestos a engullirme, enfrentada a nieblas hechiceras que intentaran nublar mi razón para olvidarme de ti, roto el peine que quisiera enredar mi pelo entre sus púas y detenerme. Habría sido capaz de adentrarme en los bosques de Betelú y retar al unicornio para arrebatarle el cuerno donde ofrecerte la medicina que te sanara. Habría dejado a la puerta del aserradero una eguzkilorea que te protegiera de las criaturas de la oscuridad que tanto daño te hacían. Todo esto y más habría hecho por ti sin dudarlo un segundo. Pero se quemaron los últimos brotes de la esperanza. Un incendio devorador que provocó la cerilla de tus demonios. Ardió la casa que nunca fue un nido de amor. Ardió el monte. Ese monte al que tú tanto apego le tenías. Al que escapabas cada vez que te mordía la bestia canalla. Llorabas. Lo sé. A pesar de la frondosidad del bosque, escuchaba tus sollozos. Llorabas por ti, aunque luego decías que era por mí. Yo no estaba habitada por monstruos internos a los que no podía desahuciar de una vez por todas. Yo era la víctima de ellos. Y a pesar de todo, te quería. Y a pesar del desfallecimiento, siempre me levantaba dispuesta a la lucha.  No ha sido en vano. He conseguido tu rendición. Un acto de valentía envuelto en llamas que te honra. No pudiste cambiar lo que eras, no pudiste dejar atrás el martillo de herrero machacando la herradura candente para amoldarla a tu pisada.
Ahora estás, estamos, en paz. Han venido a despedirse tus hijos. Todos. Los míos y los de las demás. Danzarán para ti antes de dejarte a la deriva, sobre la balsa que te llevará río abajo, río abajo,  hasta que se pudran las cuerdas, se separen los troncos y te hundas y  desaparezcas bajo el agua que todo lo purifica.

28/11/18

ILEGÍTIMO

Tomada de la red

El magistrado no tenía miedo de nada ni de nadie y poseía una constitución fuerte, como de aizkolari, por eso chocaba verlo usar pañuelos de papel para absorber tanta sensibilidad. Porque aunque en sus treinta años de judicatura nunca le tembló la mano a la hora de impartir justicia, no era raro que mientras mandaba, ya fuera a un ratero o a un joven alborotador de la izquierda abertzale, cumplir la mayor condena que estipulara la ley, algún brillo y lagrimilla empañaran sus ojos. Soy, decía parado frente al espejo cada aniversario de su primer juicio, severo pero compasivo. Lo que ocurrió en aquella convención en Leioa, regada con abundante txakolí, habría quedado claro cuando lloró a mares el día que dictó sentencia contra Aitor el Justiciero,  hijo de aquella fiscal de pelo corto y mirada larga. Pero los que llenaban la sala pensaron que el señor juez chocheaba o, como mucho, se estaba pasando con el teatro.

11/11/18

MATAR A DISGUSTOS

Tomada de la red

Has ido demasiado lejos, Rosalía. ¡No, no quiero que te enfurruñes! No digo que no tengas tu parte de razón, que seguro que la tienes, pero no puedes hacernos esto a tu madre y a mí. ¡No, no puedes! No aprietes los labios. Sí, los estás apretando, que lo sé yo. Desde que eras una mocosa siempre tan peleona, tan…sí, Rosalía, sí, tan testaruda. Que decías por ahí meto la cabeza y ya lo creo que lo hacías, aunque te quedaras atascada en el agujero del muro de adobe del patio. ¿A que te acuerdas? Tuvimos que agrandarlo con un mazo para que no te asfixiaras. ¿Y de aquella vez cuando le devolviste la bofetada a doña Paquita? ¡Que tuvo tu madre que hacerle una visita nocturna a don Julián para que no te expulsaran del colegio, Rosalía! No das tregua. Porque a ti te gusta la novedad y por ahí te enganchan… No, no, no quiero decir que esto sea una novedad ni mucho menos. No te enfades que se te está poniendo un color de cara espantoso. Pero ¡eso de ir al cementerio con tus amigos y amigas- ¿ves? no me olvido de meter el femenino- con botellas de cerveza y ron...! ¿Qué?,  bueno, bueno, era alcohol al fin y al cabo. Y comida por llamar algo a lo que coméis los jóvenes hoy en día. ¡Vale, que no, que no voy a empezar con discusiones! Hoy, no. Pero estarás conmigo que utilizar como mesa la lápida de la familia Molina- tan querida en el pueblo- fue un sacrilegio. ¡Había que ver cómo lloraba doña Francisquita!
            Ya estoy de vuelta. Sólo unas pocas migas con torreznos y chorizo. Eso es lo que he comido, sí. ¿Que tengo el colesterol alto y no me viene bien? ¿Tú no haces lo que te da la gana?, pues yo también. Te he preparado granada con naranja, que sé que te gusta. Yo, no tu madre, yo. ¿Te das cuenta? ¡Anda, déjalo ya! ¿Si tienes razón en lo del machismo?, claro que la tienes. No, no lo digo para que me hagas caso ahora, pero debes comprender que son muchos años…¡Que sí, que son siglos! En estas circunstancias y sigues tan puntillosa como siempre. El viaje, ese viaje a un campamento de jóvenes te cambió totalmente. Aunque antes ya habías hecho alguna cosa, como aquella vez que te plantaste ante la puerta del cuartelillo donde estaba detenido el Niño de Perea por haberle dado una paliza a Eduvigis que casi la mata. Tú sola gritando que salga el cabrón que le voy a quitar las ganas de pegar a las mujeres. Me llamaron para que fuera a buscarte. Y bien que te resististe a volver a casa. Un mes con sus treinta días estuviste sin hablarme.
            Están cayendo las sombras en el chaparral, Rosalía, hija. Ya se ve venir la noche de las ánimas, y aún sigues ahí tumbada. Anda, levántate de ese ataúd que encargaste a Pepe el carpintero y, por una vez, da tu brazo a torcer. Es mala combinación la estadística con tu cabezonería y la lucha feminista. ¿Lo he dicho bien? Sí, lucha feminista.. Que mueran más hombres que mujeres en el pueblo  no es razón para que decidas sacrificar tu vida por aquello de… ¿cómo era?, sí eso de la paridad. ¿No ves que es un disparate? Mira, hoy he escuchado en las noticias del telediario que en México mueren muchas mujeres a manos de desalmados que luego las entierran en el desierto. Seguro que son muchas más que hombres, ¿ matarías mexicanos para equilibrar la balanza? ¡¡No, no he dicho nada!! ¿A dónde vas Rosalía, hija? ¡¡Vuelve, no le des más  disgustos a tu madre!!
             

28/10/18

LA VISITA

Tomada de la red

Llevaba un tiempo sin presentarse. Creí que me había librado de ella. Alguien le hizo cerrar los ojos, le dio vueltas y más vueltas, como cuando era niña, y al abrirlos no sabía dónde estaba el camino de regreso. Pero al final lo había encontrado. Y allí estaba otra vez, para amargarme la vida. Somos amigas ¿no?, me dijo la primera vez, pues las amigas están para lo bueno y para lo malo. Tenía razón. Se la di, cómo no iba a hacerlo. Pero yo supongo que habrá una medida, un tope que, si se rebasa, ocurre como con la leche cuando se pone a cocer y no se corta a tiempo, que sube y escurre por el cazo hasta dejarlo todo hecho un asco. ¡Y a ver quién es la guapa que lo quita cuando se seca! Pues Cristina es igual. No conoce límite. Claro que me dirás que límite, límite, no es que tenga mucho. Pero debería tenerlo. Cuando me muera, entonces tal vez entre en el infierno del que tanto se habla, pero aún ando entre los vivos.  Antes creía que no existía ese lugar de fuego eterno. Ni ese ni ningún otro más allá de la muerte. ¡Pero ya lo creo que sí!
            Te aburro. No. Es agobio. Pero eres mi abuela y las abuelas están para que las nietas se desahoguen con ellas. No protestes. Y no digas palabrotas que te oigo y está muy feo. A ver si voy a tener que lavarte la boca con lejía. Claro que, a estas alturas… No, que no me río, ha sido un hipido, en serio. Ya. Que has hecho lo que has podido. No sé, no sé. Busca a ver qué otro recurso te queda y has olvidado. Es que mírame: tan jaquetona como era y parezco una sobra de mí misma con estas ojeras y el pelo enratonado, con lo bonito que lo tenía. ¿No te da pena? ¡Tu nieta favorita y en estas condiciones! ¿Que me haga la sueca? Ya. Te lo pone en estéreo. Tú no la conoces. Bueno sí, la conoces por desgracia. Pero a ti te deja en paz. Huye de tu presencia. Te tiene miedo. Me lo ha dicho ella: «Me encuentro de vez en cuando con tu abuela. Siento su presencia helada en mi nuca y me da muy mal rollo. Temo que me pueda hacer daño. Ya, claro, ¿qué daño puede hacerme? Pero a mí me ponen los pelos como escarpias. No te rías. Sé que es un disparate tras otro, pero no me acostumbro». Así que si ella piensa que puedes hacerle algo, seguro que sabe que existe la manera. Encuéntrala o va a acabar conmigo.
            Inútil huir a México. Hasta allí me siguió, aguándome la celebración festiva del Día de los Muertos. Inútil viajar a Australia, también se me presentó, interponiéndose y chafándome la visión de un koala. Lo intenté en varias partes del mundo. Nada que hacer. Del dormitorio al baño. Del baño a la cocina. De la cocina al salón. Del salón a la terraza. « ¡Hija, déjame un ratito tomar el sol en paz!», le pido por las buenas y entonces arrecia el llanto. Sí, el llanto o lo que sea. No sé de dónde saca ese caudal de agua salada, la verdad. Pero le escurre y me deja la casa perdida. Temo que el salitre acabe pudriendo mi mesita china. Sí, esa que me regalaste. Te disgustaría ¿no? Pues a mí también. Pero lo peor es oírla con la cantinela de siempre. Que si mira tú Pablito, lo mal que me sigue tratando, ahora que lo he encontrado. Que nada más sentir mi presencia se esfuma y me deja como pavesa flotando en el limbo… No para esta mujer. Siempre quejándose de su mala suerte, de lo sola que está. Al paso que vamos, sola, lo que se dice sola, me voy a quedar yo. Porque Ramón anda mosqueado. « ¿A ti qué coño te pasa?», me pregunta cabreado. Y es que me he unido a la troupe y ando como alma en pena. Me contengo para no ponerme a gritarle como una loca a Cristina cuando está él delante, porque claro, no lo entendería. « ¿Con quién hablas?», me preguntó un día. Y yo que nada, que eran cosas mías. Pero no cuela. Ya no. No querrás que se vaya al traste mi vida, abuela. Bueno, no te pongas a llorar tú también ahora. Lo que faltaba. Mira lo que te he traído. Margaritas que sé que son las flores que más te gustan. Te las voy a dejar dentro del florerito este que pusieron en el centro, debajo de tu fotografía. Con agua, sí, para que duren mucho. Ya volveré otro día a visitarte. ¿Cómo que no hace falta? ¡Claro que sí! Soy tu nieta y tendrás que escucharme lo quieras o no. De todos modos de donde estás no puedes marcharte. Como mucho dejar que una parte vague por ahí como hace Cristina. Que no, que no me río, que es un hipido. Y lo dicho: pon a trabajar a tus contactos y a ver si me libras de esa pesada. ¡Dónde se ha visto que una fantasma o lo que sea venga a darte la brasa! Un beso, abuelita, que yo te quiero mucho; ¡pero mucho, mucho, mucho!