18/6/17

CON EL VIENTO

Tomada de la red.



Deja su casa cuando aún la luz no ha doblado del todo el brazo a las sombras.  Aun así, mientras echa la llave puede ver las siluetas que emergen y cortan los primeros rayos de sol,  en lo más alto de la colina. Se mueven como si estuvieran desperezándose, con un batir ligero. Más tarde, tal vez con el brío que emulsiona una crema de verdura.
            Regresa al atardecer, después de una jornada con olor a papel y tinta, entre libros, fichas y silencio de culto en la biblioteca. Conforme el coche se acerca, ve los brazos levantados al cielo, como gigantes de un Quijote reciclado, y esa visión familiar la reconforta. Nada más entrar en el zaguán, cierra un momento los ojos y recibe, potente, la imagen de él.         
            La oscuridad llega siempre con viento de voces alzadas que cuentan leyendas. Como la suya. Se sienta frente a la ventana y escucha los sonidos de los animales nocturnos, de las aspas que trabajan con fuerza, creando energía. Atenta. Siempre atenta al aullido prolongado, a la llamada en la puerta. Entonces abrirá y será él de nuevo, humano y dulce con ella.
           

17/6/17

PARA QUE ELIJAS



 
Tomada de la red.

DESDE EL DESTIERRO
«…Sartén antiadherente. Un poquito de aceite. Tenedor. Juego de muñeca. El movimiento enérgico cuando batías el huevo. La espumadera volteando y envolviendo. La cadencia de tu voz avisando: comemos ya. Tortilla. Y el cuchillo cortando la masa dorada y esponjosa. Yo te daba a ti. Tú me dabas a mí. Manos cruzadas y un chorrito fuerte de amor. La combinación perfecta y renovada. Caían los flecos del mediodía y seguíamos remoloneando. Una miga que rodaba bajo la yema de tu dedo corazón. Una copa de vino. Pan, vino. La risa de ayer. La placidez del sábado. Picoteaban los gorriones en el patio. Revoloteaba la hembra y volvía al grano. A pasitos, la seguía el macho. Nuestras vidas como anillos, entonces siempre enlazados».
Extracto de la carta de Gerardo Galán a Juana Méndez.

TEMBLORES
«Como esas gotas,
que brotan de tus dedos,
y calman el deseo
de mis labios sedientos,
cuando te alzas majestuosa
del rumor del río.
Como saliva templada,
tus besos,
dejan temblores de ensueño
en la vigilia de mis días».
Del Poema para Aisa. Autor desconocido.
MERODEADOR
«Me llaman perro. Un pobre diablo amarrado a ti por una cadena invisible de pasión. Mi madre dice que eres bruja y hace conjuros para que me dejes libre. Mi padre se queja de que por tu culpa se perderá la cosecha de algodón, que ya vienen las lluvias y yo sigo en la luna, aún más que cuando era poeta, sin centrarme en el trabajo. A mi tía Eloísa le duele que las flores ya no sean para ella y reza para que se deshaga el hechizo. De mi antigua novia Carmelita me llegan rumores de llanto sin fin y pérdida del apetito. Algunos vecinos se avergüenzan de mí. Aseguran que un hombre tiene que ser muy hombre y no andar nunca pegado a las faldas de una mujer.
     Pero qué puedo hacer yo si la fiebre me entró de golpe, nada más verte bajar del autocar aquella mañana de verano, cuando el viento venía templado y jugaba con un rizo que escapaba del pañuelo de colores anudado a tu cabeza. Tus hombros, colinas de seda, son los culpables de que ahora ande encelado a todas horas, buscando la ocasión para poder acariciarlos hasta que la piel de mis manos se sacie de ti. Aunque no creo que un deseo tan grande se apague con nada. Y sólo entretiene esta desazón el merodeo. Te sigo al mercado. Entro y me coloco a tu espalda, y mientras tú pides un kilo de naranjas, yo olfateo el aroma de tu cuerpo. Seco el sudor de mis  manos en el pantalón y las cierro en un puño que blanquea mis nudillos, para resistir la tentación de subirlas a tus hombros y deslizar las palmas por ellos. Recoger luego con un dedo esa culebrilla salada que baja pareja al latido de tu cuello, y mojar mis labios con ella. Tú lo sabes. Igual que sabes que paso las noches merodeando tu casa, bajo un cielo estrellado que si cayera en ese momento, ni me daría cuenta. Con una luna burlona que ríe mis aullidos mudos de lobo herido. Eso también lo sabes. Te creces y embelesas con el fuego que lame tus postigos. Ya no puedo aguantar más. No importa que me llamen perro hasta el final de mi vida. Pero tú, esta noche, ábreme la puerta».
De la carta de José Cardona a Dulce Ramos.
Querida Aurora:
Para tu cumpleaños me pediste una carta de amor, pero yo soy parco en palabras. No tengo ese don. Además no podría acercarme ni de lejos a lo que expresan las letras que te copié más arriba. Por tanto, te ruego que leas las tres opciones y te quedes con la que más te guste. Hazte a la idea de que te la he escrito yo.

15/6/17

LA RECOLECTORA DE LLUVIA

 
Tomada de la red.
Algunos coleccionan radios antiguas, otros contadores de la luz. Ella colecciona agua de lluvia.  Desde el calabobos que escurre de una hoja de eucalipto, a la torrencial de una tormenta de verano cuando reposa en los charcos con olor a tierra removida y raíces de almendros.
       Se hizo construir un mueble de madera con celdillas donde las iba guardando en botellitas, con la puerta de cristal biselado para que el sol jugara a combinar los colores del arco iris con las diferentes aguas. Y cuando el calor se pone terco y no asoma ni una nube en el cielo y la tierra se abre en múltiples heridas, ella moja, cada noche, un dedo y deja la humedad detrás de las orejas y en el pulso de las muñecas y se duerme con una lluvia fina con olor a madreselva.
     Pasaba el tiempo recolectando y etiquetando, cuando una mañana, en plena faena, vio desde la terraza a un chico que corría huyendo de un aguacero. Y le sorprendió la idea de que sería bonito tener agua de lluvia de personas. Metió una botellita en el bolso, bajó a la calle y, con el dedo índice, recogió un reguerito que bajaba desde el pelo y corría por la cara pecosa de un niño.
    Le gustan mucho esas aguas. Espera impaciente a que llegue el otoño y la primavera para guardar unas gotas que llevó el viento a la oreja de un anciano, el mestizaje de una mujer llorando, la cortina que escurre del sombrero de un cantante canalla. Todos colaboran cuando ella les pide permiso para acercar sus dedos, una cucharilla o un bastoncillo de algodón. Todos menos el adolescente. Con él aún no lo ha conseguido. Tiene azogue en el cuerpo, no deja que nadie se le acerque, no le gusta que lo toquen. Pero ella continúa, paciente, un día tras otro, estudiando sus costumbres, siguiendo sus pasos. Ha descubierto que cuando él escucha al petirrojo, se aquieta un momento y mira hacia la hierba con la boca muy abierta como si la vida se hallara a ras de suelo. Algún día coincidirán lluvia, petirrojo y adolescente y allí estará ella para pasar la cucharilla por el hueco de la mano y recoger el agua que escurre de la sudadera, con tanta delicadeza, que  ni se enterará de lo que está pasando.

14/6/17

SOÑANDO GALAXIAS


Tomada de la red


Dejé atrás los campanarios cuajados de nidos de cigüeñas y los campos amarillos peinados a rayas, con los girasoles mirando al sol. Se levantó la tierra en montañas arropadas de verde con cables como hilos de araña sostenidos por brazos pequeños de torres despatarradas, igual que extraterrestres metálicos, subiendo hasta sus cimas. En el cielo comenzaron a viajar las nubes, blancas, limpias y perezosas, suavizando de vez en cuando la fuerza del calor de mediodía. ¿Y si fueran alienígenas, sujetarían los cables como prisioneros, a la fuerza, o como seres libres, porque quieren hacernos llegar la luz? Me quedé con la segunda opción. Se alimentan de electricidad, la reciclan y la dejan circular hasta nuestras casas. Desperdigadas, aparecieron torres pequeñas con hilos más finos. Retoños de las grandes.

     Y de repente el mar azul pálido y brillante. En sus profundidades bullía la vida. Buceando podía encontrarme con peces ciegos, luminosos como luciérnagas y otras especies desconocidas que en algún momento de los siglos cayeron como meteoritos del espacio, para poblar sus aguas como los colonos en el lejano oeste. Pero estos convivían pacíficamente con las especies autóctonas. Un mundo feliz entre corales.

     Llegué al norte con la tarde soplando un viento con olor a todas las criaturas marinas. Saqué la ropa de mi bolsa de viaje, me di una ducha, me vestí y salí a dar un paseo antes de cenar. La marea baja había dejado, a unos metros de la playa, montículos porosos que sobresalían del agua como islas volcánicas. En sus hoyuelos y grutas los organismos se movían en una actividad febril a la búsqueda de alimentos. En los viveros, las nécoras, los bogavantes y las langostas se desplazaban lentos. Acodada en la barandilla miré a la luna como una viruta de plata. Las estrellas titilaban cerca de un punto brillante no identificado. Nos observan, decidí. Nos observan y, tal vez, nos estudian como nosotros haríamos con ellos. Cerré los ojos e intenté imaginar formas y colores, pero me atacaban a traición las viejas películas con sus hombrecitos verdes. Son torres metálicas de bracitos cortos que nos abastecen de luz, concluí. Luego busqué una mesa en una terraza donde disfruté de una ensalada y un pescado exquisitos.

     Amaneció un día radiante. Desayuné en la terraza: café con leche y tostada con aceite de oliva virgen y jamón ibérico. Después, armada de sombrilla, pamela y bolsa, bajé a la playa. Una multitud se agolpaba en la orilla. Anduve, luchando como si tiraran de mis pies arenas movedizas, hasta  un extremo lleno de laberintos entre rocas donde papás y niños con cubos se afanaban buscando cangrejos y desde un promontorio, algunos jóvenes intrépidos, se lanzaban al agua de cabeza. Coloqué la sombrilla y extendí la toalla debajo. El whatsApp comenzó a escupir mensajes.  Apagué el móvil. Saqué el lector y seguí por donde había dejado La broma infinita. Paré. David Foster Wallace no era de este mundo. Intenté mirar al cielo, pero era metal derretido. Seguramente reflejo de alguna nave dispuesta a posarse junto al barco que navegaba a lo lejos. Cerré los ojos un momento y escuché las risas, el chapoteo, las voces de un grupo que recordaba las anchoas y las sardinas a la brasa de su cena la noche anterior. Una brisa ligera refrescaba mi piel. Estaba a punto de quedarme dormida cuando oí la voz infantil hablando en francés. Abrí los ojos y miré a mi izquierda. Y allí estaba aquella deliciosa figura de chocolate con el pelo rizado y los ojos ocupando media cara.

     Primero fue el padre, un señor flaco y blanco como una mancha de leche, que miraba un mapa sentado en una silla; luego la mujer embarazada; después las espaldas quemadas de unos querubines rubios... Todo desapareció. Sólo la niña y yo. Pensé en quedármela para siempre. Y entonces ella, escondida todo el viaje en el pliegue más profundo que pude encontrar de la memoria inmediata, apareció con el esplendor de sus veintitrés años recién segados; joven ya para siempre. Su melena como lana negra enredada se movía con el vaivén de la enorme gota de agua que la contenía. Tenía la misma palidez de rostro que cuando llegó, aún pequeña,  con los padres y la hermana, al vecindario. No es de este mundo, pensé aquel día.

      Y entonces comprendí. Desbaraté la trenza de dolor que había tejido para los padres y la dejé desflecada y soportable. Porque de algún modo, al igual que yo acababa de descubrirlo, ellos habían sabido siempre que aquella criatura estaba de paso, que pertenecía a otro mundo y que algún día se iría de su lado para regresar a su lugar de origen. Y ella se me había presentado, en la oscuridad sin noche de aquella mañana, de la mano de una niña que yo devolvía en ese momento, regresando con ella al esplendor del día soleado, a su padre para que la abrazara fuerte antes de que desapareciera también para siempre en una de las infinitas galaxias.