28/10/11

HERIDAS - INCLUIDO EN LA V ANTOLOGÍA DEL PREMIO OROLA




Mamá me ayuda a vestirme. Me peina una coleta y la abraza con un lazo azul celeste. Luego me mira y da su aprobación. Mamá está muy atareada. No deja de ir de un lado a otro. De la cocina a la habitación. Vuelve a detenerse a mi lado, moja sus dedos en saliva e intenta domar el remolino en el arranque de pelo de la frente. Mamá, llamo. Pero no escucha. Va otra vez a la cocina y bebe un sorbo de tisana. Mamá, insisto. Y ella me dice que no tiene tiempo para nada, que se ha hecho tarde y debe arreglarse para estar bien guapa. Se coloca la pamela frente al espejo. Se mira y remira, buscando algo que hacer. Pero no hay nada. Me acerco y la abrazo. No debí aceptar la invitación a la boda de tu padre, dice al fin. Deja caer las manos a lo largo del cuerpo y se echa a llorar.

23/10/11

DEPREDADORES

Fotografía tomada de la red

Se creen inmortales. Suben, confiadas, al coche de desconocidos. Todas iguales. Aunque esta última, no. Tiene una mirada fiera y aprieta los labios con fuerza, como hacía mi hija cuando la castigábamos. Mi pobre niña. Creo que la dejaré ir. Paro el coche. Estoy a punto de abrirle la puerta, cuando levanta los brazos hasta la cabeza y saca el largo punzón de su pelo. Demasiado tarde para coger la pistola de la caja del salpicadero.

19/10/11

INTOXICACIÓN

Fotografía tomada de la red

El peligro estaba fuera, amenazaban. Llenó la nevera y descolgó el teléfono. Llevaba un mes de encierro cuando comenzaron los ataques. Primero fue la puerta blindada derritiéndose como gelatina. Más tarde, los postigos de las ventanas se abrieron con un empellón de ira. Se acurrucó en un rincón. Fue saliendo una legión de tertulianos de aquel artefacto infernal. Armados con palabras afiladas le hicieron puré la cabeza.

13/10/11

¡TOMEMOS LAS CALLES DEL MUNDO EL 15 DE OCTUBRE!


719 ciudades71 paises


15 de octubre – Unidos por un cambio global


10/10/11

ESPECULADOR




Suena la campanilla de la tienda. Es él. Me enseña un fajo de billetes. “Me llevo las que quedan”, dice. “No hay más”, le digo. Se oye un ruido sofocado. “¿Seguro?”, insiste. “Segurísimo”, atajo yo, tamborileando con los dedos sobre el mostrador. Recoge el dinero y sale dando un portazo. Abro la caja de caudales y con el índice y el pulgar las cojo, las levanto y las deposito en las hojas del libro en blanco. Se aparean y multiplican, las palabras.

3/10/11

OTRO RELATO INCLUIDO EN LA EDICIÓN DEL LIBRO JARDINES SECRETOS 2011

JARDÍN DE ROSAS

Llevo días esperándote. Pero no apareces. Me desperezo cada mañana con el sol asomando, tibio, por el horizonte. Pongo todo mi esfuerzo en abrirme, bella y perfumada para ti. Si vinieras podrías acercarte a la pérgola donde se enreda mi tallo sin espinas que escupí, una a una, como los dientes de leche de esos niños que vienen a jugar aquí, con sus mamás satisfechas. Parlotean entre ellas sin cesar, sentadas en los bancos, moviendo los dedos, ágiles con las agujas y las lanas. Todas las tardes disfrutaba con las voces, con los juegos, con las risas. Pero he caído en la melancolía desde que te conocí. Transparente y luminoso, entraste en mi jardín de noche y, bajo el balón de luz de la luna, viniste a mí, acariciaste mis pétalos con la delicadeza de lo etéreo y soplaste un tibio beso salpicado de llanto. Y yo te iba a consolar, enredando mi talle en tu aura, pero no quise herirte con mis espinas. Por eso me las arranqué. Ya estoy preparada. Te espero. Dejaré que me lleves contigo. Habitaremos juntos la casa derruida. Un hombre luciérnaga y una rosa sin espinas.

30/9/11

RELATOS INCLUIDOS EN LA EDICIÓN JARDINES SECRETOS 2011


LA PROMESA

No vayas con ese. Cuatro palabras que marcan el ritmo de la huida. Su madre se las repitió hasta el agotamiento poco antes de morir. Ahora vuelven y repican en su cabeza mientras siente el corazón bombear con fuerza, con tanta fuerza que sólo escucha el golpe de sangre en las venas. Y las palabras. ¡Rápido, más rápido! Cortan las zapatillas el aire, dejando una estela. Se distancia. Entra y se detiene, sin resuello, en el Jardín Japonés. Tumbado en el suelo, cierra los ojos. No vayas con ese, le rogaba su madre, con una pena muy honda. Lo oye cerca, apenas a unos metros. Si salgo de ésta, prometo no volver a tener tratos con él. Prometo buscar ayuda, alejarme de todo esto, si salgo de ésta. Y entonces la tierra se esponja y él se hunde en el hueco, como una cuna, y los arbustos de flores azul intenso se doblan sobre su cuerpo y lo cubren entero. Pasa cerca, tanto que teme que lo pise, pero se aleja. No vayas con ese. Nunca más, madre, nunca más.

JARDÍN SECRETO


Me gusta verte mover las agujas como si cruzaras espadas, pero las espadas matan y tú no podrías matar ni a una mosca. Tú das vida, querida Hortensia. ¿Ves? ya lo he dicho. Parece brotar de tu regazo ese embrión de bufanda. Bordeamos el invierno. Los dos lo sabemos aunque no queramos hablar de ello. Ya no preguntas. Te has cansado de repetirme siempre lo mismo. ¡Como si no lo supieras! Lo sabes, siempre lo has sabido. Tú eres más habladora, aunque esta tarde estés enfrascada en tejer, con el cabo de lana enredado en ese meñique que los años han ido curvando, y no me hagas caso. ¿Cuántos son, cincuenta? Una eternidad juntos, Hortensia. Y tú venga con la pregunta. La repetías como si olvidaras que ya la habías hecho. Ahora sí, ahora olvidas cosas, como yo, para qué negarlo. Y es en este momento, cuando has dejado de reclamármelo, que me nace decirte lo que tantas veces me pediste: Te quiero, Hortensia.
- ¿Decías algo?
- Nada, que ya refresca en el jardín. Es hora de volver a casa.

27/9/11

LA MUJER DE AGUA




A María Jesús, para que sus días estén llenos de deseos renovados y otros por cumplir.

Cuando el día amaga en el cristal de la habitación, ella entra en el cuarto de baño. Los párpados tienen el peso de las horas, los minutos y los segundos de sueño sin apurar. A tientas, como a veces toma la vida, abre el grifo. Corta el chorro con el dedo. Humedece los ojos. Una vez más. Dos. Tres. Le cuesta. Cierra el paso del agua. Primero unas rendijas por donde penetra la luz pálida del amanecer, luego de par en par. Y allí está, mirándola de frente. Retira un mechón con su sombra de la cara. Vuelve a abrir el grifo. Une las manos y acuna el agua en el hueco. Escurre entre los dedos. Se libera. Aprovecha el pocito de la palma. Bebe. El espejo le devuelve la imagen. Una mujer de agua. No una mujer aguada. No. Una mujer de agua. Sonríe por primera vez desde que se desembarazó de las sábanas que la ataban a la noche.
Sale de casa. Camina por la calle a paso ligero, absorbiendo los rayos del sol, arco iris que se come el gris del día.
Huele a chocolate fundido. Empuja la puerta y las campanillas tiritan en la entrada. Uno de cada, pide. Y vuelve a la acera. Desnuda una tableta del papel plata, muerde con sus dientes de agua y su cuerpo se enturbia de marrón acharolado. Se mira frente a un escaparate. Hace un quiebro de cintura a esa mujer de carne y hueso que la roza y la mira extrañada. Continúa caminando hasta la marquesina de la heladería Cerezas y menta. Un sorbete de pistacho y se viste de verde brillante. Una niña saca la lengua y la pasa por su piel. La mamá tira de ella, se la lleva en volandas.
La mañana ha levantado los brazos al sol del membrillo. El parque está desierto. Se estremecen las primeras hojas de otoño bajo sus pies. Se sienta en un columpio. Impulsa su cuerpo y corta el aire con el vuelo de su falda. Cierra los ojos. El aire trae la humedad del mar. Y una eternidad la retiene. Remolonea. Se mira la mano derecha, los dedos como palitos. Es hora de arribar a puerto.
Las gaviotas sobrevuelan la cubierta de un barco de pescadores, bajan y se llevan algún despojo en el pico. El agua está mansa. Rizada de luz en el camino que abre el sol. Mediodía. Momento de zambullirse. Toma impulso y se lanza. Pasa un pez veloz y asustado bajo sus brazos delgados de agua. Agua dentro del agua. Agua que respira, que siente, que se disuelve y nutre.
Y llegará el atardecer. Y con las primeras luces de las farolas, nacerá la ciudad submarina y el zapato sin cordones buscará su casa, y en la carta arrugada, el corazón desangrará su tinta roja. Y las gotas se buscarán para reagruparse. Entonces ella recuperará su cuerpo de agua y saldrá del mar.
Azul intenso, agua salada que se desliza por las aceras, bajo las luces de neón de clubes pintados de rosa y oro, que deja su huella líquida en la ventanilla de un cine, en el velador de un café, en el banco de un parque solitario. Y después el regreso a casa. Tres horas. Sólo tres horas de sueño, antes de que llegue un nuevo amanecer. Mujer de agua.

25/9/11

PERIFERIAS



- Ayer me puse delante del espejo y no me vi guapa, sólo vi un adefesio con palo de fregona. Tampoco vi a Dios en los fogones como usted dijo.
- Lo dijo Santa Teresa. Anda, reza tres padres nuestros y vete a casa.
-¿Y por qué tengo que rezar si no he hecho nada todavía?
- Para que se te quiten esas ideas que te rondan en la cabeza- dice don Agapito.
De mañana no pasa. Solicitará el traslado a una parroquia del barrio de Salamanca.

20/9/11

DEVOLUCIÓN

Fotografía cogida de la red


Soñé que no podía dormir. A través del cristal de la ventana de mi habitación, veía el cielo negro de una noche sin luna ni estrellas. Tenía mucha sed. Me levantaba iba a la cocina, abría el frigorífico y sacaba una botella de leche. Sabía a natillas con grumos y galletas maría. Me la bebía toda. Luego iba al cuarto de los niños. Sobre la mesa de color verde y naranja había una máquina de escribir antigua con un teclado alto que dejaba ver parte de sus tentáculos. Me sentaba en una silla pequeña y comenzaba a escribir. El carro iba devorando el papel y el timbre avisaba cada medio segundo de que había llegado al final de la línea. Olía a patio de colegio y a leche agria, por eso yo sabía que estaba escribiendo algo sobre las ayudas del plan Marshall. Llevaba escrito un papel corrido que arrastraba por la habitación, cuando se coló en mi nariz el olor del apresto de los uniformes recién estrenados. Supe que algo terrible iba a pasar. En seguida vino el hedor de la pólvora, de la tierra removida, de los ríos de sangre y de la carne abrasada. Soñé que dejaba de escribir, me iba al baño y vomitaba toda la historia.

14/9/11

EL COLECCIONISTA


Comencé en el instituto. Todos mis compañeros la llamaban Pinocho por su nariz, y se reían a sus espaldas. Yo seguía sus bromas con una risa floja porque la profesora de Lengua me gustaba muchísimo. Tenía el pelo más bonito que había visto después de las crines de los caballos que cepillaba mi padre.

Fue por casualidad. Uno de aquellos días en que mi salud débil y un frío intenso en el patio, me dejaron sin recreo. Me quedé solo en el aula. Un rayo de sol se dobló sobre la mesa y el pelo enredado en la espiral de su cuaderno, brilló como una hebra de té negro. Me levanté del pupitre y lo cogí. Era liso y muy suave. No pensaba hacer nada en concreto, pero en ese momento ella entró en clase y lo metí en mi bolsillo. A solas, en mi habitación, lo estuve mirando suspendido de la punta de mis dedos, contra el cristal de la ventana. Cambió de color con la luz roja del atardecer. Parecía un hilo de fuego. Busqué una de las bolsitas con cierre automático en las que mi madre tenía los botones y los corchetes y lo guardé dentro, luego la metí bajo el montón de libros y cuadernos. Desde ese día, pasé la mano por la espalda de la vecina, cuando lloró en mi hombro la pérdida de su perro Negrito, y me quedé con un filamento rizado, rubio oscuro; recogí el de color azafrán de una amiga en la universidad; arrastré entre mis dedos, con la excusa de retirar polvo de su chaqueta, la culebrilla castaña de una compañera de trabajo. Azafatas, cantantes, escritoras, carniceras, verduleras, amas de casa, actrices... Todo pelo que se me ponía a mano iba a parar a una bolsita para mi colección. Llegué a tener tres mil cuatrocientos cinco pelos.

Han estado a punto de descubrirme, he pasado apuros económicos. En cierta ocasión estuve cerca de venderlos a mi amigo Pablo, que colecciona desde recortes de periódicos, a alfileres de distintas cabezas. Pero no lo hice. Aguanté la mala racha comiendo la sopa boba. Y un día llego a mi casa y me encuentro a mi mujer en jarras diciéndome que soy un puerco y que ha tirado mi colección a la basura. Dijo que la encontró limpiando, pero fue un registro en toda regla, porque la muy pava creía que la engañaba con otra. Esa noche machaqué unos orfidales en un mortero y se los eché en el vino. Ella no dejó de hablar durante la cena. Parecía contenta, tal vez sorprendida de cómo me lo había tomado. Esperé a que estuviera bien dormida. Cogí las tijeras y le corté su hermosa melena del color de las nueces. Ahora, cuando barre, si me he cortado las uñas de los pies, deja un círculo con ellas dentro, y si ve unos pelos atravesados en las púas de mi peine, coge el cepillo para alisar los primeros brotes de su cabeza.

11/9/11

LA NUEVA BABEL

Ya he vuelto, queridos blogueros. Y para desengrasar un poco el lagrimal, una sonrisa.

Llegué en taxi, como debe ser, sobre las cinco de la tarde, después de la siesta como también debe ser. Una riñonera con la documentación y los ahorros de la cartilla que dejé temblando; la bolsa con cuatro trapitos, lo imprescindible. Camisetas, pantalones, vestidos, bragas, sujetadores, calcetines, pantis, zapatos, zapatillas, camisones, pijamas, bolsa de aseo y otras cosas más que ya no recuerdo, y el ordenata agarrado a mi muñeca con unas esposas. Me hice la dueña y señora de un banco y allí puse mi despacho, haciendo una especie de corralito con las latas de Coca Cola y otras bebidas que iba consumiendo. La comida regular pero ya estaba acostumbrada. Combinaba entre la cafetería, el restaurante y las máquinas de sánwiches y patatas fritas.

Al principio estaba encantada con el ambiente. Carros de equipaje empujados por mujeres, hombres y niños de todos los pelajes. Los altavoces soltando su carga enlatada de ofertas y los carteristas llevándose de todo un poco. Mestizaje puro. Luego comenzó a irritarme la cantinela de los altavoces y los talones mugrientos de algunos paseantes. Empecé a llamarle la atención al ladronzuelo que se había quedado por mi zona, amenazándolo con denunciarle si no se largaba para otro lado. Tenía la novela en la cabeza pero aún no había encontrado el momento de empezar. Era todo tan excitante. Aprendí pronto a distinguir al nacional del extranjero y me divertía provocar a todo bicho viviente.
Y así vivía yo, feliz gestando mi obra maestra, cuando se me cruzó él. Sólo dije aquello de, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre, y solté una risotada. Sí, ya sé, un poco ordinaria sí que me había vuelto pero no merecí el castigo que se me vino encima. Se volvió y con una sonrisa espléndida me preguntó cuánto. ¿Cuánto qué?, le contesté yo con otra pregunta. Cuánto valer tú, me soltó a bocajarro. Y yo, que una no tiene precio, qué se había creído, que yo eso lo hacía gratis. Dónde, dijo él. Ahí me di cuenta de que la suerte estaba echada. El tipo se me pegó al costado y se puso a sobarme el brazo y no atendía a razones. Guapo lo era un rato largo pero una es muy estrecha y no ha pasado del piropo y siempre pensando que no se me iba a entender. ¡Quién iba a pensar que aquel negrazo de cuerpo imponente tendría conocimientos de castellano! Comencé a considerar que tal vez fue un error largarme de casa. Recogí mis cosas y salí por la primera puerta que vi, levantando una mano para llamar a un taxi. El senegalés, por decir algo, detrás, insistiendo. Se me ocurrió un plan diabólico. Le di la llave de la casa de mi pueblo andaluz, veinte centímetros de hierro, dirección incluida, y lo invité a perfeccionar su excelente castellano. Él aceptó encantado. Antes de subir al taxi, le di un beso llevada por la compasión más que por el deseo. Porque cuando el guaperas salga al patio y escuche al vecino a través del muro de separación discutir con la mujer en los términos de: que no jes eso ahí, estás ton o qué, y mira que te lo ten di que cuides del rroz; a una velocidad de dos mil palabras por segundo, una de dos, o se vuelve loco o se coge una depresión de consecuencias incalculables. Iré a rescatarlo dentro de unos días. Tan mala no soy. ¿O sí?

11/8/11

EL ASPIRANTE


Nunca supo el porqué de su infortunio. Le gustaba la vida. Tenía salud, una mujer a la que amaba y un hijo con la rebeldía propia de una adolescencia de libro. Entonces ¿por qué aquella amargura regurgitada desde lo más hondo? “Lo que te ocurre es por ser demasiado optimista. Mírame a mí: como espero poquitas raciones de felicidad, con cualquier cosa me contento”, le decía una y mil veces su mujer, como quien repite una letanía. Y él pasó del “mea culpa” a un odio cada vez más generalizado hacia los humanos. Sólo aguantaba a su gato, con quien no tenía problema alguno de comunicación. “Cada vez que me encuentro con el del tercero, me dan unas ganas de darle un puñetazo...”, se decía para sus adentros, pues ya había renunciado a transmitirle sus venenos a la mujer que era feliz pintando la terraza de azul cobalto o yéndose a las rebajas de las que volvía con un trapito que luego tiraba a la basura porque, a ver para qué quería ella una falda de lunares. De su trabajo, ni hablaba, para qué si era basura de último cuño capitalista. Aguantar, tenía que aguantar un rato largo las impertinencias de su jefe. Y el sueldo ni mencionarlo. En esas estaba, apurando los últimos gramos de optimismo, cuando se le ocurrió gritar a un conductor que lo había adelantado por la derecha que ojalá se lo llevaran los demonios. Fue decirlo y pararle el guardia civil y meterle un tajo de puntos que lo puso al otro al borde del llanto. Aquello, pudiendo ser una casualidad, no dejó de mosquearlo, así que detuvo el coche en el arcén, prendió un cigarro, aspiró fuerte y con una medio borrachera de alquitrán y nicotina, hizo el conjuro: “Vendería mi alma al diablo por aderezar el camino de mi vida con un puñado de cadáveres”. Entonces el guardia civil se le acercó y dijo: “Poder, puedo, pero no tanto. Sobre la vida y la muerte, manda Él, que para eso nos derrotó en la madre de todas las batallas. Ahora, si tú quieres, me quedo con esa piltrafilla de alma que arrastras por los suelos a cambio de algún descalabro de tus enemigos”. “¡Hecho!”, dijo él, tendiéndole la mano en un apretón más que caliente. “Lo siento, hombre, es que de donde vengo todo es brasa”, se disculpó el diablillo, pues eso dijo ser. Acordaron su primer trabajito: convertir a la mujer en una amante endiablada, no sólo siempre dispuesta a practicar el sexo, sino también, y eso era lo importante, una oyente activa que se quedara, cual papel secante, con todas las penas que él fuera estampando en su cabeza.
Cuando llegó a su casa, su mujer se acercó con los ojos brillantes de lascivia, en tanga y sujetador a medio pecho, le echó los brazos al cuello, cogió el labio inferior del marido con los dientes y le dio un mordisquito que le enderezó todo lo que había de lacio en su cuerpo. Luego ajustó el rojo fuego de sus labios a los de él y ardieron juntos en las llamas del mismísimo infierno.
Al día siguiente, le pidió al comprador de almas que arruinara a su jefe, ya que estaba claro que pensaba despedirlo. El diablillo aceptó encantado y le retiró al jefe todos los fondos de sus cuentas bancarias. El resultado de esa intervención acabó con un salto mortal del arruinado desde el decimonoveno piso de su apartamento, y las carcajadas satánicas del que antes fuera un alma en pena y que ahora andaba más contento que unas castañuelas en la feria de Sevilla.
Del hijo exigió, no respeto, sino sumisión y vuelta a las buenas maneras, porque, a ver qué era eso de tutear al padre; de usted y firme cada vez que él lo llamara para pedirle algo. A la suegra la mandó varias veces al hospital cuando se ponía cargante, pues con ella no valía conjuro alguno para doblegar su voluntad de arpía. El diablillo le confesó que tal vez fuera un demonio a medio hacer y por eso no había forma de que hincara la rodilla ante él. Pero no pudo librarse de una caída por la escalera del autobús, ni un cólico nefrítico que dejó el rastro de sus uñas en los camilleros que vinieron a buscarla en una ambulancia.
Comenzaron entonces los síntomas de una adicción al mal que puso al diablillo contra las cuerdas. “Que me quites de en medio a ese tío engominado”, ordenaba el vendedor de alma con los ojos volteándose en las cuencas y la excitación engarfiando sus manos. “¡Pero, hombre, ¿qué te ha hecho?!”, se escandalizaba el diablillo. “Su mera existencia me molesta. A ver cómo puedes meterle un buen puro. A ser posible con un final como el de mi exjefe”, le ordenaba con una risa cada vez más satánica. El tipo pagó sus excesos de gomina con una caída irrecuperable de pelo. Empezó a sufrir las burlas de los niños del barrio, y su vanidad encogió en la misma medida que su cuerpo se doblaba hasta exhibir una hermosa joroba en su espalda que provocó la risa del vecindario, y lo hizo encerrarse en el piso de donde lo sacaron medio enterrado por las bolsas de basura y con algún mordisco en las orejas por los ratones que habían tomado la casa.
Al cabo de un año, el diablillo intentaba esquivar al tipo sin alma que lo mismo pedía una rotura de piernas de un alcalde corrupto que una embolia de un especulador de vivienda. Se daba cuenta de que el humano ganaba en ánimos y ganas de vivir e iba de víctima en víctima, cual garrapata engordando en deseos de maldad, mientras él estaba cada día más alicaído y comenzaba a sentir remordimientos y pena por todos los que, de una manera u otra, terminaban engrosando las necrológicas de los periódicos. “Mira que nos la estamos jugando, que ya te dije que en los temas de la muerte no debía meterme”, le avisaba al desalmado. “¿Y quién dice que te metas? Si uno quiere morirse, pues que lo haga”, soltaba el exterminador de humanos con una carcajada del más allá. “Este me quita el puesto”, se dijo el diablillo. “Está haciendo méritos para pasar directamente a demonio con derecho a cornamenta, que era lo que me correspondía a mí”. Y en un último intento por acabar con el aspirante a demonio, urdió una trampa: puso la billetera al alcance de la mano del hijo adolescente con el convencimiento de que no sería capaz de hacerle daño a los de su propia sangre. “Me lo dejas en manos de la pija de la Rosario para que le retuerza los cojones, metafóricamente hablando, y se quede de por vida de calzonazos”, pidió el padre sin que la voz le temblara lo más mínimo. “¡Pero hombre, que es tu hijo!”, soltó el mediodiablillo, pues ya estaba sintiendo como un humano. “¡Quién lo sabe!”, dijo el mediohumano que ya notaba su transformación en demonio. “Además que yo lo que quiero es largarme a Manhattan, al mismo corazón de la maldad, y dedicarme a la compra-venta de almas. Así que puedes quedarte con él, te lo regalo”, y comenzó a llenar la maleta de bolsas con dinero. “!Pero tú no puedes!”, chilló el que ya sentía como humano, sabiendo que había perdido la partida. “A ver si te crees que las últimas intervenciones las hiciste tú. Nada, no funcionabas. Me di cuenta de que no podías ni con tu alma, menos con la mía que ya pesaba toneladas de maldad, cuando dudaste a la hora de quitarle toda pasión por la vida a mi mujer. Así que me puse en contacto con Él y ya sólo hago tratos a lo grande”. Cerró la maleta, cogió a su gato, y antes de salir, dijo: “ Si quieres, puedes quedarte también con ella”. Se marchó dando un portazo. Y mientras bajaba en el ascensor, soltó su última carcajada medio humana.

7/8/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)

Del blog animalnaturaleza.

Oía la llamada. Se hundía un poco más. Su nombre picoteado por el graznido de las gaviotas. Y de repente, mamá lo desenterraba de la arena.

5/8/11

ADICCIONES

Fotografía de Bernardo Álvarez


Soy amadecasapendiente y llevo unos minutos sin pensar en unos pimientos rellenos ni en hacer la compra.

Hace unos días toqué fondo. Toda la mañana cocinando, el frigorífico hasta arriba, y agarré la cesta y salí a la calle. ¿Qué hacía yo en mitad de la acera, en bata y con zapatillas de estar en casa?, me decía, cuando tropecé con una cuartilla abrazada a una farola anunciando un taller de escritura dos portales más abajo. Supongo que fue la hartura de mí misma la que me puso delante de un señor que me preguntaba a qué había ido.

-¿A qué va a ser?, a lo de aprender a escribir.

- Ya bueno, pero tenemos cursos de narrativa, de guión, de poesía...

Ahí sufrí un ataque, una puñalada trapera del cocineo y dejé al de las letras ofreciéndome cursos, para adentrarme en el bonito, que también me ofreció el pescadero a primera hora de la mañana, y sus maneras de prepararlo. "Quedaría bien encebollado, pero al niño no le va así, mejor con tomate."

- Entonces, ¿cuál le interesa?

- El que sea más fácil.

- Todos tienen su dificultad, pero podría comenzar con el cuento.

Dije que bueno y entonces él avanzó algo del curso.

-...Ab obo...

"Los huevos rellenos quedarían bien para el domingo"

-... in media res...

"Unos filetes en salsa y me hacen reverencias".

- Y sepa usted que contamos con la presencia de un alumno aventajado que ya ha ganado unos cuantos jamones de Teruel en un concurso radiofónico.

Temblando de emoción, abrí mi bolso, saqué el talonario, le hice una seña para que me dejara su bolígrafo, escribí seiscientos euros y firmé el cheque. Luego se lo entregué, agradecida, y salí pensando en los platos que iba a preparar con los jamones.

P.D. Este relato lo escribí hace tiempo, en un mano a mano con un escritor que ganó varios jamones en un concurso radiofónico. Lo traigo aquí como una pequeña muestra de la variedad de enganches de los que podemos quedarnos colgados: desde productos tóxicos, a la comida, al cuerpo, a los talleres literarios, etc. Todo muy nocivo para la salud.

3/8/11

NOSTALGIA (Finalista de junio del concurso sobre abogados)

fotografía tomada de la red

Todos los años por el cumpleaños de mamá, papá se saca del cuello la cinta morada con la llave y abre el candado que puso en el armario de ella. Revisa sus vestidos y zapatos. Comprueba que el birrete sigue en la balda de arriba. Se entretiene un poco acariciando las puñetas de la toga y por último coge el CD guardado en el primer cajón entre la ropa interior. Sentado al lado del plato vacío, escucha “Ansiedad” en la voz cadenciosa de Nat King Cole mientras brinda con una copa sin dueña. Sé que no debería consentirle que haga eso y seguir las instrucciones de su médico. La nostalgia es un tóxico más potente que cualquier veneno y su corazón es débil. Pero desde que se la arrebató el marido despechado de una clienta, a la puerta de los juzgados, él sólo piensa en reunirse con ella.

31/7/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)


Ella se baña. Él espera en el chiringuito. Pasa la lengua por la piel. Sabe a limón y sal: la devoraría. Un bocado, y se come media sardina.

26/7/11

RELATO GANADOR "CUENTA 140"


Mientras mamá dormitaba en su hamaca, él devolvía las olas al mar a raquetazos. Aquella ola gigante dejó la raqueta huérfana en la arena.

23/7/11

I36 DÍAS ENCERRADOS: EL ENCIERRO HA TERMINADO


Ayer, los padres, usuarios y trabajadores del C.O.Magerit, dejaron el encierro con una fiesta. Allí estuvimos para alegrarnos de los logros obtenidos, y despedirnos del Magerit. Han conseguido que no desaparezca un Centro Público. Dispondrán de un Centro donde reubicar a trabajadores y aquellos usuarios que quieran el cambio, después de unas reformas en un antiguo colegio. Quedan algunos flecos pendientes, como conseguir un compromiso escrito que garantice el regreso al Magerit tras las reformas necesarias, pero ha sido una gran victoria gracias a la perseverancia de padres, trabajadores, usuarios, simpatizantes y miembros de la Asamblea de Carabanchel del Movimiento 15M que plantaron sus tiendas dentro del recinto y no lo han abandonado hasta este momento. Creo que el eslogan que figuraba como estandarte de este largo pulso a la administración Aguirre, la cólera de dios, refleja muy bien lo que han sido estos 136 días de encierro : "Si luchas, puedes perder; si no luchas, estás perdido".

20/7/11

ENSAYOS (finalista del concuso de microrrelatos Eñe. Ganador de la semana del programa Wonderland)

Repaso sus ropas, las plancho, las doblo, les introduzco caramelos en los bolsillos del pantalón. Coso el ojo del hipopótamo, los lunares a la mariquita. Les preparo macarrones, croquetas, albóndigas, pizza, hamburguesas. Lo guardo todo en tupers etiquetados dentro del frigorífico. Dejo pan con chocolate sobre la mesa de la cocina, para la merienda. La última vez llegué hasta la estación, hoy tal vez pueda coger ese tren.

Wonderland


Repaso sus ropas, las plancho, las doblo, les introduzco caramelos en los bolsillos del pantalón. Coso el ojo al hipopótamo, los lunares a la mariquita, la estrella a la varita del hada madrina. Les preparo macarrones con tomate, arroz, croquetas, albóndigas y hamburguesas. Lo guardo todo en tupers etiquetados, dentro del congelador. Dejo leche y pan con chocolate sobre la mesa de la cocina, para la merienda. Escribo con mayúsculas una nota de despedida y la sujeto con un Bob Esponja a la puerta del frigorífico. La última vez llegué hasta la estación, tal vez hoy pueda coger ese tren.