21/9/08


PERCEBES.
(Ganador del concurso de microrrelatos eróticos convocado por el Diario de Alcalá)
AUTORA: Lola Sanabria

En vacaciones, todas las mañanas iba con mi padre a la lonja. Comprábamos jureles, sardinas o caballas, y un puñado de los percebes de Estrella. Estrella tenía la piel tostada, el pelo largo y los ojos violeta. Cuando nos veía llegar, se mordía el labio inferior con sus dos paletas blancas, brillantes de saliva. "¡Qué chico tan guapo!", decía, dejando una caricia con olor a mar en mi pelo.
Mediado agosto, mi padre salía con Estrella; y una noche, la invitó cenar con nosotros.
Amontonábamos uñas y pieles vacías de pulpa de percebes sobre los platos; y mientras mi padre introducía un dedo en la boca de ella, de vez en cuando, yo exploraba con mi pie bajo su falda.
GANAR BATALLAS.
(Todos somos diferentes. Relato incluido en el libro)

AUTORA: Lola Sanabria

Le digo: “¡Ríndete!, no puedes ganar”. Pero Jerónimo continúa erguido en su caballo, con su penacho de plumas, a la cabeza de la fila enfrentada a los casacas azules. Esperan al niño que los dejó en el umbral de la habitación. “¡Ríndete!”, grito entre sueños, y mi marido me despierta de la pesadilla.
Mientras desayuno repaso esa escena que se ha quedado enquistada en el sueño pero que continuó en la realidad. Porque el niño volvió de su pelea con la muerte que lo mantuvo maltrecho días y noches interminables en una cama de hospital. Volvió y Jerónimo venció a los soldados guiados por su mano pequeña. Batalla ganada, aunque la historia se encargaría de que perdieran la guerra. Y ahí están, me digo, unos cuantos, en reservas como animal
es. Nada que hacer. Voy a la ducha y el agua se llena de espuma y limpia y se arremolina a mis pies. Pronto estaré en mi trabajo. Pronto la veré y la oiré decir: “No tengo plata suficiente para volver a mi país”. Y yo haré como el otro día, callar.
“Ríndete, mujer, tienes la batalla perdida”, susurro de camino al metro. Nadie le hará caso a ella. Nadie. Debería haber sido más discreta, pasar desapercibida. Una más. Pero no, tuvo que mostrar sus habilidades. “Miren ustedes qué fácil de hacer”. Y puso en marcha un taller de marionetas. Ella. Tonta. No sabe que no se puede perdonar que sea peruana y lista. Que tenga casa, que sus hijos vayan a la universidad, que trabaje duro para prosperar. “Qué rico esto, qué rico lo otro”, dice porque todo le
gusta. Confiada. “No, mamita, yo no hice tal cosa”, se defendía. Pero el pico del pañuelo multicolor salía del bolsillo de su pantalón. Lo sé. Yo lo sé. Sé quién lo puso allí. No dije nada. Es un sitio pequeño y me dejarán sola, aislada, me digo mientras el metro abre sus puertas en la estación de Lago. Dos negras suben y se cogen de la barra. La chica que está a mi lado frunce la nariz y se retira. Pero huelen a sueño. “¡Será imbécil!”, digo entre dientes. “Soy imbécil”, concluyo.

Jerónimo ganó una batalla, mi niño ganó la guerra, las negras alzaron la cabeza con dignidad, Rosa, la peruana, tendrá quien la defienda. Entro en mi lugar de trabajo, ficho, y antes de que alguien me dirija la palabra, pregunto por la directora. No voy a callar.

NURIA
(Todos somos diferentes. Cuento seleccionado para su publicación en el libro)

AUTORA: Lola Sanabria

Ayer escuché a papá. Dijo que tenían que buscarme una residencia. Mamá sacó el plato de la espuma del fregadero y también dijo algo, pero con el ruido de la loza, no la oí. Luego se callaron. Volví la cabeza y los vi por la ventana de la cocina que daba al porche. Mamá sorbió fuerte y papá encendió un cigarro. Después miré al estanque. Me habría metido en él, como otras noches, para ahogar con mis manos a la luna en sus aguas negras, pero no tuve ganas.

Ya no volveré a verte cuando llegue el calor y cierren el Centro donde hago ta
pices. Y no quiero. Me gustaba cuando venías a buscarme de mañana y te entretenías con mamá mientras yo tomaba la leche con el Eko y los cereales. Con ella hablabas distinto y me llamabas por mi nombre. Mamá preguntaba por tu papá, que cuidaba los pinos y los animales para que no los mataran con escopetas, y tú le contestabas que seguía igual poniendo una cara larga, como cuando te enfadas. Luego nos íbamos, y por el camino que va a la charca, me decías: “Mongólica, no pises ahí”, o “La mongola ésta acabará cayéndose”. Y yo te recordaba que soy Nuria, y que me había dicho Irene que me llamaras por mi nombre. Tú enseñabas la mella de tus dientes y te reías a carcajadas. “Esa Irene es tonta”, decías. “No, ella no. Irene es la maestra”, te aclaraba, por si se te había olvidado. A veces tienes la cabeza ida como la abuela y no te acuerdas de nada de lo que te digo. Llegábamos a la charca y sacabas el colador con los renacuajos y los echabas al bote de cristal lleno de agua turbia. “Mira cuántos, mongólica”. A mí me gustan más los aclara aguas que van de un lado a otro, nerviosos, igual que me pongo yo cuando no me dan la pastilla. Dejan el agua limpia, bueno con algo de verdín en el fondo, pero limpia. A ti te gustan los renacuajos. Andabas raro, ayer. Metiste la mano en el agua, la movías muy fuerte, y molestabas a los aclara aguas. Nos peleamos y volví a casa con un raspón en la rodilla. Le dije a mamá que me había caído y me estuvo curando mientras lloraba un poco. Mamá está siempre pendiente de mí. Si no fuera por papá, nunca me habría dejado ir a la charca, ni a ningún sitio. Por eso tengo secretos. No sabe que algunas noches, cuando duerme, la luna me llama desde el estanque. Me levanto descalza, salgo sin hacer ruido y entro en el agua, con cuidado de no perder pie, porque no sé nadar y una vez casi me ahogo intentando alcanzar la luna y hundirla. Mamá no sabe nada, porque moví los brazos y cuando acordé ya pisaba el fondo.

“Si no hubiera nacido mal, habría hecho muchas cosas”, le dije ayer a Irene. “No has nacido mal. Eres diferente”, dijo ella mientras se ponía la bata. “Bueno. Si no hubiera nacido con el síndrome de Down, habría hecho muchas cosas”, le aclaré yo. “¿Cómo qué?”, quiso sabe
r ella. “Podría estar sola en una calle y no sentir miedo como cuando mi prima se olvidó de mí y me dejó en el supermercado”. Irene sonrió y dijo que eso tenía solución. Y me llevaba fuera del Centro, a una plaza cercana, luego se iba y yo volvía sola. Mamá teme que me pierda y yo temo perderte a ti. Mamá dijo durante la cena que acompañó a tu padre al cementerio. Ahora él vive allí y se alimenta de bichos y culebras. Te lo dije ayer cuando cogías renacuajos en la charca y yo jugaba con los aclara aguas. Me miraste raro y cerraste los puños como si fueras a pegarme otra vez, pero no lo hiciste. “Eres tonta”. Escupiste en la palma de tu mano y me la pasaste por el raspón de la rodilla.

Ayer cayó una tormenta y llovió mucho. Parecía que en el cielo hubiera fuegos artificiales. Nos pilló en la charca y tú dijiste: “No tengas miedo, mongólica”, y me abrazaste. A mí no me dan miedo las tormentas, pero no dije nada porque me gusta que me abraces. Cuando cayeron trozos de hielo, dije: “Ahora sí, que sí”, me solté y corrí para casa. Tú detrás. Nos encontramos con mamá por el camino con un paraguas. Yo estaba con
tenta, ella asustada. Luego nos hizo chocolate y jugamos al parchís. No te gustó que me comiera tus fichas, ni que me contara veinte. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez”. “¿Qué haces, mongólica. Quién te enseñó a contar así?”. “Irene”. “Irene es tonta”. “No, Irene es la maestra”. “Pues es tonta”. Y te fuiste enfadado a tu casa. Pero yo estaba contenta porque me habías abrazado para que no tuviera miedo de la tormenta. Por la noche dejó de llover y de encenderse el cielo. Se fueron las nubes y yo me metí en el agua a hundir la luna en sus aguas negras.

Ayer a mamá se le olvidó darme la pastilla y a mí recordárselo. Me puse muy nerviosa y te arañé en la cara. “¿Cuándo dices que te dijo eso la maestra?”, insistías. “Ayer”. “Ayer no pudo ser porque el Centro está cerrado. Ahora es verano”, seguías tú. “Ahora sí”, decía yo. “Entonces no pudo ser ayer. Ayer fue la pelea con los hermanos ¿te acuerdas?”. Claro que me acordaba. Ellos gritaron: “¡Eh, mongólica! ¿qué haces en nuestra charca ?”. Tú te enfadaste mucho y os disteis puñetazos y luego los echaste a pedradas. A ti no te gusta que los demás me llamen mongólica, sólo tú. “Entonces ayer fue lo de la pelea ¿no?”. “Claro, ayer lo de los hermanos y la pelea”, dije yo, sin querer pegarte. “Y lo de tu maestra fue...” “Ayer”, contesté yo. “Eres tonta del culo, mongólica”. Culo es una palabra fea y no pude controlarme. Te hice daño, lo sé. Cuando se me sube la niña de mi ojo derecho y se mete detrás del párpado, no veo dónde doy. Y eso pasa si no tomo la pastilla.


Ayer mi padre le dijo a mamá que había buscado una residencia. Fue por lo del olvido de la pastilla, pero la culpa no es de mamá, es mía porque no se lo recordé. No quiero irme. Me gusta estar contigo cuando hace calor, ir a la charca, y no me importa que me llames mongólica o mongola, aunque mi nombre es Nuria, ni que me hagas preguntas tontas sobre ayer, y no te guste mi manera de contar, ni que te coma las fichas, ni diga que tu padre vive en el cementerio y se alimenta de bichos y culebras, ni que no entiendes lo que escribo.

Pero esta carta sí quería que la entendieras. Por eso le dije a Irene que la escribiera ella. “¿Qué haces?”, me preguntaste una vez. Y yo te dije que escribía mis pensamientos. “A ver, déjame leer lo que has puesto”. Miraste el papel de arriba abajo y luego me lo devolviste enfadado. “No has escrito nada, mongólica, sólo garabatos y letras sueltas”. Eso dijiste. “Claro que sí. Ahí están mis pensamientos”, te dije. “¿Ah, sí? ¿Y cuáles son tus pensamientos?”, quisiste saber, pero yo no te los dije porque los pensamientos no se cuentan a las personas que te miran raro, y tú me mirabas raro, con cara de no creerte nada de lo que te dijera. Me habría gustado decirte que hay veces en las que se cruza un pájaro muy negro y me deja dentro cosas muy feas, como que mejor no hubiera nacido. Una vez se lo escuché a la abuela. La abuela me quería mucho, y lo dijo sin pensar, cuando me tuvieron que coger el corazón y arreglarlo. Luego vino lo del azúcar, y esto de los ojos, que veo mal y se me vuelve la bolita del derecho hacia atrás como si quisiera ver por dentro. A veces me dan ganas de no soltar la luna y hundirme con ella y vivir allí abajo, en el estanque, donde está mi muñeca rota, y unos patines que me regaló Irene y mamá tiró porque me iba a caer si me los ponía. Cuando escribo mis pensamientos, salen fuera y ya no me hacen daño.

Pondré la carta en el hueco del árbol donde guardábamos nuestras cosas para que tú la leas y si quieres, vengas a visitarme a la residencia. Porque ayer, papá y mamá, hicieron mis maletas y hoy me despido de Irene y de mis compañeras.

Cuando vayas a la charca, acuérdate de mí y deja en paz a los aclara aguas que son muy buenos y no hacen daño a tus renacuajos.

Tu amiga, Nuria.

8/8/08



GANAR EL CIELO

"Dios olvidó cerrar la puerta de atrás del infierno", sentenciaba mi madre; y añadía que entre nosotros vivían las criaturas malignas que habían escapado. Se colocaba las gafas sobre la punta de la nariz, esparcía las lentejas en el hule de la mesa y mientras separábamos las que tenían bicho de las sanas, me hablaba de las avispas, a las que quemaba vivas con trapos empapados en alcohol, de las ratas a las que exterminaba con veneno. Terminaba con mi padre. Decía que se vio obligada a internarlo en un sanatorio. Levantaba los ojos a las moscas agonizantes, con las patas pegadas a los tirabuzones de miel que colgaban del techo, y suspiraba. "Tengo medio cielo ganado con él". Medio cielo era poco. Por eso, cuando la embolia la incapacitó, volví a traer a casa a mi padre.

Relato publicado en el libro “A contrarreloj II” (Editorial Hipálage)

25/6/08

ESTRELLAS FUGACES


(Relato ganador del IV concurso de microcuentos El Planeta de los libros)

AUTORA: Lola Sanabria.

A mi madre le gustaban las radionovelas. Sobrehilaba las costuras de saharianas y pantalones, mientras el negrito del África tropical introducía a Ama Rosa. A mi, en cambio, me gustaban las aventuras de “El Capitán Trueno”.
Aquel año, una maestra joven llegó al pueblo y nos mandó leer “La metamorfosis” de Kafka. Nadie le hizo caso, excepto yo. Era un libro raro, como decían de mí. Así que mientras mi madre simpatizaba con Ama Rosa, yo lo hacía con Gregorio Samsa.
Llegué a la conclusión de que todos éramos prescindibles y quise ser otra cosa. Terminé el libro, el curso acabó, y cerraron la escuela. El calor era sofocante y los niños jugaban cerca del nogal que había en la fuente del Caño. También los novios se cobijaban del calor bajo sus ramas; y los campesinos, y las mujeres con los cántaros de agua. Todo el pueblo buscaba su sombra en algún momento del día. “Una parra, eso quiero ser”, deseé una noche de estrellas corridas, sentada en el patio de mi casa.
Mi madre lloró mi ausencia mientras yo sentía el cosquilleo de los primeros brotes, el olor profundo de la tierra, la sed de mis raíces de árbol.
Sigo dando sombra y uvas, cuando ya el tiempo ha doblado la espalda de mi madre y apenas ve coser un botón. Siempre el mismo. Porque ella no me olvidó. A veces, echo de menos la palabra para decirle que estoy aquí, muy cerca, rozando su cara cuando la brisa mueve mis hojas. Aunque creo que ella escucha mi rumor, y por eso viene a sentarse todas las tardes bajo mis ramas; y mientras escucha la radio, cose y descose el botón que se soltó de mi chaqueta azul, hace mucho tiempo, cuando yo era niña.

16/2/08













Fallo del Antonio Villalba de Cartas de Amor.

El concurso de cartas de amor más popular entre los internautas hispanos ya tiene ganador: Lola Sanabria se alzó con su texto ante los 2130 relatos y cartas participantes. La séptima convocatoria de este certamen organizado por Escuela de Escritores otorgaba un premio de 500 euros y un "Lote Romántico Casablanca". El objetivo de este concurso: escribir sobre el amor "sin resultar tópico ni cursi", y lo cierto es que solo podemos decir "misión cumplida".

Asado de ternera, de Lola Sanabria.

Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla", así me decías nada más acercarme al cristal del mostrador. Entrabas en la cámara frigorífica y volvías con la carne, roja y brillante, como si acabaran de matar al animal. La soltabas sobre la bandeja, tecleabas el código y aparecía el precio en la ventanita.

Demasiado cara para mi bolsillo, pero yo prefería ahorrar en tomates y jamón, antes que renunciar a la tapilla. "¿Cómo la quieres, guapa?", preguntabas mientras la recorrías con la mano como si la acariciaras. Y sin esperar mi contestación, porque tú la sabías de otras veces, afilabas el cuchillo y la ibas limpiando. Yo te dejaba hacer sin hablar, no fueras a cortarte; y tú encogías los dedos de la mano izquierda, presentando los nudillos al filo del acero. Agarrabas el mango del cuchillo con la otra mano y lo movías con precisión para no llevarte ni un gramo de carne. Sólo la piel y la grasa. Me gustaba verte trabajar para mí con tanto mimo. "¿Te la meto en la malla, guapa?", preguntabas guiñándome un ojo. Y yo me ponía roja. "No, que encoge", te decía. Y tú: "¡Cuánto sabes, guapa! ¿Y cómo la preparas?". Entonces yo volvía a darte la receta: "Sal; unas vueltas en el aceite de oliva, hasta que se dore; una cebolla en aros; orégano; un vaso de vino blanco, y veinte minutos en la olla. Luego enfriar y cortar en filetes". "¡Qué bien lo haces, guapa! Tu marido debe de estar muy satisfecho", decías. Pero no, a mi marido le daba igual. "Algunos no saben apreciar lo que tienen en casa. Toma, guapa". Al entregarme la carne envuelta, nuestras manos se tocaban. Tú tardabas unos segundos en retirar la tuya y a mí se me aflojaban las piernas y tenía que hacer un esfuerzo para moverme de allí. Pasaba por la frutería a por las naranjas y los tomates baratos, luego por la charcutería a comprar la mortadela de aceitunas y el chorizo de guisar, y por último a la pescadería a por los chicharros y las sardinas. Cuando ya no tenía nada que comprar, remoloneaba un poco entre los puestos, haciendo como si mirase la mercancía, y después, a mi pesar, volvía a casa. Agustín llegaba del trabajo y todo eran quejas. Que si estoy agotado, que si vaya vida, siempre trabajando, que si a ver si preparas pronto la cena para irme a dormir. A mí ni preguntarme qué tal me había ido. Luego se quedaba transpuesto en el sillón mientras yo ponía el vídeo con la película de Hilda y lloraba un poco, a lo tonto, con aquella bofetada del protagonista a su chica. A veces Agustín se iba a la cama antes de que terminase y cuando yo entraba en la habitación, él ya estaba roncando. Otras, las menos, se espabilaba un poco y nada más meternos entre las sábanas, se me ponía encima con esa respiración de asmático que tanto odiaba. Yo cerraba los ojos y eras tú el que me abrazaba, y eran tus manos las que subían por mi espalda y se enredaban en mi pelo, pero más suave, porque Agustín, más que acariciar, restregaba y daba tirones. Luego él se retiraba de golpe y se daba la vuelta con un buenas noches, como si nada, dejándome a dos velas y sin sueño. Antes de que tus piropos, tus guiños y tus miradas, me animaran a vestirme con mi mejor falda y mi mejor jersey; antes de que aguantara el suplicio de los tacones; antes de que me pusiera la raya negra en los ojos y el carmín en los labios; antes de que tú me dijeras tengo reservada para ti, guapa, una tapilla , yo lloraba en silencio hasta que el sueño me rendía. Pero fue conocerte, y pasar la noche soñando con que eras tú el que dormía a mi lado. Y no me dabas la espalda. Me abrazabas y me decías esas cosas tan bonitas que sabes decir. Yo volvía a la mañana siguiente al mercado, bien arreglada para ti, con el carrito de la compra, aunque muchos días no tenía nada que comprar y sólo lo paseaba de un lado a otro mientras te miraba, y tú a mí, por el rabillo del ojo. A veces me gritabas: "¿Hoy no me quieres, guapa?". Y yo que no, que tengo carne en el frigorífico, que mañana. "Algunos hombres no saben apreciar lo que tienen. ¡Ay si no fuera porque estás casada!", dijiste el viernes antes de darme la tapilla. Y yo sentí más que nunca tener que dejarte detrás del mostrador para volver a casa. Se me hizo insoportable la sola presencia de Agustín. Se me hizo insoportable no poder verte durante el fin de semana. El mercado tenía echado el cierre y yo paseé por la acera, arriba y abajo, taconeando con rabia, como un animal al que le niegan la comida. Porque tú me alimentabas con tus guiños y tus piropos y esa manera de decir: "Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla". El sábado se hizo interminable, a pesar de Hilda y de mis paseos. El domingo fue menos cruel. Cada minuto que avanzaba en la esfera del reloj, era uno menos para volver a verte. Un alivio mirar por la ventana y ver el sol desaparecer detrás de los edificios. Esperé en un duermevela a que la noche se consumiera, con Agustín al lado, roncando y diciendo palabras sin sentido. Lo movía un poco y él: "¿Qué pasa?". "¡Qué va a pasar!, que roncas". Se daba la vuelta y en seguida otra vez. No soportaba su sueño de cavernícola, no soportaba su despertar con el aliento a saliva rancia. Lo estuve mirando mientras se afeitaba, con los cordones del pijama colgando debajo de la tripa, y sus brazos fofos y velludos saliendo de la camiseta de tirantes. Me dio como un mareo, una náusea seca, de esas tan malas porque no tienes nada que echar. Pero yo si tenía algo que echar aunque no era comida. Me puse mi mejor vestido, ese azul que dijiste que te gustaba tanto, y unos zapatos de tacón muy alto. Pasé mucho tiempo delante del espejo cubriendo con una capa de maquillaje las bolsas de los ojos de tan poco y mal dormir; di color a mis mejillas sin jugo; pinté mis labios de rojo pasión, y me fui al mercado sin carrito. Me acerqué al mostrador, y antes de que tú hablaras, te dije: "Voy a dejar a mi marido". Te quedaste callado y miraste a un lado y a otro como si buscaras algo, luego dijiste que lo sentías mucho y yo me quedé frente a una paletilla de cordero, un pollo y un conejo, sin poder esconderme. Luego, me preguntaste muy serio qué quería, y yo te contesté sujetando el llanto: "¡Qué voy a querer! La tapilla".

10/1/08




Segundo Premio del Certamen:

" RELATOS SIN ENTRAÑAS"




ACCIDENTE CASERO.

Autora: Lola Sanabria


Ahora, todos los días lo saco al sol de la terraza en su silla de ruedas,me siento frente a él, con el plato sobre el regazo, y le doy cucharadas de sopa mientras le digo: "Una para ti, otra para la puta con la que pensabas marcharte".

9/1/08


Microrrelato ganador del 08/01, semana 15
Autor: Lola Sanabria García

"Ni idea", responde el hombre mirando sonriente el trozo de plástico sobre el césped mojado.
- Seguro que han sido los niños.
- ¿Y ahora qué hacemos?, - dice la mujer mirando muy seria la cabeza deshinchada del pato.
- Que se quede en casa.
- ¡Cualquiera se lo dice, con el genio que tiene!
- Créeme. Es mejor que se quede en casa.
- Yo no le digo a mamá que no puede venir con nosotros a la playa.
- En ese caso, yo me ocuparé.
- ¿Cómo?
- Entrará conmigo en el agua-, dice el hombre sin dejar de sonreír.
- Tal vez sea mejor que se quede en casa.

1/12/07

RELATO Y MICRORRELATO SEMIFINALISTAS DEL CONCURSO "GRUPO BÚHO"


Autora: Lola Sanabria.
(Editados en el libro bajo el seudónimo de "Clea")
LA MANCHA

No saldrá, esa mancha en la pared no va a salir con nada, que mira que nos costó un dineral la pintura, pero claro, a ti qué te importa, y lo grande que es, y todo porque siempre has pensado en ti, sólo en ti, yo no digo que no tuvieras tus cosas, ¡ay lo que me duele la pierna!, me la he roto, seguro que me la he roto, y ahora qué, cómo cojo el teléfono si estoy metida en este lodazal que se extiende y se extiende, y vaya resbalón, que hasta para eso has sido un egoísta y no has pensado en hacerlo de manera más limpia, tus depresiones, ya lo creo, tú y tus depresiones, que si me han echado del trabajo, que si la vida es una mierda, mira cómo estoy yo, con este camino que ha hecho mi zapatilla en ese charco por el que se te fue la vida, y ahora qué, no creas que me voy a sentir culpable porque te dijera ayer mismo hasta aquí hemos llegado y estuviera dispuesta a dejarte, ay, la mancha, que parece un árbol con sus cerezas rojas, enorme, ya me dirás con qué quito eso, y cómo me voy a levantar ahora para llamar a tu madre y decirle que se ha quedado sin hijo, sin hijo ella y yo sin marido, no, no lloro por ti, lloro, sí, lloro pero es porque me duele mucho la pierna, a quién se le ocurre, menudo susto cuando he oído el disparo que casi me echo el aceite hirviendo encima, y lloro porque no sé cómo voy a quitar la mancha de la pared, porque la del suelo sale mejor, lloro porque estoy herida y no sé qué voy a hacer de ahora en adelante con mi vida, sin ti, sin nadie a quien decirle deja de ser tan quejica y piensa en esa gente que se muere de hambre, en esos cuerpos mutilados por la guerra. No sé cómo voy a quitar esa mancha de la pared.

PONERSE EN SU LUGAR

Aquella mañana le di un guantazo al "nene" por despachurrar mis gusanos de seda y mi padre me castigó sin salir esa tarde. Estaba furioso. La abuela dijo que me metiera dentro de sus zapatos para entender cómo se sentían. Me puse el zapato de mi hermano en un pie y el de mi padre en el otro y anduve un buen rato por el pasillo. El pie izquierdo echaba humo y me dolía, en cambio el derecho entraba y salía del zapato a cada paso y se me había quedado frío. Mi padre y mi hermano debían de estar hechos polvo.

LOLA SANABRIA, GANADORA DEL I CONCURSO INTERNACIONAL DE MICROFICCIÓN GARZÓN CÉSPEDES.


http://www.scribd.com/doc/28368343/Nagari-Magazine

METAMORFOSIS.

Noche de luna llena. El acróbata trabaja sin red. Agarrado a la barra del trapecio, toma impulso, flexiona las piernas y se columpia. Cuando su cuerpo dibuja sobre las cabezas de los niños, la curva de una amplia sonrisa, suelta las manos, se gira en el aire, y cae en la pista sobre las almohadillas de sus cuatro patas.

17/9/07

FUNDACIÓN PARA EL FOMENTO DE LA SALUD.
Finalista I certamen de relatos hiperbreves 2007.

ULTIMA TARDE DEL DOMINGO.
(Autora:Lola Sanabria)



Sobre una rinconada alta, el televisor pasa imágenes y diálogos de una película de "Sesión de tarde". Los manteles de papel están marcados con círculos de agua y vino y manchas de aceite y kechup. Los platos se amontonan en el mostrador con restos de huevo y grasa y huesos de chuletas. El padre los recoge y los pasa por el ventanuco a la madre que friega en la cocina. Amanda sale del bar y se apoya en el muro. Un grajo vuela desde el cable de la luz a un pino cercano. Amanda mira el almendro con sus flores rosadas. En la ribera del río se desperdigan las bolsas vacías de patatas fritas, las cáscaras de pipas de girasol, los vasos de plástico de la cerveza y la sangría. Dos hurracas picotean las migas que han quedado sobre las mesas de madera. Los domingueros, como los llama su padre, han vuelto a la ciudad. Amanda llora lágrimas de cristal mientras una lluvia de agua congelada cae del cielo. Se limpia la cara con las mangas del suéter y entra. La madre sale de la cocina quejándose del tiempo, tan variable, mientras se seca las manos en el delantal anudado a la cintura. El padre comenta que así es la primavera, echa una cerveza de barril en una jarra y se la bebe de un tirón. Amanda les da un beso y mientras sube las escaleras hasta su cuarto, oye a su madre decir qué bicho le habrá picado. Baja la maleta del altillo del armario y comienza a llenarla de ropa.
I Certamen de Relatos Hiperbreves
FUNDACIÓN PARA EL FOMENTO DE LA SALUD.
I certamen de relatos hiperbreves.
Finalista Certamen 2007



SIN RASTRO DE ELLOS.
(Autora:Lola Sanabria)


Se fueron los gitanos. Por la mañana, cuando salía del portal, vi las furgonetas, las mujeres cargando colchones y muebles, y un poco alejada, la pala del Ayuntamiento.
A la tarde, cuando volví del trabajo, no había gitanos, ni furgonetas, ni coches, ni chabola. Varios empleados del Ayuntamiento echaban tierra en aquel solar despoblado y plantaban árboles enanos. Todo limpio, recogido, lindo. Los vecinos sonreían satisfechos, después de muchos años, acabaron con aquella plaga que mantenía en jaque a toda la comunidad. No más enganches de luz a la farola de la esquina, no más tuberías a la fuente cercana, no más arranques y derrapes de coches a la entrada y salida de la colonia. Lejos Juanito Valderrama, Tomatito, palmas y cantes que trepaban por el edificio y se colaban en los dormitorios en las noches de verano. A otro lado "la terraza de verano" instalada a la puerta, hecha con una mesa y unos sillones del desguace. Atrás las fogatas en mitad de la noche en un velorio de días por la muerte de un muchacho. Y, lo más importante, la corte de gitanos se llevaba con ellos las miserias de los visitantes asiduos, los de fines de semana, los desesperados que atracaban en el pasadizo, que recibían su dosis en aquella chabola.
Entonces ¿por qué la añoranza? Porque sentí que lo mismo que unas vidas se barren con una pala, tierra y arbolitos, la mía se va borrando con ausencias que ya no pueden ayudarme a encajar piezas en los distintos puzzles de la memoria. Echo de menos a mi madre.

10/7/07

JUEGOS DE VIDA. (Autora: Lola Sanabria)









GANADOR EN LA MODALIDAD DE RELATOS, DEL XII CONCURSO "TODOS SOMOS DIFERENTES" 2007.

Fayed tenía los ojos grandes y oscuros, y el cuerpo huesudo y pequeño. Cuando bajó del avión con la botella de agua abrazada contra su pecho, mi marido y yo intercambiamos una sonrisa. Fayed se arrodilló en el asiento trasero del coche y atrapó con la mirada, como el objetivo de una cámara fotográfica, una a una, todas las fuentes que había en el camino, hasta llegar a la última, en un parque cerca de nuestra casa.
Todo estaba preparado en su habitación. Le habíamos comprado un robot, una nave espacial y un balón de fútbol. Hizo caminar al robot, dio una vuelta por la casa con la nave alzada en su mano, y estrelló de una patada el balón contra la pared del pasillo. Enseguida lo abandonó todo. Entonces quiso beber el poquito de caldo caliente que quedaba en su botella de plástico. Lo llevamos a la cocina y después de saciarse con agua fresquita, pasó el resto de la mañana abriendo y cerrando la llave del grifo y cortando el chorro con el revés de la mano. Por la tarde, se subió a una banqueta, puso el tapón, llenó el fregadero, echó palillos y trocitos de papel y jugó con ellos hasta la hora de la cena. Desde de ese día, mi marido guardaba los corchos de las botellas de vino del restaurante donde trabajaba y a la vuelta, sentado con Fayed en el suelo de la terraza, le ayudaba a cortarlos, clavarles palillos y pegarles triángulos de papeles de colores. En poco tiempo, Fayed tuvo una flota de barcos.
Fayed se depertaba, iba a la cocina, se subía a su banqueta, llenaba la pila de agua y jugaba con sus barquitos mientras esperaba a que nos levantásemos. Pero una mañana, no encontramos a Fayed sobre la banqueta, tampoco en su cuarto, ni en el baño, ni en la terraza, ni en el salón. Yo comencé a llorar y mi marido abrió el grifo de la cocina para darme un vaso de agua, pero no salió ni una gota. La habían cortado. Tuve un presentimiento; corrí a la habitación de Fayed y comprobé que la botella de plástico también había desaparecido. Entonces supe dónde estaba y salimos a buscarlo. Caminaba por la acera, con la botella abrazada contra su pecho, aturdido por el ruido de los coches y algo asustado, pero decidido a llegar hasta la fuente del parque.
Cuando pasó el mes, llevamos a Fayed al aeropuerto, donde subiría al avión que lo devolvería a las caminatas para llegar a los pozos enfangados. No sonreímos cuando preguntó si podía quedarse con dos botellas de agua.

PIEL DE OLIVA. (Autora: Lola Sanabria)






Segundo premio del VIII concurso de narraciones "Cuando yo era joven" convocado por Kultur Leioa.

En agosto volvieron los gitanos. Entraron por Portocacho arrastrando los carros, cansados, con el polvo blanqueando sus cabezas de azabache. Fue un verano de calor sofocante y pájaros desplomándose del cielo. Yo estaba sentada en el umbral de mi casa, observando un gorrión que boqueaba, inmóvil, sobre el canalón de la fachada de la vecina, cuando él se cruzó en el camino de mi mirada. Pasó, erguido sobre una mula vieja, con la mano descansando sobre el muslo derecho, y un solitario de oro brillando en su anular. Tenía los ojos verdes, ribeteados por unas pestañas muy negras, como su pelo, la nariz ganchuda, la boca de labios finos, y la piel del color de las olivas que mi abuela machacaba con un mazo y ponía a endulzar en agua dentro de una orza. Vestía una chaqueta negra y raquítica, unos pantalones grises con rayitas de un tono más oscuro, y cubría su cabeza con un sombrero, también negro, del que asomaban los rizos del pelo. Me levanté y los seguí a distancia hasta la posada. Ataron sus mulas en las argollas ancladas a la pared de cal, y descargaron sus cosas. Estuve allí hasta que desaparecieron dentro de la posada, luego volví a casa. Por el camino, vi el cielo que ardía en llamaradas rojas detrás del cerro, y a Nicolasa, la niña de los vecinos, dando saltos a la vez que gritaba: "¡La Virgen está planchando!". Le sonreí y acaricié su pequeña cabeza, algo achatada en la nuca.
Se llamaba José y durante una quincena recorrió el pueblo con su muestrario de quincallas. Vendía collares de cuentas de cristal irisado, perlas falsas, zarcillos dorados y colgantes de piedras azules, verdes, lilas y ámbar. Camelaba a las mujeres con su palabrería de jarabe, siempre atento al piropo preciso, a la adulación de cuellos y muñecas que, aseguraba con mucha convicción, realzarían sus encantos con las pulseras y otros abalorios que él conseguía venderles sin esfuerzo. Antes de que llegaran los días de feria, había acabado con las existencias y se dedicaba a recorrer las calles del pueblo, y a tomar chatos y aceitunas todas las tardes, en el quiosco que había en la plaza del Ayuntamiento.
Mi madre se compró un collar que evitó enseñarle a mi padre, algo tacaño para esas cosas, y que escondió dentro del armario de su cuarto, entre las sábanas y junto al ramito de espliego y a la pastilla de jabón Heno de Pravia. Lo sacó para la procesión de la víspera de la feria. Se puso su vestido de florecitas oro viejo y lució su collar de cuentas de colores que brillaban con el último sol de la tarde. Mi padre refunfuñó un poco, pero al verla tan guapa, enseguida dejó de protestar y le ofreció el brazo para salir de casa y bajar la calle.
Cuando veníamos de la ermita, camino de la iglesia, con Santiago subido en su corcel blanco, las patas alzadas sobre dos moros que levantaban sus manos intentando protegerse de los cascos, lo vi acodado en la barra del quiosco, con un chato en la mano, hablando con el camarero. Apenas dirigió una mirada a la cabecera de la procesión, donde la señorita Dorina, la más devota del pueblo, gritaba vivas a Santiago bendito, que eran secundados por el resto de las mujeres; ni a los escopeteros que hacían restallar el aire con el estampido de los disparos de fogueo. Pero al pasar cerca de él, dejó de hablar unos momentos y miró hacia el lugar donde yo iba con mi vestido nuevo de crepé amarillo, al lado de mi madre, y cerca de Aurora, la viuda joven de Juan el minero. Entré en la iglesia pisando nubes de algodón dulce por aquella mirada, y frente al altar, de rodillas en el reclinatorio forrado de terciopelo morado, deseé crecer deprisa y hacerme una mujer tan guapa como mi madre.

A la viuda Aurora, jaquetona, de mirada encendida y andar orgulloso, se la veía en el mercado comprando una chuleta de cerdo, una lechuga, algo de leche; lo justo para ella sola. A la caída de la tarde, bajaba al cementerio y cambiaba las flores del jarrón metido en el círculo de hierro pintado de negro, a un lado de la lápida del marido recién muerto. Y por las noches, tomaba el fresco sentada a la puerta de su casa, enlutada de arriba abajo, en la misma mecedora donde el marido veía amanecer mientras intentaba atrapar el aire con sus pulmones atascados por el silicio de la mina. Buscaba el oxígeno, como aquellos pájaros derribados por una atmósfera espesa del peor verano que yo recordaba.
Los cuatro días de feria, la viuda Aurora se quedaba sola, meciendo su desgracia, mientras todos los vecinos recogían sillas y hamacas de la calle, y desfilaban con sus mejores trajes camino de la plaza del Ayuntamiento, donde una orquesta tocaba hasta el amanecer, pasodobles, cha-cha-chás, sevillanas y las canciones de moda, subidos en un tablado preparado para ellos, bajo hileras de luces de colores y banderines y globos que se cruzaban como un enramado sobre las cabezas.
Antes de que la orquesta comenzara a tocar, alrededor de las once y media de la noche, los gitanos hacían una representación, siempre la misma, en la que una mujer le pedía cantando a un betunero, que le limpiara los zapatos. Ponía su pie sobre una banqueta de madera y José le contestaba con otra canción que hablaba de su deseo de poseerla. Me gustaba la pantorrilla de ella, y su empeine asomando del zapato con tacón de aguja; envidiaba sus formas de mujer y el deseo que despertaba en él. No me perdía ninguna de sus representaciones, calcadas unas de otras, que siempre terminaban con la indiferencia de ella y la frustración de él. Al principio creí que se trataba de su mujer, pero pronto comprobé que no tenían más relación que la de formar parte de aquella caravana de gitanos que volvían al pueblo, puntuales, todos los meses de agosto. Una vez que terminaban su actuación, él se iba a beber chatos de vino, y ella se ponía frente al puesto de tiro con escopeta. Cambiaba pesetas por perdigones y daba cigarrillos a los que, a pesar del desvío del cañón, lograban derribar uno de los corchos alineados en estanterías.
Siempre contaba los días que faltaban para que terminara la feria con algo de tristeza, como si fueran oro líquido que se escapara entre los dedos de mis manos. Me gustaban los bailes en el salón "El Español", con música de Los Brincos, Los Bravos y The Moddy Blues, girando en el tocadiscos. Me gustaban las siestas de calor que empapaba las sábanas de la cama donde nos cruzábamos mi madre, mi hermana, mi padre y yo. Me gustaban las tardes enlazadas a la noche, como una tregua de sueño, pues las puertas no se abrían hasta más allá de las siete, después de reponer fuerzas para aguantar hasta la madrugada. Me gustaban las sesiones dobles de cine al aire libre, los bailes en la plaza, los concursos de la escoba, de la patata... Me gustaba beber Fanta de naranja y de limón, para apagar la sed que daban las gambas, los camarones y las quisquillas, conservadas con mucha sal, que traían los vendedores ambulantes: kilos y kilos de mercancía sobre plataformas de madera con ruedas que ayudaban a transportarla de una feria a otra. Me gustaban las madrugadas, cuando el aire venía fresco de sierra Boyera y había un respiro del calor agobiante del día, y ya los mayores se habían retirado, y nos quedábamos los niños y los jóvenes a mojar churros y porras en chocolate. Pero aquel año sentí una mayor tristeza cuando acabó la feria.
Llegó la noticia al día siguiente, cuando las calles mostraban la resaca de los cuatro días, cubiertas de confetis pisados, de banderines pendiendo de hilos rotos, y de bombillas apagadas. La trajo Engracia, la alcahueta oficial del pueblo. No esperó a que el sol subiera hasta la mitad del cielo, ni a que el canto del gallo dejara de oírse en los corrales, ni a que los últimos en recogerse por la mañana cogieran el primer sueño, ni a que las piedras de la calle se enfriaran del paso de los cascos de las mulas de los gitanos que remontaban Portocacho. Aporreó puertas, vociferó los nombres, contó la historia a través de postigos y ventanas. Aurora, la joven viuda, la mujer enlutada que cada tarde bajaba al cementerio a llorar a su marido muerto y a renovarle las flores, la que mecía su soledad en la mecedora cada noche, distrayendo el calor de agonía de aquel verano de infierno, se había marchado con José, piel de aceituna, ojos verdes, jarabe en la voz y mucha labia con las mujeres.
De cómo prosperó aquel amor prohibido, dio buena cuenta Engracia, que aprovechó la ocasión para quejarse de que su hija no le hizo caso cuando le contaba que una de aquellas tardes de chicharras enloquecidas, vio a Aurora caminar hacia el cementerio, con su ramo en el hueco del brazo, y a él detrás, a corta distancia, sorteando cardos y pisando matojos, siguiéndola como un enajenado. Eso contó mil y una vez la alcahueta del pueblo. Aseguró haberlos seguido hasta la misma cancela del cementerio, y desde allí los espió y fue testigo del sacrilegio, pues no podía ser otra cosa lo que hicieron, bajo un sol que resquebrajó la tierra de las tumbas, desnudos, sobre la lápida del muerto.
Durante mucho tiempo se habló de Aurora y del gitano en todos los corrillos. Las mujeres santiguándose, pero atentas al menor detalle; los hombres compadeciéndose del marido ultrajado, el pobre, tan joven y morir así, asfixiado, y con la deshonra sobre su tumba. A mí me dolió aquel primer desengaño, y al principio sentí mucho rencor hacia la viuda, pero cuando llegó septiembre y comenzaron las tormentas a refrescar el pueblo, el recuerdo amargo de José se fue diluyendo en el agua que corría por las calles hasta desaparecer por las alcantarillas y dejé de estar resentida.
Al año siguiente, en agosto, volvieron los gitanos, sin José, piel de oliva, ni Aurora, a quienes nunca más volvimos a ver por el pueblo. Fue el año en que Massiel ganó el Festival de Eurovisión, mi madre me hizo un vestido con el mismo volante en el bajo que ella lució, y conocí a Manuel, un chico de ciudad que vino a pasar las vacaciones con su tía.

EL ZAPATO Y EL CALCETÍN. (Autora: María Peño Díaz-Regañón)

PRIMER PREMIO DE RELATOS CORTOS DE LA FUNDACION ANADE CON LA COLABORACION DE LA COMUNIDAD DE MADRID.


Un zapato y un calcetín se encontraron en un armario y se preguntaron qué hacían allí. Cuando la señora abrió el armario, se encontró con que el zapato y el calcetín hablaban. Se quedó parada y gritó: "¡Será posible!. Pero esto no puede ser". Luego sacó el calcetín y el zapato del armario y los dejó en la habitación de su hija. La hija no se llevó ninguna sorpresa. Le pareció normal que hablaran porque ella iba al colegio con un amigo invisible con el que también hablaba. Se puso el calcetín y el zapato y se fue al colegio tan contenta.


P.D. Relato enviado a concurso por Lola Sanabria, técnico del Centro Ocupacional Magerit de la Comunidad de Madrid.

BUENA COMPAÑÍA. (Autora: Lola Sanabria)





(Finalista del concurso "El planeta de los libros" de Rádio Círculo)

BUENA COMPAÑÍA.

El día de mi cumpleaños me regalaron un pájaro. "Para que te haga compañía", dijeron. No deseaba tener un pájaro, pero era mejor regalo que la vitrocerámica, el lavavajillas y las cacerolas de años anteriores. Venía con un perchero incluido donde colgaron la jaula, cerca de la ventana. Después del café y la tarta se despidieron con diferentes excusas y me quedé sola. Cuando el menor de mis hijos se fue de casa, las habitaciones, antes llenas de gritos, música y peleas, se cargaron de silencio.. Sola y sin unos macarrones que guisar, ni una compra que hacer. Escuché los trinos del pájaro y me puse a su lado. "¡Eh, pájaro bobo! ¿Cantas estando preso? ", le dije. Después fui al cajón de la coqueta y saqué la labor de ganchillo. El pájaro montó una algarabía dentro de la jaula. "¿Qué te pasa? A lo mejor no eres tan bobo y quieres que te deje libre". Le abrí la jaula y él sobrevoló la salita, pero no salió por la ventana. Cogí la aguja y enredé el hilo en el gancho, pero el bobo no me dejó seguir. Se colocó sobre mi regazo y cuando me levanté para espantarlo, se puso delante y me indicó el camino. Aquella habitación estaba como la dejó el pequeño, con su ordenador y las estanterías repletas de libros. El bobo se posó sobre un estante y picoteó un lomo. Me acerqué y leí el título. Hacía tiempo que dejé de echar de menos la lectura. Saqué el libro, volví a la salita y lo abrí. El pájaro bobo se posó en mi hombro y allí se quedó mientras yo leía en voz alta. Pasaron las horas y el sol de la tarde se retiró del suelo de la terraza.





RELATO GANADOR DE LA SEMANA 10/11/06 DEL CONCURSO "EL MEJOR FINAL DE LA HISTORIA" Cadena Ser y Escuela de Escritores. (Comienzo de Juan José Millás)
Autora: Lola Sanabria.

El zapato izquierdo me venía pequeño, pero el derecho grande. Encendí la luz. Uno era el zapato de mi fiesta de graduación y el otro era de mi madre. Todo empezó cuando mi padre comenzó a llamarme con el nombre de ella. Luego metió en mi armario algunos de sus vestidos y por último aquel revuelto de zapatos. Esto no podía seguir así. Debía aceptar que mamá ya no estaba con nosotros. Dos golpecitos en la puerta y él asomó la cabeza y dijo: "María, el desayuno está listo". Abrí la boca para decirle que yo era su hija Rosa, pero me salió: "Ahora mismo bajo".












MICRORELATO GANADOR DE LA SEMANA 26/10/ 06 DEL CONCURSO "EL MEJOR FINAL DE LA HISTORIA" DE LA CADENA SER Y ESCUELA DE ESCRITORES. (Comienzo de Javier Reverte)

Autora: Lola Sanabria.

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Cerró la ventana, salió del apartamento y bajó un tramo de escalera. Un humo espeso subía del rellano. Iba a regresar cuando la vio. La cogió debajo de los sobacos y la arrastró hasta su piso. Puso toallas mojadas para tapar las rendijas de la puerta y después se sentó al lado de su vecina Mónica, que seguía desmayada. Cuantas veces, al cruzarse con ella en el portal, quiso invitarla a salir. Le gustaba su pelo rizado, que ahora veía seco y sin brillo, su piel blanca y suave, que de cerca mostraba pequeñas marcas de varicela, la boca de labios abultados que sin carmín se veían pálidos y finos. Cuando los bomberos consiguieron sacarlos de allí, ella seguía inconsciente y él ya no estaba enamorado.






GANADORA DEL VIII CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR. AYUNTAMIENTO DE LEIOA.
Autora: Lola Sanabria.

Querido padre:Hasta hace poco, cuando me asomaba al pozo, del fondo subía ese remolino de agua enguantada al que tú tanto temías y que nos obligó a poner la tapa. Pero yo no tenía miedo. Olía a cuerdas, pirindolas y agujas de cobre: tus relojes desmembrados. Dejaba que mi pelo colgara dentro y la mano líquida jugaba a enrollar sus dedos en mis rizos. A mediodía volvía a cubrir la boca del pozo para entrar en la casa, y al pasar cerca de la parra, las avispas salían detrás de la cubeta de aluminio con sus claveles pintones, y revoloteaban sobre mi cabeza como si en ella reconocieran tu olor. El olor que me dejaste cuando ya no quisiste aguantar más las peleas con mamá. Las avispas eran tus insectos favoritos. En cambio a ella la aterrorizaban por lo de sus alergias. A mí antes tampoco me gustaban. Una tarde, me columpiaba en la cuerda que ataba a un lado y a otro de los muros enfrentados, cuando una me clavó el aguijón en la cara. Yo entonces olía como mamá. Corrí por el patio buscando alivio. Pero el escozor no se me pasaba. Entonces hice algo que tú nunca supiste: quité la tapa del pozo y eché el cubo dentro. La oscuridad se alzó en un remolino que se hizo transparente, desbordó el brocal y se mezcló con mis lágrimas. Abrí la boca y tragué un buche de agua con sabor metálico. Desde ese día doy las horas y las medias. Las oigo yo pero nadie más. Dicen que tengo una mente matemática, ya ves, yo que aprendí a sumar contando con los dedos y que nunca salí de las ecuaciones de primer grado. Y es que nadie sabe que llevo tu pequeño reloj dentro, ese que colgaba de tu chaleco y al que dabas cuerda todas las noches. No sé, padre, por qué tuviste que tirarlo al pozo con los demás. Qué te habían hecho ellos. Los relojes caían y golpeaban el agua, uno detrás de otro, hasta que le llegó el turno a tu pequeño reloj. Saltó por encima del brocal, arrastrando la cadenita que te regalé para tu cumpleaños, que no sabes cuánto me costó ahorrar el dinero. Parecía un cometa con su estela plateada. Lloré mucho. Lo sabes. Siempre dijiste que cuando cumpliera los dieciocho, me lo regalarías. Pero fíjate que aquel arrebato tuyo adelantó la herencia y ahora lo llevo conmigo a todas partes. No, yo no les tenía miedo a los dedos de agua enjoyados con espirales, agujas y números romanos. De vez en cuando, les robaba una equis o un palote y lo guardaba en la arqueta que dejaste cuando decidiste dar otro paso y deshacerte de mamá. La dejaste a ella, pero también a mí. Y ahí se han ido reagrupando las piezas como si quisieran encajar un rompecabezas. Necesito que se armen las esferas y que las ruedecitas se engranen y giren a un lado y a otro. Quiero que el tiempo se cuente de nuevo con golpecitos suaves que pueda escuchar. ¿Recuerdas? Echabas una gotita de aceite en un engranaje y el mecanismo se ponía en marcha. Lo acercabas a mi oreja y a mí me fascinaba escuchar su tic-tac. Los relojes eran tu pasión desde siempre. Con las avispas te encariñaste más tarde. Creo que fue cuando mamá quemó aquel panal sobre el sumidero del patio y las larvas se retorcieron dentro de las celdillas. Dijiste que no hacía falta ser cruel y discutiste una vez más con ella. Te vi una siesta, cuando todos dormían, ocultar un panal detrás de la cubeta con claveles pintones, cerca de la parra. Lo hiciste muy bien. Las avispas salían y se quedaban sobre las uvas durante toda la tarde, sin apenas moverse, como si intuyeran que, al menor revoloteo, mamá descubriría su presencia y buscaría el nido para quemarlo. Y ahí continúan, en su viejo panal, reproduciéndose sin que nadie las moleste. Me gustaría que las vieras sobre las uvas reventadas en el suelo. Me gustaría que vieras tus viejos relojes regresados, pieza a pieza, a la arqueta. Pero querido padre, si tú no los montas, serán para siempre como muñecos desmembrados. Ahora puedes volver. Ella ya no está. Una nube de avispas la cubrió un atardecer. Huían del fuego que hice en el patio para quemar los sarmientos que había podado. Tampoco debes temer a los caprichos del pozo. Nada pueden hacerte pues si bien una vez se tragaron tus relojes, ahora, como ya te he dicho más arriba, han devuelto todas las piezas y no hacen cabriolas ni suben hasta el brocal. Querido padre, debes regresar. Aún no cumplí los dieciocho, aunque ando cerca, y estoy sola. Sabes que si tú no vuelves, cerrarán la casa y me llevarán lejos. A mamá la tengo en el lavadero, metida en la artesa donde cubría los jamones con sal para curarlos. Yo no tengo sal, así que debes darte prisa. Te estaré esperando sentada bajo la parra. Sé que no me harás esperar.Tu hija, Ana.

NOSTALGIA


























RELATO GANADOR DEL
CONCURSO DE AUDIOGRAMAS DE LA CADENA SER Y ESCUELA DE ESCRITORES
Título: NOSTALGIA.
Autora: Lola Sanabria.

Cuando trajeron al abuelo a casa, dejó de hablar y se quedó varado frente al televisor. A veces, cuando yo volvía del colegio, lo veía con la mirada perdida en la negrura de la pantalla y le preguntaba qué estaba haciendo. Él nunca contestaba así que lo dejaba solo y me iba a mi habitación. Una noche mientras cenábamos, pasaron por televisión la explosión del Challenger. El abuelo dijo: “Valencia”, y una lágrima mojó su piel reseca.