Aquella
humilde flor parecía nacer del muro. De pétalos delicados, cada uno recogía la
savia del saber que dentro compartían profesores con estudiantes, ávidos de
cultura. La flor. Regada con ráfagas de lluvia fina que empapaban y
fertilizaban la tierra. Gotas de sangre que habían hecho brotar la primera flor
preñada de luz. Orgullo de todos. Del polen de aquella primera flor nacieron
nuevas que arroparon las paredes y se reprodujeron para dar testimonio de
sabiduría y belleza. Levantada sobre cimientos sólidos, la universidad mostraba
orgullosa su edificación de siglos. Habían pasado generaciones de españoles,
nativos y nuevos habitantes nacidos del mestizaje entre los pueblos.
Generaciones que seguían esparciendo la semilla del conocimiento por el mundo.
30/3/22
LA FLOR. RELATO INCLUIDO EN EL LIBRO DEL XV PREMIO OROLA
17/3/22
EL FOTÓGRAFO
Tomada de la red
Las detonaciones se escuchan
cerca. Están tomando la ciudad. Salgo al jardín. El cielo se ilumina con
edificios ardiendo como antorchas gigantes. Disparo varias ráfagas para captar
las imágenes. No lo veo venir. Me sorprende la orden a mis espaldas. Obedezco. Dejo
la cámara en el suelo, me acuclillo y cubro mi cabeza con las manos. Inmortalizar
el amanecer y saborear la primera taza humeante de café de la mañana. Plasmar
la tarde de tertulia en torno a unas jarras de cerveza en el bar del hotel.
Retratar la pasión de una última noche con Lina, follando hasta caer rendidos.
Tres deseos sí, pero un solo día. Espero el tiro de gracia.
El punching
ball de todos los periodistas, el chico de los recados, el payaso que recoge burlas
y chistes como si fueran pelotas de tenis interrumpe la escena con un fundido
en negro al aparecer por la puerta. ¿Qué haces así?, pregunta. El soldado ha desaparecido. También mi cámara.
4/3/22
VUESTRAS GUERRAS, NUESTROS MUERTOS
Voy de la habitación de mi madre a la de mis niños y a la nuestra; de la cocina, al baño. Día y noche. Los cuento y recuento. Sigue faltando él. A veces ocurre el milagro de unos minutos de silencio atronador. Entonces echo el pestillo, bajo la tapa y me siento en el váter a llorar. Ruedan las lágrimas, redondas y pesadas, por mi cara, bajan y se despeñan en mis rodillas y corren por los cauces secos de las junturas de las baldosas. La primera vez que lloré aquellas lágrimas que se movían bajo la presión de un dedo pero no se deshacían, comenté la rareza con el médico del vecindario y se quedó embobado con aquellas bolitas parecidas al mercurio. Vinieron a llevárselas para analizarlas: agua y sal, poco más. Y sin embargo, densas como metal líquido. Experimentaron con los monos. Ninguno sobrevivió. Muerte por tristeza extrema, determinó el forense. El ejército me ofreció comprar mis lágrimas para la guerra, pero yo no quise. Así pues, cuando un grito tras una detonación me reclama, me pongo de rodillas y busco bien por todos los rincones, las recojo y las meto en un termo grande de acero inoxidable y enrosco bien la tapa para que no lleguen nunca a las manos de mis hijos, para que nunca se usen como armas.
12/2/22
AGUJEROS NEGROS- GANADOR DE DICIEMBRE DE LA XI EDICIÓN DEL MICROCONCURSO CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA
Agujeros negros
Escucha la llave de hierro girar en la cerradura. Los goznes oxidados chirrían al abrirse la puerta. La silueta se recorta, imponente, en el cuadrilátero de luz. Huele a miedo, veneno y orines de ratas en el sótano. El niño sabe que va a morir. La sombra baja el primer peldaño. Ante los ojos del chico, la bola irisada en el quinto escalón de la escalera se le presenta como su única esperanza de salvación. Conforme la oscura figura acorta distancia, el sonido de loza y cristal se materializa en una bandeja con plato de comida y vaso de agua. El pequeño tiene sed. Mucha. El miedo se repliega. Necesita beber con urgencia. Anhela que lleguen hasta él las zapatillas cochambrosas. La suela izquierda pisa la canica. y el cuerpo sale despedido a los pies del chaval. Un crac de rama rota. La bandeja a un lado, las patatas guisadas esparcidas por el suelo y los cristales sobre un charquito. Pasan minutos, tal vez horas. El muchacho tiembla. Ha mojado el pantalón. Despierte, por favor, suplica con un hilo de voz.
CORRELACIÓN - SEGUNDO FINALISTA DEL IX CERTAMEN DE MICRORRELATO «REALIDAD ILUSORIA»
27/1/22
IMITANDO A MAMÁ
No
existe un ruido más sonoro que el que no oigo. Estoy sentada al lado de la
ventana, justo donde mamá se distraía con el movimiento del patio. Imagino que será
parecido a lo que observaba ella. La camioneta que trae comida para la cocina
acaba de marcharse después de descargar el pedido. Y otra vez se ha quedado el
patio a merced de los insectos que revolotean y se estrellan a veces contra los
cristales. Gambita, la gata, avanza sigilosa hacia los gorriones que beben en
los charcos. La muy tonta siempre cree que puede sorprenderlos. Pero los
pájaros son listos. No hace falta oírla, la huelen, ven el jaramago que brotó
libre en una grieta del cemento, y el movimiento a su paso, la intuyen cerca,
sienten la quietud tensa de los polluelos en el nido de la magnolia. Y cuando
la zarpa está a punto de echarse sobre uno de ellos, levanta el vuelo y regresa
el estallido de la vida. Fuera ocurren cosas interesantes, dentro también. Pero
hoy Sandra me deja que ande distraída de la lección que ella explica. Un
recordatorio o una despedida. Igual da.
Yo quería ser como mamá. Fuerte para
aguantar las noches en vela cuando enfermó papá, y delicada para las caricias y
los abrazos con los que me da amor. Vestida y peinada con esmero, tanto para ir
al cine como para hacerme los espaguetis que me gustan, o sentarse frente al
ordenador a escribir sus cuentos para niños con los dedos aleteando cual mariposas
sobre el teclado. Admiro a mi madre. Por eso decidí ponerme tapones en los
oídos, para ser como ella.
Había escuchado tantas veces la
historia que me la sabía de memoria. Cuando mamá era niña la tomaron por tonta.
No atendía, decía su maestra, no seguía la clase, siempre distraída con el
vuelo de una mosca. La pusieron en el primer pupitre, lejos de la ventana y
cerca de la señorita Mercedes. Pero no adelantaron nada. Decidieron hacerle
pruebas y llegaron a la conclusión de que era algo cortita. Así lo dijeron:
algo cortita, ella que siempre pasó más de una cabeza a todos los niños y niñas
de su clase como se ve en fotografías antiguas. También hablaron de sordera.
Pero lo importante, según dijeron, era que su inteligencia no daba para lo que
se le exigía y por tanto le convenía ir a un colegio especial, con niñas como
ella. Sin embargo, a los abuelos aquella opción no les convencía. ¡Pero si es
más lista que el hambre!, repetían sin cesar. Se negaron a cambiarla de
colegio. El director decidió armarse de paciencia. Solo era cuestión de tiempo
que se dieran cuenta de su error. Recapacitarían y harían lo más adecuado para
la niña. Mientras tanto, la señorita Mercedes pondría todo su empeño en que
aprendiera y él buscaría ayuda para lo de su sordera. La señorita Mercedes lo
intentó durante un tiempo, pero mamá estaba a disgusto, se comportaba mal, era
bravucona y peleaba por cualquier cosa. Pronto se hartó la maestra y la devolvió
a su lugar de antes, junto a la ventana, sin compañeros de pupitre a los que
incordiara.
Mamá miraba el patio. Todo el
movimiento, todo el colorido, y, en primavera, cuando abrían las contraventanas
para que entrara la brisa que refrescaba el aula, el olor de las flores de la
magnolia actuaba como un poderoso elixir que la mantenía en un estado de
ensoñación. Cuando salía con los niños y niñas al recreo, mientras ellos
jugaban al balón y ellas a saltar a la comba, se entretenía en seguir la fila de
hormigas hasta el hormiguero, en observar a los pájaros picoteando algún grano
entre la hierba, o el vuelo de las abejas, de flor en flor. Y con insectos,
gorriones, árboles y flores creaba historias en su cabeza.
Uno de esos días de primavera
apareció Amelia. Dominaba la lengua de signos. A mamá no le gustó que se
acercara a ella. Se había acostumbrado a estar sola, algo salvaje, sin
disciplina ni esfuerzo alguno por aprender. Pero Amelia siempre encontraba la
puerta por la que entrar y conseguir la colaboración de sus alumnas y alumnos.
Mamá quería contar historias aunque ella aún no lo sabía, así que lo hacía en
sordina y Amelia la observaba y seguía sus cuentos leyéndole los labios.
¿Quieres escribirlos para que todo el mundo los pueda leer? Pues tendrás que
esforzarte y trabajar muy duro, le dijo. Y lo hizo. Ya lo creo que sí. No solo
estudiaba en el colegio con Amelia, también la acompañaba a la fundación de la
que era miembro y allí seguía su aprendizaje. A todas horas, sin rendirse
jamás. Así fue cómo consiguió ser la escritora de cuentos que entusiasma a
niños y niñas.
Yo
quise ser como mamá.
Cada cual tiene sus metas. Cada una
sus dificultades. La tuya no es la sordera, Clara, no está bien que hagas uso
de ella, me explicó cuando la llamaron del colegio para contarle que me había
puesto unos tapones en las orejas y me negaba a quitármelos. Me sentí
avergonzada.
Lo he entendido. Sé lo que no soy.
Sé lo que no tengo y lo que sí. Sé que tengo a mi madre, que la admiro y que me
gustaría ser tan fuerte como ella, pero también sé que no soy ella y que tengo
toda una vida propia por delante.
3/12/21
TRAS LA PUERTA
Todos los vecinos
disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto.
Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y
saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja
hacer y sonríe con ternura.
Por la noche, cuando el
ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del
cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados
por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan.
Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música.
5/10/21
EN CASA #MostolesNegra
Llevaban días peinando el
parque del Soto y no la habían visto. Tal vez estuvo atrapada en una cuna de
vegetación en la orilla del lago y la soltó el picoteo de un ganso. La madre sofoca
un sollozo cuando identifica los colores algo gastados de la pelota que juega
con el agua. La compró ella para que el hijo callara, que al novio lo encienden
sus lloros. Le tiembla la barbilla con las lágrimas ahogadas. Él la abraza
fuerte. Mucho. Contra su pecho de hombretón. Para asfixiar sus palabras y que no
hable de sótanos y sogas. La policía seguirá rastreando la zona.
3/10/21
CLYDE
Ella se enredaba siempre con los chicos malos. «Acabarás mal», le advertía su madre. «Pasaré a la historia», contestaba ella. «A que no consigues unas bolas de anís del tendero Jhou», le retaba su compinche de turno. Y volvía con un caramelo en la boca y una bofetada en la cara. «Acabarás mal», le dijo el Sheriff Logan al detenerla cuando estrelló el coche del alcalde contra un árbol. «Sí, pero pasaré a la historia». Tenaz y fantasiosa, no dudó en largarse con aquel ladronzuelo de comercios y gasolineras. Había que pensar a lo grande: unos cuantos robos a bancos y habría ganado su lugar en la Historia.
1/10/21
LA CONDENA
Lo arrebata la belleza.
El agua corre ligera y transparente. Refleja la fragilidad de la niña sentada a
orillas del lago. La mano infantil atesora flores. Él se acerca y se arrodilla
a su lado. Tan grande y delicado con los tallos. Flotan los nenúfares en
bamboleo feliz. Agotadas las flores. Él,
que está hecho de muerte, ama la vida. Se levanta, brazos caídos. Se detiene.
Le inquieta la ingenuidad de una acción que asoma un hilo de tinieblas. No
quiere mojarla. ¿Por qué tiene que hacerlo? le pregunta con la hondura de una
súplica en sus ojos a Mary Shelley que blande su pluma, a punto de sentenciarlo
a la mayor muerte de todas: la infinita soledad del monstruo, condenado a vivir
el rechazo y el horror para siempre en las páginas de su relato.
15/7/21
CHAPOTEOS INFANTILES EN AGUAS DULCES. FINALISTA DEL MES DE JUNIO DEL CERTAMEN DE RELATOS SOBRE ABOGADOS
La fuente era lugar de
alborozo, resbalones, caídas al pilón y risas infantiles. Hasta que conocimos la
historia de los cocodrilos en las alcantarillas de Nueva York y le cogimos
canguelo al colector de la pared lateral de bajada a los caños. Pasábamos delante
con los ojos cerrados en un gesto de si no lo veo no existe.
Excepto Mario, el niño
más triste del pueblo. Iba con el burro y sus aguaderas de esparto a llenar los
cántaros al atardecer y pasaba sin miedo al desagüe.
Cuando Mario desapareció
hubo un silencio de alquitrán, con cuchicheos de adultos sobre el padre.
El día de los difuntos descubrimos
una nueva tumba en el cementerio. Aprendimos que los monstruos no viven en las
alcantarillas.
Decidí que cuando fuera
mayor mi empleo consistiría en defender a la población más vulnerable para
erradicar la violencia de sus vidas. Oportunidades no iban a faltarme.
10/7/21
DESCUBRIENDO A MARTA
Nos quedamos solas cuando
la tarde se pegó el tiro de gracia en el acantilado. Dije que no quería volver.
Unos metros más abajo se instaló definitivamente la negrura. Novilunio y las
estrellas sin lumbre para romper los diques de las bombillas de la feria del
pueblo. No se movía un beso de pluma de aire. Las dos achicadas por la guillotina
que cercenaba el tiempo y nos separaba.
El instituto me parecía
lejano y brumoso. Las aulas con sus alegrías y sus tristezas estampadas sin
tinta en las paredes. Aquel desgraciado asunto. Las burlas y el vídeo que los
años iban cubriendo con capas de olvido cada vez más gruesas. El recogimiento
de las cochinillas.
Los inicios del verano y
la pandilla refugiada en el gimnasio, sin ganas de botar un balón, ni colgarse
de unas espalderas para mostrar músculos. La cabeza de Mari Cruz echada sobre
mi regazo. Yo haciendo y deshaciendo trencitas con su pelo malva y ella chateando
en el móvil con Rubén, tirado en los bancos, a dos metros de distancia. ¡Mira,
tía, mira, tía, mira tía, qué fuerte, tú!, decía, todo lo agitada que le
permitía la desgana estacional. Hemos quedado esta noche. De esta noche no
pasa, anunció como otras veces había hecho a lo largo del curso. Y yo me
encogía de hombros mientras admiraba la perfección de sus pies rematados en
uñas pintadas de cielo y nubes.
Tan lejano el instituto.
Tan lejana la infancia.
La madre de Mara daba
cursos de buceo. Mi padre dijo lo de otras veces, que había que probarlo todo.
Una forma de quitarse el traje de vendedor de seguros, de señor formal con
mujer e hija. Él se apuntó y yo lo acompañé. Rocío se presentó como la madre
soltera de una hija mulata de pelo rizado negro azulón y ojos verdes. Lo
llevaba con orgullo y hacía ostentación ante los desconocidos de que fue por
elección propia, nada de tropiezos y abandonos. La hija ayudaba a la madre en
la preparación de los equipos. Los tanques de oxígeno, las máscaras, los tubos
y los trajes de neopreno se distribuían por doquier en La cueva.
La primera inmersión fue
un tajo seco con la tierra. Silencio y borboteos. Cuerpos libres en líquido
amniótico marino. El principio de todo. Un descubrimiento. Había otro mundo,
como hebras flotando ligeras: el pelo de Mara. Mara y el mar. Pasaron unos
segundos que dijeron hora. Y subimos a la realidad del vozarrón de papá,
encantado con la experiencia, a la risa de pájaro de Rocío, a las paletas blanquísimas
y separadas que dejaba ver la sonrisa de Mara.
Nos hicimos inseparables.
Me enseñó las grutas del Roquedal y pasamos tardes de helados derretidos y
sabores mezclados, puentes de chicles de boca a boca que íbamos recogiendo con
los dientes. Me hice asidua a la casa de Rocío, a sus bocadillos de cualquier
cosa que encontrara en el frigorífico. A las cenas con olor a sal y sabor a
atún a la puerta del negocio de submarinismo. Y mis padres encantados de perder
de vista a la pesada de todos los años, protestando en cada pueblo de los alrededores
que tanto les gustaba visitar.
Último día de vacaciones.
El tiempo había volado ligero, ligero y audaz hacia la despedida.
El cielo estalla en
racimos de lágrimas blancas, árboles y arbustos de colores, centellas de largas
colas y espirales locas. Entre los silbidos y las tracas, llegan risas
dispersas de infancia. Mis padres estarán en la playa, disfrutando del
espectáculo. Tal vez asome en su ánimo una esquirla de adelanto de la nostalgia.
Sin hablar, nos
levantamos y comenzamos a andar la una al lado de la otra en dirección al gentío
que jalea los fuegos artificiales. Vamos tristes. A medio camino enlazamos
nuestras manos. Y unos metros antes de llegar, nos besamos detrás de la roca
donde se cocinan los amores de verano. Después los dedos se van desligando. Los
meñiques resisten el último tirón. A Mara se la comen las sombras de camino a
La cueva. Yo sigo en la vereda de las estrellas falsas que rabian de luz en la
noche cerrada.
7/7/21
FLORES EN UN BANCO DE CORAL
Saco una pierna, luego la otra. Vuelvo a fijarme en la
rubia del póster. Ahora le toca a un brazo, luego al otro. Repaso lo que hay
sobre la mesa. Tarros llenos de maquillaje, pinturas de colores, esmaltes de
uñas, barras de labios, máscara de pestañas, perfiladores, coloretes,
correctores, gloss... Me pongo manos a la obra. Cubro todo mi cuerpo con
pintura de color carne. Bebo un poco de agua marina y descanso unos minutos.
Continúo. Dibujo unos párpados de ensueño. Camuflo mis ojos saltones. Me coloco
las pestañas postizas. Corto mis uñas curvilíneas de las manos, menos la del
meñique derecho. Las pinto de rojo. También las de los pies. Me pongo la peluca
y me estudio frente al espejo. Quito algunos brillos de aquí y de allá, los
últimos retoques. Me pongo con cuidado la blusa de muselina de manga larga de
colores fucsias y amarillos. Repito
movimientos con el pantalón negro de punto de seda. Me calzo unas sandalias doradas
de tacón de plataforma. Doy unos pasos inseguros por la habitación. Paseo y
cojo confianza. Una buena ración de perfume para intentar camuflar el olor, me
cuelgo el bolso de un hombro y salgo.
El señor
del taxi me mira a hurtadillas y abre la ventanilla del automóvil. No da
rodeos, va derecho a la dirección. Me encuentro en la plaza. Miro hacia el
edificio infectado, tan temprano, de personas que buscan un lugar preferente.
Sonrío. Avanzo despacio, con cuidado de no caerme, de no rozarme y que se vaya
la capa de pintura. Gente amontonada en la otra acera. Gente por doquier,
empujándose, intentando coger el mejor sitio. Conforme me acerco, todos se
apartan, giran la cabeza hacia un lado y hacen mohines de asco. Ni litros de
perfumes conseguirían camuflar el intenso olor del mar. Hacen un pasillo a mi
lado. Un mendigo echado en un banco levanta la cabeza, abre las aletas de la
nariz y mira desconcertado a su alrededor. Me localiza, se queda un instante en
silencio y luego me dice: «Así que has venido. Así que estás aquí», después
suelta una de esas carcajadas espeluznantes que ponen las escamas de punta a
cualquiera, y vuelve a echarse.
Estoy a
un lado de la alfombra roja, justo en la puerta del cine. El mejor lugar, sin
duda. Muero por un trago de agua de mar. Muero por unas algas. Muero por nadar en
el pasillo de luz que abre el sol en la superficie marina. Muero por llegar al
fondo y sacar mi collar de perlas del cofre y jugar con ellas mientras miro y
remiro las fotografías plastificadas. Abro mi bolso y saco mi botella azul. Doy
un trago largo. Dos jóvenes con jeans pegados a la piel, camisetas negras y
botas de cow boys, beben de sus latas de cerveza sin dejar de hablar y de reír.
De cuando en cuando dan saltitos y chillan. Tienen la nariz y los labios
perforados por aros y piedrecitas brillantes. Me miran. Olfatean el aire, se
encogen de hombros.
El tiempo
parece detenido en las aceras atiborradas de cabezas, de troncos, de piernas,
de brazos... Las guirnaldas de flores abrazadas a las farolas se enlacian con
el calor. Algunas ya han muerto, aplastadas por una mano que buscaba apoyo. Me
gustan las flores. Como esos nenúfares que pasean insectos en los estanques. El
agua siempre lleva naturaleza viva en sus arterias.
Primero es un murmullo que va creciendo, creciendo, hasta convertirse en un clamor cuando la limousine sube por la calle y se detiene, suave, ante la entrada del cine. Siento como un cosquilleo raro en las puntas de mis dedos, en mis pies. Siento que puedo desaparecer ahora mismo, líquido que se evapora y sube al cielo tan azul, tan quieto, tan abrasador. Bebo de mi botella hasta apurar el agua. Sale un tipo mal encarado del coche, con un cable enrollado a la oreja. Sale otro. Unas sandalias plateadas con unos tacones de vértigo y un tobillo rodeado por una cadenita con campanillas que tintinean aparecen en la portezuela de atrás. Saca el cuerpo y la cabeza y saluda, aunque a nadie le importa porque todos, todas, lo esperamos a él. Da unos pasos, se echa a un lado. Y entonces aparece y a mí se me va el líquido por los ojos de pura emoción. Pero no puede ser. No debo. Hago mis ejercicios de concentración, esos que he ensayado hasta el agotamiento durante años, recostada en las rocas de mi isla. ¡Es tan bello! Camina por la alfombra, al lado de la morena que no deja de saludar, con la cabeza alzada, enseñando una hilera de dientes perfectos, blanquísimos, más bonitos que las perlas de mi collar. Él levanta un brazo y también saluda. Huelo su perfume. Siento el aleteo de sus pestañas. La humedad de sus labios cuando pasa la lengua con ese gesto tan suyo. Me preparo. Empujo un poco a las jóvenes de los pantalones ajustados. Dos pasos más y lo tendré a la altura. Lo tengo. Grito su nombre con tanta fuerza que, sorprendido, se vuelve. Le tiendo la mano y él la recibe. Antes de retirarla, ya llevo en la uña del meñique un jirón de su piel. Continúa andando, algo contrariado. Atento al saludo, a un lado, a otro, ella pegada a su costado, los gorilas detrás, también atentos, pero no tanto. Subo el dedo hasta el centro de mi cuerpo, perforo la tela y dejo entre mis escamas el tesoro guardado en mi uña. Ya está. No sé cuánto tiempo hace falta para que alumbre el mestizaje Ahora solo queda esperar a que brote mi flor en el banco de coral.
27/6/21
EL PLUMIER
Lo tenía siempre en
exposición en el escaparate de la papelería, entre libretas, cuadernos Rubio,
estuches de pinturas, una biografía de Felipe II y La enciclopedia Álvarez con
sus niños bien alimentados en portada. El plumier tenía dos alturas. Elaborado
en madera de pino barnizada y con unos arabescos ahumados. Olía a nuevo. A
estrenar. Se lo hice sacar a la señora Otilia varias veces para enseñárselo. Descorría
la tapa y luego giraba el piso de arriba, desde un lateral, para mostrar el
sótano de aquella casa de lápices, gomas de nata y sacapuntas. Soñaba con aquel
plumier.
Durante el periodo
escolar de Primaria la maestra decidió hacer dos competiciones para, según
dijo, estimular el esfuerzo en el estudio de las asignaturas más importantes:
Matemáticas y Lengua. En la primera yo aún no alcanzaba la edad requerida:
competían las más mayores. En aquella ocasión el premio consistió en un estuche
con regla, cartabón, escuadra y compás que mostraba muy orgullosa, abierto
sobre el pupitre, Raimunda la alumna más rápida en cálculo de todas las niñas
del mismo nivel.
Aunque era una de las
alumnas más jóvenes, tenía la edad mínima que estipuló la maestra para que yo
pudiera competir en Lengua. El premio, según anunció con mucho bombo, era el
plumier, o regalo similar, a escoger de la papelería de la señora Otilia. Desde
ese momento me propuse conseguir el ansiado trofeo. Yo era buena en la
asignatura. Solo flojeaba un poco en ortografía. Así que hincaría los codos
para no fallar en tildes, bes, uves, haches, hiatos, diptongos y otras normas
de la gramática. La única rival para mí era Luisa, la niña de la casa más alejada
del pueblo y ella estaba siempre enfangada con el cuidado de sus hermanos, sin
tiempo para estudiar. De las demás no había nada que temer. La hija del médico se
sentaba a mi lado, era poco espabilada y tenía cero posibilidades de conseguir
el plumier, así que no se inscribió en la prueba. Era una niña antipática y
soberbia que nos miraba por encima del hombro y nunca se mezclaba con nosotras
en el patio. Ninguna la queríamos.
Los días previos a la
competición los pasé estudiando normas de ortografía y haciendo análisis
morfológicos y sintácticos hasta agotar todos los ejercicios del libro. Me
sabía al dedillo las oraciones compuestas y cómo analizarlas hasta conseguir no
cometer ni un solo fallo. Conseguí que mi amiga Merche colaborara conmigo con
dictados y otras pruebas que yo pedía que me hiciera. A cambio, le prometí
prestarle todo un día el plumier cuando lo consiguiera. Centrada como estaba en
el premio, no me percaté de la sonrisa burlona de mi compañera de pupitre. Más
tarde supe el porqué de su felicidad.
Gané la prueba, sí, pero
no el plumier que había desaparecido del escaparate de la señora Otilia. Lo
había vendido después de meses sin que nadie se interesara por él al ser un
artículo caro. El mismo día del examen, después de que la maestra diera a
conocer los resultados, la hija del médico sacó de su mochila el plumier, lo
abrió y lo mostró en todo su esplendor, cargadito de lápices, gomas, sacapuntas
y rotuladores. Tuve que conformarme con la biografía de Felipe II. Cuando me
entregaron el premio, a duras penas conseguí controlar el llanto y la
frustración con una sonrisa forzada.
13/6/21
GLORIA, ESE ES MI NOMBRE
Tomada de la red
Al profesor le gustaba
relatar las mayores gestas de la Historia. Buscaban la gloria, apostillaba una
vez sí, otra también. Con el peso de una noche de alquitrán en los párpados,
Gloria, la todo huesos y ojeras góticas, escuchaba la voz cavernosa de Santiago
como una nana que invitaba al sueño. Solo la sacaba de la modorra escuchar la
palabra gloria. Ese es mi nombre murmuraba antes de caer de nuevo en el
letargo.
Noches de botellón,
nachos y patatas fritas antes de volver a casa donde la esperaba la Pesadilla
con mayúsculas de aquel que usurpaba el título de padre.
Mediodía de una primavera
con lluvias finas lamiendo los cristales, evocación de borrachera de azahares
en los naranjos de los patios y reverberación de coros del aula vecina de
música. Historia. Guerra
de los Cien Años. El profesor unió a Juana de Arco con la
gloria. Fue escucharla y deshacerse del sopor. La intrigó esa mujer. Pidió
salir a los servicios. Se mojó la cabeza y regresó lo suficientemente despierta
como para empaparse de toda la historia.
Así que se trataba de
eso: cortar cabezas y ganar batallas.
Lloraba, claro que
lloraba. Un crimen horrendo, querida, decía el director del instituto mientras
le ofrecía una caja de clínex para que limpiara los churretes de rimmel. Pagará
el culpable, decía. Y ella cabeceaba y lloraba. Lloraba y asentía. Se hará
justicia, Gloria. La palabra justicia unida a su nombre la emocionó aún más.
Bajó un arroyuelo estimulante de lágrimas hasta el cauce del canalillo del
pecho.
Cuando salió del despacho
iba flotando por el pasillo. Gloria, ese es mi nombre, contestó, más lúcida y
espabilada que nunca, a la llamada de Santiago, el profesor de Historia.
20/5/21
RELATO FINALISTA DEL MES DE ABRIL EN EL CERTAMEN CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA
https://www.facebook.com/1838361458/posts/10215466663259919/
Invisibilidad de las cadenas
Ni los pies desollados, ni las llagas infectadas de las manos. El ritmo desbocado del corazón. Eso era lo que la preocupaba. No podía detenerse. Ahora no. Vio la luz al fondo. Una claridad diluida en la negrura de aquel nido de serpiente, como llama oscilante de vela. Avanzaba con un soplo de mano en la nuca a punto de agarrarla. No podía creer que hubiera llegado tan lejos. Cuándo ocurriría. Cuándo la devolvería al cautiverio. Sin embargo, cinco pasos, cuatro, tres, dos, uno, y el sol cegando sus ojos maltratados por la oscuridad. Los cerró y levantó la cara al calor. Después bajó la cabeza y corrió. Una carrera corta con parada en seco. Comprendió por qué la había dejado escapar después de, no llevaba la cuenta, años encerrada. Entendió, aterrada, lo ficticio de su liberación.
PERDIDOS. FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS DE ABOGADOS DEL MES DE ABRIL
Como abogada, asesoro a familias
desfavorecidas para que, al renovar sus contratos de alquiler, consigan un
precio asequible a sus escasos medios económicos, pero también existen otras
alternativas para canalizar mi energía al servicio de los más vulnerables.
17/4/21
DE ÁNGELES Y DEMONIOS. FINALISTA EL MES DE MARZO DEL CONCURSO DE RELATOS DE ABOGADOS
No he conocido a nadie
más resiliente que tú, con excepción de Lucía. Siempre ponías el cuerpo para
evitar un desahucio. Defendías un derecho constitucional aunque no supieras de
leyes. Pan y techo, niña, pan y techo. Fuiste mi faro para elegir profesión y
ponerla al servicio de los desposeídos por la avaricia. Pero hoy me siento
derrotada. Construir una vivienda con material urbano: trozos de madera, bancos
rotos, donde guarecerse de la lluvia y los amaneceres de hielo en esta ciudad
deshumanizada, fue la prioridad de Lucía. Cualquier cosa le valía. Todo
provisional hasta que yo consiguiera ganar el juicio contra el fondo buitre que
la dejó en la calle con sus hijos. Anoche unos desalmados prendieron fuego a la
chabola que ardió, con ellos dentro. Atrancaron la puerta por fuera. Una tea
siniestra iluminando un cielo negro como hollín. Ahora los tienes de vecinos.
Cuídalos bien, abuela.
7/4/21
MICRORRELATOS PUBLICADOS EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DEL PERIÓDICO INFOLIBRE
DE HÉROES Y VILLANOS
La abuela. Exquisita con
el bastidor sobre el regazo, la aguja enhebrada entre índice y pulgar y el
meñique levantado en una curva deliciosa. Desde la cancela que da al patio
admiro la bella imagen, escucho el punzón horadando la tela, tensa y delicada
como vejiga pulida de zambomba, saboreo, aún sin llenar mi boca, la canela del
arroz con leche enfriándose en la cocina. La abuela es calma y ternura
infinitas. A no ser por ese hedor en las manos que en vano intentó eliminar con
jabón y agua. Yo huelo a capa ahumada y carne abrasada. Ella, a pólvora.
MIEDOS
Hace días que llueve sin
parar. Sirimiri que empapa la tierra. Escuchamos cómo repica arriba. «El agua
limpia, es hora de salir», ordena papá y empuja a mamá hacia la puerta. Ella
retrocede. «Ve tú», se rebela. No ocurrirá como cuando entramos. Obedientes,
sin chistar. Porque él tenía sus fuentes fidedignas, dijo. Lo sabía. Y acatamos
su decisión como cabeza de familia. Incomunicados, a fuerza de aislamiento, nos
ha dado por pensar. Mamá, Marianela y yo hablamos mucho, debatimos sobre cosas
importantes como qué hacer para conseguir el mejor tomate del mundo y los
beneficios de comerlo en abundancia en ensalada, gazpacho o salmorejo. Llegamos
a conclusiones y acuerdos y lo escribimos todo. Papel y lápiz no nos faltan de
momento. Papá no participa. Se va a un rincón, enfurruñado. Dice que nadie le
hace caso. Que él es el padre y se merece un respeto. Dice esas cosas viejas. A
veces llora. Yo creo que en el fondo, muy en el fondo, piensa que se equivocó.
Hace tiempo que nosotras creemos que no hubo una explosión nuclear y que el
aire no está envenenado. Pero hemos decidido que sea él el primero que salga y
huela su primera rosa.
TRAS LA PUERTA
Todos los vecinos
disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto.
Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y
saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja
hacer y sonríe con ternura.
Por la noche, cuando el
ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del
cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados
por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan.
Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música.
12/3/21
ROMPER AMARRAS
Cuando ella nació llevaba
marcado, sin hierro, pero doloroso e imborrable, el destino que le habían
preparado como mujer. Su madre se lo comunicó en cuanto tuvo edad para hacer las
faenas de una casa. Búscate un buen marido que te mantenga, le dijo, apenas
brotaron los primeros signos de que estaba lista para formar una familia. Ella
no tuvo que buscar nada. Él llamó a su puerta. Un hombre enviciado que pronto
lo perdió todo jugándoselo a las cartas.
El retorno al hogar de su infancia duró lo que tardaron
en comerse entre madre, padrastro y hermanos los lomos en aceite, los jamones,
tocinos, chorizos y morcillas de la matanza del cerdo que se llevó con ella en
orzas y artesas. Vuelve con tu marido, le dijo la madre, que es con quien una
mujer casada debe estar. Aquella devolución no era nada inhabitual para la
época en una sociedad cerrada y tradicionalista como aquella; y menos en un
pueblo. La mujer debía resignarse a lo que le había tocado. Sufrir en silencio.
Pero ella no regresó jamás con él. Aceite y huevos. De
ahí le vinieron los ingresos para sacar adelante al hijo y a la hija que le
quedaron tras la muerte de otros dos. Se levantaba cuando aún el gallo no había
cantado en los corrales. Envuelta en su pañoleta de luto perenne, armada de
cesta y bidón, con sus alpargatas desgastadas, hacía el camino de su pueblo a
otro más grande a pie, ida y vuelta nada más acabar de vender la mercancía.
Veintidós kilómetros en total. Fue un ejemplo que siguieron otras mujeres,
consiguiendo independencia económica como vendedoras, limpiadoras o cuidadoras
por cuenta ajena, decididas a no aguantar maridos borrachos, jugadores y
maltratadores. Mi abuela.








