15/5/22

TIEMPO PARA SOÑAR

 


 

Tomada de la red


7 h.

Cielo despejado. Sol radiante. Me levanto. Me visto. Me calzo mis zapatillas superguays. Desayuno tazón de leche con pan desmigado.

 

8:30 h.

Comenzamos el camino, ligeros y bromistas. Conforme avanzamos, las mochilas pesan y el calor enmudece. En el cielo se desperezan las alas de las rapaces.

 

14:00 h.

Comemos bocadillos de jamón y queso. La morenita de ojos verdes no deja de mirarme. La invito a chocolate.

 

16 h, más o menos.

 La morenita y yo descansamos debajo de la sombra de un pino.

 

16:30 h.

 Reanudamos el camino. Risas, muchas risas.

 

20 h.

Ducha en el albergue El Peregrino. Le enjabono la espalda. Ella también a mí. Jugamos con las pompas de jabón.

 

21 h.

Cena. Brindamos con zumo de melocotón. Le doy un beso. Ella ríe.

 

21.30 h

Soy feliz.

Fin de viaje.



8:00 h

Escucho el ruido de las ruedas sin engrasar acercándose a mi puerta por el pasillo. Mamá viene a levantarme.

 

 

15/4/22

RESEÑA DE «EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIA NOCHE» DE MARK HADDON

 

La adolescencia como la nada del domingo agonizando. A veces, cuando sentías un pequeño gran desengaño, el cuerpo enfermaba y tu madre decía: «Te duelen los huesos, eso es que estás creciendo». Tenía razón: dolía el crecimiento. 

Etapa con sabor a algodón dulce y a piedra amarga, hermanas siamesas que, a veces, se pisan; donde el mundo está contra ti y la realidad de los adultos que te rodean es ajena e incomprensible. 

Imaginemos la adolescencia de una persona especial. Todo lo expuesto elevado a la enésima potencia. 

El curioso incidente del perro a media noche, de Mark Haddon, es un libro escrito con la voz de Cristopher Boone, un chico con trastorno del espectro autista. Su valentía para enfrentarse a uno de sus mayores retos: explorar el mundo en solitario.

La imaginación, su percepción de lo que ocurre a su alrededor, la determinación, a pesar de los obstáculos, de desentrañar un misterio, que es su manera de acercarse y entender a las personas, interpretar sus gestos, motivaciones, el cómo y el porqué, en definitiva, de las relaciones humanas.

Una historia de intriga y descubrimientos donde el humor destaca como la herramienta más potente en este viaje de superación personal.

12/4/22

COMPLEMENTARIOS

 




La infancia y la adolescencia nunca nos abandonan. Están presentes el resto de nuestras vidas. Con una fuerza que trasciende y viene cargada de imágenes, olores y sabores que vuelven con el recuerdo. Son estallidos de felicidad como pompas de chicle de fresa y también hiel de desesperación y dolor profundo. El petricor después de una tormenta de verano. Las promesas de las luces de colores en la feria. Las derrotas con sabor a almendras amargas. El sinsentido anudando los tobillos. El fracaso. La nada. Soñar y despertar en tu pesadilla. Única. Nadie con quien compartirla. Días de mucho sol y otros de ventisca. El abismo de sentir la soledad. La culpa. La incomprensión. El sustento de la complicidad que se rompe en pedazos y nunca volverá a recomponerse. El camino por andar. A veces recto y cargado de esperanza, como un campo de amapolas; otras, lleno de ortigas que escuecen en la piel. Y todo queda. Es la mochila que llevaremos como equipaje el resto de nuestras vidas.

Nos reconocemos en libros como EL SUR de Adelaida García Morales. Y también en EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO de Jerome David Salinger. Tan diferentes y, sin embargo, cercanos. Somos Estrella y somos Holden Caulfield. 

Dos libros imprescindibles para entender, para entendernos.  

10/4/22

QUIEN A HIERRO MATA. SELECCIONADO EL MES DE FEBRERO EN MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS

 

                                                                 Tomada de la red



Después del desestimatorio del recurso presentado por su abogado no pudo evitar la cárcel. Solicitó la de reciente construcción, bajo su mandato. Ahora se arrepentía de no haber ordenado celdas más espaciosas. Las comisiones de unos y otros hicieron que la constructora abaratara costes. Había sala con wifi pero, acceso restringido a internet. Claro que empatizar, con sobre bajo cuerda, con el director del centro le había allanado muchos caminos. Tenía trato preferente en todo. En nada, estaría en la calle, pensaba satisfecho mientras miraba desde la ventana el valle, cauce de río o algo así, dijeron los ecologistas, siempre dando guerra.

Y entonces comenzó a moverse la cama, la mesilla, el sillón… un rumor que fue creciendo hasta convertirse en bramido. El edificio, construido sobre arenisca y con materiales de bajísima calidad, cayó hasta convertirse en un montón de ladrillos que escupía polvo al cielo.


RESEÑA DE MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA DE LUCIA BERLIN

 


MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

Lucia Berlin

Los arañazos, los cortes superficiales y los profundos, los encuentros y desencuentros, los instantes plenos de felicidad, las derrotas, el humor liviano, el espeso y negro, el alquitrán pegado a la suela de los zapatos, la rebeldía, la insolencia, el amor y el desamor, la ternura. La huella de una vida nada convencional. El libro de Lucia Berlin contiene cuarenta y tres relatos tan verosímiles y pegados a la piel de la autora que es imposible no identificarse con las vidas de tantas mujeres contenidas en una sola. Las historias de Lucia Berlin se meten dentro; profundas, diáfanas, duras y brillantes, con relatos de inmersiones en el mar, de desesperación y supervivencia, contando los minutos para la llegada del amanecer y la apertura de las licorerías, relatados con la ternura, el humor y la camaradería del que da título al libro: Manual para mujeres de la limpieza.

Los relatos de Manual para mujeres de la limpieza muestran, fundamentalmente, el orgullo y arrojo de una mujer desplegada en muchas, como fractales, que cae y se levanta para seguir, en los límites de la intensidad, construyendo vida.

30/3/22

LA FLOR. RELATO INCLUIDO EN EL LIBRO DEL XV PREMIO OROLA



Aquella humilde flor parecía nacer del muro. De pétalos delicados, cada uno recogía la savia del saber que dentro compartían profesores con estudiantes, ávidos de cultura. La flor. Regada con ráfagas de lluvia fina que empapaban y fertilizaban la tierra. Gotas de sangre que habían hecho brotar la primera flor preñada de luz. Orgullo de todos. Del polen de aquella primera flor nacieron nuevas que arroparon las paredes y se reprodujeron para dar testimonio de sabiduría y belleza. Levantada sobre cimientos sólidos, la universidad mostraba orgullosa su edificación de siglos. Habían pasado generaciones de españoles, nativos y nuevos habitantes nacidos del mestizaje entre los pueblos. Generaciones que seguían esparciendo la semilla del conocimiento por el mundo.


17/3/22

EL FOTÓGRAFO

 


Tomada de la red

Las detonaciones se escuchan cerca. Están tomando la ciudad. Salgo al jardín. El cielo se ilumina con edificios ardiendo como antorchas gigantes. Disparo varias ráfagas para captar las imágenes. No lo veo venir. Me sorprende la orden a mis espaldas. Obedezco. Dejo la cámara en el suelo, me acuclillo y cubro mi cabeza con las manos. Inmortalizar el amanecer y saborear la primera taza humeante de café de la mañana. Plasmar la tarde de tertulia en torno a unas jarras de cerveza en el bar del hotel. Retratar la pasión de una última noche con Lina, follando hasta caer rendidos. Tres deseos sí, pero un solo día. Espero el tiro de gracia.

El punching ball de todos los periodistas, el chico de los recados, el payaso que recoge burlas y chistes como si fueran pelotas de tenis interrumpe la escena con un fundido en negro al aparecer por la puerta. ¿Qué haces así?, pregunta.  El soldado ha desaparecido. También mi cámara.

4/3/22

VUESTRAS GUERRAS, NUESTROS MUERTOS

 

Tomada de la red

Voy de la habitación de mi madre a la de mis niños y a la nuestra; de la cocina, al baño. Día y noche. Los cuento y recuento. Sigue faltando él. A veces ocurre el milagro de unos minutos de silencio atronador. Entonces echo el pestillo, bajo la tapa y me siento en el váter a llorar. Ruedan las lágrimas, redondas y pesadas, por mi cara, bajan y se despeñan en mis rodillas y corren por los cauces secos de las junturas de las baldosas. La primera vez que lloré aquellas lágrimas que se movían bajo la presión de un dedo pero no se deshacían, comenté la rareza con el médico del vecindario y se quedó embobado con aquellas bolitas parecidas al mercurio. Vinieron a llevárselas para analizarlas: agua y sal, poco más. Y sin embargo, densas como metal líquido. Experimentaron con los monos. Ninguno sobrevivió. Muerte por tristeza extrema, determinó el forense. El ejército me ofreció comprar mis lágrimas para la guerra, pero yo no quise. Así pues, cuando un grito tras una detonación me reclama, me pongo de rodillas y busco bien por todos los rincones, las recojo y las meto en un termo grande de acero inoxidable y enrosco bien la tapa para que no lleguen nunca a las manos de mis hijos, para que nunca se usen como armas.

12/2/22

AGUJEROS NEGROS- GANADOR DE DICIEMBRE DE LA XI EDICIÓN DEL MICROCONCURSO CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA

 

Agujeros negros

Escucha la llave de hierro girar en la cerradura. Los goznes oxidados chirrían al abrirse la puerta. La silueta se recorta, imponente, en el cuadrilátero de luz. Huele a miedo, veneno y orines de ratas en el sótano. El niño sabe que va a morir. La sombra baja el primer peldaño. Ante los ojos del chico, la bola irisada en el quinto escalón de la escalera se le presenta como su única esperanza de salvación. Conforme la oscura figura acorta distancia, el sonido de loza y cristal se materializa en una bandeja con plato de comida y vaso de agua. El pequeño tiene sed. Mucha. El miedo se repliega. Necesita beber con urgencia. Anhela que lleguen hasta él las zapatillas cochambrosas. La suela izquierda pisa la canica. y el cuerpo sale despedido a los pies del chaval. Un crac de rama rota. La bandeja a un lado, las patatas guisadas esparcidas por el suelo y los cristales sobre un charquito. Pasan minutos, tal vez horas. El muchacho tiembla. Ha mojado el pantalón. Despierte, por favor, suplica con un hilo de voz.

CORRELACIÓN - SEGUNDO FINALISTA DEL IX CERTAMEN DE MICRORRELATO «REALIDAD ILUSORIA»

 

Tomada de la red

Elegí la cocina porque podría verlo desde esa ventana. También él a mí, pero nunca le sorprendí una mirada. Ahí estaban la mesa, la silla y la pistola. Y él sentado con la cabeza gacha. Cogió el arma. Jugueteó con ella. Se metió el cañón en la boca. ¡¡No, no, no no!!, grité desesperado, Moví los brazos. ¡Mírame, mírame! Me miró. Soltó la pistola. Comenzó a agitar las manos a izquierda y derecha. Parecía, de verdad, muy afectado. Aflojé el nudo de ahorcado y saqué el lazo de la cuerda por mi cabeza. Puede que también me quisiera.

27/1/22

IMITANDO A MAMÁ

 


 

Tomada de la red

No existe un ruido más sonoro que el que no oigo. Estoy sentada al lado de la ventana, justo donde mamá se distraía con el movimiento del patio. Imagino que será parecido a lo que observaba ella. La camioneta que trae comida para la cocina acaba de marcharse después de descargar el pedido. Y otra vez se ha quedado el patio a merced de los insectos que revolotean y se estrellan a veces contra los cristales. Gambita, la gata, avanza sigilosa hacia los gorriones que beben en los charcos. La muy tonta siempre cree que puede sorprenderlos. Pero los pájaros son listos. No hace falta oírla, la huelen, ven el jaramago que brotó libre en una grieta del cemento, y el movimiento a su paso, la intuyen cerca, sienten la quietud tensa de los polluelos en el nido de la magnolia. Y cuando la zarpa está a punto de echarse sobre uno de ellos, levanta el vuelo y regresa el estallido de la vida. Fuera ocurren cosas interesantes, dentro también. Pero hoy Sandra me deja que ande distraída de la lección que ella explica. Un recordatorio o una despedida. Igual da.

            Yo quería ser como mamá. Fuerte para aguantar las noches en vela cuando enfermó papá, y delicada para las caricias y los abrazos con los que me da amor. Vestida y peinada con esmero, tanto para ir al cine como para hacerme los espaguetis que me gustan, o sentarse frente al ordenador a escribir sus cuentos para niños con los dedos aleteando cual mariposas sobre el teclado. Admiro a mi madre. Por eso decidí ponerme tapones en los oídos, para ser como ella.

            Había escuchado tantas veces la historia que me la sabía de memoria. Cuando mamá era niña la tomaron por tonta. No atendía, decía su maestra, no seguía la clase, siempre distraída con el vuelo de una mosca. La pusieron en el primer pupitre, lejos de la ventana y cerca de la señorita Mercedes. Pero no adelantaron nada. Decidieron hacerle pruebas y llegaron a la conclusión de que era algo cortita. Así lo dijeron: algo cortita, ella que siempre pasó más de una cabeza a todos los niños y niñas de su clase como se ve en fotografías antiguas. También hablaron de sordera. Pero lo importante, según dijeron, era que su inteligencia no daba para lo que se le exigía y por tanto le convenía ir a un colegio especial, con niñas como ella. Sin embargo, a los abuelos aquella opción no les convencía. ¡Pero si es más lista que el hambre!, repetían sin cesar. Se negaron a cambiarla de colegio. El director decidió armarse de paciencia. Solo era cuestión de tiempo que se dieran cuenta de su error. Recapacitarían y harían lo más adecuado para la niña. Mientras tanto, la señorita Mercedes pondría todo su empeño en que aprendiera y él buscaría ayuda para lo de su sordera. La señorita Mercedes lo intentó durante un tiempo, pero mamá estaba a disgusto, se comportaba mal, era bravucona y peleaba por cualquier cosa. Pronto se hartó la maestra y la devolvió a su lugar de antes, junto a la ventana, sin compañeros de pupitre a los que incordiara.

            Mamá miraba el patio. Todo el movimiento, todo el colorido, y, en primavera, cuando abrían las contraventanas para que entrara la brisa que refrescaba el aula, el olor de las flores de la magnolia actuaba como un poderoso elixir que la mantenía en un estado de ensoñación. Cuando salía con los niños y niñas al recreo, mientras ellos jugaban al balón y ellas a saltar a la comba, se entretenía en seguir la fila de hormigas hasta el hormiguero, en observar a los pájaros picoteando algún grano entre la hierba, o el vuelo de las abejas, de flor en flor. Y con insectos, gorriones, árboles y flores creaba  historias en su cabeza.

            Uno de esos días de primavera apareció Amelia. Dominaba la lengua de signos. A mamá no le gustó que se acercara a ella. Se había acostumbrado a estar sola, algo salvaje, sin disciplina ni esfuerzo alguno por aprender. Pero Amelia siempre encontraba la puerta por la que entrar y conseguir la colaboración de sus alumnas y alumnos. Mamá quería contar historias aunque ella aún no lo sabía, así que lo hacía en sordina y Amelia la observaba y seguía sus cuentos leyéndole los labios. ¿Quieres escribirlos para que todo el mundo los pueda leer? Pues tendrás que esforzarte y trabajar muy duro, le dijo. Y lo hizo. Ya lo creo que sí. No solo estudiaba en el colegio con Amelia, también la acompañaba a la fundación de la que era miembro y allí seguía su aprendizaje. A todas horas, sin rendirse jamás. Así fue cómo consiguió ser la escritora de cuentos que entusiasma a niños y niñas.

Yo quise ser como mamá.

            Cada cual tiene sus metas. Cada una sus dificultades. La tuya no es la sordera, Clara, no está bien que hagas uso de ella, me explicó cuando la llamaron del colegio para contarle que me había puesto unos tapones en las orejas y me negaba a quitármelos. Me sentí avergonzada.

            Lo he entendido. Sé lo que no soy. Sé lo que no tengo y lo que sí. Sé que tengo a mi madre, que la admiro y que me gustaría ser tan fuerte como ella, pero también sé que no soy ella y que tengo toda una vida propia por delante.

24/1/22

CUANDO ÉRAMOS PALOMAS

 


 Tomada de la red

He vuelto a La Raya. Las calles ya no son de piedras desolladoras de rodillas y las fachadas encaladas de las casas relucen sin desconchones con el sol de mediodía. En el campanario de la iglesia permanece suspendido en el tiempo un nido donde siempre vuelve la cigüeña patas de leña, pico de alambre, que tienes a tus hijos muertos de hambre. Pero ahora, en este pueblo de recursos escasos, no hay niños desarrapados que vayan a pedir a las casas de los más ricos. Antes emigrar a las ciudades que mendigar. Y así se ha ido despoblando. Quedan los que se alimentan de lo que da el campo, del comercio escaso y alguna construcción de granero, casa, o almacén.

Una estación de trenes y una escuela abandonadas provocan la desolación del obús que cae y destroza paredes que palpitaban de vida.

Se desbarata la pintura de la sala de venta de billetes; a los bancos y a la ventanilla se los come la carcoma, y el reloj muestra el desamparo de la vejez momificada. Ya no hay maletas que lleven ilusión, tristeza, alegría o desesperación.

La antigua escuela tiene cuerpo con piel reseca y sin carne. Ni pizarras, ni mesas, ni pupitres, ni balones en el campo de fútbol. No han querido reconstruirla, dejándola al avance de las malas hierbas y a las heladas que quebrantan los muros. Han levantado una nueva al otro lado del pueblo. Pero la vieja guarda el eco y la memoria de quienes la habitamos y le dieron hueso y sustancia.

Estaba en último curso de Primaria cuando llegó el nuevo maestro de inglés al pueblo. Era muy joven, alto y tan delgado y elástico como un junco del río. Su tono de voz era dulce y cálido y sus ademanes suaves. Sonreía y soplaba a menudo el flequillo que le caía sobre uno de sus ojos castaños como el pelo, algo más largo de lo habitual en el pueblo. Paseaba por el pasillo central de la clase, entre las dos filas de a dos pupitres, acariciando los bordes con la delicadeza de unas manos de dedos largos y uñas cuidadas. Dijo que quería que lo llamáramos Agustín, nada de don Agustín, que no era un viejo, y que estaba dispuesto a quedarse fuera de horario para cualquier aclaración.

Me prendé de él. Soñaba con besos y paseos de la mano entre los olivos y con una casa que iba adornando para los dos con cada detalle que él deslizaba de su admiración y gusto por las cosas bellas. Llené las paredes con cuadros de Sorolla, las estancias con muebles de palo de rosa, las cortinas con colores alegres y tejidos ligeros, las estanterías de libros con títulos como Matar a un ruiseñor y, en el patio, planté un naranjo porque le agradaba el olor del azahar en primavera.

Agustín nos gustaba a todas. Y todas reclamábamos su atención particular. No entiendo lo del genitivo sajón, decía una, ¿me lo podrías explicar después de clase? Y él que sí. Yo no perdía la oportunidad para apuntarme también a esa explicación y a todas las que se iban presentando. Aprendí los verbos irregulares, las construcciones de oraciones en interrogativa, el presente, pasado, condicional, futuro... Cualquier cosa, con tal de tenerlo cerca, respirar ese aroma a limón de su agua de colonia y sentir su mano sobre la mía cuando quería que me parase un momento, o recogiéndome un mechón de pelo detrás de la oreja para que viera mejor los ejercicios del cuaderno. Yo era su alumna favorita. O algo más. Así veía yo sus atenciones y caricias que me hacían vivir en una nube de felicidad.

A los vecinos y vecinas también les caía bien Agustín. Era amable con todo el mundo y se había integrado bien, a no ser por su tendencia a la soledad. Se plantearon la necesidad de buscarle novia porque un chico joven y guapo, decían, no podía estar solo. Barajaron posibilidades. La candidata perfecta fue la hija del veterinario, una chica tímida y muy apegada a las costumbres. Una mujer estupenda, decían las mujeres, artífices principales del movimiento casamentero del pueblo.

Probaron de todo. Le hablaban continuamente de las virtudes de Amelia, lo bien que cocinaba, su modestia y recato, su posición. No entendieron el rechazo de Agustín, no solo a la hija del veterinario, también de todas las candidatas que iban presentándole.

Comenzaron a circular por el pueblo rumores sobre su orientación sexual. A los chicos les regocijaba dar por sentado que a aquel profesor tan delicado y dulce no le gustaban las mujeres. A los hombres les comenzó a incomodar su presencia en el bar y evitaban darle conversación.

Los ojos de Agustín se empañaron de tristeza. Las chicas dejaron de solicitar su ayuda después de las clases. Solo quedé yo. El director de la escuela intervino para pedirle que procurara ceñirse a sus clases, que ya había dado bastante que hablar. Agustín fue poniéndome excusas para no estar a solas conmigo.

Después apareció la pintada en la pared de la fonda de Eloísa, donde Agustín tenía una habitación. Una de esas pintadas que se hacen para herir a la persona y que debería haber generado una ola de indignación y apoyo de la gente del pueblo. Pero lo que hubo fue un silencio ominoso que socavó la confianza y el orgullo de Agustín. Se le veía desorientado y lejano. Con dos medias lunas violetas debajo de los ojos. Se sobresaltaba con cualquier ruido, sobre todo después de la pedrada en el cristal de la clase.

Los dos dejamos de comer y dormir. Caí enferma y estuve mucho tiempo sin ir a la escuela. Cuando volví había un maestro nuevo y ni rastro de Agustín. Había renunciado al puesto y cogido el primer tren que lo alejara de allí. Seguiría sus pasos en el transcurso de unos años.

He vuelto para enterrar a mi padre. Estoy de paso. Nunca me quedaré aquí.

 

 

15/12/21

LA FAMILIA Y OTRAS ADVERSIDADES

Tomada de la red 

Toda la familia metió baza en mi divorcio. Entraban y salían de casa cualquier día y a cualquier hora. Fue una separación sin duelo y con muchos dolores de cabeza. Yo andaba de los nervios con tanto trasiego familiar. Ni un respiro. Ni una lágrima. Por las noches caía reventada en la cama. Roque durmió en el sofá hasta que no pudo soportar más tanta presión. ¿Qué hace este tío aquí?, me sacaba del sueño mi hermana Rosalía, a los pies de la cama. ¡Puerta!, gritaba mi madre mientras le daba un capirotazo cuando lo encontraba desayunando en la cocina. Yo por mi sobrina soy capaz de cualquier cosa, le masticaba cada palabra mi tía Dolores. Cualquier cosa, ¿comprendes? El acoso continuo precipitó la separación. Roque se fue, dando un portazo, con cuatro cosas en una maleta y un ¡menuda familia de sicópatas! Y entonces comenzaron a cercarme. Que si hoy vienes a mi casa a comer.  Que si lo importante es que estés acompañada, máxime en estas fechas navideñas. Un horror solo pensar en corderos asados, langostinos y turrones en torno a la mesa y con la familia al pleno poniendo verde a Roque y preguntándome a cada minuto cómo lo llevaba. Lo que yo quería era estar sola. Lejos, lo más lejos posible.

Visité agencias de viaje, miré por Internet. Una isla en medio de ninguna parte. Agua y agua. Sol y más sol. Daiquiris con sombrillita, panza arriba en una playa. La encontré. Por supuesto no dije ni mu a nadie de la familia. Ni siquiera a la pequeña Berta, que apenas era capaz de pronunciar dos frases seguidas. Lo preparé todo en secreto. Saqué mis biquinis, mis pareos, mis chanclas. Todo mi ajuar veraniego cabía en una bolsa pequeña de viaje. Y llegó el día señalado.  El vuelo era de madrugada. Por si acaso se le ocurría a alguien presentarse por sorpresa y chafarme los planes, como era habitual, les dije que pasaría la noche con mi amiga Merche a quien avisé de que no soltara prenda en caso de que llamaran y que dijera que estaba durmiendo. Ella creía que tenía una cita a ciegas. Nadie, excepto yo, sabría a donde iba.

La isla era un paraíso. Ni en sueños pude imaginar un lugar así. El hotel, con sus cabañas individuales y sus pasarelas al mar, una maravilla. Tranquilidad total. Un puñado exquisito de personas simpáticas y, a la vez, discretas se movían de un lado para otro como si levitaran, hablando casi en susurros. Se veía a las claras que habían ido a buscar paz y tranquilidad como yo.

Debí suponer que algo pasaba cuando el personal, atento y solícito en todo momento, sonreía a todas horas, cruzaban miradas cómplices entre la recepcionista y el gerente cada vez que me acercaba a preguntar algo y los camareros me miraban y movían la cabeza con gestos afirmativos y satisfechos.

La paz, la tranquilidad, el sonido impagable del mar golpeando los pilares de mi cabaña, duró un pispás. El día de Nochebuena me despertó un gran alboroto fuera. ¡Vaya, qué bonito! ¡Qué bien se lo ha montado la nena! ¡Lujazo! Aquí vamos a estar en la gloria. ¡En la gloria! Comentarios y risas. Mi familia al completo.

Mi cuñado Miguel, el informático, había hackeado mi ordenador. Y, por si no bastaba, contrataron a un detective para que me siguiera a todas partes. Compréndelo, nena, estábamos preocupados por ti. Queríamos saber que estabas bien. Además que llevabas unos días rarita, se excusó mamá.

Hubo asado, gambas, langostinos, turrones, piña y muchos cócteles, ¡cócteles a toneladas! ¿Cómo si no iba a poder aguantar aquellas navidades en familia? Y con una selección de villancicos que se repetían sin parar para que la pequeña Berta estuviera contenta y no echara de menos la música de los centros comerciales. Acabé llorando el día de Noche Vieja. Una llorera imparable que salaba los erizos, cortesía del hotel. Toda mi familia sonreía satisfecha. La emoción, decían, por sentirse tan querida y arropada. Natural. La familia nunca falla, repetían como un mantra. ¿Qué más podía pasar? Recibíamos el nuevo año viendo amanecer en la pasarela, cuando se levantó en el horizonte la gran, la inconmensurable, la madre del cordero de todas las olas.


3/12/21

TRAS LA PUERTA

 


Tomada de la red

Todos los vecinos disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto. Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja hacer y sonríe con ternura.

Por la noche, cuando el ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan. Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música. 


5/10/21

EN CASA #MostolesNegra

 


Tomada de la red

Llevaban días peinando el parque del Soto y no la habían visto. Tal vez estuvo atrapada en una cuna de vegetación en la orilla del lago y la soltó el picoteo de un ganso. La madre sofoca un sollozo cuando identifica los colores algo gastados de la pelota que juega con el agua. La compró ella para que el hijo callara, que al novio lo encienden sus lloros. Le tiembla la barbilla con las lágrimas ahogadas. Él la abraza fuerte. Mucho. Contra su pecho de hombretón. Para asfixiar sus palabras y que no hable de sótanos y sogas. La policía seguirá rastreando la zona.

3/10/21

CLYDE

 

Tomada de la red

 

Ella se enredaba siempre con los chicos malos. «Acabarás mal», le advertía su madre. «Pasaré a la historia», contestaba ella. «A que no consigues unas bolas de anís del tendero Jhou», le retaba su compinche de turno. Y volvía con un caramelo en la boca y una bofetada en la cara. «Acabarás mal», le dijo el Sheriff Logan al detenerla cuando estrelló el coche del alcalde contra un árbol. «Sí, pero pasaré a la historia». Tenaz y fantasiosa, no dudó en largarse con aquel ladronzuelo de comercios y gasolineras. Había que pensar a lo grande: unos cuantos robos a bancos y habría ganado su lugar en la Historia.

1/10/21

LA CONDENA



Tomada de la red

Lo arrebata la belleza. El agua corre ligera y transparente. Refleja la fragilidad de la niña sentada a orillas del lago. La mano infantil atesora flores. Él se acerca y se arrodilla a su lado. Tan grande y delicado con los tallos. Flotan los nenúfares en bamboleo feliz. Agotadas las flores.  Él, que está hecho de muerte, ama la vida. Se levanta, brazos caídos. Se detiene. Le inquieta la ingenuidad de una acción que asoma un hilo de tinieblas. No quiere mojarla. ¿Por qué tiene que hacerlo? le pregunta con la hondura de una súplica en sus ojos a Mary Shelley que blande su pluma, a punto de sentenciarlo a la mayor muerte de todas: la infinita soledad del monstruo, condenado a vivir el rechazo y el horror para siempre en las páginas de su relato.

15/7/21

CHAPOTEOS INFANTILES EN AGUAS DULCES. FINALISTA DEL MES DE JUNIO DEL CERTAMEN DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

 

Tomada de la red

La fuente era lugar de alborozo, resbalones, caídas al pilón y risas infantiles. Hasta que conocimos la historia de los cocodrilos en las alcantarillas de Nueva York y le cogimos canguelo al colector de la pared lateral de bajada a los caños. Pasábamos delante con los ojos cerrados en un gesto de si no lo veo no existe.

Excepto Mario, el niño más triste del pueblo. Iba con el burro y sus aguaderas de esparto a llenar los cántaros al atardecer y pasaba sin miedo al desagüe.

Cuando Mario desapareció hubo un silencio de alquitrán, con cuchicheos de adultos sobre el padre.

El día de los difuntos descubrimos una nueva tumba en el cementerio. Aprendimos que los monstruos no viven en las alcantarillas.

Decidí que cuando fuera mayor mi empleo consistiría en defender a la población más vulnerable para erradicar la violencia de sus vidas. Oportunidades no iban a faltarme.

10/7/21

DESCUBRIENDO A MARTA

Tomada de la red. 

Nos quedamos solas cuando la tarde se pegó el tiro de gracia en el acantilado. Dije que no quería volver. Unos metros más abajo se instaló definitivamente la negrura. Novilunio y las estrellas sin lumbre para romper los diques de las bombillas de la feria del pueblo. No se movía un beso de pluma de aire. Las dos achicadas por la guillotina que cercenaba el tiempo y nos separaba.

El instituto me parecía lejano y brumoso. Las aulas con sus alegrías y sus tristezas estampadas sin tinta en las paredes. Aquel desgraciado asunto. Las burlas y el vídeo que los años iban cubriendo con capas de olvido cada vez más gruesas. El recogimiento de las cochinillas.

Los inicios del verano y la pandilla refugiada en el gimnasio, sin ganas de botar un balón, ni colgarse de unas espalderas para mostrar músculos. La cabeza de Mari Cruz echada sobre mi regazo. Yo haciendo y deshaciendo trencitas con su pelo malva y ella chateando en el móvil con Rubén, tirado en los bancos, a dos metros de distancia. ¡Mira, tía, mira, tía, mira tía, qué fuerte, tú!, decía, todo lo agitada que le permitía la desgana estacional. Hemos quedado esta noche. De esta noche no pasa, anunció como otras veces había hecho a lo largo del curso. Y yo me encogía de hombros mientras admiraba la perfección de sus pies rematados en uñas pintadas de cielo y nubes.

Tan lejano el instituto. Tan lejana la infancia.

La madre de Mara daba cursos de buceo. Mi padre dijo lo de otras veces, que había que probarlo todo. Una forma de quitarse el traje de vendedor de seguros, de señor formal con mujer e hija. Él se apuntó y yo lo acompañé. Rocío se presentó como la madre soltera de una hija mulata de pelo rizado negro azulón y ojos verdes. Lo llevaba con orgullo y hacía ostentación ante los desconocidos de que fue por elección propia, nada de tropiezos y abandonos. La hija ayudaba a la madre en la preparación de los equipos. Los tanques de oxígeno, las máscaras, los tubos y los trajes de neopreno se distribuían por doquier en La cueva.

La primera inmersión fue un tajo seco con la tierra. Silencio y borboteos. Cuerpos libres en líquido amniótico marino. El principio de todo. Un descubrimiento. Había otro mundo, como hebras flotando ligeras: el pelo de Mara. Mara y el mar. Pasaron unos segundos que dijeron hora. Y subimos a la realidad del vozarrón de papá, encantado con la experiencia, a la risa de pájaro de Rocío, a las paletas blanquísimas y separadas que dejaba ver la sonrisa de Mara.

Nos hicimos inseparables. Me enseñó las grutas del Roquedal y pasamos tardes de helados derretidos y sabores mezclados, puentes de chicles de boca a boca que íbamos recogiendo con los dientes. Me hice asidua a la casa de Rocío, a sus bocadillos de cualquier cosa que encontrara en el frigorífico. A las cenas con olor a sal y sabor a atún a la puerta del negocio de submarinismo. Y mis padres encantados de perder de vista a la pesada de todos los años, protestando en cada pueblo de los alrededores que tanto les gustaba visitar.

Último día de vacaciones. El tiempo había volado ligero, ligero y audaz hacia la despedida.

 

El cielo estalla en racimos de lágrimas blancas, árboles y arbustos de colores, centellas de largas colas y espirales locas. Entre los silbidos y las tracas, llegan risas dispersas de infancia. Mis padres estarán en la playa, disfrutando del espectáculo. Tal vez asome en su ánimo una esquirla de adelanto de la nostalgia.

Sin hablar, nos levantamos y comenzamos a andar la una al lado de la otra en dirección al gentío que jalea los fuegos artificiales. Vamos tristes. A medio camino enlazamos nuestras manos. Y unos metros antes de llegar, nos besamos detrás de la roca donde se cocinan los amores de verano. Después los dedos se van desligando. Los meñiques resisten el último tirón. A Mara se la comen las sombras de camino a La cueva. Yo sigo en la vereda de las estrellas falsas que rabian de luz en la noche cerrada.

7/7/21

FLORES EN UN BANCO DE CORAL

 


 

Tomada de la red


Saco una pierna, luego la otra. Vuelvo a fijarme en la rubia del póster. Ahora le toca a un brazo, luego al otro. Repaso lo que hay sobre la mesa. Tarros llenos de maquillaje, pinturas de colores, esmaltes de uñas, barras de labios, máscara de pestañas, perfiladores, coloretes, correctores, gloss... Me pongo manos a la obra. Cubro todo mi cuerpo con pintura de color carne. Bebo un poco de agua marina y descanso unos minutos. Continúo. Dibujo unos párpados de ensueño. Camuflo mis ojos saltones. Me coloco las pestañas postizas. Corto mis uñas curvilíneas de las manos, menos la del meñique derecho. Las pinto de rojo. También las de los pies. Me pongo la peluca y me estudio frente al espejo. Quito algunos brillos de aquí y de allá, los últimos retoques. Me pongo con cuidado la blusa de muselina de manga larga de colores fucsias y amarillos. Repito movimientos con el pantalón negro de punto de seda. Me calzo unas sandalias doradas de tacón de plataforma. Doy unos pasos inseguros por la habitación. Paseo y cojo confianza. Una buena ración de perfume para intentar camuflar el olor, me cuelgo el bolso de un hombro y salgo.

      El señor del taxi me mira a hurtadillas y abre la ventanilla del automóvil. No da rodeos, va derecho a la dirección. Me encuentro en la plaza. Miro hacia el edificio infectado, tan temprano, de personas que buscan un lugar preferente. Sonrío. Avanzo despacio, con cuidado de no caerme, de no rozarme y que se vaya la capa de pintura. Gente amontonada en la otra acera. Gente por doquier, empujándose, intentando coger el mejor sitio. Conforme me acerco, todos se apartan, giran la cabeza hacia un lado y hacen mohines de asco. Ni litros de perfumes conseguirían camuflar el intenso olor del mar. Hacen un pasillo a mi lado. Un mendigo echado en un banco levanta la cabeza, abre las aletas de la nariz y mira desconcertado a su alrededor. Me localiza, se queda un instante en silencio y luego me dice: «Así que has venido. Así que estás aquí», después suelta una de esas carcajadas espeluznantes que ponen las escamas de punta a cualquiera, y vuelve a echarse.

       Estoy a un lado de la alfombra roja, justo en la puerta del cine. El mejor lugar, sin duda. Muero por un trago de agua de mar. Muero por unas algas. Muero por nadar en el pasillo de luz que abre el sol en la superficie marina. Muero por llegar al fondo y sacar mi collar de perlas del cofre y jugar con ellas mientras miro y remiro las fotografías plastificadas. Abro mi bolso y saco mi botella azul. Doy un trago largo. Dos jóvenes con jeans pegados a la piel, camisetas negras y botas de cow boys, beben de sus latas de cerveza sin dejar de hablar y de reír. De cuando en cuando dan saltitos y chillan. Tienen la nariz y los labios perforados por aros y piedrecitas brillantes. Me miran. Olfatean el aire, se encogen de hombros.

     El tiempo parece detenido en las aceras atiborradas de cabezas, de troncos, de piernas, de brazos... Las guirnaldas de flores abrazadas a las farolas se enlacian con el calor. Algunas ya han muerto, aplastadas por una mano que buscaba apoyo. Me gustan las flores. Como esos nenúfares que pasean insectos en los estanques. El agua siempre lleva naturaleza viva en sus arterias.

     Primero es un murmullo que va creciendo, creciendo, hasta convertirse en un clamor cuando la limousine sube por la calle y se detiene, suave, ante la entrada del cine. Siento como un cosquilleo raro en las puntas de mis dedos, en mis pies. Siento que puedo desaparecer ahora mismo, líquido que se evapora y sube al cielo tan azul, tan quieto, tan abrasador. Bebo de mi botella hasta apurar el agua.  Sale un tipo mal encarado del coche, con un cable enrollado a la oreja. Sale otro. Unas sandalias plateadas con unos tacones de vértigo y un tobillo rodeado por una cadenita con campanillas que tintinean aparecen en la portezuela de atrás. Saca el cuerpo y la cabeza y saluda, aunque a nadie le importa porque todos, todas, lo esperamos a él. Da unos pasos, se echa a un lado. Y entonces aparece y a mí se me va el líquido por los ojos de pura emoción. Pero no puede ser. No debo. Hago mis ejercicios de concentración, esos que he ensayado hasta el agotamiento durante años, recostada en las rocas de mi isla. ¡Es tan bello! Camina por la alfombra, al lado de la morena que no deja de saludar, con la cabeza alzada, enseñando una hilera de dientes perfectos, blanquísimos, más bonitos que las perlas de mi collar. Él levanta un brazo y también saluda. Huelo su perfume. Siento el aleteo de sus pestañas. La humedad de sus labios cuando pasa la lengua con ese gesto tan suyo. Me preparo. Empujo un poco a las jóvenes de los pantalones ajustados. Dos pasos más y lo tendré a la altura. Lo tengo. Grito su nombre con tanta fuerza que, sorprendido, se vuelve. Le tiendo la mano y él la recibe. Antes de retirarla, ya llevo en la uña del meñique un jirón de su piel. Continúa andando, algo contrariado. Atento al saludo, a un lado, a otro, ella pegada a su costado, los gorilas detrás, también atentos, pero no tanto. Subo el dedo hasta el centro de mi cuerpo, perforo la tela y dejo entre mis escamas el tesoro guardado en mi uña. Ya está. No sé cuánto tiempo hace falta para que alumbre el mestizaje Ahora solo queda esperar a que brote mi flor en el banco de coral.

27/6/21

EL PLUMIER

 


 

Tomada de la red.

Lo tenía siempre en exposición en el escaparate de la papelería, entre libretas, cuadernos Rubio, estuches de pinturas, una biografía de Felipe II y La enciclopedia Álvarez con sus niños bien alimentados en portada. El plumier tenía dos alturas. Elaborado en madera de pino barnizada y con unos arabescos ahumados. Olía a nuevo. A estrenar. Se lo hice sacar a la señora Otilia varias veces para enseñárselo. Descorría la tapa y luego giraba el piso de arriba, desde un lateral, para mostrar el sótano de aquella casa de lápices, gomas de nata y sacapuntas. Soñaba con aquel plumier.

Durante el periodo escolar de Primaria la maestra decidió hacer dos competiciones para, según dijo, estimular el esfuerzo en el estudio de las asignaturas más importantes: Matemáticas y Lengua. En la primera yo aún no alcanzaba la edad requerida: competían las más mayores. En aquella ocasión el premio consistió en un estuche con regla, cartabón, escuadra y compás que mostraba muy orgullosa, abierto sobre el pupitre, Raimunda la alumna más rápida en cálculo de todas las niñas del mismo nivel.

Aunque era una de las alumnas más jóvenes, tenía la edad mínima que estipuló la maestra para que yo pudiera competir en Lengua. El premio, según anunció con mucho bombo, era el plumier, o regalo similar, a escoger de la papelería de la señora Otilia. Desde ese momento me propuse conseguir el ansiado trofeo. Yo era buena en la asignatura. Solo flojeaba un poco en ortografía. Así que hincaría los codos para no fallar en tildes, bes, uves, haches, hiatos, diptongos y otras normas de la gramática. La única rival para mí era Luisa, la niña de la casa más alejada del pueblo y ella estaba siempre enfangada con el cuidado de sus hermanos, sin tiempo para estudiar. De las demás no había nada que temer. La hija del médico se sentaba a mi lado, era poco espabilada y tenía cero posibilidades de conseguir el plumier, así que no se inscribió en la prueba. Era una niña antipática y soberbia que nos miraba por encima del hombro y nunca se mezclaba con nosotras en el patio. Ninguna la queríamos.

Los días previos a la competición los pasé estudiando normas de ortografía y haciendo análisis morfológicos y sintácticos hasta agotar todos los ejercicios del libro. Me sabía al dedillo las oraciones compuestas y cómo analizarlas hasta conseguir no cometer ni un solo fallo. Conseguí que mi amiga Merche colaborara conmigo con dictados y otras pruebas que yo pedía que me hiciera. A cambio, le prometí prestarle todo un día el plumier cuando lo consiguiera. Centrada como estaba en el premio, no me percaté de la sonrisa burlona de mi compañera de pupitre. Más tarde supe el porqué de su felicidad.

Gané la prueba, sí, pero no el plumier que había desaparecido del escaparate de la señora Otilia. Lo había vendido después de meses sin que nadie se interesara por él al ser un artículo caro. El mismo día del examen, después de que la maestra diera a conocer los resultados, la hija del médico sacó de su mochila el plumier, lo abrió y lo mostró en todo su esplendor, cargadito de lápices, gomas, sacapuntas y rotuladores. Tuve que conformarme con la biografía de Felipe II. Cuando me entregaron el premio, a duras penas conseguí controlar el llanto y la frustración con una sonrisa forzada.

13/6/21

GLORIA, ESE ES MI NOMBRE

 


Tomada de la red

 

Al profesor le gustaba relatar las mayores gestas de la Historia. Buscaban la gloria, apostillaba una vez sí, otra también. Con el peso de una noche de alquitrán en los párpados, Gloria, la todo huesos y ojeras góticas, escuchaba la voz cavernosa de Santiago como una nana que invitaba al sueño. Solo la sacaba de la modorra escuchar la palabra gloria. Ese es mi nombre murmuraba antes de caer de nuevo en el letargo.

Noches de botellón, nachos y patatas fritas antes de volver a casa donde la esperaba la Pesadilla con mayúsculas de aquel que usurpaba el título de padre.

Mediodía de una primavera con lluvias finas lamiendo los cristales, evocación de borrachera de azahares en los naranjos de los patios y reverberación de coros del aula vecina de música. Historia. Guerra de los Cien Años. El profesor unió a Juana de Arco con la gloria. Fue escucharla y deshacerse del sopor. La intrigó esa mujer. Pidió salir a los servicios. Se mojó la cabeza y regresó lo suficientemente despierta como para empaparse de toda la historia.

Así que se trataba de eso: cortar cabezas y ganar batallas.

Lloraba, claro que lloraba. Un crimen horrendo, querida, decía el director del instituto mientras le ofrecía una caja de clínex para que limpiara los churretes de rimmel. Pagará el culpable, decía. Y ella cabeceaba y lloraba. Lloraba y asentía. Se hará justicia, Gloria. La palabra justicia unida a su nombre la emocionó aún más. Bajó un arroyuelo estimulante de lágrimas hasta el cauce del canalillo del pecho.

Cuando salió del despacho iba flotando por el pasillo. Gloria, ese es mi nombre, contestó, más lúcida y espabilada que nunca, a la llamada de Santiago, el profesor de Historia.

20/5/21

RELATO FINALISTA DEL MES DE ABRIL EN EL CERTAMEN CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA

 


 
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Invisibilidad de las cadenas

Ni los pies desollados, ni las llagas infectadas de las manos. El ritmo desbocado del corazón. Eso era lo que la preocupaba. No podía detenerse. Ahora no. Vio la luz al fondo. Una claridad diluida en la negrura de aquel nido de serpiente, como llama oscilante de vela. Avanzaba con un soplo de mano en la nuca a punto de agarrarla. No podía creer que hubiera llegado tan lejos. Cuándo ocurriría. Cuándo la devolvería al cautiverio. Sin embargo, cinco pasos, cuatro, tres, dos, uno, y el sol cegando sus ojos maltratados por la oscuridad. Los cerró y levantó la cara al calor. Después bajó la cabeza y corrió. Una carrera corta con parada en seco. Comprendió por qué la había dejado escapar después de, no llevaba la cuenta, años encerrada. Entendió, aterrada, lo ficticio de su liberación.

PERDIDOS. FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS DE ABOGADOS DEL MES DE ABRIL


Tomada de la red.

Como abogada, asesoro a familias desfavorecidas para que, al renovar sus contratos de alquiler, consigan un precio asequible a sus escasos medios económicos, pero también existen otras alternativas para canalizar mi energía al servicio de los más vulnerables.

Una vez al mes me doy una vuelta por el barrio donde las ratas campan a su libre albedrío, hay cortes continuos de luz y agua corriente y las calles se convierten en un barrizal cuando llueve. Deambulo entre las chabolas con la mochila abierta y los bocadillos mostrando su envoltura plateada. Uno tras otro se los van llevando las manos infantiles hambrientas de pan y abrigo. Cuando la noche cae en el desierto de oscuridad, es hora de regresar. A veces sin nada. Otras, escucho la voz que me llama mamá. Una mano pequeña se agarra a la mía de manera natural y no se suelta hasta que llegamos a casa. 

17/4/21

DE ÁNGELES Y DEMONIOS. FINALISTA EL MES DE MARZO DEL CONCURSO DE RELATOS DE ABOGADOS

Tomada de la red

No he conocido a nadie más resiliente que tú, con excepción de Lucía. Siempre ponías el cuerpo para evitar un desahucio. Defendías un derecho constitucional aunque no supieras de leyes. Pan y techo, niña, pan y techo. Fuiste mi faro para elegir profesión y ponerla al servicio de los desposeídos por la avaricia. Pero hoy me siento derrotada. Construir una vivienda con material urbano: trozos de madera, bancos rotos, donde guarecerse de la lluvia y los amaneceres de hielo en esta ciudad deshumanizada, fue la prioridad de Lucía. Cualquier cosa le valía. Todo provisional hasta que yo consiguiera ganar el juicio contra el fondo buitre que la dejó en la calle con sus hijos. Anoche unos desalmados prendieron fuego a la chabola que ardió, con ellos dentro. Atrancaron la puerta por fuera. Una tea siniestra iluminando un cielo negro como hollín. Ahora los tienes de vecinos. Cuídalos bien, abuela.

7/4/21

MICRORRELATOS PUBLICADOS EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DEL PERIÓDICO INFOLIBRE




Tomada de la red


DE HÉROES Y VILLANOS

La abuela. Exquisita con el bastidor sobre el regazo, la aguja enhebrada entre índice y pulgar y el meñique levantado en una curva deliciosa. Desde la cancela que da al patio admiro la bella imagen, escucho el punzón horadando la tela, tensa y delicada como vejiga pulida de zambomba, saboreo, aún sin llenar mi boca, la canela del arroz con leche enfriándose en la cocina. La abuela es calma y ternura infinitas. A no ser por ese hedor en las manos que en vano intentó eliminar con jabón y agua. Yo huelo a capa ahumada y carne abrasada. Ella, a pólvora.


 

MIEDOS

Hace días que llueve sin parar. Sirimiri que empapa la tierra. Escuchamos cómo repica arriba. «El agua limpia, es hora de salir», ordena papá y empuja a mamá hacia la puerta. Ella retrocede. «Ve tú», se rebela. No ocurrirá como cuando entramos. Obedientes, sin chistar. Porque él tenía sus fuentes fidedignas, dijo. Lo sabía. Y acatamos su decisión como cabeza de familia. Incomunicados, a fuerza de aislamiento, nos ha dado por pensar. Mamá, Marianela y yo hablamos mucho, debatimos sobre cosas importantes como qué hacer para conseguir el mejor tomate del mundo y los beneficios de comerlo en abundancia en ensalada, gazpacho o salmorejo. Llegamos a conclusiones y acuerdos y lo escribimos todo. Papel y lápiz no nos faltan de momento. Papá no participa. Se va a un rincón, enfurruñado. Dice que nadie le hace caso. Que él es el padre y se merece un respeto. Dice esas cosas viejas. A veces llora. Yo creo que en el fondo, muy en el fondo, piensa que se equivocó. Hace tiempo que nosotras creemos que no hubo una explosión nuclear y que el aire no está envenenado. Pero hemos decidido que sea él el primero que salga y huela su primera rosa.


TRAS LA PUERTA

Todos los vecinos disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto. Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja hacer y sonríe con ternura.

Por la noche, cuando el ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan. Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música.


12/3/21

ROMPER AMARRAS

 



 Tomada de la red

Cuando ella nació llevaba marcado, sin hierro, pero doloroso e imborrable, el destino que le habían preparado como mujer. Su madre se lo comunicó en cuanto tuvo edad para hacer las faenas de una casa. Búscate un buen marido que te mantenga, le dijo, apenas brotaron los primeros signos de que estaba lista para formar una familia. Ella no tuvo que buscar nada. Él llamó a su puerta. Un hombre enviciado que pronto lo perdió todo jugándoselo a las cartas.

            El retorno al hogar de su infancia duró lo que tardaron en comerse entre madre, padrastro y hermanos los lomos en aceite, los jamones, tocinos, chorizos y morcillas de la matanza del cerdo que se llevó con ella en orzas y artesas. Vuelve con tu marido, le dijo la madre, que es con quien una mujer casada debe estar. Aquella devolución no era nada inhabitual para la época en una sociedad cerrada y tradicionalista como aquella; y menos en un pueblo. La mujer debía resignarse a lo que le había tocado. Sufrir en silencio.

            Pero ella no regresó jamás con él. Aceite y huevos. De ahí le vinieron los ingresos para sacar adelante al hijo y a la hija que le quedaron tras la muerte de otros dos. Se levantaba cuando aún el gallo no había cantado en los corrales. Envuelta en su pañoleta de luto perenne, armada de cesta y bidón, con sus alpargatas desgastadas, hacía el camino de su pueblo a otro más grande a pie, ida y vuelta nada más acabar de vender la mercancía. Veintidós kilómetros en total. Fue un ejemplo que siguieron otras mujeres, consiguiendo independencia económica como vendedoras, limpiadoras o cuidadoras por cuenta ajena, decididas a no aguantar maridos borrachos, jugadores y maltratadores. Mi abuela.