29/7/18

EN LA RED




I
En la piel los besos burbuja estallan.
Bocabajo.
Calor suave de media mañana,
candela de tarde y soplos de noche.
Bocabajo.
Las cosquillas de ternura en el pecho
y la piel rizada y seca en la espalda.
Amores de cantos y algas enredadas.
Muerte de borrachera y  pasión.
Verano.
II
Salivas que estiran y engloban.
Como pompas saladas de jabón.
Hijos que nacen en sus labios,
rompen el cordón y se desprenden.
 Besan la piel palmo a palmo.
Si pudiera.
Si ella hubiera podido evitarlo.
Pero no pudo.
No quiso.
Brillan las escamas.
Nada y busca su isla. La palmera.
Debajo descansará el amor.

24/7/18

ROJO PASIÓN



Durante la temporada de recogida de cerezas, 
Regina pintaba sus labios con zumo de picotas. 
Y cada año, 
los temporeros saciaban su sed de amor 
con los jugos de su boca.

12/7/18

LA CARNE. SELECCIONADO EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS

Tomada de la red.

Sabía de sus compras de anillos y otros abalorios, por albaranes que guardaba como trofeos. Dudó aquella vez, cuando la denuncia de una ONG lo subió al estrado. Abogar por su inocencia, tras ver a la niña, balbuciendo palabras en otro idioma, con arroyuelos corriendo por su carita sucia, le costó una noche de insomnio, pero lo superó con la lectura de la Biblia y la mordaza invisible. El pastor fue absuelto y defendió el castigo del pecado con vehemencia desde su púlpito. No lo comprendía, pero ella no era nadie para censurar a un hombre de Dios. Ella era su humilde servidora. Pero hoy, cuando ha visto el cuerpo magullado de su pequeña, no ha vacilado. Y no ha sido ella quien le ha asestado el golpe fatal en la nuca, ha sido su Señor quien ha llamado a su vera a uno de sus hijos descarriados.

4/7/18

INFORMACIÓN PRIVILEGIADA


Tomada de la red.

Aquel sí que fue un patadón en toda regla. El ¡¡¡gooooool, gooooool, goooool!!! a voz en cuello de Joseba traspasó tabiques, rebotó en los cristales provocando un cimbronazo amenazador, y tembló el misterio. Él, rojo y con los ojos redondos y brillantes como canicas, y yo con un goterón a punto de desbordarse del lagrimal. Me quedé noqueada durante un tiempo, sin fuerzas para levantarme del sofá y coger los huevos, la sartén y la paleta. Respiré hondo unas cuantas veces y, mientras lo hacía, rogué para que no hubiera más que un regate suave, un desganado llevar el balón de un lado a otro de los jugadores; movimientos flojos y pacíficos, por favor, por favor. Y en eso pitaron el descanso. Así pues, mis súplicas habían sido escuchadas por una diosa maternal. Cuajé la tortilla lo más rápido que pude, la dividí en dos trozos, le llevé el suyo a Joseba, que puso el plato sobre las rodillas mientras no quitaba ojo al televisor por aquello de la repetición de las jugadas, y me comí en dos bocados el mío en la cocina antes de desaparecer tras la puerta de mi habitación. Atrincherada y con las rendijas tapadas con toallas y camisetas, me llegaba amortiguado el griterío de la calle, el del salón de mi casa, los petardazos en el descampado vecino. O sea que ganaba España. Me tumbé en la cama y tuve mi rato de tranquilidad y buen rollito. Apenas un golpeteo de ¡eh, que estoy aquí! Yo miraba el techo con sus luces y sombras y me parecían porterías y muñequitas de colores que se desplazaban por un campo imaginario. Tal era la situación.

            Antes de quedarme dormida con una sonrisa de satisfacción, recordé las veces que Joseba me tocaba la tripa mientras decía con orgullo, como si fuera el Sumo Hacedor: «Será un pichichi, un futbolista de primera, ya lo verás». Y por las patadas que daba cada vez que escuchaba a su padre vociferar un gol,  posiblemente acertaría. Sólo que no sería un, sino una. De momento, esa información me la guardaba para mí sola. Ya llegaría el momento de soltarla, ya.

16/6/18

DIVERSIDAD


Tomada de la red.



Él es un tigre. El Tigre, no Down como lo llama el cartero del barrio. Pero no ataca. Del ataque se encargan otros. Él defiende. «Defiende, tú defiende la portería», le dicen. Le repiten en cada partido. Y él pone cara de fiera. Frunce las cejas y mira con mirada de mala leche. También el cuerpo. El cuerpo es importante, insiste el entrenador. Le rodea la cintura por detrás y lo obliga a separar las piernas y a doblarse: la cabeza adelantada, la espalda en tensión, los brazos despegados del tronco y las manos con las palmas levantadas, como si estuvieran dispuestas a atacar, aunque él no tiene garras. Él se come las uñas. Pero sirven a la hora de parar un balón. Eso dice el entrenador. Sin embargo él se aburre de estar todo el tiempo así. Su equipo es muy bueno. Eso dicen. La defensa no deja pasar ni un balón. Ni el aire roza la red de la portería. Aunque nunca baja la guardia y cuando el árbitro pita el final del partido y se endereza y relaja, le duelen los riñones y los ojos de tanto otear la evolución del esférico por el campo, de vigilar el avance del equipo contrario. Se le pasa en el vestuario, cuando el masajista viene con sus manos de curandero y le hace unos mimos en la zona agarrotada y le echa un colirio fresquito en el lagrimal. Y así todos los partidos.
            Hoy ha ocurrido. Los tigres se han relajado. No creían que aquel león fuera a llegar muy lejos. Casi han sonreído a su paso. Y uno tras otro, lo han dejado que fuera avanzando con el esférico porque ya lo detendría alguno con un simple regate en el último momento. Momento que no ha llegado porque el jugador ha esquivado con maestría el intento de arrebatarle el balón un contrario. Durante una eternidad de estupor congelado, los jugadores de ambos equipos han visto al león plantado frente a la portería. Tigre ha tensado todos sus músculos preparándose al máximo. Los dos se han mirado con sus ojos oblicuos, reconociéndose como iguales y a la vez diferentes, y retándose. El atacante ha calculado por dónde podía colar el balón. El portero ha aguantado firme hasta que el otro ha golpeado con la punta de la bota el esférico que ha descrito una parábola para intentar entrar en la red por arriba. Tigre, haciendo caso omiso del entrenador, se ha estirado y con un salto de animal salvaje ha parado el balón antes de caer sobre la hierba.
            Finalizado el partido, los dos contrincantes han sido paseados a hombros de sus compañeros. Y antes de volver a casa, han celebrado su gran actuación compartiendo una pizza con mucho queso y un par de refrescos de naranja y limón.