17/4/21

DE ÁNGELES Y DEMONIOS. FINALISTA EL MES DE MARZO DEL CONCURSO DE RELATOS DE ABOGADOS

Tomada de la red

No he conocido a nadie más resiliente que tú, con excepción de Lucía. Siempre ponías el cuerpo para evitar un desahucio. Defendías un derecho constitucional aunque no supieras de leyes. Pan y techo, niña, pan y techo. Fuiste mi faro para elegir profesión y ponerla al servicio de los desposeídos por la avaricia. Pero hoy me siento derrotada. Construir una vivienda con material urbano: trozos de madera, bancos rotos, donde guarecerse de la lluvia y los amaneceres de hielo en esta ciudad deshumanizada, fue la prioridad de Lucía. Cualquier cosa le valía. Todo provisional hasta que yo consiguiera ganar el juicio contra el fondo buitre que la dejó en la calle con sus hijos. Anoche unos desalmados prendieron fuego a la chabola que ardió, con ellos dentro. Atrancaron la puerta por fuera. Una tea siniestra iluminando un cielo negro como hollín. Ahora los tienes de vecinos. Cuídalos bien, abuela.

7/4/21

MICRORRELATOS PUBLICADOS EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DEL PERIÓDICO INFOLIBRE




Tomada de la red


DE HÉROES Y VILLANOS

La abuela. Exquisita con el bastidor sobre el regazo, la aguja enhebrada entre índice y pulgar y el meñique levantado en una curva deliciosa. Desde la cancela que da al patio admiro la bella imagen, escucho el punzón horadando la tela, tensa y delicada como vejiga pulida de zambomba, saboreo, aún sin llenar mi boca, la canela del arroz con leche enfriándose en la cocina. La abuela es calma y ternura infinitas. A no ser por ese hedor en las manos que en vano intentó eliminar con jabón y agua. Yo huelo a capa ahumada y carne abrasada. Ella, a pólvora.


 

MIEDOS

Hace días que llueve sin parar. Sirimiri que empapa la tierra. Escuchamos cómo repica arriba. «El agua limpia, es hora de salir», ordena papá y empuja a mamá hacia la puerta. Ella retrocede. «Ve tú», se rebela. No ocurrirá como cuando entramos. Obedientes, sin chistar. Porque él tenía sus fuentes fidedignas, dijo. Lo sabía. Y acatamos su decisión como cabeza de familia. Incomunicados, a fuerza de aislamiento, nos ha dado por pensar. Mamá, Marianela y yo hablamos mucho, debatimos sobre cosas importantes como qué hacer para conseguir el mejor tomate del mundo y los beneficios de comerlo en abundancia en ensalada, gazpacho o salmorejo. Llegamos a conclusiones y acuerdos y lo escribimos todo. Papel y lápiz no nos faltan de momento. Papá no participa. Se va a un rincón, enfurruñado. Dice que nadie le hace caso. Que él es el padre y se merece un respeto. Dice esas cosas viejas. A veces llora. Yo creo que en el fondo, muy en el fondo, piensa que se equivocó. Hace tiempo que nosotras creemos que no hubo una explosión nuclear y que el aire no está envenenado. Pero hemos decidido que sea él el primero que salga y huela su primera rosa.


TRAS LA PUERTA

Todos los vecinos disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto. Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja hacer y sonríe con ternura.

Por la noche, cuando el ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan. Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música.


12/3/21

ROMPER AMARRAS

 



 Tomada de la red

Cuando ella nació llevaba marcado, sin hierro, pero doloroso e imborrable, el destino que le habían preparado como mujer. Su madre se lo comunicó en cuanto tuvo edad para hacer las faenas de una casa. Búscate un buen marido que te mantenga, le dijo, apenas brotaron los primeros signos de que estaba lista para formar una familia. Ella no tuvo que buscar nada. Él llamó a su puerta. Un hombre enviciado que pronto lo perdió todo jugándoselo a las cartas.

            El retorno al hogar de su infancia duró lo que tardaron en comerse entre madre, padrastro y hermanos los lomos en aceite, los jamones, tocinos, chorizos y morcillas de la matanza del cerdo que se llevó con ella en orzas y artesas. Vuelve con tu marido, le dijo la madre, que es con quien una mujer casada debe estar. Aquella devolución no era nada inhabitual para la época en una sociedad cerrada y tradicionalista como aquella; y menos en un pueblo. La mujer debía resignarse a lo que le había tocado. Sufrir en silencio.

            Pero ella no regresó jamás con él. Aceite y huevos. De ahí le vinieron los ingresos para sacar adelante al hijo y a la hija que le quedaron tras la muerte de otros dos. Se levantaba cuando aún el gallo no había cantado en los corrales. Envuelta en su pañoleta de luto perenne, armada de cesta y bidón, con sus alpargatas desgastadas, hacía el camino de su pueblo a otro más grande a pie, ida y vuelta nada más acabar de vender la mercancía. Veintidós kilómetros en total. Fue un ejemplo que siguieron otras mujeres, consiguiendo independencia económica como vendedoras, limpiadoras o cuidadoras por cuenta ajena, decididas a no aguantar maridos borrachos, jugadores y maltratadores. Mi abuela.

11/3/21

RECREACIONES EN PAÑUELO DE ENCAJE. MICRORRELATO INCLUIDO EN EL RECOPILATORIO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE LAS CUENCAS MINERAS

 

Me siento bien. Abro la puerta y salgo al rellano. La señora Lucía me saluda con la mano desde el fondo del pasillo. Le pregunto qué tal está y ella desaparece tras la puerta de su apartamento sin contestarme. Mientras espero al ascensor intento recordar a qué he salido. Voy a por pan. La calle está solitaria y mojada. Han baldeado. Corre una brisa agradable. En la panadería huele a miga y corteza calientes. A mi madre la enfadaba mi costumbre de comerme un pico de la barra antes de llegar a casa. Siento el pescozón como si me lo diera allí mismo. Ese trocito de pan era como un beso robado. Mi madre cantando el Garrotín mientras pedalea en la Sínger. Vuelvo con la barra debajo del brazo.  Entro en el portal. No hay nadie en la portería. El motor del ascensor hace un ruido muy desagradable. Le cuesta subir. En el segundo se ahoga. Tose. En el cuarto hace amagos de pararse. ¡Ahora no!, quiero gritar, pero no me sale la voz. Cuesta respirar dentro. Falta aire en esta caja cerrada. Sobreviviré de Gloria Gaynor se cuelga del recuerdo de Mario, su risa en el garaje de Rafa, el primer cubata, un beso en el pelo mientras bailábamos. Mario, mi Mario. Unos centímetros más bajo que yo. Mario, mi Mario. El ascensor se detiene. Alivio de soplo de oxígeno. Entro en mi casa. Estoy sola. Sola. Sudo. Hace mucho calor. Abro la ventana. Me siento en mi sillón. La televisión me mira con su túnel rectangular negro, negro. Las paredes. Tengo que pintar las paredes. La del comedor, salmón clarito, mi color preferido. Nuestra habitación, amarillo pálido. La de las niñas azul cielo. El baño, puede que gris humo. La cocina, marfil…

Llega. Se está acercando. Una extraterrestre. Me reiría. La risa, que todo lo cura, ahora duele como si ardiera y me abrasara por dentro. Que cómo estoy, dice. No sé. Estoy, Ella me trae ánimos. La última radiografía, mejor que la anterior. Se va a recuperar, ya lo verá. Yo cabeceo un poco. Ahora van a darme la vuelta, me avisa. Bocabajo respiro mejor. Pero no digo nada. Tienen que hacer no sé qué cosa. Yo hoy he salido a comprar el pan. Mañana comenzaré a pintar mi casa, empezando por la salita de televisión donde tantas noches leemos Mario y yo. Su color será verde esperanza. Violeta Parra entra y da las Gracias a la vida.                 

10/3/21

UNA ENTRE TODOS. FINALISTA DEL CONCURSO SOBRE HISTORIAS DE PIONERAS CONVOCADO POR ZENDA

Tomada de la red

Hay un alboroto de jóvenes acercándose a la puerta. Ríen y saltan, excitados. Ella contiene el temblor de sus manos abrazando los libros contra su pecho. Dentro bailan las letras, se reúnen en danzas de palabras que engarzan párrafos. Las comas, los puntos y comas, las comillas, los puntos y los puntos y aparte. Grandes familias de relatos que guardan los conocimientos como tesoros en sus páginas. Y los números se suman y restan, se descomponen, despejan incógnitas, dan sentido al universo, se ordenan y desordenan. Camina despacio, aunque tiene hambre de saber. Ganas de llegar a las aulas. Pero también de sentir sus pasos en la mañana aún fresca, el batir de alas de algunas palomas, su zureo en el alféizar de los ventanales, entre cornisas y estatuillas, entre escudos y frases en latín. «Conserva celosamente tu derecho a reflexionar, porque incluso el hecho de pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto», recuerda a Hipatia de Alejandría mientras avanza un pie y luego el otro, amordazados en zapatos de hermano.

            Pasa una mano por la cabeza y siente las puntas como pajas pequeñas. Por un momento echa en falta su pelo largo. Al cruzar el umbral baja la vista, los ojos húmedos por la emoción. Y siente agradecimiento hacia su abuela, la loca bruja que le enseñó las letras bajo las llamas del candil, que supo desde mucho antes que ella misma, que lavar ropa en el agua helada del río, cocinar en el caldero para todos sus hermanos, ser criada y no señora de sí misma, no era futuro para su nieta.


17/1/21

LA HUELLA

 


 

Tomada de la red

El último curso de Primaria tuve a una profesora que aunaba fantasía, ensoñación y amor por la lengua con una dosis de evasión y alta valoración de sí misma. Combinación que, en mi caso, consiguió que saliera de mi letargo de niña que aprende la lección y hace bien los deberes y entrara en el mundo de la imaginación.

            Era una mujer que lucía una rebeca azul de punto con los bordes deshilachados de las mangas como si fuera una prenda de alta costura. Tenía estilo. Su cuerpo flexible se alzaba sobre unos pies que caminaban como si fuera siempre de puntillas. Casi nunca la oíamos llegar, parecía como si levitara. Su risa, en cambio, era desgarrada y estridente.

            No usaba la palmeta, ni pegaba, aunque podía ser cruel en sus comentarios generales, por los que yo nunca me sentía aludida. Fueron escasas las ocasiones en que se enfadó conmigo, mostrando su cara menos amable y más despectiva. Yo me quedaba con lo mejor de ella.

            Una tarde aburrida de bordados y bastidor trajo un tocadiscos y nos puso un vinilo de Salvatore Adamo. Ocurrió una sola vez. Sospecho que a alguna madre aquello no le pareció instructivo y dio la correspondiente queja. Otras veces nos hablaba de películas que había disfrutado en cines de ciudades que visitaba y que nosotras tardaríamos en ver. Las llevarían al pueblo después de que pasaran años de su estreno.

            Cuando llegaba la primavera solía quedarse ensimismada más a menudo. Yo me preguntaba qué estaría pensando. A veces soltaba las manos enlazadas debajo de la barbilla, se levantaba de su sillón, daba la vuelta a la mesa, se apoyaba con ellas en el borde, afianzaba un poco el cuerpo en el tablero, nos miraba con ojos soñadores y nos hablaba del viaje que tenía proyectado hacer ese año y de que solo le faltaba por conocer de España un trocito de la cornisa cantábrica. Daba algunos brochazos de color de los lugares que había visitado: sus bailes, los platos típicos, sus maravillosas iglesias y catedrales, antes de mirar su reloj de pulsera y dar unas palmadas mientras anunciaba la hora del recreo o nos mandaba a casa.

            Ocurría de vez en cuando y era como si estuviera en estado de gracia. Ninguna otra maestra lo hacía ni lo había hecho nunca. Después de unos ejercicios de Lengua que era la asignatura que a ella y a mí nos gustaba, iba a la pizarra, los borraba todos, y, en letra bien grande escribía: Redacción libre. Podíamos aburrirnos, crear, soñar, hacer, en definitiva, lo que nos diera la gana. Éramos libres.

            Unos años después de acabar el curso me fui del pueblo. La veía cuando yo regresaba en verano a pasar unos días. Nos saludábamos con las palabras convencionales e insulsas del cómo estás y poco más. Excepto en una ocasión. Una de las dos estaba sentada en la terraza de un bar y la otra se acercó. Creo que fue mi compañero el que le habló de alguno de mis relatos y entonces ella dijo: No guardo ningún escrito. Con la excepción de una carta de un obispo y un cuento tuyo. No supo decirme de qué trataba el cuento, aunque sí que estaba escrito a lápiz y en una hoja de un cuaderno de dos rayas. Ella murió hace unos años. Supongo que el escrito no sobrevivió. Me dejó la afición por la escritura.

14/1/21

ÚLTIMAS TARDES DE ESCUELA

 

                                  

Tomada de la red

 

 Al lado del encerado de mi clase, había un globo terráqueo que mi maestra giraba con la mano, durante las tardes de calor, poco antes de las vacaciones estivales. Señalaba con el dedo índice algún lugar del mundo mientras evocaba su último viaje de verano. Yo bordaba una sábana de su ajuar con interminables ramilletes de flores, bodoques, y filtiré. Mientras la aguja perforaba la tensión de la tela en el bastidor, arriba y abajo, arriba y abajo, me unía a su evocación, y la escuela, los pupitres y los bancos de bordar, se convertían en una cocina de Islandia, en unos jardines de París, en un salón de Austria o en un canal de Venecia. Dos minutos antes de acabar la clase, ella siempre volvía a Medina Azahara, a sus fuentes, a sus arcos, a sus colores y a su luz. Y yo con ella.

           

2/1/21

LA FAMILIA Y OTRAS ADVERSIDADES

 


Tomada de la red

Toda la familia metió baza en mi divorcio. Entraban y salían de casa cualquier día y a cualquier hora. Fue una separación sin duelo y con muchos dolores de cabeza. Yo andaba de los nervios con tanto trasiego familiar. Ni un respiro. Ni una lágrima. Por las noches caía reventada en la cama. Roque durmió en el sofá hasta que no pudo soportar más tanta presión. ¿Qué hace este tío aquí?, me sacaba del sueño mi hermana Rosalía, a los pies de la cama. ¡Puerta!, gritaba mi madre mientras le daba un capirotazo cuando lo encontraba desayunando en la cocina. Yo por mi sobrina soy capaz de cualquier cosa, le masticaba cada palabra mi tía Dolores. Cualquier cosa, ¿comprendes? El acoso continuo precipitó la separación. Roque se fue, dando un portazo, con cuatro cosas en una maleta y un ¡menuda familia de sicópatas! Y entonces comenzaron a cercarme. Que si hoy vienes a mi casa a comer.  Que si lo importante es que estés acompañada, máxime en estas fechas navideñas. Un horror solo pensar en corderos asados, langostinos y turrones en torno a la mesa y con la familia al pleno poniendo verde a Roque y preguntándome a cada minuto cómo lo llevaba. Lo que yo quería era estar sola. Lejos, lo más lejos posible.

Visité agencias de viaje, miré por Internet. Una isla en medio de ninguna parte. Agua y agua. Sol y más sol. Daiquiris con sombrillita, panza arriba en una playa. La encontré. Por supuesto no dije ni mu a nadie de la familia. Ni siquiera a la pequeña Berta, que apenas era capaz de pronunciar dos frases seguidas. Lo preparé todo en secreto. Saqué mis biquinis, mis pareos, mis chanclas. Todo mi ajuar veraniego cabía en una bolsa pequeña de viaje. Y llegó el día señalado.  El vuelo era de madrugada. Por si acaso se le ocurría a alguien presentarse por sorpresa y chafarme los planes, como era habitual, les dije que pasaría la noche con mi amiga Merche a quien avisé de que no soltara prenda en caso de que llamaran y que dijera que estaba durmiendo. Ella creía que tenía una cita a ciegas. Nadie, excepto yo, sabría a donde iba.

La isla era un paraíso. Ni en sueños pude imaginar un lugar así. El hotel, con sus cabañas individuales y sus pasarelas al mar, una maravilla. Tranquilidad total. Un puñado exquisito de personas simpáticas y, a la vez, discretas se movían de un lado para otro como si levitaran, hablando casi en susurros. Se veía a las claras que habían ido a buscar paz y tranquilidad como yo.

Debí suponer que algo pasaba cuando el personal, atento y solícito en todo momento, sonreía a todas horas, cruzaban miradas cómplices entre la recepcionista y el gerente cada vez que me acercaba a preguntar algo y los camareros me miraban y movían la cabeza con gestos afirmativos y satisfechos.

La paz, la tranquilidad, el sonido impagable del mar golpeando los pilares de mi cabaña, duró un pispás. El día de Nochebuena me despertó un gran alboroto fuera. ¡Vaya, qué bonito! ¡Qué bien se lo ha montado la nena! ¡Lujazo! Aquí vamos a estar en la gloria. ¡En la gloria! Comentarios y risas. Mi familia al completo.

Mi cuñado Miguel, el informático, había hackeado mi ordenador. Y, por si no bastaba, contrataron a un detective para que me siguiera a todas partes. Compréndelo, nena, estábamos preocupados por ti. Queríamos saber que estabas bien. Además que llevabas unos días rarita, se excusó mamá.

Hubo asado, gambas, langostinos, turrones, piña y muchos cócteles, ¡cócteles a toneladas! ¿Cómo si no iba a poder aguantar aquellas navidades en familia? Y con una selección de villancicos que se repetían sin parar para que la pequeña Berta estuviera contenta y no echara de menos la música de los centros comerciales. Acabé llorando el día de Noche Vieja. Una llorera imparable que salaba los erizos, cortesía del hotel. Toda mi familia sonreía satisfecha. La emoción, decían, por sentirse tan querida y arropada. Natural. La familia nunca falla, repetían como un mantra. ¿Qué más podía pasar? Recibíamos el nuevo año viendo amanecer en la pasarela, cuando se levantó en el horizonte la gran, la inconmensurable, la madre del cordero de todas las olas.

26/12/20

DE AZÚCAR Y ALMENDRA

 

Tomada de la red


El señor Matías es el mejor maestro pastelero del mundo. De sus manos brotan, como por arte de magia, las mejores creaciones con que puedas soñar. Una caracola, no es una caracola, es una casita habitada, brillante y dulce, que da pena comerse, pero que acaba desapareciendo de la cocina. Un cuernecillo que arrancan los dedos del bebé, un pellizco de papá en una esquina … Bambas con formas como ostras y perlas de chocolate puro; troncos con ojos y boca que cagan garrapiñadas; peces con escamas brillantes de colores; angelitas con fuego de merengue en sus alas y caramelo rojo y amarillo como llamas redentoras en espadas doradas.

Con todo, lo mejor del señor Matías son sus figuras de mazapán. Todos los años expone sus creaciones en el escaparate de su pastelería: el mejor espectáculo para personas de diferentes edades. A veces, niñas y niños nos damos empellones, agolpados en la acera, por coger un sitio preferente desde donde poder ver bien, y tiene que salir él a poner orden. Reproduce escenas del barrio con mujeres, hombres, niños y animales de mazapán con el detalle y la exactitud del orfebre moldeando el hierro. Solo que él lo hace con amores de almendra molida, azúcar, agua, clara de huevo y horno de leña.  Viste sus figuras con abrigos, gorros y botas hechos con hojaldres, galletas y tejas finísimas. Y siempre, siempre, está su hijo, con la misma edad, asomando detrás de un pozo, o un árbol, escondido pero muy presente.

A la señora Aurora, con la salud delicada que aconsejaba prudencia, fue a quien se le ocurrió. El señor Matías aceptó el encargo y puso un gran cartel ofreciendo sus servicios para quien quisiera seguir los pasos de la señora Aurora. A todas las personas de nuestro barrio nos pareció una buena idea. La campanilla de la puerta de la pastelería estuvo sonando a diario, con las entradas y salidas de la vecindad, durante todo el mes de octubre, noviembre y parte de diciembre. Un tintineo que se colaba por las ventanas y nos alegraba la vida.

Este año se ha superado. El señor Matías ha hecho la exposición más bonita y espectacular de toda su historia. Familiares y allegados de cada vivienda llenaron el escaparate con ampliaciones que tuvo que ir añadiendo para la ocasión y que acabaron ocupando toda la pastelería. Para el veinticuatro cada cual fue retirando su pedido y llevándoselo a su casa.

Estas navidades, tíos, sobrinos, primos, cuñados, abuelos, nietos y vecinos solitarios nos han acompañado como siempre, aunque de otra manera: sentados alrededor de una mesa más pequeña, en sus sillitas de azúcar y almendra. Y sí, lo confieso, no ha sido el bebé, he sido yo quien se ha zampado de un bocado media boina del tío Alberto. 

12/12/20

TU TU TESHCOTE. RELATO INCLUIDO EN LA XIV ANTOLOGÍA PREMIO OROLA

 

Tomada de la red

Ameyatzin apapacha a Nelli entre sus brazos. La consuela en lengua náhuatl mientras acerca su cabecita al pecho materno. La niña busca con su boquita de hambre la mora de donde mana la leche. La madre la mira, la dirige, la ayuda. ¡Es tan pequeña! Piel, con piel. Piel oscura que da calor, que acoge. Bálsamo y terciopelo para la piel delicada de bebé. Ameyatzin ama a su hija. Acaricia su frente perlada de sudor. Lejos queda aquel pálpito extraño, aquel rencor que a punto estuvo de acabar con su vida. Aquel mal deseo de que su alma viajara a la casa del sol. No quiere ir a ningún lado que no sea con Nelli, su niña blanquita porque Chiconahui bendijo el mestizaje. Succiona su bebé cada vez con menos gana. Ahíta y reposada. Escurre la mano que tocaba el pecho, aletean sus párpados como hojas tiernas.  Ameyatzin la arrulla con su canción de cuna. Respira acompasada la carne de su carne, la sangre de su sangre. Cierra sus ojitos, se va durmiendo.

19/10/20

MICRORRELATOS INCLUIDOS EN MI PARTICIPACIÓN EN EL BLOG «NOSOTRAS CONTAMOS»




 EL PODER DE LAS PALABRAS

Sabíamos que el peligro acechaba en comidas y cenas. Todos conocíamos cuáles eran las palabras prohibidas y qué consecuencias traería pronunciarlas. La nuestra era una familia normal. Con nuestros más y nuestros menos, ninguno faltaba alrededor de la mesa. Comíamos en silencio, masticando cada bocado con una paciencia infinita. Concentrados en la tarea de pinchar y cortar, la cabeza gacha, mirando al plato. No dejábamos ni una miga, ni un recorte, nada. Se despertaba en nosotros una voracidad extrema. Nos habíamos propuesto no hablar para evitar deslices y tentaciones. Porque el hambre venía acompañada de otros apetitos atroces.

Fue un descuido de mamá, seguro. O tal vez es que estaba harta de todo. Quién sabe. Pero que no pesara y midiera bien aquellos filetes desató la tragedia. Y con el te odio repetido como puñales, dejamos un número incontable de cuchilladas en el pecho que tan bien nos había alimentado cuando éramos bebés.

EN MIS MANOS

A pesar de la cara machacada por los golpes y la sangre borboteando como un geiser de la herida de la cabeza, lo reconocí al instante. Estaba siendo una noche agotadora tras lo ocurrido durante aquel concierto; todos estábamos exhaustos. Así las cosas, el protocolo era mero papel mojado a esa hora lindante con el amanecer, cuando la riada humana se había cortado dándonos una tregua. Miré hacia el pasillo: parecía la piel muerta de una culebra. Ni un alma. Algunos estarían recostados en cualquier rincón, otros moverían el palito de plástico blanco dentro de un brebaje negro que simulaba café. En el cielo se aclaraba poco a poco la línea cortada de los edificios. Escuché los ronquidos de la agonía. Lo dejé morir. Luego empujé la camilla por Urgencias. Crimen fue lo que hizo aquel desalmado con mi niña.

DESCARTE

María gira la llave, empuja la hoja de madera y se detiene unos segundos. Le gusta el silencio. Pisos vacíos, muertes recientes. Entra y cierra con un pie. Retumba el portazo. Pinza en el pelo y guantes de goma. Comienza por el cuarto de baño. El fallecido dejó medio rollo de papel higiénico marca el Elefante. Lo saca de la espiga y lo guarda en su bolsa. No están los tiempos para hacer ascos a nada. Limpia bien los sanitarios con lejía. La lejía desinfecta. Aunque el óxido de la bañera se quedará para siempre. Sigue por la cocina. Encuentra un desatascador de goma cuarteada debajo de la pila de cerámica desportillada. Se lo lleva. Le sigue el salón sin muebles, con media cortina raída. La. descuelga, le sacude el polvo y la dobla. Se la queda. Servirá para algo. Por último, la habitación del difunto. En el suelo hay un lápiz carcomido por dientes voraces. Lo echa en el bolsillo de su bata. Pasa el aspirador. Comienza a fregar el suelo. La detiene un ruido de gato arañando que procede del armario. Abre. Una niña depauperada le echa los brazos. La llama mamá. Ella hace cálculos. Costaría mucho mantenerla. La devuelve al fondo del armario. Cierra. Termina de fregar. Sale.


https://nosotrasqueescribimos.blogspot.com/2020/10/lola-sanabria-escribo-para-liberar-los.html?spref=fb&fbclid=IwAR2aX8U5DSAgKfkWNSiRQwVvFWMaiOTbuvIptJCVoeh57Nsw5P5D5mYDQ2Q

18/10/20

CUARTO GANADOR DEL X CONCURSO DE MICRORRELATOS DE RADIO LANZAROTE- ONDA CERO DEDICADO A LOS CENTROS TURÍSTICOS





ADIÓS

Elegiste el lugar equivocado. Entre tantos cactus, tú eras el patito feo, el más espinoso, el desabrido y hueco, sin nada dentro que ofrecer. Y vienes con la cabeza gacha, haciendo como si estuvieras profundamente afectado para decirme que te den Florita, que te den. Ya, que no ocurrió así, que te echaste la culpa de la fechoría con tu afán protagonista de siempre. Fue lo que más me indignó. Un nublado en mi cabeza y ahí te quedas, con un buen golpe, desnucado y enterrado en el Jardín de cactus, abonando el terreno, como alimento de plantas, Casimiro.

 https://www.lavozdelanzarote.com/actualidad/cultura/concurso-microrrelatos-radio-lanzarote-dedicado-centros-turisticos-ya-tiene-ganadores_201736_102.html

14/10/20

VELATORIO

 

Tomada de la red

Cuando el abuelo bajaba las escaleras del doblado, en el segundo peldaño sus manos soltaron el melón que había ido a buscar. Rodó hasta los pies de mamá, que preparaba, conmigo de pinche, pollo con arroz en la cocina, y se abrió dejando a la vista un vientre con pepitas amarillas enramadas en hilos dulces de color calabaza. Detrás llegó él como otra fruta caída, con una brecha en la frente y tieso como la mojama.

El abuelo Indalecio contaba los mejores chascarrillos del mundo. También los relatos más escalofriantes. De aparecidos en caminos enfangados o polvorientos. Muertes con historias detrás de rencores y ajustes de cuentas. Épicas. No como la suya. Yo quería mucho al abuelo y aquel anciano metido en un traje gris y zapatos negros, con la piel de cera y el semblante impasible no era él, siempre tan dicharachero y ocurrente. Lo miré de reojo, atenta a la oscilación de las llamas de los cirios que habían colocado en cada esquina del ataúd abierto. Las ancianas lo rodeaban. Comentaban lo bien amortajado que estaba, lo mucho que echaría de menos en la otra vida sus cercas y la siembra de hortalizas, melones y sandías.

La noche había caído en las calles. Cuando llegó el olor del aceite de oliva y las patatas haciéndose para la tortilla de la cena, los hombres que hablaban en voz baja de cosechas y ganado en el zaguán y en el patio fueron abandonando la casa después de dar el pésame a mamá y el tito Manuel, muy lúgubres los dos, enlutada ella y él con su brazalete negro en la manga de la camisa. Estaban sentados alrededor de la mesa camilla que habían colocado en el comedor que nunca usábamos, cerca de la chimenea siempre apagada. Los acompañaban las vecinas más jóvenes, de la edad de mi madre, la Remedios con el niño sobre el regazo. Me senté a un lado, algo retirada. De vez en cuando a mamá se le hinchaba el pecho con un suspiro hondo. El tito Manuel miraba a cada rato el péndulo de cobre del reloj de pared que marcaba el paso del tiempo. Se levantó a medianoche de la silla. Tenía que madrugar, las ovejas no sabían de desgracias, dijo. Las llevaría a pastar y las encerraría pronto en el cercado para asistir al funeral y el entierro. Después de él se fue la Remedios, con el hijo dormido en sus brazos, y otras mujeres que habían tenido menos trato con mamá. Las ancianas siguieron velando al abuelo en su cuarto, como si hubieran nacido para eso y no las doblegara el cansancio.

La Herminia era como de la familia. La confidente de mi madre. Su paño de lágrimas cuando mi padre se fue a la vendimia de Francia y nunca regresó. Estiraba las eses. como siseo de serpiente, cada vez que le cortaba un traje a essssse desssgraciado que, ssseguro, ssse había liado con una franchuta de essssas. Tenía confianza para levantarse y decir que haría café para todo el mundo menos para mamá. A ella le volvió a llenar el vaso con agua de azahar antes de mover su ligereza de alpargatas y huesos livianos hacia la cocina. Pronto se llenó la casa con el olor intenso de los granos tostados y triturados por el molinillo, borboteando en el puchero.

Después del ajetreo, el sonido de las cucharillas en las tazas y los comentarios en torno al café, se hizo un silencio espeso, apenas roto por el crujido de una silla de anea, una tos, o un suspiro con el consabido no somos nadie. Pasaron las horas. Alguna dio una cabezada. Pura, hija, espabila o vete a dormir, la regañó la Hortensia.

No debió de haber en ese momento ni un solo sonido porque todas lo escuchamos con claridad. Venía del cuarto donde yacía de cuerpo presente el abuelo. Un silbido largo como el que salía de las hojas de aligustre que doblábamos como barquillos para hacer pitos y soplábamos con la boca fruncida. Hubo un sobresalto general. Nos miramos unas a otras, desconcertadas, sin saber en principio de qué se trataba. Con el segundo supimos lo que estaba pasando porque ya no era ese hilo fino y agudo sino un ruido de gran ventosidad.

Nos llegó la voz de la partera que no faltaba ni a un parto ni a un velatorio. Yo los traigo al mundo, yo los veo partir, decía. ¡Ha sido el muerto!, gritó. Fui al cuarto corriendo por si mi abuelo había resucitado. Pero seguía igual de quieto y digno. Puede pasar, suele ocurrir, me informó la comadrona. Son gases que encuentran el camino de salida… ¡Las coles de ayer!, chilló mi madre. Y entonces se escuchó la primera risa sofocada. La segunda más abierta. Y así, entre hipidos y peticiones de perdón a mi madre, se fueron uniendo todas en un coro de carcajadas que arrastró a las más reacias. ¡Ay, joías!, dijo mi madre. Y se unió a las risas. Supongo que los nervios le jugaron una mala pasada.

A mamá le dio una crisis nerviosa. No podía dejar de reír. Tampoco de llorar. En esas condiciones, el tito Manuel (a quien mandaron recado de que volviera) y la Hortensia decidieron que era mejor que no saliera de casa. Le dieron unas pastillas que trajo la partera. Esto tumba a un caballo, aseguró. Mamá no asistió al funeral ni al entierro del abuelo. Pasó todo un día y una noche durmiendo.

Mira lo que me hicieron. No pude despedirme de ti, se quejaba mi madre entre sollozos, muy compungida, cada vez que iba al cementerio a llevarle flores al abuelo. A veces la tomaba conmigo: Tenías que haber hecho algo. Pero no sabía explicar el qué. Algo. Algo. Algo, repetía con rabia. Yo lloriqueaba y ella se apiadaba. ¡Qué podías hacer tú si eras una cría! A su hermano, a la Herminia y a la comadrona les retiró la palabra y nunca los perdonó.

 


6/10/20

EL CEBO

 


 

Tomada de la red

     Era la hija de un guardia civil que trasladaron al pueblo. En cuanto llegó, tuvo una corte de admiradores. No era guapa pero tenía la piel suave y el vello del melocotón. El pelo y los ojos eran muy negros y lucía, con sonrisas y carcajadas, el rojo cereza de los labios, la lengua y las encías. Cuando no estaba la maestra, se quitaba la blusa y se quedaba con una camiseta de tirantes bordeada por una puntilla de encaje. Lo hacía con gracia, mostrando las pequeñas elevaciones de dos tetas incipientes, a los chicos que se acercaban a la ventana. Leía a Corín Tellado y decía cosas muy cursis que se derretían en el calor de su boca. Dejaba a los chicos a cierta distancia, como si hubiera hecho una raya imaginaria, y jugaba a calentarlos y enfriarlos alternativamente y así los mantenía, entre las brasas y el hielo de su capricho.

Toñín vivía a las afueras del pueblo, distanciado del hervidero de pasiones que brotaban cada primavera. Ella lo descubrió un domingo, de guapo, sorbiendo un polo de limón sentado en un banco de la plaza del Ayuntamiento. Pasó cerca y se dio cuenta de que él no la miró. Volvió de la heladería, con un cucurucho de vainilla, y vio de reojo que él observaba el vuelo de las primeras golondrinas. Se paró, dejó que el helado resbalara hasta la blusa, manchando de amarillo un canal incipiente, y le alargó la mano. Toñín cogió las puntas de los dedos, apenas rozándolos, luego desvió la atención a la cigüeña que reparaba el nido que dejó la primavera anterior en el campanario de la iglesia.

Desde aquel primer encuentro, ella lo buscaba en el patio de la escuela y en las calles del pueblo mientras él seguía mirando al cielo y recitando: «Cigüeña, patas de leña, pico de alambre, que tienes a tus hijos muertos de hambre».

Una tarde de domingo entibiada por la primera tormenta de verano, cuando él lamía su polo de limón, llegó ella balanceando en su mano derecha una pequeña jaula dorada. Dentro, un pajarillo medía a pasitos su celda mientras soltaba algún trino a la espesura del aire. Toñín lo siguió con la mirada y cuando ella dobló la primera esquina y sus ojos no alcanzaban a verlo, se levantó del banco y se fue detrás, hasta donde ella quiso llevarlo.

21/9/20

INFANCIA ROBADA. RELATO PUBLICADO EN LA ANTOLOGÍA DEL PREMIO OROLA DE 2019

 

Tomada de la red

Cuando Susan me sacó de allí no sentí nada. Quizás algo de irritación. Sólo eso. Ahora me paseo por las calles y mis pies no tocan la rugosidad de una rama, ni el cosquilleo de las hojas. Tampoco el asfalto, ni las aceras. Mis pies vestidos. Mi pecho abrigado, mis rodillas cubiertas. Mis cicatrices ocultas por ropas suaves. Y sin embargo aún duelen como si un puñado de brasas se hubiera quedado a vivir bajo la piel, anidado ahí para siempre.

      Todavía huele a pelo chamuscado, a pesar del queso fundido sobre la hamburguesa. Huele a orfandad en mis pesadillas. Levanto la cabeza y miro al cielo, tan azul, tan limpio. Quizá pase una bandada de pájaros. El ruido de un motor se mezcla con los alaridos, con el fogonazo abrasador. Arde el universo entero. Siento la ropa pegada a la piel. Y sobre todo el olor, ese olor a carne quemada que llevo dentro donde quiera que vaya. Mi propio olor.

     Amanece. Entra Susan en mi habitación y me acaricia mientras me promete que llegará un día con olor a lluvia y sabor a chocolate. Llegará la noche blanca, sin pesadillas. Duermo.

UN GRANO DE CENTENO. FINALISTA DE AGOSTO DEL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

 

Fotografía tomada de la red

'A menos que enseñemos a los niños la Paz, alguien más les enseñará la Violencia' (Colman McCarthy).

El guiso se hace en la cazuela. Samuel quiere cooperar. Le pido el orégano. Abre la puerta del armarito, coloca en fila los botecitos de especias y los pone a pelear. Busco instintivamente la alianza en mi dedo. La perdí con Antoine, lo mismo que mi trabajo como abogada especialista en derecho internacional. Ayudar a  ONG a rescatar a los niños de un infierno. Ese era el trato. No implicarme personalmente. Pero la solidaridad y el apoyo no siempre los protegía a todos. A aquel niño no pude dejarlo atrás. Un caso difícil, mucho. Tenía la mirada dura de los que les han arrancado la infancia de cuajo. Se aferraba al fusil. Sacarlo de allí y fortalecer el músculo del amor se convirtió en mi prioridad y el mayor reto de mi vida.

21/7/20

EL DESPERTAR DE LOS NIÑOS DORMIDOS


Niños Jugando En El Agua Silueta Fotos, Retratos, Imágenes Y ...
Tomada de la red

Este año se ha puesto de moda veranear en el Lago de Los Niños Dormidos. Los más pudientes corren a hacer sus reservas para un mes; los de menor fortuna se conforman con unos días. Los precios se dispararon cuando se corrió la voz sobre las propiedades inmunológicas y curativas de sus aguas. Todos regresan con un aspecto muy saludable y energías renovadas.  
La historia de cómo se formó el Lago es harto conocida por todo el mundo. Como consecuencia del aumento de grados de temperatura con el cambio climático, toneladas de nieve derretida se precipitaron desde las cimas de las montañas y anegaron un campamento de verano para menores inmigrantes. Niños sumergidos y nadie que los reclamara. Niños enterrados en papeles. Que si tú, que si yo, ningún organismo oficial los sacaba. Están felices ahí, decían unos. Se les escucha jugar, decían los más fantasiosos. No hay prisa, apostillaban otros.
No se sabe quiénes fueron los primeros en proclamar los efectos del baño. Unos y otras dicen que cuando se sumergen en el Lago, los niños despiertan, suben hasta los pies de los bañistas, les hacen cosquillas, ríen y sus salivas curativas se mezclan con las aguas. Eso dicen. Y todos regresan con mucho brío, sin mascarillas, sin distancia de seguridad. Con la insolencia del rebaño, aseguran que ahora sí que sí, son inmortales.

16/7/20

LA SOLEDAD DE LAS SUPERVIVIENTES

Suzane Valverde (a la izquierda) abraza a su madre Carmelita Valverde, de 85 años, a través de una cortina de plástico en una residencia de ancianos en São Paulo (Brasil).
Tomada de la red
          
A mi vecina Ángela la golpeó la misma desgracia que a mí. Esta terrible pandemia con la que convivimos, desde hace tanto que ya ni me acuerdo de sus inicios, nos arrebató a nuestros maridos. Ambas caímos en el desaliento y el abandono. Nos movíamos como pavesas que se desbaratan con un soplo de aire. Coincidíamos de vez en cuando en el rellano, esperando al ascensor, o en el portal. ¿Cómo estás?, decía una. Y la otra contestaba: Sobreviviendo.  De vez en cuando algún comentario sobre cifras y esperanzas renovadas en vacunas eficaces. Eso era todo.
Un día, cuando regresaba de dar mi paseo obligatorio por prescripción de mi médico, la vi venir de frente del brazo de su flamante compañero. Lucía un vestido de flores, zapatos de tacón medio, el pelo recogido con una peineta de carey, dos rayas y color en los párpados y una mascarilla estampada de besos. Estaba radiante, con una vitalidad nueva. Hablaba por los codos. Él la escuchaba con una bonita sonrisa. Se detuvo al verme y me lo presentó. Lo estuve mirando con curiosidad. Tenía un físico y una voz agradables. Antes de despedirnos ella me dio el folleto. No sigas sola, que es muy duro, mírame a mí, he recuperado las ganas de vivir, la alegría.  Haz ese viaje.
      Después de cenar estuve mirando el folleto. Edificio con estilo, en azul cobalto, salones de exposición, pasarelas, pistas de baile, restaurantes, cafeterías, terrazas, spas, salas de juegos y una playa inmensa de arena dorada y fina, con hamacas, sombrillas, mesitas y palmeras. Nada que perder, excepto el dinero enmoheciendo en el banco. Hacía tanto tiempo que no salía de la ciudad, tanto que no me iba de vacaciones, que casi había olvidado el placer de bañarme en el mar, pasear por las noches con la luna haciendo caminos de luz en la negrura del agua, escuchar el siseo de las olas muriendo a los pies, llevar en las manos las sandalias y disfrutar de la brisa con olor y sabor a sal y algas. La pandemia se llevó a tantos seres queridos, que nos dejó un miedo endémico al contagio. Era el momento de cambiar el paso.
        El primer día mi facilitadora me enseñó las instalaciones y me entregó un cuadernillo con todas las actividades programadas, los tiempos libres, los horarios de comidas y cenas, y, lo más importante, el pase nocturno. Estaba todo calculado para que la estancia fuera un sueño hecho realidad y, después de quince días, regresaras a casa con algo nuevo que diera color a la vida.
        Se llamaba Dakari y además de la belleza de Sidney Poitier En el calor de la noche, tenía el encanto de Denzel Washington en Déjà vu y una bonita sonrisa que mostraba una hilera de dientes perfectos y blancos como leche. Pero lo que más me gustó de él fue su sentido del humor. Hacía tanto que no reía que cuando me escuché tuve un pequeño sobresalto, como si la risa fuera de otra persona. Con el paso de los días él se incorporó con naturalidad a mi vida.  Vigilaba mi baño desde la orilla. Me esperaba a la salida del agua y me secaba con la toalla. Untaba mi cuerpo con crema. Movía la sombrilla para que me protegiera de un sol que antes era fuente de vida y los humanos habíamos convertido en un peligro para nuestra salud. A un gesto mínimo entendía que era el momento perfecto para el aperitivo. En seguida tuvo claro cuáles eran mis deseos y estaba presto a conseguirlos y darme gusto en todo. Era el hombre perfecto. Tanto que debió darse cuenta de que añoraba algo de las imperfecciones de Nacho, mi marido, y un día, mientras bailábamos en el saloncito exclusivo para los dos, me dio un pequeño pisotón. Me reí con ganas. También cuando intentó solapar, sin éxito, la voz del cantante cuya música sonaba.
        A Dakari lo disfruté mucho durante los quince días que lo tuve a prueba. Era fantástico. El compañero ideal. Pero no era para mí. Así se lo dije a la facilitadora. Puso cara de sorpresa. Quiso saber qué razón tenía para devolverlo. Aseguró que era la primera vez que ocurría. Si había algún fallo, seguro que se podría subsanar. ¡No, claro que no! Es estupendo durante todo el día, y me ha devuelto las ganas de gozar con nuevos viajes y experiencias, a no tenerle miedo a la vida, pero no me acostumbro, y dudo mucho que pudiera acostumbrarme nunca, a verlo todas las noches tumbado a mi lado, inerte, con un cargador enchufado a su cabeza.

18/5/20

APLAZAMIENTO. SELECCIONADO EN EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS

Ambos entendemos lo que siente el otro y sabemos que un abrazo ...
Tomada de la red

Si yo iba a la cocina, tú te quedabas en el salón. Si entraba en el cuarto de baño, tú te afeitabas en el aseo. Mientras yo dormía, tú descolgabas del tendedero la mascarilla, cogías la lista común y hacías la compra. Si yo veía las noticias en la televisión, tú oías en la radio que aún no había vacuna para el coronavirus. Propagación era la palabra maldita mil veces escuchada. Necesitaba calor humano. Y allí estabas tú. Comenzamos a buscarnos. A dejar una mano sobre el aparador para que el otro la rozara al pasar. A sentarnos juntos en el sofá. A volver a compartir la cama. A querernos. Cuando juntos vencimos la pandemia y se acabó el confinamiento, fuimos de la mano al despacho del abogado, rompimos los papeles del divorcio y los lanzamos al aire. Fueron cayendo como copos de nieve hasta desaparecer de nuestras vidas.

1/5/20

VECINOS

ᐈ Viejitos tomados de la mano imágenes de stock, fotos pareja de ...
Tomada de la red

Él respira pegadito a mi cabeza. Nos separa un tabique. Algo nimio. Y mientras intento conciliar el sueño me llegan voces, ruidos, música. La televisión ha cobrado una importancia de fetiche a donde se amarra con su compañera como un salvavidas en medio de este triángulo de las Bermudas que nos amenaza a todos. A veces escucho la voz de una doctora. Debe serlo. O tal vez enfermera. En cualquier caso una sanitaria. Lo sé por el tono recomendatorio, por la despedida, porque su voz se aleja hacia la puerta, por el ruido al cerrarse y las vueltas de llave. «Que ha dicho que te tienes que tomar tres de estas  al día», dice la mujer. Utiliza un tono alto porque él ha pasado ampliamente los noventa y debe ir duro de oído. Contesta. No consigo descifrar lo que dice. Habla más bajo. Ella es mucho más joven y se entera. «Que han pillado a unos ciclistas por la Gran Vía. Pretendían escabullirse pero la policía les ha echado el guante», informa en otra ocasión ella. Y el hombre responde algo; no sé qué ni me importa. Porque lo vital es saber que sigue ahí al lado. Cuando anda, lo hace a pasitos, arrastrando los dos pies, como cuando te ponías bayetas debajo de los zapatos para sacar brillo a la cera del suelo, aunque sus suelas sí rechinan sobre la tarima. Uno y dos, se cambió del sillón al sofá. Uno, dos, tres, cuatro… Se aleja. Tal vez vaya a la cocina. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…Quizá al dormitorio. Escucharlo. Oírla a ella. Que no llegue silencio, aunque lo que se cuele a veces sea una pelea de gallos y gallinas televisivas. Que no lleguen los gritos, el llanto, la desesperación, la pérdida. Y así, siesta tras siesta, noche tras noche, todos alcanzaremos vivos la salida.

28/4/20

AMORES SOSTENIDOS

Tomada de la red.



Doblegaba el llanto con mucho llanto y la vuelta del chupete. Y entre sueños suspiraba hondo y la llamaba. No había consuelo posible. Nadie podía sustituirla. Ella es el cacao con leche. Yo, el  aguachirri en medio de la tormenta. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Dejaba el paseo de hámster por la rueda de la casa. Soltaba la sartén y los huevos a nada que mi niña la llamaba. Confeccioné guiñoles con telas viejas. Su padre le hizo un teatrillo con unas maderas. Ponía todo mi empeño en contarle historias. Repetía las que le contaba mi madre. Imitaba su voz. Nada era igual. «¡La abuela lo sabe hacer, tú no!», decía mientras se restregaba los ojos, en la antesala del diluvio universal.
Le gustaban mucho los patos y también los peces en el agua de la bañera. Los movía con una mano, mi madre con la otra, mientras hacían que hablaban entre ellos. Eran cariñosos unos con otros. Se querían. Encargamos toda una flota. La dejábamos estar todo el rato que quisiera en el agua. Faltaba la abuela. Convirtió la hora del baño en una batalla. El barco con sus viajeros, los buzos, el submarino, el pulpo, los peces y hasta los patos, sus preferidos, caían bajo la rabia en pelotazos de mi hija.
Yo también la echaba mucho de menos. Era el sostén a donde me agarraba cada día. Cuando una reunión de trabajo se alargaba, allí estaba siempre ella para atender a su nieta. Si enfermaba, seguía cuidando de mí como cuando era pequeña. Ante cualquier emergencia: ella. Una fuente inagotable de amor para compartir. Pero nada era comparable a la desolación de la niña. El tiempo parecía atrapado en una bola de mercurio. Llamadas y esperanzas, día a día. ¡Pronto volverá, ya verás, pronto, pronto!, le repetía una y otra vez a mi hija mientras la acurrucaba entre mis brazos y la mecía.
Y regresó. Parecía una sombra. Etérea de tan flaca. Liviana como una pavesa. Fue duro no poder tocarla. Sin embargo era tanta la alegría por haberla recuperado que hasta su nieta pareció entenderlo. A regañadientes la dejó encerrarse en su habitación para que pasara la cuarentena.
Ahora la niña se pasa todo el rato pegada a la puerta. A través de ella hablan. A través de ella, su abuela le cuenta historias, se inventa cuentos. Y desde el otro extremo del pasillo se lanzan besos cada vez que mi madre abre la puerta para coger la bandeja de comida. Vamos tachando los días en el calendario. Queda nada para abrazarla.

3/4/20

ATENCIÓN DOMICILIARIA



Las mascarillas de tipo FFP3 deben estar destinadas a los profesionales sanitarios que trabajan con pacientes ya diagnosticados (Foto. Freepik)

¿Y a quién tienes tú, de dónde sacarás fuerzas para seguir viviendo? No. Calladito. Déjame trabajar. Deja que pase el brazo por los huesitos de tu espalda. Que te acerque a mi pecho y te ponga la almohada. Sí, dos. Lo sé. Para que estés cómodo. Así. Cambiado. Con el cuerpo y la ropa limpios. Sí. La crema. No la he olvidado. No permitiré que salga ninguna escara . ¡Que sí, que no te preocupes! ¡Mira! ¿ves?, guantes y mascarilla. Para mí, para ti. Toda precaución es poca. Hoy no puedo quedarme más tiempo. Te contaré muchas cosas mañana. Te hablaré de que los días se rompen en pedazos iguales. Pequeños y punzantes. De que la gente se ha organizado en grupos de cuidados. De que vamos todos a una. De que saldremos adelante. Pero hoy no. Hoy hace un día radiante y las calles vacías están llenas de luz, sin un jirón de aire contaminado. Te subo la persiana para que puedas ver el cielo, los pájaros revoloteando de rama en rama. No lo dudes. Ganaremos esta batalla. Y yo volveré mañana.

8/3/20

GOTAS EN EL AGUACERO



Tomada de la red.



El 1 de diciembre del 1955, Rosa Louise McCauley de 42 años salió de un autobús para entrar en la cárcel al negarse a levantarse para ceder su asiento a un blanco. Una decisión que movilizó y organizó las protestas en Montgomery que acabaron con la segregación racial en el transporte público.
Ese latido. El latido. Un aviso de cuerpo y alma. Línea divisoria, sin tiza ni pizarra, paso adelante que rompe la resignación, que aprieta, rechina los dientes y levanta la cabeza y se niega a obedecer. Puños cerrados. Determinación. Resistencia a las amenazas. La ley no engrilla. Engrilla la indignidad, la injusticia, la sumisión. Pequeños y grandes latidos de heroínas que escriben la Historia.

29/2/20

EL CUARTO. GANADOR DE LA SEMANA DE LOS RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.
La luna con sus ojitos de sueño en la pared. La colcha con el pico deshilachado por las uñas de Bigotes. El vendedor y el puesto con las naranjas, los limones, las coles y el pimiento. La excavadora y los playmobil con sus cascos, palas y picos. Todo igual que lo dejó la infancia interrumpida.

Para escuchar la lectura del relato clicar aquí. A partir del minuto nueve.



25/2/20

FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS CONVOCADO POR ZENDA. LARGA TRAVESÍA DE ESPERANZA

Tomada de la red.



Noche cerrada. Noche sin luna. Boca de lobo que hiere sin daga ni bala. Entra la humedad al hueso y se queda ahí. Tirita el miedo de puro miedo. Jasira protege su barriga con la manta que tejió durante la espera. Suena y resuena en la memoria su corta vida. Todos los días recorría kilómetros para recoger agua y leña. Ordeñaba la cabra, amasaba el teff para las injeras. Traía el estiércol. Cuidaba de sus hermanos pequeños y recorría las vías del tren en busca de escoria. A veces se sentaba a la puerta de la choza y, si el cansancio no la vencía, era una niña que jugaba con una muñequilla hecha con harapos y cuerdas. Se pinchaba el dedo y con su sangre le dibujaba una gran sonrisa. Sonríe y la sonrisa se le congela en mueca. Entonces era feliz. Luego vinieron las guerras. Las violaciones. El terror. El mar mece la patera. Son demasiados dentro. Jasira no tiene miedo. Lo dejó en las chozas quemadas, en los llantos de niños, en los golpes de machetes que mutilaban y mataban, en las fronteras, en cada camino, en los pies llagados, en el hambre que masticaba cualquier cosa. La dieron por muerta como a toda su familia, pero decidió vivir. Ahora todo eso forma parte de una pesadilla. Ahora viene el dulce sueño. Nota las primeras contracciones. Espera un poco, susurra a la vida que lleva dentro. ¿No ves las luces a lo lejos? Pronto llegaremos, aguanta que ya estamos. En el otro lado de la barca, acaban de echar por la borda el cadáver de Ashanti. Aún falta  mucho para alcanzar la costa.

7/12/19

BICHO

Tomada de la red

Se puede decir que somos los últimos de una estirpe. En concreto la tuya, Bicho, nació y morirá contigo. Mejor.  La de mi familia viene de lejos. No toda está recogida en fotografías y legajos. Una vergüenza a nada que eches la vista atrás. Guerras, saqueos, quebrantahuesos terrenales para exprimir las entrañas de este planeta que reverbera y duele verlo ahora de tan bonito y sano como está. ¡Qué culpa vas a tener tú de lo que pasó! No te me pongas de morros. Yo te acepto igual, ya lo sabes. Aquella lava blanca y sedienta la trajimos nosotros. Se arrastraba por la tierra reseca, entraba en sus grietas, buscaba vida. Agua. ¡Ja!, agua. Se pagaba a precio de oro. Y aquel ejército se colaba por las rendijas de nuestras puertas, encontraba los aljibes, los pozos y los veneros y los secaba. Más de un pellejo humano vi tirado en el suelo sin sustancia alguna, pues hasta la sangre llegaron a beberse. Los jóvenes, Bicho, ellos, que llevaban tiempo encerrados día y noche buscando soluciones a nuestros problemas, se organizaron y pulverizaron la invasión con manguerazos de una sustancia corrosiva. Muy corrosiva, sí, lo sé Bicho. Pero tú te salvaste; en realidad fue cosa mía. Verte escurrir debajo de la puerta casi me mata de un infarto. Me preparaba para arrearte un escobazo cuando te plantaste delante de mí, temblando como un copo de nieve a punto de desprenderse del alero de la casa un día de Navidad, y no pude liquidarte. Pero eso ya lo sabes. Como sabes también que he compartido contigo todo lo bueno y malo de esta vida. Oculto, eso sí, porque una no sabía si mis amigas, que venían a casa a jugar todos los jueves al cinquillo y a merendar chocolate con churros, lo entenderían. Tenía que esconderte en el sótano hasta que se iban. Has conocido la Tierra renacida en todo su esplendor. El cielo soleado, el gris y negro con sus aguaceros y sus tormentas; los castaños dorados, las petunias en el jardín… ¿Te acuerdas cuando te dio por comer setas venenosas? Casi te mueres. Pero, hijo, eres tan tóxico que ni eso te mató. Hemos sido felices los dos a nuestra manera ¿verdad, Bicho?  No te me pongas sentimental ahora. Nos queda poco tiempo para desperdiciarlo en llantos. ¿O no? ¿Por qué me miras así? Yo tengo noventa años. Tú… ¡Pero qué tonta! Tú no tienes edad. Siempre te veo igual. No has degenerado nada de nada. ¡Con lo bien que te he cuidado, mira qué lustroso estás! O sea que yo me voy y tú te quedas. ¿Cómo que no? ¡Ah, de ninguna manera te voy a meter en ese líquido desintegrador! Que no quieres vivir sin mí, que a ver quién te cuidará cuando yo no esté. Seguro que tú solo te las arreglarás de maravilla. ¡Bueno, bueno!, déjate de mimos. Haz lo que te dé la gana. Que sí, que yo también te quiero, Bicho.

1/12/19

MÍO, TUYO, SUYO, NUESTRO, VUESTRO PLANETA

Tomada de la red


Yo iba y volvía del trabajo boqueando un poco como pez fuera del agua. Agua tratada. Agua con filtraciones. Yo seguía mi vida, como si aquel dolor de la Tierra que aullaba auxilio no importara. Pasaba a diario por la puerta de la organización ecologista, tan bonita decorada con naturaleza y cielo azul sin mácula, y ni me fijaba.
Contra todo pronóstico, me quedé embarazada. Y todo cambió. ¡Fue tan difícil sacar adelante a mi niño en un cuerpo tan envenenado! Nació mi niño. Nació y ya era bastante. Horas y horas de lucha hasta que me lo pusieron en el regazo. Nació mi niño. Se abrió paso entre la espesura y la sangre de un parto difícil. El pequeño ser que mamó contaminación. Aquella que nos decían que nunca iba a llegar, pero llegó.  Él decidió nacer. Y lo hizo. Con sus limitaciones. Ahora no paso de largo por la puerta de naturaleza limpia. Entro con mi hijo, siempre con él, y participo. Poco a poco, vamos construyendo un hermoso relato que consiga convencer y convertir nuestra lucha en una fuerza imparable por la recuperación de nuestro planeta.

26/11/19

PROHIBICIONES. FINALISTA RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.

El río inquietaba a las madres y nos gustaba a las hijas. Burlamos la vigilancia. Chicas y chicos, entre juncos, chapoteos y risas, nos dimos nuestros primeros besos con sabor a tortilla de patata y gaseosa. Caía la noche y me quedé con mi novio, rezagada. Se me olvidó cómo llegar e improvisé el camino de vuelta a casa. Pero me perdí. Después nacería mi hija Laura.

Para escuchar el microrrelato clicad aquí. Minuto 5:34.