13/5/19

PREPARADOS, LISTOS, ¡YA!



Tomada de la red


Aquella la noche soñé con islas, cocoteros, daikiris, música discotequera y cuerpos morenos retozando conmigo en la arena. Me levanté más temprano de lo habitual y muy excitado. Ducha rápida y doble vuelta de llave en la cerradura de la puerta.
            Llegué con tiempo. Una muchedumbre impaciente esperaba, algunos pegados al cristal como moscas. Abrieron a la hora en punto y entramos en tromba, atropellándonos los unos a los otros, a la caza de nuestro codiciado tesoro. Braceé entre violetas, rojos y morados hasta arribar a  palmeras verdes y cimbreantes, cielos y mares sin nubes que mancillaran los azules diferentes. La cogí por los hombros y la levanté a la altura de mis ojos. Vista así, de cerca, no era tan maravillosa aquella camisa caribeña que anunciaban rebajada en el catálogo que me dejó mi querido Borja.

2/5/19

MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS

Tomada de la red

A menudo hacemos las maletas. Abrimos el armario y escogemos cuidadosamente lo imprescindible. No debe faltar la  ropa ligera de verano. Tampoco la rebeca y la chambra de entretiempo. No olvidar la pelliza, los chaquetones de buen paño, las bufandas, los calcetines y los guantes tejidos al amor de la lumbre. Para el calzado, las chanclas y las katiuskas. Y no dejarnos las cajitas para las especias y los baúles para las sedas. El viaje es largo y pasaremos por mares y océanos, cabos y golfos, amén de países diferentes. Unos con sus brotes de primavera. Otros envueltos en arenas tórridas de verano. Muchos con el otoño boqueando mantos de hojas doradas. Y no pocos, hibernando bajo  la nieve.
            Dejamos para el final la maleta chica con los patucos, saquitos, sonajeros, chupetes, baberos, manguitos y flotadores infantiles. Porque, aunque los médicos dicen que no puede ser, nosotros no perdemos la esperanza.
            Al atardecer, cuando ya está todo dispuesto, vamos a la ventana, la abrimos para que entre el olor intenso del heno y escuchemos el mugido de las vacas en los establos. Así permanecemos hasta que la noche se cierra en el campo. Luego deshacemos el equipaje con mimo, dejándolo todo bien guardado para la próxima vez; quizás entonces estemos preparados para la gran aventura. Después bajamos a la cocina y hacemos la cena para irnos temprano a descansar. Tenemos una responsabilidad. Debemos levantarnos al amanecer, con los demás trabajadores, migar pan en café y coger fuerzas. Las reses son numerosas  y hay que ordeñarlas y tenerlo todo hecho antes de que vengan los camiones, con sus grandes cubas metálicas, a recoger la leche de nuestras vaquerías. Alimentará a muchos niños, algunos más allá de nuestras fronteras. Y aunque sea solo un poquito, también serán nuestro hijos.

20/3/19

EL LA, LA, LA

Tomada de la red


A finales de los años sesenta, mi vida se centraba en cuatro actividades principales: desollarme las rodillas durante las numerosas caídas en las calles sin asfaltar de mi pueblo, participar en «Radio Chupete», concurso de canto que organizaba con mis amigas en un rincón de la fachada de mi casa y hostigar a mi madre para que transformara una y otra vez mis vestidos, faldas y pantalones en otros modelos más a la moda. También registraba los arcones y si sacaba,  por ejemplo, una capa forrada de terciopelo con la intención de hacerme una falda, ahí estaba mi abuela  con su dosis de mala leche para cortar en seco cualquier intento de reciclar su ropa, la del abuelo o el fruto de alguna herencia, como era el caso de los mantones de Manila. Y la última y más importante: ver completa la retransmisión del Festival de Eurovisión.
            El Festival de Eurovisión se celebraba una vez al año y era cita obligada plantarse frente al televisor de quien lo tuviera, pues no todas las familias podían permitirse comprarse uno. Había que auto-invitarse para ir de gorroneo a la salita de una vecina de confianza y ocupar sitio frente al aparato. Los hombres no asistían a aquel acontecimiento; volvían del campo o del bar, cenaban y se iban temprano a la cama. Tenían suerte porque de nada servían las indirectas de la dueña de la casa, cansada a veces de ver la televisión y con ganas de retirarse, de allí no nos movíamos hasta que finalizaba el evento.
El 6 de abril del 1968 tuvo lugar en el Royal Albert Hall de Londres la gala del Festival de Eurovisión. Ganó una jovencísima Massiel con su La, la, la. Todas le perdonamos que se moviera un poco como un robot, dadas las circunstancias. Aquello fue el acontecimiento del año. Salió en el NO-DO como un hito histórico nacional.
El La, la, la llenó las calles de mi pueblo, las casas, los comercios, el negocio del zapatero remendón, el del carpintero, la vaquería, los campos…¡Me cago en la leche!, se quejaba algún hombre, ¡ya se me ha pegao el canto ese!
Naturalmente, enseguida pensé en cambiar una prenda. En esta ocasión me costó convencer a mi madre pues se trataba de un vestido nuevo, pero insistí tanto que acabó cediendo. En lugar de flores, la tela era de pata de gallo grande en colores rosas y verdes, pero mi madre le cosió una tira blanca con ondulaciones y quedó bastante aparente. El día del reestreno, mi abuela se plantó delante de mí en jarras y, con ese guiño de ojo que la caracterizaba cuando iba a soltar una maldad, me dijo: «¡Mira tú la risión de la Massiel de pacotilla!». Se me cayeron los palos del sombrajo.
Tardaría poco tiempo en abandonar para siempre las transformaciones, « Radio Chupete» y las carreras con aterrizaje en el suelo, para centrarme en conseguir ropa nueva que me hiciera parecer mayor para poder colarme en el salón del Café Español donde lo mismo se bailaba suelto que agarrado.

19/3/19

ATOCHA


Tomada de la red

Conocí a Dolores González Ruiz durante los últimos años del franquismo. Al ser enlace sindical me expedientaron por hacer una huelga junto a otras compañeras. Fui al despacho de abogados laboralistas para solicitar ayuda en el juicio que habría de celebrarse. No me defendió ella, pero compartía espacio con el abogado que se ocupó de mi caso, y la fuerza y seguridad de esta mujer me impresionaron.         
     El 24 de enero de 1977, a las 22:30 h, un grupo de pistoleros fascistas asesinaron a Javier Sauquillo, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado, Luis Javier Benavides y Ángel Rodríguez Leal. A pesar de sobrevivir a la matanza, a Dolores González Ruiz también la asesinaron esa noche de alguna manera.  Era una persona muy especial y las personas especiales anidan para siempre en la memoria.

10/3/19

LA CULPA



 
Tomada de la red
Todos los veranos, mi mujer le pregunta  a su madre si quiere irse al pueblo o venirse a la playa. Ella responde: «Yo, lo que vosotros digáis». Nos acompaña siempre. Podríamos arreglarnos con unas toallas en la arena, pero dice que necesita ciertas comodidades porque es vieja. Un día la oí llamarme desde el agua y me hice el sordo durante unos segundos, aunque después corrí a socorrerla. Desde entonces, le coloco el parasol y la hamaca, le pongo la nevera a mano, y le extiendo el bronceador. Luego me doy un baño y me tumbo en la arena. Ella espera, y cuando me estoy quedando dormido, me llama para que cambie de posición la tumbona.

RENOVACIÓN

Tomada de la red.



Hoy toca. La he escuchado esta mañana cantar su canción favorita. Un horror para los oídos, pero, en fin, a ella le gusta. Hoy toca. Ha cambiado el desayuno habitual por tostadas con mantequilla y mermelada. Y lo entiendo. Todos los días lo mismo, cansa. Darse un capricho, de cuando en cuando, le viene bien. Ahora, eso de meterse en el baño y tirarse horas y horas dentro, con la puerta cerrada y dale que dale al canto… Antes solo teníamos uno y había un problema: que yo no podía usarlo. Pero ella le encontró solución enseguida. Le robó un trocito de espacio a mi despacho y allí mandó hacer un aseo. Todo menos abrir la puerta en esos días. Quiere intimidad, dice.
            Conforme avanza la mañana, los cánticos se hacen más melodiosos, una untuosidad de miel que entra y derrite cualquier esquina de acero en mi interior. Me pongo tierno y lloro. Voy a la cocina, me anudo el delantal del gallo a la cintura, saco costillas, pimientos, cebolla, ajos y alcachofas, patatas, aceite y pimentón, y hago un guiso en la olla. De vez en cuando, una lágrima se añade al rehogado. Y mientras se cuece todo, me sirvo una copa de vino y unas aceitunas, voy a la terraza y me siento a esperar. Hasta allí sigue llegando la voz, cada vez más dulce, más cristalina.
            A mediodía cesa el canto. Voy hacia el pasillo y espío la salida del cuarto de baño. En unos minutos se abre la puerta y sale ella con la cabeza coronada por rizos  borrachos de sol y una sonrisa resplandeciente en los labios. Su piel luce cual bronce bruñido. Me embobo mirándola. Se vuelve hacia mí y me pregunta qué hay de comida. Está hambrienta, dice. Yo le detallo el menú. Le gusta todo, todo menos pescado. Una vez asé una lubina y se enfadó mucho conmigo.
            Después de comer vamos a la cama y retozamos con gusto como unos chavales que acaban de descubrirse. Es un placer acariciar su piel suave y cálida como la de un bebé. Sin límite de tiempo. Ya iré luego. Ya recogeré todas las escamas que quedaron igual que un manto plateado dentro de la bañera.

6/3/19

PURGA. FINALISTA DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DEL MES DE ENERO DE LAMICROBIBLIOTECA




Es su niño. Su creación. No quiere exagerar, pero, si no es perfecto, roza la perfección. ¡Le da tanta pena! Se le rompe el corazón. Lo acaricia una vez más, antes de echarlo al fuego. Crepitan las llamas purificadoras que iluminan la noche eterna, oscura como boca de lobo. Todos tienen que sacrificarse. Y él quiere formar parte del orden social que se avecina. Ellos están a las puertas con nuevos pogromos. Los libros primero, después ya dirán.

17/2/19

LA OSCURIDAD

Tomada de la red.



Tu sonrisa.
El placer de tu mirada.
Radiante y feliz
como niño con zapatos nuevos.
Anochecía violeta.
Entre telas estampadas
de amor recién estrenado.
Gallinita clueca por adulación de gallo.
Deseos cumplidos entre almohadas de plumas.
 «Sillita de oro para el moro y silla de oropel para su mujer».
Del embeleso al beso.
Del beso al cansancio,
Del cansancio a la trágala.
¡Me gusta tanto el morado!, decías, fascinado.
Y pasaste del foulard, el vestido y los zapatos,
al mapa de mi cuerpo.
Los tequieros tatuados se los tragaron las arrugas de mi piel.
Vejez adelantada con pronóstico de muerte súbita.
Y entonces aquel Ocho M en el vagón de metro
con sus letras enlazadas.
«Somos la voz de las que no tienen voz ».

1/2/19

FLOR DE UN DÍA

Tomada de la red.



Llora el gran ojo.
Sufrimiento a raudales.
Pena infinita.

Cesa un latido.
Sangran los corazones.
Agua que arrasa.

Mi niña chica,
te fuiste de mi vera.
Llamador de ángeles.

Entre muñecas.
Jugando al escondite,
nos encontramos.

Ríe la luna,
reflejada en el agua.
Juega el nenúfar.

Lágrima seca.
La infancia robada,
pide justicia.

Aceite virgen,
adereza comidas,
atiza el amor.

Rocas hambrientas.
Agonía de flores,
sin la simiente.

En la memoria.
Amores de verano,
se quedan siempre.

Un pataleo,
agitando los mares,
remueve el mundo.

6/1/19

REGALO DE NAVIDAD



Tomada de la red
Una vez más, pulverizó una lluvia de gotas perfumadas sobre la tira de cartulina. La sacudió, sujetándola con delicadeza entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, rematados en uñas azules con estrellitas plateadas, y se la dio a oler a la clienta. Porque a ella ya, ni olfato le quedaba. Saturada la pituitaria con tanto derroche de perfumes. La señora abrió las aletas de la nariz y dijo no. A ver esa que tiene ahí, la del frasco con forma de corazón, pidió. Lara levantó el pie derecho en posición de garza durante unos segundos, luego combinó el movimiento con el izquierdo. A unos minutos de finalizar la jornada de trabajo, el cansancio eran hormigas que daban bocaditos y amenazaban con calambres en sus piernas. Nochevieja, y su jefa la había dejado sola. También Nuria. La primera sin dar explicaciones porque para eso era la que pagaba. La segunda con la excusa de una gastroenteritis. A otra con ese cuento. Seguro que había aprovechado para ir a la peluquería, a teñirse el pelo de ese rojo horrible de todos los años y a hacerse la manicura. Como si lo viera. Consultó el reloj. Nada, no le quedaba nada para echar el cierre. Se le estaba haciendo eterno el paso del tiempo. La señora, después de rechazar el perfume Amor a primera vista porque, según ella era muy cabezón con tanta especia, pidió unas muestras que Lara, naturalmente, no le dio. Era la típica caradura que nunca compraba.
            Después de que la señora abandonara el local con el belfo en posición de enfado y soberbia, mascullando palabras contra la falta de profesionalidad de las jóvenes de  hoy en día, se hizo un silencio reparador en la perfumería. Lara consultó el reloj: hora de cerrar. Echó el pestillo a la puerta de cristal y pasó a la trastienda. Cambió los zapatos de tacón por las deportivas. El alivio fue inmediato. Se puso el abrigo y el pañolón alrededor del cuello, colgó el  bolso de su hombro derecho y la bolsa con el calzado del izquierdo y salió. Después de echar el cierre se quedó unos segundos parada en la acera. Si cruzaba la calle podría correr por el sendero bordeado de pinos hasta llegar a casa. Una hora, más o menos. Merecía la pena el esfuerzo, se dijo, y cumplir con el propósito que se hizo unos meses atrás, cuando la dejó Víctor, para relajarse.
El frío se volvió más intenso. Lara calentó las manos con su aliento. Comenzaron a caer algunos hilachos de nieve. Le vinieron a la cabeza la sopa de almendras y la ternera wellington que todas las navidades preparaban sus padres. Mejor  dejaba el deporte para otro día con la compañía habitual de Nuria. Anduvo hacia la parada de autobús. Unos jóvenes reían bajo la marquesina.
Oculto detrás de un árbol, el depredador se consumía en la inutilidad de la espera.


20/12/18

DULZURA

Tomada de la red

Cuando mamá derretía azúcar en la cocina, mi hermana y yo entrábamos en trance navideño. El olor a caramelo líquido corría por toda la casa y se colaba a través de  nuestras narices hasta llegar al flujo sanguíneo. El corazón bombeaba dulzura a espuertas. Estoy seguro de que si nos hubieran hecho una analítica, en aquellas circunstancias habría dado diabetes y mamá se habría sentido muy desgraciada y culpable. La doctora debía saberlo y cuidaba de no mandar hacer esta prueba a nadie del pueblo, especialmente a los niños, durante esas fechas. Ella misma también colaboraba con el derroche general dejando en su consulta el cuenco de caramelos a rebosar. Después de todo, quién podía negarnos una golosina en fechas tan señaladas. A todos se nos nublaba la razón y nos olvidábamos de empachos y caries durante unos días.
            Las garrapiñadas de mamá eran las mejores del mundo. Por eso pasaba lo que pasaba. Aunque las guardara en las profundidades de un arcón con ropa que jamás de los jamases se nos ocurría abrir el resto del año, seguíamos el rastro del caramelo y las almendras, con el olfato de perra de caza que despertaba en mi hermana para la ocasión, y no eran pocas las veces que encontrábamos nuestro tesoro escondido entre las mantas y la naftalina. Se lo cobraba bien: el doble siempre para ella.
            Cuando llegaban esos días especiales de pavo, pato, gallina, gallo o lo que hubiera en el corral esperando para presentarlo en la mesa asadito y chorreante de salsa de manzanas, mamá iba a su escondrijo, con la vana ilusión de encontrar lo más preciado, y se daba de bruces con la realidad: un año más que sus hijos se habían adelantado. Nos regañaba, sí, pero con la boca chica. No comer por haber comido, como decía el abuelo, no era ninguna tragedia. El que sí se enfadaba bastante era papá. Pero mamá lo aplacaba al recordarle su diabetes. Por un día no iba a pasar nada, murmuraba él resignado.
            Aquellas navidades, el robo de los dulces se perpetró por alguien ajeno a mi hermana y a mí. Todos sospechamos de papá por varias razones. La primera fue porque se empleó a fondo en consolarnos cuando nos dimos cuenta de que las garrapiñadas habían volado. Se veía a la legua la culpabilidad en la cara . Y la segunda, llevarnos ante el escaparate de la tienda de juguetes de doña Rosita para que eligiéramos el que más nos gustara, sin límite de precio. Era sabido por todos que si los padres decían que no a tal o cual juguete, aunque los hijos lo incluyeran en la carta, los Reyes Magos no hacían ningún caso a estas peticiones. De regreso a casa, después de que mi hermana y yo hubiéramos apuntado con el dedo a una Nintendo y al coche teledirigido, papá iba cabizbajo y lento en el andar.
            Mamá estaba en la cocina preparando una sopa de marisco. Giró la cabeza cuando nos oyó entrar sin dejar de mover la cuchara de madera dentro de la olla. La soltó de repente y dio un respingo.  Papá  acababa de desplomarse sobre el suelo del recibidor. Mi hermana y yo  nos quedamos alelados, sin movernos, sólo mirando, como si no fuera con nosotros lo que estaba ocurriendo.
            Mamá corrió a arrodillarse al lado de papá. Lo llamó varias veces, sin obtener respuesta. Le levantó una mano y la soltó. Cayó como tonta sobre el parqué. Aplicó la oreja derecha al pecho. Le puso la mano cerca de la nariz y la boca. Después, se levantó y tras mandarnos a nuestro cuarto y sin rechistar, llamó al  abuelo. Nosotros, recuperados de la conmoción, espiábamos todos los movimientos desde una rendija de la puerta.
            Entre mamá y el abuelo levantaron el cuerpo, lo llevaron a la habitación de papá y mamá y lo tumbaron en la cama con zapatos y todo. Luego salieron sin hacer ruido, como para no molestarlo, y mamá  fue a contarnos a mi hermana y a mí que papá estaba algo indispuesto, con tanto dulce, y se había acostado. Prohibido entrar a despertarlo. Cenaríamos los cuatro solos. Antes éramos más, pero desde que papá y el tío Alfredo llegaron a las manos una Nochebuena, no volvimos a juntarnos con los tíos y los primos. No era plan desperdiciar la comida con el hambre que estaban pasando los niños en el mundo, dijo . Y al decir esto lloró un poco. Pero enseguida se limpió las lágrimas con el pico del delantal y volvió a la cocina a terminar de hacer la sopa.
            La cena fue como siempre, solo que sin papá y con mamá más sensible y con más ganas de felicidad que nunca. Regañó al abuelo porque comía sin tino y se iba a poner malo. Mi hermana se atragantó con un langostino o dos, no sé cuántos tenía en la boca. Mamá se puso muy pesada y mi hermana y yo tuvimos que cantar El tamborilero acompañados por el abuelo que hacía ruido con una cuchara y la botella de anís. Entre unas cosas y otras nos dieron las doce. Mamá se empeñó  en que viéramos La Misa del Gallo en la televisión, algo que se salió del guion de años anteriores. Tampoco encontraba el momento de mandarnos a la cama aunque estábamos que nos caíamos de sueño. Retrasó todo lo que pudo el momento, pero a eso de la una de la madrugada, cuando ya no quedaban ni ánimos para cantar, ni algo para comer o beber, se rindió, al fin. Se levantó del sofá con un suspiro hondo de resignación,  arrastró los pies por el pasillo hasta la habitación, volvió enseguida al comedor y nos anunció: «Vuestro padre nos ha dejado».

3/12/18

TODO LO QUE HABRÍA HECHO POR TI

Tomada de la red


Habría sido tu lamia enamorada, batallando contra remolinos de agua prestos a engullirme, enfrentada a nieblas hechiceras que intentaran nublar mi razón para olvidarme de ti, roto el peine que quisiera enredar mi pelo entre sus púas y detenerme. Habría sido capaz de adentrarme en los bosques de Betelú y retar al unicornio para arrebatarle el cuerno donde ofrecerte la medicina que te sanara. Habría dejado a la puerta del aserradero una eguzkilorea que te protegiera de las criaturas de la oscuridad que tanto daño te hacían. Todo esto y más habría hecho por ti sin dudarlo un segundo. Pero se quemaron los últimos brotes de la esperanza. Un incendio devorador que provocó la cerilla de tus demonios. Ardió la casa que nunca fue un nido de amor. Ardió el monte. Ese monte al que tú tanto apego le tenías. Al que escapabas cada vez que te mordía la bestia canalla. Llorabas. Lo sé. A pesar de la frondosidad del bosque, escuchaba tus sollozos. Llorabas por ti, aunque luego decías que era por mí. Yo no estaba habitada por monstruos internos a los que no podía desahuciar de una vez por todas. Yo era la víctima de ellos. Y a pesar de todo, te quería. Y a pesar del desfallecimiento, siempre me levantaba dispuesta a la lucha.  No ha sido en vano. He conseguido tu rendición. Un acto de valentía envuelto en llamas que te honra. No pudiste cambiar lo que eras, no pudiste dejar atrás el martillo de herrero machacando la herradura candente para amoldarla a tu pisada.
Ahora estás, estamos, en paz. Han venido a despedirse tus hijos. Todos. Los míos y los de las demás. Danzarán para ti antes de dejarte a la deriva, sobre la balsa que te llevará río abajo, río abajo,  hasta que se pudran las cuerdas, se separen los troncos y te hundas y  desaparezcas bajo el agua que todo lo purifica.

28/11/18

ILEGÍTIMO

Tomada de la red

El magistrado no tenía miedo de nada ni de nadie y poseía una constitución fuerte, como de aizkolari, por eso chocaba verlo usar pañuelos de papel para absorber tanta sensibilidad. Porque aunque en sus treinta años de judicatura nunca le tembló la mano a la hora de impartir justicia, no era raro que mientras mandaba, ya fuera a un ratero o a un joven alborotador de la izquierda abertzale, cumplir la mayor condena que estipulara la ley, algún brillo y lagrimilla empañaran sus ojos. Soy, decía parado frente al espejo cada aniversario de su primer juicio, severo pero compasivo. Lo que ocurrió en aquella convención en Leioa, regada con abundante txakolí, habría quedado claro cuando lloró a mares el día que dictó sentencia contra Aitor el Justiciero,  hijo de aquella fiscal de pelo corto y mirada larga. Pero los que llenaban la sala pensaron que el señor juez chocheaba o, como mucho, se estaba pasando con el teatro.

11/11/18

MATAR A DISGUSTOS

Tomada de la red

Has ido demasiado lejos, Rosalía. ¡No, no quiero que te enfurruñes! No digo que no tengas tu parte de razón, que seguro que la tienes, pero no puedes hacernos esto a tu madre y a mí. ¡No, no puedes! No aprietes los labios. Sí, los estás apretando, que lo sé yo. Desde que eras una mocosa siempre tan peleona, tan…sí, Rosalía, sí, tan testaruda. Que decías por ahí meto la cabeza y ya lo creo que lo hacías, aunque te quedaras atascada en el agujero del muro de adobe del patio. ¿A que te acuerdas? Tuvimos que agrandarlo con un mazo para que no te asfixiaras. ¿Y de aquella vez cuando le devolviste la bofetada a doña Paquita? ¡Que tuvo tu madre que hacerle una visita nocturna a don Julián para que no te expulsaran del colegio, Rosalía! No das tregua. Porque a ti te gusta la novedad y por ahí te enganchan… No, no, no quiero decir que esto sea una novedad ni mucho menos. No te enfades que se te está poniendo un color de cara espantoso. Pero ¡eso de ir al cementerio con tus amigos y amigas- ¿ves? no me olvido de meter el femenino- con botellas de cerveza y ron...! ¿Qué?,  bueno, bueno, era alcohol al fin y al cabo. Y comida por llamar algo a lo que coméis los jóvenes hoy en día. ¡Vale, que no, que no voy a empezar con discusiones! Hoy, no. Pero estarás conmigo que utilizar como mesa la lápida de la familia Molina- tan querida en el pueblo- fue un sacrilegio. ¡Había que ver cómo lloraba doña Francisquita!
            Ya estoy de vuelta. Sólo unas pocas migas con torreznos y chorizo. Eso es lo que he comido, sí. ¿Que tengo el colesterol alto y no me viene bien? ¿Tú no haces lo que te da la gana?, pues yo también. Te he preparado granada con naranja, que sé que te gusta. Yo, no tu madre, yo. ¿Te das cuenta? ¡Anda, déjalo ya! ¿Si tienes razón en lo del machismo?, claro que la tienes. No, no lo digo para que me hagas caso ahora, pero debes comprender que son muchos años…¡Que sí, que son siglos! En estas circunstancias y sigues tan puntillosa como siempre. El viaje, ese viaje a un campamento de jóvenes te cambió totalmente. Aunque antes ya habías hecho alguna cosa, como aquella vez que te plantaste ante la puerta del cuartelillo donde estaba detenido el Niño de Perea por haberle dado una paliza a Eduvigis que casi la mata. Tú sola gritando que salga el cabrón que le voy a quitar las ganas de pegar a las mujeres. Me llamaron para que fuera a buscarte. Y bien que te resististe a volver a casa. Un mes con sus treinta días estuviste sin hablarme.
            Están cayendo las sombras en el chaparral, Rosalía, hija. Ya se ve venir la noche de las ánimas, y aún sigues ahí tumbada. Anda, levántate de ese ataúd que encargaste a Pepe el carpintero y, por una vez, da tu brazo a torcer. Es mala combinación la estadística con tu cabezonería y la lucha feminista. ¿Lo he dicho bien? Sí, lucha feminista.. Que mueran más hombres que mujeres en el pueblo  no es razón para que decidas sacrificar tu vida por aquello de… ¿cómo era?, sí eso de la paridad. ¿No ves que es un disparate? Mira, hoy he escuchado en las noticias del telediario que en México mueren muchas mujeres a manos de desalmados que luego las entierran en el desierto. Seguro que son muchas más que hombres, ¿ matarías mexicanos para equilibrar la balanza? ¡¡No, no he dicho nada!! ¿A dónde vas Rosalía, hija? ¡¡Vuelve, no le des más  disgustos a tu madre!!
             

28/10/18

LA VISITA

Tomada de la red

Llevaba un tiempo sin presentarse. Creí que me había librado de ella. Alguien le hizo cerrar los ojos, le dio vueltas y más vueltas, como cuando era niña, y al abrirlos no sabía dónde estaba el camino de regreso. Pero al final lo había encontrado. Y allí estaba otra vez, para amargarme la vida. Somos amigas ¿no?, me dijo la primera vez, pues las amigas están para lo bueno y para lo malo. Tenía razón. Se la di, cómo no iba a hacerlo. Pero yo supongo que habrá una medida, un tope que, si se rebasa, ocurre como con la leche cuando se pone a cocer y no se corta a tiempo, que sube y escurre por el cazo hasta dejarlo todo hecho un asco. ¡Y a ver quién es la guapa que lo quita cuando se seca! Pues Cristina es igual. No conoce límite. Claro que me dirás que límite, límite, no es que tenga mucho. Pero debería tenerlo. Cuando me muera, entonces tal vez entre en el infierno del que tanto se habla, pero aún ando entre los vivos.  Antes creía que no existía ese lugar de fuego eterno. Ni ese ni ningún otro más allá de la muerte. ¡Pero ya lo creo que sí!
            Te aburro. No. Es agobio. Pero eres mi abuela y las abuelas están para que las nietas se desahoguen con ellas. No protestes. Y no digas palabrotas que te oigo y está muy feo. A ver si voy a tener que lavarte la boca con lejía. Claro que, a estas alturas… No, que no me río, ha sido un hipido, en serio. Ya. Que has hecho lo que has podido. No sé, no sé. Busca a ver qué otro recurso te queda y has olvidado. Es que mírame: tan jaquetona como era y parezco una sobra de mí misma con estas ojeras y el pelo enratonado, con lo bonito que lo tenía. ¿No te da pena? ¡Tu nieta favorita y en estas condiciones! ¿Que me haga la sueca? Ya. Te lo pone en estéreo. Tú no la conoces. Bueno sí, la conoces por desgracia. Pero a ti te deja en paz. Huye de tu presencia. Te tiene miedo. Me lo ha dicho ella: «Me encuentro de vez en cuando con tu abuela. Siento su presencia helada en mi nuca y me da muy mal rollo. Temo que me pueda hacer daño. Ya, claro, ¿qué daño puede hacerme? Pero a mí me ponen los pelos como escarpias. No te rías. Sé que es un disparate tras otro, pero no me acostumbro». Así que si ella piensa que puedes hacerle algo, seguro que sabe que existe la manera. Encuéntrala o va a acabar conmigo.
            Inútil huir a México. Hasta allí me siguió, aguándome la celebración festiva del Día de los Muertos. Inútil viajar a Australia, también se me presentó, interponiéndose y chafándome la visión de un koala. Lo intenté en varias partes del mundo. Nada que hacer. Del dormitorio al baño. Del baño a la cocina. De la cocina al salón. Del salón a la terraza. « ¡Hija, déjame un ratito tomar el sol en paz!», le pido por las buenas y entonces arrecia el llanto. Sí, el llanto o lo que sea. No sé de dónde saca ese caudal de agua salada, la verdad. Pero le escurre y me deja la casa perdida. Temo que el salitre acabe pudriendo mi mesita china. Sí, esa que me regalaste. Te disgustaría ¿no? Pues a mí también. Pero lo peor es oírla con la cantinela de siempre. Que si mira tú Pablito, lo mal que me sigue tratando, ahora que lo he encontrado. Que nada más sentir mi presencia se esfuma y me deja como pavesa flotando en el limbo… No para esta mujer. Siempre quejándose de su mala suerte, de lo sola que está. Al paso que vamos, sola, lo que se dice sola, me voy a quedar yo. Porque Ramón anda mosqueado. « ¿A ti qué coño te pasa?», me pregunta cabreado. Y es que me he unido a la troupe y ando como alma en pena. Me contengo para no ponerme a gritarle como una loca a Cristina cuando está él delante, porque claro, no lo entendería. « ¿Con quién hablas?», me preguntó un día. Y yo que nada, que eran cosas mías. Pero no cuela. Ya no. No querrás que se vaya al traste mi vida, abuela. Bueno, no te pongas a llorar tú también ahora. Lo que faltaba. Mira lo que te he traído. Margaritas que sé que son las flores que más te gustan. Te las voy a dejar dentro del florerito este que pusieron en el centro, debajo de tu fotografía. Con agua, sí, para que duren mucho. Ya volveré otro día a visitarte. ¿Cómo que no hace falta? ¡Claro que sí! Soy tu nieta y tendrás que escucharme lo quieras o no. De todos modos de donde estás no puedes marcharte. Como mucho dejar que una parte vague por ahí como hace Cristina. Que no, que no me río, que es un hipido. Y lo dicho: pon a trabajar a tus contactos y a ver si me libras de esa pesada. ¡Dónde se ha visto que una fantasma o lo que sea venga a darte la brasa! Un beso, abuelita, que yo te quiero mucho; ¡pero mucho, mucho, mucho!

21/10/18

AGUJEROS DE GUSANO

Tomada de la red



La momia ha vuelto a salir de caza.
Chapucera y descerebrada,
trastabilla por las calles deshabitadas.
Los vecinos echan la tranca a las puertas
y esperan a que todo acabe.
Juegan al mus o al parchis,
tanto da.
El primer disparo de escopeta
aún impone con su ¡Pum! que retumba
en los riscos y vuelve como un gigante aterrador.
Y sigue el pimpampún enloquecido.
Sólo hay que esperar
arrullados por el calor del fuego que nunca se apaga.
Llora.
La momia llora.
Se descorren cerrojos, se quitan trancas.
Un otoño más que lo siente mucho.
Todos se le acercan
la rodean con sus brazos de sarmiento
y sus corazones de barro.
Le susurran, la consuelan, ya no importa.
Pero antes, le quitan la escopeta.
Lo saben.
Saben que las armas las carga el diablo.
Lo saben después de siglos de experiencia.

TRASTORNOS. GANADOR DE LA SEMANA EN WONDERLAND


Representación de teatro de los chicos y chicas del CO Nazaret


Comenzó hacía años, tantos como llevaba jubilado. Unía el canto de las manos por los dedos meñiques, las subía hasta la altura de los ojos y paseaba por el parque durante horas. Al principio, algunos le preguntaban qué estaba haciendo. Él se paraba y los miraba sorprendido. « ¿No lo veis? ¡Estoy leyendo!», contestaba. Después de un tiempo, nadie volvió a preguntarle. Comentaban que estaba loco y evitaban acercársele, como si pudiera contagiarlos. Ellos hacían lo que había que hacer: reventar palomas con pan hinchado y clamar por un caudillo que metiera en vereda a tantos jóvenes y mujeres descarriados.



 Para escuchar el audio clicad aquí.

He querido que una fotografía de la representación de teatro basada en el microrrelato de una de las chicas «Niño feliz», aparentemente sin conexión con mi texto, pero que tiene mucho que ver ya que me sirvió de inspiración el gesto de uno de los chicos (antes de que se le facilitara un cómic), de unir los meñiques por el canto y hacer como que leía.