17/1/21

LA HUELLA

 


 

Tomada de la red

El último curso de Primaria tuve a una profesora que aunaba fantasía, ensoñación y amor por la lengua con una dosis de evasión y alta valoración de sí misma. Combinación que, en mi caso, consiguió que saliera de mi letargo de niña que aprende la lección y hace bien los deberes y entrara en el mundo de la imaginación.

            Era una mujer que lucía una rebeca azul de punto con los bordes deshilachados de las mangas como si fuera una prenda de alta costura. Tenía estilo. Su cuerpo flexible se alzaba sobre unos pies que caminaban como si fuera siempre de puntillas. Casi nunca la oíamos llegar, parecía como si levitara. Su risa, en cambio, era desgarrada y estridente.

            No usaba la palmeta, ni pegaba, aunque podía ser cruel en sus comentarios generales, por los que yo nunca me sentía aludida. Fueron escasas las ocasiones en que se enfadó conmigo, mostrando su cara menos amable y más despectiva. Yo me quedaba con lo mejor de ella.

            Una tarde aburrida de bordados y bastidor trajo un tocadiscos y nos puso un vinilo de Salvatore Adamo. Ocurrió una sola vez. Sospecho que a alguna madre aquello no le pareció instructivo y dio la correspondiente queja. Otras veces nos hablaba de películas que había disfrutado en cines de ciudades que visitaba y que nosotras tardaríamos en ver. Las llevarían al pueblo después de que pasaran años de su estreno.

            Cuando llegaba la primavera solía quedarse ensimismada más a menudo. Yo me preguntaba qué estaría pensando. A veces soltaba las manos enlazadas debajo de la barbilla, se levantaba de su sillón, daba la vuelta a la mesa, se apoyaba con ellas en el borde, afianzaba un poco el cuerpo en el tablero, nos miraba con ojos soñadores y nos hablaba del viaje que tenía proyectado hacer ese año y de que solo le faltaba por conocer de España un trocito de la cornisa cantábrica. Daba algunos brochazos de color de los lugares que había visitado: sus bailes, los platos típicos, sus maravillosas iglesias y catedrales, antes de mirar su reloj de pulsera y dar unas palmadas mientras anunciaba la hora del recreo o nos mandaba a casa.

            Ocurría de vez en cuando y era como si estuviera en estado de gracia. Ninguna otra maestra lo hacía ni lo había hecho nunca. Después de unos ejercicios de Lengua que era la asignatura que a ella y a mí nos gustaba, iba a la pizarra, los borraba todos, y, en letra bien grande escribía: Redacción libre. Podíamos aburrirnos, crear, soñar, hacer, en definitiva, lo que nos diera la gana. Éramos libres.

            Unos años después de acabar el curso me fui del pueblo. La veía cuando yo regresaba en verano a pasar unos días. Nos saludábamos con las palabras convencionales e insulsas del cómo estás y poco más. Excepto en una ocasión. Una de las dos estaba sentada en la terraza de un bar y la otra se acercó. Creo que fue mi compañero el que le habló de alguno de mis relatos y entonces ella dijo: No guardo ningún escrito. Con la excepción de una carta de un obispo y un cuento tuyo. No supo decirme de qué trataba el cuento, aunque sí que estaba escrito a lápiz y en una hoja de un cuaderno de dos rayas. Ella murió hace unos años. Supongo que el escrito no sobrevivió. Me dejó la afición por la escritura.

14/1/21

ÚLTIMAS TARDES DE ESCUELA

 

                                  

Tomada de la red

 

 Al lado del encerado de mi clase, había un globo terráqueo que mi maestra giraba con la mano, durante las tardes de calor, poco antes de las vacaciones estivales. Señalaba con el dedo índice algún lugar del mundo mientras evocaba su último viaje de verano. Yo bordaba una sábana de su ajuar con interminables ramilletes de flores, bodoques, y filtiré. Mientras la aguja perforaba la tensión de la tela en el bastidor, arriba y abajo, arriba y abajo, me unía a su evocación, y la escuela, los pupitres y los bancos de bordar, se convertían en una cocina de Islandia, en unos jardines de París, en un salón de Austria o en un canal de Venecia. Dos minutos antes de acabar la clase, ella siempre volvía a Medina Azahara, a sus fuentes, a sus arcos, a sus colores y a su luz. Y yo con ella.

           

2/1/21

LA FAMILIA Y OTRAS ADVERSIDADES

 


Tomada de la red

Toda la familia metió baza en mi divorcio. Entraban y salían de casa cualquier día y a cualquier hora. Fue una separación sin duelo y con muchos dolores de cabeza. Yo andaba de los nervios con tanto trasiego familiar. Ni un respiro. Ni una lágrima. Por las noches caía reventada en la cama. Roque durmió en el sofá hasta que no pudo soportar más tanta presión. ¿Qué hace este tío aquí?, me sacaba del sueño mi hermana Rosalía, a los pies de la cama. ¡Puerta!, gritaba mi madre mientras le daba un capirotazo cuando lo encontraba desayunando en la cocina. Yo por mi sobrina soy capaz de cualquier cosa, le masticaba cada palabra mi tía Dolores. Cualquier cosa, ¿comprendes? El acoso continuo precipitó la separación. Roque se fue, dando un portazo, con cuatro cosas en una maleta y un ¡menuda familia de sicópatas! Y entonces comenzaron a cercarme. Que si hoy vienes a mi casa a comer.  Que si lo importante es que estés acompañada, máxime en estas fechas navideñas. Un horror solo pensar en corderos asados, langostinos y turrones en torno a la mesa y con la familia al pleno poniendo verde a Roque y preguntándome a cada minuto cómo lo llevaba. Lo que yo quería era estar sola. Lejos, lo más lejos posible.

Visité agencias de viaje, miré por Internet. Una isla en medio de ninguna parte. Agua y agua. Sol y más sol. Daiquiris con sombrillita, panza arriba en una playa. La encontré. Por supuesto no dije ni mu a nadie de la familia. Ni siquiera a la pequeña Berta, que apenas era capaz de pronunciar dos frases seguidas. Lo preparé todo en secreto. Saqué mis biquinis, mis pareos, mis chanclas. Todo mi ajuar veraniego cabía en una bolsa pequeña de viaje. Y llegó el día señalado.  El vuelo era de madrugada. Por si acaso se le ocurría a alguien presentarse por sorpresa y chafarme los planes, como era habitual, les dije que pasaría la noche con mi amiga Merche a quien avisé de que no soltara prenda en caso de que llamaran y que dijera que estaba durmiendo. Ella creía que tenía una cita a ciegas. Nadie, excepto yo, sabría a donde iba.

La isla era un paraíso. Ni en sueños pude imaginar un lugar así. El hotel, con sus cabañas individuales y sus pasarelas al mar, una maravilla. Tranquilidad total. Un puñado exquisito de personas simpáticas y, a la vez, discretas se movían de un lado para otro como si levitaran, hablando casi en susurros. Se veía a las claras que habían ido a buscar paz y tranquilidad como yo.

Debí suponer que algo pasaba cuando el personal, atento y solícito en todo momento, sonreía a todas horas, cruzaban miradas cómplices entre la recepcionista y el gerente cada vez que me acercaba a preguntar algo y los camareros me miraban y movían la cabeza con gestos afirmativos y satisfechos.

La paz, la tranquilidad, el sonido impagable del mar golpeando los pilares de mi cabaña, duró un pispás. El día de Nochebuena me despertó un gran alboroto fuera. ¡Vaya, qué bonito! ¡Qué bien se lo ha montado la nena! ¡Lujazo! Aquí vamos a estar en la gloria. ¡En la gloria! Comentarios y risas. Mi familia al completo.

Mi cuñado Miguel, el informático, había hackeado mi ordenador. Y, por si no bastaba, contrataron a un detective para que me siguiera a todas partes. Compréndelo, nena, estábamos preocupados por ti. Queríamos saber que estabas bien. Además que llevabas unos días rarita, se excusó mamá.

Hubo asado, gambas, langostinos, turrones, piña y muchos cócteles, ¡cócteles a toneladas! ¿Cómo si no iba a poder aguantar aquellas navidades en familia? Y con una selección de villancicos que se repetían sin parar para que la pequeña Berta estuviera contenta y no echara de menos la música de los centros comerciales. Acabé llorando el día de Noche Vieja. Una llorera imparable que salaba los erizos, cortesía del hotel. Toda mi familia sonreía satisfecha. La emoción, decían, por sentirse tan querida y arropada. Natural. La familia nunca falla, repetían como un mantra. ¿Qué más podía pasar? Recibíamos el nuevo año viendo amanecer en la pasarela, cuando se levantó en el horizonte la gran, la inconmensurable, la madre del cordero de todas las olas.