27/1/22

IMITANDO A MAMÁ

 


 

Tomada de la red

No existe un ruido más sonoro que el que no oigo. Estoy sentada al lado de la ventana, justo donde mamá se distraía con el movimiento del patio. Imagino que será parecido a lo que observaba ella. La camioneta que trae comida para la cocina acaba de marcharse después de descargar el pedido. Y otra vez se ha quedado el patio a merced de los insectos que revolotean y se estrellan a veces contra los cristales. Gambita, la gata, avanza sigilosa hacia los gorriones que beben en los charcos. La muy tonta siempre cree que puede sorprenderlos. Pero los pájaros son listos. No hace falta oírla, la huelen, ven el jaramago que brotó libre en una grieta del cemento, y el movimiento a su paso, la intuyen cerca, sienten la quietud tensa de los polluelos en el nido de la magnolia. Y cuando la zarpa está a punto de echarse sobre uno de ellos, levanta el vuelo y regresa el estallido de la vida. Fuera ocurren cosas interesantes, dentro también. Pero hoy Sandra me deja que ande distraída de la lección que ella explica. Un recordatorio o una despedida. Igual da.

            Yo quería ser como mamá. Fuerte para aguantar las noches en vela cuando enfermó papá, y delicada para las caricias y los abrazos con los que me da amor. Vestida y peinada con esmero, tanto para ir al cine como para hacerme los espaguetis que me gustan, o sentarse frente al ordenador a escribir sus cuentos para niños con los dedos aleteando cual mariposas sobre el teclado. Admiro a mi madre. Por eso decidí ponerme tapones en los oídos, para ser como ella.

            Había escuchado tantas veces la historia que me la sabía de memoria. Cuando mamá era niña la tomaron por tonta. No atendía, decía su maestra, no seguía la clase, siempre distraída con el vuelo de una mosca. La pusieron en el primer pupitre, lejos de la ventana y cerca de la señorita Mercedes. Pero no adelantaron nada. Decidieron hacerle pruebas y llegaron a la conclusión de que era algo cortita. Así lo dijeron: algo cortita, ella que siempre pasó más de una cabeza a todos los niños y niñas de su clase como se ve en fotografías antiguas. También hablaron de sordera. Pero lo importante, según dijeron, era que su inteligencia no daba para lo que se le exigía y por tanto le convenía ir a un colegio especial, con niñas como ella. Sin embargo, a los abuelos aquella opción no les convencía. ¡Pero si es más lista que el hambre!, repetían sin cesar. Se negaron a cambiarla de colegio. El director decidió armarse de paciencia. Solo era cuestión de tiempo que se dieran cuenta de su error. Recapacitarían y harían lo más adecuado para la niña. Mientras tanto, la señorita Mercedes pondría todo su empeño en que aprendiera y él buscaría ayuda para lo de su sordera. La señorita Mercedes lo intentó durante un tiempo, pero mamá estaba a disgusto, se comportaba mal, era bravucona y peleaba por cualquier cosa. Pronto se hartó la maestra y la devolvió a su lugar de antes, junto a la ventana, sin compañeros de pupitre a los que incordiara.

            Mamá miraba el patio. Todo el movimiento, todo el colorido, y, en primavera, cuando abrían las contraventanas para que entrara la brisa que refrescaba el aula, el olor de las flores de la magnolia actuaba como un poderoso elixir que la mantenía en un estado de ensoñación. Cuando salía con los niños y niñas al recreo, mientras ellos jugaban al balón y ellas a saltar a la comba, se entretenía en seguir la fila de hormigas hasta el hormiguero, en observar a los pájaros picoteando algún grano entre la hierba, o el vuelo de las abejas, de flor en flor. Y con insectos, gorriones, árboles y flores creaba  historias en su cabeza.

            Uno de esos días de primavera apareció Amelia. Dominaba la lengua de signos. A mamá no le gustó que se acercara a ella. Se había acostumbrado a estar sola, algo salvaje, sin disciplina ni esfuerzo alguno por aprender. Pero Amelia siempre encontraba la puerta por la que entrar y conseguir la colaboración de sus alumnas y alumnos. Mamá quería contar historias aunque ella aún no lo sabía, así que lo hacía en sordina y Amelia la observaba y seguía sus cuentos leyéndole los labios. ¿Quieres escribirlos para que todo el mundo los pueda leer? Pues tendrás que esforzarte y trabajar muy duro, le dijo. Y lo hizo. Ya lo creo que sí. No solo estudiaba en el colegio con Amelia, también la acompañaba a la fundación de la que era miembro y allí seguía su aprendizaje. A todas horas, sin rendirse jamás. Así fue cómo consiguió ser la escritora de cuentos que entusiasma a niños y niñas.

Yo quise ser como mamá.

            Cada cual tiene sus metas. Cada una sus dificultades. La tuya no es la sordera, Clara, no está bien que hagas uso de ella, me explicó cuando la llamaron del colegio para contarle que me había puesto unos tapones en las orejas y me negaba a quitármelos. Me sentí avergonzada.

            Lo he entendido. Sé lo que no soy. Sé lo que no tengo y lo que sí. Sé que tengo a mi madre, que la admiro y que me gustaría ser tan fuerte como ella, pero también sé que no soy ella y que tengo toda una vida propia por delante.

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