31/12/10

UN AÑO. UN APUNTE DE VIDA.


¡¡¡FELiZ AÑO VECINOS!!!



Mientras en Irak se sigue muriendo y El Gran Criminal duerme sin conciencia, voy de casa al trabajo y del trabajo a casa, con un embrión de carta en mi cabeza. Tecleo, borro, vuelvo a teclear. Vuelan pájaros de largo recorrido.
Mientras los muertos se secan al sol, mi hermana y yo celebramos nuestro cumpleaños alrededor de una paella.
Mientras un ojo a ras de suelo sólo ve barro, yo veo estrellas corridas y metamorfosis en parras.
Mientras una niña saca de un pozo un cubo de agua enlodada, yo abro el grifo, lleno un vaso y lo dejo cerca de la pantalla del ordenador donde Estrella vende los mejores percebes del mercado.
Mientras África llora, yo río la ocurrencia de una chica de mi centro de trabajo.
Mientras la soberbia intenta cargar sus muertos sobre otras espaldas, yo cocino frutos del mar.
Mientras asaltan un barco de ayuda a Gaza, doy los últimos toques a una historia de mares embravecidos y naufragio de pateras.
Mientras la burbuja inmobiliaria estalla y vuelan los buitres con los bolsillos llenos, yo me enfado con las palabras que no quieren venir en mi ayuda.
Mientras unos cuerpos revientan con la metralla y sus madres lloran, yo sonrío cuando sorprendo al mayor acariciando al menor de mis hijos.
Mientras un niño tira de la teta desinflada de su madre, yo preparo unas verduras al vapor.
Mientras un indigente es fagocitado por sus costras en California, yo me manifiesto contra la reforma laboral y la privatización de la sanidad.
Mientras cada segundo mueren niños de hambre, yo intento calcular en la cola de la pescadería por cuánto me va a salir el arroz con bogavante de fin de año. Un año. Un apunte de vida.


(En la columna de la izquierda podéis leer los relatos que hicieron y hacen conmigo personas con discapacidad intelectual en los Centros Ocupacionales por donde voy pasando)

Y bueno, aquí un enlace por si queréis leer algún relato navideño mío: http://proyectosetra.blogspot.com/



28/12/10

FINALISTA DE "CUENTA 140"


Me jugué el décimo en la última timba. Le supliqué una muerte rápida, pero ella era muy suya.

25/12/10

CARCOMAS

Su poquito de cambio en estas fechas tan entrañables.


Un tirón de la cinta de la persiana y caen varias filas rotas de luz sobre la colcha. Agarra una silla por el respaldo, la levanta, la coloca al lado de la cabecera y antes de sentarse, arregla el embozo alisando los pliegues de la sábana con la mano derecha. Luego le pregunta cómo se encuentra esa mañana y, sin esperar respuesta, le regaña por el trocito de pan que dejó en la bandeja de la cena.

- No somos ricos y no se puede desperdiciar la comida. Mire a esos pobres niños de África comiditos por las moscas. ¡Cuánto darían por ese pan que usted despreció!

Busca con el reproche de sus ojos, la vergüenza del padre en las dos grietas que se abren entre las arrugas de la cara. Luego suspira muy hondo, entrecruza los dedos de las manos y las deja sobre el regazo. Pasan unos segundos de silencio con pespuntes de sierra en la madera del armario.

- Ahora mismo le traigo el desayuno. Café y el cuscurro de pan que dejó anoche, bien tostadito. Café poquito para que no se ponga nervioso.

Libera las manos, las baja y las cierra en los bordes laterales del asiento. Impulsa el cuerpo hacia delante, mueve la silla y las patas golpean y arrancan polvo rojo de los ladrillos desgastados. Acerca los labios a la oreja del padre.

- Con lo bien que habríamos estado los dos solos después de la muerte de madre. Pero no, tuvo que buscarse la compañía de esa mujer. Bien que le ha sacado los cuartos, no lo niegue. Iba a pagar a un abogado para que le pleiteara la casa que usted le dejó, pero me han aconsejado que no lo haga porque me puede salir más caro el collar que el perro. Sé que es una chabola pero, chabola y todo, era mía. ¡Cómo pudo, padre, hacerme eso!

Se levanta, introduce una mano en el bolsillo de la bata y saca un cuaderno, un papel de reintegro bancario y un bolígrafo. Lo deja todo sobre la mesilla, incorpora al padre, dobla la almohada y se la coloca en la espalda, acerca el cuaderno, pone encima el documento y le deja el bolígrafo entre los dedos de la mano derecha. Cuando el padre firma, lo guarda todo en su bolsillo y se aleja hacia la puerta.

- Sepa usted que esa mujer ha tenido el atrevimiento de venir con la intención de verlo y que no la he dejado pasar del umbral. Mientras yo esté aquí, ella no pone los pies en esta casa.

- ¡Mala puta!

- ¿Ha dicho algo?

- Nada.

- Me había parecido. Ahora mismo le traigo el desayuno.

23/12/10

OTRA VEZ NAVIDAD

Como os ha dado a todos por el tema navideño, pues ahí va una contribución.

El ángel se columpia suspendido de un hilo sobre el tejadillo y las madres trabajan lavando pañales infinitos en el río y el pastor cuida la oveja coja y mamá oca lleva detrás a sus pequeños a nadar en un río de papel plata y tres camellos soportan con elegancia a tres Reyes Magos con su estrella guía sobre la cabeza y la Virgen mira embobada al Niño en cueros y con cara de no pasar frío y San José aguanta el tipo y el burro y el buey están un poco descascarillados pero siguen caldeando el Portal de Belén con su aliento y una mano de la tercera generación de la familia incluye una nueva figurita en el Nacimiento: señor abonando el musgo y todos lo miran con recelo. Otra vez Navidad.

20/12/10

DIFUNTOS


Saqué el vestido, las medias y la rebeca, todo negro, y lo dejé preparado sobre la silla. Les di betún y restregué bien los zapatos; quedaron como espejos de carbón. Bien ordenados debajo del asiento. Hasta un lazo de seda color azabache, compré. Todos los años veía pasar desde mi ventana a las vecinas, con los ramos y las coronas calle abajo, hacia el cementerio, y yo sin ningún muerto a quien llorar. Fui a la cocina, me agaché, cogí los polvos debajo del fregadero y eché una cucharada en la sopa de mi querido esposo.

17/12/10

VUELO DE LARGO RECORRIDO (incluido en el libro "10 CARTAS DE AMOR" )

Querida Eloísa:

Nunca me gustaron las palomas. Tampoco pensé que un día abandonaría mi casa. Tú siempre quisiste a las palomas. Yo odiaba el zureo en el alféizar de la ventana, su andar a pasitos cortos, la voracidad que las hacía pelearse entre ellas por una miga de pan, lo sucias que eran que lo dejaban todo perdido de porquería líquida. No acabo de comprender como tú, tan pulcra, puedes tenerles tanto aprecio. Al poco de mudarte, te vi en el rellano de la escalera de la mano de tu madre. Ibas con los zapatos brillantes, los calcetines rosas y el vestido de flores, que parecías una princesa. Miraste mis botas embarradas y arrugaste la boca con ese mohín que te sale cada vez que algo te desagrada. Fue la primera vez que me hiciste sentir mal. Luego vendrían otras. Pero esa la recuerdo porque conocí la vergüenza. Escupí sobre el cuero, saqué el pañuelo blanco del bolsillo y las limpié con él. Aquello me costó un fin de semana castigado en casa. Tuve tiempo para pensar en ti, también para ahuyentar a las palomas del alféizar de tu ventana con las piedras de mi tirachinas. Tú asomabas una mano con cuatro hoyuelos y muchas pecas, la abrías y dejabas caer las migas de pan. Luego ocurrió lo del accidente; porque eso fue Eloísa, un desgraciado accidente. Nunca quise darles. Pero ahí estaban, apelotonadas, voraces, picoteando tus migas. Tiré a bulto y la piedra le rompió una pata a la paloma. A ver qué otra cosa podía hacer ¿enterrarla? Eso hubiera sido un desperdicio. Ya sé que lloraste y que yo no debí decirte aquella estupidez de ave que vuela a la cazuela. Si pudiera volver atrás, no la cogería del parque donde cayó, ni se la llevaría a mi madre para que la guisara. ¡Hay que ver cómo son las madres! Todo lo cuentan a las vecinas. Me odiaste, lo sé. A mí, en cambio, cada día me gustabas más. Me distraje tanto contigo que no atendí a otros alicientes de la vida. No, no es un reproche. Pero quiero que lo sepas. Iba de la escuela a casa. Merendaba a bocados rápidos y enseguida estaba en la ventana, esperando a que tu mano saliera a alimentar a las palomas. No lo creerás, claro, porque tú no puedes ver maldad en ellas, pero yo observaba cómo se picoteaban unas a otras en la cabeza hasta hacerse sangre, todo por tener un sitio en ese comedero en que convertiste el poyo de tu ventana. Durante estos años, he visto asomar la piel suave de tus manos, con pequeñas pecas doradas, y los dedos largos aleteando como mariposas. Las he visto con manchas pardas, los nudillos hinchados y la piel abultada por ramificaciones azules. Siempre a las mismas horas. No podías descuidar a tus palomas. Tampoco yo podía descuidarte a ti. No puedes imaginar mi inquietud cuando no vi tu mano asomar a la misma hora de otros días. Se me hizo eterno el tiempo que tardó tu hija en venir a abrir la puerta. ¡Ay, Eloísa, qué testaruda eres! Tú y tus manías de poner cada cosa en su sitio de siempre. El tarro de las lentejas, arriba, en el último estante del mueble de la cocina. Y, claro, tuviste que subirte a la escalera. Date cuenta de que esa obcecación tuya te ha llevado a donde estás. Pero no, no quiero hacerte reproches. Siempre fuiste así: ordenada y pulcra. También muy testaruda. Yo en cambio. Bueno, ya lo sabes. Por eso no entendía lo de las palomas. Tampoco por qué te casaste con él. Os veía salir y entrar del portal, agarrados del brazo como dos amigos. No te ofendas, pero nunca vi ni un asomo de pasión entre los dos. Lo tuyo con los chicos era un ir y venir. Algo así como el cambio de vestido. Cuando tu madre dijo que te casabas, pasaron muchas cosas por mi cabeza y creo que llegué a odiarte un poquito. O mucho, no sé, ya no me acuerdo. En cambio sí recuerdo con qué fuerza deseé que lo aborrecieras como te había ocurrido con otros. Pero no, seguiste adelante. En medio de mi desconsuelo, saber que te quedabas a vivir un piso más abajo, fue un alivio. Continué espiando tus manos. Sólo tenía que asomarme un poco más. Luego nació tu hija y salías con ella al parque. Ahí cogiste la costumbre de llevarte el pan duro en una bolsa para seguir alimentando a las palomas. Te cubrían, insolentes y voraces. Picoteaban tus zapatos, incluso tus manos, conocedoras de que nunca les harías daño. Pero ellas a ti sí, porque pude ver alguna marca cuando las abrías para soltar la carga de migas en la ventana. Te seguí al parque y cuidé de tu niña. Porque a veces, ni cuenta te dabas de que ella se echaba de cabeza por el tobogán, tan ensimismada estabas con tus palomas. Luego él murió y volviste a ser mi vecina de planta. Vigilaba tus salidas a través de la mirilla para hacerme el encontradizo, sólo por escuchar tus buenas tardes; secas y distantes, sí, pero eran mías, las decías para mí. Te ayudaba a plegar el carrito para que pudieras bajar en el ascensor con la niña. “No se moleste”, decías, aunque me dejabas hacer. No sabes cuánto detestaba ese tratamiento de usted. Tú bajabas primero y luego yo, y aún quedaba un rastro de colonia en el ascensor. Fui a una perfumería y mareé a la dependienta con frascos y más frascos hasta que di con ella. Todas las noches echaba unas gotas en mi almohada y era un poco como tenerte a mi lado. Ahora ya lo sabes. Aunque yo creo que algo sospechabas. Porque a veces, cuando ibas sola y bajábamos juntos, olfateabas el aire y me mirabas a hurtadillas con una pregunta en los labios que nunca llegaste a formular. Yo seguía tus pasos, y cuando tu hija se fue y tu andar se hizo torpe, estuve atento a quitar cualquier estorbo en tu camino; pero no podía evitar lo que ocurriera dentro de la casa. Tu hija contrató a una sudamericana para que cocinara y te llevara al parque todas las mañanas, y yo me hice amigo de ella y así pude sentarme en tu mismo banco y competir contigo por las palomas. Tú abrías la mano y llenabas el suelo de pan; yo de arroz. Y ellas rodeaban mis zapatos. Supongo que estaban hartas de pan. Entonces quisiste saber qué les echaba y tuvimos nuestras primeras palabras más allá de los saludos fríos del portal y la escalera. Aquella noche puse muchas gotas de tu colonia sobre mi almohada y te sentí más cerca que nunca. Después vinieron otras mañanas y la señora nos dejaba solos en el banco mientras ella charlaba con sus compatriotas. Llegué a rozarte ¿recuerdas? Fue cuando me pediste un poco de arroz y puse mi puño sobre la palma de tu mano. Me demoré y tú no la retiraste. Desde entonces, fue como si tuviéramos una cita diaria en el parque. Te ibas a mediodía y ya sólo podía ver tus manos por la tarde, cuando le dabas de comer a las palomas en la ventana. Pero estabas tan cerca, a diez pasos de mi puerta, que cuando te acostabas, casi podía oírte respirar al otro lado de la pared. Tú y mi casa, eso era todo lo que yo quería. Porque ya te lo he dicho, nunca pensé en abandonarla. Mi vida, mis recuerdos, todo está entre estas paredes y me habría gustado quedarme hasta el final. Eso era lo que yo deseaba Eloísa, pero tú has tirado siempre de mí sin saberlo. Y ahora ha llegado el momento de seguirte al lugar donde tu hija te ha llevado para que no pases las noches sola, ni vuelvas a subirte en una escalera con un tarro de lentejas. Me voy contigo. Dejaré el piso cubierto de arroz y migas de pan y la ventana abierta para que las palomas puedan entrar y salir de mi casa. Y en unos días, cuando esté contigo, guardaré el pan de cada comida, bajaremos todas las mañanas y todas las tardes al pequeño patio de la residencia, tomaremos el sol y echaremos migas al suelo. Ya verás como en poco tiempo vuelves a tener a tus pies a tus amigas las palomas.

Tuyo: Alberto Rojas.

14/12/10

FINALISTA DE "CUENTA 140"


Mi madre tenía un oído muy fino. Cada vez que abría el cierre metálico de su monedero, me pillaba. Le regalé un tambor a mi hermano.

10/12/10

ESCARCHA EN LAS MANOS (finalista del concurso de poesía convocado por ArtGerust)



 




La cebolla es escarcha 
de la mañana.
Espuma dulce en las encías.
Piel de las manos.
Gachas de madre
con picatostes
sobre las trébedes.
Crecen los cuentos infantiles.
Suben fatigosos, ancianos.
La juventud,escarcha tierna,
se desvanece.
La oscuridad se desmiga
sobre nuestras cabezas.
Se lleva amores
adolescentes.

DOLOR DE VIDA



A su derecha pasa una ventanilla de coche. Medias gafas sobre el caballete de una nariz y una patilla enganchada en una oreja, una goma recogiendo el pelo en una coleta, un hombro, el brazo y la mano sujetando un volante. Acelera. Al frente, las líneas de la carretera unidas bajo un horizonte turquesa que se estira en morado y expande en violeta. Torres de acero, puentes colgantes de cables y boyas, salvavidas para no ahogarse en un mar de cielo. Una franja blanca de avión rasga el papel de la tarde. Acelera. Nada a dónde agarrarse. A su izquierda, un torreón derruido y un pájaro que vuela en círculos sobre dos cuernos en un campo yermo. Delante, una lona amarrada a la caja de un camión. En un lateral asoma la cabeza de una oveja llorona. Acelera. Dos rectángulos de caucho estriado en zigzag. Luces de frenado. El morro bajo el camión y él sobre el asfalto.

Toca la rugosidad del suelo. A un lado, la oveja muestra el interior de su vientre. Una mancha roja sale de algún lugar de su cuerpo de hombre roto, escurre, alcanza la del animal y ambas se mezclan. La oveja bala su dolor. Él pierde peso y se aleja de la frialdad del asfalto. La noche viene con luna llena. Amanda y la playa. Arriba se desdibuja el día. Amanda echada sobre un banco de sueño. La nada. Dormir y no despertar nunca más al vacío. Siente el aliento en la cara y el calor húmedo de una boca que rodea la suya y lo invade con bocanadas de aire tibio que le obligan a respirar. Siente, y una gota se abre paso en su interior de muerto, llega al lagrimal y lo desborda. Cosquilleo de lágrima, sobre un trocito de piel, que se extiende, invade, penetra y entra a borbotones en el caudal de su sangre. Dolor que se transforma y brota en angustia. Quiere y se aferra a esa boya, antes de que se la trague definitivamente la noche.

6/12/10

FINALISTA DE "CUENTA 140"



Presentó una reclamación en la oficina del consumidor por unas sardinas en mal estado. Murió de viejo. La reclamación sigue su curso.

2/12/10

REVISTA A-Zeta


LA COLADA DE LOS LUNES

Los lunes había colada. No me cansaba de mirar, desde mi terraza, las prendas íntimas, negras, rojas, blancas y rosas, cogidas con pinzas de colores del tendedero vecino, Al atardecer, como por ensalmo, desaparecían.

La última noche de vacaciones, mis amigos y yo nos armamos de valor y visitamos el lugar prohibido. Elegí a la chiquilla de pelo corto y piernas largas. Se quitó el vestido. Delimitando el vientre plano, las caderas estrechas y los muslos tiernos de niña, descubrí una de aquellas prendas. Intenté tragar saliva. Fue como si un hueso de albaricoque se hubiera atravesado en mi garganta.

AMAGOS

Estoy preparado, dijo. La abuela siguió con el ganchillo. Mamá se fue a la compra. El tío Antonio se despidió hasta el día siguiente. Mi hermano se encerró en la habitación y puso la música a tope. En cambio yo, esta vez creí a papá. Abrí el armario y saqué el traje gris marengo, la camisa blanca, la corbata azul, los calcetines y los zapatos negros. Luego me senté a esperar. Enseguida se le puso cara de muerto.

30/11/10

GANADOR DE CUENTA 140 (la rueda)



El capo era un apasionado de la Biblia. En lugar de un bloque de hormigón, ató a los pies del chivato una rueda de molino.





Y aquí los otros dos que seleccionó:

Mientras las niñas jugaban a la rueda, los niños nos tirábamos al suelo para jugar a las chapas. Y mirar para arriba y verles las bragas.



En la última rueda de reconocimiento, mamá no supo quién era yo. Siempre sospeché que, de sus seis hijos, a mí era al que menos quería
.





29/11/10

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES




El presidente del jurado subió al podio, se caló los anteojos sobre la nariz, rasgó el sobre con un abridor de plata, aclaró la garganta, bebió un trago de agua, tosió y luego dijo con voz alta y clara el título de la obra y el nombre del ganador.


Todos aplaudieron mientras giraban medio cuerpo hacia la mesa que ocupaba el galardonado. Subió al estrado, recibió el trofeo y el cheque, e inició su discurso improvisado.

En una mesa del fondo, el finalista ahogaba su frustración frente a una botella de whisky mientras colocaba su mejor sonrisa para las miradas de reojo de algunos de los asistentes. Después de unos cuantos vasos, estaba considerando que quedar finalista entre miles de participantes era algo muy honroso, cuando se le acercó su amigo del alma, el de toda la vida, aquel con el que había compartido piso, novia y pluma, y le dijo con cara de muchísima pena que sentía mucho que no hubiera ganado. Inmediatamente acusó el golpe, de hecho se tambaleó, de pie como estaba al recibir el abrazo del amigo.

Una vez hubo dejado al finalista, el amigo se apostó cerca de donde terminaba su discurso el ganador y antes de que todos los congregados se lanzaran a darle la enhorabuena, se adelantó él. Abrió sus brazos en cruz, ladeó la cabeza sobre el hombro, compuso su mejor sonrisa y lo acogió contra su pecho. "Escribes muy bien y te lo mereces. Todos sabemos lo que pasa con estos premios, lo del año pasado fue una vergüenza ¡dárselo a un escritor de novelas policiacas! Pero claro, todo está pactado. Ahora, tú te lo mereces. Enhorabuena" Palmeó varias veces la espalda del galardonado se dio media vuelta y salió de la sala, dejando tras de sí una risa espeluznante, como de hiena.


(Este es el inicio de un relato colectivo de otro foro. Como intervinieron varias personas, algunas con las que ya no tengo relación, lo dejo aquí. Parece que la historia se repite. Es cíclico esto de las vanidades de los plumillas, y los ninguneos y los comentarios amargados, y...)

27/11/10

LA CAZA


Debí evitarlo. Y lo intenté. Pero tenía una lengua tierna, ensalivada y dulce. Dejó su rastro por mi cuello y subió a mi boca. Caramelo líquido que envolvió mi labio inferior como una crisálida. Rendida, le franqueé la puerta de entrada a mi casa. Hice mi recorrido nocturno cerrando todas las ventanas. Esfuerzo inútil. Después de la media noche, él se dio cuenta de que los postigos estaban abiertos de par en par y se fue para no volver sino a través de palabras que se liaban en las creencias de las buenas gentes del pueblo y llegaban a mí entrampadas. Se afianzó mi fama y cada vez que las señoras, pañuelo negro anudado al cuello y escapulario morado sobre tetas descolgadas, pasaban delante de mi casa, se santiguaban y aligeraban el paso de sus zapatillas de lonetas reventadas por juanetes. Nadie quiso desde entonces regalarme una caricia ni un beso. Y sin embargo, con el canto del gallo, amanecía entre sábanas arrugadas, con los muslos húmedos de deseo cumplido y la boca sin jugos, como secada por besos.

Dormía desnuda sobre un lecho de telas revueltas cuando escuché una algarabía de viejas plañideras. Me vestí y salí a la calle. Miraban hacia arriba, bajaban las cabezas, se persignaban, pasaban las cuentas de sus rosarios con uñas de luto, lloraban, gemían y clamaban al cielo pidiendo ayuda. Con un ala atrapada entre los cables de la luz, el cuerpo colgando, la cola oscilando entre las patas algo torcidas, un pequeño ser cornudo intentaba alcanzar con una mano de uñas largas y afiladas, los cables para soltarse. Las viejas me recibieron con insultos y escupitajos y tuve que refugiarme dentro de casa. Las oí arengar a los hombres. Escuché sus gritos cuando el diablillo les chamuscó el pelo con llamaradas de agonía. Eso les oí llamarlo, diablillo. Eso dijeron. Sé lo que hicieron con él. Sé lo que piensan hacer conmigo. Salgo al patio. El cielo arde. Bombas incendiarias que corren de un lado a otro, cruzándose en caminos de sangre. Levanto una mano, luego la otra. Doy un salto pequeño, subo unos metros, bajo. Cojo impulso, arriba, más alto, vuelvo a caer. Escucho los golpes en la puerta. Deprisa. Voy hacia la escalera pegada a la pared del pajar. Peldaño a peldaño, llego a la entrada. Doy una patada a la escalera. Los oigo. Están al lado. Veo sus cabezas asomar desde el patio vecino. Él me mira y sonríe torcido. Echa una pierna hacia este lado del muro. Voy a saltar. Cierro los ojos y salto.

25/11/10

ME QUIERES, NO ME QUIERO





Mi madre vivía para la familia. Eso era amor, decía. Planchaba al atardecer, cuando el cielo se iba morado por la loma. Entre ascuas, saliva en el dedo, y algún canturreo, dejaba las camisas blancas sin una arruga. Cuando terminaba ya era de noche y mi padre no había vuelto del café y la partida de cartas con los amigos. Repetían la misma discusión entre las sábanas húmedas de invierno y empapadas en sudor de verano. Yo me tapaba la cabeza con el embozo para no oírlos y me iba quedando dormida con la última entrega de Kit Carson y su amigo Toro, de la sesión matinal del último domingo. Entendía a mi madre. Ella sólo quería que él pasara más tiempo en casa. Eso era amor, repetía. Dejaron de ir juntos al cine: yo en medio, cogida de sus manos, dando saltos, bajando la calle Real mientras las canciones de Antonio Molina nos llegaban cada vez más cerca.

Mi madre se fue un verano. Era solo por un tiempo. Mi padre estaba cada vez más enfermo y no podía sacarnos adelante. “Dos meses de trabajo y vuelvo con dinero para todo el año”. Se fue un día de julio de madrugada y él no dejó de llorar en toda la mañana. Nos quedamos los tres: mi padre, la abuela y yo. Tres vidas que no se encontraban en los rincones de la casa. Cada uno arrastrando su soledad. Yo pasaba la mayor parte del tiempo en la calle. Llegaba de noche y nadie parecía echarme en falta.

Mi padre dejó de hablar y perdió el apetito. Caminaba cada vez con más trabajo. Se apoyaba en un bastón y tardaba mucho en recorrer el trayecto desde nuestra casa al café. En los últimos días de julio, dejó de ir a su partida con los amigos.

A mediados de agosto, el cartero comenzó a traer cartas de mi madre dirigidas a mi padre. No podíamos abrirlas para leerlas. Y él pasaba el tiempo rellenando cuartillas de una raya que arrancaba de mis cuadernos del colegio. Cuando el mes estaba a punto de acabar, ella anunció que volvía y él recuperó el habla y también el apetito.

Unos días antes de su regreso, mi padre me dijo que me pusiera guapa que iba a llevarme al cine. No recuerdo qué película daban pero sí que la actriz era Lana Turner. A mitad de la cinta, lo miré de soslayo: seguía con los ojos encendidos los movimientos de la rubia. Descubrí que, además de mi madre, existía otra mujer para mi padre.

Cuando ella volvió, no dije una palabra de la salida al cine, ni de lo que había descubierto. Era un secreto entre mi padre y yo, aunque él no lo sabía. Mi madre siguió pensando que mi padre no la quería y él, aunque no volvió al café ni a las partidas de cartas, se refugió en la radio y pasaba las horas escuchándola. Pero cuando llegaba la noche y los dos se acostaban, él no dejaba de hablarle, quedo, paciente, intentando convencerla de que no había nadie en el mundo a quien quisiera más. Y yo, desde la cama de mi habitación, corroboraba por lo bajito: “Ni siquiera a Lana Turner”.

23/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO CUENTA 140

Esta es la última vez que colgaré varios. Como sabéis, después de una buena algarada, se ha quedado en que se enviarán los que se quieran pero con un solo nick y él elegirá uno, si es que le gusta. El de la bordadora lo incluyo porque fue el que eligió en un principio y creo que merece estar aquí, aunque luego colgó el de las gallinas como finalista.
Le dijeron que el Cuerpo de Verdugos estaba al completo. Tuvo que hacerse un hueco.


Para verdugo, "la Florera" que mataba gallinas a destajo con un golpe de muñeca.
Su madre ponía siempre la guinda en el pastel. Ella también era detallista: bordaba las capuchas de las condenadas rematándolas con vainica.

19/11/10

INMORTALIDAD (Finalista del concurso de abogados de julio del 2010)

El viejo magistrado sacaba el reloj del bolsillo de su chaleco y le daba cuerda. El viejo magistrado tenía una habitación llena de devoradores de tiempo. El viejo magistrado quería ser inmortal. Pero el tic tac del reloj de pared y el siseo de la arena deslizándose por el hocico pequeño hacia la panza de cristal, eran su condena a muerte. “Polvo eres...” recitaba entre dientes, con los ojos húmedos, antes de golpear con el mazo sobre la mesa. Luego, en la sala reverberaba la última sílaba de su justa sentencia. El viejo magistrado, mi mentor, según el informe médico, murió de viejo. Pero ahora sonríe, sentado en el pequeño sillón forrado de terciopelo rojo, frente a la pequeña mesa de madera, en la diminuta sala de justicia. Aún me falta un fiscal, un miembro del jurado, un asesino en serie, un corrupto... pequeños detalles para completar mi maqueta.

16/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTA 140

 
Al jubilarse como funcionario de correos, el padre instó al hijo a sacar la plaza. Flojo en el estudio,se empleó como correo de un narco.




Él era, ante todo, creyente y caballero. Cumplió su palabra y lo envió para el otro barrio con una carta de recomendación.



12/11/10

INVITACIÓN A LA VIDA


Se fue en silencio, con paso suave, sin riñas. Un golpe de viento cerró puertas y ventanas y dejó la casa a oscuras. Se movía en la penumbra, tanteando la vida. De la cocina a la sala, de la sala al baño, del baño a la habitación. Habitación condenada de tristeza. Dejó de regar y las malas hierbas se tragaron los pensamientos que ella había cultivado.
Quiso sentir su dolor único y no atendió ni al sueño ni al hambre. Se olvidó del jabón y del peine, de la maquinilla de afeitar, de la pasta de dientes. La lavadora con las juntas resecas. El frigorífico vacío y aquel círculo de ketchup que ella dejó en el primer estante. Arrastraba el almohadón por los rincones, acercándolo a la nariz y, cuando el agotamiento lo tumbaba y hundía la cara en el olor de las sábanas, entretenía la angustia repasando con un dedo el nombre bordado mientras sus labios deletreaban: I-N-É-S. Borró la cinta de “Esplendor en la hierba”, de tanto ponerla. Rayó el disco de Blowin’ In The Wind, de tanto escucharla. Rompió las hojas de “El Aleph”, de tanto pasarlas. Días como siglos. Repasaba las cintas, los discos, los libros. Se hartaba. El círculo ennegreció en el estante del frigorífico y el olor de Inés se cubrió con el sudor de su cuerpo.

Amaneció un día un triángulo blanco asomando por la rendija de una ventana. Abrió un poco y una lámina de luz alumbró “El transcantábrico”. Leía entre motas de polvo suspendidas en haces luminosos. Escuchaba. Fuera, la cuerda fustigaba con ritmo la calle.
- Te convido.
- ¿A qué?
- A pan y vino, sopa de cocido, copa de aguardiente, fuerte, fuerte, fuerte...
Abrió un poco más la ventana y vio las trenzas y la falda volar. Apoyado en el quicio de la puerta, mirando de reojo el barrido de la cuerda bajo las suelas de los zapatos, calcetines caídos, palitos de piernas y huesos de rodillas, estaba él o alguien como él. Sonrió, abandonó la habitación, fue hacia el baño, enchufó la maquinilla y comenzó el afeitado.

9/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTA 140

 

 Yo los cazo, los desuello y seco sus pieles; y los chinos las cosen en el taller del sótano. Se venden muy bien estos abriguitos de humanos.


 



 

“¡No pienso guisar más tus pajaritos!”, gritó ella. “No te conviene pensar”, dijo él enrollando un extremo del cinturón en su mano derecha.