27/11/10

LA CAZA


Debí evitarlo. Y lo intenté. Pero tenía una lengua tierna, ensalivada y dulce. Dejó su rastro por mi cuello y subió a mi boca. Caramelo líquido que envolvió mi labio inferior como una crisálida. Rendida, le franqueé la puerta de entrada a mi casa. Hice mi recorrido nocturno cerrando todas las ventanas. Esfuerzo inútil. Después de la media noche, él se dio cuenta de que los postigos estaban abiertos de par en par y se fue para no volver sino a través de palabras que se liaban en las creencias de las buenas gentes del pueblo y llegaban a mí entrampadas. Se afianzó mi fama y cada vez que las señoras, pañuelo negro anudado al cuello y escapulario morado sobre tetas descolgadas, pasaban delante de mi casa, se santiguaban y aligeraban el paso de sus zapatillas de lonetas reventadas por juanetes. Nadie quiso desde entonces regalarme una caricia ni un beso. Y sin embargo, con el canto del gallo, amanecía entre sábanas arrugadas, con los muslos húmedos de deseo cumplido y la boca sin jugos, como secada por besos.

Dormía desnuda sobre un lecho de telas revueltas cuando escuché una algarabía de viejas plañideras. Me vestí y salí a la calle. Miraban hacia arriba, bajaban las cabezas, se persignaban, pasaban las cuentas de sus rosarios con uñas de luto, lloraban, gemían y clamaban al cielo pidiendo ayuda. Con un ala atrapada entre los cables de la luz, el cuerpo colgando, la cola oscilando entre las patas algo torcidas, un pequeño ser cornudo intentaba alcanzar con una mano de uñas largas y afiladas, los cables para soltarse. Las viejas me recibieron con insultos y escupitajos y tuve que refugiarme dentro de casa. Las oí arengar a los hombres. Escuché sus gritos cuando el diablillo les chamuscó el pelo con llamaradas de agonía. Eso les oí llamarlo, diablillo. Eso dijeron. Sé lo que hicieron con él. Sé lo que piensan hacer conmigo. Salgo al patio. El cielo arde. Bombas incendiarias que corren de un lado a otro, cruzándose en caminos de sangre. Levanto una mano, luego la otra. Doy un salto pequeño, subo unos metros, bajo. Cojo impulso, arriba, más alto, vuelvo a caer. Escucho los golpes en la puerta. Deprisa. Voy hacia la escalera pegada a la pared del pajar. Peldaño a peldaño, llego a la entrada. Doy una patada a la escalera. Los oigo. Están al lado. Veo sus cabezas asomar desde el patio vecino. Él me mira y sonríe torcido. Echa una pierna hacia este lado del muro. Voy a saltar. Cierro los ojos y salto.

27 comentarios:

Mónica Ortelli dijo...

Ah, esos demonios tan sensuales valen la pena, aunque después haya que saltar tapiales y huir de las
siniestras viejas de negro.
Un cuento pa' prender fuego, Lola.
Me encantó.

Mónica Ortelli dijo...

Otra vez yo, Jajaja, no se bien cómo escribí lo anterior, pero aclaro por las dudas: quise decir que con este cuento por lo ardoroso, se puede encender un fuego. Que se entienda bien.

Maite dijo...

Hay relaciones que bien pudieran haber sido consumadas con el mismísimo demonio, pero el amor es así y los dedos de la gente apuntando a los protagonistas como herejes, hacen que al final solo quieras escapar, solo quieras saltar. Me ha encantado, ese detalle en cada pincelada, las uñas de luto, los juanetes... Genial. Besos

Lola Sanabria dijo...

Gracias dobles, Mónica. Y buenos sueños con los diablillos.

Abrazos brujos.

Lola Sanabria dijo...

Ya sabes Maite la mala fama que tienen los ángeles, que si no tienen sexo, que si son medio bobos. Donde esté un buen diablillo que se quite un ángel. Y eso que tienes en el cuerpo.

Besos nocturnos.

AGUS dijo...

Me impactó la mezcla del elemento religioso y el sensual. Es un texto de contrastes. De mundos exteriores versus mundos interiores. La prosa, Lola, es de una fuerza inusitada, dura, incluso en algunos momentos áspera. La sensación y el resultado son fantásticos. Se me quedó grabada esta frase: "pañuelo negro anudado al cuello y escapulario morado sobre tetas descolgadas".

Un abrazo y besos, por supuesto.

Andreas Luján dijo...

Buen trabajo con toques poéticos que agradan la lectura. Me ha gustado por su especial toque en la descripción de la gente que lo transita.

Saludos.

odys69 dijo...

Los muertos en vida no tienen criterio propio, acatan y velan por el cumplimiento de las leyes y costumbres que les permiten seguir llevando su existencia de autómatas, aniquilan todo lo que dé señales de estar vivo. Todo aquello que no tienen, la consumación del deseo, la alegría, la búsqueda de libertad...

Tu relato es como un cubo de agua negra extraída con mucho arte del pozo de la España profunda. Negra, sí, pero muy rica.

Besos.

Lola Sanabria dijo...

Y entonces llega Agus con su fino bisturí y disecciona a la perfección el relato.

Gracias por interrupir tu descanso de finde y dejar tus joyas aquí.

Besos doblados.

Lola Sanabria dijo...

Gracias Andreas por dejar tu perspicaz comentario.

Abrazos.

Lola Sanabria dijo...

Te leo, Alberto, y es como si lo hubiera escrito yo. Porque coincido cien por cien con lo que dices. Porque de eso se trataba, de dar cuenta de esos muertos en vida que a mí tanto me asustaban de cría. Y aún.

Abrazos y besos con mucha luz.

Torcuato dijo...

Se castiga siempre lo que no se comprende, aunque esto no dañe a nadie.
Este relato es tremendamente visual.
Un beso, Lola.

Lola Sanabria dijo...

Y lo que es diferente.

Besos, mil, Tor.

David Figueroa dijo...

Tiene magia, y mucha. Te ensañas con las viejas "beatas", las describes maravillosamente, a mi juicio ellas son las verdaderas protagonistas del relato. Coincido con Agus en la misma frase, me fascinó.
Tu prosa tiene mucho encanto, engancha, sé que has dicho que no te interesan las novelas, pero yo soy uno de los que esperamos ansiosos por un día en que se te meta una entre ceja y ceja una, y no tengas más remedio que encantar a cualquier editor con la maestría de tus palabras enlazadas.
En "la boca sin jugos, como secados por besos" me imagino que pensabas en labios cuando escribiste "secados" y no secada.
Muchos besos.
David.

R.A. dijo...

En un tres palabras:

¡Joder qué bueno!

¡ Esas viejas sin que son demonios y mil veces más letales en ocasiones!

Para mí es un canto a la libertad de pensamiento y obra sin los por mi culpa , por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y además libertad de mujer que si hubiera sido un hombre otra gallo hubiera cantado claro.

Besos boquiabiertos

Rocío dijo...

Ay, Lola, qué maravilla. Es una lástima que no haya por ahí un diablillo para cada abuela intransigente... otro gallo cantaría, jeje.
Las imágenes son bellísimas, me ha encantado la descripción del amor carnal al principio del relato.
Besos
Rocío

Lola Sanabria dijo...

Hace un millón de años me dio por escribir alguna novela-tostón-mala de cojones. Envié una a un concurso y al cabo de un tiempo me llamó un editor o algo así para ofrecerme una especie de contrato para escribir novelitas. Por supuesto tenía que acortar la que presenté. ¿Te das cuenta, David? novelitas de esas romántico-basura. Le dije que no. Hay quien opina que hice mal porque el caso era meter cabeza, pero yo no me he arrepentido nunca de aquella decisión. Las novelas fueron a donde tenían que estar: la basura. Todo este rollo es para decirte que no me tientan, que me aburre escribir tanto sobre un mismo tema, que bueno que nunca digas nunca jamás pero hay un noventa y nueve por ciento de que no lo haga.

Y sí, me refería a los labios pero creo que está mal expresado así que lo cambio. Gracias por avisarme.

Besos al cubo.

Lola Sanabria dijo...

¿Un diablillo por cada vieja intransigente? Na de na. ¡Que les den! Los diablillos para quienes se los trabajan, o sea gente como tú y yo, Rocío.

Besos, mil.

Lola Sanabria dijo...

A ver si ahora, Rosana, nos vamos a creer con la misma libertad que ellos ¡hombre, por dios, qué poca vergüenza! Los hombres pueden hacer lo que les dé la gana, liarse con todas las brujas que quieran, luego se las quema y ¡ya está!

Voy con la escoba a otra parte.

Besos de bruja mala.

woody dijo...

Diablillos deseables pero que no convienen. Esto sí me suena a novela, Lola.
Abrazos

Lola Sanabria dijo...

Gracias woody. Mis pobres diablillos con el calor que dan.

Besos infernales.

MTeresa dijo...

Hay demonios bajo los
pañuelos negros,
pero no se miran al espejo

Lola Sanabria dijo...

Es que si se miran no se ven o estiran la pata de puro susto.

Bienvenida al blog y gracias por comentar.

Abrazos variados.

Juan Leante dijo...

Admiro cómo de un asunto tan usual, (sobre todo años atrás) se puede convertir en un relato de gran contenido imaginario gracias a tu habilidad con las palabras.
Qué chocante puede llegar a ser, que estas mismas abuelas inquisidoras fueran también las mismas que durante la guerra civil impidieron que muchos hombres embargados por el pánico tuvieran que volver a las trincheras de las que huían tras recibir los reproches e insultos de sus compañeras. Una cosa no quita a la otra, es tan solo una reflexión.
Besos y enhorabuena.

Lola Sanabria dijo...

Buena reflexión, Juan. Efectivamente es muy chocante que por un lado muchas mujeres estén dispuestas a hacer grandes cosas y por el otro, dada la educación que recibieron, puedan llegar a ser las mayores represoras de otras mujeres.

Besos a mogollón.

Un tipo dijo...

Estos demonios, y sus atracciones.
Muy íntimos.

Un saludo ;)

Lola Sanabria dijo...

¡Y tan íntimos! Gracias, tipo.

Besos doblados.