25/12/10

CARCOMAS

Su poquito de cambio en estas fechas tan entrañables.


Un tirón de la cinta de la persiana y caen varias filas rotas de luz sobre la colcha. Agarra una silla por el respaldo, la levanta, la coloca al lado de la cabecera y antes de sentarse, arregla el embozo alisando los pliegues de la sábana con la mano derecha. Luego le pregunta cómo se encuentra esa mañana y, sin esperar respuesta, le regaña por el trocito de pan que dejó en la bandeja de la cena.

- No somos ricos y no se puede desperdiciar la comida. Mire a esos pobres niños de África comiditos por las moscas. ¡Cuánto darían por ese pan que usted despreció!

Busca con el reproche de sus ojos, la vergüenza del padre en las dos grietas que se abren entre las arrugas de la cara. Luego suspira muy hondo, entrecruza los dedos de las manos y las deja sobre el regazo. Pasan unos segundos de silencio con pespuntes de sierra en la madera del armario.

- Ahora mismo le traigo el desayuno. Café y el cuscurro de pan que dejó anoche, bien tostadito. Café poquito para que no se ponga nervioso.

Libera las manos, las baja y las cierra en los bordes laterales del asiento. Impulsa el cuerpo hacia delante, mueve la silla y las patas golpean y arrancan polvo rojo de los ladrillos desgastados. Acerca los labios a la oreja del padre.

- Con lo bien que habríamos estado los dos solos después de la muerte de madre. Pero no, tuvo que buscarse la compañía de esa mujer. Bien que le ha sacado los cuartos, no lo niegue. Iba a pagar a un abogado para que le pleiteara la casa que usted le dejó, pero me han aconsejado que no lo haga porque me puede salir más caro el collar que el perro. Sé que es una chabola pero, chabola y todo, era mía. ¡Cómo pudo, padre, hacerme eso!

Se levanta, introduce una mano en el bolsillo de la bata y saca un cuaderno, un papel de reintegro bancario y un bolígrafo. Lo deja todo sobre la mesilla, incorpora al padre, dobla la almohada y se la coloca en la espalda, acerca el cuaderno, pone encima el documento y le deja el bolígrafo entre los dedos de la mano derecha. Cuando el padre firma, lo guarda todo en su bolsillo y se aleja hacia la puerta.

- Sepa usted que esa mujer ha tenido el atrevimiento de venir con la intención de verlo y que no la he dejado pasar del umbral. Mientras yo esté aquí, ella no pone los pies en esta casa.

- ¡Mala puta!

- ¿Ha dicho algo?

- Nada.

- Me había parecido. Ahora mismo le traigo el desayuno.

21 comentarios:

Elisa dijo...

Ay, Lola, qué triste.

Iván Teruel dijo...

Muy buen relato Lola. Desde la plasticidad de la primera imagen, hasta la construcción de esa relación en la que hija y padre intercambian sus roles forzados por el escenario de fondo, pasando por el sobrecogedor silencio del padre -avasallado durante todo el relato por la verborrea histérica de la hija-, únicamente roto por la demoledora intervención final: "mala puta". Y ese "nada" posterior, negando sus únicas palabras, devuelve al viejo al silencio en el que lo ahoga el reproche permanente de su hija despechada.

Fantástico retrato de una relación tortuosa que, sospecho, se repite con mayor frecuencia de la que creemos. Enhorabuena por el relato, Lola, me ha encantado. Y disculpa por mi prolongada ausencia en tu blog. No correspondo tu fidelidad.

Abrazos agradecidos, disculpados y navideños. Y besos a pares acumulados devueltos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Hay que ver las cosas que pasan a la hora del desayuno.

Saludos y un abrazo.

Luisa Hurtado Gonzalez dijo...

Me gustan las historias que se gestan en ambientes perfectamente normales, como ésta: una hija cuidando a su padre, como muchos hijos hacen o deberían hacer, y una drama, una tensión,...
Una historia dura para acabar el año.

Lola Sanabria dijo...

Sí, Elisa, triste pero real en muchos casos como la vida misma. ¡Cuántos ancianos están bajo el cuidado-tiranía de los hijos! Gracias Elisa, por leer y comentar.

Gracias, Iván, porque siempre que pasas por aquí, haces un análisis brillante de mis relatos. No importa si no es a menudo, importa lo bien que lo haces.

Gracias paisano por dejarte caer por esta página.

Luisa, todavía no hemos acabado el año, aviso, tal vez para finales tenga algo más duro o más blando, según queráis, para dejarlo aquí. Gracias por tu comentario.


Puñado de besos reposados.

Puck dijo...

Uff qué duro pero como dices, qué real. Me encanta el modo tan natural de contarlo y como se va deshaciendo la madeja poco a poco
Saludillos

Lola Sanabria dijo...

Gracias, hermosa, por pasarte por aquí, a pesar del tiempo dulce, dulce, navideño, y de lo duro del relato.

Besos acaramelados.

Maite dijo...

Lola, tu prosa excelente nos deja ver esa realidad que tanto ocurre. Egoístas hasta la saciedad, y más por dinero, tal vez quien se quedó el piso le hizo feliz por un tiempo, más que quien, siendo sangre de su sangre, no muestra afecto más que por una firma en un talonario. Muy crudo, invita a la reflexión por parte de todos. Ahora que, también aprovecho para rendir mi homenaje a todos aquéllos que se preocupan por sus ancianos y que a veces, incluso se dejan demasiado en el camino, renunciando a cosas que no deben renunciar ¿encontraremos el punto de equilibrio?
Como siempre, chapeau, Lola. Millones de besos admirados

Lola Sanabria dijo...

Sí, Maite, también está el polo opuesto, el egoísmo de los mayores, que no dudan en sacrificar a los hijos. Algún día habrá que escribir sobre eso. Gracias por tu comentario, por tu generosidad a la hora de valorar el relato.

Besos sin carcomas.

AGUS dijo...

No dejas de sorprenderme. En este relato, lenguaje y historia van de la mano para fundirse hasta desgranar la miseria humana más profunda. Tal y como señala Iván - que es un hacha - ese "mala puta" me parece genial. Sólo te bastan dos palabras para definir a un personaje. Increíble. Te lo digo siempre, pero coñe es verdad, pasar por aquí es un lección continua, un aprendizaje enriquecedor. Así que hoy, además de la enhorabuena merecida, te doy las gracias.

Un abrazo y besos.

Lola Sanabria dijo...

Estoooo... Yo no sé qué decir, Agus, ante tanto halago. Gracias a ti, que siempre tienes ese ratito para pasarte por aquí y dejarme tu comentario.

Besos y abrazos a pares.

R.A. dijo...

Lola, este fue finalista o algo ?

Me acuerdo por bueno y porque narras siempre logrando que el lector fije en su mente los objetos o algún detalle que parece leve pero que tiene sum aimportancia: los gestos de las manos de esa hija, el polvo del suelo, el tipo de luz. Todo eso siempre acompaña y refuerza lo que se está contando. Estupendo

Besos

Lola Sanabria dijo...

Participó en un concursito que hacíamos en un foro, pero nada más. Gracias, Rosana, por señalar los detalles.

Besos mañaneros.

Pablo Gonz dijo...

Me pareció estar leyendo al mismísimo Onetti: la misma atmósfera desgarrada y desgarradora, la misma atención obsesiva por el gesto y su estudio lírico. Me gustó mucho.
Abrazos a espuertas,
PABLO GONZ

Lola Sanabria dijo...

¡Hay es nada, el mísmisimo Onetti! Me llena de orgullo que te pareciera estar leyéndolo. Muchísimas gracias.

Besos redoblados.

David Figueroa dijo...

Que bueno Lola, que disfrute. Nada de análisis, sólo el placer de leerte.
Hay muchas cosas que me gustan de este relato, muchas como para enumerarlas, muchas porque me gusta completito.
Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias David. Me alegro mogollón de que te guste.

Par de ráfagas de besos.

Un tipo dijo...

Así pasa, ¿no?
Siempre logras capturar la esencia.
Me encanta como escribes, pues.


Abrazos!

Lola Sanabria dijo...

Muchas gracias, Edgar.

Besos con alevosía y nocturnidad.

Cora Christie dijo...

Odio, rencor, avaricia, crueldad, sadismo. Axfisiante historia de la relación entre esta carcelera con carcomas en el sentimiento y su reo incapacitado y a la merced de sus torturas.
Puede que sea un pan nuestro de cada dia, normal e incorporado a mas vidas de las que queremos creer, pero me traspasa un frío de cuchillo en cada movimiento: de la persiana a la silla, de las manos que se contraen como garras de rapiña al susurro amenazante sobre la oreja del sometido.

Un friso amenazante y turbio; un espejo deformado a propósito, en el que resulta sobrecogedor contemplarse.

En mi opinión es muy bueno, Lola, no porque yo lo sea -como me respondías en algún otro lugar de este libro tuyo- sino porque trasladas con maestría la maldad en estado puro, incorporada a nuestra normalidad cotidiana.

Escalofriante.

Lola Sanabria dijo...

Has cogido el bisturí, Cora, y has diseccionado el relato con una pericia que ya quisieran muchos de los llamados entendidos.

Gracias acompañadas de mil besos.