
18/3/10

ALMA EN PENA
17/3/10
GRAMOS DE FELICIDAD (INCLUIDO EN EL LIBRO "CUENTOS ALÍGEROS")
El otro día tocaba revisión médica. Con los tubos de flujos y materias internas en mano, entré en un vagón del metro donde soporté mal el exceso de personas. Como una lombriz de tierra, el convoy se deslizó por túneles y más túneles hasta llegar a la estación. Ya llegas, aguanta, me dije, a punto de desmayarme. Pero no, quedaba recorrer medio Madrid perforado. Subí escaleras, las bajé, anduve pasillos interminables, bordeé andenes y al final salí a la calle. Ya está, un poco más y podrás tomarte esa taza de café con la que sueñas. Pero no, en la clínica me esperaba otro exceso de personas para la analítica, para el electrocardiograma, para la audiometría, para la visión, para pesarte, medirte; para todo. El café y las tostadas con tomate, ajo y aceite de oliva, con que me desayuné después, me parecieron un lujo.

11/3/10

CONTROL
CÁRCELES PARA MUJERES
Ese tic tac que escuchamos hace rato, con los años ha crecido como un latido ensordecedor. Antes apenas nos dábamos cuenta. El salto de las agujas era canción de cuna. Es como cuando se lanza una piedra al río. Ondas expansivas que amenazan con aniquilarnos. Él dice que pasará pronto, que nos adaptaremos como murciélagos a nuestra confortable cueva. Casi no oímos. Casi no vemos. Casi no olemos. Casi no tocamos. Casi no saboreamos. Casi no somos. Podemos quedarnos aquí, arropadas, entre sedas y almohadones, o salir a la calle. Yo, al menos, no esperaré a oír ni un sólo tic tac más de este reloj perverso.
LA ESPERA
Ese tic tac que escuchamos hace rato en el silencio de la casa, acompaña nuestro insomnio. Cuando creo que él ha caído rendido, me levanto y camino descalza para no despertarlo. Me paro un momento ante la puerta con la señal de prohibido, luego paso de largo y llego a la cocina. Abro el frigorífico y saco la leche. Caliento un vaso en el microondas y mientras lo bebo a pequeños sorbos, miro a través de la ventana el porche y la calle que se pierde en una curva. Entonces siento sus brazos rodear mi cintura. Y nos quedamos los dos mirando esa calle vacía.
6/3/10
LA PEQUEÑA

Caminaba todas las tardes con un nido de gracia en el hueco de sus caderas. El cántaro de agua sobre el rodete de su cabeza y una nube de muchachos deseando perderse en el calor de sus piernas. Morena, de pelo largo trenzado hasta la cintura, la piel tostada por soles de años de vendimia, detenía a sus admiradores con el poder de su mirada. Los domingos, tiznaba el contorno de sus ojos con un carboncillo y dibujaba un corazón rojo en sus labios. Un suéter de cuello de barco, falda de tubo, marcando un culo prieto y respingón, levantado sobre unos tacones de aguja y un olor a canela la acompañaban hasta el salón donde alternaba el baile con algún mozo que se le apretaba, encendido, cuando tocaban un bolero, con el twist en solitario, descalza, en el centro de un corro que la jaleaba mientras ella subía y bajaba, arremangándose la estrechez de la falda, su cuerpo pequeño y sinuoso. Reía con ganas, mostrando dos dientes grandes y separados que blanqueaban en los paseos de las noches de verano, bajo un cielo azulón corrido de estrellas. "Pide un deseo", le decía su acompañante. Y ella pedía un buen novio.
Aquella manera de mirarla a la cara y rodearle la estrechez de su cintura, trastornó su equilibrio y le fue minando la seguridad, hasta dejar las riendas de su existencia en manos de aquel tratante de ganado que se cruzó un día en su camino a la fuente. Achicó su alma en los cuatro rincones de la casa a donde él la llevó, lejos de su familia. Un dedo, una mano, la flexibilidad de la rodilla al caminar: poco a poco fue perdiendo la propiedad de su cuerpo. "Que te cortes el pelo", ordenaba él, y ella se trasquilaba como las ovejas que él acarreaba de los caminos. "Cúbrete las tetas bien, que no eres una puta", y cruzaba una toquilla de lana sobre la hondura de su respiración. Arrastraba así una caída que la llevó a no reconocerse en aquella mujer que le devolvía una mirada turbia en el espejo. Días de luto, meses dentro de una mortaja de pasión antigua, años desdibujándose, hasta moverse como una sombra de contornos indefinidos a la que nadie miraba al pasar por la calle.
Lo trajo él. Dijo que necesitaba que le ayudara a trasladar unas ovejas. Era alto, fuerte, miraba con pasión y trataba con ternura a los animales. Dormía y comía en la casa, a la espera de que el cielo se cerrara y pudieran mover el rebaño. Miradas de fuego y roces de seda, y ella volvió a palpar un cuerpo y una risa arrebatados. "Pide un deseo", y en las noches cargadas de agua, ella pedía a las estrellas ocultas por las nubes, días interminables de lluvia. Y el campo siguió mojándose mientras alimentaba un nuevo ser en su interior que iba creciendo y se hacía fuerte y hermoso. Un día no necesitó más lluvias y pidió soles que secaron sus lágrimas. Entró de nuevo, de la mano de aquel hombre, al camino de la vida.
4/3/10

“Entonces es martes, seguro, por lógica. Nos escondimos aquí para evitar a las cotillas de las Torquemada, ¿recuerdas?. Eso fue el lunes por la tarde. Debimos quedarnos dormidas”.
- Pero tanto silencio... No se oye el hilo musical, ni el parloteo de las dependientas.
- Es temprano. Aún no habrán abierto.
- ¡Salgamos!
- Tú primero.
- Adelántate tú que ves mejor.
- Hay tiempo.
- ¿No hueles a quemado?
- Un poco, sí.
- ¡Tu pelo!
- ¡Y el tuyo!
- ¿Salimos?
- Hay tiempo.
SIN RUMBO NI NORTE
"Entonces es martes, seguro, por lógica”. También sabía la hora exacta por el recorrido del sol. El mes, por las espigas del sembrado, las aceitunas del olivo, las nueces del nogal. El año, según lluvias y sequías. Pero cuando unas placas de hielo gris cubrieron el cielo para siempre, y el suelo se volvió estéril, perdió el norte y no paraba de decir que el fin del mundo estaba cerca. Entonces mis padres metieron naftalina en sus bolsillos, lo enrollaron bien, lo ataron con una cuerda, y lo dejaron en un rincón del desván. De vez en cuando, lo sacan al patio para que se airee.
EL JUEGO
Entonces es martes, seguro, por lógica; día de pasar visita en el hospital. Me esperan la bata blanca y los locos de siempre a por sus recetas. Dejo de patear el andén, arriba y abajo. Tengo delante una cabeza rapada, otras con coleta, media melena, con rizos, sin rizos... Cazadora, blazer, abrigo... Pantalón, falda... Zapatos planos, de tacones, deportivas... Elijo a la chica de la coleta rubia, cazadora negra, pantalón vaquero y zapatillas. El tren asoma el morro por el túnel. Unos pasos, y me pego a ella. Acaricio su espalda con el dorso de la mano. Gira la cabeza y mírame; si sonríes, te perdono.
20/2/10
CAFÉ Y PALMERA DE CHOCOLATE
18/2/10

LA FAMILIA
- No, cariño, aún no.
- Entonces ¿qué día es hoy?
- Hoy es viernes.
- Estoy perdiendo la cabeza.
- No, cariño, te confundes porque aquí todos los días son iguales- la tranquiliza María mientras la ayuda a meterse en la cama.
- Gracias, hija.
Cuando María sale del cuarto, Encarna abre el cajón de la mesilla, saca un almanaque y un bolígrafo, tacha la fecha en rojo y escribe al lado: Sin visitas.
EL SÉPTIMO DÍA
11/2/10
ESLABONES ROTOS

CAMPEÓN
ESOS ANGELITOS
- ¡Callaos de una vez!.
- Se han enfadado- dijo el pequeño Tomás.
- Será por el moco en el pantalón- apuntó Dani, el pelirrojo.
- El vómito en los zapatos- opinó Verónica, la rubia.
- O el chicle en el pelo- sugirió Luis, el pecoso.
- ¡Cantémosles una canción- dijo Marta, la larguirucha.
- Un elefante, se balanceaba...- corearon todos.
El hombre aparcó el vehículo. Antes de largarse, advirtió a su compañero:
- Si planeas otro secuestro de autobús escolar, ni se te ocurra llamarme.
ADRENALINA
5/2/10
ALGUNOS ESLABONES ROTOS
CELESTINA EN EL JARDÍN DEL EDÉN
EL BALNEARIO
VACACIONES
31/1/10
Te veo trajinando en la cocina. Un cuadrado de pan untado de mantequilla. Y otro. Dentro las lonchas de jamón y queso. Un nuevo olor estampado en los azulejos, chorreando. Sacarías el cuchillo; ahí saldría tu lado matemático. Un corte al bies y dos triángulos perfectos. Cerveza compartida. Risas. Aún. Hasta el último bocado. Hasta la última luz encendida en las farolas de la calle. Nos miraríamos, encogiéndonos de hombros. ¿Y ahora qué? Deambular por la casa. Yo quiero escuchar música, tú ver la televisión. Cada uno en su cuarto. Un relleno de segundos, de minutos, de horas, hasta volver a la cama. A dormir.
El papel se ha roto de tanto pasar la mano por la mancha. Cabeceo, rendida, con una sonrisa amarga, mientras sigo tu espalda vestida de gris, algo encorvada, hasta la puerta, sin hacer algo para detenerte. Siempre hay un círculo, punto y final, que deja una taza de café en el mantel de cualquier bar, de cualquier ciudad.
Círculo cerrado leído por Momo.
18/1/10
Del libro “100 Microrrelatos de Terror, Homenaje a Edgar Allan Poe”
INSTINTONo sé cuánto llevamos sin alimento. Yo no puedo ni incorporarme en la cama, en cambio, a ella la oigo arrastrarse. Se detiene, se yergue, saca la lengua y me mira de frente. Debería aceptarlo, pero no puedo. Mi mano, débil y temblorosa, busca el machete sobre la desvencijada mesilla.
13/1/10
TIEMPO DE CIRUELOS

Pero un miércoles, por razones que no vienen a cuento, no hubo canciones, el viento no sopló como otras veces y las nubes se hartaron de llorar de pura tristeza. Los ciruelos y ciruelillas intentaron resguardarse de la lluvia con gorros y paraguas, pero cuando volvieron del baile todos venían mojados como pan en la sopa.
Moraleja: Ciruelos, no dejéis que las cuerdas vocales languidezcan, hacedlas vibrar de alegría de camino al baile, con lindas, o no tanto, qué más da, cancioncillas.
24/12/09
"LA BUENA VIDA". INCLUIDO EN EL LIBRO DEL PRIMER CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS

26/11/09
TAC

Aquel tac guillotinando cada segundo, parecía una condena a muerte. La celda era la salita y el corredor, el pasillo. Yo repasando la ropa, tú con las gafas cabalgando sobre la nariz, pasando hojas de aquel libro interminable. A las diez en punto, ni un segundo más ni uno menos, metías la llave en la espiga y dabas cuerda al reloj. Luego volvías al sillón y esperabas a que dieran las doce. “Hora de acostarse”, decías quitándote las gafas. Cerrabas el libro sobre la mesita y arrastrabas las zapatillas de felpa hasta la habitación. Yo dejaba el calcetín a medio zurcir en el costurero y te seguía. A los pocos minutos ya estabas roncando. En cambio yo, pasaba la noche en vela escuchando el tac que sentenciaba los segundos. “Uno menos de vida”, dijiste un día y a mí se me quedó grabado aquello en la cabeza. Te empujaba. Te daba codazos. Me resignaba a verte dormir. Intentaba matar el tiempo con la tarta de limón que haría al día siguiente, o con la lista de la compra. Pero era inútil. El reloj estaba ahí, invadiéndolo todo. Tac, otro segundo que se ha ido. Tac, uno más. Cuando daba las horas o las medias, era un respiro, una tregua. Y luego otra vez ese salto de un segundo a otro, machacón, insoportable. Imaginaba que, oculto en las sombras del rincón, entre la coqueta y la mesilla, acechaba algún monstruo, algo inaprensible, sin cara ni forma, y me volvía hacia ti y te abrazaba. Pero tú deshacías el abrazo con una protesta entre dientes, y te dabas la vuelta. Me dejabas sola con el tac del reloj y la amenaza de las sombras. Y yo cerraba fuerte los ojos y me ponía las manos en las orejas. Inútil. El tac atravesaba la piel, la carne y el hueso, para repicar en lo más profundo de mi cabeza. Pasaba así las noches hasta el amanecer. Sabía cuándo estaba clareando antes de que la luz ganara la colcha. Doblaba mi mano derecha por las segundas falanges, la apretaba contra mi boca y abría los ojos en una rendija. Entonces se amontonaban las rayas pequeñas de luz, como una flor sobre la circonita de mi anillo. El anillo de mi madre. Y me entraba el sueño. Porque aquel tac que marcaba el ritmo de la muerte, según tú, se abotargaba con el trasiego de la calle. El ruido del camión de la basura, el silbido de los basureros, el arrastre de los contenedores... Y me dormía. A ti eso no te gustaba. Decías que debería ir al médico a que me recetara algo para el insomnio, que había que dormir de noche, no de día. Nunca te hice caso. Sabía que sería inútil, que el tac del segundero era más poderoso que cualquier medicina. Por eso tuve que hacerlo. Y hoy, al fin, el tiempo no es mi enemigo. No sé qué hora es ni cuantos segundos han pasado de mi vida. Ni quiero saberlo. Sólo quiero vivir. El reloj se quedó parado en la hora, el minuto, el segundo, en que ya no le quedó más cuerda y tú no encontraste la llave para darla a las diez en punto. La llave descansa en el fondo de nuestro pozo a donde la arrojé. Sé que me quieres, que siempre me quisiste, como yo a ti, por eso te alegrará verme dormir toda la noche de un tirón, sin necesidad de medicinas. Aunque tú no pegues ojo echando en falta el maldito tac del segundero.
25/11/09
MI VIDA.
21/11/09
SOMBRAS
19/11/09
CUESTIÓN DE OLFATO (Finalista del V certamen de relatos Pompas de Papel)



El inspector Ramos se inclinó, abrió las aletas de la nariz y aspiró el aire. Tenía el mejor olfato del Departamento de Homicidios.
- El besugo es de ayer. El hielo no oculta el olor de los boquerones. La lubina, en cambio, es fresca- dijo a Rosa, su mujer, que esperaba su informe para hacer la compra.


31/10/09
HIJOS
Relato publicado en el libro “Vivencias” (Editorial Orola)
7/9/09

Los mejores relatos de La Ventana de Verano
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es "LA ÚLTIMA JUGADA"
(Relato leído por Juan Zavala)
30/8/09
Los mejores relatos de La Ventana de Verano
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es La chica del perrito.
LA SEÑORITA DEL PERRITO. Autora: Lola Sanabria.
(Relato leído por Soledad Puértolas)
Recojo las bolsas vacías de patatas fritas, los envoltorios de helados, las botellas de plástico. Echo todo en la bolsa de basura. Sin prisas. Paso el rastrillo, dejando caminos en la arena, como tierra arada a la espera de la siembra. Descanso. Apoyo las manos sobre el mango y miro hacia la barandilla: pasean del brazo las parejas, regresan a casa las familias con la nevera y la sombrilla, y los niños devoran bocadillos. Me retraso. Se retrasa ella. Entretengo la espera ensayando: “¿Tomaría un café conmigo, señorita?”. Y entonces la veo a lo lejos: una línea curva cerrada con una correa y un punto al lado. Cuando llegue, entonces lo dejaré todo, subiré las escaleras y le cortaré el paso. Saldrán solas las palabras. Se acerca. Ya veo los mechones blancos en su pelo corto y negro, sus labios finos, su frente marcada por el guiño de los ojos cuando el sol la deslumbra. Su cuerpo pequeño. El cocker se para y olisquea la palmera. Ella se detiene un momento y me mira, luego da un tirón a la correa y pasa de largo. El rastrillo resbala con el sudor de mis manos. Tal vez mañana.



