25/11/09

MI VIDA.

Los edificios parecen cristales de diferentes tamaños y colores. El aire es azul hielo. El parque tiene una capa de escarcha. Invierno. Llevo tantos días, meses, quizás años, viendo pasar el tiempo a través de la ventana, que ya no podría salir a la calle, cruzarla y llegar hasta el puesto de castañas que adivino al otro lado, donde no me alcanza la vista, y pedirle un cucurucho a la vieja que atiza las ascuas en ese fogón improvisado en mitad de la calle. Lo siento. Al principio me rebeló esta muerte a tiempo cierto. No quería saber cómo ni cuándo, pero en esto la medicina ha avanzado mucho y ahora te dicen: “Le quedan seis meses de vida. Como mucho, un año”, y el paciente se muere en los aledaños del tiempo que le han marcado. Yo no. Estiro mi consciencia más allá de lo permitido. Y así pasa, que todo el mundo me ha retirado la compasión. Hasta mi hijo ha dejado de venir a sentarse en la cama para leerme un cuento. Entra, me pregunta qué tal estoy, y no vuelve a visitarme en todo el día. Clara hace lo que puede por disimular su irritación. Me dice que está contenta de encontrarme aquí todos los días cuando vuelve del trabajo, pero suena a dos por una dos, dos por dos cuatro... Una cantinela cansina. Ni Luci, mi perra, quiere darles calor a mis pies tumbándose en la cama. Tengo aparcado sobre la mesilla un libro: “La metamorfosis”. Me lo regaló mi cuñado hace poco y el detalle me llenó los ojos de lágrimas. Porque mi cuñado y yo hacemos pocas migas. Pero conforme iba leyendo, entendí la indirecta. Mi madre decía que se cruza solo al otro lado, que nadie te acompaña ni te puede quitar la angustia. Tenía razón a medias. Es verdad que eres tú el que se va, pero pides que no te suelten de la mano hasta que definitivamente seas ese cascarón vacío que no sirve para nada. Yo también quería que todo terminara. Sentí la agonía de mi madre como un pozo profundo de dolor del que deseaba salir cuanto antes, aunque esperaba que ella no lo notara. Ahora pienso que tal vez sí y por eso hablaba de soledad. Cojo las cosas del revés y las observo de otra manera. Los vivos tenemos esa condición de muertos futuros, pero vivimos como si fuera para siempre. Nos fastidian los que están a punto de pasar al otro lado y no se deciden. Así que comprendo que mi familia esté harta de mi prolongación de vida. Bueno qué, ¿te decides?, me interrogan todos los días con los ojos. Sin embargo yo sé que en cuanto el sol derrita el hielo de esta ciudad paralizada de frío, el calor me dará un nuevo plazo y entonces será indefinido y ellos no volverán a hacerme la pregunta. Simplemente me aceptarán como un vivo sin final conocido, igual que ellos, y todo volverá a ser como antes.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo un nudo en el recuerdo y niebla espesa en el sentimiento, al escuchar la queja silenciosa de esta mujer herida de muerte y sobre todo, de desconsuelo.

Un abrazo. Un placer.



Olvido

Lola Sanabria dijo...

¿Ah, pero era una mujer? Bueno, sea como fuere, lo cierto es que hilvanas muy bien las palabras, Olvido.

El placer es mío.

Anónimo dijo...

Bien sabes tu, que las historias no siempre continúan siendo lo que su autor pensó al darlas vida, cuando pasan a formar parte del imaginario, o la trastienda emocional, del lector que se las apropia.

No te sorprenda, pues, que la voz herida de este personaje, a mi sentimiento no le quepa duda de que tiene detrás a una mujer.

Olvido, el hilvanador.

Lola Sanabria dijo...

Así es. Lo mismo que la lluvia es tristeza para unos y alegría para otros.

Besos lluviosos.

Patricia dijo...

Es la primera ves que llego a tu blog y con una sola lectura ya he comprendido por qué la Internacional Microcuentista pone tu trabajo como ejemplo. Felicitaciones

Lola Sanabria dijo...

Bienvenida, Patricia, y muchísimas gracias.

Abrazos.

Maite dijo...

Ya no se cómo comentar tus relatos, Lola, mi admiración es enorme. Cuando leo tus textos soy incapaz de levantar la vista de ellos, esperando la siguiente palabra con ansiedad, la que me de la solución al conflicto, a la historia. Pues nada, lo dicho, Lola, que ya no se cómo comentar tus relatos. Simpelmente, bravo!

Kum* dijo...

Es cierto que en esta sociedad del "limpio, nuevo, grande, rápido... y joven" es políticamente incorrecto estar enfermo, moribundo o simplemente ser viejo.

No se nos enseña que vivir es morirse de a poco. Que la muerte es, simplemente, parte de la vida. Que la vida y la muerte no son consecutivas sino simultáneas.

Por eso, luego, pasa lo que pasa cuando la muerte nos ronda cerca...

Me ha encantado leerte, Lola.

Un beso.

Lola Sanabria dijo...

¡Ay, Maite, cómo me sube la moral comentarios como el tuyo!

Gracias, mil y un fuerte abrazo.

Lola Sanabria dijo...

Totalmente de acuerdo contigo Kum. Gracias por pasarte por aquí.

Besos.

Julio Genissel dijo...

Hola Lola
Quería invitarte a que pases por mi blog y leas la narración homenaje a todos los compañeros de anónima: http://azullavable.blogspot.com/2010/10/ejercitando-la-derrota.html
Saludos
Julio

Lola Sanabria dijo...

Muchas gracias, Julio. Muy buen relato el que has escrito.

Abrazos.