TAN LEJOS Y TAN CERCA.
(finalista del certamen "Los tesoros del agua")
Autora: Lola Sanabria
Si esa cabra comiera,
mi niña.
Una brizna de hierba,
mi niña.
Si una gota cayera,
mi niña.
Yo te daría leche.
Llueve sobre Europa.
África languidece.
casa y cantaban y tocaban la zambomba que su padre hacía con la vejiga del cerdo, bien tensada sobre la boca de un cántaro pequeño y una pajita en el centro. Cuántas risas con los sahumerios. Cuántas lágrimas cuando el pimiento picante se quemaba en los braseros. Invierno. Y con el invierno volvían los sabañones en las manos y las orejas, y la recogida de las aceitunas, a veces medio enterradas por las heladas. El padre siempre quiso que fuera Agrónomo. Nos vendrán bien tus estudios para el campo. Asoma el cauce del río, seco, con las piedras rodadas brillando, limpias, sin un verdín que hable de aguas recientes. El tren va más despacio. Le cuesta subir el repechón de Los Negrales. Cuando remonten, cuando salgan de este paraje de pinos, entrará en la penúltima estación. Sacude el pañuelo y bebe el último trago de cerveza. Vuelve a recostar la cabeza en el respaldo y mira por la ventanilla. Coto de caza. Antes no había tanto coto de caza. Había campo abierto y escopetas y cazadores haciendo huir en bandadas a los pájaros con el estampido de los cartuchos. Conejo con tomate. Su madre siempre le prepara conejo con tomate. Pero a él no le gusta el conejo con tomate. Le gustaba hasta aquel día en que se encontró con uno de frente, los ojos raros, la cabeza rara, y su padre dijo ni se te ocurra matarlo. Le cogió asco al conejo. Le dio por pensar que tal vez se comió alguno así, tan raro, tan feo con esos ojos reventones. Y él nunca se atrevió a decirle a la madre que no quería más conejo, ni con tomate, ni de ninguna otra manera. Por no herirla. Por
no defraudar al padre había estudiado Agrónomos. Le gustaba el campo en primavera, cuando los tallos de hinojo y los espárragos salían de la tierra. Cuando los días se estiraban y el sol caldeaba la humedad del río. Cuando los almendros florecían y sacaba las almendras de sus fundas verdes y eran tan tiernas que se hacían leche entre los dientes. Y daba gusto tumbarse en el patio y marearse con las estrellas que corrían de un lado a otro en las noches sin luna. Pide un deseo. “Ver mundo”, susurraba. “Que este pueblo es muy chiquito y asfixia”. Y eso que le gustaba mucho la hija de la Julia, una pecosa con trenzas de zanahoria. Pero a su madre no le hacía gracia verlo tontear con ella. Todo por una pelea antigua entre familias. Ángela empapand
o su camisa de llanto. Ángela. Baja los párpados y deja una rendija. Entre las pestañas se abre un arco iris en una gota que humedece un ojo. La alergia. Sólo ver las horcas aventando la parva y le entra ese polvillo que le pone la nariz de payaso, los ojos hinchados y llorosos, y le hace estornudar continuamente. Las consultas con el alergólogo le llevaron de visita a la ciudad. La primera vez que se bajó del tren y salió a la avenida, le asustó el caudal incesante de coches. Se sintió pequeño y desamparado. Su madre le agarró de la mano muy fuerte, tanto que le hizo daño, y anduvo sorteando coches como pudo, entre pitidos y gritos. Enseguida se acercó un guardia y le enseñó los semáforos y los pasos de peatones. La madre le dio las gracias y todo tipo de explicaciones sobre de dónde venían, a qué, y cómo se llamaba el doctor al que habían ido a visitar. El guardia fue muy amable, les indicó el camino para llegar a la consulta, y ella le ofreció su casa. “Si se anima a visitarnos, le haré un conejo con tomate, que me sale muy bueno, ¿verdad, hijo?”. Y el hijo movió la cabeza varias veces. Luego tiró de su mano y los dos se perdieron en un laberinto de calles y semáforos. La hija del médico era mayor que él. Despuntaban los pechos en su blusa de popelín, y recogía el pelo muy negro y espeso con un lazo en una coleta. Vestía el uniforme del colegio: una falda gris, tableada, que le llegaba a las rodillas, medias blancas y zapatos negros. Cuando salía de clase, iba a la consulta y esperaba a que terminara su padre para que la llevara a casa. Masticaba chicle de fresa y sacaba la punta de la lengua envuelta en una funda rosa. Soplaba y hacía un globo que estiraba y estiraba hasta estallarle en la cara y tocar la punta de su nariz. A él le gustaba verla hacer globos y a ella le divertía que él la observara. En una de aquellas visitas, la madre se quedó dentro hablando con el médico y ella aprovechó que estaban solos para llamarlo paleto. “¿Qué miras, paleto?”. No quería ser un paleto. Quería dejar el pueblo. Quería ser alguien tan importante como el padre de ella, tan sabio que le ponía unas inyecciones y le daba unas pastillas y adormecía la alergia. Si su padre no se hubiera empeñado en que hiciera Agrónomos, habría sido médico. El tren aminora la marcha en una curva que rodea una montaña. Él levanta los brazos y bosteza. Pronto habrá llegado. “¡Ahí está!”, dirá la madre señalando con un dedo la ventanilla. Y saludará con la mano y gritará: “¡Aquí, aquí!”, y aligerará el paso, siguiendo el cuadrado de cristal hasta que la locomotora se detenga. “Conejo con tomate, hijo, ya verás cómo te chupas los dedos”. “No lo agobies mujer, ¿no ves que viene cansado?”, dirá el padre cuando ella le coja la cabeza entre sus manos y le llene de besos la cara, alzada sobre las puntas de sus zapatillas de lona. “Nadie como su madre”, contestará. “Nadie como una madre”. El verano anterior a su partida, dejó de ir con Paco a la caída de la tarde para matar los pájaros que bajaban a beber al río, los dos emboscados entre los matorrales, silenciosos, la escopeta cargada, atentos a los trinos y vuelos. Paco era buen cazador y siempre volvía con el morral lleno a la espalda. Él menos. Pero le gustaba acompañarlo. Luego, de camino a casa, fumaban algún cigarro que Paco había comprado en el estanco con el dinero de la venta de los pájaros. A Paco le gustaba el campo y nunca pensó en hacer otra cosa que trabajar la tierra con el padre. Un poco terco, Paco. Dejó de hablarle
e un año. “No interesa. La gente ya no viaja en tren por estos pueblos. Prefieren el autocar. O el coche. ¿Tú tienes coche, chaval?”. Al Jefe de Estación lo han jubilado. El reloj de la estación tiene el cristal roto y las agujas marcan siempre las dos y veinte. La pintura del banco está levantada en varios sitios, como si un cepillo de carpintero hubiera dejado sin desprender del todo sus virutas. Hace años el cobre del reloj de la estación brillaba y el banco estaba verde y liso, recién pintado. Y sus padres un poco más jóvenes. Ellos dos solos, llorosa ella, muy serio él. Ángela no. No había sitio para ella en esa despedida. Le empapó la camisa de llanto la tarde anterior. “No me olvides”. “No te olvidaré”. “Vuelve”. “Vendré para Navidad”. Pero ella no dejaba de llorar, la cara pegada al pecho de él, como un aguacero. La madre. Ella se daría cuenta. El aire caliente que bajaba del cerro de las cruces la secaría, pero quedarían las arrugas. Tarde. Hacía rato que dieron las diez en el reloj del Ayuntamiento. Y Ángela que no lo soltaba. Nunca la vio llorar, nunca hasta entonces. La dejó de pie, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. “Una sonrisa, venga, hazlo por mí”. Y ella lo despidió así, con una sonrisa triste, los labios apretados, sin dejar salir las palabras, y los ojos rojos de tanto llanto. Ángela tenía el cuerpo de niña, a medio hacer, y poquito hueco entre sus caderas. “¿El viaje bien? Van a quitar la línea. No es rentable. Deja, deja que lleve la maleta”. El padre está más delgado, el pelo blanco, las arrugas más profundas. Y algo más encorvado. Lo observa cuando va delante hacia el Land Rover. ¿Cuántos años, setenta?
finos y pegajosos donde caían las moscas. Cuanto más se movían intentando escapar, más se liaban en sus mortajas. La araña salía de su escondite, avanzaba hacia la mosca y la dejaba vacía y retorcida. Como él. La madre entraba, le retiraba el pelo de la frente, le pedía que saliera a comer, a saludar a los que venían a verlo. Pero no quería ver a nadie, ni comer, ni moverse, sólo ver las arañas salir de la grieta. “No hay grietas, ni arañas, hijo”. Ella no las veía, no las podía ver. Él sí, gordas, pequeñas, como un río. “Huye”, decía. “Huye”, imploraba. Pero la mosca siempre caía en la tela y allí se quedaba esperando la muerte. Cuando la fiebre lo dejó en un estado de sopor, la madre le hizo beber caldos y tragar pastillas. Y poco antes de que acabaran las vacaciones, apareció en la puerta de la habitación. Pálido, casi translúcido. La madre ahogó un sollozo tapando su boca con el pañuelo. El padre arrastró una silla y le indicó que se sentara dando unas palmadas en las aneas. Silencio. Pollo en Nochebuena, mantecados y peladillas. Villancicos, aguinaldos, voces y risas. El paso de los borrachos tambaleándose en las aceras. Ruido en la calle. Dentro, el silencio. La madre abre la maleta sobre la colcha de ganchillo, saca la ropa y se la lleva. “Todo esto para lavar, que tiene muy mal color. Ya verás lo bien que queda con algo de lejía y azulete. Bien planchadita y cosidos los puntos que se han escapado de los jerseys. Ya lo verás”. Él se tumba sobre la cama y mira al techo. Blanco, sin grietas, sin arañas ni moscas. Oye el ruido de los platos en la cocina y enseguida la voz de la madre, llamándolo. Sobre el hule, humeando, el tomate que cubre dos patas y unas costillas de conejo. El dornillo y los cuencos. Gazpacho. Se sienta en la mesa, retira el plato y se echa el caldo. El padre miga pan, la madre no se sienta. Va de un lado a otro, atareada, inquieta. “¡Mira qué sandía!, se ha abierto ella sola, de lo buena que es. Azúcar, puro azúcar”, dice, y la pone sobre la mesa. Un balón atravesado por una enorme raja. Él abandona la cuchara en el cuenco y mira la línea quebrada y ancha como una herida profunda. La madre calla. “Ha muerto la Julia”, dice de repente. El hijo aparta la vista de la sandía y la mira. Le tiembla la barbilla. Saca un pañuelo del bolsillo del mandil y lo pasa por los ojos, por la boca, por toda la cara. “No callará esta mujer”, dice el padre mientras sigue echando trozos de pan en el gazpacho. “No te apures, yo la cuidaré. Ayer quité las malas hierbas, le di una mano de pintura negra al aro y le puse flores frescas”, dice la madre. Se acerca al hijo y le retira un mechón de pelo de la frente. - Gracias, madre. Acaba el gazpacho y se levanta. - ¿No vas a comerte el conejo? - No, madre. No me gusta el conejo. - ¿Desde cuándo? - Desde hoy. Antonio sale al patio y se sienta en la mecedora vieja. Su padre se sienta a su lado y mientras fuma un cigarro, le habla de la cosecha de trigo, de la vendimia a dos pasos como quien dice, de los frutales que fumigó y han dado muy buenos melocotones y albaricoques ese año. Sabe más que él del campo. No lo necesita.
Hay una algarabía de pájaros despidiendo la tarde. Cruza el aire una golondrina. Los vencejos se posan sobre el brocal del pozo un momento, luego remontan el vuelo y se achican hasta desaparecer detrás de una loma. Dos gorriones se arrullan entre las hojas de la parra. Y poco a poco llega la oscuridad. Un camino de luz cruza el cielo como un relámpago y cae detrás de los tejados. Pide un deseo. “Ver mundo”. Y sabe que esta vez su deseo se cumplirá.

Mi señor Caballero de la Triste Figura: Me llena de rubor su ofrecimiento de dar la vida por mí, si yo así lo quisiera, pero no puedo pedirle tanto por el agravio que cree haberme causado a través de quien relata sus andanzas. En mis salidas, oculta mi identidad bajo capa, y dentro de un carruaje, llegó a parecerme mucho menos aburrida esa mujeruca que urdió con mi nombre. A fin de cuentas, una zagala restregando ropa en el lavadero y riendo los chascarrillos de los mancebos que por allí pasan, es un soplo de aire fresco, una florecilla silvestre, de esas que crecen en las praderas y que huelen a libre albedrío. No me quedo con los sabañones en las manos, ni con las ropas sucias y toscas. Tampoco con una supuesta fealdad que el tal don Miguel se empeña en filtrar con la tinta de sus escritos. Me emocionan otras cualidades que vuesa merced vio en mi persona. Nunca le pedí nada, aunque también es verdad que me pareció demasiado generoso por su parte, ofrecer una ínsula al necio de Sancho, que sólo piensa en comer y conservar su pellejo. Vuesa merced merece otro escudero más acorde con su linaje, a la altura de sus bellos sentimientos, de la bravura en defender a su amada. Es hora de que piense en mi primo Benito de Torquetuertos, que si bien le falta un ojo, le sobra valor para seguir a su señor a donde hiciere falta. Del pago, puede llegar a un acuerdo con él. Unos maravedíes, comida y techo y la ínsula que ofreció a Sancho, será suficiente. Pero, mi señor, tengo un padre anciano que vive casi en la indigencia. ¡Sería tan hermoso que se ocupara de él! Uno de esos castillos que refiere haber conquistado, podría salvarlo de la intemperie. Y un terreno donde plantar trigo para el pan, con sus prados y sus vacas que le dieran leche. Claro que sería menester algunos labradores y otros empleados para llevar a buen fin las tareas del campo. Porque a mi padre el reúma le tiene agarrotados los dedos de manos y pies y no puede hacer trabajo alguno. De unos tíos míos que viven en Corral de Calatrava, he tenido malas noticias últimamente. Parece ser que un rayo cayó sobre la zahurda y dejó al único cerdo que engordaban para la matanza, hecho carbón. Espero de su merced, que tenga a bien enviarle unos cuantos marranos para que puedan cubrir sus jamones con sal en las artesas y colgar los chorizos del techo de la cocina y que se curen con el humo de la candela. Sabrá apreciar unas lonchas de tocino y unas tajadas de carne con las que, estoy segura, le agasajarán mis tíos en cuanto dispongan de los cerdos. En cuanto a mí, sepa vuesa merced que ando harta del amancebamiento por unos cuantos maravedíes, con caballeros que no conocen el jabón y el agua. Insuficientes para comprar un bonito vestido, un sombrero con pluma de ave, unos botines acharolados. Menos aún para comprar remedios con los que curar las enfermedades que este oficio conlleva. Además que ya he pasado de los treinta y noto al masticar la carne, los primeros rigores de la edad en el malestar de mis dientes. Quisiera pedirle, pues, mi señor, no que me libere de esta vida llevándome consigo en sus aventuras, por otro lado harto fatigosas; lo mío es más sencillo. Bastará con una visita al vizconde Ronualdo de Tocho Mocho. Dicen todos que tiene un arcón lleno de monedas de oro. Dicen y es verdad. De ello puedo dar fe. Me engañó. Sedujo a la moza de trece años que yo era, prometiéndome una de aquellas monedas a cambio de yacer con él. Y una vez conseguido su propósito, me lanzó a la calle. En ella ando desde entonces. El arcón está en el doblado, tapado con una manta toledana. Vuesa merced ya sabe lo que debe hacer.
Su amada, Dulcinea del Toboso.


ara volver a mi país”. Y yo haré como el otro día, callar.
iosos, igual que me pongo yo cuando no me dan la pastilla. Dejan el agua limpia, bueno con algo de verdín en el fondo, pero limpia. A ti te gustan los renacuajos. Andabas raro, ayer. Metiste la mano en el agua, la movías muy fuerte, y molestabas a los aclara aguas. Nos peleamos y volví a casa con un raspón en la rodilla. Le dije a mamá que me había caído y me estuvo curando mientras lloraba un poco. Mamá está siempre pendiente de mí. Si no fuera por papá, nunca me habría dejado ir a la charca, ni a ningún sitio. Por eso tengo secretos. No sabe que algunas noches, cuando duerme, la luna me llama desde el estanque. Me levanto descalza, salgo sin hacer ruido y entro en el agua, con cuidado de no perder pie, porque no sé nadar y una vez casi me ahogo intentando alcanzar la luna y hundirla. Mamá no sabe nada, porque moví los brazos y cuando acordé ya pisaba el fondo. 

Fallo del Antonio Villalba de Cartas de Amor.
El concurso de cartas de amor más popular entre los internautas hispanos ya tiene ganador: Lola Sanabria se alzó con su texto ante los 2130 relatos y cartas participantes. La séptima convocatoria de este certamen organizado por Escuela de Escritores otorgaba un premio de 500 euros y un "Lote Romántico Casablanca". El objetivo de este concurso: escribir sobre el amor "sin resultar tópico ni cursi", y lo cierto es que solo podemos decir "misión cumplida".
Asado de ternera, de Lola Sanabria.
Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla", así me decías nada más acercarme al cristal del mostrador. Entrabas en la cámara frigorífica y volvías con la carne, roja y brillante, como si acabaran de matar al animal. La soltabas sobre la bandeja, tecleabas el código y aparecía el precio en la ventanita.
Demasiado cara para mi bolsillo, pero yo prefería ahorrar en tomates y jamón, antes que renunciar a la tapilla. "¿Cómo la quieres, guapa?", preguntabas mientras la recorrías con la mano como si la acariciaras. Y sin esperar mi contestación, porque tú la sabías de otras veces, afilabas el cuchillo y la ibas limpiando. Yo te dejaba hacer sin hablar, no fueras a cortarte; y tú encogías los dedos de la mano izquierda, presentando los nudillos al filo del acero. Agarrabas el mango del cuchillo con la otra mano y lo movías con precisión para no llevarte ni un gramo de carne. Sólo la piel y la grasa. Me gustaba verte trabajar para mí con tanto mimo. "¿Te la meto en la malla, guapa?", preguntabas guiñándome un ojo. Y yo me ponía roja. "No, que encoge", te decía. Y tú: "¡Cuánto sabes, guapa! ¿Y cómo la preparas?". Entonces yo volvía a darte la receta: "Sal; unas vueltas en el aceite de oliva, hasta que se dore; una cebolla en aros; orégano; un vaso de vino blanco, y veinte minutos en la olla. Luego enfriar y cortar en filetes". "¡Qué bien lo haces, guapa! Tu marido debe de estar muy satisfecho", decías. Pero no, a mi marido le daba igual. "Algunos no saben apreciar lo que tienen en casa. Toma, guapa". Al entregarme la carne envuelta, nuestras manos se tocaban. Tú tardabas unos segundos en retirar la tuya y a mí se me aflojaban las piernas y tenía que hacer un esfuerzo para moverme de allí. Pasaba por la frutería a por las naranjas y los tomates baratos, luego por la charcutería a comprar la mortadela de aceitunas y el chorizo de guisar, y por último a la pescadería a por los chicharros y las sardinas. Cuando ya no tenía nada que comprar, remoloneaba un poco entre los puestos, haciendo como si mirase la mercancía, y después, a mi pesar, volvía a casa. Agustín llegaba del trabajo y todo eran quejas. Que si estoy agotado, que si vaya vida, siempre trabajando, que si a ver si preparas pronto la cena para irme a dormir. A mí ni preguntarme qué tal me había ido. Luego se quedaba transpuesto en el sillón mientras yo ponía el vídeo con la película de Hilda y lloraba un poco, a lo tonto, con aquella bofetada del protagonista a su chica. A veces Agustín se iba a la cama antes de que terminase y cuando yo entraba en la habitación, él ya estaba roncando. Otras, las menos, se espabilaba un poco y nada más meternos entre las sábanas, se me ponía encima con esa respiración de asmático que tanto odiaba. Yo cerraba los ojos y eras tú el que me abrazaba, y eran tus manos las que subían por mi espalda y se enredaban en mi pelo, pero más suave, porque Agustín, más que acariciar, restregaba y daba tirones. Luego él se retiraba de golpe y se daba la vuelta con un buenas noches, como si nada, dejándome a dos velas y sin sueño. Antes de que tus piropos, tus guiños y tus miradas, me animaran a vestirme con mi mejor falda y mi mejor jersey; antes de que aguantara el suplicio de los tacones; antes de que me pusiera la raya negra en los ojos y el carmín en los labios; antes de que tú me dijeras tengo reservada para ti, guapa, una tapilla , yo lloraba en silencio hasta que el sueño me rendía. Pero fue conocerte, y pasar la noche soñando con que eras tú el que dormía a mi lado. Y no me dabas la espalda. Me abrazabas y me decías esas cosas tan bonitas que sabes decir. Yo volvía a la mañana siguiente al mercado, bien arreglada para ti, con el carrito de la compra, aunque muchos días no tenía nada que comprar y sólo lo paseaba de un lado a otro mientras te miraba, y tú a mí, por el rabillo del ojo. A veces me gritabas: "¿Hoy no me quieres, guapa?". Y yo que no, que tengo carne en el frigorífico, que mañana. "Algunos hombres no saben apreciar lo que tienen. ¡Ay si no fuera porque estás casada!", dijiste el viernes antes de darme la tapilla. Y yo sentí más que nunca tener que dejarte detrás del mostrador para volver a casa. Se me hizo insoportable la sola presencia de Agustín. Se me hizo insoportable no poder verte durante el fin de semana. El mercado tenía echado el cierre y yo paseé por la acera, arriba y abajo, taconeando con rabia, como un animal al que le niegan la comida. Porque tú me alimentabas con tus guiños y tus piropos y esa manera de decir: "Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla". El sábado se hizo interminable, a pesar de Hilda y de mis paseos. El domingo fue menos cruel. Cada minuto que avanzaba en la esfera del reloj, era uno menos para volver a verte. Un alivio mirar por la ventana y ver el sol desaparecer detrás de los edificios. Esperé en un duermevela a que la noche se consumiera, con Agustín al lado, roncando y diciendo palabras sin sentido. Lo movía un poco y él: "¿Qué pasa?". "¡Qué va a pasar!, que roncas". Se daba la vuelta y en seguida otra vez. No soportaba su sueño de cavernícola, no soportaba su despertar con el aliento a saliva rancia. Lo estuve mirando mientras se afeitaba, con los cordones del pijama colgando debajo de la tripa, y sus brazos fofos y velludos saliendo de la camiseta de tirantes. Me dio como un mareo, una náusea seca, de esas tan malas porque no tienes nada que echar. Pero yo si tenía algo que echar aunque no era comida. Me puse mi mejor vestido, ese azul que dijiste que te gustaba tanto, y unos zapatos de tacón muy alto. Pasé mucho tiempo delante del espejo cubriendo con una capa de maquillaje las bolsas de los ojos de tan poco y mal dormir; di color a mis mejillas sin jugo; pinté mis labios de rojo pasión, y me fui al mercado sin carrito. Me acerqué al mostrador, y antes de que tú hablaras, te dije: "Voy a dejar a mi marido". Te quedaste callado y miraste a un lado y a otro como si buscaras algo, luego dijiste que lo sentías mucho y yo me quedé frente a una paletilla de cordero, un pollo y un conejo, sin poder esconderme. Luego, me preguntaste muy serio qué quería, y yo te contesté sujetando el llanto: "¡Qué voy a querer! La tapilla".



