21/9/20

INFANCIA ROBADA. RELATO PUBLICADO EN LA ANTOLOGÍA DEL PREMIO OROLA DE 2019

 

Tomada de la red

Cuando Susan me sacó de allí no sentí nada. Quizás algo de irritación. Sólo eso. Ahora me paseo por las calles y mis pies no tocan la rugosidad de una rama, ni el cosquilleo de las hojas. Tampoco el asfalto, ni las aceras. Mis pies vestidos. Mi pecho abrigado, mis rodillas cubiertas. Mis cicatrices ocultas por ropas suaves. Y sin embargo aún duelen como si un puñado de brasas se hubiera quedado a vivir bajo la piel, anidado ahí para siempre.

      Todavía huele a pelo chamuscado, a pesar del queso fundido sobre la hamburguesa. Huele a orfandad en mis pesadillas. Levanto la cabeza y miro al cielo, tan azul, tan limpio. Quizá pase una bandada de pájaros. El ruido de un motor se mezcla con los alaridos, con el fogonazo abrasador. Arde el universo entero. Siento la ropa pegada a la piel. Y sobre todo el olor, ese olor a carne quemada que llevo dentro donde quiera que vaya. Mi propio olor.

     Amanece. Entra Susan en mi habitación y me acaricia mientras me promete que llegará un día con olor a lluvia y sabor a chocolate. Llegará la noche blanca, sin pesadillas. Duermo.

UN GRANO DE CENTENO. FINALISTA DE AGOSTO DEL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

 

Fotografía tomada de la red

'A menos que enseñemos a los niños la Paz, alguien más les enseñará la Violencia' (Colman McCarthy).

El guiso se hace en la cazuela. Samuel quiere cooperar. Le pido el orégano. Abre la puerta del armarito, coloca en fila los botecitos de especias y los pone a pelear. Busco instintivamente la alianza en mi dedo. La perdí con Antoine, lo mismo que mi trabajo como abogada especialista en derecho internacional. Ayudar a  ONG a rescatar a los niños de un infierno. Ese era el trato. No implicarme personalmente. Pero la solidaridad y el apoyo no siempre los protegía a todos. A aquel niño no pude dejarlo atrás. Un caso difícil, mucho. Tenía la mirada dura de los que les han arrancado la infancia de cuajo. Se aferraba al fusil. Sacarlo de allí y fortalecer el músculo del amor se convirtió en mi prioridad y el mayor reto de mi vida.

21/7/20

EL DESPERTAR DE LOS NIÑOS DORMIDOS


Niños Jugando En El Agua Silueta Fotos, Retratos, Imágenes Y ...
Tomada de la red

Este año se ha puesto de moda veranear en el Lago de Los Niños Dormidos. Los más pudientes corren a hacer sus reservas para un mes; los de menor fortuna se conforman con unos días. Los precios se dispararon cuando se corrió la voz sobre las propiedades inmunológicas y curativas de sus aguas. Todos regresan con un aspecto muy saludable y energías renovadas.  
La historia de cómo se formó el Lago es harto conocida por todo el mundo. Como consecuencia del aumento de grados de temperatura con el cambio climático, toneladas de nieve derretida se precipitaron desde las cimas de las montañas y anegaron un campamento de verano para menores inmigrantes. Niños sumergidos y nadie que los reclamara. Niños enterrados en papeles. Que si tú, que si yo, ningún organismo oficial los sacaba. Están felices ahí, decían unos. Se les escucha jugar, decían los más fantasiosos. No hay prisa, apostillaban otros.
No se sabe quiénes fueron los primeros en proclamar los efectos del baño. Unos y otras dicen que cuando se sumergen en el Lago, los niños despiertan, suben hasta los pies de los bañistas, les hacen cosquillas, ríen y sus salivas curativas se mezclan con las aguas. Eso dicen. Y todos regresan con mucho brío, sin mascarillas, sin distancia de seguridad. Con la insolencia del rebaño, aseguran que ahora sí que sí, son inmortales.

16/7/20

LA SOLEDAD DE LAS SUPERVIVIENTES

Suzane Valverde (a la izquierda) abraza a su madre Carmelita Valverde, de 85 años, a través de una cortina de plástico en una residencia de ancianos en São Paulo (Brasil).
Tomada de la red
          
A mi vecina Ángela la golpeó la misma desgracia que a mí. Esta terrible pandemia con la que convivimos, desde hace tanto que ya ni me acuerdo de sus inicios, nos arrebató a nuestros maridos. Ambas caímos en el desaliento y el abandono. Nos movíamos como pavesas que se desbaratan con un soplo de aire. Coincidíamos de vez en cuando en el rellano, esperando al ascensor, o en el portal. ¿Cómo estás?, decía una. Y la otra contestaba: Sobreviviendo.  De vez en cuando algún comentario sobre cifras y esperanzas renovadas en vacunas eficaces. Eso era todo.
Un día, cuando regresaba de dar mi paseo obligatorio por prescripción de mi médico, la vi venir de frente del brazo de su flamante compañero. Lucía un vestido de flores, zapatos de tacón medio, el pelo recogido con una peineta de carey, dos rayas y color en los párpados y una mascarilla estampada de besos. Estaba radiante, con una vitalidad nueva. Hablaba por los codos. Él la escuchaba con una bonita sonrisa. Se detuvo al verme y me lo presentó. Lo estuve mirando con curiosidad. Tenía un físico y una voz agradables. Antes de despedirnos ella me dio el folleto. No sigas sola, que es muy duro, mírame a mí, he recuperado las ganas de vivir, la alegría.  Haz ese viaje.
      Después de cenar estuve mirando el folleto. Edificio con estilo, en azul cobalto, salones de exposición, pasarelas, pistas de baile, restaurantes, cafeterías, terrazas, spas, salas de juegos y una playa inmensa de arena dorada y fina, con hamacas, sombrillas, mesitas y palmeras. Nada que perder, excepto el dinero enmoheciendo en el banco. Hacía tanto tiempo que no salía de la ciudad, tanto que no me iba de vacaciones, que casi había olvidado el placer de bañarme en el mar, pasear por las noches con la luna haciendo caminos de luz en la negrura del agua, escuchar el siseo de las olas muriendo a los pies, llevar en las manos las sandalias y disfrutar de la brisa con olor y sabor a sal y algas. La pandemia se llevó a tantos seres queridos, que nos dejó un miedo endémico al contagio. Era el momento de cambiar el paso.
        El primer día mi facilitadora me enseñó las instalaciones y me entregó un cuadernillo con todas las actividades programadas, los tiempos libres, los horarios de comidas y cenas, y, lo más importante, el pase nocturno. Estaba todo calculado para que la estancia fuera un sueño hecho realidad y, después de quince días, regresaras a casa con algo nuevo que diera color a la vida.
        Se llamaba Dakari y además de la belleza de Sidney Poitier En el calor de la noche, tenía el encanto de Denzel Washington en Déjà vu y una bonita sonrisa que mostraba una hilera de dientes perfectos y blancos como leche. Pero lo que más me gustó de él fue su sentido del humor. Hacía tanto que no reía que cuando me escuché tuve un pequeño sobresalto, como si la risa fuera de otra persona. Con el paso de los días él se incorporó con naturalidad a mi vida.  Vigilaba mi baño desde la orilla. Me esperaba a la salida del agua y me secaba con la toalla. Untaba mi cuerpo con crema. Movía la sombrilla para que me protegiera de un sol que antes era fuente de vida y los humanos habíamos convertido en un peligro para nuestra salud. A un gesto mínimo entendía que era el momento perfecto para el aperitivo. En seguida tuvo claro cuáles eran mis deseos y estaba presto a conseguirlos y darme gusto en todo. Era el hombre perfecto. Tanto que debió darse cuenta de que añoraba algo de las imperfecciones de Nacho, mi marido, y un día, mientras bailábamos en el saloncito exclusivo para los dos, me dio un pequeño pisotón. Me reí con ganas. También cuando intentó solapar, sin éxito, la voz del cantante cuya música sonaba.
        A Dakari lo disfruté mucho durante los quince días que lo tuve a prueba. Era fantástico. El compañero ideal. Pero no era para mí. Así se lo dije a la facilitadora. Puso cara de sorpresa. Quiso saber qué razón tenía para devolverlo. Aseguró que era la primera vez que ocurría. Si había algún fallo, seguro que se podría subsanar. ¡No, claro que no! Es estupendo durante todo el día, y me ha devuelto las ganas de gozar con nuevos viajes y experiencias, a no tenerle miedo a la vida, pero no me acostumbro, y dudo mucho que pudiera acostumbrarme nunca, a verlo todas las noches tumbado a mi lado, inerte, con un cargador enchufado a su cabeza.

18/5/20

APLAZAMIENTO. SELECCIONADO EN EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS

Ambos entendemos lo que siente el otro y sabemos que un abrazo ...
Tomada de la red

Si yo iba a la cocina, tú te quedabas en el salón. Si entraba en el cuarto de baño, tú te afeitabas en el aseo. Mientras yo dormía, tú descolgabas del tendedero la mascarilla, cogías la lista común y hacías la compra. Si yo veía las noticias en la televisión, tú oías en la radio que aún no había vacuna para el coronavirus. Propagación era la palabra maldita mil veces escuchada. Necesitaba calor humano. Y allí estabas tú. Comenzamos a buscarnos. A dejar una mano sobre el aparador para que el otro la rozara al pasar. A sentarnos juntos en el sofá. A volver a compartir la cama. A querernos. Cuando juntos vencimos la pandemia y se acabó el confinamiento, fuimos de la mano al despacho del abogado, rompimos los papeles del divorcio y los lanzamos al aire. Fueron cayendo como copos de nieve hasta desaparecer de nuestras vidas.

1/5/20

VECINOS

ᐈ Viejitos tomados de la mano imágenes de stock, fotos pareja de ...
Tomada de la red

Él respira pegadito a mi cabeza. Nos separa un tabique. Algo nimio. Y mientras intento conciliar el sueño me llegan voces, ruidos, música. La televisión ha cobrado una importancia de fetiche a donde se amarra con su compañera como un salvavidas en medio de este triángulo de las Bermudas que nos amenaza a todos. A veces escucho la voz de una doctora. Debe serlo. O tal vez enfermera. En cualquier caso una sanitaria. Lo sé por el tono recomendatorio, por la despedida, porque su voz se aleja hacia la puerta, por el ruido al cerrarse y las vueltas de llave. «Que ha dicho que te tienes que tomar tres de estas  al día», dice la mujer. Utiliza un tono alto porque él ha pasado ampliamente los noventa y debe ir duro de oído. Contesta. No consigo descifrar lo que dice. Habla más bajo. Ella es mucho más joven y se entera. «Que han pillado a unos ciclistas por la Gran Vía. Pretendían escabullirse pero la policía les ha echado el guante», informa en otra ocasión ella. Y el hombre responde algo; no sé qué ni me importa. Porque lo vital es saber que sigue ahí al lado. Cuando anda, lo hace a pasitos, arrastrando los dos pies, como cuando te ponías bayetas debajo de los zapatos para sacar brillo a la cera del suelo, aunque sus suelas sí rechinan sobre la tarima. Uno y dos, se cambió del sillón al sofá. Uno, dos, tres, cuatro… Se aleja. Tal vez vaya a la cocina. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…Quizá al dormitorio. Escucharlo. Oírla a ella. Que no llegue silencio, aunque lo que se cuele a veces sea una pelea de gallos y gallinas televisivas. Que no lleguen los gritos, el llanto, la desesperación, la pérdida. Y así, siesta tras siesta, noche tras noche, todos alcanzaremos vivos la salida.

28/4/20

AMORES SOSTENIDOS

Tomada de la red.



Doblegaba el llanto con mucho llanto y la vuelta del chupete. Y entre sueños suspiraba hondo y la llamaba. No había consuelo posible. Nadie podía sustituirla. Ella es el cacao con leche. Yo, el  aguachirri en medio de la tormenta. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Dejaba el paseo de hámster por la rueda de la casa. Soltaba la sartén y los huevos a nada que mi niña la llamaba. Confeccioné guiñoles con telas viejas. Su padre le hizo un teatrillo con unas maderas. Ponía todo mi empeño en contarle historias. Repetía las que le contaba mi madre. Imitaba su voz. Nada era igual. «¡La abuela lo sabe hacer, tú no!», decía mientras se restregaba los ojos, en la antesala del diluvio universal.
Le gustaban mucho los patos y también los peces en el agua de la bañera. Los movía con una mano, mi madre con la otra, mientras hacían que hablaban entre ellos. Eran cariñosos unos con otros. Se querían. Encargamos toda una flota. La dejábamos estar todo el rato que quisiera en el agua. Faltaba la abuela. Convirtió la hora del baño en una batalla. El barco con sus viajeros, los buzos, el submarino, el pulpo, los peces y hasta los patos, sus preferidos, caían bajo la rabia en pelotazos de mi hija.
Yo también la echaba mucho de menos. Era el sostén a donde me agarraba cada día. Cuando una reunión de trabajo se alargaba, allí estaba siempre ella para atender a su nieta. Si enfermaba, seguía cuidando de mí como cuando era pequeña. Ante cualquier emergencia: ella. Una fuente inagotable de amor para compartir. Pero nada era comparable a la desolación de la niña. El tiempo parecía atrapado en una bola de mercurio. Llamadas y esperanzas, día a día. ¡Pronto volverá, ya verás, pronto, pronto!, le repetía una y otra vez a mi hija mientras la acurrucaba entre mis brazos y la mecía.
Y regresó. Parecía una sombra. Etérea de tan flaca. Liviana como una pavesa. Fue duro no poder tocarla. Sin embargo era tanta la alegría por haberla recuperado que hasta su nieta pareció entenderlo. A regañadientes la dejó encerrarse en su habitación para que pasara la cuarentena.
Ahora la niña se pasa todo el rato pegada a la puerta. A través de ella hablan. A través de ella, su abuela le cuenta historias, se inventa cuentos. Y desde el otro extremo del pasillo se lanzan besos cada vez que mi madre abre la puerta para coger la bandeja de comida. Vamos tachando los días en el calendario. Queda nada para abrazarla.

3/4/20

ATENCIÓN DOMICILIARIA



Las mascarillas de tipo FFP3 deben estar destinadas a los profesionales sanitarios que trabajan con pacientes ya diagnosticados (Foto. Freepik)

¿Y a quién tienes tú, de dónde sacarás fuerzas para seguir viviendo? No. Calladito. Déjame trabajar. Deja que pase el brazo por los huesitos de tu espalda. Que te acerque a mi pecho y te ponga la almohada. Sí, dos. Lo sé. Para que estés cómodo. Así. Cambiado. Con el cuerpo y la ropa limpios. Sí. La crema. No la he olvidado. No permitiré que salga ninguna escara . ¡Que sí, que no te preocupes! ¡Mira! ¿ves?, guantes y mascarilla. Para mí, para ti. Toda precaución es poca. Hoy no puedo quedarme más tiempo. Te contaré muchas cosas mañana. Te hablaré de que los días se rompen en pedazos iguales. Pequeños y punzantes. De que la gente se ha organizado en grupos de cuidados. De que vamos todos a una. De que saldremos adelante. Pero hoy no. Hoy hace un día radiante y las calles vacías están llenas de luz, sin un jirón de aire contaminado. Te subo la persiana para que puedas ver el cielo, los pájaros revoloteando de rama en rama. No lo dudes. Ganaremos esta batalla. Y yo volveré mañana.

8/3/20

GOTAS EN EL AGUACERO



Tomada de la red.



El 1 de diciembre del 1955, Rosa Louise McCauley de 42 años salió de un autobús para entrar en la cárcel al negarse a levantarse para ceder su asiento a un blanco. Una decisión que movilizó y organizó las protestas en Montgomery que acabaron con la segregación racial en el transporte público.
Ese latido. El latido. Un aviso de cuerpo y alma. Línea divisoria, sin tiza ni pizarra, paso adelante que rompe la resignación, que aprieta, rechina los dientes y levanta la cabeza y se niega a obedecer. Puños cerrados. Determinación. Resistencia a las amenazas. La ley no engrilla. Engrilla la indignidad, la injusticia, la sumisión. Pequeños y grandes latidos de heroínas que escriben la Historia.

29/2/20

EL CUARTO. GANADOR DE LA SEMANA DE LOS RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.
La luna con sus ojitos de sueño en la pared. La colcha con el pico deshilachado por las uñas de Bigotes. El vendedor y el puesto con las naranjas, los limones, las coles y el pimiento. La excavadora y los playmobil con sus cascos, palas y picos. Todo igual que lo dejó la infancia interrumpida.

Para escuchar la lectura del relato clicar aquí. A partir del minuto nueve.



25/2/20

FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS CONVOCADO POR ZENDA. LARGA TRAVESÍA DE ESPERANZA

Tomada de la red.



Noche cerrada. Noche sin luna. Boca de lobo que hiere sin daga ni bala. Entra la humedad al hueso y se queda ahí. Tirita el miedo de puro miedo. Jasira protege su barriga con la manta que tejió durante la espera. Suena y resuena en la memoria su corta vida. Todos los días recorría kilómetros para recoger agua y leña. Ordeñaba la cabra, amasaba el teff para las injeras. Traía el estiércol. Cuidaba de sus hermanos pequeños y recorría las vías del tren en busca de escoria. A veces se sentaba a la puerta de la choza y, si el cansancio no la vencía, era una niña que jugaba con una muñequilla hecha con harapos y cuerdas. Se pinchaba el dedo y con su sangre le dibujaba una gran sonrisa. Sonríe y la sonrisa se le congela en mueca. Entonces era feliz. Luego vinieron las guerras. Las violaciones. El terror. El mar mece la patera. Son demasiados dentro. Jasira no tiene miedo. Lo dejó en las chozas quemadas, en los llantos de niños, en los golpes de machetes que mutilaban y mataban, en las fronteras, en cada camino, en los pies llagados, en el hambre que masticaba cualquier cosa. La dieron por muerta como a toda su familia, pero decidió vivir. Ahora todo eso forma parte de una pesadilla. Ahora viene el dulce sueño. Nota las primeras contracciones. Espera un poco, susurra a la vida que lleva dentro. ¿No ves las luces a lo lejos? Pronto llegaremos, aguanta que ya estamos. En el otro lado de la barca, acaban de echar por la borda el cadáver de Ashanti. Aún falta  mucho para alcanzar la costa.

7/12/19

BICHO

Tomada de la red

Se puede decir que somos los últimos de una estirpe. En concreto la tuya, Bicho, nació y morirá contigo. Mejor.  La de mi familia viene de lejos. No toda está recogida en fotografías y legajos. Una vergüenza a nada que eches la vista atrás. Guerras, saqueos, quebrantahuesos terrenales para exprimir las entrañas de este planeta que reverbera y duele verlo ahora de tan bonito y sano como está. ¡Qué culpa vas a tener tú de lo que pasó! No te me pongas de morros. Yo te acepto igual, ya lo sabes. Aquella lava blanca y sedienta la trajimos nosotros. Se arrastraba por la tierra reseca, entraba en sus grietas, buscaba vida. Agua. ¡Ja!, agua. Se pagaba a precio de oro. Y aquel ejército se colaba por las rendijas de nuestras puertas, encontraba los aljibes, los pozos y los veneros y los secaba. Más de un pellejo humano vi tirado en el suelo sin sustancia alguna, pues hasta la sangre llegaron a beberse. Los jóvenes, Bicho, ellos, que llevaban tiempo encerrados día y noche buscando soluciones a nuestros problemas, se organizaron y pulverizaron la invasión con manguerazos de una sustancia corrosiva. Muy corrosiva, sí, lo sé Bicho. Pero tú te salvaste; en realidad fue cosa mía. Verte escurrir debajo de la puerta casi me mata de un infarto. Me preparaba para arrearte un escobazo cuando te plantaste delante de mí, temblando como un copo de nieve a punto de desprenderse del alero de la casa un día de Navidad, y no pude liquidarte. Pero eso ya lo sabes. Como sabes también que he compartido contigo todo lo bueno y malo de esta vida. Oculto, eso sí, porque una no sabía si mis amigas, que venían a casa a jugar todos los jueves al cinquillo y a merendar chocolate con churros, lo entenderían. Tenía que esconderte en el sótano hasta que se iban. Has conocido la Tierra renacida en todo su esplendor. El cielo soleado, el gris y negro con sus aguaceros y sus tormentas; los castaños dorados, las petunias en el jardín… ¿Te acuerdas cuando te dio por comer setas venenosas? Casi te mueres. Pero, hijo, eres tan tóxico que ni eso te mató. Hemos sido felices los dos a nuestra manera ¿verdad, Bicho?  No te me pongas sentimental ahora. Nos queda poco tiempo para desperdiciarlo en llantos. ¿O no? ¿Por qué me miras así? Yo tengo noventa años. Tú… ¡Pero qué tonta! Tú no tienes edad. Siempre te veo igual. No has degenerado nada de nada. ¡Con lo bien que te he cuidado, mira qué lustroso estás! O sea que yo me voy y tú te quedas. ¿Cómo que no? ¡Ah, de ninguna manera te voy a meter en ese líquido desintegrador! Que no quieres vivir sin mí, que a ver quién te cuidará cuando yo no esté. Seguro que tú solo te las arreglarás de maravilla. ¡Bueno, bueno!, déjate de mimos. Haz lo que te dé la gana. Que sí, que yo también te quiero, Bicho.

1/12/19

MÍO, TUYO, SUYO, NUESTRO, VUESTRO PLANETA

Tomada de la red


Yo iba y volvía del trabajo boqueando un poco como pez fuera del agua. Agua tratada. Agua con filtraciones. Yo seguía mi vida, como si aquel dolor de la Tierra que aullaba auxilio no importara. Pasaba a diario por la puerta de la organización ecologista, tan bonita decorada con naturaleza y cielo azul sin mácula, y ni me fijaba.
Contra todo pronóstico, me quedé embarazada. Y todo cambió. ¡Fue tan difícil sacar adelante a mi niño en un cuerpo tan envenenado! Nació mi niño. Nació y ya era bastante. Horas y horas de lucha hasta que me lo pusieron en el regazo. Nació mi niño. Se abrió paso entre la espesura y la sangre de un parto difícil. El pequeño ser que mamó contaminación. Aquella que nos decían que nunca iba a llegar, pero llegó.  Él decidió nacer. Y lo hizo. Con sus limitaciones. Ahora no paso de largo por la puerta de naturaleza limpia. Entro con mi hijo, siempre con él, y participo. Poco a poco, vamos construyendo un hermoso relato que consiga convencer y convertir nuestra lucha en una fuerza imparable por la recuperación de nuestro planeta.

26/11/19

PROHIBICIONES. FINALISTA RETOS LITERARIOS G PUNTO. RNE

Tomada de la red.

El río inquietaba a las madres y nos gustaba a las hijas. Burlamos la vigilancia. Chicas y chicos, entre juncos, chapoteos y risas, nos dimos nuestros primeros besos con sabor a tortilla de patata y gaseosa. Caía la noche y me quedé con mi novio, rezagada. Se me olvidó cómo llegar e improvisé el camino de vuelta a casa. Pero me perdí. Después nacería mi hija Laura.

Para escuchar el microrrelato clicad aquí. Minuto 5:34.

19/10/19

DENTRO. FINALISTA RETOS LITERARIOS G PUNTO RNE.

Una partícula que se coló en tu blog

Querida niña:

De aquellos palitos de piernas y brazos; de los terrores nocturnos que creíste que nunca acabarían; de la tristeza en los atardeceres rojos (la virgen está planchando) de los domingos… de todo eso, nada queda. Queda el camino por desbrozar; la ilusión de nuevos retos; los deseos por cumplir; los amigos por conocer; los amores por descubrir. Y tú, siempre dentro de mí.

Escuchar aquí.

A partir del minuto 6:22.

7/10/19

EN EL PATIO





Hay un momento en el que la colina del repetidor se traga el sol y el aire hiere con su luz espesa. Las golondrinas cruzan el cielo estirado en azul ceniza y se aquietan en la raspa de la antena del televisor. Enfrente, el muro de adobe con los huecos cegados de cemento, y entre el canalón, una be estirada de cielo que vivirá el tiempo que tarden las voces del otro lado, en levantar una nueva casa.
Y justo cuando la tarde está más prieta que nunca, tanto que casi te impide respirar, achatándose la luz entre las copas de los chaparros de la loma, Lucas suelta un gruñido y salta al muro que toca la parra y allí se queda, al acecho, vigilando la salamanquesa que se esconde entre las tejas del lavadero. Le digo que esta vez se quedó chasqueado y que venga a mí y deje de hacer el gato sanguinario, pero no me obedece y baja cuando ya la noche comienza en el patio. Se estira en el cemento, donde estaba el gallinero, y yo sigo atenta al cambio del violeta al azul del cielo, espiando las primeras estrellas que me llaman desde quién sabe qué galaxias. Entonces suenan las patas en una carrera corta, golpean la cal del muro, que brilla con la primera luna, y luego viene él con la salamanquesa entre las fauces, la deja cerca de la orza, donde se queda un momento quieta, después inicia un movimiento rápido hacia la pared, que Lucas aborta de un zarpazo y la devuelve al suelo, malherida, él al lado, moviendo el rabo, observando su trofeo, luego se levanta, la coge con la boca y la traslada cerca del lavadero, la suelta, la salamanquesa se arrastra unos centímetros, desiste, la cola se retuerce a un lado. Lucas se echa encima, mira  la sombra de otro felino sobre el tejado, se levanta, golpea el cuerpo con las patas de un lado a otro, confirmando su muerte, y luego la abandona por grande, si fuera pequeñita se la habría comido. Me quedo inmóvil, esperando a que un poco de aire mueva las hojas de la parra, desviando la mirada hacia los guiños de un avión y los puntos blancos estrellándose en la lejanía, pero vuelve a la masa aquietada sobre el cemento. Del otro lado del muro, llega el entrechocar de los platos y el rumor de voces que irán subiendo hasta gritarse órdenes mientras la noche se llena de olor a pimientos fritos. Me levanto, cojo la pala de un rojo descolorido por muchos soles y levanto el cuerpo destrozado de la salamanquesa. La dejo a un lado, hago un agujero, la echo dentro y mientras la cubro de tierra, me viene a la cabeza el trocito de vida de Lillian Hellman enterrando a la tortuga ante la burla de Dashiell Hammett. El cazador viene silencioso, se levanta sobre las patas traseras y asoma su  hocico.

13/9/19

EL MEJOR VIAJE



 
Tomada de la red.

He viajado. Aún viajo. Escucho Angola de África Lisanga, y la tarde llamea en colores vivos y danzas sensuales entre plantaciones de caña de azúcar. Pero ninguno como aquél que tantas veces repetí cuando era niña, durante el silencio sagrado de la siesta, en el patio de mi casa. En bragas y descalza, acuclillada ante una cubeta de aluminio llena de agua, con una pluma negra de gallo y otra gris de gallina flotando en la superficie sobre una hoja de parra. El Capitán Trueno y Sígrid se embarcaban en una nueva aventura en el Amazonas. Serpientes culebreando en el río. Selva de árboles frondosos, lianas y pájaros exóticos. Las guerreras amazonas y mi mano guiando a los héroes en su lucha por rescatar a algún niño o mujer a punto de ser sacrificado en el altar de un templo azteca oculto por la  exuberante vegetación. Y a eso de las cinco de la tarde, el olor intenso del café saliendo a borbotones, la voz del locutor en la radio, la llamada de mi madre. Final del viaje.

27/8/19

DENTRO

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Tomada de la red.


Había sido una noche dura en el centro de Madrid. Los del GRUME trajeron a una  romaní al Centro de Menores. Tendría alrededor de dieciséis años. Los educadores de la noche se hicieron cargo y, siguiendo el protocolo de aislamiento, la llevaron al Nido: un par de habitaciones con cuatro camas, un baño y una salita. Le retiraron el móvil, recogieron sus pertenencias y le proporcionaron un pijama de la ropa comunitaria. Al día siguiente, cuando Nuria fue a llevarle el desayuno, encontró su cuerpo, aún caliente, con un golpe en la cabeza.
Después del levantamiento del cadáver y el lógico revuelo de chicos y chicas, la vida retomó su pulso habitual en el Centro.
Durante el recreo del día siguiente, el guardia jurado rumano que admiraba al Empalador, se acercó a mi banco.
  Chica mala—sentenció.— Nadie la reclama. A nadie interesa una investigación.
    Chica mala—corroboré.

La ñeta había comenzado una pelea con la latín king. Un día de estos, una de ellas amanecería destripada.

EN MIS MANOS



Resultado de imagen de Mujer fumando a la entrada de urgencias
Tomada de la red


A pesar de la cara machacada por los golpes y la sangre borboteando como un geiser de la herida de la cabeza, lo reconocí al instante. Estaba siendo una noche agotadora tras lo ocurrido durante aquel concierto; todos estábamos exhaustos. Así las cosas, el protocolo era mero papel mojado a esa hora lindante con el amanecer, cuando la riada humana se había cortado dándonos una tregua. Miré hacia el pasillo: parecía la piel muerta de una culebra. Ni un alma. Algunos estarían recostados en cualquier rincón, otros moverían el palito de plástico blanco dentro de un brebaje negro que simulaba café. En el cielo se aclaraba poco a poco la línea cortada de los edificios. Escuché los ronquidos de la agonía. Lo dejé morir. Luego empujé la camilla por Urgencias. Crimen fue lo que hizo aquel desalmado con mi niña.





19/7/19

CUIDADOS. FINALISTA DEL 9º CONCURSO DE RELATOS BREVES DIARI DE TERRASSA




Tomada de la red


La mejor. Como tú, ninguna. Y mira las manos, pequeñas y delicadas. Una caricia cuando pasas la toallita por el culito de nuestro bebé. Dejas unas gotas de leche del biberón sobre tu muñeca y la finura de tu piel sabe cuál es la temperatura adecuada para la boquita que espera como un polluelo a que su mamá lo alimente. Utilizas la cadencia adecuada con la que debes darle golpecitos en la espalda para que expulse los gases. Mueves su cuna siguiendo el ritmo de la nana que le cantas para que se duerma. Tus manos, Graciela, tus manos. No hay otras que huelan, ni tranquilicen igual a nuestro hijo. Eres imprescindible. Lo sabes de sobra, las mamás tenéis ese talento. Sin embargo sigues vistiéndote con tus mejores ropas, las que más te gustan. Escucha lo que te digo: Yo no lo haré igual que tú, no estoy preparado para esto. Tengo las manos grandes. Soy torpe. No salgas esta tarde. Ya tendrás tiempo de cine, o a donde sea que vayas a ir con tus amigas. Cuando crezca un poco…¡No lo hagas! No me dejes con la palabra en la boca, ni me des con la puerta… en las narices.