28/4/20

AMORES SOSTENIDOS

Tomada de la red.



Doblegaba el llanto con mucho llanto y la vuelta del chupete. Y entre sueños suspiraba hondo y la llamaba. No había consuelo posible. Nadie podía sustituirla. Ella es el cacao con leche. Yo, el  aguachirri en medio de la tormenta. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Dejaba el paseo de hámster por la rueda de la casa. Soltaba la sartén y los huevos a nada que mi niña la llamaba. Confeccioné guiñoles con telas viejas. Su padre le hizo un teatrillo con unas maderas. Ponía todo mi empeño en contarle historias. Repetía las que le contaba mi madre. Imitaba su voz. Nada era igual. «¡La abuela lo sabe hacer, tú no!», decía mientras se restregaba los ojos, en la antesala del diluvio universal.
Le gustaban mucho los patos y también los peces en el agua de la bañera. Los movía con una mano, mi madre con la otra, mientras hacían que hablaban entre ellos. Eran cariñosos unos con otros. Se querían. Encargamos toda una flota. La dejábamos estar todo el rato que quisiera en el agua. Faltaba la abuela. Convirtió la hora del baño en una batalla. El barco con sus viajeros, los buzos, el submarino, el pulpo, los peces y hasta los patos, sus preferidos, caían bajo la rabia en pelotazos de mi hija.
Yo también la echaba mucho de menos. Era el sostén a donde me agarraba cada día. Cuando una reunión de trabajo se alargaba, allí estaba siempre ella para atender a su nieta. Si enfermaba, seguía cuidando de mí como cuando era pequeña. Ante cualquier emergencia: ella. Una fuente inagotable de amor para compartir. Pero nada era comparable a la desolación de la niña. El tiempo parecía atrapado en una bola de mercurio. Llamadas y esperanzas, día a día. ¡Pronto volverá, ya verás, pronto, pronto!, le repetía una y otra vez a mi hija mientras la acurrucaba entre mis brazos y la mecía.
Y regresó. Parecía una sombra. Etérea de tan flaca. Liviana como una pavesa. Fue duro no poder tocarla. Sin embargo era tanta la alegría por haberla recuperado que hasta su nieta pareció entenderlo. A regañadientes la dejó encerrarse en su habitación para que pasara la cuarentena.
Ahora la niña se pasa todo el rato pegada a la puerta. A través de ella hablan. A través de ella, su abuela le cuenta historias, se inventa cuentos. Y desde el otro extremo del pasillo se lanzan besos cada vez que mi madre abre la puerta para coger la bandeja de comida. Vamos tachando los días en el calendario. Queda nada para abrazarla.

6 comentarios:

elpedrete dijo...

Una historia tierna y, como es habitual, describes con maestría de una manera sencilla. ¡Qué importante es la relación entre nietos y abuelos!

Yo también participo en el concurso de Zenda con una de mis historias: https://elpedrete2.blogspot.com/2020/05/zenda-el-ritual.html

Suerte.

Lola Sanabria dijo...

Gracias.
Suerte también para ti.

Cora Christie dijo...

Qué belleza. De fondo me conmueve hasta las lágrimas: No volverá la mía. De forma, qué decirte! un aventar de palabras hiladas de sabiduría. No hace falta más. A mí, no. Conozco tu trabajo de filigrana y hondura. Qué dolor sin esperanza me transmite esta historia, que para esta lectora tuya no tiene final feliz

Lola Sanabria dijo...

Te removió otras ternuras. Gracias por compartirlo y por tus letras que tan bien hilas.

Un abrazo libre de coronavirus, querida Cora.

Sandra Fernández dijo...

Una historia muy emotiva y contada tiernamente. Suerte con el concurso.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Sandra.

Par de abrazos.