27/6/21

EL PLUMIER

 


 

Tomada de la red.

Lo tenía siempre en exposición en el escaparate de la papelería, entre libretas, cuadernos Rubio, estuches de pinturas, una biografía de Felipe II y La enciclopedia Álvarez con sus niños bien alimentados en portada. El plumier tenía dos alturas. Elaborado en madera de pino barnizada y con unos arabescos ahumados. Olía a nuevo. A estrenar. Se lo hice sacar a la señora Otilia varias veces para enseñárselo. Descorría la tapa y luego giraba el piso de arriba, desde un lateral, para mostrar el sótano de aquella casa de lápices, gomas de nata y sacapuntas. Soñaba con aquel plumier.

Durante el periodo escolar de Primaria la maestra decidió hacer dos competiciones para, según dijo, estimular el esfuerzo en el estudio de las asignaturas más importantes: Matemáticas y Lengua. En la primera yo aún no alcanzaba la edad requerida: competían las más mayores. En aquella ocasión el premio consistió en un estuche con regla, cartabón, escuadra y compás que mostraba muy orgullosa, abierto sobre el pupitre, Raimunda la alumna más rápida en cálculo de todas las niñas del mismo nivel.

Aunque era una de las alumnas más jóvenes, tenía la edad mínima que estipuló la maestra para que yo pudiera competir en Lengua. El premio, según anunció con mucho bombo, era el plumier, o regalo similar, a escoger de la papelería de la señora Otilia. Desde ese momento me propuse conseguir el ansiado trofeo. Yo era buena en la asignatura. Solo flojeaba un poco en ortografía. Así que hincaría los codos para no fallar en tildes, bes, uves, haches, hiatos, diptongos y otras normas de la gramática. La única rival para mí era Luisa, la niña de la casa más alejada del pueblo y ella estaba siempre enfangada con el cuidado de sus hermanos, sin tiempo para estudiar. De las demás no había nada que temer. La hija del médico se sentaba a mi lado, era poco espabilada y tenía cero posibilidades de conseguir el plumier, así que no se inscribió en la prueba. Era una niña antipática y soberbia que nos miraba por encima del hombro y nunca se mezclaba con nosotras en el patio. Ninguna la queríamos.

Los días previos a la competición los pasé estudiando normas de ortografía y haciendo análisis morfológicos y sintácticos hasta agotar todos los ejercicios del libro. Me sabía al dedillo las oraciones compuestas y cómo analizarlas hasta conseguir no cometer ni un solo fallo. Conseguí que mi amiga Merche colaborara conmigo con dictados y otras pruebas que yo pedía que me hiciera. A cambio, le prometí prestarle todo un día el plumier cuando lo consiguiera. Centrada como estaba en el premio, no me percaté de la sonrisa burlona de mi compañera de pupitre. Más tarde supe el porqué de su felicidad.

Gané la prueba, sí, pero no el plumier que había desaparecido del escaparate de la señora Otilia. Lo había vendido después de meses sin que nadie se interesara por él al ser un artículo caro. El mismo día del examen, después de que la maestra diera a conocer los resultados, la hija del médico sacó de su mochila el plumier, lo abrió y lo mostró en todo su esplendor, cargadito de lápices, gomas, sacapuntas y rotuladores. Tuve que conformarme con la biografía de Felipe II. Cuando me entregaron el premio, a duras penas conseguí controlar el llanto y la frustración con una sonrisa forzada.

13/6/21

GLORIA, ESE ES MI NOMBRE

 


Tomada de la red

 

Al profesor le gustaba relatar las mayores gestas de la Historia. Buscaban la gloria, apostillaba una vez sí, otra también. Con el peso de una noche de alquitrán en los párpados, Gloria, la todo huesos y ojeras góticas, escuchaba la voz cavernosa de Santiago como una nana que invitaba al sueño. Solo la sacaba de la modorra escuchar la palabra gloria. Ese es mi nombre murmuraba antes de caer de nuevo en el letargo.

Noches de botellón, nachos y patatas fritas antes de volver a casa donde la esperaba la Pesadilla con mayúsculas de aquel que usurpaba el título de padre.

Mediodía de una primavera con lluvias finas lamiendo los cristales, evocación de borrachera de azahares en los naranjos de los patios y reverberación de coros del aula vecina de música. Historia. Guerra de los Cien Años. El profesor unió a Juana de Arco con la gloria. Fue escucharla y deshacerse del sopor. La intrigó esa mujer. Pidió salir a los servicios. Se mojó la cabeza y regresó lo suficientemente despierta como para empaparse de toda la historia.

Así que se trataba de eso: cortar cabezas y ganar batallas.

Lloraba, claro que lloraba. Un crimen horrendo, querida, decía el director del instituto mientras le ofrecía una caja de clínex para que limpiara los churretes de rimmel. Pagará el culpable, decía. Y ella cabeceaba y lloraba. Lloraba y asentía. Se hará justicia, Gloria. La palabra justicia unida a su nombre la emocionó aún más. Bajó un arroyuelo estimulante de lágrimas hasta el cauce del canalillo del pecho.

Cuando salió del despacho iba flotando por el pasillo. Gloria, ese es mi nombre, contestó, más lúcida y espabilada que nunca, a la llamada de Santiago, el profesor de Historia.

20/5/21

RELATO FINALISTA DEL MES DE ABRIL EN EL CERTAMEN CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA

 


 
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Invisibilidad de las cadenas

Ni los pies desollados, ni las llagas infectadas de las manos. El ritmo desbocado del corazón. Eso era lo que la preocupaba. No podía detenerse. Ahora no. Vio la luz al fondo. Una claridad diluida en la negrura de aquel nido de serpiente, como llama oscilante de vela. Avanzaba con un soplo de mano en la nuca a punto de agarrarla. No podía creer que hubiera llegado tan lejos. Cuándo ocurriría. Cuándo la devolvería al cautiverio. Sin embargo, cinco pasos, cuatro, tres, dos, uno, y el sol cegando sus ojos maltratados por la oscuridad. Los cerró y levantó la cara al calor. Después bajó la cabeza y corrió. Una carrera corta con parada en seco. Comprendió por qué la había dejado escapar después de, no llevaba la cuenta, años encerrada. Entendió, aterrada, lo ficticio de su liberación.

PERDIDOS. FINALISTA DEL CERTAMEN DE RELATOS DE ABOGADOS DEL MES DE ABRIL


Tomada de la red.

Como abogada, asesoro a familias desfavorecidas para que, al renovar sus contratos de alquiler, consigan un precio asequible a sus escasos medios económicos, pero también existen otras alternativas para canalizar mi energía al servicio de los más vulnerables.

Una vez al mes me doy una vuelta por el barrio donde las ratas campan a su libre albedrío, hay cortes continuos de luz y agua corriente y las calles se convierten en un barrizal cuando llueve. Deambulo entre las chabolas con la mochila abierta y los bocadillos mostrando su envoltura plateada. Uno tras otro se los van llevando las manos infantiles hambrientas de pan y abrigo. Cuando la noche cae en el desierto de oscuridad, es hora de regresar. A veces sin nada. Otras, escucho la voz que me llama mamá. Una mano pequeña se agarra a la mía de manera natural y no se suelta hasta que llegamos a casa. 

17/4/21

DE ÁNGELES Y DEMONIOS. FINALISTA EL MES DE MARZO DEL CONCURSO DE RELATOS DE ABOGADOS

Tomada de la red

No he conocido a nadie más resiliente que tú, con excepción de Lucía. Siempre ponías el cuerpo para evitar un desahucio. Defendías un derecho constitucional aunque no supieras de leyes. Pan y techo, niña, pan y techo. Fuiste mi faro para elegir profesión y ponerla al servicio de los desposeídos por la avaricia. Pero hoy me siento derrotada. Construir una vivienda con material urbano: trozos de madera, bancos rotos, donde guarecerse de la lluvia y los amaneceres de hielo en esta ciudad deshumanizada, fue la prioridad de Lucía. Cualquier cosa le valía. Todo provisional hasta que yo consiguiera ganar el juicio contra el fondo buitre que la dejó en la calle con sus hijos. Anoche unos desalmados prendieron fuego a la chabola que ardió, con ellos dentro. Atrancaron la puerta por fuera. Una tea siniestra iluminando un cielo negro como hollín. Ahora los tienes de vecinos. Cuídalos bien, abuela.

7/4/21

MICRORRELATOS PUBLICADOS EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DEL PERIÓDICO INFOLIBRE




Tomada de la red


DE HÉROES Y VILLANOS

La abuela. Exquisita con el bastidor sobre el regazo, la aguja enhebrada entre índice y pulgar y el meñique levantado en una curva deliciosa. Desde la cancela que da al patio admiro la bella imagen, escucho el punzón horadando la tela, tensa y delicada como vejiga pulida de zambomba, saboreo, aún sin llenar mi boca, la canela del arroz con leche enfriándose en la cocina. La abuela es calma y ternura infinitas. A no ser por ese hedor en las manos que en vano intentó eliminar con jabón y agua. Yo huelo a capa ahumada y carne abrasada. Ella, a pólvora.


 

MIEDOS

Hace días que llueve sin parar. Sirimiri que empapa la tierra. Escuchamos cómo repica arriba. «El agua limpia, es hora de salir», ordena papá y empuja a mamá hacia la puerta. Ella retrocede. «Ve tú», se rebela. No ocurrirá como cuando entramos. Obedientes, sin chistar. Porque él tenía sus fuentes fidedignas, dijo. Lo sabía. Y acatamos su decisión como cabeza de familia. Incomunicados, a fuerza de aislamiento, nos ha dado por pensar. Mamá, Marianela y yo hablamos mucho, debatimos sobre cosas importantes como qué hacer para conseguir el mejor tomate del mundo y los beneficios de comerlo en abundancia en ensalada, gazpacho o salmorejo. Llegamos a conclusiones y acuerdos y lo escribimos todo. Papel y lápiz no nos faltan de momento. Papá no participa. Se va a un rincón, enfurruñado. Dice que nadie le hace caso. Que él es el padre y se merece un respeto. Dice esas cosas viejas. A veces llora. Yo creo que en el fondo, muy en el fondo, piensa que se equivocó. Hace tiempo que nosotras creemos que no hubo una explosión nuclear y que el aire no está envenenado. Pero hemos decidido que sea él el primero que salga y huela su primera rosa.


TRAS LA PUERTA

Todos los vecinos disfrutan siendo testigos de la plácida felicidad de los inquilinos del quinto. Una pareja encantadora. Van a la compra juntos. Pasean enlazados del brazo y saludan amables, al paso. Él le coloca bien la bufanda al cuello. Ella lo deja hacer y sonríe con ternura.

Por la noche, cuando el ajetreo diario de los pisos se apaga, la menor de las hijas del matrimonio del cuarto refiere a sus padres que oye restallidos de cinturón y quejidos ahogados por puño en boca. Ellos la escuchan, condescendientes, mientras la arropan. Dicen que siempre tuvo mucha imaginación. También buen oído para la música.


12/3/21

ROMPER AMARRAS

 



 Tomada de la red

Cuando ella nació llevaba marcado, sin hierro, pero doloroso e imborrable, el destino que le habían preparado como mujer. Su madre se lo comunicó en cuanto tuvo edad para hacer las faenas de una casa. Búscate un buen marido que te mantenga, le dijo, apenas brotaron los primeros signos de que estaba lista para formar una familia. Ella no tuvo que buscar nada. Él llamó a su puerta. Un hombre enviciado que pronto lo perdió todo jugándoselo a las cartas.

            El retorno al hogar de su infancia duró lo que tardaron en comerse entre madre, padrastro y hermanos los lomos en aceite, los jamones, tocinos, chorizos y morcillas de la matanza del cerdo que se llevó con ella en orzas y artesas. Vuelve con tu marido, le dijo la madre, que es con quien una mujer casada debe estar. Aquella devolución no era nada inhabitual para la época en una sociedad cerrada y tradicionalista como aquella; y menos en un pueblo. La mujer debía resignarse a lo que le había tocado. Sufrir en silencio.

            Pero ella no regresó jamás con él. Aceite y huevos. De ahí le vinieron los ingresos para sacar adelante al hijo y a la hija que le quedaron tras la muerte de otros dos. Se levantaba cuando aún el gallo no había cantado en los corrales. Envuelta en su pañoleta de luto perenne, armada de cesta y bidón, con sus alpargatas desgastadas, hacía el camino de su pueblo a otro más grande a pie, ida y vuelta nada más acabar de vender la mercancía. Veintidós kilómetros en total. Fue un ejemplo que siguieron otras mujeres, consiguiendo independencia económica como vendedoras, limpiadoras o cuidadoras por cuenta ajena, decididas a no aguantar maridos borrachos, jugadores y maltratadores. Mi abuela.

11/3/21

RECREACIONES EN PAÑUELO DE ENCAJE. MICRORRELATO INCLUIDO EN EL RECOPILATORIO DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE LAS CUENCAS MINERAS

 

Me siento bien. Abro la puerta y salgo al rellano. La señora Lucía me saluda con la mano desde el fondo del pasillo. Le pregunto qué tal está y ella desaparece tras la puerta de su apartamento sin contestarme. Mientras espero al ascensor intento recordar a qué he salido. Voy a por pan. La calle está solitaria y mojada. Han baldeado. Corre una brisa agradable. En la panadería huele a miga y corteza calientes. A mi madre la enfadaba mi costumbre de comerme un pico de la barra antes de llegar a casa. Siento el pescozón como si me lo diera allí mismo. Ese trocito de pan era como un beso robado. Mi madre cantando el Garrotín mientras pedalea en la Sínger. Vuelvo con la barra debajo del brazo.  Entro en el portal. No hay nadie en la portería. El motor del ascensor hace un ruido muy desagradable. Le cuesta subir. En el segundo se ahoga. Tose. En el cuarto hace amagos de pararse. ¡Ahora no!, quiero gritar, pero no me sale la voz. Cuesta respirar dentro. Falta aire en esta caja cerrada. Sobreviviré de Gloria Gaynor se cuelga del recuerdo de Mario, su risa en el garaje de Rafa, el primer cubata, un beso en el pelo mientras bailábamos. Mario, mi Mario. Unos centímetros más bajo que yo. Mario, mi Mario. El ascensor se detiene. Alivio de soplo de oxígeno. Entro en mi casa. Estoy sola. Sola. Sudo. Hace mucho calor. Abro la ventana. Me siento en mi sillón. La televisión me mira con su túnel rectangular negro, negro. Las paredes. Tengo que pintar las paredes. La del comedor, salmón clarito, mi color preferido. Nuestra habitación, amarillo pálido. La de las niñas azul cielo. El baño, puede que gris humo. La cocina, marfil…

Llega. Se está acercando. Una extraterrestre. Me reiría. La risa, que todo lo cura, ahora duele como si ardiera y me abrasara por dentro. Que cómo estoy, dice. No sé. Estoy, Ella me trae ánimos. La última radiografía, mejor que la anterior. Se va a recuperar, ya lo verá. Yo cabeceo un poco. Ahora van a darme la vuelta, me avisa. Bocabajo respiro mejor. Pero no digo nada. Tienen que hacer no sé qué cosa. Yo hoy he salido a comprar el pan. Mañana comenzaré a pintar mi casa, empezando por la salita de televisión donde tantas noches leemos Mario y yo. Su color será verde esperanza. Violeta Parra entra y da las Gracias a la vida.                 

10/3/21

UNA ENTRE TODOS. FINALISTA DEL CONCURSO SOBRE HISTORIAS DE PIONERAS CONVOCADO POR ZENDA

Tomada de la red

Hay un alboroto de jóvenes acercándose a la puerta. Ríen y saltan, excitados. Ella contiene el temblor de sus manos abrazando los libros contra su pecho. Dentro bailan las letras, se reúnen en danzas de palabras que engarzan párrafos. Las comas, los puntos y comas, las comillas, los puntos y los puntos y aparte. Grandes familias de relatos que guardan los conocimientos como tesoros en sus páginas. Y los números se suman y restan, se descomponen, despejan incógnitas, dan sentido al universo, se ordenan y desordenan. Camina despacio, aunque tiene hambre de saber. Ganas de llegar a las aulas. Pero también de sentir sus pasos en la mañana aún fresca, el batir de alas de algunas palomas, su zureo en el alféizar de los ventanales, entre cornisas y estatuillas, entre escudos y frases en latín. «Conserva celosamente tu derecho a reflexionar, porque incluso el hecho de pensar erróneamente es mejor que no pensar en absoluto», recuerda a Hipatia de Alejandría mientras avanza un pie y luego el otro, amordazados en zapatos de hermano.

            Pasa una mano por la cabeza y siente las puntas como pajas pequeñas. Por un momento echa en falta su pelo largo. Al cruzar el umbral baja la vista, los ojos húmedos por la emoción. Y siente agradecimiento hacia su abuela, la loca bruja que le enseñó las letras bajo las llamas del candil, que supo desde mucho antes que ella misma, que lavar ropa en el agua helada del río, cocinar en el caldero para todos sus hermanos, ser criada y no señora de sí misma, no era futuro para su nieta.


14/1/21

ÚLTIMAS TARDES DE ESCUELA

 

                                  

Tomada de la red

 

 Al lado del encerado de mi clase, había un globo terráqueo que mi maestra giraba con la mano, durante las tardes de calor, poco antes de las vacaciones estivales. Señalaba con el dedo índice algún lugar del mundo mientras evocaba su último viaje de verano. Yo bordaba una sábana de su ajuar con interminables ramilletes de flores, bodoques, y filtiré. Mientras la aguja perforaba la tensión de la tela en el bastidor, arriba y abajo, arriba y abajo, me unía a su evocación, y la escuela, los pupitres y los bancos de bordar, se convertían en una cocina de Islandia, en unos jardines de París, en un salón de Austria o en un canal de Venecia. Dos minutos antes de acabar la clase, ella siempre volvía a Medina Azahara, a sus fuentes, a sus arcos, a sus colores y a su luz. Y yo con ella.

           

26/12/20

DE AZÚCAR Y ALMENDRA

 

Tomada de la red


El señor Matías es el mejor maestro pastelero del mundo. De sus manos brotan, como por arte de magia, las mejores creaciones con que puedas soñar. Una caracola, no es una caracola, es una casita habitada, brillante y dulce, que da pena comerse, pero que acaba desapareciendo de la cocina. Un cuernecillo que arrancan los dedos del bebé, un pellizco de papá en una esquina … Bambas con formas como ostras y perlas de chocolate puro; troncos con ojos y boca que cagan garrapiñadas; peces con escamas brillantes de colores; angelitas con fuego de merengue en sus alas y caramelo rojo y amarillo como llamas redentoras en espadas doradas.

Con todo, lo mejor del señor Matías son sus figuras de mazapán. Todos los años expone sus creaciones en el escaparate de su pastelería: el mejor espectáculo para personas de diferentes edades. A veces, niñas y niños nos damos empellones, agolpados en la acera, por coger un sitio preferente desde donde poder ver bien, y tiene que salir él a poner orden. Reproduce escenas del barrio con mujeres, hombres, niños y animales de mazapán con el detalle y la exactitud del orfebre moldeando el hierro. Solo que él lo hace con amores de almendra molida, azúcar, agua, clara de huevo y horno de leña.  Viste sus figuras con abrigos, gorros y botas hechos con hojaldres, galletas y tejas finísimas. Y siempre, siempre, está su hijo, con la misma edad, asomando detrás de un pozo, o un árbol, escondido pero muy presente.

A la señora Aurora, con la salud delicada que aconsejaba prudencia, fue a quien se le ocurrió. El señor Matías aceptó el encargo y puso un gran cartel ofreciendo sus servicios para quien quisiera seguir los pasos de la señora Aurora. A todas las personas de nuestro barrio nos pareció una buena idea. La campanilla de la puerta de la pastelería estuvo sonando a diario, con las entradas y salidas de la vecindad, durante todo el mes de octubre, noviembre y parte de diciembre. Un tintineo que se colaba por las ventanas y nos alegraba la vida.

Este año se ha superado. El señor Matías ha hecho la exposición más bonita y espectacular de toda su historia. Familiares y allegados de cada vivienda llenaron el escaparate con ampliaciones que tuvo que ir añadiendo para la ocasión y que acabaron ocupando toda la pastelería. Para el veinticuatro cada cual fue retirando su pedido y llevándoselo a su casa.

Estas navidades, tíos, sobrinos, primos, cuñados, abuelos, nietos y vecinos solitarios nos han acompañado como siempre, aunque de otra manera: sentados alrededor de una mesa más pequeña, en sus sillitas de azúcar y almendra. Y sí, lo confieso, no ha sido el bebé, he sido yo quien se ha zampado de un bocado media boina del tío Alberto. 

12/12/20

TU TU TESHCOTE. RELATO INCLUIDO EN LA XIV ANTOLOGÍA PREMIO OROLA

 

Tomada de la red

Ameyatzin apapacha a Nelli entre sus brazos. La consuela en lengua náhuatl mientras acerca su cabecita al pecho materno. La niña busca con su boquita de hambre la mora de donde mana la leche. La madre la mira, la dirige, la ayuda. ¡Es tan pequeña! Piel, con piel. Piel oscura que da calor, que acoge. Bálsamo y terciopelo para la piel delicada de bebé. Ameyatzin ama a su hija. Acaricia su frente perlada de sudor. Lejos queda aquel pálpito extraño, aquel rencor que a punto estuvo de acabar con su vida. Aquel mal deseo de que su alma viajara a la casa del sol. No quiere ir a ningún lado que no sea con Nelli, su niña blanquita porque Chiconahui bendijo el mestizaje. Succiona su bebé cada vez con menos gana. Ahíta y reposada. Escurre la mano que tocaba el pecho, aletean sus párpados como hojas tiernas.  Ameyatzin la arrulla con su canción de cuna. Respira acompasada la carne de su carne, la sangre de su sangre. Cierra sus ojitos, se va durmiendo.

19/10/20

MICRORRELATOS INCLUIDOS EN MI PARTICIPACIÓN EN EL BLOG «NOSOTRAS CONTAMOS»




 EL PODER DE LAS PALABRAS

Sabíamos que el peligro acechaba en comidas y cenas. Todos conocíamos cuáles eran las palabras prohibidas y qué consecuencias traería pronunciarlas. La nuestra era una familia normal. Con nuestros más y nuestros menos, ninguno faltaba alrededor de la mesa. Comíamos en silencio, masticando cada bocado con una paciencia infinita. Concentrados en la tarea de pinchar y cortar, la cabeza gacha, mirando al plato. No dejábamos ni una miga, ni un recorte, nada. Se despertaba en nosotros una voracidad extrema. Nos habíamos propuesto no hablar para evitar deslices y tentaciones. Porque el hambre venía acompañada de otros apetitos atroces.

Fue un descuido de mamá, seguro. O tal vez es que estaba harta de todo. Quién sabe. Pero que no pesara y midiera bien aquellos filetes desató la tragedia. Y con el te odio repetido como puñales, dejamos un número incontable de cuchilladas en el pecho que tan bien nos había alimentado cuando éramos bebés.

EN MIS MANOS

A pesar de la cara machacada por los golpes y la sangre borboteando como un geiser de la herida de la cabeza, lo reconocí al instante. Estaba siendo una noche agotadora tras lo ocurrido durante aquel concierto; todos estábamos exhaustos. Así las cosas, el protocolo era mero papel mojado a esa hora lindante con el amanecer, cuando la riada humana se había cortado dándonos una tregua. Miré hacia el pasillo: parecía la piel muerta de una culebra. Ni un alma. Algunos estarían recostados en cualquier rincón, otros moverían el palito de plástico blanco dentro de un brebaje negro que simulaba café. En el cielo se aclaraba poco a poco la línea cortada de los edificios. Escuché los ronquidos de la agonía. Lo dejé morir. Luego empujé la camilla por Urgencias. Crimen fue lo que hizo aquel desalmado con mi niña.

DESCARTE

María gira la llave, empuja la hoja de madera y se detiene unos segundos. Le gusta el silencio. Pisos vacíos, muertes recientes. Entra y cierra con un pie. Retumba el portazo. Pinza en el pelo y guantes de goma. Comienza por el cuarto de baño. El fallecido dejó medio rollo de papel higiénico marca el Elefante. Lo saca de la espiga y lo guarda en su bolsa. No están los tiempos para hacer ascos a nada. Limpia bien los sanitarios con lejía. La lejía desinfecta. Aunque el óxido de la bañera se quedará para siempre. Sigue por la cocina. Encuentra un desatascador de goma cuarteada debajo de la pila de cerámica desportillada. Se lo lleva. Le sigue el salón sin muebles, con media cortina raída. La. descuelga, le sacude el polvo y la dobla. Se la queda. Servirá para algo. Por último, la habitación del difunto. En el suelo hay un lápiz carcomido por dientes voraces. Lo echa en el bolsillo de su bata. Pasa el aspirador. Comienza a fregar el suelo. La detiene un ruido de gato arañando que procede del armario. Abre. Una niña depauperada le echa los brazos. La llama mamá. Ella hace cálculos. Costaría mucho mantenerla. La devuelve al fondo del armario. Cierra. Termina de fregar. Sale.


https://nosotrasqueescribimos.blogspot.com/2020/10/lola-sanabria-escribo-para-liberar-los.html?spref=fb&fbclid=IwAR2aX8U5DSAgKfkWNSiRQwVvFWMaiOTbuvIptJCVoeh57Nsw5P5D5mYDQ2Q

18/10/20

CUARTO GANADOR DEL X CONCURSO DE MICRORRELATOS DE RADIO LANZAROTE- ONDA CERO DEDICADO A LOS CENTROS TURÍSTICOS





ADIÓS

Elegiste el lugar equivocado. Entre tantos cactus, tú eras el patito feo, el más espinoso, el desabrido y hueco, sin nada dentro que ofrecer. Y vienes con la cabeza gacha, haciendo como si estuvieras profundamente afectado para decirme que te den Florita, que te den. Ya, que no ocurrió así, que te echaste la culpa de la fechoría con tu afán protagonista de siempre. Fue lo que más me indignó. Un nublado en mi cabeza y ahí te quedas, con un buen golpe, desnucado y enterrado en el Jardín de cactus, abonando el terreno, como alimento de plantas, Casimiro.

 https://www.lavozdelanzarote.com/actualidad/cultura/concurso-microrrelatos-radio-lanzarote-dedicado-centros-turisticos-ya-tiene-ganadores_201736_102.html

6/10/20

EL CEBO

 


 

Tomada de la red

     Era la hija de un guardia civil que trasladaron al pueblo. En cuanto llegó, tuvo una corte de admiradores. No era guapa pero tenía la piel suave y el vello del melocotón. El pelo y los ojos eran muy negros y lucía, con sonrisas y carcajadas, el rojo cereza de los labios, la lengua y las encías. Cuando no estaba la maestra, se quitaba la blusa y se quedaba con una camiseta de tirantes bordeada por una puntilla de encaje. Lo hacía con gracia, mostrando las pequeñas elevaciones de dos tetas incipientes, a los chicos que se acercaban a la ventana. Leía a Corín Tellado y decía cosas muy cursis que se derretían en el calor de su boca. Dejaba a los chicos a cierta distancia, como si hubiera hecho una raya imaginaria, y jugaba a calentarlos y enfriarlos alternativamente y así los mantenía, entre las brasas y el hielo de su capricho.

Toñín vivía a las afueras del pueblo, distanciado del hervidero de pasiones que brotaban cada primavera. Ella lo descubrió un domingo, de guapo, sorbiendo un polo de limón sentado en un banco de la plaza del Ayuntamiento. Pasó cerca y se dio cuenta de que él no la miró. Volvió de la heladería, con un cucurucho de vainilla, y vio de reojo que él observaba el vuelo de las primeras golondrinas. Se paró, dejó que el helado resbalara hasta la blusa, manchando de amarillo un canal incipiente, y le alargó la mano. Toñín cogió las puntas de los dedos, apenas rozándolos, luego desvió la atención a la cigüeña que reparaba el nido que dejó la primavera anterior en el campanario de la iglesia.

Desde aquel primer encuentro, ella lo buscaba en el patio de la escuela y en las calles del pueblo mientras él seguía mirando al cielo y recitando: «Cigüeña, patas de leña, pico de alambre, que tienes a tus hijos muertos de hambre».

Una tarde de domingo entibiada por la primera tormenta de verano, cuando él lamía su polo de limón, llegó ella balanceando en su mano derecha una pequeña jaula dorada. Dentro, un pajarillo medía a pasitos su celda mientras soltaba algún trino a la espesura del aire. Toñín lo siguió con la mirada y cuando ella dobló la primera esquina y sus ojos no alcanzaban a verlo, se levantó del banco y se fue detrás, hasta donde ella quiso llevarlo.

21/9/20

INFANCIA ROBADA. RELATO PUBLICADO EN LA ANTOLOGÍA DEL PREMIO OROLA DE 2019

 

Tomada de la red

Cuando Susan me sacó de allí no sentí nada. Quizás algo de irritación. Sólo eso. Ahora me paseo por las calles y mis pies no tocan la rugosidad de una rama, ni el cosquilleo de las hojas. Tampoco el asfalto, ni las aceras. Mis pies vestidos. Mi pecho abrigado, mis rodillas cubiertas. Mis cicatrices ocultas por ropas suaves. Y sin embargo aún duelen como si un puñado de brasas se hubiera quedado a vivir bajo la piel, anidado ahí para siempre.

      Todavía huele a pelo chamuscado, a pesar del queso fundido sobre la hamburguesa. Huele a orfandad en mis pesadillas. Levanto la cabeza y miro al cielo, tan azul, tan limpio. Quizá pase una bandada de pájaros. El ruido de un motor se mezcla con los alaridos, con el fogonazo abrasador. Arde el universo entero. Siento la ropa pegada a la piel. Y sobre todo el olor, ese olor a carne quemada que llevo dentro donde quiera que vaya. Mi propio olor.

     Amanece. Entra Susan en mi habitación y me acaricia mientras me promete que llegará un día con olor a lluvia y sabor a chocolate. Llegará la noche blanca, sin pesadillas. Duermo.

UN GRANO DE CENTENO. FINALISTA DE AGOSTO DEL CONCURSO DE RELATOS SOBRE ABOGADOS

 

Fotografía tomada de la red

'A menos que enseñemos a los niños la Paz, alguien más les enseñará la Violencia' (Colman McCarthy).

El guiso se hace en la cazuela. Samuel quiere cooperar. Le pido el orégano. Abre la puerta del armarito, coloca en fila los botecitos de especias y los pone a pelear. Busco instintivamente la alianza en mi dedo. La perdí con Antoine, lo mismo que mi trabajo como abogada especialista en derecho internacional. Ayudar a  ONG a rescatar a los niños de un infierno. Ese era el trato. No implicarme personalmente. Pero la solidaridad y el apoyo no siempre los protegía a todos. A aquel niño no pude dejarlo atrás. Un caso difícil, mucho. Tenía la mirada dura de los que les han arrancado la infancia de cuajo. Se aferraba al fusil. Sacarlo de allí y fortalecer el músculo del amor se convirtió en mi prioridad y el mayor reto de mi vida.

21/7/20

EL DESPERTAR DE LOS NIÑOS DORMIDOS


Niños Jugando En El Agua Silueta Fotos, Retratos, Imágenes Y ...
Tomada de la red

Este año se ha puesto de moda veranear en el Lago de Los Niños Dormidos. Los más pudientes corren a hacer sus reservas para un mes; los de menor fortuna se conforman con unos días. Los precios se dispararon cuando se corrió la voz sobre las propiedades inmunológicas y curativas de sus aguas. Todos regresan con un aspecto muy saludable y energías renovadas.  
La historia de cómo se formó el Lago es harto conocida por todo el mundo. Como consecuencia del aumento de grados de temperatura con el cambio climático, toneladas de nieve derretida se precipitaron desde las cimas de las montañas y anegaron un campamento de verano para menores inmigrantes. Niños sumergidos y nadie que los reclamara. Niños enterrados en papeles. Que si tú, que si yo, ningún organismo oficial los sacaba. Están felices ahí, decían unos. Se les escucha jugar, decían los más fantasiosos. No hay prisa, apostillaban otros.
No se sabe quiénes fueron los primeros en proclamar los efectos del baño. Unos y otras dicen que cuando se sumergen en el Lago, los niños despiertan, suben hasta los pies de los bañistas, les hacen cosquillas, ríen y sus salivas curativas se mezclan con las aguas. Eso dicen. Y todos regresan con mucho brío, sin mascarillas, sin distancia de seguridad. Con la insolencia del rebaño, aseguran que ahora sí que sí, son inmortales.

16/7/20

LA SOLEDAD DE LAS SUPERVIVIENTES

Suzane Valverde (a la izquierda) abraza a su madre Carmelita Valverde, de 85 años, a través de una cortina de plástico en una residencia de ancianos en São Paulo (Brasil).
Tomada de la red
          
A mi vecina Ángela la golpeó la misma desgracia que a mí. Esta terrible pandemia con la que convivimos, desde hace tanto que ya ni me acuerdo de sus inicios, nos arrebató a nuestros maridos. Ambas caímos en el desaliento y el abandono. Nos movíamos como pavesas que se desbaratan con un soplo de aire. Coincidíamos de vez en cuando en el rellano, esperando al ascensor, o en el portal. ¿Cómo estás?, decía una. Y la otra contestaba: Sobreviviendo.  De vez en cuando algún comentario sobre cifras y esperanzas renovadas en vacunas eficaces. Eso era todo.
Un día, cuando regresaba de dar mi paseo obligatorio por prescripción de mi médico, la vi venir de frente del brazo de su flamante compañero. Lucía un vestido de flores, zapatos de tacón medio, el pelo recogido con una peineta de carey, dos rayas y color en los párpados y una mascarilla estampada de besos. Estaba radiante, con una vitalidad nueva. Hablaba por los codos. Él la escuchaba con una bonita sonrisa. Se detuvo al verme y me lo presentó. Lo estuve mirando con curiosidad. Tenía un físico y una voz agradables. Antes de despedirnos ella me dio el folleto. No sigas sola, que es muy duro, mírame a mí, he recuperado las ganas de vivir, la alegría.  Haz ese viaje.
      Después de cenar estuve mirando el folleto. Edificio con estilo, en azul cobalto, salones de exposición, pasarelas, pistas de baile, restaurantes, cafeterías, terrazas, spas, salas de juegos y una playa inmensa de arena dorada y fina, con hamacas, sombrillas, mesitas y palmeras. Nada que perder, excepto el dinero enmoheciendo en el banco. Hacía tanto tiempo que no salía de la ciudad, tanto que no me iba de vacaciones, que casi había olvidado el placer de bañarme en el mar, pasear por las noches con la luna haciendo caminos de luz en la negrura del agua, escuchar el siseo de las olas muriendo a los pies, llevar en las manos las sandalias y disfrutar de la brisa con olor y sabor a sal y algas. La pandemia se llevó a tantos seres queridos, que nos dejó un miedo endémico al contagio. Era el momento de cambiar el paso.
        El primer día mi facilitadora me enseñó las instalaciones y me entregó un cuadernillo con todas las actividades programadas, los tiempos libres, los horarios de comidas y cenas, y, lo más importante, el pase nocturno. Estaba todo calculado para que la estancia fuera un sueño hecho realidad y, después de quince días, regresaras a casa con algo nuevo que diera color a la vida.
        Se llamaba Dakari y además de la belleza de Sidney Poitier En el calor de la noche, tenía el encanto de Denzel Washington en Déjà vu y una bonita sonrisa que mostraba una hilera de dientes perfectos y blancos como leche. Pero lo que más me gustó de él fue su sentido del humor. Hacía tanto que no reía que cuando me escuché tuve un pequeño sobresalto, como si la risa fuera de otra persona. Con el paso de los días él se incorporó con naturalidad a mi vida.  Vigilaba mi baño desde la orilla. Me esperaba a la salida del agua y me secaba con la toalla. Untaba mi cuerpo con crema. Movía la sombrilla para que me protegiera de un sol que antes era fuente de vida y los humanos habíamos convertido en un peligro para nuestra salud. A un gesto mínimo entendía que era el momento perfecto para el aperitivo. En seguida tuvo claro cuáles eran mis deseos y estaba presto a conseguirlos y darme gusto en todo. Era el hombre perfecto. Tanto que debió darse cuenta de que añoraba algo de las imperfecciones de Nacho, mi marido, y un día, mientras bailábamos en el saloncito exclusivo para los dos, me dio un pequeño pisotón. Me reí con ganas. También cuando intentó solapar, sin éxito, la voz del cantante cuya música sonaba.
        A Dakari lo disfruté mucho durante los quince días que lo tuve a prueba. Era fantástico. El compañero ideal. Pero no era para mí. Así se lo dije a la facilitadora. Puso cara de sorpresa. Quiso saber qué razón tenía para devolverlo. Aseguró que era la primera vez que ocurría. Si había algún fallo, seguro que se podría subsanar. ¡No, claro que no! Es estupendo durante todo el día, y me ha devuelto las ganas de gozar con nuevos viajes y experiencias, a no tenerle miedo a la vida, pero no me acostumbro, y dudo mucho que pudiera acostumbrarme nunca, a verlo todas las noches tumbado a mi lado, inerte, con un cargador enchufado a su cabeza.

18/5/20

APLAZAMIENTO. SELECCIONADO EN EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS

Ambos entendemos lo que siente el otro y sabemos que un abrazo ...
Tomada de la red

Si yo iba a la cocina, tú te quedabas en el salón. Si entraba en el cuarto de baño, tú te afeitabas en el aseo. Mientras yo dormía, tú descolgabas del tendedero la mascarilla, cogías la lista común y hacías la compra. Si yo veía las noticias en la televisión, tú oías en la radio que aún no había vacuna para el coronavirus. Propagación era la palabra maldita mil veces escuchada. Necesitaba calor humano. Y allí estabas tú. Comenzamos a buscarnos. A dejar una mano sobre el aparador para que el otro la rozara al pasar. A sentarnos juntos en el sofá. A volver a compartir la cama. A querernos. Cuando juntos vencimos la pandemia y se acabó el confinamiento, fuimos de la mano al despacho del abogado, rompimos los papeles del divorcio y los lanzamos al aire. Fueron cayendo como copos de nieve hasta desaparecer de nuestras vidas.