Quien quiera echarse unas risas y mojarse el gaznate con unas cervezas entre temario y temario, tiene que pasarse. ¿Te lo vas a perder?
26/10/13
CAMPO DE BATALLA
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| Tomada de la red. |
“Haces mejor el amor que la guerra”, dijo. Se levantó, fue al cuarto de baño y yo me quedé observando cómo las palabras subían, se estrellaban en el techo y después caían y entraban envenenadas en mi boca. Volvió y se dedicó a vestirse. Yo me di media vuelta en la cama y cogí un cigarrillo de la mesilla. Solté una primera bocanada de letra gris y luego una tras otra, hasta completar las cinco. Intenté espantarlas con la mano, pero no se iban. Al fin dije: “¿Cuántas veces tengo que pedirte que no me digas eso, Manuela. Mejor es regular como mucho.” “¡Que te jodan Pepe!. Aprende a follar como Dios manda y te daré el aprobado”. Y salió dando un portazo.
17/10/13
ENTREVISTA EN EL HERALDO DEL HENARES
Entrevista en el periódico digital El Heraldo del Henares. Para leerla pinchad aquí.
Y yo muy contenta y agradecida a Miguel Baquero.
8/10/13
INTOLERANCIA- RELATO GANADOR DE LA SEMANA DE WONDERLAND
http://www.rtve.es/alacarta/audios/wonderland/wonderland-conte-politicament-incorrecte/2052929/ A partir del minuto 56.
Durante el recreo, se sienta en un banco del patio. Yo lo observo desde una distancia prudencial, ni muy cerca ni muy lejos, para no agobiarlo. Pasa una chica por su lado. Me preparo para intervenir. Se levanta. Le toca el culo. Y se arma. Porque ella le da un empujón, lo insulta y grita, y él le levanta la mano. Entonces voy y le digo al chico que no pegue. Entra en un bucle. No me quiere. No me quiere. No me quiere. De nada sirve que le explique mil veces que no puede obligar a nadie a quererlo.
6/10/13
APRENDIZAJE Y ADOLESCENCIA
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| Tomada de la red. |
Todos los meses de agosto, mis padres alquilaban una habitación en una casa de un pueblo de la sierra. A la hora del café, las mujeres escuchaban Ama Rosa en la radio mientras Paquito, el hijo de la dueña, y yo, nos escabullíamos hacia la puerta. Con él aprendí a coger renacuajos con la mano de la charca del tío Bernardo y a esperar a la caída de la tarde, escondidos entre los juncos, a que bajaran los pájaros a beber agua al río para dispararles con la escopeta de perdigones.
Cuando tenía quince años, encontré un día a Paquito con el ojo pegado a la cerradura del cuarto de baño comunitario donde, en lugar de llave, se utilizaba un cerrojo. Los muslos desnudos y las bragas enrolladas en los tobillos de la hija de los otros veraneantes de la casa eran una tentación muy fuerte y yo también miré. Después vinieron los encuentros del padre de la niña con el volumen de tetas de la vecina de enfrente y los desahogos del hermano de Paquito mientras hojeaba una revista guarra.
Un día pillé a mi amigo con el ojo aplicado a la cerradura y una mano dentro del bañador. Se azaró y sacó la mano enseguida. Me acerqué, miré, me volví rojo de ira y le di un puñetazo. Con el alboroto, salió mi madre del cuarto de baño y, aunque no le dijimos por qué peleábamos, un clavo del que colgaba una cuerda con un cartón, cegó desde ese día el hueco de la cerradura. Después de aquello, evité la compañía de Paquito y frecuenté más el casino y las chicas. Uno de aquellos veranos, robé un beso con sabor a Cola Cao a mi primera novia.
28/9/13
EL VIAJE. JUNTOS PASO A PASO. RNE.
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| Juntos paso a paso |
http://www.rtve.es/alacarta/audios/juntos-paso-a-paso/juntos-paso-paso-28-09-13/2034874/
A partir del minuto 25 podéis escuchar la dramatización de "El viaje", relato ganador del V Concurso de Relatos escritos por personas mayores.
26/9/13
UN SUEÑO DE HOMBRE
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| Fotografía tomada de la red. |
Para María Jesús. En su cumpleaños, dulces sueños.
Dicen que Napoleón dormía tres horas diarias. Supongo que eso lo trastornó. Yo temía que me ocurriera igual y comenzara a volar por un cielo inventado. Todas las noches escuchaba el golpeteo del segundero del reloj, a mi derecha, la respiración fuerte, amenazando ronquidos, a mi izquierda, el cuco de la vecina dando las horas y las medias, y las risas adolescentes en el parque. Crecían los ruidos, y se desbordaba el caudal de mi imaginación en aguas turbias de las que salían monstruos de gelatina.
Me compré un mp4 y a través de los auriculares me llegaba el espanto de la noticia. Veía amanecer acurrucada y temblorosa. Busqué nuevas emisoras y encontré: una tertulia que terminaba a voces, música enlatada y la voz lúgubre de un paranormal que hablaba con la tía muerta de una radioyente. Ya no dormía. Y al levantarme, olvidaba apagar el café y cruzaba mal los semáforos. Comencé a llorar a todas horas y por cualquier cosa. Así fue como lo conocí. Que no encontrara el tarro de helado de chocolate belga en el frigorífico del supermercado fue un nuevo revés de ese dios infame que me robaba el sueño. Tuve un ataque de ira y comencé a darle puñetazos al cristal mientras lloraba. “Señoga”, dijo con la voz más bonita que había oído nunca, “acompágñeme”. Y lo seguí convencida de que me entregaría al encargado, pero me llevó a tomar un café. Mientras me hablaba, entré en una nube rosa, como de algodón dulce. Recostada en el sillón de la cafetería, eché una cabezadita.
Ahora nos vemos todas las tardes. Él intenta convencerme de que deje a mi marido y me instale en su apartamento. Yo digo que sí, que uno de estos días; después le pido que me cante Le´Meteque, y enseguida me quedo dormida. Un domingo por la mañana fui a su casa, había decidido irme a vivir con él. Y entonces la vi abandonar el portal. Una morena muy guapa. No voy a hablarle de ella. Naturalmente diría que no tengo ninguna prueba, que podía salir de cualquier piso. Pero a mí no me engaña. Él vale mucho, se merece esa mujer. Voy a continuar viendo a mi querido Alan y dándole largas. Estamos en paz: yo tengo a mi marido y él a su morenaza.
20/9/13
NECESIDAD SUPREMA
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| Fotografía tomada de la red. |
A Juan y su nostalgia.
Y la bomba, tictac, tictac, debajo del asiento de la niña pija. Desvío la mirada al paisaje que vuela en la ventanilla. Divide el viento una nube torpona, cuerpo de Botero que no hace nada por defenderse, y ya son dos figuras: galgo y Quijote arrastrados. Un carraspeo me hace volver la cabeza, esperanzado.
— ¿Decía algo, caballero?— pregunto al tipo de corbata-soga anudada a la nuez del cuello.
— Nada — contesta él con cara de asombro. Luego vuelve a lo suyo.
Y la bomba, tictac, tictac, debajo del broker con parentesco incipiente con el jorobado de Notre Damme. ¿Por qué, dios mío, por qué?, me pregunto.
Vuelvo a entretenerme con el paisaje que corta el aliento. El mío. Y me entra un mareo de vómito. Estaría bien echar el café con leche sobre el hábito inmaculado de la sor que sorbe mocos sin tenerlos pero sigue a lo suyo, con la cabeza gacha. Tictac, tictac, la bomba debajo de su pañuelito que esconde vete tú a saber qué dulzuras o perversiones.
— Perdón. Perdón. Perdón...— reparto por el pasillo mientras, sin miramiento doy un codazo aquí, un pisotón allá. Y ellos, un gruñido, un cambio de postura, un leve alzamiento de ojos y luego el clac,clac, la última horterada que se bajó la niña de uniforme con falda a cuadros plisada y calcetines. Una monada que mastica un mechón de pelo mientras ilumina el tren con una sonrisa que quiere decir : ¡Por fin, alguien me llama!
Me acuartelo en el servicio. Tictac, tictac, ahora la dejo en medio del pasillo. ¡Ojalá revienten todos de un atracón de radiaciones! Un viaje te vendrá bien, Matías, eso me dije. En los viajes la gente habla, se cuentan sus penas y alegrías, disfrutan de una buena comida. ¡Menuda comida la bazofia de plástico que me han dado! Y ni siquiera el hecho de tener que usar el cuchillo y el tenedor los ha distraído de su vicio. Es una epidemia. Un bicho que los ha picado a todos y los dejó atontados, pegados los dedos a los teclados. Y a mí ni puto caso.
Salgo con la cara mojada, a ver si alguien dice algo. Pero qué van a decir si no levantan la cabeza de sus máquinas infernales. Y si ahora mismo gritara, tampoco me escucharían porque tienen las orejas atascadas con los pinganillos. La bomba, tictac, tictac, la pongo ahora al lado de ese al que le cuelgan dos bolsones debajo de los ojos. Vuelvo a mi asiento. Me seco con un clínex. ¡Qué cosas!, todo es desechable. Añoro el pañuelo de tela con olor a jabón y plancha. Suspiro resignado. Las Wonder girls irrumpen de repente con todo el brío de las potrillas pateando un jardín de flores. Y la del uniforme suelta un gritito y salta un poquito en su asiento. La señora, arreglada pero informal, que está a su lado y que supongo que será su madre, deja de teclear en su ipod y la llama al orden. ¡Elvira!, dice y vuelve a bajar la cabeza y mover los pulgares.
Intento distraer mi desconsuelo mirando por la ventana, pero ya la noche se ha llevado galgos, Quijotes, Boteros, carrozas, algodones dulces y cualquier forma del exterior. No puede ser. No puede ser. No puede ser. Meto la cabeza entre mis manos, desesperado. Yo quería un viaje como los de antes. Incluso de carbonilla en el ojo. Pero esto es un vagón de zombis que son trasladados de un lado a otro. Miro mi mochila. Dentro llevo mi cerveza y mi bocaza. Pero ellos qué saben. Me levanto.
— Señora, apague el móvil—ordeno a la abuela, quitándole de golpe el pinganillo de las orejas, que no ha dejado de hablar con sus nietos, sobrinos y vecinas todo el rato.
— Pero ¿qué se ha creído?— se escandaliza ella.
— Me creo que llevo aquí- palmeo la mochila—una bomba que voy a hacer estallar si no hace lo que le digo. Y chitón. Nada de compartir la noticia con el resto. Además, ya lo ve usted, todos enganchados, como drogadictos.
— ¡Qué va a tener usted una bomba!—me dice ella, haciéndose la valiente.
— ¿Quiere comprobarlo?—la reto con la mirada fría, inconfundible, de la determinación, mientras hago intención de pulsar un botón que no es otra cosa que la argolla de la cerveza.
— ¡No por dios!— dice ella, con el gesto descompuesto- ¿Qué quiere?
— Conversación, señora, sólo eso— la tranquilizo yo.
Me arrellano, dentro de lo que puedo, en mi asiento, y comienzo a contarle mi vida, toda mi vida. ¡Hace tanto que nadie me escucha! Ella al principio se queda rígida y sólo cabecea de vez en cuando para darme a entender que me está atendiendo. Pero después de una hora interviene para hablarme de sus cosas también. Queda poco para Sevilla cuando saca un pañuelo de los de antes y se enjuga las lágrimas. Muy triste su historia del perro que le destrozó a Mari Pili, su linda gatita. Pero cuando le cuente lo mío con los vecinos, esos degenerados que me tiraban las colillas por la ventana y al final incendiaron mi casa, verá, entonces será un llanto a mares. ¡Y qué a gusto nos habremos quedado!
14/9/13
MAREAS- MENCIÓN DE HONOR DEL lV CERTAMEN DE RELATOS CORTOS CARCELARIOS "CONRADA MUÑOZ"
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| Tomada de la página web de Acaip |
Cuatro paredes arañadas. Se cerró la puerta a mi espalda y el tintineo de llaves se alejó por la galería. Sin escapatoria posible, tuve mi primer ataque de pánico. Un ahogo que cerraba mis pulmones. Pensé en Abril y enseguida comenzó el alivio. Aguantaría el tiempo infame del destierro. Mi madre alimentaría mi espera hablándome de mi niña en sus cartas. Yo le daría esperanza con las mías. De frente, la ventana enrejada. De ella me llegó el rumor del mar, el olor intenso de sus aguas. Dejé mis cosas sobre la cama y me asomé a la vida. El sol se levantaba en el horizonte y en la línea del cielo navegaba aquel barco.
Dentro iría yo.
Saqué las postales, el bolígrafo y los sobres preparados. Acerqué la silla a la mesita y me senté a escribir.
Querida hija:
Apenas hace unas horas que estaba contigo y ya te echo de menos. Seguro que te gustaría mucho estar aquí, en este barco tan grande y bonito. No pudo ser. Pero no quiero que te pongas triste, yo te iré mandando postales de los sitios por los que pasemos y será como si estuvieras conmigo. Volveré pronto, ya lo verás.
Muchos abrazos para ti y para la abuela.
Mamá.
PD. Se corrió la última palabra por una gota de mar que salpicó.
Cuando dejé de escribir volví a asomarme a la ventana. El barco desaparecía tras el pabellón dos. Levanté la mano y saludé. Me imaginé trajinando en la cocina. Macarrones y hamburguesa. Ese sería el menú, así se lo contaría a mi hija. Porque era su comida favorita y yo la que decidía. Libre para imaginar guisos entre cacerolas y sartenes. Un bonito cuento de viajes que la abuela le leería a Abril antes de dormirse para que tuviera felices sueños.
II
Estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en mi mano para salir de aquel encierro cuanto antes. Me apunté al taller de cerámica; también a uno de escritura que acababa de empezar. Al principio sólo pensaba en reducir mi condena y poder abrazar a mi hija. Tendría con ella una nueva vida. Conforme fueron pasando los días, comenzó a gustarme moldear barro, pintarlo, cocerlo, sacar cuencos del horno cada vez más bonitos, mejor acabados. El taller de escritura fue algo especial. Aprendí a contar una historia, mi historia vestida con ropajes que disimulaban su origen. Solté amarras, como el barco que cada mañana, a primera hora, cruzaba mi horizonte. Las letras aligeraban mi pasado, el temor con que anduve por el mundo.
Y luego estaba la lavandería. Mientras doblaba toallas y sábanas, mi cabeza no dejaba de crear relatos que luego plasmaba en el papel. Unas veces para las clases, otras para Abril.
Querida hija:
Ayer recalamos en esta isla. Había palmeras y cocos. El capitán nos dejó un tiempo para recoger raíces y tallos muy buenos para la comida y los mareos. También corté unas flores muy bonitas que cambian de color, según les dé el sol.
Muchos abrazos y besos para ti y la abuela.
Mamá.
En la biblioteca había muchos libros y atlas donde encontrar sitios fantásticos. Solía ir allí a menudo con el beneplácito de Alicia, a quien le había caído en gracia. Siempre que me veía mustia, me animaba con aquello de que por buena conducta, y la mía era irreprochable, reducían mucho la condena. Alicia tenía una hija, más o menos de la edad de Abril, y conversábamos a veces sobre ellas, cómo eran, qué problemas tenían, qué le había dicho yo a mi niña, qué le contaba ella a la suya. Era una persona enérgica que espantaba sus demonios canturreando por las galerías ante la irritación de Encarna, una mujer triste que se deslizaba por los rincones como una sombra.
Los días caían del almanaque, lentos y pesados unas veces, más livianos cuando recibía carta de mi madre y me relataba lo mucho que le había gustado a mi hija la última postal, cómo presumía de su mamá ante sus nuevas amigas. Nuevas porque tuvimos que cambiar de domicilio para que a la niña no le salpicara lo ocurrido. Nuevas como la vida que íbamos a construir en cuanto cumpliera mi condena.
Y todas las mañanas, aquel barco cruzando ante mi ventana me llevaba de viaje a donde yo quisiera. Ayer a una isla. Hoy a una ciudad bulliciosa con mercados rabiosos de color y del olor fuerte de las especias. Mañana a una playa infinita de arena dorada. Llegó un momento en que me vi con el delantal y el gorro de cocinera haciendo un arroz o una lasaña en una estampa más real que la que vivía en aquel lugar de purgatorio.
III
La primera vez que aquella presencia me sacó del sueño, tuve otro de mis ataques de pánico. Me costó conseguir que mis pulmones se abrieran al aire fresco de la noche. Miré alrededor. Sólo yo. Una visita del pasado. El frío me entró, violento, hasta los huesos. Tiritaba. Me cubrí hasta la cabeza con la ropa de cama. Aquella otra noche parecía tan lejana que pensé que nunca volvería a tocarme con sus dedos de hielo. Él ya estaba fuera de mi vida. Para siempre. Para siempre. No dejé de repetirme hasta volver a entrar en un sueño agitado.
Por la mañana, Alicia me dijo que tenía muy mala cara y me quitó de la lavandería sin hacer caso de las protestas de Encarna que no veía con buenos ojos nuestra amistad. Necesitaba ver a mi hija. Me dolió tanto esa necesidad que acudí a enfermería para que me dieran un calmante. Dije que eran los huesos. Dije que también estaba mareada y me dejaron tumbada un rato en la camilla. La enfermera trasteaba y hablaba a la vez. Al poco me quedé dormida. Un zarandeo me devolvió a la realidad. Pero ya estaba mejor. Y cuando entré en el taller de cerámica y hundí los dedos en el barro, fue como un bálsamo para mi desesperación.
En el taller de escritura di forma a la historia de una aparición en un cuarto cerrado.
La segunda vez que desperté a medianoche, el pánico duró menos y mis pulmones respiraron antes en plenitud. Y el aire espeso, con su olor moribundo, se lo llevó la brisa marina.
IV
Mi querida niña:
Ayer hubo tormenta. El cielo se encendía con descargas eléctricas que morían en el mar. Algunos tenían miedo, yo no. Me senté en cubierta y disfruté del espectáculo. Te habría gustado ver la pirotecnia blanca rasgando la negritud de la noche.
Un abrazo inmenso para ti y otro para la abuela. Te echo muchísimo de menos.
Mamá.
Las postales se me estaban agotando. Se lo dije a Alicia y me trajo unas muy bonitas que tenía guardadas en un cajón de su armario, de cuando soñaba con visitar esos lugares. Ese día dejamos de hablar de nuestras hijas y nos ocupamos de nosotras. Así supe de su adicción a los fármacos. Porque Alicia también era una persona herida por la mala suerte que llevó a su niño tras una pelota rodando bajo las ruedas de un coche. Y después los silencios. Y más tarde las peleas. Se levantó un muro de incomprensión entre su marido y ella. Inexpugnable, afirmaba, sin solución. Le costaba decidirse a acabar con aquella agonía.
De mí sabía lo que todo el mundo, que no soporté más sobresaltos, más huidas, más miedos a doblar una esquina y encontrarme con la amenaza cumplida. Ahondé poco en lo ocurrido. Sí en el poso amargo que me había quedado, en el estremecimiento que me provocaba el simple roce de una mano en mi espalda. La presencia que venía a buscarme algunas noches.
Desahogos que, al igual que el barro y las letras, dieron forma a un proyecto común, a lo largo de aquel tiempo de encierro para mí, de rutina carcelaria para ella.
Mi querida hija:
He hecho amistad con Alicia, que trabaja conmigo en la cocina. Es española como yo y tiene una hija de tu edad. Nos damos compañía y charla y así los días se hacen más cortos.
Ya queda poco para vernos. Estoy deseando abrazarte.
Muchos besos para ti y para la abuela.
Mamá.
Conforme se acercaba el día de mi regreso, mi temor a la libertad aumentaba. Después de tanto tiempo viviendo dentro de aquellos muros, sin más contacto con el exterior que las cartas de mi madre y el barco que todas las mañanas me llevaba de viaje a los destinos elegidos en un mapa, comencé a sentirme cómoda allí dentro, como si el castigo hubiera sido en definitiva una medida para protegerme. Pero ahí estaba Alicia para hablarme de las calles infinitas por las que podría andar sin toparme con una pared de hormigón, de mi libre albedrío fuera, sin más límites que aquellos que yo pusiera; de la importancia de tomar mis propias decisiones.
El cielo se aclaraba antes y desde mi ventana podía ver el barco con mayor claridad, intuía la vida dentro, bullendo. Cerraba los ojos cuando desaparecía detrás del pabellón dos y ya estaba llegando a puerto, mi puerto, el que me dejaría en tierra para volver con Abril. Porque el almanaque agotaba las hojas del destierro y ya me veía en un tren de regreso a mi casa con las baratijas que podría comprar con el dinero que me había mandado mi madre.
Querida hija:
Ayer, en el paseo marítimo de este pueblo blanco y azul al que arribamos, compré pañuelos y pulseras de colores. Ya verás qué bonitos son. Apenas quedan unos días. Estoy impaciente por abrazarte.
Hoy, desde la cubierta vi una lluvia de estrellas. Fue como si del cielo se desplomaran collares de cristal.
Abrazos para la abuela y para ti.
Mamá.
V
La mañana en que la puerta se cerró detrás de mí y el sol hirió mi mirada, sentí el desamparo de un mundo abierto y tuve el impulso de regresar sobre mis pasos. Pero allí estaba Alicia y su promesa. Arreglaría su vida y después iría a mi encuentro con su hija Eva. Entonces vi volar aquella gaviota y me volví hacia el mar. No era mi barco. No podía serlo, pero eso daba igual. Parecía tan cerca que casi podía tocarlo con la mano. Saludé hasta verlo desaparecer en el horizonte. Sentí algo de pena. Con él se iba mi cocina, mis viajes; todo lo que me ayudó a soportar la condena. Apreté fuerte la carpeta con mis escritos contra mi costado, levanté la maleta del suelo y comencé a andar por la calle, desierta a esa hora de la siesta cuando los duendes duermen bajo las sombras de sus setas.
12/9/13
BREVE ENTREVISTA EN LA INTERNACIONAL MICROCUENTISTA
La Internacional Microcuentista ha publicado una breve entrevista que me hicieron. Si queréis leerla, podéis hacerlos pinchando aquí. Mil gracias al Comité Editorial.
10/9/13
ACCIDENTE CASERO EN LA INTERNACIONAL MICROCUENTISTA
Mi agradecimiento a la Internacional Microcuentista por la publicación de mi micro en su revista. Si queréis leerlo, pinchand aquí.
6/9/13
NUEVA RESEÑA DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN EN VEGES TU DE ELENA CASERO
Elena Casero hace una reseña de las que te dejan con la moral por las nubes, rosas, rosas. Para acceder a ella aquí
5/9/13
PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN EN LA LIBRERÍA DIARIUM
Mi agradecimiento a la librería Diarium por editar esta entrada en su blog y darle publicidad a Partículas en suspensión. Para leerla, pinchad aquí.
3/9/13
LECTURES D'ESPAGNE
Caroline Lepage, catedrática de la Universidad de Poitiers, ha publicado LECTURES D'ESPAGNE, une anthologie vivante, con los microrrelatos de los autores españoles que fueron traducidos para el blog Tradabordo.
Tres de mis microrrelatos forman parte de la antología.
Mil gracias, Caroline.
http://es.calameo.com/read/002617799ccde6a836ed5
26/8/13
ENCAJES
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| Fotografía tomada de la red. |
El boticario de mi pueblo atendía detrás de unos cristales con una puertecita con ribetes de latón dorado. La abría, cogía la receta, y entregaba los medicamentos después de rasgar con un abridor de cartas las etiquetas de las cajas. Tenía la cara verdosa, como si tuviera las bilis revueltas, los labios amoratados y extraños, y un eterno olor a formol. Cuando sacaba a bailar a alguna chica, ninguna quería acercarse a él. Hasta que llegó el veterinario. Su hija llevaba pegado a la ropa un tufillo medicamentoso que enseguida encajó con el del boticario. Nunca más se separaron. A veces los imagino desparramando sobre el mostrador de mármol de la botica, pastillas, cápsulas y píldoras de todos los colores y sabores, con los ojos brillantes de excitación.
19/8/13
PALERMO EN LA NAVE DE LOS LOCOS
Mi agradecimiento a Fernando Valls por darle cuartelillo a mi Palermo en su Nave.
Para leer la crónica pinchad aquí
16/8/13
CÓMO CRUZAR UNA CALLE DE SICILIA SIN MORIR EN EL INTENTO
Si usted viaja a Sicilia con ganas de pasarlo bien: reír hasta dolerle el estómago, soportar un calor del infierno, acabar con pies y piernas como patas de elefante, y dejarse vaciar los bolsillos con el pago de cuatro cervezas, usted, sufrido turista, debe leer con atención este manual de supervivencia vial.
1). Nunca, nunca, confíe en que un muñequito verde le va salvar el pellejo.
2). Sitúese en el bordillo de la acera frente al semáforo (ojo que no he dicho de cara al paso de cebra, porque puede que no exista ya que los recortes no dan para pintura).
3), Vigile que, en el momento del cambio de color del semáforo, no tenga un coche a menos de tres metros, pues el automóvil seguirá su camino pudiendo ocurrir que le pase por encima y le agüe la fiesta.
4). Una vez que no vea moros cercanos en la costa, encomiéndese a su madre (todas estamos dispuestas a interponer nuestros cuerpos entre agresor e hijo, o a echar mal de ojo a quien intente hacer daño a nuestro retoño), y láncese a la aventura, sin perder de vista ni su izquierda ni su derecha.
5). Si ve aparecer un morro asesino, no se fíe si detecta la presencia de un coche de la policía municipal y no siga a su ritmo, como si nada, con la creencia de que esto lo va a detener, al contrario, y si usted protesta porque casi lo atropella, lo más probable es que se lleve el susto y una bronca por parte de la autoridad competente por entorpecer el tráfico. Eso si sobrevive.
6). Por tanto, si ve acercarse un vehículo estando en mitad de la vía, rece porque el conductor tenga los reflejos de un chico de veinte años, no esté hablando por el móvil, y su vida sea una maravilla. Usted, además de balbucear una oración o un epitafio, lo mismo da, ponga a trabajar sus músculos, calcule la distancia, y colabore con el quiebro que le va a hacer el coche cuando pase a un par de centímetros de su cuerpo.
7). Ya en la acera contraria, con el corazón repicando alegremente en su pecho, busque la manera de dar un rodeo para evitar cruzar otra calle. Y si es un anciano, o tiene artrosis u otra dolencia que le dificulte andar, mejor no salga a la calle; limítese a dejarse llevar por un autobús al que subirá bien provisto de agua, a la misma puerta del hotel.
1). Nunca, nunca, confíe en que un muñequito verde le va salvar el pellejo.
2). Sitúese en el bordillo de la acera frente al semáforo (ojo que no he dicho de cara al paso de cebra, porque puede que no exista ya que los recortes no dan para pintura).
3), Vigile que, en el momento del cambio de color del semáforo, no tenga un coche a menos de tres metros, pues el automóvil seguirá su camino pudiendo ocurrir que le pase por encima y le agüe la fiesta.
4). Una vez que no vea moros cercanos en la costa, encomiéndese a su madre (todas estamos dispuestas a interponer nuestros cuerpos entre agresor e hijo, o a echar mal de ojo a quien intente hacer daño a nuestro retoño), y láncese a la aventura, sin perder de vista ni su izquierda ni su derecha.
5). Si ve aparecer un morro asesino, no se fíe si detecta la presencia de un coche de la policía municipal y no siga a su ritmo, como si nada, con la creencia de que esto lo va a detener, al contrario, y si usted protesta porque casi lo atropella, lo más probable es que se lleve el susto y una bronca por parte de la autoridad competente por entorpecer el tráfico. Eso si sobrevive.
6). Por tanto, si ve acercarse un vehículo estando en mitad de la vía, rece porque el conductor tenga los reflejos de un chico de veinte años, no esté hablando por el móvil, y su vida sea una maravilla. Usted, además de balbucear una oración o un epitafio, lo mismo da, ponga a trabajar sus músculos, calcule la distancia, y colabore con el quiebro que le va a hacer el coche cuando pase a un par de centímetros de su cuerpo.
7). Ya en la acera contraria, con el corazón repicando alegremente en su pecho, busque la manera de dar un rodeo para evitar cruzar otra calle. Y si es un anciano, o tiene artrosis u otra dolencia que le dificulte andar, mejor no salga a la calle; limítese a dejarse llevar por un autobús al que subirá bien provisto de agua, a la misma puerta del hotel.
12/8/13
LA RESEÑA DE DAVID MORENO DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN
En microSeñales de Humo nueva reseña de Partículas en suspensión. Mi agradecimiento por su generosidad a David Moreno. Podéis leerla aquí.
8/8/13
RESEÑA EN LA REVISTA LITERATURAS.COM DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN
Miguel Baquero ha hecho esa reseña de mi libro con la que cualquier autor sueña. Gracias, mil. Si queréis leerla podéis hacerlo aquí.
21/7/13
CARBÓN
Chicas y chicos, no entraré en el blog durante unos días. Mientras, os dejo este relatito refrescante.
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| Dibujo tomado de la red. |
"Pagarán caro lo del año pasado", pensaba mientras perpetraba su venganza. A media noche, lo despertó un grito y el ruido del motor del coche. Bajó la escalera y miró debajo del Árbol. Había un rastro de sangre hasta el jardín. ¿A cuál de los tres le habría tocado? Encendió el televisor y, a la espera de la noticia, se durmió. “¡Despierta, pequeño cabrón!”. La voz de su padre lo sobresaltó. Abrió los ojos y vio el pie vendado y el cepo para ratones colgando de una mano.
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