14/9/13

MAREAS- MENCIÓN DE HONOR DEL lV CERTAMEN DE RELATOS CORTOS CARCELARIOS "CONRADA MUÑOZ"

Tomada de la página web de Acaip
I

Cuatro paredes arañadas. Se cerró la puerta a mi espalda y el tintineo de llaves se alejó por la galería. Sin escapatoria posible, tuve mi primer ataque de pánico. Un ahogo que cerraba mis pulmones. Pensé en Abril y enseguida comenzó el alivio. Aguantaría el tiempo infame del destierro. Mi madre alimentaría mi espera hablándome de mi niña en sus cartas. Yo le daría esperanza con las mías. De frente, la ventana enrejada. De ella me llegó el rumor del mar, el olor intenso de sus aguas. Dejé mis cosas sobre la cama y me asomé a la vida. El sol se levantaba en el horizonte y en la línea del cielo navegaba aquel barco.
     Dentro iría yo.
     Saqué las postales, el bolígrafo y los sobres preparados. Acerqué la silla a la mesita y me senté a escribir.
    
Querida hija:
     Apenas hace unas horas que estaba contigo y ya te echo de menos. Seguro que te gustaría mucho estar aquí, en este barco tan grande y bonito. No pudo ser. Pero no quiero que te pongas triste, yo te iré mandando postales de los sitios por los que pasemos y será como si estuvieras conmigo. Volveré pronto, ya lo verás.
     Muchos abrazos para ti y para la abuela.
Mamá.
    PD. Se corrió la última palabra por una gota de mar que salpicó.

    Cuando dejé de escribir volví a asomarme a la ventana. El barco desaparecía tras el pabellón dos. Levanté la mano y saludé. Me imaginé trajinando en la cocina. Macarrones y hamburguesa. Ese sería el menú, así se lo contaría a mi hija. Porque era su comida favorita y yo la que decidía. Libre para imaginar guisos entre cacerolas y sartenes. Un bonito cuento de viajes que la abuela le leería a Abril antes de dormirse para que tuviera felices sueños.


II

     Estaba decidida a hacer todo lo que estuviera en mi mano para salir de aquel encierro cuanto antes. Me apunté al taller de cerámica; también a uno de escritura que acababa de empezar. Al principio sólo pensaba en reducir mi condena y poder abrazar a mi hija. Tendría con ella una nueva vida.  Conforme fueron pasando los días, comenzó a gustarme moldear barro, pintarlo, cocerlo, sacar cuencos del horno cada vez más bonitos, mejor acabados. El taller de escritura fue algo especial. Aprendí a contar una historia, mi historia vestida con ropajes que disimulaban su origen. Solté amarras, como el barco que cada mañana, a primera hora, cruzaba mi horizonte. Las letras aligeraban mi pasado, el temor con que anduve por el mundo.
     Y luego estaba la lavandería. Mientras doblaba toallas y sábanas, mi cabeza no dejaba de crear relatos que luego plasmaba en el papel. Unas veces para las clases, otras para Abril.

Querida hija:
     Ayer recalamos en esta isla. Había palmeras y cocos. El capitán nos dejó un tiempo para recoger raíces y tallos muy buenos para la comida y los mareos. También corté unas flores muy bonitas que cambian de color, según les dé el sol.
     Muchos abrazos y besos para ti y la abuela.
Mamá.

     En la biblioteca había muchos libros y atlas donde encontrar sitios fantásticos. Solía ir allí a menudo con el beneplácito de Alicia, a quien le había caído en gracia. Siempre que me veía mustia, me animaba con aquello de que por buena conducta, y la mía era irreprochable, reducían mucho la condena. Alicia tenía una hija, más o menos de la edad de Abril, y conversábamos a veces sobre ellas, cómo eran, qué problemas tenían, qué le había dicho yo a mi niña, qué le contaba ella a la suya. Era una persona enérgica que espantaba sus demonios canturreando por las galerías ante la irritación de Encarna, una mujer triste que se deslizaba por los rincones como una sombra.
    Los días caían del almanaque, lentos y pesados unas veces, más livianos cuando recibía carta de mi madre y me relataba lo mucho que le había gustado a mi hija la última postal, cómo presumía de su mamá ante sus nuevas amigas. Nuevas porque tuvimos que cambiar de domicilio para que a la niña no le salpicara lo ocurrido. Nuevas como la vida que íbamos a construir en cuanto cumpliera mi condena.
     Y todas las mañanas, aquel barco cruzando ante mi ventana me llevaba de viaje a donde yo quisiera. Ayer a una isla. Hoy a una ciudad bulliciosa con mercados rabiosos de color y del olor fuerte de las especias. Mañana a una playa infinita de arena dorada. Llegó un momento en que me vi con el delantal y el gorro de cocinera haciendo un arroz o una lasaña en una estampa más real que la que vivía en aquel lugar de purgatorio.
 

III

     La primera vez que aquella presencia me sacó del sueño, tuve otro de mis ataques de pánico. Me costó conseguir que mis pulmones se abrieran al aire fresco de la noche. Miré alrededor. Sólo yo. Una visita del pasado. El frío me entró, violento, hasta los huesos. Tiritaba. Me cubrí hasta la cabeza con la ropa de cama. Aquella otra noche parecía tan lejana que pensé que nunca volvería a tocarme con sus dedos de hielo. Él ya estaba fuera de mi vida. Para siempre. Para siempre. No dejé de repetirme hasta volver a entrar en un sueño agitado.
     Por la mañana, Alicia me dijo que tenía muy mala cara y me quitó de la lavandería sin hacer caso de las protestas de Encarna que no veía con buenos ojos nuestra amistad. Necesitaba ver a mi hija. Me dolió tanto esa necesidad que acudí a enfermería para que me dieran un calmante. Dije que eran los huesos. Dije que también estaba mareada y me dejaron tumbada un rato en la camilla. La enfermera trasteaba y hablaba a la vez. Al poco me quedé dormida. Un zarandeo me devolvió a la realidad. Pero ya estaba mejor. Y cuando entré en el taller de cerámica y hundí los dedos en el barro, fue como un bálsamo para mi desesperación.
     En el taller de escritura di forma a la historia de una aparición en un cuarto cerrado.
     La segunda vez que desperté a medianoche, el pánico duró menos y mis pulmones respiraron antes en plenitud. Y el aire espeso, con su olor moribundo, se lo llevó la brisa marina.

IV

Mi querida niña:
     Ayer hubo tormenta. El cielo se encendía con descargas eléctricas que morían en el mar. Algunos tenían miedo, yo no. Me senté en cubierta y disfruté del espectáculo. Te habría gustado ver la pirotecnia blanca rasgando la negritud de la noche.
    
     Un abrazo inmenso para ti y otro para la abuela. Te echo muchísimo de menos.
Mamá.

     Las postales se me estaban agotando. Se lo dije a Alicia y me trajo unas muy bonitas que tenía guardadas en un cajón de su armario, de cuando soñaba con visitar esos lugares. Ese día dejamos de hablar de nuestras hijas y  nos ocupamos de nosotras. Así supe de su adicción a los fármacos. Porque Alicia también era una persona herida por la mala suerte que llevó a su niño tras una pelota rodando bajo las ruedas de un coche. Y después los silencios. Y más tarde las peleas. Se levantó un muro de incomprensión entre su marido y ella. Inexpugnable, afirmaba, sin solución. Le costaba decidirse a acabar con aquella agonía.
     De mí sabía lo que todo el mundo, que no soporté más sobresaltos, más huidas, más miedos a doblar una esquina y encontrarme con la amenaza cumplida. Ahondé poco en lo ocurrido. Sí en el poso amargo que me había quedado, en el estremecimiento que me provocaba el simple roce de una mano en mi espalda. La presencia que venía a buscarme algunas noches.
     Desahogos que, al igual que el barro y las letras, dieron forma a un proyecto común, a lo largo de aquel tiempo de encierro para mí, de rutina carcelaria para ella.
    
Mi querida hija:
     He hecho amistad con Alicia, que trabaja conmigo en la cocina. Es española como yo y tiene una hija de tu edad. Nos damos compañía y charla y así los días se hacen más cortos.
     Ya queda poco para vernos. Estoy deseando abrazarte.
     Muchos besos para ti y para la abuela.
    Mamá.

Conforme se acercaba el día de mi regreso, mi temor a la libertad aumentaba. Después de tanto tiempo viviendo dentro de aquellos muros, sin más contacto con el exterior que las cartas de mi madre y el barco que todas las mañanas me llevaba de viaje a los destinos elegidos en un mapa, comencé a sentirme cómoda allí dentro, como si el castigo hubiera sido en definitiva una medida para protegerme. Pero ahí estaba Alicia para hablarme de las calles infinitas por las que podría andar sin toparme con una pared de hormigón, de mi libre albedrío fuera, sin más límites que aquellos que yo pusiera; de la importancia de tomar mis propias decisiones.
     El cielo se aclaraba antes y desde mi ventana podía ver el barco con mayor claridad, intuía la vida dentro, bullendo. Cerraba los ojos cuando desaparecía detrás del pabellón dos y ya estaba llegando a puerto, mi puerto, el que me dejaría en tierra para volver con Abril. Porque el almanaque agotaba las hojas del destierro y ya me veía en un tren de regreso a mi casa con las baratijas que podría comprar con el dinero que me había mandado mi madre.

Querida hija:
     Ayer, en el paseo marítimo de este pueblo blanco y azul al que arribamos, compré pañuelos y pulseras de colores. Ya verás qué bonitos son. Apenas quedan unos días. Estoy impaciente por abrazarte.
     Hoy, desde la cubierta vi una lluvia de estrellas. Fue como si del cielo se desplomaran collares de cristal. 
     Abrazos para la abuela y para ti.
Mamá.


V

     La mañana en que la puerta se cerró detrás de mí y el sol hirió mi mirada, sentí el desamparo de un mundo abierto y tuve el impulso de regresar sobre mis pasos. Pero allí estaba Alicia y su promesa. Arreglaría su vida y después iría a mi encuentro con su hija Eva. Entonces vi volar aquella gaviota y me volví hacia el mar. No era mi barco. No podía serlo, pero eso daba igual. Parecía tan cerca que casi podía tocarlo con la mano. Saludé hasta verlo desaparecer en el horizonte. Sentí algo de pena. Con él se iba mi cocina, mis viajes; todo lo que me ayudó a soportar la condena. Apreté fuerte la carpeta con mis escritos contra mi costado, levanté la maleta del suelo y comencé a andar por la calle, desierta a esa hora de la siesta cuando los duendes duermen bajo las sombras de sus setas.

   

    







24 comentarios:

Sara Lew dijo...

Oh, qué maravilla Lola. Cuánto sentimiento. Logras que empaticemos con los personajes, se nos hacen tan cercanos que nos duele su dolor.
Enhorabuena.
Un abrazo.

Patricia Nasello dijo...

Renuevo las felicitaciones de la entrada anterior!!!!
Esta casa tuya es un asegurado placer de lectura.

Tomo unas cortas vacaciones, pocos días, seguramente estaré de regreso antes de que notes mi ausencia.

Un fuerte abrazo con la admiración de siempre.

Lola Sanabria dijo...

Contenta, Sara, de que te duela su dolor, de eso se trataba.

Disfruta de tus vacaciones, Patricia, aquí estaré para recibirte con los brazos abiertos.


Doble de abrazos.

Elena Casero en Veges tú dijo...

Tiene una gran fuerza. Enhorabuena

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Elena.

Tres abrazos y un beso.

Miguelángel Flores dijo...

De momento, felicidades, maestra!! Y, mañana vuelvo y me lo zampo a tu salud!
Cuando sea más joven quiero ser como tú, Sanabria.
Un abrazo o más.

Yolanda dijo...

Antes que nada: gracias. Por el disfrute de este texto, por su belleza.
Y felicidades por esta mención, no sé cómo será el ganador pero no creo que lo supere, me ha encantado.

Fuerte abrazo.

Juan Leante dijo...

Es un relato conmovedor. Sobre todo por la ternura que depliega esa mujer llena de entereza. Cuántos casos no habrá parecidos en esos recintos orientados a la locura.
Besos y mi enhorabuena.

Lola Sanabria dijo...

Yo, Miguel Ángel, cuando sea menos joven quiero zamparme dos o tres buenos relatos para desayunar. Sólo eso.

Gracias a ti, Yolanda, por tu generosidad.

Recintos orientados a la locura. Una definición muy acertada, Juan.


Abrazos al por mayor.

Nenúfar dijo...


Como si fueran unos paréntesis en la vida ordinaria de esta mamá anónima, el texto comienza y termina con sendas puertas que se cierran tras la espalda.

Detrás de la primera puerta se queda su hija, el mar, un barco que hará suyo…, y también una vida encadenada al sufrimiento y la destrucción. Delante de la segunda puerta la espera un proyecto por construir, un barco propio por navegar, una libertad que disfrutar… y su amada Abril (me gusta el nombre).

Entre ambas puertas mucha riqueza emocional y vivencial: el amor que disfraza la dura realidad para evitar el daño del ser querido; la dolorosa añoranza; el poder lenitivo de la imaginación, de la escritura, de cualquier actividad que nos agrade; la amistad dispuesta a brotar en cualquier ambiente; el terror del pasado adherido a las paredes del alma después de haberlo experimentado muchas veces (este me hizo rememorar tu micro "Terror nocturno"); la ternura de unas cartas sencillas y breves; la capacidad de adaptación que normaliza situaciones desfavorables o anómalas; etc.

Lola, se me quedó corto el relato. Me dejó con ganas de conocer más, de que este hubiera sido un relato largo.

Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lola Sanabria dijo...

Eres única, Nenúfar, para diseccionar un relato con la destreza del cirujano utilizando el bisturí. Sí, tiene algo de terror nocturno. Y te contaré que una de las chicas que conocí en el Centro de Acogida donde trabajé se llamaba Abril y un día, mientras esperábamos a que le hicieran unas pruebas médicas, le prometí que escribiría un relato con su nombre.

Victoria dijo...

Querida Lola: ¿qué digo yo, si me vacías de contenido las palabras? Guárdame pasaje en tu barquito, que me gusta mucho ese tono mate con que pintas la tristeza. Besos y admiración a una escritora que llega y se queda

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Victoria. Un alegrón que una excelente pluma tenga tan buena opinión de mis escritos.

Triple de abrazos.

Luisa Hurtado González dijo...

Voy justa de tiempo (qué raro) pero quiero leerlo despacito, tiene un pinta increíble.
Me lo guardo y después, con calma... ¡a disfrutar!

Muchas felicidades, guapa!

Lola Sanabria dijo...

Mil gracias, Luisa. A ver si te gusta.


Abrazos con mucha calma.

CDG dijo...

Nada que decir, salvo que es muy bueno.
Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...

Mil gracias, Carlos.

Abrazos mañaneros.

Gloria dijo...

Has contado el día a día de manera tan simple, llana y real que creo que no vamos a caber todos en ese barco que imagina tantas historias que son el camino hacia el desenlace real.
Sencillamente me ha fascinado.
Besos de gofio.

Lola Sanabria dijo...

Me encanta que te haya fascinado, Gloria.

Abrazos, muchos.

Laura dijo...

Hola Lola, ya sé que este relato es de hace un año, pero me ha ocurrido que como me seleccionaron este año entre los 15 que llegaban a la decisión del jurado, me corroía la curiosidad de qué relato se había llevado el premio de honor. Y mira por donde me ha salido este relato tuyo, tan chulo, y tan emotivo, cargado de imágenes, en especial ese barco que navega por los confines de lo que cuenta a la niña mientras lo demás, sucede dentro de la protagonista.

Enhorabuenas tardías por esta mención, pero después de leerlo no quería marcharme sin dejar esta pequeña huella. Besos Lola.

Lola Sanabria dijo...

Para recib.ir felicitaciones nunca es tarde, Laura.

Me alegro de que te seleecionaran este año, no es fácil colar un relato con una temática tan difícil como la carcelaria.

Mil besos.

Petra Acero dijo...

No importa el cuando: te acabo de leer, y me encantas... como siempre, como nunca (siempre tan nueva, tan entrañable, tan emotiva, tan viva...)

Contenta de pasar y vivir tu historia.

Un abrazo, Lola.
Y MUCHAS FELICIDADES

Amparo

Lola Sanabria dijo...

Mil gracias, Amparo. Me alegro de que te haya gustado. Besos, muchos.