Sabía de sus compras de
anillos y otros abalorios, por albaranes que guardaba como trofeos. Dudó
aquella vez, cuando la denuncia de una ONG lo subió al estrado. Abogar por su
inocencia, tras ver a la niña, balbuciendo palabras en otro idioma, con
arroyuelos corriendo por su carita sucia, le costó una noche de insomnio, pero
lo superó con la lectura de la Biblia y la mordaza invisible. El pastor fue
absuelto y defendió el castigo del pecado con vehemencia desde su púlpito. No
lo comprendía, pero ella no era nadie para censurar a un hombre de Dios. Ella
era su humilde servidora. Pero hoy, cuando ha visto el cuerpo magullado de su pequeña,
no ha vacilado. Y no ha sido ella quien le ha asestado el golpe fatal en la
nuca, ha sido su Señor quien ha llamado a su vera a uno de sus hijos
descarriados.
12/7/18
4/7/18
INFORMACIÓN PRIVILEGIADA
Aquel sí que fue un
patadón en toda regla. El ¡¡¡gooooool, gooooool, goooool!!! a voz en cuello de
Joseba traspasó tabiques, rebotó en los cristales provocando un cimbronazo
amenazador, y tembló el misterio. Él, rojo y con los ojos redondos y brillantes
como canicas, y yo con un goterón a punto de desbordarse del lagrimal. Me quedé
noqueada durante un tiempo, sin fuerzas para levantarme del sofá y coger los
huevos, la sartén y la paleta. Respiré hondo unas cuantas veces y, mientras lo
hacía, rogué para que no hubiera más que un regate suave, un desganado llevar
el balón de un lado a otro de los jugadores; movimientos flojos y pacíficos,
por favor, por favor. Y en eso pitaron el descanso. Así pues, mis súplicas
habían sido escuchadas por una diosa maternal. Cuajé la tortilla lo más rápido
que pude, la dividí en dos trozos, le llevé el suyo a Joseba, que puso el plato
sobre las rodillas mientras no quitaba ojo al televisor por aquello de la repetición
de las jugadas, y me comí en dos bocados el mío en la cocina antes de
desaparecer tras la puerta de mi habitación. Atrincherada y con las rendijas
tapadas con toallas y camisetas, me llegaba amortiguado el griterío de la calle,
el del salón de mi casa, los petardazos en el descampado vecino. O sea que
ganaba España. Me tumbé en la cama y tuve mi rato de tranquilidad y buen
rollito. Apenas un golpeteo de ¡eh, que estoy aquí! Yo miraba el techo con sus
luces y sombras y me parecían porterías y muñequitas de colores que se
desplazaban por un campo imaginario. Tal era la situación.
Antes de quedarme dormida con una sonrisa de satisfacción,
recordé las veces que Joseba me tocaba la tripa mientras decía con orgullo,
como si fuera el Sumo Hacedor: «Será un pichichi, un futbolista de primera, ya
lo verás». Y por las patadas que daba cada vez que escuchaba a su padre
vociferar un gol, posiblemente
acertaría. Sólo que no sería un, sino una. De momento, esa información me la
guardaba para mí sola. Ya llegaría el momento de soltarla, ya.
16/6/18
DIVERSIDAD
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| Tomada de la red. |
Él es un tigre. El
Tigre, no Down como lo llama el cartero del barrio. Pero no ataca. Del ataque
se encargan otros. Él defiende. «Defiende, tú defiende la portería», le dicen.
Le repiten en cada partido. Y él pone cara de fiera. Frunce las cejas y mira
con mirada de mala leche. También el cuerpo. El cuerpo es importante, insiste el
entrenador. Le rodea la cintura por detrás y lo obliga a separar las piernas y a
doblarse: la cabeza adelantada, la espalda en tensión, los brazos despegados
del tronco y las manos con las palmas levantadas, como si estuvieran dispuestas
a atacar, aunque él no tiene garras. Él se come las uñas. Pero sirven a la hora
de parar un balón. Eso dice el entrenador. Sin embargo él se aburre de estar
todo el tiempo así. Su equipo es muy bueno. Eso dicen. La defensa no deja pasar
ni un balón. Ni el aire roza la red de la portería. Aunque nunca baja la
guardia y cuando el árbitro pita el final del partido y se endereza y relaja,
le duelen los riñones y los ojos de tanto otear la evolución del esférico por
el campo, de vigilar el avance del equipo contrario. Se le pasa en el
vestuario, cuando el masajista viene con sus manos de curandero y le hace unos
mimos en la zona agarrotada y le echa un colirio fresquito en el lagrimal. Y
así todos los partidos.
Hoy ha ocurrido. Los tigres se han relajado. No creían
que aquel león fuera a llegar muy lejos. Casi han sonreído a su paso. Y uno
tras otro, lo han dejado que fuera avanzando con el esférico porque ya lo
detendría alguno con un simple regate en el último momento. Momento que no ha
llegado porque el jugador ha esquivado con maestría el intento de arrebatarle
el balón un contrario. Durante una eternidad de estupor congelado, los
jugadores de ambos equipos han visto al león plantado frente a la portería.
Tigre ha tensado todos sus músculos preparándose al máximo. Los dos se han
mirado con sus ojos oblicuos, reconociéndose como iguales y a la vez
diferentes, y retándose. El atacante ha calculado por dónde podía colar el
balón. El portero ha aguantado firme hasta que el otro ha golpeado con la punta
de la bota el esférico que ha descrito una parábola para intentar entrar en la
red por arriba. Tigre, haciendo caso omiso del entrenador, se ha estirado y con
un salto de animal salvaje ha parado el balón antes de caer sobre la hierba.
Finalizado el partido, los dos contrincantes han sido
paseados a hombros de sus compañeros. Y antes de volver a casa, han celebrado
su gran actuación compartiendo una pizza con mucho queso y un par de refrescos
de naranja y limón.
13/6/18
FINALISTA DEL 8º CONCURSO DE RELATOS BREVES DIARI DE TERRASSA
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| Tomada de la red |
LA
DEUDA
Me lo encontraba todas
las mañanas en un rincón del ascensor, callado pero sin quitarme ojo. Daba
pena, con aquella barba y la camisa y el pantalón arrugados y sucios. A veces
coincidíamos con Paquita, la del cuarto, que sollozaba y se quejaba de lo sola
que estaba desde que murió su perrita Lola. Él se contagiaba de pena y también
lloraba. Pero lo peor era cuando coincidíamos con Rosalía. En esas ocasiones,
la presencia de su mujer, con la ropa vieja y las manos enrojecidas y ásperas
de tanto fregar, le endurecía el gesto y la mirada que yo procuraba esquivar, atendiendo
a mis manos que jugaban con el llavero.
Desde hace unos días, además me topo con él en el portal,
en la calle y en el trabajo; incluso me visita en mi casa. Abro los ojos y allí
está, a los pies de la cama, en el baño o en la cocina; cada vez con peor
aspecto y mayor cólera. Cuando lo veo, no puedo contener el impulso de rascarme
con saña la cicatriz que quedó tras el trasplante de riñón. Fue una fatalidad
la complicación posterior, que no diera tiempo a hacerle la transferencia, pero
a su viuda no puedo contarle la verdad, iríamos todos a la cárcel. Tengo que inventar
una historia para ella y saldar cuanto antes la deuda.
9/6/18
PONIENDO LAÑAS AL RECUERDO. GANADOR DE LA SEMANA EN WONDERLAND
Un gran regalo que me llegó cuando visitaba con los chicos y chicas de mi Centro la Feria del Libro de Madrid. Gracias. Y, como siempre en excelente compañía: Nieves Torres, Josep María Arnau, Rafa Olivares, Sara Nieto, Sergi Cambrils, Eduardo Martín y Mei Morán. ¡¡Felicidades a repartir!!
Entre tus grietas viven
los primeros balbuceos y pasos vacilantes, las rodillas desolladas en las
caídas, los llantos y las risas, las canciones y las confidencias de las tardes
de costura, los terrores nocturnos con un candil de llama oscilante y
amenazadora, los domingos de pipas, tostados y chicles de fresa, las primeras
rebeldías, el ojo crítico en el espejo y los retoques interminables, los
enamoramientos, los desengaños, el inicio de una nueva ilusión, los agobios
familiares, el deseo de volar. Ahí te quedas y la escapada. Pero ahora, casa
malherida, créeme cuando te digo que te vamos a curar.
Si queréis escucharlo, aquí. A partir del minuto 45: 26.
FINALISTAS DE OTRAS SEMANAS
VENGANZA
En cuanto salieron los últimos tirabuzones, ella dijo que no le
convencía el color; que debería ser más rojo y brillante. Él suspiró
resignado. No quería líos con la señora, porque, aunque al final salió
bien parado, bastantes quebraderos de cabeza le dio con su denuncia.
Cuando murió el padre, de viejo según él, intoxicado según ella, pudo
cambiar de carnicero pero no lo hizo y volvía puntual, todas las
mañanas, a comprar solomillo, chuletas de cordero, ternera blanca para
estofar o chuletón de Ávila. Retiró el papel con la montaña de carne y
echó nuevos trozos en la picadora.
RUPTURA
Ellos serían civilizados, no como sus padres. El anillo giró como
peonza sobre el tablero. Perdió fuerza y se quedó parado entre los dos.
Él aprovechó para ofrecerle su amistad con una sonrisa y palabras
hueras. Nada dijo del amor masacrado por años de mezquina indiferencia.
Ella dudó un instante, luego abrió el bolso y sacó el foulard con el
rencor prendido en sus flecos, la entrada de teatro con la esquina
doblada por los celos, el abanico con un soplo de soledad, las llaves de
casa en el llavero del abandono, y se lo dejó todo sobre la mesa.
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