
Aquel tac guillotinando cada segundo, parecía una condena a muerte. La celda era la salita y el corredor, el pasillo. Yo repasando la ropa, tú con las gafas cabalgando sobre la nariz, pasando hojas de aquel libro interminable. A las diez en punto, ni un segundo más ni uno menos, metías la llave en la espiga y dabas cuerda al reloj. Luego volvías al sillón y esperabas a que dieran las doce. “Hora de acostarse”, decías quitándote las gafas. Cerrabas el libro sobre la mesita y arrastrabas las zapatillas de felpa hasta la habitación. Yo dejaba el calcetín a medio zurcir en el costurero y te seguía. A los pocos minutos ya estabas roncando. En cambio yo, pasaba la noche en vela escuchando el tac que sentenciaba los segundos. “Uno menos de vida”, dijiste un día y a mí se me quedó grabado aquello en la cabeza. Te empujaba. Te daba codazos. Me resignaba a verte dormir. Intentaba matar el tiempo con la tarta de limón que haría al día siguiente, o con la lista de la compra. Pero era inútil. El reloj estaba ahí, invadiéndolo todo. Tac, otro segundo que se ha ido. Tac, uno más. Cuando daba las horas o las medias, era un respiro, una tregua. Y luego otra vez ese salto de un segundo a otro, machacón, insoportable. Imaginaba que, oculto en las sombras del rincón, entre la coqueta y la mesilla, acechaba algún monstruo, algo inaprensible, sin cara ni forma, y me volvía hacia ti y te abrazaba. Pero tú deshacías el abrazo con una protesta entre dientes, y te dabas la vuelta. Me dejabas sola con el tac del reloj y la amenaza de las sombras. Y yo cerraba fuerte los ojos y me ponía las manos en las orejas. Inútil. El tac atravesaba la piel, la carne y el hueso, para repicar en lo más profundo de mi cabeza. Pasaba así las noches hasta el amanecer. Sabía cuándo estaba clareando antes de que la luz ganara la colcha. Doblaba mi mano derecha por las segundas falanges, la apretaba contra mi boca y abría los ojos en una rendija. Entonces se amontonaban las rayas pequeñas de luz, como una flor sobre la circonita de mi anillo. El anillo de mi madre. Y me entraba el sueño. Porque aquel tac que marcaba el ritmo de la muerte, según tú, se abotargaba con el trasiego de la calle. El ruido del camión de la basura, el silbido de los basureros, el arrastre de los contenedores... Y me dormía. A ti eso no te gustaba. Decías que debería ir al médico a que me recetara algo para el insomnio, que había que dormir de noche, no de día. Nunca te hice caso. Sabía que sería inútil, que el tac del segundero era más poderoso que cualquier medicina. Por eso tuve que hacerlo. Y hoy, al fin, el tiempo no es mi enemigo. No sé qué hora es ni cuantos segundos han pasado de mi vida. Ni quiero saberlo. Sólo quiero vivir. El reloj se quedó parado en la hora, el minuto, el segundo, en que ya no le quedó más cuerda y tú no encontraste la llave para darla a las diez en punto. La llave descansa en el fondo de nuestro pozo a donde la arrojé. Sé que me quieres, que siempre me quisiste, como yo a ti, por eso te alegrará verme dormir toda la noche de un tirón, sin necesidad de medicinas. Aunque tú no pegues ojo echando en falta el maldito tac del segundero.



















