26/11/09

TAC


Aquel tac guillotinando cada segundo, parecía una condena a muerte. La celda era la salita y el corredor, el pasillo. Yo repasando la ropa, tú con las gafas cabalgando sobre la nariz, pasando hojas de aquel libro interminable. A las diez en punto, ni un segundo más ni uno menos, metías la llave en la espiga y dabas cuerda al reloj. Luego volvías al sillón y esperabas a que dieran las doce. “Hora de acostarse”, decías quitándote las gafas. Cerrabas el libro sobre la mesita y arrastrabas las zapatillas de felpa hasta la habitación. Yo dejaba el calcetín a medio zurcir en el costurero y te seguía. A los pocos minutos ya estabas roncando. En cambio yo, pasaba la noche en vela escuchando el tac que sentenciaba los segundos. “Uno menos de vida”, dijiste un día y a mí se me quedó grabado aquello en la cabeza. Te empujaba. Te daba codazos. Me resignaba a verte dormir. Intentaba matar el tiempo con la tarta de limón que haría al día siguiente, o con la lista de la compra. Pero era inútil. El reloj estaba ahí, invadiéndolo todo. Tac, otro segundo que se ha ido. Tac, uno más. Cuando daba las horas o las medias, era un respiro, una tregua. Y luego otra vez ese salto de un segundo a otro, machacón, insoportable. Imaginaba que, oculto en las sombras del rincón, entre la coqueta y la mesilla, acechaba algún monstruo, algo inaprensible, sin cara ni forma, y me volvía hacia ti y te abrazaba. Pero tú deshacías el abrazo con una protesta entre dientes, y te dabas la vuelta. Me dejabas sola con el tac del reloj y la amenaza de las sombras. Y yo cerraba fuerte los ojos y me ponía las manos en las orejas. Inútil. El tac atravesaba la piel, la carne y el hueso, para repicar en lo más profundo de mi cabeza. Pasaba así las noches hasta el amanecer. Sabía cuándo estaba clareando antes de que la luz ganara la colcha. Doblaba mi mano derecha por las segundas falanges, la apretaba contra mi boca y abría los ojos en una rendija. Entonces se amontonaban las rayas pequeñas de luz, como una flor sobre la circonita de mi anillo. El anillo de mi madre. Y me entraba el sueño. Porque aquel tac que marcaba el ritmo de la muerte, según tú, se abotargaba con el trasiego de la calle. El ruido del camión de la basura, el silbido de los basureros, el arrastre de los contenedores... Y me dormía. A ti eso no te gustaba. Decías que debería ir al médico a que me recetara algo para el insomnio, que había que dormir de noche, no de día. Nunca te hice caso. Sabía que sería inútil, que el tac del segundero era más poderoso que cualquier medicina. Por eso tuve que hacerlo. Y hoy, al fin, el tiempo no es mi enemigo. No sé qué hora es ni cuantos segundos han pasado de mi vida. Ni quiero saberlo. Sólo quiero vivir. El reloj se quedó parado en la hora, el minuto, el segundo, en que ya no le quedó más cuerda y tú no encontraste la llave para darla a las diez en punto. La llave descansa en el fondo de nuestro pozo a donde la arrojé. Sé que me quieres, que siempre me quisiste, como yo a ti, por eso te alegrará verme dormir toda la noche de un tirón, sin necesidad de medicinas. Aunque tú no pegues ojo echando en falta el maldito tac del segundero.

25/11/09

MI VIDA.

Los edificios parecen cristales de diferentes tamaños y colores. El aire es azul hielo. El parque tiene una capa de escarcha. Invierno. Llevo tantos días, meses, quizás años, viendo pasar el tiempo a través de la ventana, que ya no podría salir a la calle, cruzarla y llegar hasta el puesto de castañas que adivino al otro lado, donde no me alcanza la vista, y pedirle un cucurucho a la vieja que atiza las ascuas en ese fogón improvisado en mitad de la calle. Lo siento. Al principio me rebeló esta muerte a tiempo cierto. No quería saber cómo ni cuándo, pero en esto la medicina ha avanzado mucho y ahora te dicen: “Le quedan seis meses de vida. Como mucho, un año”, y el paciente se muere en los aledaños del tiempo que le han marcado. Yo no. Estiro mi consciencia más allá de lo permitido. Y así pasa, que todo el mundo me ha retirado la compasión. Hasta mi hijo ha dejado de venir a sentarse en la cama para leerme un cuento. Entra, me pregunta qué tal estoy, y no vuelve a visitarme en todo el día. Clara hace lo que puede por disimular su irritación. Me dice que está contenta de encontrarme aquí todos los días cuando vuelve del trabajo, pero suena a dos por una dos, dos por dos cuatro... Una cantinela cansina. Ni Luci, mi perra, quiere darles calor a mis pies tumbándose en la cama. Tengo aparcado sobre la mesilla un libro: “La metamorfosis”. Me lo regaló mi cuñado hace poco y el detalle me llenó los ojos de lágrimas. Porque mi cuñado y yo hacemos pocas migas. Pero conforme iba leyendo, entendí la indirecta. Mi madre decía que se cruza solo al otro lado, que nadie te acompaña ni te puede quitar la angustia. Tenía razón a medias. Es verdad que eres tú el que se va, pero pides que no te suelten de la mano hasta que definitivamente seas ese cascarón vacío que no sirve para nada. Yo también quería que todo terminara. Sentí la agonía de mi madre como un pozo profundo de dolor del que deseaba salir cuanto antes, aunque esperaba que ella no lo notara. Ahora pienso que tal vez sí y por eso hablaba de soledad. Cojo las cosas del revés y las observo de otra manera. Los vivos tenemos esa condición de muertos futuros, pero vivimos como si fuera para siempre. Nos fastidian los que están a punto de pasar al otro lado y no se deciden. Así que comprendo que mi familia esté harta de mi prolongación de vida. Bueno qué, ¿te decides?, me interrogan todos los días con los ojos. Sin embargo yo sé que en cuanto el sol derrita el hielo de esta ciudad paralizada de frío, el calor me dará un nuevo plazo y entonces será indefinido y ellos no volverán a hacerme la pregunta. Simplemente me aceptarán como un vivo sin final conocido, igual que ellos, y todo volverá a ser como antes.

21/11/09

SOMBRAS

Anoche, mi madre me preguntó si había vuelto mi padre del campo. Le anudé la servilleta al cuello y le di cucharadas de sopa mientras la ponía al corriente de las últimas novedades del pueblo. Cuando se cansó, dejé el plato en el fregadero y volví con ella. - ¿Te casaste? - Me casé con Roberto. - Hiciste bien. Una mujer sin marido es como un árbol sin sombra. Saqué del cajón de la cómoda el álbum de fotografías y lo puse sobre la cama. Pasaba las hojas y ella recorría con su dedo huesudo las caras de mi padre, de mis hermanos, la de mi hija a la que dejó en la niñez y ya no reconocía. - ¿Qué hace? - Corre. - ¿Cómo que corre? - Sí, mamá. Tu nieta es deportista. - ¿Y eso por qué? - Porque le gusta. Mira esta fotografía cuando ganó la medalla. - ¿Tiene novio? ¿Se ha casado? - No, mamá. - Nadie se arrima. - Ella no quiere. - Una mujer sin... -... marido es como un árbol sin sombra. Lo sé mamá. Pero mi madre se quedó sola cuando aún no había echado los dientes de leche mi hermano Joaquín y nos sacó a todos adelante caminando once kilómetros a los pueblos vecinos para vender aceite y huevos. Mi padre. Un hombre grande y quemado por el sol, que no aguantó una pulmonía. Mi madre volvió a preguntarme por él, después guardó silencio, aguzando el oído, atenta al golpeteo de los cascos sobre las piedras de la calle, a la voz anunciando su llegada. Pero nada de eso ocurrió. Se removió inquieta en la cama, mirando a su alrededor como si buscara algo. Le pasé la mano por la cabeza, arreglándole el pelo. Luego seguimos mirando fotografías. Allí estaba ella sentada en el umbral de la puerta con las piernas cruzadas y las manos sobre el mandil, tomando el fresco con su amiga Rosa, con la mirada algo perdida. Ausencias. Así comenzó. Se ausentaba días enteros. Eran como viajes a lo más profundo del mar donde dicen que habitan los peces ciegos. Luego emergía algo aturdida y había que ponerla al corriente de lo que ocurrió mientras ella no estaba. - Viene todos los días a verte. Se sienta a tu lado y hace ganchillo. Como cuando tú... - Rosa ha hecho una colcha preciosa para su hija. ¿Cuándo vamos a empezar con el ajuar de la niña? Se echó un poco más sobre la almohada y dejó que sus ojos vagaran por las paredes encaladas hasta detenerse en la sombra de la lámpara. Se le iba la mirada hacia adentro. Le seguí hablando. De su nieta, de sus hijos que vienen a verla dos veces al año, de mi marido que hace tiempo que dejó de darme sombra porque no aguantaba la fatiga de las noches en vela, de los días sin descanso. Hasta que su mano se soltó de la mía y entró en un sueño del que ya no se despertaría nunca. Me quedé a su lado, en la mecedora, dando alguna cabezada, atenta a su respiración: soplo que hacía temblar las sombras con la luz incierta de las lamparillas de aceite, sobre la mesilla. Murió de madrugada. Lavé su cara con agua tibia. La vestí con el traje negro que dejó preparado en el arcón, para cuando llegara el momento, entre papeles de seda y bolitas de naftalina. Le puse las medias, los zapatos, los pendientes, el anillo de boda. Todo le venía grande a su cuerpo consumido. Después llamé a mis hermanos y a mi hija. Al funeral vino Alfredo. Hacía esfuerzos por no llorar. Quería a mi madre. Quizá por eso no pudo soportar verla perderse en la desmemoria. La estuvo mirando un rato, con una sombra en sus ojos, como si temiera que despertara. Luego se fue al rincón donde estaban mis hermanos y estuvieron hablando del trabajo, de la crisis, de lo mal que estaba todo. De vez en cuando callaban y echaban una ojeada rápida a mi madre, para volver inmediatamente a la conversación liviana. A la vida, en suma. Mi hermano Pedro se pasaba una mano por la barbilla, como si estuviera atento, pero yo sabía que él no prestaba atención, que estaba a sus cosas, como cuando mi padre le hablaba del campo y hacía como si lo escuchara. Cuando dejaba de hablar mi padre, le pedía dinero para tabaco y se iba. A mi hermano Pedro no le gustaba nada que oliera a campo. Por eso se marchó, para trabajar en Correos y casarse con una mujer de ciudad y tener dos hijos, chico y chica. Dos extraños para mi madre y para mí, que estudiaban en la Universidad y no vinieron al entierro de su abuela. A mi hermano Joaquín, en cambio, le gustaba el campo. Solía faltar a la escuela y perderse en los arroyos de los que volvía con las ropas destrozadas por las zarzas. Pero se enamoró de Adela, la nieta de Asunción la farmacéutica, y la siguió hasta la capital donde aprendió mecánica y abrió un taller de reparaciones. Los hijos, dos niños que llegaron cuando ya no los esperaban, fueron al entierro. Reían y gritaban en el patio, donde su padre los mandó para que no alborotaran en la casa. Rosa permanecía en la cabecera, sin decir palabra, con los ojos húmedos. De vez en cuando, un suspiro, luego un silencio resignado. Me acerqué a ella y le puse una mano en un hombro. Ella se volvió y dijo: “Se nos fue”. Yo asentí con la cabeza. Le ofrecí una tila, agua de azahar. “Un poco de agua”, dijo. Me fui a la cocina. Mi hija Maite abría el grifo. En el fregadero, varios fideos flotaban en el agua. La última sopa de mi madre. La jarra proyectaba una sombra estilizada que alcanzaba el vaso sobre el tapete que hizo a ganchillo en aquellas tardes de invierno, frías, interminables, al calor del fuego de la chimenea. - ¿Cómo estás? Maite se dio la vuelta y me abrazó. Yo me acurruqué un poco, retrasando el momento de soltarme. Al fin lo hice respirando hondo para aflojar la opresión del pecho. - Bien, hija, bien. ¿Y tú cómo estás? Te veo más alta- dije, aunque sabía que ella estaba bien y que no había crecido, que era yo que algo achiqué con los años. - Cansada. Se acercan los Juegos y el entrenamiento cada día es más duro. Pero estoy contenta. Estaba guapa mi hija. Se volvió hacia el fregadero y echó un chorrito de lavavajillas en el agua. Sacudió la cabeza y la coleta le bailó a un lado y a otro de la espalda. Como cuando era niña y corría por el campo para entrenarse y ganar las carreras que organizaba el Ayuntamiento. Volvía a casa llena de arañazos en las piernas. Yo me asomaba a la puerta y la veía venir, el pelo moviendo el aire como un abanico, sudorosa, sonriente, feliz, con su sombra pegada a los talones, intentando alcanzarla. “¿Cuánto he tardado?”, me preguntaba. Y yo quitaba un minuto o dos para que no se disgustara. Maite como su abuela. Y mi madre siempre regañándola. Porque parecía un chico subiendo a los árboles a coger los melocotones, los higos, los albaricoques; corriendo por esos campos, destrozándose las rodillas en caídas sobre el empedrado de la calle. “Tu hija te salió rara”, decía cuando la nieta se impacientaba con la aguja y el hilo y soltaba el bastidor sobre la silla. “¡Que no abuela, que no me gusta!”. Y se iba a la calle. “Te salió rara”, repetía mi madre mientras se asomaba por la ventana para verla correr perseguida por su sombra. “¡Déjala madre, ya tendrá tiempo!”, le decía yo. “Estas cosas si no se corrigen antes, luego no hay forma”, insistía ella. Y tenía razón. No aprendió a bordar, ni a coser, ni a freír un huevo. Sólo correr. Y allí estaba, fregando el plato de la última sopa de su abuela. Maite. El sol entraba esquinado y la sombra de mi hija se fue alargando en el suelo como un árbol alto y delgado. “Una mujer sin marido, es como un árbol sin sombra”, decía una y otra vez mi madre aquello que aprendió de la suya. Eché agua en un vaso y volví a la habitación. Rosa seguía alternando el silencio con suspiros. “Gracias hija” dijo antes de bebérselo de un tirón. Metimos a mi madre en el nicho, con mi padre. Los albañiles ponían la lápida y la sellaban con cemento mientras comentaban el último partido de fútbol. El sol estaba en lo alto y nuestras sombras parecían aplastadas como si fueran gnomos que hubieran salido detrás de los cipreses. Roberto se acercó y rodeó mi espalda con su brazo. - Ahora que tu madre no está, si tú quisieras... -comenzó a decirme al oído. - Pero no quiero- le corté yo. No le guardaba rencor. Me había acostumbrado a estar sin él. Y me encontraba bien así. Durante todo aquel tiempo había vivido sin su sombra, atendiendo a mi madre, recogiendo los melocotones, los albaricoques, las manzanas, y haciendo mermeladas y compotas. Y mientras lo hacía sólo pensaba en una cosa. “Algún día, cuando ella no me necesite, haré ese viaje”. Porque yo me enamoré de Roma cuando la vi en el cartel detrás de los cristales de la agencia de viajes. Entré y pedí un folleto. El empleado me dio una revista y me habló de los lugares que podría visitar y de cuanto me costaría. Así que hice y vendí muchas mermeladas. Y lo que me iba sobrando de los gastos de la casa, lo guardaba en la cajita de música que me regaló Maite para mi cumpleaños. Alzaba la tapa y la bailarina se ponía a girar con la música como si también se alegrara de que ingresara un billete más. Los albañiles habían terminado. Se bajaron de la escalera dejando la lápida despejada. Leí su nombre dorado varias veces, clavada en el suelo, sin decidirme a andar. Mi hija dio unos pasos y me cogió del brazo. Le di la espalda a la lápida y me dejé llevar hasta la salida. - ¿Qué piensas hacer?- me preguntó. Y añadió:- Podrías venirte a vivir conmigo una temporada, hasta que estés mejor. - Gracias hija, pero no quiero. Tengo cosas que hacer aquí. - ¿Cosas, qué cosas? - Vaciaré los armarios y le regalaré a Rosa ese mantón de Manila que tanto le gustaba. Guardaré la ropa de tu abuela en el arcón. Abriré la cajita de música, contaré el dinero, compraré un billete de avión y viajaré a Roma.

19/11/09

CUESTIÓN DE OLFATO (Finalista del V certamen de relatos Pompas de Papel)




El inspector Ramos se inclinó, abrió las aletas de la nariz y aspiró el aire. Tenía el mejor olfato del Departamento de Homicidios.
- El besugo es de ayer. El hielo no oculta el olor de los boquerones. La lubina, en cambio, es fresca- dijo a Rosa, su mujer, que esperaba su informe para hacer la compra.

31/10/09

HIJOS

Se me pegaba a los ojos el sueño atrasado. “A la nana, nanita, nanita ea...” Atenta al ritmo del chupete en el paladar. “... mi niño tiene sueño, bendito sea”. Su respiración espesaba. Un suspiro. Mis dedos resbalaban liberando los suyos. Apoyaba una mano en el suelo, luego la otra. Ni el menor ruido. Un pie, después el otro. Descalza. Un paso, otro paso. Y el quejido de la puerta. “¡Mami!”. Me echaba a su lado, su mano otra vez dentro de la mía. “Pimpollo de claveles, lirio en capullo...” La mariposa de pasta azul en su boca, moviéndose en la penumbra de la habitación. Llegaba el camión de la basura y se escuchaba la voz de los basureros: ”¡dale!”. Y poco a poco la mañana iba entrando en líneas cortadas sobre la colcha. Me levantaba, iba a la cocina y esperaba a que el café saliera a borbotones. Un gorrión se posaba en el alféizar de la ventana.


Relato publicado en el libro “Vivencias” (Editorial Orola)

7/9/09



Los mejores relatos de La Ventana de Verano

Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es "LA ÚLTIMA JUGADA"

OTRA OPORTUNIDAD. Autora: Lola Sanabria.
(Relato leído por Juan Zavala)



¡No va más, señores!, dice el croupier. Luis pasa el brazo por la espalda desnuda de Aurora y le acaricia el cuello, como al desgaire, con la punta de los dedos. Yolanda abandona la mesa, cruza la sala, erguida, con la barbilla alta y los labios entreabiertos, como le enseñó mamá. Muñequita que se contonea sobre zapatos demasiado altos. Aguanta la sonrisa mientras saluda a los señores de Landra. “Con tanta cirugía, él parece un fósil a su lado”, piensa con rabia. Sale al balcón y se estremece con la brisa que entra del mar. Se arrebuja en su chal de seda azul. “¡Tantas horas frente al espejo para esto!”, susurra al fin derrotada, dejando que las lágrimas abran un camino salado en el maquillaje. La lucha ha terminado. Ganó la otra. Y de repente siente un alivio inesperado. Se descalza, deja que los hombros se curven, afloja la tensión de las caderas. Entonces siente el calor de una mano en el hombro. Se vuelve. El hombre de chaqueta blanca, bandeja plateada y sonrisa de porcelana, le dice: “Creo que le vendrá bien una copa”



30/8/09










Los mejores relatos de La Ventana de Verano

Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es La chica del perrito.

LA SEÑORITA DEL PERRITO. Autora: Lola Sanabria.

(Relato leído por Soledad Puértolas)

Recojo las bolsas vacías de patatas fritas, los envoltorios de helados, las botellas de plástico. Echo todo en la bolsa de basura. Sin prisas. Paso el rastrillo, dejando caminos en la arena, como tierra arada a la espera de la siembra. Descanso. Apoyo las manos sobre el mango y miro hacia la barandilla: pasean del brazo las parejas, regresan a casa las familias con la nevera y la sombrilla, y los niños devoran bocadillos. Me retraso. Se retrasa ella. Entretengo la espera ensayando: “¿Tomaría un café conmigo, señorita?”. Y entonces la veo a lo lejos: una línea curva cerrada con una correa y un punto al lado. Cuando llegue, entonces lo dejaré todo, subiré las escaleras y le cortaré el paso. Saldrán solas las palabras. Se acerca. Ya veo los mechones blancos en su pelo corto y negro, sus labios finos, su frente marcada por el guiño de los ojos cuando el sol la deslumbra. Su cuerpo pequeño. El cocker se para y olisquea la palmera. Ella se detiene un momento y me mira, luego da un tirón a la correa y pasa de largo. El rastrillo resbala con el sudor de mis manos. Tal vez mañana.

9/8/09













Los mejores relatos de La Ventana de Verano

Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es La casa del acantilado.

Iniciación. Autora: Lola Sanabria.

(Relato leído por Soledad Puértolas)


Conocí el mar cuando tenía diez años. Papá anunció una mañana de julio que en diciembre tendría un hermanito y mamá debía descansar. Pasaría el verano con la tía Leonor.
La tía Leonor se teñía el pelo de rubio y se pintaba de rojo la boca y las uñas de pies y manos. El primer día, dábamos un paseo por la playa cuando me llamó la atención aquella casa de postigos azules y paredes rojas, al borde del acantilado.
- ¿Quién vive ahí, tía Leo?- le pregunté.
- No te acerques a esa casa -, me ordenó. Y no quiso hablar más del asunto.
De día, la casa parecía deshabitada, pero de noche, iban y venían hombres y mujeres por el camino hacia la entrada alumbrado con luces de colores. Yo los espiaba desde la ventana de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, con los prismáticos que me regaló papá para mi cumpleaños. Una de esas noches, el deseo de acercarme me desveló. Salté por la ventana y estuve merodeando por los alrededores.
- ¡Qué chico tan guapo!- escuché la voz de una mujer a mi espalda.
. Volví corriendo a casa y cubrí mi cabeza con la sábana. Entonces me llegó el olor de la mano que revolvió mi pelo. El mismo olor que descubrí en el brazo de mi tía aquella misma mañana cuando dejó sobre la mesa el tazón del desayuno.











Los mejores relatos de La Ventana de Verano.

Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es Las tormentas.


EN LA SIESTA. Autora: Lola Sanabria.

(Relato leído por Marta González Novo)


Restallidos de cuero y luz cimbreando el aire. Se despierta con el olor a humedad que baja de sierra Boyera, de Los Sillones. Se ha ennegrecido la raya de la ventana. Apaga el ventilador. Se levanta. Abre la puerta del patio. Vienen globos de cieno desde la loma del repetidor. Se golpean las nubes y una escalera de luz corta el cielo en dos mitades. Al fondo, muy al fondo, un punto se enciende. Árbol que muere. Saca los pies descalzos al agua que baja desde las tapias al sumidero. Chillan las ratas y esconden sus hocicos entre lodos removidos. Brilla el rojo de las tejas. Escurre el agua, entra en la boca del canalón y sale en chorro que barre un trocito de ladrillo del suelo. Cuatro pasos más. Mete un pie en el talón y los dedos que dejó en el cemento tierno cuando era niña. Cuenta: Uno, dos... Y el aire revienta. Cuenta: Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Se aleja. Abre los brazos, sube la cara, saca la lengua. Agua. Luego el cielo se abre en colores que se doblan sobre el horizonte. Vuelve el calor.


8/8/09

EL BIDÉ.

Hasta hoy no había encontrado utilidad al bidé. Voy de un lado a otro descalza, intentando engañar al calor. No me quejo, soy del sur. Si viviera en Helsinki por ejemplo, la depresión me habría calado hasta el tuétano. Pero soy del sur y me gusta el sol. La casa está en penumbra. Una penumbra agradable porque sé que detrás de la persiana existe la luz amarilla y caliente. Esa es la oscuridad a medias que quiero, no el gris del invierno. Soy del sur, ya lo he dicho. Tampoco me gusta la luz eléctrica. Me levanto a las seis de la mañana cuando aún no ha arrancado el día. Voy a la cocina a tientas y tropiezo con mi gato Lucas en el pasillo. Pero hace días que no me lo encuentro. Anda perdido, buscando un sitio donde tumbarse. Porque él tiene pelo, más que yo que estoy sobrada, y se mete en el armario a nada que te descuides. A media noche, o de madrugada, aprovechando una salida para refrescarme al baño, viene a la habitación y se tumba a los pies, de cara al ventilador, pero en algún momento se va y amanezco sola, atravesada en la cama, algunas veces con el ventilador apagado, otras con las aspas moviendo un aire espeso y caliente. No hace ruido Lucas, apenas maúlla, come poco. Pero hoy cuando iba a ducharme lo he encontrado en el bidé, como Moisés en su canastilla, y por fin he comprendido para qué sirve el bidé.

30/7/09

LOS CINCO DEL LIBRO "PLUMA, PAPEL Y VINO"



BUEN CALDO

Poseía la mayor extensión de viñedos de la comarca. Sus uvas daban un buen vino. Pero de todos, el mejor era el que guardaba en una barrica. Ése lo reservaba para los amigos. Y cuando alguno le preguntaba: “¿Qué echas dentro para que haga un caldo tan excelente, un jamón?”, él siempre les contestaba con una sonrisa pícara: “No quieras saberlo”.

CATADOR

“Te quiero”, decía, y mojaba sus labios en el vino. Pero sus besos eran fugaces. “Te quiero”, repetía con los ojos entornados mientras lo saboreaba. Pero su lengua no tocaba mi boca. Descorché aquel regalo olvidado en la bodega. Mojé las yemas de mis dedos y dejé su humedad detrás de mis orejas, en las muñecas, entre mis pechos, en los tobillos... “Te quiero”, dijo. Y no se detuvo hasta la última uña.

EL REY

Decía que apreciaban su opinión. Pero hacía tiempo que perdió la finura del olfato, la delicadeza de un paladar exquisito. Ya no sabía distinguir un Marqués de Murrieta, de un vino peleón. En las bodegas seguían dándole una cata del último hallazgo. Por los tiempos pasados cuando él era el rey y todos lo admiraban.

IMPERDONABLE

Primero fueron sus gemelos de oro. Ella los tiró a la basura. Él le devolvió el golpe cortando la cola de su vestido de novia. Después le rayó el BMW con las llaves de la casa. Él hizo desaparecer sus pendientes de brillantes. Era una crisis matrimonial en toda regla. Podían haberla superado como otras veces. Pero ella llegó demasiado lejos. Estrelló la botella del Marqués de Cáceres contra el suelo de la cocina.

RECUERDO

Abrió la puerta del armario, sacó la camisa y la dejó sobre la cama. Un ramillete antiguo del color de las cerezas, manchaba la pechera. Hacía tanto de aquella cena que, a veces, se le iba el recuerdo. Se echó a su lado y se abrazó a ella. Siguió el rastro con olor a vino, de aquella noche inolvidable poco antes de que él se marchara.

21/7/09

ESCARMIENTOS


Cuando era muy pequeña, las calles de mi pueblo no estaban asfaltadas. Corría cuando jugábamos al escondite. Corría cuando nos perseguían los niños. Corría para ahuyentar el frío del invierno. Y mis caídas eran muy frecuentes. Si sólo era un raspón en la rodilla, me la curaba yo misma con saliva. Pero a veces no era suficiente. Iba a mi casa llorando, con la piel desollada y la sangre corriendo por las piernas. Mi madre sacaba entonces el agua oxigenada, empapaba un algodón y lo aplicaba a la herida. Al retirarlo, quedaba una espuma, como gaseosa efervescente, que escocía. Lloraba más. Y entre soplido y soplido a las rodillas, mi madre decía: “A ver si escarmientas”.
No escarmenté entonces. Me gustaba correr por la calle a pesar de las muchas caídas. Y no escarmiento ahora. Ya no corro, pero sí confío o espero de los demás, y me llevo muchas decepciones. Pero no escarmiento. Siempre consiguen sorprenderme. Y lloro. Aunque ya no tengo a mi madre para que me sople en las heridas o me haga una caricia, o me diga: “A ver si escarmientas de una vez”. Creo que, como me dijo no hace mucho una profesora de un curso, alimento muy bien a esa niña que llevo dentro. Escarmentar sería como matarla, y yo no quiero.

28/6/09

FINALISTA DEL PREMIO INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS "CENTENARIO DEL PUERTO DE ALMERÍA"

DISFRACES

Mis padres tenían varios disfraces. Yo, el de capitán de barco. Mamá veía el último culebrón en el televisor vestida de sufridora, mientras yo abría una nuez por la mitad, la vaciaba, y rellenaba la cáscara con chicle. Luego hundía un palillo de dientes con una vela de papel y salía a botar mi barco al mar. Lo dejaba en el agua, soplaba y el cascarón avanzaba rumbo a lo desconocido, pero el Mediterráneo es un mar manso y las olas lo devolvían a la playa. Sólo una vez, cuando cayó aquel aguacero, conseguí que mi barco zarpara.
Mi padre volvía con su disfraz de mecánico y se lo cambiaba por el de hombre cansado. Mi madre lo recibía con el de ama de casa anudado a la cintura. Yo dejaba mi disfraz de capitán de barco para volver a casa y sentarme a la mesa, en medio de un silencio de plomo. Después, ellos se vestían de matrimonio frente al televisor y yo me encerraba en mi habitación a soñar con que aquel barco empujado por el temporal, estaba varado en una playa donde la arena era oro.
Pero un día mi padre no volvió a casa y mi madre cambió todos sus disfraces por el de clown, aunque intentaba disimular su nariz roja con la borla de su polvera. Cambié mi disfraz de capitán de barco por el de mecánico de papá para que mamá dejara el de payaso.
Han pasado unos años y sigo de mecánico, aunque algunas noches, me pongo el disfraz de capitán, me acerco a la orilla y boto un barco grande. Y con el control remoto lo envío mar adentro, abriendo un camino oscuro y recto hacia esa isla y ese tesoro que aún aguardan a que yo los descubra.

24/5/09

MOVIDAS



No me gustan pero son necesarios. Con el primero que tuve, después de algunos desencuentros, llegamos a entendernos. Murió de viejo, como debe ser. El segundo iba camino de pasar a mejor vida y entonces vino el tercero envuelto en regalo de cumpleaños. Yo habría preferido una faldita, un pantalón, una blusa para enseñar el canalillo, pero la utilidad primó este año. Quizá el menosprecio con el que lo recibí, caló hondo y urdió esta venganza. Porque, díganme con la mano en el pecho o donde les dé la gana, si no es fruto de un cabreo supino lo que me está ocurriendo. Yo no soy de mensajes, tampoco de llamadas; como ya he dicho, este artilugio me parece útil para estar localizable, aunque a veces dudo sobre si no será como tener un chip de esos que ponen a los delincuentes para seguirlos a todos lados. En fin, que no mando casi nunca mensajes. Pero es de mala educación no contestar si recibes uno de alguien conocido. Y es de muy malas entrañas devolver un abrazo cuando te han enviado varios de esos de oso amoroso. Mi madre no me parió tacaña. Así que yo intento mandar abrazos, pero no me deja. De hecho me escribe los mensajes como le da la gana. Y así pasa, que una acaba con tal economía de palabras que parece que envíe un mendrugo de pan y agua. Por ejemplo, yo quiero poner camión, pues me sale camino. ¡Olé tu gracia torera!. Y qué decir de los acentos. A mí de momento sólo me concede acentuar las agudas que terminan en e. Un suplicio esto de los mensajitos. Yo empiezo: bip- pausa-bip-más pausa... , que parece que se oiga un marcapasos por toda la habitación. ¡Y el pariente descojonándose de risa!. Bueno pues el dichoso aparato debería apiadarse de mí, que ya me cuesta escribir letra a letra ¿no? Pero qué va, me deja colgada con unos mensajes miserables y como no me permite enviar abrazos, reparto besos y punto. Odio a este maldito móvil.

26/4/09



TAN LEJOS Y TAN CERCA.
(finalista del certamen "Los tesoros del agua")
Autora: Lola Sanabria

Si esa cabra comiera,
mi niña.
Una brizna de hierba,

mi niña.
Si una gota cayera,
mi niña.
Yo te daría leche.

Llueve sobre Europa.
África languidece.

26/11/08

"LOLA SANABRIA FINALISTA DEL XXXV CONCURSO DE CUENTOS HUCHA DE ORO"

De acuerdo con las bases de participación, no es posible publicar el texto del relato con el que participó Lola Sanabria y cuyo título es : "RÍOS Y AFLUENTES". Quedan pues, algunas imágenes del acto con la entrega de premios y lectura del relato ganador.





Presentación del acto a cargo de Ana García-Siñeríz.










Lola recogiendo el premio de finalista.













El actor Miguel Rellán hace la lectura del relato ganador.









Miembros del jurado con los participantes.
















José Antonio Abellá (Ganador del concurso), Miguel Rellán y Lola durante el vino que ofreció la organización.












La familia arropando: Basi y Mª Jose a los lados y servidor tirando la foto.









CONEJO CON TOMATE.
AUTORA: Lola Sanabria.

(Relato ganador del XVII concurso de narrativa "María Fuentetaja" Ayuntamiento de El Escorial)

Recuesta la cabeza en el respaldo y mira a través de la ventanilla. Haces empacados sobre la tierra de tallos amarillos, cortados a ras de suelo. Ni una nube en el cielo. De vez en cuando, un campesino marcha lento, subido en el tractor. Sol de mediodía. Julio. Una mujer en un camino, con la cabeza cubierta por un sombrero de paja, avanza despacio con una cesta de mimbre al brazo, cuatro picos de tela a cuadros descansando sobre el trenzado. Dos paradas y el tren se detendrá en la estación. En el andén, el padre con la piel cuarteada por muchos soles, más viejo; y la madre con sus enormes pechos sobre el mandil con volantes, más vieja. Besos y abrazos. “La maleta, déjame la maleta”, dirá él. Y ella le hablará de camino a la casa del conejo con tomate que le habrá preparado, ese que tanto le gusta. La misma escena repetida todas las vacaciones. Pero ahora ha vuelto para quedarse. Respira profundo y los pulmones se caldean con el aire del vagón. Vuelve para quedarse. En la misma habitación que dejó cuando se fue a estudiar Agrónomos. El padre estará satisfecho. Dejará la maleta sobre la colcha de ganchillo que hizo la madre y ella la abrirá para sacar sus ropas y protestar por los roces y el color. “Un poco de lejía, algo de azulete en el aclarado, hilo y aguja, y quedarán como nuevas”. Ella siempre tan dispuesta a aprovecharlo todo, a sacar partido de cualquier cosa. Sobras de cocido: ropavieja. Manzanas dañadas por el pedrisco: compota. Agujeros en los pantalones y las chaquetas: rodilleras y coderas. Así habían conseguido ahorrar dinero y enviar al hijo, su único hijo, a la Universidad. Agrónomo porque a su padre le vendrá muy bien para trabajar los campos. Experiencia y estudios, los dos unidos. Padre e hijo. Para siempre. El tren se detiene en la estación de Brozas. Se levanta y estira los brazos para sacudirse la modorra. Baja el cristal de la ventanilla. Una mano le ofrece una lata de cerveza y un sándwich. Antes era una botella de gaseosa y un bocadillo, y si era por la mañana temprano, media docena de churros ensartados en un junco como las cuentas de un collar. Ahora cervezas, Coca Colas y sándwichs. A Brozas solía ir con los amigos para las fiestas del pueblo. Volvían tarde a casa, algo bebidos. Y siempre lo esperaba la madre, sin pegar ojo. “Mira que ocurren muchas cosas malas a esas horas”, decía. “Mira que el muchacho de la Elisa se mató con la moto”. “Mira en qué estado vienes”. Así todos los años. La madre. Imposible escapar de su preocupación. El tren vuelve a arrancar. Extiende un pañuelo sobre el regazo, deja el sándwich envuelto en plástico y tira de la anilla de la cerveza. Bebe un trago largo. Desenvuelve el sándwich y le da un mordisco. Chorizo. No como el que hacían en casa todos los años por diciembre, cuando mataban al cerdo. Una fiesta el día de la matanza. Picaban la carne, la metían en las tripas, sacaban los jamones, los cubrían de sal, ponían en aceite los lomos fritos y guisaban en un gran caldero la carne con patatas, a fuego lento, para que se fueran haciendo hasta la hora de la cena. Y él subía a sierra Molera con los amigos y hacían hatillos con las ramas de arbustos y los arrastraban ladera abajo tirando de la cuerda. También traían romero para la carne, y tomillo para aliñar las aceitunas del verdeo. Después de la cena, hacían un candelorio a la puerta de la casa y cantaban y tocaban la zambomba que su padre hacía con la vejiga del cerdo, bien tensada sobre la boca de un cántaro pequeño y una pajita en el centro. Cuántas risas con los sahumerios. Cuántas lágrimas cuando el pimiento picante se quemaba en los braseros. Invierno. Y con el invierno volvían los sabañones en las manos y las orejas, y la recogida de las aceitunas, a veces medio enterradas por las heladas. El padre siempre quiso que fuera Agrónomo. Nos vendrán bien tus estudios para el campo. Asoma el cauce del río, seco, con las piedras rodadas brillando, limpias, sin un verdín que hable de aguas recientes. El tren va más despacio. Le cuesta subir el repechón de Los Negrales. Cuando remonten, cuando salgan de este paraje de pinos, entrará en la penúltima estación. Sacude el pañuelo y bebe el último trago de cerveza. Vuelve a recostar la cabeza en el respaldo y mira por la ventanilla. Coto de caza. Antes no había tanto coto de caza. Había campo abierto y escopetas y cazadores haciendo huir en bandadas a los pájaros con el estampido de los cartuchos. Conejo con tomate. Su madre siempre le prepara conejo con tomate. Pero a él no le gusta el conejo con tomate. Le gustaba hasta aquel día en que se encontró con uno de frente, los ojos raros, la cabeza rara, y su padre dijo ni se te ocurra matarlo. Le cogió asco al conejo. Le dio por pensar que tal vez se comió alguno así, tan raro, tan feo con esos ojos reventones. Y él nunca se atrevió a decirle a la madre que no quería más conejo, ni con tomate, ni de ninguna otra manera. Por no herirla. Por no defraudar al padre había estudiado Agrónomos. Le gustaba el campo en primavera, cuando los tallos de hinojo y los espárragos salían de la tierra. Cuando los días se estiraban y el sol caldeaba la humedad del río. Cuando los almendros florecían y sacaba las almendras de sus fundas verdes y eran tan tiernas que se hacían leche entre los dientes. Y daba gusto tumbarse en el patio y marearse con las estrellas que corrían de un lado a otro en las noches sin luna. Pide un deseo. “Ver mundo”, susurraba. “Que este pueblo es muy chiquito y asfixia”. Y eso que le gustaba mucho la hija de la Julia, una pecosa con trenzas de zanahoria. Pero a su madre no le hacía gracia verlo tontear con ella. Todo por una pelea antigua entre familias. Ángela empapando su camisa de llanto. Ángela. Baja los párpados y deja una rendija. Entre las pestañas se abre un arco iris en una gota que humedece un ojo. La alergia. Sólo ver las horcas aventando la parva y le entra ese polvillo que le pone la nariz de payaso, los ojos hinchados y llorosos, y le hace estornudar continuamente. Las consultas con el alergólogo le llevaron de visita a la ciudad. La primera vez que se bajó del tren y salió a la avenida, le asustó el caudal incesante de coches. Se sintió pequeño y desamparado. Su madre le agarró de la mano muy fuerte, tanto que le hizo daño, y anduvo sorteando coches como pudo, entre pitidos y gritos. Enseguida se acercó un guardia y le enseñó los semáforos y los pasos de peatones. La madre le dio las gracias y todo tipo de explicaciones sobre de dónde venían, a qué, y cómo se llamaba el doctor al que habían ido a visitar. El guardia fue muy amable, les indicó el camino para llegar a la consulta, y ella le ofreció su casa. “Si se anima a visitarnos, le haré un conejo con tomate, que me sale muy bueno, ¿verdad, hijo?”. Y el hijo movió la cabeza varias veces. Luego tiró de su mano y los dos se perdieron en un laberinto de calles y semáforos. La hija del médico era mayor que él. Despuntaban los pechos en su blusa de popelín, y recogía el pelo muy negro y espeso con un lazo en una coleta. Vestía el uniforme del colegio: una falda gris, tableada, que le llegaba a las rodillas, medias blancas y zapatos negros. Cuando salía de clase, iba a la consulta y esperaba a que terminara su padre para que la llevara a casa. Masticaba chicle de fresa y sacaba la punta de la lengua envuelta en una funda rosa. Soplaba y hacía un globo que estiraba y estiraba hasta estallarle en la cara y tocar la punta de su nariz. A él le gustaba verla hacer globos y a ella le divertía que él la observara. En una de aquellas visitas, la madre se quedó dentro hablando con el médico y ella aprovechó que estaban solos para llamarlo paleto. “¿Qué miras, paleto?”. No quería ser un paleto. Quería dejar el pueblo. Quería ser alguien tan importante como el padre de ella, tan sabio que le ponía unas inyecciones y le daba unas pastillas y adormecía la alergia. Si su padre no se hubiera empeñado en que hiciera Agrónomos, habría sido médico. El tren aminora la marcha en una curva que rodea una montaña. Él levanta los brazos y bosteza. Pronto habrá llegado. “¡Ahí está!”, dirá la madre señalando con un dedo la ventanilla. Y saludará con la mano y gritará: “¡Aquí, aquí!”, y aligerará el paso, siguiendo el cuadrado de cristal hasta que la locomotora se detenga. “Conejo con tomate, hijo, ya verás cómo te chupas los dedos”. “No lo agobies mujer, ¿no ves que viene cansado?”, dirá el padre cuando ella le coja la cabeza entre sus manos y le llene de besos la cara, alzada sobre las puntas de sus zapatillas de lona. “Nadie como su madre”, contestará. “Nadie como una madre”. El verano anterior a su partida, dejó de ir con Paco a la caída de la tarde para matar los pájaros que bajaban a beber al río, los dos emboscados entre los matorrales, silenciosos, la escopeta cargada, atentos a los trinos y vuelos. Paco era buen cazador y siempre volvía con el morral lleno a la espalda. Él menos. Pero le gustaba acompañarlo. Luego, de camino a casa, fumaban algún cigarro que Paco había comprado en el estanco con el dinero de la venta de los pájaros. A Paco le gustaba el campo y nunca pensó en hacer otra cosa que trabajar la tierra con el padre. Un poco terco, Paco. Dejó de hablarle cuando él se negó a acompañarlo más tardes. No aceptó que lo cambiara por Ángela, la hija pelirroja de la Julia. “Eres un cabrón, un mal amigo, un calzonazos”. Pero él no podía hacer otra cosa. No podía quedar con ella en la plaza, ni en el bar, ni en el salón de baile, ni en el cine. Sus padres lo habrían sabido enseguida. Quedaba con ella en el tejar derruido y entre tejas rotas y jaramagos apuraban las últimas horas del atardecer con los cuerpos enlazados. Cuando daban las diez campanadas en el reloj del Ayuntamiento, se vestían, sacudían sus ropas, las alisaban, pasaban las manos por el pelo, se quitaban las briznas de hierba seca y volvían a sus casas. Ella delante, él detrás, dejando pasar unos minutos para que hubiera distancia. Ángela. Muchacha sin terminar de hacer. Palitos de piernas, ojos enormes, pelo abundante, pechos pequeños con varias pecas alrededor de los pezones rosados, y unas caderas demasiado estrechas. Sin terminar de hacer. Ángela. Desvía la humedad hacia la boca y la traga. La locomotora entra en la estación. Acercándose, dos puntos que se agrandan y cogen formas y ya son dos cuerpos que levantan los brazos y saludan. Baja la maleta de la malla y espera a que el tren se pare para dejar el compartimento en el que ha viajado solo. “Esta línea la van a quitar”. Eso fue hace un año. “No interesa. La gente ya no viaja en tren por estos pueblos. Prefieren el autocar. O el coche. ¿Tú tienes coche, chaval?”. Al Jefe de Estación lo han jubilado. El reloj de la estación tiene el cristal roto y las agujas marcan siempre las dos y veinte. La pintura del banco está levantada en varios sitios, como si un cepillo de carpintero hubiera dejado sin desprender del todo sus virutas. Hace años el cobre del reloj de la estación brillaba y el banco estaba verde y liso, recién pintado. Y sus padres un poco más jóvenes. Ellos dos solos, llorosa ella, muy serio él. Ángela no. No había sitio para ella en esa despedida. Le empapó la camisa de llanto la tarde anterior. “No me olvides”. “No te olvidaré”. “Vuelve”. “Vendré para Navidad”. Pero ella no dejaba de llorar, la cara pegada al pecho de él, como un aguacero. La madre. Ella se daría cuenta. El aire caliente que bajaba del cerro de las cruces la secaría, pero quedarían las arrugas. Tarde. Hacía rato que dieron las diez en el reloj del Ayuntamiento. Y Ángela que no lo soltaba. Nunca la vio llorar, nunca hasta entonces. La dejó de pie, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. “Una sonrisa, venga, hazlo por mí”. Y ella lo despidió así, con una sonrisa triste, los labios apretados, sin dejar salir las palabras, y los ojos rojos de tanto llanto. Ángela tenía el cuerpo de niña, a medio hacer, y poquito hueco entre sus caderas. “¿El viaje bien? Van a quitar la línea. No es rentable. Deja, deja que lleve la maleta”. El padre está más delgado, el pelo blanco, las arrugas más profundas. Y algo más encorvado. Lo observa cuando va delante hacia el Land Rover. ¿Cuántos años, setenta? “He hecho conejo con tomate, bien que lo habrás echado de menos. ¿Sabes lo de Paco? Mira que es bruto ese chico. ¡A quién se le ocurre liarse a patadas con el burro! Siete puntos y puede dar gracias de que la coz no le abriera la cabeza. Para haberlo matado”. Su madre no para de hablar mientras camina a su lado, agarrada de su brazo. Está más gorda, más vieja, más cansada. Le cuesta hablar y respirar al mismo tiempo, pero tiene que decirle muchas cosas al hijo. Lo supo en Navidad. No antes. No en las cartas, ni por teléfono. El padre le contaba las cosas del campo. Cómo iban las cosechas, cómo se habían empobrecido los olivos. “Habrá que arar la tierra y dejarla en barbecho”. La madre sólo quería saber cómo estaba. Aquella Navidad el frío fue más intenso que nunca. Se colaba por las rendijas de puertas y ventanas. Seco. Con escarchas que crujían bajo las botas de los campesinos y quemaban los campos. Un invierno duro. “Murió la hija de la Julia”. Lo soltó de repente, sin avisar, mientras le ponía delante el plato de conejo con tomate. “Se le fue la vida en un río de sangre. Tan chiquita, la pobre, con el niño a medio hacer dentro”. Pero él había regresado para abrazarla entre las tejas rotas y los jaramagos. Quería el temblor cuando acariciaba su piel de leche, quería respirar el olor a heno de su pelo de zanahoria, quería el sabor a nata de su vientre. No se lo creyó. No quiso. Hasta que bajó al cementerio y leyó en letras doradas su nombre, cinceladas en la piedra blanca, la que ponían a los niños muertos. Tan limpia, tan bien cuidada la lápida por la madre. Se encerró en su habitación. Solo, tumbado en la cama, mirando una grieta en el techo, ancha, por donde salían arañas grandes y pequeñas de abdómenes hinchados con el jugo de sus víctimas. Tejían las telas sobre su cabeza, con hilos finos y pegajosos donde caían las moscas. Cuanto más se movían intentando escapar, más se liaban en sus mortajas. La araña salía de su escondite, avanzaba hacia la mosca y la dejaba vacía y retorcida. Como él. La madre entraba, le retiraba el pelo de la frente, le pedía que saliera a comer, a saludar a los que venían a verlo. Pero no quería ver a nadie, ni comer, ni moverse, sólo ver las arañas salir de la grieta. “No hay grietas, ni arañas, hijo”. Ella no las veía, no las podía ver. Él sí, gordas, pequeñas, como un río. “Huye”, decía. “Huye”, imploraba. Pero la mosca siempre caía en la tela y allí se quedaba esperando la muerte. Cuando la fiebre lo dejó en un estado de sopor, la madre le hizo beber caldos y tragar pastillas. Y poco antes de que acabaran las vacaciones, apareció en la puerta de la habitación. Pálido, casi translúcido. La madre ahogó un sollozo tapando su boca con el pañuelo. El padre arrastró una silla y le indicó que se sentara dando unas palmadas en las aneas. Silencio. Pollo en Nochebuena, mantecados y peladillas. Villancicos, aguinaldos, voces y risas. El paso de los borrachos tambaleándose en las aceras. Ruido en la calle. Dentro, el silencio. La madre abre la maleta sobre la colcha de ganchillo, saca la ropa y se la lleva. “Todo esto para lavar, que tiene muy mal color. Ya verás lo bien que queda con algo de lejía y azulete. Bien planchadita y cosidos los puntos que se han escapado de los jerseys. Ya lo verás”. Él se tumba sobre la cama y mira al techo. Blanco, sin grietas, sin arañas ni moscas. Oye el ruido de los platos en la cocina y enseguida la voz de la madre, llamándolo. Sobre el hule, humeando, el tomate que cubre dos patas y unas costillas de conejo. El dornillo y los cuencos. Gazpacho. Se sienta en la mesa, retira el plato y se echa el caldo. El padre miga pan, la madre no se sienta. Va de un lado a otro, atareada, inquieta. “¡Mira qué sandía!, se ha abierto ella sola, de lo buena que es. Azúcar, puro azúcar”, dice, y la pone sobre la mesa. Un balón atravesado por una enorme raja. Él abandona la cuchara en el cuenco y mira la línea quebrada y ancha como una herida profunda. La madre calla. “Ha muerto la Julia”, dice de repente. El hijo aparta la vista de la sandía y la mira. Le tiembla la barbilla. Saca un pañuelo del bolsillo del mandil y lo pasa por los ojos, por la boca, por toda la cara. “No callará esta mujer”, dice el padre mientras sigue echando trozos de pan en el gazpacho. “No te apures, yo la cuidaré. Ayer quité las malas hierbas, le di una mano de pintura negra al aro y le puse flores frescas”, dice la madre. Se acerca al hijo y le retira un mechón de pelo de la frente. - Gracias, madre. Acaba el gazpacho y se levanta. - ¿No vas a comerte el conejo? - No, madre. No me gusta el conejo. - ¿Desde cuándo? - Desde hoy. Antonio sale al patio y se sienta en la mecedora vieja. Su padre se sienta a su lado y mientras fuma un cigarro, le habla de la cosecha de trigo, de la vendimia a dos pasos como quien dice, de los frutales que fumigó y han dado muy buenos melocotones y albaricoques ese año. Sabe más que él del campo. No lo necesita. Hay una algarabía de pájaros despidiendo la tarde. Cruza el aire una golondrina. Los vencejos se posan sobre el brocal del pozo un momento, luego remontan el vuelo y se achican hasta desaparecer detrás de una loma. Dos gorriones se arrullan entre las hojas de la parra. Y poco a poco llega la oscuridad. Un camino de luz cruza el cielo como un relámpago y cae detrás de los tejados. Pide un deseo. “Ver mundo”. Y sabe que esta vez su deseo se cumplirá.

20/11/08




ARRIBA, ABAJO.
AUTORA: Lola Sanabria

2º Premio del primer certamen de relatos breves "El Puente".

Esta mañana Alba salió temprano de casa. Ni siquiera la oí levantarse. A eso de las nueve, la peque me ha despertado. Se ha subido a la cama y me ha abierto los ojos tirando hacia arriba de los párpados. El sol entraba por las rendijas de los postigos dejando unas franjas de luz sobre las sábanas. He palpado con la mano el lado izquierdo y entonces me he dado cuenta de que Alba ya no estaba.
-¿Sabes dónde está tu madre?- le he preguntado a la peque. Ella se ha encogido de hombros y se ha puesto a saltar sobre la cama.


En la cocina, bajo un vaso de agua, Alba dejó una nota en la que decía que se fue de compras y volvería a mediodía. De compras. ¿Qué habría que devolver esta vez? Mientras llenaba la cafetera de agua, echaba cucharadas de café en el filtro, la enroscaba y ponía al fuego, he barajado varias posibilidades. Un vestido para una cena d
e gala, un patinete para la peque, un cuadro... De todo ello había hablado por la noche. Calenté la leche, le puse el Cola Cao y eché cereales en un cuenco. El café salió a borbotones y llenó la cocina de olor amargo. La peque arrimó su silla a la mesa y se puso a desayunar. Me senté a su lado y mientras untaba una tostada de mantequilla y mermelada, le pregunté qué quería hacer esa mañana.
- Saltar a la goma- dijo ella con la boca manchada de Cola Cao- saltar a la goma en el patio. Levantó el tazón con las dos manos y apuró la leche. Luego salió de la cocina.
“Gasolina” se asomaba por la ventana, esperando a que abriera el cristal para saltar dentro. Miré el comedero vacío. Como Alba no se acordara, el gato se iba a quedar sin comida. Sólo un puñado de pienso. Eso era lo que había. Pero se acordaría. Ella nunca se olvidaba de la peque ni de “Gasolina”.
Recogí las tazas y platos del desayuno y los fregué. “Supongo”, pensé, “que traerá algo para la comida”. En esa fase, Alba siempre compra algo bueno para comer. Demasiado bueno, demasiado caro seguro. Pero eso no importa, porque luego viene la mala racha y todo se vuelv
e ahorro. No porque se lo proponga, sino porque las fuerzas no le alcanzan para pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas y patatas. Por ejemplo. Así que era el tiempo de las nécoras, los percebes, las quisquillas, el buey de mar. Algo de eso traería.
Sequé los platos y dejé el paño de cocina colgado cerca del frigorífico donde Alba había sujetado con un imán con forma de raja de sandía, un dibujo de la peque. Sonreí a la familia que parecía levitar, sin suelo bajo sus pies. Así es. Despegamos del mundo de tanto en tanto, para luego quedarnos amarrados a la tierra como si ésta tuviera grilletes de barro.


La peque trajo la goma y salimos al patio. Yo me senté y ella me pidió que abriera un poco las piernas para pasármela por los tobillos. Luego enganchó el otro extremo a las patas de una silla, quedando dos lados tensados y paralelos a ras de suelo, y comenzó a saltar pisa
ndo uno y luego otro mientras cantaba una canción. Corría una brisa que entraba del mar, olorosa a algas y pescado fresco. Miré el reloj. Aún era temprano. El sol asomaba entre los repetidores anclados en un alto, no muy lejos de la ermita que blanqueaba entre el verde oscuro de los pinos. Al día siguiente tendría que deshacer el entuerto. Siempre es así. A veces me canso de recorrer tiendas para hacer devoluciones, de reponer el dinero en la cartilla, de anular letras. Pero en el pueblo todos colaboran. Excepto Sixto el que compra y vende terrenos, con ése no valen explicaciones. Con ése hay que tener cuidado porque no se echa atrás de ninguna manera. Así fue como se quedó con los seiscientos euros que Alba dejó de señal para un terreno para la peque. Allí pensaba hacer una casita, a pie de mar, para que cuando creciera, tuviera su lugar donde vivir. Seiscientos euros no eran mucho, pero no volví a hablarle a Sixto. No quiero cuentas con él. Ni Alba. Es al único al que evita.
Del sastre Julián, siempre esperando inútilmente en la puerta de su negocio, con la cinta métrica colgada al cuello, a que venga algún jeque, alguien importante para encargarle trajes hechos a medida, no tengo queja alguna, pues cuando Alba va por allí y elige telas y le hace tomar medidas para un vestido largo, un smoking o cualquier otra prenda que se le antoje, él la atiende con diligencia y se contagia del entusiasmo y la vitalidad de Alba. Durante el tiempo que ella está en su sastrería, él vive un sueño, así me dice cuando voy a anular los encargos.
Comprensiva, aunque menos entusiasta, es la dueña de la tienda para bebés por donde Alba pasa de vez en cuando a comprar cuna, cochecito, vestidor, bañera y todo el equipo para un recién nacido, porque, según dice, piensa tener otro niño, hecho a todas luces imposible ya que después de la peque, en un momento en el que sólo veía negro a través de la retina, como si un trapo sucio se hubiera colado dentro, se hizo una ligadura de trompas. Sin embargo, ella insiste en que es algo reversible y se entusiasma con ranitas y baberos antes de abandonar la tienda y el fastidio de doña Mariquita qu
e en cuanto la ve salir respira aliviada.
Con el peluquero es algo más complicado porque no hay aplazamiento posible. “Quiero un corte a trasquilones”, dice Alba. Y él se afana en dejarle la cabeza como una diosa de ahora, de esas modernas, sin perder de vista que no le puede cortar tanto como ella quiere, que de algún modo debe convencerla para que se deje hacer. Y al final lo consigue. El problema es el colo
r. “Flequillo morado, centro verde limón, y cogote rosa”, ordena. Y el pobre Luichi, como se hace llamar aunque en realidad su nombre es Luis, traga saliva antes de soltar que es un disparate. Alba se enfada un poco. Poco porque sus poros desbordan alegría. Y ahí es inflexible. Lo más que puede conseguir Luichi es que los tonos sean suaves o, en el mejor de los casos, que anule un color. Aún así, la primera vez que la vi llegar a casa con la cabeza como un arco iris, casi me desmayo. Luego me acostumbré y hasta me da algo de tristeza cuando se quita el colorido con un tinte oscuro.
Pero, en general, todo está más o menos controlado.

Alba llegó a mediodía como había dejado escrito. Traía bolsas con comida y regalos para todos. Una cuerda de saltar para la peque y un patinete; un ordenador portátil para mí, a ver si así dejas de usar ese lápiz diminuto y la libreta mordida por las esquinas; una pelota con cascabeles, la quinta o sexta, para “Gasolina”; unos zapatos con tacón de aguja, ella que no aguanta más de cinco centímetro de altura; el anuncio de varios encargos en tiendas y la compra, apalabrada, del barco del viejo Tomás. El pelo no lo había tocado.
Lo repartió todo y luego se fue a la cocina a preparar sobre lechos de lechuga y hojas de roble todo el marisco que había comprado. A la peque le hizo un lenguado a la plancha. La comida, tal y como yo había previsto, fue un festín. Y mientras abríamos ostras y dejábamos ca
parazones vacíos, Alba no paró de hablar del barco. La peque la escuchaba fascinada. Todo lo que su madre le cuenta son cuentos de hadas, así se lo expliqué un día, cuando se enfadó al ver desmoronarse ante sus ojos, como un castillo de arena de los que hacemos los dos en la playa, el sueño de un viaje al Amazonas. Le costó entenderlo pero la peque es lista, muy lista, tan lista como su madre, y pronto supo sacarle provecho a las historias que le relata. En las malas épocas, me hace repetírselas, no como proyectos, sino como historias completas, con sus anacondas, sus hombres invisibles, y todo aquello que yo pueda aprovechar de películas y documentales para hacer un cuento.

Después de comer la peque se echó la siesta. Alba y yo salimos al patio y nos tumbamos en las hamacas bajo el tejadillo. El sol estaba en lo alto y el aire estancado y o
loroso a almizcle, aceite y fuel. Se oía la sirena de un barco llegar al puerto. Un barco de los grandes, de los de verdad, no como el cascarón de Tomás que se cae a trozos: una barca de pescador, dejada de la mano de Dios. La pe de Paloma desapareció hace tiempo desgastada por la sal, el agua y la arena. También por los vientos helados de los crudos inviernos. Todo fue carcomiendo la barca de Tomás. Como él, que achicó tanto que apenas parece un trozo de carbón con gorra bebiendo latas de cerveza dentro del barco. Paloma. Ahora es una aloma arañada, cuyo color verde se lo va tragando las grietas marrones. Pronto no quedará nada del nombre. Paloma, la mujer de Tomás. La añora y no hace otra cosa que beber cerveza y mirar el mar. La barca no tiene más valor que el que él le da. Y es mucho. De ninguna manera va a venderla. Así se lo dije a Alba. Ella, que seguía con los ojos medio cerrados, cegada por la luz, el vuelo de una gaviota haciendo círculos sobre nuestras cabezas, se volvió hacia mí.
- ¡Claro que lo hará! ¿Para qué la quiere?- dijo algo enfada
da.
- ¿Y nosotros qué haríamos con ella?- le pregunté a sabiendas de que era una pregunta estúpida.
- Pintarla, lo primero. La pe tiene que volver. Quizá cambie el color, no sé, ya veremos. Y luego salir a alta mar. Tú podrás pescar atunes...
- Pescar atunes...
- Yo los limpiaré y cortaré en rodajas para hacerlos a la plancha, encebollados o con pisto. Y la peque tomará el sol que es muy bueno para crecer, mientras escribe en su cuaderno las historias esas tan divertidas que inventa.
- Ese barco... ese cascarón podrido- insistí yo en llevarle la contraria.
Ella dejó de hablar y se oyeron los graznidos de la gaviota y, otra vez, la sirena del barco.
- ¿Tomaste la medicación?
- Ah, eso...
Así que no la había tomado. Me levanté de la hamaca y entré en la casa. Volví con las pastillas y un vaso de agua. Alba se incorporó y las fue tragando sin decir nada. Luego volvió a tumbarse. Dejé el vaso sobre la mesa de mimbre y me eché a su lado.
- ¿Qué ves ahí?- dijo señalando la gaviota, con un ojo guiñado.
- Una gaviota, qué si no- dije yo.
- Un vuelo de colores, eso veo yo- y alternó el guiño de los ojos.
Achiqué los míos hasta casi cerrarlos. El sol humedeció el lagrimal y se extendió en pequeñas gotitas entre las pestañas. Entonces vi el rastro que iba dejando en el cielo el movimiento de unas alas, varias veces repetido, como un dibujo de colores en abanico. Cerré los ojos y apareció la barca de Tomás, verde y blanca, reluciente, nueva, con la pe de Paloma brillando bajo la luz anaranjada. Allí estábamos: Alba, la peque y yo. Pescando atunes. ¿Por qué no? Esa tarde todo era posible. Y soñando, me quedé dormido.