11/2/12

EL INQUILINO DEL JARDÍN

Tomada de la red.


Para ti, querida cuña-cumpleañera, creadora  de  historias y vigilante  de sueños.


Hoy el día amaneció gris sucio. Lo adivina soñando bajo el edredón rojo. Sale a la calle. El paseador de perros la adelanta. Bajo el edredón rojo, soñando con frutas de colores. Remonta el banco donde el hombre de la batalla perdida habla entre lenguas sobre sus guerras, dormitando con los vapores del último trago de alcohol. Bajo el edredón rojo, sueña con el mar liso y el cielo azul temprano y bebe zumo de piña. A medio camino, se detiene en el bar. Café con leche y tostada. El camarero pasa el paño de cocina por un vaso mientras sus ojos se van a la pantalla que escupe desayunos indigestos con barones de la política. Bajo el edredón rojo, arropado por sueños de ícaros  remontando nubes negras, subiendo al reino de algodón blanco donde habitan los ángeles.
     A media mañana, el sol rasga el plomo y calienta, tibio, el camino de vuelta a casa.
Mientras la sopa hierve en la olla, se asoma a la ventana. Él toma su desayuno sobre el edredón rojo. Llama al de la batalla perdida y le ofrece un tetrabrik. Se levanta y los dos hablan. Ella deja su puesto de vigía en la ventana. Es hora de echar los fideos. Él despliega el edredón, como una amapola roja. Saca jerseys y camisetas de las bolsas y las airea sobre el aligustre. Ordena su territorio. Se peina.
Ella toma el caldo en la cocina. Come la fruta. Él se ha vuelto a echar en el colchón, el torso desnudo, calentándose  al sol de mediodía.
    En su sillón, ella dormita el final de la tarde, hace y deshace vidas alternativas para ese chico mientras él, unos metros más abajo lee una revista y aguanta la caída de la luz antes de levantarse. Recoge sus ropas, las guarda en bolsas, junto a la comida, y las deja en un rincón del cimiento que antes levantó la corrala. Lo cubre todo. El edredón empalidece su rojo vivo bajo el plástico. Comienza a caer una lluvia fina sobre el césped, los rododendros, el aligustre, los geranios de las ventanas, los bancos despoblados, el paseo, el toldo de la pizzería, el hombre y su perro que sacude la cabeza y tira de la correa.
    La oscuridad entra en el piso. Se levanta y enciende la luz de la lámpara. Luego se asoma al jardín. Repasa. Y entonces ve un pico asomar bajo el triángulo de plástico levantado por una ráfaga de lluvia, un golpe de aire. Se pone el chubasquero, los zapatos y el gorro, coge el paraguas, baja y cubre bien el edredón. Todo tiene que estar dispuesto para el amanecer,  cuando él vuelva.

15 comentarios:

Juan Leante dijo...

Para quien conoce a la homenajeada y sus desvelos, este relato es un puntazo. Y sobre todo un fiel reflejo de como las personas nos quedamos, de vez en cuando, prendados de algún desconocido.
Felicidades a las dos.

Patricia Nasello dijo...

¿Sabés qué, creo, es lo más terrible de esta historia? Que todos concientemente o no, creemos no ser jamás aquel que se esconde bajo el edredón. Y quién nos ha garantizado eso? Nadie.
Yo, por las dudas, pongo mis barbas en remojo.
Como siempre, es un placer leer tu prosa precisa, conmovedora.

Abrazos!

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Yo no conozco a la homenajeada y para mí también este relato es un puntazo.

Repleto de imágenes oníricas, de sensaciones y sentimientos, nos envuelve y nos hace pensar -tal como ha dicho Patricia- sobre nosotros mismos.

Si yo fuera la homenajeada, estaría feliz.

Un abrazo, Lola.

Juan Ojeda dijo...

Espectacular narración a dos puntas, cada palabra parece finamente bordada sobre el relato; uno se va de aquí pensando en todos aquellos que tenemos durmiendo en nuestro jardín,

Será que la lluvia nos suele recordar lo que hemos dejado afuera, y se nos está mojando.

Un fuerte abrazo.

AGUS dijo...

Mientras leía, lo confieso, percibí que algo se me escapaba, y tras el comentario de Juan veo que mi sensaciónera era cierta. Sin embargo estoy con Pedro, es un relato donde una segunda lectura ofrece matices y puntos de fuga que en una primera se escapan. Onírico, poético y surrealista. Me encanta el final, es cojonudo. En fin, volveré a leerlo otra vez, seguro que me depara más sorpresas escondidas.

Bienvenida Lola, abrazos, besos.

Lola Sanabria dijo...

Claro, Juan, hay que conocerla y saber que ese inquilino es real como la vida misma.

Así ocurre, Patricia, que nadie cree que pueda aparecer como inquilino de un jardín.

Lo está, Pedro, feliz.

Las ciudades están llenas, Juan.

Agus, es que Juan conoce la historia.

Abrazos para todos.

Elysa dijo...

No sé quién es la homenajeada pero si le dedicas algo como esto, tan lleno de sentimientos, debew ser una gran persona.

Besitos a ambas

Miguelángel Flores dijo...

Qué difícil debe resultar describir dos momentos, dos escenas a la vez y entrelazarlas y que quede coherente. Y hacer que finalmente el lector piense, es que no habría otra forma de contarlo, la una depende de la otra. Qué difícil y qué bien lo haces, Lola.
Tu cuñada debe ser una persona muy interesante y con un corazón gigante.
Abrazos a las dos.

PD. Lo de tu vuelta por la mañana o por la tarde era un chiste (un pego, más bien). No tenía importancia.

CDG dijo...

Más allá del bello homenaje, leo un relato notable, que describe a la percepción lo que sentimos en ocasiones así. Pensemos sobre nosotros a través de la literatura.
Un abrazo.

Cora Christie dijo...

Imaginar la historia que se esconde debajo de un edredón y un plástico, que cubren malamente a un desconocido, requiere de una voz que, además, de fe literaria de lo que la vida puede tenernos reservado a la vuelta de la esquina... o de un decreto descarnado y global.

Felicidades y gracias, Lola, por traernos a este lugar de acogida un fragmento de otra vida nada ajena. Y a tu cuñada por los años y el vínculo.

Mar Horno dijo...

Yo también lo he tenido que leer varias veces, en cada una de ellas he disfrutado una cosa. Luego he leído el comentario de Juan y lo he vuelto a leer. No necesito conocer toda la historia para que un texto me hipnotice y tú tienes siempre esa capacidad. Es un texto lleno de poesía y también de drama aunque el final es maravilloso. Un beso Lola.

Lola Sanabria dijo...

Elysa, ya lo creo que lo es.

Me gustó lo de corazón gigante, Miguel Ángel.

Notable, Carlos, es tu percepción.


Doblar la esquina, o desdoblar un edredón suele traernos, querida Cora, muchas sorpresas. No todas, afortunadamente, desagradables.

Si no tienes que conocer la historia que hay detrás, es que el relato ha funcionado, al menos contigo, Mar.

Abrazos al por mayor.

Xesc dijo...

Y eso que debí dejarlo reposar para que cada parte adquiriera su relevancia. En la primera lectura me enredé en el plástico, lo reconozco. Hoy, reposado, me sentí arropado por un edredón, rojo o no.

Abrazos

Maite dijo...

Pura poesía, Lola, se nota cuando un texto lleva un sentimiento tan intenso como el del homenaje que pretendes y consigues hacer. Me encanta la imagen final y la frase que el pone el broche, con esa vuelta al amanecer. Besos.

Lola Sanabria dijo...

¡Qué bien que te sintieras arropado, Xesc! Me gusta la imagen.

Gracias por ver que la fuerza de este relato reside en el sentimiento, Maite.

Abrazos a pares.