21/2/11

ROSAS Y MARGARITAS


Mamá me llevaba a todas partes. Yo era una sombra amarrada a su tobillo, del que no podía soltarme, ni de día ni de noche. Ella se movía por las habitaciones del hotel con el aspirador, el cubo y la fregona, con un apéndice gritón. Nunca puso freno a mis voces, ni a los tirones que daba de su vestido. Tampoco se quejaba cuando le hacía un nudo en el delantal para llamar su atención. Lo importante era que no me alejara de ella. Yo la observaba todos los días frente al espejo de la habitación más grande del hotel, sacándose el guante de látex de su mano derecha, mientras tarareaba y movía las caderas y giraba, llevándome en volandas. Pero cuando el último recuerdo se borró de la memoria de la gran Rita, mamá se quedó en blanco y nunca más hubo representaciones frente al espejo.

Yo no discernía entre el tú y el yo. Para mí era nosotras. Y cuando vino la señora del Ayuntamiento y preguntó cómo me llamaba, contesté sin dudarlo: Rosa y Margarita. Al separarme de Rosa, no supe qué hacer ni a dónde ir. Porque era Rosa la que dirigía mis pasos. Así que me quedé varada en el cuarto al que me llevaron, sin mover los pies. Sólo las manos actuaban por su cuenta. Una goma elástica entre los dedos que trenzaba y destrenzaba sin descanso.

Después de un tiempo, me sacaron del cuarto, y me llevaron a un despacho frente a un señor que me hacía preguntas absurdas. Bajé los ojos y lo vi sobre la mesa, encuadrado con una señora a su derecha, y una niña y su réplica con una sonrisa rayada por un hierro, tapándoles medio cuerpo al señor y a la señora. La niña me fue dictando los síes y los noes y contesté al señor hasta que se debió de cansar y soltó aire y movió una mano hacia fuera para que me retirara.

De mamá no supe nada hasta el día en que me llevaron a verla. Me acerqué, y ni se movió de la silla. Miraba al infinito con una sonrisa boba. Estuve sentada frente a sus ojos que veían más allá de la pared, sin decir nada, hasta que la señorita que me acompañaba tiró de mí. Me llevé la sombra de mamá agarrada a mi tobillo. Era ligera y muy flexible. Si levantaba la pierna, ella se quedaba colgando como una mancha. Si giraba el pie, ella se desplazaba. Hasta que ganó confianza y comenzó a moverse por su cuenta. Al poco tiempo, me llevaron de nuevo al despacho del señor de las preguntas y éste me dijo que mamá ya no estaba entre nosotros, que ya no tenía mamá. No dije nada, pero mamá se retorció en el suelo de risa.

De aquellos años guardo el recuerdo de un espejo con tirabuzones de nata alrededor, donde me desdoblaba, como hacía mamá en la habitación grande. Unas veces era Rosa y otras Margarita. Unas veces reía y otras lloraba. Sobre la cama, girando la muñeca, mirando por la ventana, tumbada en el suelo, iban desdoblándose Rosas y Margaritas, como esos monigotes que se recortan de un papel doblado muchas veces y luego se estiran. Sólo que cada una de ellas era única aunque parecida. Se movían distinto, pensaban distinto, hablaban distinto.

Cuando llevaba varios años allí, llegó un señor que fumaba en pipa, seguido de un joven con una cámara. Pasó por el comedor a la hora del desayuno y paseó entre las mesas, con el joven detrás. Se detuvo a mi lado. Yo bebía mi leche y mojaba las galletas. De vez en cuando paraba y le ofrecía a una de las Rosas o de las Margaritas, y ellas decían sí o la rechazaban. El de la pipa anduvo toda la mañana pegado a mí, como si fuera mi otra sombra y el de la cámara como la sombra del señor de la pipa. No me molestaban. Ya estaba acostumbrada a que las demás chicas me siguieran y se rieran de mis conversaciones con mis Rosas y mis Margaritas. Así que continué hablando y moviéndome como si ellos no existieran.

Al día siguiente, volvieron a llevarme al señor de las preguntas y éste me dijo que si quería ser actriz. Yo no quería ser nada, pero me pareció que debía decir que sí porque hablaba de hoteles y dinero y joyas y pieles, y mi mamá siempre dijo que eso era lo mejor del mundo y que si yo no hubiera nacido, ella habría sido tan buena actriz como la gran Rita y habría vivido siempre en la suite de las estrellas, que era la que más le gustaba. Me llevé a las Rosas y Margaritas y ahora, todas las noches van al teatro y hablan y se mueven libremente en el escenario. Luego vienen los aplausos, los bombones y las flores y hay una gran fiesta en el camerino.

El señor que se ocupa de mis cosas dice que puedo tener una casa para mí sola, una gran casa con todo lo que yo quiera, pero yo lo que quiero es volver todas las noches al hotel de mi mamá, subir a la suite de las estrellas, desnudarme frente al espejo, y dejar que salgan todas las Rosas y Margaritas.

18 comentarios:

AGUS dijo...

Una historia fantástica de amores y sueños entre una madre y su hija. Me ha encantado como la niña agarrada a su madre se acaba al final convirtiendo (con la madre agarrada a ella) en todo aquello que soñaba su propia madre. Y como la madre no muere, sino que se proyecta mediante el sueño de la propia hija. Y por el camino dos historias paralelas: el desdoblamiento madre-actriz y la relación de la hija con el hombre que quiere convertirla en estrella, pero que pretende lo que pretende. Dos historias que por sí solas ya tienen suficiente entidad y empaque. Y todo recreado en aquella atmósfera de antaño en la que las niñas que querían ser artistas venían de los pueblos a la capital, siempre acompañadas por sus madres como si fueran ambas un todo indivisible. Reflejas muy bien el contraste entre ambos mundos mediante la figura inocente de la hija. Pero incluso también el propio mundo que existe entre la vida y de la muerte. Es un relato lleno de matices, construido a base de pequeños gestos, para disfrutar. Gracias por el regalo, Lola.

Abrazos.

Lola Sanabria dijo...

¡Cómo te lo curras, Agus! Gracias a ti que dejas unos comentarios para quitarse el sombrero.

Besos y más.

Juan Leante dijo...

Cuantas historias se podrían contar sobre los legados que los hijos, unos más y otros menos, recogemos de los padres, unas veces para bien y otras no tanto. Y para muestra este precioso botón que nos regalas.
Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, compañero. Para regalo el tuyo poniendo los puntos sobre las íes.

Besos triples.

Patricia dijo...

Creo que todas las mujeres, para bien o para mal, llavamos a nuestra mamá a cuestas. Más aún cuando ella ya no está. Y es como vos lo describís: una sombra amable, dulce, acogedora. Somos nosotras mismas pero también somos ella.
La prosa exquisita y el final amable de este cuento se agradecen.

Un beso

Lola Sanabria dijo...

Muchas gracias Patricia por pasarte. Tú sí que eres amable.

Besos triples.

Maite dijo...

Tus relatos, siempre cuidados en su prosa, y medidos a la perfección en el sentimiento, reflejan madres e hijas de antaño, esas que no cortaban su cordón umbilical hasta estar seguras de que las alas eran lo suficientemente grandes y expertas como para saber volar. Muestras una historia tierna de principio a fin, y, como dice Agus, llena de matices, donde la madre es prolongación en la hija, y la hija en la madre. Un desdoblamiento genial. Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias Maite, aunque yo no estoy tan segura de que se trate de hijas y madres de antaño.

Besos al cubo.

Torcuato dijo...

Como siempre, Lola, tus cuentos son una maravilla.
De este destaco que las víctimas son siempre los seres más débiles e inocentes y que los que se supone tienen que velar por ellos, son buitres, o peor aún, la carroña que se comen. En resumen: Puto sistema.

Escribes muy bien desde la perspectiva infantil.

Besos.

Manuel dijo...

Me ha llevado a un mundo de delirio y cambios de enfoques. Es como meterse en una cámara de miles de espejos.

Lola Sanabria dijo...

Muy buena tu perspectiva, Tor.

Fantástica la visión de los espejos, Manuel.


Besos agradecidos para ambos.

Nenúfar dijo...

En el relato observo que: el apego desmesurado de la hija a la madre lleva a la niña a no tener conciencia clara de su propia individualidad. Integra en un solo cuerpo dos personalidades diferentes. Ambas se comunican sin miedo ni ocultación, provocando en ajenos esa mirada extrañada y esa mofa hiriente que se dirige a los que llamamos locos.
Con esta unión la hija mantiene viva a su madre, convive con ella y, posteriormente, realiza su sueño.
Por otro lado, el desdoblamiento, excéntrico fuera del escenario, es sublime en él y, para Margarita, disfrutable siempre, sobre todo frente al espejo (¡cómo me gusta el recuerdo de ese espejo con tirabuzones de nata!)

Lola, cuando mencionas sus nombres, me imagino un montón de rosas y margaritas que van brotando de la nada y revoloteando sin cesar.


Un renovado abrazo.

Lola Sanabria dijo...

¡Ay, Nenúfar,qué mirada tan atenta tienes!

Besos de nata.

Mónica Ortelli dijo...

Hermosísimo relato, Lola. Disfrutable por la dosis justa de ternura y desencanto y ese final tan mágico como sacado de una galera. Me hizo pensar en la múltiples voces que nos habitan y las diversas formas que existen para 'legalizarlas' sin ser alienados, como escribirlas o actuarlas, por ejemplo.
A vos te va muy bien la voz infantil, Lola; sabés sacar a la niña llevas dentro.
Abrazos a las dos.

Mónica Ortelli dijo...

Otra vez yo, Lola. Y permitíme una sugerencia con la mejor buena onda: este hermoso relato merece otro título. DEsdoblamiento es un título anticipatorio, o explicativo, pone en guardia al lector, cuando eso no es necesario. Además es muy frío. Creo que los nombres de las dos flores le irían muy bien.

Lola Sanabria dijo...

Hola, Mónica, me alegro mucho de leer tu punto de vista sobre el relato. En cuanto al nombre, creo que sí, que tal vez le venga mejor el de Rosa y Margarita. A ver.


Besos agradecidos.

Mónica Ortelli dijo...

Pues ha quedado precioso. Agradezco que hayas sido tan considerada con mi opinión.
Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias a ti, Mónica, por darme la idea.

Besos, más.