20/5/10



VUELO SIN RETORNO

No dije que lo sabía. Porque nunca me creyeron. Porque se retiraban a mi paso. Porque era la comidilla del barrio. Porque decían que acabaría en un manicomio como mi madre. Porque esta vez no corría ningún riesgo de vivir el resto de mi vida con remordimientos. Dejé a mi hermana en el hospital y fui a despedirlo al aeropuerto agitando mi pañuelo mojado de llanto.
VIOLETAS
No dije que lo sabía cuando me habló de las poesías. Ella enhebra la aguja en silencio, con las gafas en el despeñadero de la nariz. Yo la miro, a hurtadillas, por encima del periódico. Sorbe una lágrima rebelde. Parpadea. También a mí me gustaría llorar, pero no puedo. Se queda un momento extasiada con la polilla que busca la luz del farol. También a mí me gustaría soñar, pero no sé. Deja prendida la aguja en el bajo de los pantalones, se levanta y camina por el corredor hacia la cocina. Levanta la mano derecha y acaricia, al paso, el ramito de violetas.


13/5/10


SOLEDADES

La mujer de la foto sonreía mostrando una dentadura perfecta. Recortó la sonrisa y la pegó en el óvalo de la cara. Encontró la nariz perfecta, los ojos que prometían, el pelo enredadera, los brazos amorosos, el pecho acogedor, la cintura delicada, las caderas poderosas, las piernas kilométricas. Le quedó una composición maravillosa. La adjuntó en un archivo y escribió en el cuerpo del correo: “En cuanto me mandes el dinero, vuelo a conocerte, mi amor. Tuya: Natacha”, y dio a enviar. Esperó respuesta mientras se mordisqueaba el bigote.

MUÑECAS
La mujer de la foto sonreía, feliz, a la cámara. Él siempre le decía: “Tienes una mandíbula poderosa. Un buen armazón para conseguir una bella imagen". Y medía sus facciones, y las reconstruía en un molde de escayola. Luego se las mostraba a ella. Y más tarde las retocaba hasta conseguir una máscara perfecta. Años de insistencia para convencerla. Desde entonces ella mira el mundo a través de las ranuras de la persiana echada. Él la ducha, la viste, la peina y le da de comer el puré, sentada en la mecedora al lado de las otras.



6/5/10



IMPRESIONISMO

Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared, estuvo de pie, en el suelo, contra los ladrillos del desván. Suspirábamos, melancólicos, añorando sus colores azules y blancos, cómo iluminaba el comedor, la alegría con la que nos sentábamos a comer a la mesa. Mi marido dijo que había sellado hasta el último poro, que no había peligro de otro escape. Hemos pasado el día mirándola, colgada, recta, de una alcayata. Es noche cerrada y la pintura se está desangrando. No deja de caer agua de mar por una esquina. A mí me llega a la barbilla. A la niña hace rato que no la oigo.
130
Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared sobre la rinconera, tuvimos nuestras dudas, pero ha encogido mucho y es un estorbo con el que siempre tropezamos. Ahora el abuelo no está, que era el único que se oponía. ¡Menudo escándalo montó la otra vez!. Pero ella se encuentra bien ahí, frente al televisor para que se distraiga con las telenovelas. Además, da pocos gastos, come como un pajarito y cuando tenemos que viajar, la metemos en una caja de cartón perforado con la punta de un bolígrafo, y cabe en cualquier sitio. Mejor con su familia que en una residencia.

23/4/10

INCLUIDO EN EL LIBRO DE LOS MEJORES HIPERBREVES DE MOVISTAR




Cuando el abuelo se fue, me quedé huérfano de cuentos y dejé de crecer. Mamá cree en el poder curativo de las vitaminas, yo en el del prospecto.






http://www.bubok.com/libros/172974/IV-Concurso-de-Relatos-Hiperbreves-Movistar,

22/4/10


INCOMPATIBILIDAD


La de los días de lluvia, esa es la que quiero.
Cuando luce el sol, se pone el vestido escotado y las sandalias plateadas, agarra el bolso y me deja solo todo el día, con un vaso de leche y una manzana sobre la mesilla.
Cuando llueve, le cuesta levantarse. Camina arrastrando los pies, con el pelo enmarañado tapándole la cara. A mediodía me trae sopa. Luego se mete en la cama y se abraza a mi cuerpo. Yo busco sus programas favoritos en la televisión para que se distraiga.
Hace días que no para de llover. Ella reza, mirando al cielo. Yo también rezo.

DUELO


La de los días de lluvia, verde, de cazador furtivo, que me cubrió mientras la esperaba a la salida del instituto. La de los días de sol, roja, de Supermán, que lucí en la fiesta de la primavera. La de los días de hielo, negra como boca de lobo, que envolvió mi desvarío cuando ella se marchó. La de los días de niebla, blanca, sudario empapado de dolor. Desnudo, encerrado en mi habitación, las oigo pelear, destrozarse a dentelladas, dentro del armario.

19/4/10

EL MUNDO POR MONTERA (Relatos en Cadena)




Cubría el espejo con su pañuelo de seda. Uno de esos regalos que nunca usé. Lo adiviné nada más ver la cara de Asira, cómo bajó los ojos cuando pasé al lado de su tenderete en el Paseo Marítimo. Entonces supe de las traiciones de mi recién estrenado marido. Desde ese día no quise mirarme en ningún espejo. Huía de mi reflejo en los escaparates. Porque el encuentro con mi imagen me avergonzaba. La última vez que lo hice fue esa tarde al volver a casa. Descubrí mis dientes torcidos, mi pecho plano, las piernas sin forma, el pelo sin brillo. Renegué de mí. Él no dejaba de traerme regalos como si yo no supiera el significado. Porque o bien los compraba a cambio de favores, o la culpa lo llevaba a pagar por ello.
Con el tiempo se le adormeció la conciencia, si es que alguna vez la tuvo, y yo me acostumbré a esperarlo con el plato de cocido en la mesa, convencida de que era lo único que podía hacer. Tal vez yo no fuera lo suficiente buena para él, me repetía una y otra vez en mis paseos cada atardecer. Así que acepté las veleidades de mi marido como quien acepta una condena, un castigo merecido sin saber por qué. A veces sentía como si un puño me golpeara el pecho mientras el agua del mar se iba retirando de la playa. Era como si algo muriera dentro de mí un poquito más, como si cada día se cobrara un pedazo de sueño.
Pero conocí a Rosa en uno de mis paseos y todo cambió. Estaba de paso. Era, como dijo, ave migratoria. Vendía collares, pulseras y anillos hechos con huesos de fruta. Me paré y estuve mirando.
- ¡Llévate este!- dijo.
- No, gracias. Esto es para gente joven y guapa- dije dando unos pasos atrás.
- ¿Quién dice que no lo eres?- preguntó muy seria.
- Nadie. Buen... no sé, me veo así...- contesté con un balbuceo.
Entonces ella colgó un collar de mi cuello y me hizo mirarme en un espejo pequeño.
- ¡Guapísima!- dijo con tanta firmeza que yo me lo creí.
Me regaló el collar y el espejo.
He vuelto a verla todas las tardes. Con ella he aprendido a reír de nuevo, a ver la gracia de mis dientes montados, de mis pechos pequeños, de mi cuerpo delgado. He quitado el pañuelo del espejo de mi casa. Me gusta mirarme en él cada atardecer, cada mañana. Ahora me siento bien dentro de mi piel.
Termino de guardar la última falda y cierro la maleta. Son las cinco de la tarde. Salgo de casa y cierro la puerta despacio, sin hacer ruido. Rosa me espera.

15/4/10





DESIDIA

"Mañana va a llover". Siempre con evasivas. Si ya lo decía mi madre. Ocho años “hablando” y bajo amenaza de dejarlo, pasó por la vicaría. Nació Carlitos de la pereza que le daba ponerse el condón. Después se quedó en el paro. Así llevamos otros siete años. Yo, deslomada, y él sin dar palo al agua. En cuanto le digo que salga a buscar trabajo, me sale con otra cosa. Lo último que hice por él fue guardarle la ropa y cerrar la cremallera. Pero ahí sigue desde hace semanas, sentado en su sillón, con los calcetines sucios y la maleta en la puerta.

GOLOSINAS

- Mañana va a llover. Caerán del cielo ositos y fresas.
- ¿Y garrotes de caramelo?
- No. Harían chichones a los niños.
- ¿Podré verlo?
- Sabes que no, cariño.
- ¡Pero quiero salir a la calle!
- No puede ser.
- Al patio.
- Tampoco, el sol te quemaría.
- Si llueve, no hay sol. Lo dicen en la televisión.
- En la televisión, mienten.
- No te creo.
- ¿Quieres volver al sótano?
- No.
- Buena chica. Mañana te traeré una bolsa con lluvia de gominolas.
- Gracias, señor.
- ¿Me llamas señor? ¿Qué se dice?
- Gracias, papá.

PREMONICIÓN

“Mañana va a llover”, le dice el abuelo a la abuela mientras se soba la rodilla izquierda. Y llueve a cántaros. “La Justa tendrá gemelos”, asegura, rascándose ambos brazos. Y hay doble bautizo. “Al Pedro le ronda la muerte”, vaticina con una mano en el pecho. Y al poco tocan a difunto las campanas de la iglesia. Hace días que el abuelo no sale de casa para echar con los amigos la partida de cartas. Se sienta al lado de la abuela, en el corredor, entre las macetas. Ella hace ganchillo y él se acaricia el lado corazón sin dejar de mirarla de reojo.

8/4/10


ÉL


Seguimos sin hablarnos cuando él también la dejó, y después de morir nuestros padres. Escuchando el cacharreo en la cocina que compartimos, el arrastre de una silla, el sonido acolchado de las zapatillas, cada vez más cansado, por el pasillo. Pero ha vuelto. Y lo han dejado en un ángulo oscuro. A él, que tanto le gustaba el sol. Bajo un montón de tierra que aparenta un cuerpo amorfo. A él, que exhibía sus músculos con ajustadas camisetas. Coronado por una cruz desvencijada. A él, que amaba el arte. “Tenemos que hablar”, le he dicho. Y ella ha estado de acuerdo.

4/4/10



SOLEDAD

¡Imbéciles! Sonríen para la foto, con la espada sobre los muñecos de azúcar. Una capa gruesa de maquillaje no consigue cubrir el ataque de pánico de Marisa. Pobre, pronto estará hecha una birria, sin tiempo para arreglarse, limpiando mocos todo el día. Y a Lucas, la nuez le sube y le baja, ruidosa, sobre la pajarita. El contrato que va a firmar, lleva grapadas una hipoteca y una ristra de facturas de pañales y ortodoncias. Cortan la tarta, se besan y beben champán. Levanto mi copa y busco a mi alrededor. No encuentro a nadie con quien brindar. Me da llorona.

SOBORNO

¡Imbéciles! Se remueven inquietos en sus asientos. Anhelantes. Con las aletas de la nariz hiperventilando. Menos Mengual, que disimula. Pero no han podido superar mi oferta. El dinero le sobra, y hace tiempo que no necesita intercambio de favores. Se disponen a abrir la plica. Yo también me preparo para salir. Incluso doy un paso hacia delante. Sin embargo es Mengual quien abandona su sito para recoger el premio. Entonces sorprendo el guiño del portavoz del jurado a la rubia que aplaude al lado del asiento vacío. Tengo que reconocer que la mujer de Mengual tiene mejores piernas que mi Rocío.


FATALIDAD

¡Imbéciles!, esos ricachones. Me quedé sin trabajo y mi marido entre los prescindibles para la próxima reestructuración. Peluquería, maquillaje, cena... Gastamos nuestros ahorros para agasajar al jefe. Y va el idiota del mercedes y me embiste por detrás. Con esa nariz de buitre. No pude contenerme. “¡Pajarraco!”, le grité al bajarme, despeinada, con las medias y un tacón rotos. “¡Estúpida!”, me increpó él mientras yo buscaba mis papeles en la guantera del Clío. Y llego a casa y me encuentro a mi marido dándole coba al pajarraco. No recuerdo qué pasó. El abogado de oficio aconseja que me haga la loca.

18/3/10


ALMA EN PENA

Prisionero de su esfera, negro, brillante, lleno de vida; el caracolillo. Respirando sobre el escote en pico de Magdalena. Vestida de viuda eterna. Manosea entre sus dedos el relicario con mi rizo, cuando viene a visitarme, puntual, cada dos de noviembre, al destierro de los suicidas, y me dice mientras enseña con una sonrisa su colmillo derecho, montado y retorcido sobre la paleta: “Siempre estarás conmigo, Roberto”. Pero últimamente noto un cosquilleo de brisa entre los dedos de mi pie izquierdo. Quizá se lleve una sorpresa en su próxima visita.


MERODEADORES

Prisionero de su esfera de poder, contribuyente activo de la sociedad en la que vive, rebosan de su armario los trajes, las camisas y zapatos hechos a medida, los billeteros abultados de piel de serpiente y las joyas exclusivas. Y tiene a su servicio, a un desconocido con guantes blancos que le cepilla el frac antes de ir a una gala donde pasan el cepillo que engorda sus cuentas. Pero cuando llega la noche se remueve, inquieto, en su colchón de plumas. No puede dormir. Hace tiempo que los oye merodear, fuera.


DIÓGENES

Prisionero de su esfera de cristal opaco, como polilla de alas quemadas por la luz, golpeándose contra el cristal de la lámpara. Va pisando las pulpas, debilitado, borracho con los efluvios acres y dulzones, pero no quiere dejarse caer en el pasillo, ni en la cocina, tampoco en el baño. Pasa por el salón, sorteando una montaña de tinta y papel, vendimiando bolsas, deshechas, negras, donde crujen los caparazones de los insectos que se multiplican. Desfallecido, llega a la habitación, y se tumba en la cama junto a los huesos sepultados por tirabuzones resecos. Porque a ella siempre le gustó el zumo de naranja.

17/3/10

GRAMOS DE FELICIDAD (INCLUIDO EN EL LIBRO "CUENTOS ALÍGEROS")



El otro día tocaba revisión médica. Con los tubos de flujos y materias internas en mano, entré en un vagón del metro donde soporté mal el exceso de personas. Como una lombriz de tierra, el convoy se deslizó por túneles y más túneles hasta llegar a la estación. Ya llegas, aguanta, me dije, a punto de desmayarme. Pero no, quedaba recorrer medio Madrid perforado. Subí escaleras, las bajé, anduve pasillos interminables, bordeé andenes y al final salí a la calle. Ya está, un poco más y podrás tomarte esa taza de café con la que sueñas. Pero no, en la clínica me esperaba otro exceso de personas para la analítica, para el electrocardiograma, para la audiometría, para la visión, para pesarte, medirte; para todo. El café y las tostadas con tomate, ajo y aceite de oliva, con que me desayuné después, me parecieron un lujo.

11/3/10


CONTROL

Ese tic tac que escuchamos hace rato ahí arriba, acabará por detectarnos. Cuestión de tiempo. Hemos aguantado mucho, conteniéndonos, siempre conteniéndonos. Antes, ellos dejaban que nos extinguiéramos de puro viejos, pero ya no. Un grito, sólo uno, fue suficiente para que se erigieran en dioses y decidieran acabar con nosotros. Les da miedo que no puedan controlarnos del todo. Comienzan los temblores, el llanto ahogado, las toses... bajo esta enorme manta donde nos hemos refugiado, entre bolitas de poliestireno. Pronto estarán ante la puerta del sótano y el detector se acelerará con nuestros sonidos de humanos.

CÁRCELES PARA MUJERES

Ese tic tac que escuchamos hace rato, con los años ha crecido como un latido ensordecedor. Antes apenas nos dábamos cuenta. El salto de las agujas era canción de cuna. Es como cuando se lanza una piedra al río. Ondas expansivas que amenazan con aniquilarnos. Él dice que pasará pronto, que nos adaptaremos como murciélagos a nuestra confortable cueva. Casi no oímos. Casi no vemos. Casi no olemos. Casi no tocamos. Casi no saboreamos. Casi no somos. Podemos quedarnos aquí, arropadas, entre sedas y almohadones, o salir a la calle. Yo, al menos, no esperaré a oír ni un sólo tic tac más de este reloj perverso.

LA ESPERA

Ese tic tac que escuchamos hace rato en el silencio de la casa, acompaña nuestro insomnio. Cuando creo que él ha caído rendido, me levanto y camino descalza para no despertarlo. Me paro un momento ante la puerta con la señal de prohibido, luego paso de largo y llego a la cocina. Abro el frigorífico y saco la leche. Caliento un vaso en el microondas y mientras lo bebo a pequeños sorbos, miro a través de la ventana el porche y la calle que se pierde en una curva. Entonces siento sus brazos rodear mi cintura. Y nos quedamos los dos mirando esa calle vacía.

6/3/10

LA PEQUEÑA






Caminaba todas las tardes con un nido de gracia en el hueco de sus caderas. El cántaro de agua sobre el rodete de su cabeza y una nube de muchachos deseando perderse en el calor de sus piernas. Morena, de pelo largo trenzado hasta la cintura, la piel tostada por soles de años de vendimia, detenía a sus admiradores con el poder de su mirada. Los domingos, tiznaba el contorno de sus ojos con un carboncillo y dibujaba un corazón rojo en sus labios. Un suéter de cuello de barco, falda de tubo, marcando un culo prieto y respingón, levantado sobre unos tacones de aguja y un olor a canela la acompañaban hasta el salón donde alternaba el baile con algún mozo que se le apretaba, encendido, cuando tocaban un bolero, con el twist en solitario, descalza, en el centro de un corro que la jaleaba mientras ella subía y bajaba, arremangándose la estrechez de la falda, su cuerpo pequeño y sinuoso. Reía con ganas, mostrando dos dientes grandes y separados que blanqueaban en los paseos de las noches de verano, bajo un cielo azulón corrido de estrellas. "Pide un deseo", le decía su acompañante. Y ella pedía un buen novio.

Aquella manera de mirarla a la cara y rodearle la estrechez de su cintura, trastornó su equilibrio y le fue minando la seguridad, hasta dejar las riendas de su existencia en manos de aquel tratante de ganado que se cruzó un día en su camino a la fuente. Achicó su alma en los cuatro rincones de la casa a donde él la llevó, lejos de su familia. Un dedo, una mano, la flexibilidad de la rodilla al caminar: poco a poco fue perdiendo la propiedad de su cuerpo. "Que te cortes el pelo", ordenaba él, y ella se trasquilaba como las ovejas que él acarreaba de los caminos. "Cúbrete las tetas bien, que no eres una puta", y cruzaba una toquilla de lana sobre la hondura de su respiración. Arrastraba así una caída que la llevó a no reconocerse en aquella mujer que le devolvía una mirada turbia en el espejo. Días de luto, meses dentro de una mortaja de pasión antigua, años desdibujándose, hasta moverse como una sombra de contornos indefinidos a la que nadie miraba al pasar por la calle.

Lo trajo él. Dijo que necesitaba que le ayudara a trasladar unas ovejas. Era alto, fuerte, miraba con pasión y trataba con ternura a los animales. Dormía y comía en la casa, a la espera de que el cielo se cerrara y pudieran mover el rebaño. Miradas de fuego y roces de seda, y ella volvió a palpar un cuerpo y una risa arrebatados. "Pide un deseo", y en las noches cargadas de agua, ella pedía a las estrellas ocultas por las nubes, días interminables de lluvia. Y el campo siguió mojándose mientras alimentaba un nuevo ser en su interior que iba creciendo y se hacía fuerte y hermoso. Un día no necesitó más lluvias y pidió soles que secaron sus lágrimas. Entró de nuevo, de la mano de aquel hombre, al camino de la vida.

4/3/10


VESTUARIOS

“Entonces es martes, seguro, por lógica. Nos escondimos aquí para evitar a las cotillas de las Torquemada, ¿recuerdas?. Eso fue el lunes por la tarde. Debimos quedarnos dormidas”.
- Pero tanto silencio... No se oye el hilo musical, ni el parloteo de las dependientas.
- Es temprano. Aún no habrán abierto.
- ¡Salgamos!
- Tú primero.
- Adelántate tú que ves mejor.
- Hay tiempo.
- ¿No hueles a quemado?
- Un poco, sí.
- ¡Tu pelo!
- ¡Y el tuyo!
- ¿Salimos?
- Hay tiempo.

SIN RUMBO NI NORTE

"Entonces es martes, seguro, por lógica”. También sabía la hora exacta por el recorrido del sol. El mes, por las espigas del sembrado, las aceitunas del olivo, las nueces del nogal. El año, según lluvias y sequías. Pero cuando unas placas de hielo gris cubrieron el cielo para siempre, y el suelo se volvió estéril, perdió el norte y no paraba de decir que el fin del mundo estaba cerca. Entonces mis padres metieron naftalina en sus bolsillos, lo enrollaron bien, lo ataron con una cuerda, y lo dejaron en un rincón del desván. De vez en cuando, lo sacan al patio para que se airee.

EL JUEGO

Entonces es martes, seguro, por lógica; día de pasar visita en el hospital. Me esperan la bata blanca y los locos de siempre a por sus recetas. Dejo de patear el andén, arriba y abajo. Tengo delante una cabeza rapada, otras con coleta, media melena, con rizos, sin rizos... Cazadora, blazer, abrigo... Pantalón, falda... Zapatos planos, de tacones, deportivas... Elijo a la chica de la coleta rubia, cazadora negra, pantalón vaquero y zapatillas. El tren asoma el morro por el túnel. Unos pasos, y me pego a ella. Acaricio su espalda con el dorso de la mano. Gira la cabeza y mírame; si sonríes, te perdono.

20/2/10

Para mi momo querida, que cumple un año más de vida para seguir disfrutando de su amistad.

CAFÉ Y PALMERA DE CHOCOLATE


Siete de la mañana. Suena el despertador. Comienza a clarear el día. Se levanta y se ducha. Camiseta, chándal, calcetines gruesos, deportivas, chaleco de lana, anorak, bufanda y gorro. Llaves y unas monedas en el monedero, dentro del bolsillo izquierdo. Algunas más, bailando en el derecho. Siete y media de la mañana. La calle guarda la humedad de la noche. Huele a lluvia. Levanta la cabeza. Cierra los ojos. Respira hondo. El sol, bajo la línea de los edificios, desdibuja las terrazas de luz pálida. Avanza por el paseo. Se cruza con Diego que ha sacado al perro como todos los días. Se detiene un momento y lo acaricia. El padre octogenario regaña a su hijo discapacitado. Dos palomas picotean cerca de la pizzería. A lo lejos ve levantarse un pequeño bulto de un banco. Sonríe. Entra en la cafetería y pide un café bien tirado, de los que a ella le gustan. Se sienta en un taburete y abre el periódico. Resbalan los titulares ante sus ojos, como gelatina entre los dedos, sin retener una sola noticia, atenta a la puerta. Ocho de la mañana. Un soplo de aire frío la avisa. Se acomoda mejor. Mete la mano derecha en el bolsillo del anorak y deja la cremallera abierta. Da un sorbo al café. Oculta la cabeza entre las hojas del periódico mientras siente el calor en su costado. Sonríe. Espera y se vuelve a tiempo de verlo cerrar la puerta tras de sí. Termina el café, mete la mano en el bolsillo de la derecha, comprueba. Busca en el bolsillo de la izquierda el monedero. Paga y vuelve a la calle con el periódico debajo del brazo. Sentado en el banco, al lado de los cartones, él da grandes mordiscos a su palmera de chocolate, sujetándola fuerte con su mano derecha, pequeña y sucia. Sus miradas se cruzan cuando ella pasa a su lado. Se detiene ante el portal, saca la llave y la introduce en la cerradura. Antes de perderse en el interior, vuelve la cabeza y lo ve estirar los brazos hacia arriba, desperezándose, satisfecho, lleno de vida.

18/2/10


LA FAMILIA

“Por cierto, ¿hoy es domingo?”. María se toma su tiempo. Pasa el camisón por los brazos en alto de Encarna antes de contestarle.
- No, cariño, aún no.
- Entonces ¿qué día es hoy?
- Hoy es viernes.
- Estoy perdiendo la cabeza.
- No, cariño, te confundes porque aquí todos los días son iguales- la tranquiliza María mientras la ayuda a meterse en la cama.
- Gracias, hija.
Cuando María sale del cuarto, Encarna abre el cajón de la mesilla, saca un almanaque y un bolígrafo, tacha la fecha en rojo y escribe al lado: Sin visitas.


EL SÉPTIMO DÍA

"Por cierto, ¿hoy es domingo, día de descanso?", dijo con un tonito que no me gustó. Me había despertado con el ruido del aspirador; luego quemó mis tostadas; más adelante me pasó la fregona por las zapatillas. Y por último aquella pregunta estúpida. La miré de arriba abajo. Estaba patética con el pañuelo anudado a la cabeza, el delantal de volantes y el trapo en la mano. “¿Acaso me ves trabajando?”, le dije, impaciente, antes de abrir el periódico por la sección de deportes. Y al poco escuché el portazo. No tiene adónde ir; volverá enseguida, seguro. ¿Alguna voluntaria para prepararme la cena mientras tanto?

11/2/10

ESLABONES ROTOS


CAMPEÓN

“¡Acelera!”, me grita al pasar por su lado. Como cuando yo tenía diez años. Él levantaba el capó y ordenaba: “¡Acelera!”, y yo pisaba el pedal. Todos colaborábamos en el negocio familiar. “!Acelera!”. Llevo una vuelta de ventaja, ¿por qué sigue gritando? El taller mecánico, la grasa y la bayeta, esos fueron mis amigos. Corría para desentumecerme cuando él echaba el cierre, hasta caer agotado. “¡Acelera!”. ¡Otra vez!. Su mujer, su taller, sus coches, su hijo... ¡su carrera!. Me detengo, me doblo, pongo las manos sobre las rodillas, y dejo pasar. El ganador levanta los brazos al cruzar la meta.


ESOS ANGELITOS

"¡Acelera, señor conductor!". Le iba a estallar la cabeza. “¡Hazlos callar”, ordenó al copiloto.
- ¡Callaos de una vez!.
- Se han enfadado- dijo el pequeño Tomás.
- Será por el moco en el pantalón- apuntó Dani, el pelirrojo.
- El vómito en los zapatos- opinó Verónica, la rubia.
- O el chicle en el pelo- sugirió Luis, el pecoso.
- ¡Cantémosles una canción- dijo Marta, la larguirucha.
- Un elefante, se balanceaba...- corearon todos.
El hombre aparcó el vehículo. Antes de largarse, advirtió a su compañero:
- Si planeas otro secuestro de autobús escolar, ni se te ocurra llamarme.


ADRENALINA

“¡Acelera!”, grita una voz interior. Piso el acelerador, sorteando coches que chillan, desesperados, como ratas histéricas. Guiñan sus ojos, se echan a un lado. Piso a fondo. Chirridos de frenos. Golpes que dejo atrás hasta la salida. Paro en el arcén. Me cambio la camisa empapada. Paso el peine por mi pelo, luego conduzco despacio a casa. Mi hijo juega en su cuarto. Tristán dormita en la alfombra del salón. Mi mujer está sentada frente al televisor. “Un nuevo muerto en la carretera de la Coruña, víctima del conductor suicida”. Me da un beso y añade: “Hay cada loco ahí afuera”.

5/2/10

ALGUNOS ESLABONES ROTOS










CELESTINA EN EL JARDÍN DEL EDÉN

“Aquí vinimos a descansar, a tumbarnos a la bartola. No pienso ganar el pan con el sudor de mi frente”, respondió él. El olvido de las gafas para ver el futuro, había sido un error fatal. “¿Y tú qué dices?”, le preguntó a ella. “Conmigo no cuentes, no pariré a ningún hijo con dolor”. Estaba visto que tampoco iba a colaborar. A no ser... “¿Y con la epidural?”, siseó a su oído. “¿No te gustaría jugar con un querubín?”, la tentó. “¡Pero míralo, tan abúlico!. No podrá”, se quejó ella. “Dale esta pastilla azul con el jugo de frutas, y ya verás cómo funcionará”.

EL BALNEARIO

Aquí vinimos a descansar. Paseos por la playa, baños termales, mascarillas de barro, comida sana, masajes, algún pasodoble en el salón de baile... conversaciones relajadas, manteles blancos de esquinas ondeadas por la brisa del mar, colores suaves... Podían encajar hasta los guiños y notitas. Pero mira lo que has conseguido en un momento: gritos, carreras, y el mantel perdido de sangre. Que quisieras marcharte con una carcamal como tú, bueno, pero comprenderás Roberto que no iba a consentir que te largaras con la cartilla donde están los ahorros de toda una vida.

VACACIONES

Aquí vinimos a descansar. Hace años íbamos a la playa: Virginia, la niña y yo. Nos hartábamos de sol y agua y volvíamos negros y relajados. Cuando la niña se casó y se fue a vivir a una ciudad costera, comenzamos a pasar las vacaciones en su apartamento. El binomio suegros-yerno nos devolvía a casa más cansados. Después vino la nieta y ahora el nieto. Escapamos de noche, sin avisar, tras diez días de infierno. Virginia se ha encerrado en su despacho. Yo en el mío. Cada uno repantingado en su sillón, con las persianas echadas, el aire acondicionado puesto y los teléfonos desconectados.

31/1/10

CÍRCULO CERRADO ( I Edición de Cuento en Corto)


¿Y si no acabara aquí, en esta mancha de café? No dejo de pasar la mano por el mantel. Si se cortara el círculo, si se borrara un trozo, aunque fuera pequeño, quedaría la media luna. ¿Qué cuesta, qué te cuesta darle a la moviola y rebobinar lo nuestro? Apareceríamos los dos de golpe, como esos niños del almanaque colgado dentro del mostrador. Agarrados de la mano, sonrientes, flotando. Y es sólo porque el suelo es tan oscuro que no se ve dónde pisan. O no pisan. Así estaríamos nosotros, dando vueltas por la Plaza de España, jugando en una nube, alrededor de su fuente. Salpicados por minúsculas gotas de excitación. Aunque tal vez bajaríamos un poco para tocar con la punta del dedo gordo del pie el agua donde una cáscara de pipas transporta una hormiga muerta. ¿Qué te cuesta, di, pasar la goma de nata por el hastío y la rutina? Deja si quieres lo de los niños que nunca fueron. Deja lo del enredo de tus tobillos en otras piernas. Mi desolación pegada al radiador en las madrugadas de espera. Eso es vida y no hay que tocarla. Pero el tictac perverso del tiempo muerto, ese sácalo ¡ya! de nuestras vidas. Y volvamos al anochecer bajo las sábanas, aún dispuestos a seguir, agotados, una, dos, tres; las veces que el deseo nos llamara. Empapados en nuestro jugo. Macerados. Cogería un martillo y rompería ese cacharro infernal para que no lavara nunca nuestro olor. Uno de dos. Único. Doblaríamos las sábanas aún húmedas para guardarlas en el arcón de la entrada.
Te veo trajinando en la cocina. Un cuadrado de pan untado de mantequilla. Y otro. Dentro las lonchas de jamón y queso. Un nuevo olor estampado en los azulejos, chorreando. Sacarías el cuchillo; ahí saldría tu lado matemático. Un corte al bies y dos triángulos perfectos. Cerveza compartida. Risas. Aún. Hasta el último bocado. Hasta la última luz encendida en las farolas de la calle. Nos miraríamos, encogiéndonos de hombros. ¿Y ahora qué? Deambular por la casa. Yo quiero escuchar música, tú ver la televisión. Cada uno en su cuarto. Un relleno de segundos, de minutos, de horas, hasta volver a la cama. A dormir.
El papel se ha roto de tanto pasar la mano por la mancha. Cabeceo, rendida, con una sonrisa amarga, mientras sigo tu espalda vestida de gris, algo encorvada, hasta la puerta, sin hacer algo para detenerte. Siempre hay un círculo, punto y final, que deja una taza de café en el mantel de cualquier bar, de cualquier ciudad.

Círculo cerrado leído por Momo.



18/1/10

Del libro “100 Microrrelatos de Terror, Homenaje a Edgar Allan Poe”

INSTINTO

Había acabado con la última conserva del refugio.
La serpiente se había tragado el último ratón. Lustrosa y grande, tendría para un mes si la racionaba bien. Agarré el machete y levanté el brazo. Estaba hermosa, dormida, enrollada como una concha de caracol. Imaginarme solo el resto de mi corta existencia, bajo la bóveda de hormigón, me hizo abandonar.
No sé cuánto llevamos sin alimento. Yo no puedo ni incorporarme en la cama, en cambio, a ella la oigo arrastrarse. Se detiene, se yergue, saca la lengua y me mira de frente. Debería aceptarlo, pero no puedo. Mi mano, débil y temblorosa, busca el machete sobre la desvencijada mesilla.