2/12/10

REVISTA A-Zeta


LA COLADA DE LOS LUNES

Los lunes había colada. No me cansaba de mirar, desde mi terraza, las prendas íntimas, negras, rojas, blancas y rosas, cogidas con pinzas de colores del tendedero vecino, Al atardecer, como por ensalmo, desaparecían.

La última noche de vacaciones, mis amigos y yo nos armamos de valor y visitamos el lugar prohibido. Elegí a la chiquilla de pelo corto y piernas largas. Se quitó el vestido. Delimitando el vientre plano, las caderas estrechas y los muslos tiernos de niña, descubrí una de aquellas prendas. Intenté tragar saliva. Fue como si un hueso de albaricoque se hubiera atravesado en mi garganta.

AMAGOS

Estoy preparado, dijo. La abuela siguió con el ganchillo. Mamá se fue a la compra. El tío Antonio se despidió hasta el día siguiente. Mi hermano se encerró en la habitación y puso la música a tope. En cambio yo, esta vez creí a papá. Abrí el armario y saqué el traje gris marengo, la camisa blanca, la corbata azul, los calcetines y los zapatos negros. Luego me senté a esperar. Enseguida se le puso cara de muerto.

30/11/10

GANADOR DE CUENTA 140 (la rueda)



El capo era un apasionado de la Biblia. En lugar de un bloque de hormigón, ató a los pies del chivato una rueda de molino.





Y aquí los otros dos que seleccionó:

Mientras las niñas jugaban a la rueda, los niños nos tirábamos al suelo para jugar a las chapas. Y mirar para arriba y verles las bragas.



En la última rueda de reconocimiento, mamá no supo quién era yo. Siempre sospeché que, de sus seis hijos, a mí era al que menos quería
.





29/11/10

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES




El presidente del jurado subió al podio, se caló los anteojos sobre la nariz, rasgó el sobre con un abridor de plata, aclaró la garganta, bebió un trago de agua, tosió y luego dijo con voz alta y clara el título de la obra y el nombre del ganador.


Todos aplaudieron mientras giraban medio cuerpo hacia la mesa que ocupaba el galardonado. Subió al estrado, recibió el trofeo y el cheque, e inició su discurso improvisado.

En una mesa del fondo, el finalista ahogaba su frustración frente a una botella de whisky mientras colocaba su mejor sonrisa para las miradas de reojo de algunos de los asistentes. Después de unos cuantos vasos, estaba considerando que quedar finalista entre miles de participantes era algo muy honroso, cuando se le acercó su amigo del alma, el de toda la vida, aquel con el que había compartido piso, novia y pluma, y le dijo con cara de muchísima pena que sentía mucho que no hubiera ganado. Inmediatamente acusó el golpe, de hecho se tambaleó, de pie como estaba al recibir el abrazo del amigo.

Una vez hubo dejado al finalista, el amigo se apostó cerca de donde terminaba su discurso el ganador y antes de que todos los congregados se lanzaran a darle la enhorabuena, se adelantó él. Abrió sus brazos en cruz, ladeó la cabeza sobre el hombro, compuso su mejor sonrisa y lo acogió contra su pecho. "Escribes muy bien y te lo mereces. Todos sabemos lo que pasa con estos premios, lo del año pasado fue una vergüenza ¡dárselo a un escritor de novelas policiacas! Pero claro, todo está pactado. Ahora, tú te lo mereces. Enhorabuena" Palmeó varias veces la espalda del galardonado se dio media vuelta y salió de la sala, dejando tras de sí una risa espeluznante, como de hiena.


(Este es el inicio de un relato colectivo de otro foro. Como intervinieron varias personas, algunas con las que ya no tengo relación, lo dejo aquí. Parece que la historia se repite. Es cíclico esto de las vanidades de los plumillas, y los ninguneos y los comentarios amargados, y...)

27/11/10

LA CAZA


Debí evitarlo. Y lo intenté. Pero tenía una lengua tierna, ensalivada y dulce. Dejó su rastro por mi cuello y subió a mi boca. Caramelo líquido que envolvió mi labio inferior como una crisálida. Rendida, le franqueé la puerta de entrada a mi casa. Hice mi recorrido nocturno cerrando todas las ventanas. Esfuerzo inútil. Después de la media noche, él se dio cuenta de que los postigos estaban abiertos de par en par y se fue para no volver sino a través de palabras que se liaban en las creencias de las buenas gentes del pueblo y llegaban a mí entrampadas. Se afianzó mi fama y cada vez que las señoras, pañuelo negro anudado al cuello y escapulario morado sobre tetas descolgadas, pasaban delante de mi casa, se santiguaban y aligeraban el paso de sus zapatillas de lonetas reventadas por juanetes. Nadie quiso desde entonces regalarme una caricia ni un beso. Y sin embargo, con el canto del gallo, amanecía entre sábanas arrugadas, con los muslos húmedos de deseo cumplido y la boca sin jugos, como secada por besos.

Dormía desnuda sobre un lecho de telas revueltas cuando escuché una algarabía de viejas plañideras. Me vestí y salí a la calle. Miraban hacia arriba, bajaban las cabezas, se persignaban, pasaban las cuentas de sus rosarios con uñas de luto, lloraban, gemían y clamaban al cielo pidiendo ayuda. Con un ala atrapada entre los cables de la luz, el cuerpo colgando, la cola oscilando entre las patas algo torcidas, un pequeño ser cornudo intentaba alcanzar con una mano de uñas largas y afiladas, los cables para soltarse. Las viejas me recibieron con insultos y escupitajos y tuve que refugiarme dentro de casa. Las oí arengar a los hombres. Escuché sus gritos cuando el diablillo les chamuscó el pelo con llamaradas de agonía. Eso les oí llamarlo, diablillo. Eso dijeron. Sé lo que hicieron con él. Sé lo que piensan hacer conmigo. Salgo al patio. El cielo arde. Bombas incendiarias que corren de un lado a otro, cruzándose en caminos de sangre. Levanto una mano, luego la otra. Doy un salto pequeño, subo unos metros, bajo. Cojo impulso, arriba, más alto, vuelvo a caer. Escucho los golpes en la puerta. Deprisa. Voy hacia la escalera pegada a la pared del pajar. Peldaño a peldaño, llego a la entrada. Doy una patada a la escalera. Los oigo. Están al lado. Veo sus cabezas asomar desde el patio vecino. Él me mira y sonríe torcido. Echa una pierna hacia este lado del muro. Voy a saltar. Cierro los ojos y salto.

25/11/10

ME QUIERES, NO ME QUIERO





Mi madre vivía para la familia. Eso era amor, decía. Planchaba al atardecer, cuando el cielo se iba morado por la loma. Entre ascuas, saliva en el dedo, y algún canturreo, dejaba las camisas blancas sin una arruga. Cuando terminaba ya era de noche y mi padre no había vuelto del café y la partida de cartas con los amigos. Repetían la misma discusión entre las sábanas húmedas de invierno y empapadas en sudor de verano. Yo me tapaba la cabeza con el embozo para no oírlos y me iba quedando dormida con la última entrega de Kit Carson y su amigo Toro, de la sesión matinal del último domingo. Entendía a mi madre. Ella sólo quería que él pasara más tiempo en casa. Eso era amor, repetía. Dejaron de ir juntos al cine: yo en medio, cogida de sus manos, dando saltos, bajando la calle Real mientras las canciones de Antonio Molina nos llegaban cada vez más cerca.

Mi madre se fue un verano. Era solo por un tiempo. Mi padre estaba cada vez más enfermo y no podía sacarnos adelante. “Dos meses de trabajo y vuelvo con dinero para todo el año”. Se fue un día de julio de madrugada y él no dejó de llorar en toda la mañana. Nos quedamos los tres: mi padre, la abuela y yo. Tres vidas que no se encontraban en los rincones de la casa. Cada uno arrastrando su soledad. Yo pasaba la mayor parte del tiempo en la calle. Llegaba de noche y nadie parecía echarme en falta.

Mi padre dejó de hablar y perdió el apetito. Caminaba cada vez con más trabajo. Se apoyaba en un bastón y tardaba mucho en recorrer el trayecto desde nuestra casa al café. En los últimos días de julio, dejó de ir a su partida con los amigos.

A mediados de agosto, el cartero comenzó a traer cartas de mi madre dirigidas a mi padre. No podíamos abrirlas para leerlas. Y él pasaba el tiempo rellenando cuartillas de una raya que arrancaba de mis cuadernos del colegio. Cuando el mes estaba a punto de acabar, ella anunció que volvía y él recuperó el habla y también el apetito.

Unos días antes de su regreso, mi padre me dijo que me pusiera guapa que iba a llevarme al cine. No recuerdo qué película daban pero sí que la actriz era Lana Turner. A mitad de la cinta, lo miré de soslayo: seguía con los ojos encendidos los movimientos de la rubia. Descubrí que, además de mi madre, existía otra mujer para mi padre.

Cuando ella volvió, no dije una palabra de la salida al cine, ni de lo que había descubierto. Era un secreto entre mi padre y yo, aunque él no lo sabía. Mi madre siguió pensando que mi padre no la quería y él, aunque no volvió al café ni a las partidas de cartas, se refugió en la radio y pasaba las horas escuchándola. Pero cuando llegaba la noche y los dos se acostaban, él no dejaba de hablarle, quedo, paciente, intentando convencerla de que no había nadie en el mundo a quien quisiera más. Y yo, desde la cama de mi habitación, corroboraba por lo bajito: “Ni siquiera a Lana Turner”.

23/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO CUENTA 140

Esta es la última vez que colgaré varios. Como sabéis, después de una buena algarada, se ha quedado en que se enviarán los que se quieran pero con un solo nick y él elegirá uno, si es que le gusta. El de la bordadora lo incluyo porque fue el que eligió en un principio y creo que merece estar aquí, aunque luego colgó el de las gallinas como finalista.
Le dijeron que el Cuerpo de Verdugos estaba al completo. Tuvo que hacerse un hueco.


Para verdugo, "la Florera" que mataba gallinas a destajo con un golpe de muñeca.
Su madre ponía siempre la guinda en el pastel. Ella también era detallista: bordaba las capuchas de las condenadas rematándolas con vainica.

19/11/10

INMORTALIDAD (Finalista del concurso de abogados de julio del 2010)

El viejo magistrado sacaba el reloj del bolsillo de su chaleco y le daba cuerda. El viejo magistrado tenía una habitación llena de devoradores de tiempo. El viejo magistrado quería ser inmortal. Pero el tic tac del reloj de pared y el siseo de la arena deslizándose por el hocico pequeño hacia la panza de cristal, eran su condena a muerte. “Polvo eres...” recitaba entre dientes, con los ojos húmedos, antes de golpear con el mazo sobre la mesa. Luego, en la sala reverberaba la última sílaba de su justa sentencia. El viejo magistrado, mi mentor, según el informe médico, murió de viejo. Pero ahora sonríe, sentado en el pequeño sillón forrado de terciopelo rojo, frente a la pequeña mesa de madera, en la diminuta sala de justicia. Aún me falta un fiscal, un miembro del jurado, un asesino en serie, un corrupto... pequeños detalles para completar mi maqueta.

16/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTA 140

 
Al jubilarse como funcionario de correos, el padre instó al hijo a sacar la plaza. Flojo en el estudio,se empleó como correo de un narco.




Él era, ante todo, creyente y caballero. Cumplió su palabra y lo envió para el otro barrio con una carta de recomendación.



12/11/10

INVITACIÓN A LA VIDA


Se fue en silencio, con paso suave, sin riñas. Un golpe de viento cerró puertas y ventanas y dejó la casa a oscuras. Se movía en la penumbra, tanteando la vida. De la cocina a la sala, de la sala al baño, del baño a la habitación. Habitación condenada de tristeza. Dejó de regar y las malas hierbas se tragaron los pensamientos que ella había cultivado.
Quiso sentir su dolor único y no atendió ni al sueño ni al hambre. Se olvidó del jabón y del peine, de la maquinilla de afeitar, de la pasta de dientes. La lavadora con las juntas resecas. El frigorífico vacío y aquel círculo de ketchup que ella dejó en el primer estante. Arrastraba el almohadón por los rincones, acercándolo a la nariz y, cuando el agotamiento lo tumbaba y hundía la cara en el olor de las sábanas, entretenía la angustia repasando con un dedo el nombre bordado mientras sus labios deletreaban: I-N-É-S. Borró la cinta de “Esplendor en la hierba”, de tanto ponerla. Rayó el disco de Blowin’ In The Wind, de tanto escucharla. Rompió las hojas de “El Aleph”, de tanto pasarlas. Días como siglos. Repasaba las cintas, los discos, los libros. Se hartaba. El círculo ennegreció en el estante del frigorífico y el olor de Inés se cubrió con el sudor de su cuerpo.

Amaneció un día un triángulo blanco asomando por la rendija de una ventana. Abrió un poco y una lámina de luz alumbró “El transcantábrico”. Leía entre motas de polvo suspendidas en haces luminosos. Escuchaba. Fuera, la cuerda fustigaba con ritmo la calle.
- Te convido.
- ¿A qué?
- A pan y vino, sopa de cocido, copa de aguardiente, fuerte, fuerte, fuerte...
Abrió un poco más la ventana y vio las trenzas y la falda volar. Apoyado en el quicio de la puerta, mirando de reojo el barrido de la cuerda bajo las suelas de los zapatos, calcetines caídos, palitos de piernas y huesos de rodillas, estaba él o alguien como él. Sonrió, abandonó la habitación, fue hacia el baño, enchufó la maquinilla y comenzó el afeitado.

9/11/10

FINALISTAS DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTA 140

 

 Yo los cazo, los desuello y seco sus pieles; y los chinos las cosen en el taller del sótano. Se venden muy bien estos abriguitos de humanos.


 



 

“¡No pienso guisar más tus pajaritos!”, gritó ella. “No te conviene pensar”, dijo él enrollando un extremo del cinturón en su mano derecha.





5/11/10

ABRACADABRA (Finalista del concurso sobre abogados. Enero 2010)



“El rapto de Europa”, me aclaró don Julián, cuando vio que miraba fascinada el cuadro que colgaba de la pared de su despacho. Mamá sacó los cubos de colores y dijo que los fuera encajando, que enseguida volvía. Luego don Julián la cogió de la mano y, como si se tratara de un mago, la hizo desaparecer con él, detrás de una estantería. Cuando reaparecieron, yo estaba dormida sobre la alfombra. El día del señalamiento para la vista oral, don Julián parecía un cura dando la absolución. Dijo que, a pesar de su vida, mamá era una buena madre y debía quedarme con ella. Hace unos días que mamá me dejó y me quedé sola en el mundo. Don Julián insistió en que fuera a visitarlo a su despacho. Mientras lo esperaba me quedé embelesada mirando el cuadro y, sin saber cómo, desaparecí detrás de la estantería.

2/11/10

FINALISTA DEL CONCURSO DE MICRORRELATOS CUENTA 140




El nenúfar hacía pompas para captar la atención de su amado. "¡Deja de mover el agua!", gritó el narciso desde la orilla.

1/11/10

INVASIÓN




El rayo había caído muy cerca y el supermercado se quedó en penumbra. Sólo las luces de emergencia rescataban de la negrura el brillo metálico de los carritos de la compra, el reflejo de un anillo, las sombras tropezando con las estanterías. Creí que había superado el pavor a la oscuridad y a sus criaturas. Pero ahí estaba de nuevo. Me quedé junto al mueble de los congelados, sin mover un músculo. Una sombra cruzó muy cerca con un aleteo suave. A mi derecha, una pareja se movía de un lado a otro. Escuché el murmullo de sus voces, el ruido de una caja al caer dentro de un carrito. Oí a la chica quejarse y maldecir una esquina con la que se había golpeado. Luego, el chirrido de las ruedas se alejó por el pasillo. Entonces se repitió lo de otras veces, sólo que ahora no podía escapar ni llamar a mi madre para que diera la luz y espantara los picos que me hacían cosquillas en los labios. Un aleteo y otro más. Miles de aleteos quebraron la penumbra en jirones de noche que subían al techo y bajaban batiendo el aire cada vez con más fuerza. Los cuchicheos subieron de tono. Me acuclillé detrás de los congelados. La algarabía de alas se mezcló con las voces y los golpes de las carreras y las caídas. Cerré los ojos y la boca y cubrí mis oídos con las palmas de las manos. Sentía los pequeños cuerpos pasar cerca, rozándome el pelo, los ojos, los labios. Entonces aquella pluma hurgó en las ventanas de mi nariz. Apreté los dientes en un último intento por sellar mi boca, pero la abrí para soltar el estornudo. Sentí su pico en el paladar, luego la bola suave bajando por la garganta. Después nada. Se encendieron las luces. Todos siguieron con sus compras. Tenía hambre. Fui a la sección de comida para animales, cogí un paquete de alpiste y pasé por caja.

30/10/10

INSOMNIO







Quizá fue el café de las siete de la tarde. Tal vez la discusión acalorada con mi marido. Es posible que la visión de la fotografía de la niña con una mosca bebiendo el jugo del lagrimal. El reloj de la vecina acaba de dar la una. Me giro hacia la izquierda. Duerme. Pasan secuencias de mi vida y la fotografía que vi esta noche en la televisión. Todo se mezcla dentro de mi cabeza como si fuera una batidora. Mi padre en calzoncillos con un zapato en la mano. La niña respirando miseria. Una mancha de patas y sangre en la pared encalada de la habitación. Papá matando mosquitos a las dos de la madrugada. Moscas amontonadas en la miel del tirabuzón que cuelga del techo. El olor penetrante del matamoscas con que mi madre fumiga la cocina. El zumbido aleteando en mis oídos y el pinchazo. Mi hermana llorando y llamando a gritos a mi madre desde la mecedora. “Como tu padre no saque el estiércol, nos van a llevar en procesión”, escupe la abuela las palabras con rabia, desde su cuarto, al pasillo de la casa. Paños de vinagre para espantar a las pulgas. Mi hermana huele a vinagre. La niña tiene metido en la boca el pezón de una teta larga y seca. Abre los ojos y llora sin lágrimas: la mosca se bebió el jugo del lagrimal. La televisión sigue encendida en mi cabeza. Las tres de la madrugada en el reloj de la vecina.

Me levanto y voy al salón. Desde la ventana veo los edificios del barrio y las farolas abriendo puntos de luz en el hollín de la noche. Hace meses que no llueve. La lluvia limpiaría el ambiente. La lluvia aleja a las moscas del pan y la sopa. Sopa de ajo sobre las trébedes y cucharas rebañando el fondo de la sartén. La lluvia haría crecer la hierba para las cabras. Las cabras darían leche y cubrirían de carne las piernas de la niña. Me siento en el sofá y enciendo la televisión. Gregory Peck se viste con el traje de Atticus. La hija es especial. Todo es cierto en la memoria de la hija. Un padre estupendo. Imperfecto. Diferente. Lloro un poco al final de la película. El rectángulo de la ventana se aclara. Amanece.

Apago el televisor y voy a la cocina. Abro el frigorífico y saco el helado de chocolate. Hay una nota pegada a la puerta con un imán. El jueves tengo cita con la ginecóloga. Chocolate, negro como la niña. Cierro los ojos y dejo que se derrita en mi boca. Vuelve la niña de la fotografía. Imagino que asoma una manga blanca con una mano que espanta la mosca. Dos golpes de párpado y la mano sale del rectángulo y vuelve a entrar con una cuchara. Tres golpes de párpado y la niña come. ¡Qué bueno está el chocolate! Abro los ojos. Mañana, ginecóloga, me avisa la nevera que evita que las moscas estén sobre la carne. Acabo con el helado.

Los animales fuera de las casas. Las casas no tienen pulgas. El lagrimal drena líquido transparente. La niña come. Tengo sueño. Vuelvo a la cama y lo abrazo por detrás. Enredo mis dedos en el vello suave de su pecho. Huele a tabaco, limón y mandarina. Acerco mis labios a su oreja izquierda. “Quiero que hagas esa cuna”, le digo. El reloj de la vecina acaba de dar las cinco. Duermo.

28/10/10

PONERSE EN SU LUGAR


"Johnny Turtle me pisaba los talones. Primero cayó One-Eyed Tony al beber de la botella envenenada. Después Litle Big Stupid con el agua infectada de sanguijuelas. Quedábamos tres: Johnny, Lilí Snake y yo. Tenía la lengua rasposa como la de un gato. La pasé por mis labios resecos y lamí unas gotas de sangre. Necesitaba llegar a las rocas cuanto antes. "¡Hija de puta!", gritó el Turtle agarrándose las tripas con las manos. Entendí para qué machacaba Lilí cristales en el mortero. Alcancé el botín sin aliento: veinte garrafas de la reserva del Water Bank. Me bebí media sin respirar. Después fui a buscar a Lilí Snake. Seguro que tenía preparado algo para mí".

Cerré el archivo, corrí a la cocina y metí la boca debajo del grifo. Ella esperó a que me saciara. Luego, enseñó sus dientes de piraña con una fea sonrisa y dijo: - Y bueno, baby, ¿para cuándo una historia en la que muera el protagonista?

24/10/10

EL OJO



Hacía tiempo que lloraba el ojo triangulado. Una rija que lo desbordaba en diluvios y nublaba su visión. Así era imposible distinguir un abrazo de un cuerpo a cuerpo en combate, mucho menos al inocente del culpable. Era alarmante ver cómo se llenaba el Infierno de inocentes y cómo campaban a sus anchas por el Cielo, en una suerte de sociedad del bienestar, los malotes. El Todopoderoso necesitaba una cita urgente con el oftalmólogo.

19/10/10

EL ALMA (Finalista de microrrelatos sobre abogados diciembre 2009



Mientras espero en la estación, observo la cabeza del carril, brillante por el paso de muchos trenes. Mi carrera judicial también fue brillante. En nómina en un bufete de prestigio, conseguí llegar a juez gracias a mi tesón. Estoy capacitado para resolver querellas de toda índole, pero nunca imaginé que fuera tan difícil el arbitraje entre Charito y Mario. Tengo los nervios deshechos. El tren asoma el morro y se detiene con un bufido. Se abren las puertas y ella aparece como una diosa con tacones y traje de chaqueta. Renace mi admiración de cuando la conocí, aumentada en su ausencia porque he descubierto que ella es el alma del carril por donde se desliza suavemente la familia. - No fui capaz de hacerme con los niños, Esperanza. Tuve que llamar a tu madre- le digo con un temblor de emoción en la voz mientras la abrazo.

15/10/10

ADAPTACIÓN




“Bicho malo, nunca muere”, decía mi vieja. Y mira que lo intentó. Saltos, carreras, fajas... Pero yo me agarré como una garrapata a su cuerpo. El resto lo pasó llorando. Me dejó una sequía de la que nunca me recuperé. “Bicho malo, nunca muere”, repetía entre rechinar de dientes. Silencio y agua, sólo pido eso. La callé con un tajo limpio de mi navaja. Igual que al vendedor de melones, voceando la mercancía en el sopor de la siesta. Y al colega de la moto sin silenciador, que reventaba mi sueño de madrugada. Una noche, me pilló el picoleto echando la bolsa al río. Dijo: “Se te cayó el pelo, mamón”, y no dejó de darme hostias hasta el cuartelillo.
Por los cadáveres me cayó una condena en el trullo que nunca cumplí. Era peor lo de la contaminación de aguas. Me desterraron al desierto con una cantimplora. Y aquí sigo, cada día más parecido a los cactus de los que bebo. “Bicho malo, nunca muere”. ¡Cuánta razón tenía mi vieja!

13/10/10

PREVARICACIÓN (Finalista del concurso de microrrelatos de abogados - mayo 2009)

 

 - Luego usted, a pesar de la veda, cazaba patos contraviniendo la ley- afirmó el juez. - No, señoría. Yo estaba agachado cerca del riachuelo, buscando espárragos- aseguró el demandante con la mayor diligencia. - ¿Entonces cómo pudo alcanzarle la bala en el hombro? - Porque al oír el alto me incorporé. - Sin embargo, la declaración del testigo afirma que usted corrió cuando le dieron el alto. - ¡Pero es su compañero! - Su testimonio es tan bueno como cualquier otro. ¡Caso sobreseido!- resolvió el juez golpeando la mesa con el mazo. Y dirigiéndose al guardia civil, le ordenó quedarse. Una vez solos, le hizo acercarse y lo cogió del cogote:- Dile a tu padre que te lleve este fin de semana a la cacería que da el señor marqués, a ver si pegando unos cuantos tiros te tranquilizas, o no habrá boda con mi Enriqueta.

9/10/10

EN LA CAMA (microrrelato leído por Juan José Millás en La Ventana



Ya nunca sabrás, madre, que esa noche yo estaba despierta.

8/10/10

DULCE TRAICIÓN (finalista del concurso de microrrelatos sobre abogados -febrero 2009


El letrado hizo todo lo posible para que el osito de menta encontrado entre los matorrales, al otro lado de la valla donde trabajaban en el diseño de un nuevo cohete, no se presentara como prueba. Sin embargo, allí estaba, dentro de su bolsa de plástico. Veinte años ejerciendo de espía y ni un solo fallo. El acusado intentó despegar con la punta de la lengua la fresa adherida al paladar, mientras el portavoz del jurado leía el veredicto. El juez lo miró por encima de sus gafas correctoras de presbicia, sin un atisbo de clemencia. Sería duro con la sentencia. José Rodríguez, apodado “El gominola”, recordó la advertencia de su madre. Se había quedado corta: su adicción a las chuches no solo le destrozó la dentadura, también, y lo que era peor, estaba a punto de arruinarle la vida.

6/10/10

TRÁFICO AÉREO (finalista del concurso de microrrelatos sobre abogados -diciembre 2009

El magistrado dejó a su paso un rastro de nieve cuando entró en la sala. - Señoría, circulaba por mi derecha- dijo el de la capa de armiño. - ¡Yo también!- replicó el del traje rojo. El caso se presentaba difícil. No había nada legislado al respecto, nada en la Constitución. Mientras reflexionaba, los demandantes llegaron a las manos obligando a intervenir a los funcionarios. El juez ordenó un receso. Se puso el abrigo como prevención contra un catarro y salió fuera. Necesitaba consultar con su colaborador. -¿Qué hago?- le preguntó nada más verlo. - Un veredicto salomónico es lo mejor- dijo sin un titubeo. Papá Noel compraría un camello al rey Melchor, y éste pagaría el reno y una mano de pintura al trineo. El magistrado dejó lo acordado en el platillo y volvió a la sala. Mientras, el abogado en paro guardó los cien euros y echó a andar en dirección al metro.

5/10/10

Todo por el niño (Finalista del concurso de micros sobre baloncesto)

¡Claro que te apoyo, mi niño! Y por supuesto que estoy muy orgullosa de ti. De que llegarás lejos en el baloncesto, no me cabe la menor duda. La NBA está a la vuelta de la esquina. Tienes cuerpo, ¡ya lo creo que lo tienes!, paso mis apuros para encontrarte tallas; y pies tan grandes, que deben hacerte los zapatos a medida. Tu padre, en el paro, pero no escatimamos gastos si de tu futuro se trata. Todo es empezar, ya lo sé. Que tienes que practicar, también lo sé. Pero no encestando los huevos en el carro de la compra. Porque, ya me dirás, hijo, con qué vamos a hacer esta noche la tortilla de patatas.

2/10/10

ALMUDENA


Ayer me enteré cuando volvía de dejar a unas usuarias en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para hacer un curso de calcografía. Debería estar vacunada contra estas cosas, porque es frecuente que estos chicos se vayan así, de sopetón, pero no lo estoy. Y me impresionó la noticia. Almudena había muerto. Justo cuando iban a darle el alta en el hospital. De puro agotamiento. Era una luchadora, el tipo de personas que no se quejan, que aguantan hasta el final, como el día en que reclinó su cabeza sobre mi hombro, bajando en el ascensor, y se echó a llorar de dolor. Pero ya no pudo más y su corazón se paró sin más, porque estaba muy cansada. Recuerdo que cuando la vi la primera vez, pensé en una pitufa, azulados los labios, la piel, los dedos, por su cardiopatía, tan chiquita, con los ojos expresivos y las cejas que levantaba cuando quería hacerte un guiño, una señal simpática.
La última vez que la vi fue en la entrega de premios de la Fundación Anade, en el mes de enero. Fue a recoger el suyo, ya con una botella de oxígeno. Y estaba tan feliz, tan orgullosa, como lo estaban sus hermanas. Me quedo con ese día, con ese momento, con esa pasión suya por los ordenadores que tan bien reflejó en su relato. Aquí lo dejo. Por ella. Para ella.




El ORDENADOR FANTÁSTICO



Luisa siempre soñó con ser informática. Cuando tenía dieciocho años, empezó a trabajar en un despacho de un Centro de Datos de Escritura. Al terminar el trabajo se iba a su casa a descansar, y después de descansar, encendía su ordenador y navegaba por Internet buscando juegos.
Un día encontró un juego muy divertido. Hacían una película y ella era la protagonista de una historia de amor. Luisa se enamoró del chico y quiso hablar con él y acariciarse. Entonces cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió se encontró dentro del ordenador como si fuera un personaje. Se quedó a vivir allí para siempre con su novio.

Almudena Ruiz Heredia.





1/10/10

EL SOL DEL MEMBRILLO




Dicen que aún es verano. Abro la tabla y enchufo la plancha. Los colores se amontonan encima de la silla. Enciendo el televisor y veo en la pantalla un lugar de hielo con arroyos de sangre que se escapan por las grietas del suelo. Los esquimales desuellan focas. Estiro un pantalón sobre la tabla, paso la plancha y el vapor suelta su carga de flores envasadas. Hace calor. Voy a la cocina, abro el frigorífico, cojo una cerveza, tiro de la anilla y doy un trago. Vuelvo a la plancha y cambio de canal. Woody Allen mira aterrado una placa con zonas ciegas y círculos de luz. Cojo una camiseta. Blanca como las nubes que corrían por el cielo en las mañanas de playa. Dejo la plancha y bebo otro sorbo de cerveza. Cambio de canal. Premios de fotografía: 1957, Douglas Martin capta la entrada de una de las primeras estudiantes negras en la Universidad Harry Harding. 1968, ejecución de un miembro sospechoso del Viet Cong por Eddie Adams.1972, Ut Cong Huynh: Niños huyendo asustados de un bombardeo con NAPALM.1981, Manuel Pérez Barriopedro muestra una instantánea del secuestro del Parlamento por Antonio Tejero.1994, Kevin Carter gana el Pulitzer con la fotografía de un niño acosado por un buitre y después se suicida. 2003, Jean-Marc Bouju, capta la imagen de un hombre iraquí acunando a su hijo en un centro de retención para prisioneros de guerra ...Sudo, mi mano tiembla y deja la plancha insegura al borde de la tabla. Cierro la caja de Pandora con el mando a distancia. Oigo la llave girar en la cerradura. Entra, me da un beso, se quita la blusa y la tira sobre el sillón. Bebe de mi cerveza. Tiene la piel dorada y brillante de sudor. Dejo sobre la mesa la última camiseta con el Partenón estampado. Desenchufo la plancha, saco el cinturón de la hebilla, me desabrocho el botón del pantalón y bajo la cremallera mientras la sigo hacia la habitación. El sol se retira a trozos de los edificios. ¡Qué guapa está mi mujer!

28/9/10

YO TAMBIÉN VOY



Yo voy

ALMUDENA GRANDES 27/09/2010


Porque no quiero que mis hijos vivan peor de lo que he vivido yo. Porque no es justo que los trabajadores paguen la cuenta de una crisis que ha enriquecido a sus responsables. Porque este Gobierno no ha reinstaurado el impuesto sobre el patrimonio, no ha gravado a las grandes fortunas, no ha incrementado el tipo impositivo de las Sicav, donde los más ricos invierten el dinero que les sobra para contribuir a los gastos del Estado con un mísero 1%, y a cambio, ha castigado a los más débiles con una reforma laboral inadmisible. Porque no se puede admitir que un empresario despida a sus empleados con cuatro días de antelación, solo porque "prevé" pérdidas para el próximo ejercicio, ahorrándose de paso más del 50% de la indemnización. Pero, además, porque la crisis está sirviendo para enmascarar un cambio de ciclo destinado a liquidar el Estado de bienestar. Porque si no hemos sido capaces de exportar nuestro progreso a los trabajadores de las grandes potencias emergentes, como China y la India, lo que nos espera es la importación de sus espantosas condiciones de trabajo. Porque Occidente ya ha recordado que esclavizando a la gente se gana mucho más dinero. Porque detrás de los recortes de derechos laborales, vendrán los de derechos civiles. Porque siempre habrá una agencia calificadora, o un premio Nobel, que proclame que los retrocesos son imprescindibles para avanzar.


· Y, sobre todo, porque digan lo que digan Zapatero, Salgado o el sursuncorda, los trabajadores somos el motor de la economía. Porque ni los bancos, ni las multinacionales, ni las grandes cadenas pueden subsistir sin nosotros. Porque si nosotros paramos, se para todo. Porque hemos heredado, junto con nuestros apellidos, la experiencia de que no existe otra manera de proteger nuestros derechos. Por todo eso, yo voy a la huelga general del 29 de septiembre.

26/9/10

LA PIEL




Cuando me secaba con la toalla después de la ducha, me di cuenta de que la piel se estaba separando de la carne del empeine de mi pie derecho. Le puse mucha crema, la cubrí con un calcetín negro y bajé a la calle. En el jardín, las varas de los rosales se habían coronado con los primeros capullos, y a cada lado de la calle las mimosas pintaban con lunares amarillos un cielo sin nubes. Abrí el coche y antes de ponerlo en marcha, volví a mirar mi pie. La piel se había marchitado hasta el tobillo. En la oficina, me levanté cada media hora de mi silla de trabajo para ir a los servicios, quitarme el zapato y el calcetín y comprobar el avance del proceso. A eso de las doce, había llegado hasta la rodilla. Salimos a tomarnos unos sándwichs y retoqué mi maquillaje varias veces para poder observar mi cara en el espejito de la polvera. A las cinco de la tarde, cuando bajábamos apretados en el ascensor, sentí el roce de la piel seca en el tejido del pantalón, a la altura de la cadera. Volví a casa deprisa, me desnudé frente al espejo y evalué la situación. Fui al teléfono y avisé a Maribel de que me encontraba enferma y no iría al día siguiente al trabajo. Por la noche, me preparé un sándwich de lechuga y tomate, vi un rato el canal Natura de la televisión y después me fui a dormir. Soñé con camaleones de uñas largas y escamas con los colores del arco iris, que sacaban sus lenguas enrolladas, las soltaban como un látigo y silenciaban el canto de los grillos. Soñé que yo babeaba por uno de aquellos grillos. Por la mañana, el proceso había llegado hasta los brazos. Mientras desayunaba un café con leche y una tostada, aplasté una hormiga que caminaba por la mesa. Me llevé el dedo hasta la boca y chupé la hormiga pegada. A media mañana mi cara estaba envuelta en un pellejo parecido a las tripas para hacer chorizos. Me desnudé y volví a mirarme en el espejo. El proceso se había completado. Me senté en el suelo y con las dos manos comencé a subir desde los pies, como hacía con las medias, aquella piel muerta, hasta sacarla por la cabeza. Acabé a mediodía. Eché la muda a la basura, me vestí y salí de casa. Fui a la consulta del médico para pedir el justificante y mientras esperaba, sonreí al imaginar que al día siguiente, como venía ocurriendo todas las primaveras, ellas comentarían con envidia el aspecto delicado de mi piel, igual que la de un recién nacido, y me pedirían consejos y el número de teléfono de mi esteticista, y ellos se acercarían a mi mesa para intentar conseguir una cita
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23/9/10

ÚLTIMA NOCHE DE FERIA

Cada noche, pego la almohada a mi cuerpo, el brazo izquierdo debajo, el derecho arriba, en ángulo con la cabeza, los dedos cerrados en un mechón de pelo, tirando un poco; la pierna derecha flexionada, encima. Así me acerco al sueño, tonteando con él, sin decidirme a dejar atrás el día. Noto el salto y toco la bola de pelos a los pies, que tampoco duerme, atento a los tacones y las risas en la calle, y la música que llega en oleadas desde la plaza. Otro salto al poyo y allí se queda mirando a través de las ranuras de la persiana. Sueño. Empujo la puerta de hierro, entro y recorro los caminos de tierra. Me detengo ante las letras doradas, la ñ rota como si hubiesen descargado un martillazo en la piedra. Al lado, la viuda con el niño de la mano: pantalón corto de franela gris y chaqueta azul marino. “Caídos por Dios y por la Patria”, y varios nombres con el mismo apellido. El niño se suelta de la mano y camina hacia la salida poblada de cipreses. Lo sigo. Se agacha y coge una bola verde y cuarteada del suelo. Huele fuerte. Mete la mano en el bolsillo del pantalón, saca una navaja, la abre y corta la bola en dos, luego me muestra las calaveras en sus mitades. “Ponte en pie, alza el puño y ven, a la fiesta pagana...”un golpe de aire caliente arrastra hasta mi ventana la música y me aleja del niño. En la confusión que va del sueño a la vigilia, estoy en la Plaza de España saltando en un lateral del escenario donde actúa Mago de Oz; luego vuelven los tacones acercándose, las risas, las voces, la persiana golpeando la pared y el gato echado. Miro el reloj: las cinco de la madrugada. Me doy la vuelta arrastrando conmigo a la almohada. “Cartagenera”, “Cerezo Rosa”, “Esperanza”. Van llegando las canciones con claridad. Tarareo, me muevo, atravieso mi cuerpo en diagonal, en la cama, agarro el frío del níquel de los barrotes cuadrados con surcos que repaso con la yema de mis dedos. Hay un descanso. Desde el reloj del Ayuntamiento llega la hora en golpes de metal. “A ver si sabes cuántas campanadas ha dado desde que se colocó en el año cuarenta y siete, teniendo en cuenta que estuvo parado dos veces. La primera durante dos días y la segunda, un mes”. Mi padre y su amor por los relojes. La mesa camilla y, sobre el hule, la caja de zapatos, llena de relojes de cuerda. Y él abriendo la tapa de uno y dejando al descubierto las ruedecillas dentadas. El destornillador pequeñito, la aceitera, las pinzas, y sus dedos deformes doblegados por una paciencia infinita. Los engranajes cogiendo el nuevo pulso de vida. Siento los golpes rápidos del corazón. Taquicardias. El silencio roto por oleadas de gente que se retira de la plaza, se quiebra definitivamente con la voz del vocalista anunciando la nueva tanda de canciones. El gato salta a la cama y se estira. Me doy la vuelta y hago otra diagonal en la cama sin soltar la almohada. Golpeo con las uñas el níquel siguiendo el ritmo de las canciones. Más riadas de gente. Interpretan una pieza de Santana y se despiden. Una moto tritura el silencio, más tarde, dos coches acelerando y frenando, y los gritos de los conductores y la música bacalaera amasada con gasolina que entra en mi habitación. Pasan más tacones, más risas y conversaciones rotas. El pueblo se calma. Duermo. “Vamos María. Los turrones de coco y de nueces, la garrapiñada, la perita en dulce, los mazapanes.... Cinco euros el lote”. Grita el vendedor de feria por el altavoz pegado a la cabecera de mi cama. No dejará el rincón hasta que haya despertado a todos los vecinos de la calle y salga alguno y compre para que se vaya, pienso mientras miro la almohada en el suelo y mis brazos extendidos abrazando tu ausencia.

17/9/10

CADENA SER Radio Castellón. Ganador viernes 17 de Septiembre


Y la señorita dijo: usted no se mueva de aquí, enseguida vuelvo. Y fue tronco sin hojas cuando llegó el otoño. Ramas desnudas, en invierno. Yemas, al alcanzarlo la primavera. Y frutos en verano. Entonces, ella regresó.

16/9/10




ESPONJAS

Mi padre era una esponja azul cobalto que volvía sucia de los Juzgados. Mi madre, una esponja verde hierbabuena que cocinaba suculentos platos en la cocina de nuestra casa. En cuanto él llegaba y se sentaba en su sillón, ella se acurrucaba a sus pies en la alfombra. Entonces él exprimía toda la carga de malos tratos, abandonos y odios y ella los iba absorbiendo hasta cambiar su color por el del hollín, mientras él recuperaba su color natural. Yo era la esponja violeta que andaba de puntillas por sus vidas. Un día mi padre no encontró a mi madre a su regreso y reparó en mí. Me hizo sentarme en la alfombra y me pasó toda la basura acumulada en un día de trabajo. Yo era un niño, no tenía dónde dejarla, ni podía marcharme. Y ahora, señorita, que ya conoce la razón de mi mal aspecto y el porqué de apuntarle con una pistola, entrégueme todo el dinero de la caja.

11/9/10

ALGUNOS MICRORRELATOS VERANIEGOS



EMP
ACHO
Fue rápida. Levantó el pie, su empeine rebasando el charol rojo. Me cegó el brillo del tacón de cristal de aguja. Buscó el sitio exacto, antes de clavarlo en mi pecho. Admiro, por última vez, su cara de luna llena. “Mi gordita”, solía llamarla. Y a ella parecía gustarle.

HOJAS

Se ha levantado aire. Vienen en remolinos. Se retuercen. Buscan las rendijas de los adoquines. Intentan aferrarse. Suben hacia arriba y se estrellan contra los postigos. Se enrollan en los tobillos de los niños que juegan en la plaza. Y estos se sacuden los pies y las sueltan. El viento les dobla el espinazo, las arrastra. Corren calle abajo, calle abajo. Planean, caen y flotan hasta empaparse. Se hunden. El mar quiere aprender a leer.

VACACIONES

Cerré la puerta y dije: Me voy de vacaciones, pero él, claro, no me creyó. "No tienes agallas", dijo mientras arrastraba los pies hasta la cocina. Lo oí tirar de la anilla de la cerveza y volver al sofá. No iba a salirse, de nuevo, con la suya. "En cuanto acabe el partido querrá cenar. Entonces me echará de menos y me llamará a voces", me dije. Acabó el fútbol, metió una pizza en el microondas y abrió otra lata de cerveza. Se quedó dormido viendo una película guarra. Lo despertaron sus ronquidos y se fue a la cama. Y aquí estoy, en el armario, sin saber qué hacer y con una llorera de muerte.

PRONOMBRES PERSONALES

Nosotros íbamos juntos al instituto. Nosotros nos besamos por primera vez en la oscuridad de un cine. Nosotros nos casamos un día de primavera en una iglesia perfumada de jazmines. Nosotros tuvimos hijos que no fueron parejita. Nosotros nos peleábamos a menudo. Nosotros dormíamos en habitaciones separadas. Nosotros vivíamos vidas distintas dentro de la misma casa. Yo cogí un día el tren y me quedé para siempre de visita en el piso de mi hermano.

FIERAS

Cayó del cielo. Pequeño y gracioso. Me lo quedé. Llovió tigres durante una semana. Crecieron y se reprodujeron. Han ocupado el patio, la cocina y el baño. Acabaron con todos los animales del pueblo. Ya no tengo más carne que darles. Los oigo rugir al otro lado de la puerta.



27/8/10

LA VENTANA DEL VERANO - Cadena SER (relato leído por Soledad Puértolas 26.08.2010) Tema: El bandido generoso

Autora: Lola Sanabria







EL BANDIDO REY

Le conté a mi madre que un hombre me seguía y ella dijo: “Acabarás tan loco como tu padre”. “Loco y ladrón. Un bandido”, añadió. “Un bandido doblemente armado”, terció la alcahueta de la vecina, mientras se reía y señalaba con un dedo a mis cinco hermanos.

Un día, al doblar una esquina, me escondí en un zaguán. Creía que iba a encontrarme con un hombre fiero, con la navaja al cinto y un saco con niños a la espalda, pero me topé con un señor sonriente y bien vestido. Se agachó para preguntarme: “¿Sabes quién soy?”. Negué con la cabeza. “Soy tu padre”, dijo. “Mi padre es un bandolero loco”, dije yo. “¿Eso te contó tu madre?”. Afirmé, otra vez, con la cabeza. “Está bien, te mentí, soy un tío rico de América”. “No tengo tíos”, le atajé. “¿Entonces…?”. “Un Rey Mago. Gaspar, porque eres moreno”, concedí. Él sacó una libreta y fue apuntando todo lo que le iba diciendo. El día de Reyes amaneció una montaña de juguetes frente a la casa. Grité que habían sido los Reyes Magos. Mi madre miró a mis hermanos pequeños y no dijo nada.

20/8/10

Relato leído en "LA VENTANA DE VERANO" de la Cadena Ser.

TEMA: El amigo.
Autora: Lola Sanabria.







(Fotografía de Daniel Meyer)





PRIORIDADES.
Quedamos en La Corredera al anochecer. Necesitaba hablar con Gonzalo. Él dijo que también, por teléfono. Llegué cuando el cielo cambiaba al azulón y, junto a la media luna, brotaban los primeros puntos luminosos. Nada más sentarnos a la mesa, me contó que Elena lo había echado de casa, así, por las buenas, sin más aviso que el silencio profundo de los últimos tiempos. Ignoró a la camarera. Tuve que pedir yo: salmorejo y cazón adobado. Y él siguió lamentándose de su soledad, en el cuarto de una pensión de mala muerte. No me dejaba meter baza. Me removí en la silla. Distraje mi atención en la paloma que picoteaba una patata. Entonces una serpiente de dolor barrió el suelo, subió y me golpeó de lleno en el pecho. Miré a Gonzalo. Sollozaba. Se me antojó un Boabdil con barba de días y la camisa arrugada. Puse mi mano derecha sobre su antebrazo y fui desgranando palabras de consuelo, de esperanza. A mí acababan de despedirme del trabajo, pero tenía a María Luisa.


15/8/10

Relatos leídos en "LA VENTANA DE VERANO" de la Cadena Ser.

TEMA: La mujer enamorada.

Autora: Lola Sanabria.

PARA SIEMPRE.

¿Acaso creíste por un momento que te ibas a librar de mí? No soy yo mujer que se abandone, Alberto. Te lo dije desde el principio. Si me dejas la puerta franca, yo entro, y si entro, no salgo. Pero tú, nada, empeñado en largarme. Que si no estabas seguro, que si mejor nos tomábamos un tiempo... Tonterías, Alberto. Y luego vino lo de intentar darme esquinazo, a mí, la Dolores, ¡pues no soy yo nadie para seguir una pista! Tengo el olfato de la perra de caza. Un poco confundido, sólo eso, y allí estaba yo para ayudarte a aclarar tus ideas. Pero no quisiste escucharme y al final te lanzaste, literalmente, al vacío. Fue un pronto, ya lo sé, por eso estoy aquí. ¡Mira qué ramo te he traído! De margaritas que son mis preferidas, porque las rosas que a ti te gustan están muy caras, Alberto. El caso es que el florero al lado de tu fotografía, tenga siempre flores frescas. El caso es que no te falte mi visita todos los días. Y, por éstas, que no pienso dejarte; pobre, tan solo entre tanta tumba.


VERDE QUE TE QUIERO VERDE.

Mi madre me decía a menudo que escogiera un buen marido que me mantuviera. “Mírame a mí, con las yemas de los dedos destrozadas por la flor del algodón”. Me daba un bastidor, finas telas y madejas de hilo Moliné blanco y gris, para que bordara las sábanas y las mantelerías de mi ajuar en consonancia con un rico pretendiente. Y mientras yo matizaba una flor, hacía un filtiré o perforaba un bodoque con el punzón, tras la ventana, el visillo corrido, observaba a mi vecino que recalaba una vez al mes después de recorrer los pueblos con su carga de quincallas. Tenía los ojos verdes, el color de la piel de la aceituna del verdeo y la porte de un príncipe gitano. Se sentaba en el umbral a ver pasar a las mozas y decirles requiebros, pero era a mí a quien miraba.
Una tarde espesa de calor, en mitad de una siesta insomne, decidí quitar la tranca de la puerta para ir a la fuente de la Higuera a coger agua fresca con el cántaro. Y allí me lo encontré, afilando un palo con la navaja. No hizo falta hablarnos. Me encaramé de un salto a la grupa de la mula y salimos de allí, pueblo a pueblo, a vender quincalla.

PD: Estoy de vacaciones y no tengo internet. Disculpadme si no contesto a los comentarios, lo haré a la vuelta.

6/8/10

LA VENTANA DE VERANO (Relato leído por Marta González Novo) Tema: Marcela












EL PRECIO

Cuando atiza el fuego, entrechocan los troncos encendidos, chisporrotean y las llamas se avivan, crecen y se expanden hacia la boca negra por donde se van, envueltos en humo, los fantasmas de todos los que en su juventud la pretendieron. Cuando las tenazas caen de sus manos anudadas por la artrosis y el fuego decrece, mira a su lado, a la silla de aneas rotas por el tiempo, siempre vacía, y la duda roza tibiamente su frente. Pasa un ángel. Sonríe. Luego coge del plato la última uva.

29/7/10




DOBLE INFARTO


Mi padre escribía gruesos volúmenes de auto ayuda que se amontonaban en su escritorio. Mi madre, libros interminables de recetas de cocina que formaban una pila sobre su mesa de trabajo. Los libros eran una muralla infranqueable entre ellos y yo. Cada vez que me llamaban para comentar mis notas o comunicarme dónde iría de campamento ese verano, mis ojos apenas asomaban por encima de las torres de sus enciclopedias. Ellos se dedicaban a lo suyo, mientras yo hacía mis pinitos con la escritura. Todo iba bien hasta que la tía Clotilde nos hizo una visita. “¿Y tú qué quieres ser de mayor?”, me preguntó con una sonrisa manchada de carmín, la muy bruja. “Yo, microrrelatista”, dije sin un asomo de duda”.

23/7/10

LA VENTANA DE VERANO ( relato leído por Soledad Puértolas) TEMA: DULCINEA


GÓTIH NORMA JEAN

Y es en esta penumbra donde sólo eres piel nívea, Norma Jean. Me dan ganas de arañar tu brazo. Una línea muy fina, casi indolora. Para que corra un hilo rojo, para saber que no eres una invención mía. Mueves la cabeza, enérgica, y tu pelo se retira de la luna llena. Con accidentes, Norma Jean. Sombras de pestañas que alargan tu mirada. Y ese lunar redondo, perfecto, que remarcaste con carboncillo, a dos dedos de tu sien izquierda. Sombras a un lado de tu nariz, pequeña como un pellizco. Y esa gota de sudor buscando el cauce del canal de tus labios. Negros, bien perfilados, entreabiertos, dejando ver el blanco de tus dientes brillantes de saliva. Recojo la humedad de mi boca con la lengua cuando mis ojos buscan en tu cuello ese latido, apenas perceptible, que te da vida. Y entonces se acerca un moscón. Te vuelves sobre el taburete y le hablas. El vaso de bitter resbala de mis manos, se estrella en el suelo y salpica el borde de mi capa. Me miras unos segundos y haces un mohín feo. Luego das un trago ruidoso de tu brebaje negro y chispeante. Reparo en tus uñas de rapaz. Abres la boca dispuesta a dejar salir, otra vez, esa voz chillona. Me voy antes de que deshagas el encanto. Te espero a la salida, Norma Jean, bajo la marquesina del búho.

15/7/10

ANTOLOGÍA DEL IV PREMIO OROLA DE VIVENCIAS


ALMA

Me gustaba la niña de cara de mantecado y pelo de panocha. La visitaba cada tarde, sin que nada hubiéramos acordado al respecto. Yo arrimaba una silla de anea a la suya, y me quejaba de la última paliza de mi padrastro. Ella dejaba las manos sobre el regazo, la derecha dando cobijo a la izquierda, y me escuchaba. Luego jugábamos a hacer sombras chinescas en la pared del zaguán de su casa.

Se lo comenté a un amigo y él me dijo: “No te escucha, es medio tonta”. A la tarde siguiente, cuando fui a visitarla, me quedé mirándole sus piernas exánimes rematadas en dos botas de cuero muy lustrado, sin atreverme a romper el silencio. Entonces ella subió su mano derecha y acarició el último moretón de mi cara. “¡Me duele!”, exclamé retirando la cabeza en un gesto instintivo. Bajó la mano, la dejó aleteando sobre su pecho, y dijo: “A mí también”.

3/7/10

FINALISTA DEL I CONCURSO DE MICRORRELATOS ARTESANÍA COMPRIMIDA









DESDE LA DISCAPACIDAD

El primer día, cuando entré en el taller de cerámica, tenía en mi cabeza que yo no servía para nada.
La maestra me dio una bata y un trozo de barro y me indicó un sitio donde sentarme. Luego me dijo que hiciera bolitas, las aplastara y las fuera pegando en un molde de poliespán. Le hice caso. Al principio con desgana, luego puse más interés porque ella me animaba. Conseguí rellenarlo. Lo alisé con una esponja húmeda y recorté los bordes con una media luna. Cuando estuvo listo, ella lo sacó del molde y lo coció en el horno. Después lo cubrí con esmaltes naranjas y verdes y volvió a meterlo en el horno. Quedó bonito y lo llevaron a la exposición. Lo compró la hermana de una compañera. Mi madre no dejaba de repetir: “Lo ha hecho mi hija”, con los ojos brillantes de emoción.