3/8/14

DIECISÉIS TONELADAS

Fotografía tomada de la red.


Dieciséis toneladas de felicidad para María.



Rayaba el amanecer en una línea sucia de cielo gris en el cristal de la ventana. Sacó un brazo del calor del edredón. Febrero se había metido en el hueso de la cadera como hielo picado. Sábado, podía quedarse un ratito más en la cama. Sábado y su cumpleaños. Se levantaría cuando le diera la gana. Las amigas le habían preparado una fiesta nocturna para celebrar sus sesenta años. “Habrá tarta y regalo sorpresa”, le dijo por teléfono Calixta, con esa risa de coneja que arrastraba desde la niñez. Luego colgó como si temiera no poder morderse la lengua. Y razón tenía, porque Calixta no conseguía guardar un secreto. Pero a ella, Rosi de la Palma Dulce, no le hacía falta que se fuera de la lengua. Paloma Blanca había dicho que lo mejor que podía hacer una señora a cierta edad era pasar unos días en un balneario. “Vuelves a casa como nueva, sin reuma y ligera como una pluma”.
     Rosi se imaginaba dentro de una piscina de fango. Y ya puesta a imaginar, le llegaban las imágenes de una salida grandiosa, una ducha que desleía el marrón pastoso y sacaba todo el esplendor de su cuerpo de marfil. Y ni rastro del runrún cansino de dolor que le agarraba como una tenaza cualquier hueso que eligiera el reuma. ¿Y los masajes? Porque esa era otra maravilla, según Paloma, de los balnearios. “Chica, qué manos los de Jimena de “El descanso total”, te deja relajadita y dispuesta a dormir tooooda la noche como un bebé”, dijo con los ojos entrecerrados, en ese éxtasis místico al que era tan aficionada.
    Comida sana. Verduras a todas horas. Zumos en el desayuno y la merienda.  Tisanas. Fruta. Volvería sin el flotador que se había afincado en su cintura y que no había forma humana de desalojarlo. En fin, que le vendrían muy bien unos días en un balneario, se dijo antes de destaparse de golpe y echar pie en baldosa buscando las zapatillas.

     Mónica la Moderna llegó puntual a buscarla. Rosi percibió, en cómo torcía el gesto, que no aprobaba su vestido de lana verde botella, ni sus zapatos de tacón grueso.
- Hija, pareces una vieja- dijo, sin cortarse, como era habitual en ella.
- Tengo mis años- contestó, algo irritada, Rosi.
- Pero no hace falta que te pongas la mortaja- insistió la Moderna.
- Tengamos la fiesta en paz- pidió Rosi.
- Tengamos la fiesta- concedió Mónica.

     El local le pareció a la homenajeada un tanto estrafalario, sus amigas bastante raras, con los ojos brillantes de excitación, con la excepción de Paloma que tenía cara de haberse tragado un palo.
     Sentaron a Rosi en primera fila y se apagó la luz. En una puerta lateral del escenario apareció un círculo de luces que se movió hasta detenerse en el centro, levantarse en la oscuridad y caer sobre las tablas con un ruido de bombillas rotas. Entonces se escuchó aquella vieja canción: “Dieciséis toneladas”, y volvió la luz. A Rosi se le quedó la media sonrisa congelada, los ojos abiertos como canicas y los dedos de ambas manos engarfiados sobre las muñecas de la Moderna y de Calixta.
    Un Adonis. Un hombre-hombre. Un David bailonguero, con camisa, pantalón, botas y casco de minero, emergía cual Neptuno en seco de las profundidades de una inmensa tarta.
- ¡Ay, suelta, que me clavas las uñas!- se quejó Mónica mientras se zafaba de la garra que había comenzado a arrancar la piel mejor cuidada en el salón de belleza “El arte de rejuvenecer en diez días”.
- ¡Jesús, Dios mío! ¡Jesús, Dios mío!- no dejaba de exclamar Rosi, con un punto brillante de lágrima de tanto fijarse en el cuerpazo que se contoneaba ante ella mientras iba despojándose de la camisa a golpe de currante del carbón.
- ¡No mires!- chilló, roja como un tomate maduro, Paloma- Y vámonos de aquí ahora mismo. ¡Qué vergüenza!
- Vete tú yendo que ya te sigo- dijo sin prestarle atención, Rosi de la Palma Dulce a un punto del babeo.
- ¡Ahora!- chilló descompuesta- Paloma.
     El guaperas mostraba unos pectorales donde debía de ser un sueño descansar la cabeza, pensó la cumpleañera.
- Maravilloso, maravilloso- musitó Rosi recorriendo con la mirada unos brazos hechos para abrazar.
- ¡Me voy!- chilló histérica, perdidos los papeles, Paloma Blanca.
     Nadie se enteró de cuándo salió hecha una furia por la puerta, atentas como estaban al bellezón que, paso a paso, fue mostrando sus encantos con una bajada espectacular de pantalones mientras seguía moviéndose como la mismísima serpiente que pervirtió a Eva y Adán.
- La madre que...- inició Calixta.
- ...lo parió- terminó Mónica.
- ¡Menudo quesito!- se animó Lola la del Botijillo, soltando una carcajada un punto ordinaria, impropia en una mujer de maneras y risas suaves como terciopelo.
- ¡Que me lo envuelvan, que me lo llevo ahora mismo- gritó Marifé dando palmas.
- Maravilloso, maravilloso- repetía Rosi como en una nube de algodón rosa.
     El falso minero, en tanga, botas y casco, se acercó a Rosi sin dejar de contonearse, le cogió la mano agarrotada por la emoción, se la abrió y dejó en la palma dos billetes de avión a París, oh, la lá, y una reserva en un hotel para un fin de semana para dos.
- ¿Y con quién voy a ir yo a Paris?- preguntó Rosi con el vello erizado aún por el roce de piel de aquel Apolo hecho carne.
- ¡Con él!- gritaron todas.
- ¡Qué disparate!- se escandalizó Rosi mientras se comía con los ojos al morenazo que se retiraba hacia la puerta del escenario con los últimos acordes de la canción.
- Será tu acompañante, tonta- la tranquilizó o desilusionó, vete tú a saber, la Moderna.- Una cena romántica.... Un baile... Un paseo por los Campos Elíseos... Otro por la orilla del Sena... Nada, nada, relájate mujer...
Mucho mejor que un balneario, pensó Rosi, ¡a dónde va a parar! Se compraría un bañador nuevo, o tal vez un bikini, por si había spa o piscina climatizada. Mañana mismo se pasaba por “El Cortijo del Inglés” y renovaba todo su vestuario.
- ¡Carpe diem!- se escuchó gritar como en un sueño.
- ¡Carpe diem!- corearon las demás.
    Levantaron sus copas y brindaron con champán. Después Mónica la Moderna propuso que tomaran la última copa en un local de moda. Ninguna se negó.

8 comentarios:

Juan Leante dijo...

Está claro que la vida no se acaba a los sesenta, ni setenta, ni...
Mientras el cuerpo aguante hay que darle caña.
Besos.

Carlos de la Parra dijo...

Divertido masturcuento femenil.

Lola Sanabria dijo...

Mucha caña, Juan, que la vida se va en un pispás.

Me alegro, Carlos, de que te haya gustado.

Abrazos a pares.

Amando García Nuño dijo...

No sé yo, no sé yo... Elegir entre París en pareja o un balneario a lechuga y soledad...
Abrazos, siempre

Nenúfar dijo...


Menudo regalazo de cumpleaños el de Rosi de la Palma Dulce (qué chulada de nombre).

Pues sí, hay mucha vida para las mujeres de “cierta edad” y pueden disfrutar mucho, pero que mucho, y como les de la gana de ella.

Me uno al brindis del grupo de amigas y coreo con ellas: ¡CARPE DIEM!

Un abrazo.

P.D. Lola, permíteme la nimiedad: observo que en esta línea: “Rosi de la Palma Blanca a un punto del babeo” se te mezclaron los nombres.

Lola Sanabria dijo...

Sí, la elección está difícil, Amando.

Me alegro de que te gustara, Nenúfar. Y gracias por la corrección.

Abrazos desde Cantabria.

Cora Christie dijo...

Mira que me tienta cumplir 60, como la María, para gozar de masajes sin fin, alimentación gurmetplus, baños mozárabes, masajes, paseos de madrugá con gotas de lluvia como extra, más masajes, limusina color deseo, o lo que se tercie y el cuerpo exija; sueños realizados.... y masajes. En París, o Londres, o oooohhhhh!

Lola Sanabria dijo...

Lo mismo da con sesenta, que con veinte o noventa. A darle gusto al cuerpo y alma, querida Cora.

Abrazos a mogollón.