19/6/13

EL VIAJE- RELATO GANADOR DEL V CONCURSO DE RELATOS ESCRITOS POR PERSONAS MAYORES





NOTA DE PRENSA
Lola Sanabria, ganadora del Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores 2013 de la Obra Social ”la Caixa” y Radio Nacional de España.

A la quinta edición del concurso se han presentado 1.572 relatos escritos por personas mayores de toda España, cifra que supone un aumento del 37 % respecto a la edición del año anterior (1.154).

La mayoría de los autores proceden de la Comunidad de Madrid (477), Cataluña (248), Andalucía (278) y la Comunidad Valenciana (109). 

El objetivo de la iniciativa, organizada por la Obra Social ”la Caixa” conjuntamente con Radio Nacional de España y con la colaboración de La Vanguardia, es estimular el hábito de la lectura, el uso de la imaginación y la actividad creativa entre la gente mayor.
 
La ganadora del concurso, Lola Sanabria, residente en Madrid, recibirá como premio un ordenador, un trofeo, la adaptación radiofónica de su relato, El viaje,  y su publicación en La Vanguardia y en las webs de Radio Nacional de España y de la Obra Social ”la Caixa”.

http://www.rtve.es/radio/20130618/rne-entrega-este-miercoles-premio-del-concurso-relatos-escritos-por-personas-mayores/691621.shtml

 http://prensa.lacaixa.es/obrasocial/concurso-relatos-escritos-personas-mayores-rne-la-vanguardia-obra-social-la-caixa-esp__816-c-18400__.html




EL VIAJE
 
La tarde anterior metió y sacó la ropa de la bolsa de viaje varias veces, desasosegada, no conforme con lo que había decidido llevarse. Pero siempre, encima de un jersey o una blusa, como una piedra sobre papeles para impedir que vuelen,  la brújula. Se la regaló su padre cuando la enfermedad le ganó la partida postrándolo en una cama para siempre. Él la solía llevar en sus largas caminatas por el campo, caminatas que el médico le prescribió y que retrasaron el final inevitable. Ella nunca entendió para qué la llevaba si no se alejaba de senderos conocidos y cercanos al pueblo. La dejó con el brillo de haberla lustrado mucho con el sudor de la mano. Y después de años olvidada sobre el estante, entre libros empolvados, se acordó de su padre sin saber por qué y decidió llevarla en el viaje.
     Se levantaron muy temprano, cuando el amanecer asomaba con una luz pálida entre las ondulaciones de la sierra. Durante el desayuno, él estuvo mirando el mapa en la cocina, uniendo distancias con un rotulador rojo, entre sorbo y sorbo de café. Un viaje corto, no más de tres horas, como mucho cuatro. Eso dijo cuando volvió a plegarlo por los cuatro dobleces de costuras avejentadas.
     Cerraron ventanas, bajaron persianas y se aseguraron de dejar los grifos bien cerrados, antes de dar varias vueltas a la llave de la puerta de la casa.
     Ya en la calle, ella soltó la bolsa en el suelo y él, antes de meterla dentro del maletero del coche, hizo el primer comentario. Seguro que la has llenado, dijo con la acritud que mostraba siempre que iban a hacer un viaje.
     El sol daba de frente en el parabrisas cuando él comentó que iba a detenerse a echar gasolina. Ella giró la cabeza para mirarlo y, entre sorprendida y enojada, le reprochó que no hubiera llenado el depósito antes de salir, como quedaron. Mientras el empleado ponía la gasolina al coche, entraron en el bar de carretera y se tomaron otro café. Ella con un mollete con tomate y aceite de oliva y él con un dónut de chocolate.
     Volvieron a la carretera. El viaje transcurría con la pesadez de un día de verano que ya mostraba su lado más duro en los campos de tallos cortos, amarillos, secos. Él puso la radio. Ella torció el gesto. La música disco le levantaba dolor de cabeza, pero no dijo nada. Buscó en el bolso, sacó el MP4 y se puso los auriculares. Aun así, el sonido se colaba entre los intersticios de las orejas machacando la voz de Leonard Cohen.
     La despertó el ruido de la gravilla bajo las ruedas del coche, el tránsito de deslizarse por la carretera de manera uniforme, a la reducción de velocidad  hasta detenerse frente al restaurante. Miró el reloj y comprobó la hora. “¿Aún no llegamos?”. La pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta, durante unos segundos que parecieron de alquitrán, luego él contestó algo enfadado con un no seco que atajaba cualquier posibilidad de seguir hablando.
     Comieron en silencio. Él desplegó el mapa sobre la mesa y, entre las judías con chorizo, el churrasco y la tarta de chocolate, estuvo estudiando, como si fuera un laberinto, aquella línea quebrada y roja. Ella lo miraba entre irritada y temerosa, mientras se llevaba a la boca unas judías verdes, una porción de lubina a la espalda y un trozo de manzana, pero no hizo ningún comentario.
     La tarde fue un sinfín de asfalto gris metalizado, pájaros en bandada abandonando árboles, nubes estiradas y rojas alejándose con la monotonía de la marcha uniforme del coche. Tres horas. Cuatro como máximo. Y sin embargo ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que salieron de casa? Para llevar la cuenta exacta debía mirar la esfera del reloj pero sabía que él estaba atento, aunque tenía los ojos clavados en un punto fijo de la carretera, y que detectaría esa mirada, y seguramente acabarían discutiendo. Una de esas discusiones agotadoras, sin  salida. Y ella estaba muy cansada. Así que lo dejó correr.
      Dame un chicle, anda, pidió él cuando ya la línea del horizonte se había cargado de sombras. Ella buscó en el bolso. Lo vació sobre su falda. No tengo, dijo con un suspiro de resignación. ¿Cómo que no tienes? Tú eras la encargada de comprarlos. Al fondo, entre las lomas, se abrió un camino de luz quebrada. Tormenta, dijo ella con un tono triste de voz. No quería hablar de chicles. En realidad era mejor no hablar de ninguna cosa porque lo sabía, sabía que él estaba muy irritado y que necesitaba descargar su furia. Así que no has comprado, dijo rechinando un poco los dientes. Yo creo que sería mejor parar el coche y coger la brújula, dijo ella de repente, buscando alivio a aquel ahogo que sentía al final del esternón. ¿Y para qué te has traído la brújula? No se te ocurren nada más que tonterías, dijo él lanzándole una mirada de soslayo. Sin embargo, ella detectó algo que no era el desprecio de otras veces, algo que se parecía mucho al miedo. Para orientarnos. Él abrió la boca como para contestar pero no dijo ni una palabra. Una lluvia de granizos repiqueteó en el parabrisas. El fin del mundo, comentó ella. Tonterías, dijo él. Los granizos engordaron y el golpeteo en los cristales fue una amenaza firme de ruptura. Él sacó el coche de la carretera y lo detuvo en el arcén. Enseguida se vieron acorralados por los trozos de hielo que arreciaban y repicaban furiosos. Una cortina blanca los aislaba del exterior. No veían nada que no estuviera dentro del coche. No escuchaban otra cosa que el batir incesante del agua congelada. No olían nada que no fuera el miedo que los mantenía rígidos en sus asientos, esperando. Pero ¿a qué esperaban?, se preguntó ella en aquel tiempo muerto, detenidos en cualquier arcén de cualquier carretera. A que escampara, se dijo para tranquilizarse. Sin embargo, no había ni la más mínima señal de que el cielo se fuera a despejar en mucho rato. O tal vez nunca dejara de caer granizo. Nunca, pensó, y sintió de repente el aleteo de la muerte batiendo sus alas en aquel espacio tan pequeño, como una tumba para dos. Sería estupendo, se dijo, girarme, girarnos, y fundirnos en un abrazo. Lo sería si eso pudiera, de alguna manera, desnudarnos de la mortaja con la que cada uno se ha ido vistiendo en los últimos años. De repente él se volvió y dijo: Estamos perdidos. Lo dijo con resignación, con algo de pena. Lo estamos, confirmó ella. Podemos coger la brújula, sugirió él, bajito. Podemos. Habrá que esperar a que escampe, concedió ella.
Fuera, el granizo se amontonaba sobre el capó y ya había ganado medio cristal del parabrisas.

17 comentarios:

R.A. dijo...

Aunque aún no me lo he leído, quiero dejarte ya la enhorabuena por este premio, del cual has sido finalista en otras ocasiones si mal no recuerdo ;), y por ganar la semana pasada en Wonderland.
Olé!

Del relato te digo cuando me lo lea por mail, ya tú sabes.

bESICOS

Yo

Juan Leante dijo...

Como acompañante he vivido unos momentos preciosos. Me atrevería a decir que tan intensos como los tuyos.
Mi más entusiasta felicitación.
Besos a puñaos.

Elena Casero en Veges tú dijo...

No me sorprende que hayas ganado. Sabes describir como nadie los estados de ánimo, meterte y meternos en la piel de los personajes y hacernos sentir lo que ello sienten.

Gracias por escribir así y felicidades por lo que te mereces.

Un abrazo muy grande

Lola Sanabria dijo...

Sí, Ro, hace dos años quedé finalista, pero luego cambiaron las bases y no pude concursar al siguiente. Ahora me he vengado. Gracias por pasarte por aquí con ese R.A. que estuvo ahí desde el principio.

¡Es mi chica!, lo ha escuchado todo el mundo, ¡ya lo creo que se ha notado tu entusiasmo!

Elena, qué generosa eres mi niña. Gracias a ti por tus elogios.

Triple de abrazos.


San dijo...

Enhora buena Lola, desde luego el relato bien merece este galardón. Me ha encantado.
Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, San. Me alegro de que te haya gustado.

Abrazos dobles.

Rocío Romero dijo...

Pues sí Lola, guapa,
una se alegra de asomarse por la red sólo para leer noticias así. Te lo mereces, el relato se lo merece y yo me alegro mucho muchísimo :-)
Me gusta tu protagonista -como todas tus chicas- que sabe que no sabe que necesita una guía... y ese viaje, que llegamos que no llegamos que no miro el reloj, que el granizo nos dibuja, que qué hacemos amor.
Oye que me voy a abrir un cervecita a tu salud (la terraza y tu compañía me las voy a imaginar)... Felicidades de nuevo, reina, ahora que lo he leído, aún más
Y muchos besos

AGUS dijo...

Felicidades, Lola.

El relato lo vale. Me ha gustado especialmente como el viaje se convierte en una metáfora desasosegante, sin escapatoria. Inquieta como al final ninguno de los personajes es capaz de salir, de huir por su cuenta y riesgo, y ambos prefieren quedarse encerrados, esperando el fatídico desenlace, pero sin estar juntos. Impactante final, marca de la casa, con un dominio absoluto de la tensión narrativa.

Abrazos, besos.

Anna Jorba Ricart dijo...

Te felicito. Tu manera de escribir engancha y atrae y no me extrañan tantos premios.
Enhorabuena.

Lola Sanabria dijo...

Tómate esa cervecita bien fría a mi salud, Rocío. Una gozada tu visita.

Has dado en la diana: el viaje es una metáfora. Una pareja que ha perdido el rumbo. No sé yo si la brújula podrá guiarlos.

Agradecida quedo, Anna. Me alegro de que te enganchen mis escritos.


Puñado de besos.

Cora Christie dijo...

Es un momento más, de otros que ahora parecen acumularse, para envolverte, reconocerte y decirte: A pulso y con una sesera privilegiada, con un abecedario de lujo, has ido transformando estas dosis de vida, en momentos de placer para tus lectores.

Reconocimiento a la escritora que se sale del anecdotario para tornarse natural ver sus historias hilvanadas de talento, premiadas con el reconocimiento público de cada vez más instituciones de prestigio.

Mi reconocimiento, mi admiración, mi cariño.

Eva Thornhill dijo...

Bellísimo relato, metáfora para viajeros perdidos en la rutina del tiempo. Su final abierto lo he cerrado a mi aire con ellos encontrando el Norte después de la tormenta.

El premio me sabe a gloria: Por "simpatía"... como estalla la pólvora a veces. Ah, y un beso concienzudo en las neuronas multicolores.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, querida Cora, por tan bellas palabras. No sé qué más puedo decir que es un placer cada vez que me dejas un comentario.


..."metáfora para viajeros perdidos en la rutina del tiempo..." Esto es fantástico, Eva.

Abrazos a pares.

Nenúfar dijo...


El relato me ha mantenido interesada y expectante de principio a fin. Por un lado, por la intriga creciente a medida que el viaje avanza. Por otro, por la relación entre la pareja, en la que a través de gestos, actos habituales, comentarios, me puedo imaginar su cotidianidad cansina, áspera, cargada de desencuentros.
Me ha gustado como un viaje intranscendente en el que todo está bajo control (el itinerario, el tiempo que se va a invertir, el destino), se transforma en un viaje desorientado, interminable, desazonador. Y se interrumpe en un arcén bajo la tormenta enigmática e inquietante. Esa granizada que acorrala, aísla, se amontona, gana (qué verbos tan expresivos). Al tiempo que ellos en esa “tumba para dos”, están perdidos, oliendo el miedo, esperando para coger la vieja brújula olvidada que quizás pueda ayudarles…, o no.
El viaje de la vida en pareja (de la vida, en general) no es un camino trazado, ni fácil, ni con destino predeterminado. A veces, inevitablemente, nos perdemos y necesitamos brújulas, paradas, distanciamientos… para reorientarnos y que las granizadas no nos sepulten.

Lola, felicidades por el premio, y por el trabajo que hay detrás.
Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...

¿Qué puedo decirte Nenúfar después de leer tu análisis, tan agudo, tan acertado? Pues nada, que lo has clavado.

Mil abrazos.

Salvador León Menguiano dijo...

Enhorabuena Lola por el premio.Inquietante el relato en una época tan faltos de brújulas.Por cierto hoy presentas tu libro. Me alegro mucho, y te deseo lo mejor.Desde luego que me lo comprarté y recomendaré, porque estoy seguro que no defraudará a nadie. Mucha suerte campeona. Un abrazo Lola.

Lola Sanabria dijo...

Mil gracias, Salvador, por pasarte por aquí y dejar tu comentario y tu energía positiva.

Sí, fue una gran noche.

Abrazos a pares.