17/1/11

BROTES




Extiendo la mano frente a mí y abro los dedos. La luz se come la carne y deja el hueso con una aureola de luz roja. Miro entre los cinco barrotes y veo el campanario a lo lejos rematado en un nido de cigüeña. El cielo está quieto y turquesa. Más allá de un campo manchado de campanillas, está el río donde papá me llevaba a coger los berros orillados. Me asomaba al agua y veía mi cara oscilando entre las ondas de agua removida por mis manos, y las ramas de los árboles acogiendo el revuelo de pájaros inquietos. Asomaba él su rostro afilado y lo pegaba al mío mientras lavaba un ramillete de tallos verdes, y era tan fuerte el movimiento que mi cabeza y la suya se doblaban como chicle y a mí me daba algo de miedo no reconocerme en la torsión del cuello, no reconocerlo a él en la deformidad de los ojos, separados y caídos. Pero en seguida volvía la realidad con sus contornos precisos y yo continuaba explorando el fondo del río, recogiendo guijarros. Volvíamos a casa cuando el agua se enturbiaba con las primeras sombras de la noche. Él entraba en la cocina desde el jardín y dejaba los berros sobre la encimera de mármol, luego se acercaba a mamá, cocinando en el fuego de la chimenea, la agarraba por la cintura y le besaba el calor de la cara. Yo miraba un poco, luego me iba hacia la puerta principal y subía a mi habitación a dejar las piedrecillas sobre mi mesa para que secaran bien sus poros y poder pintarlas de colores por la mañana.

A papá le gustaba cazar y a mamá la muerte la volvía loca. De vez en cuando ella se quedaba ausente frente a una liebre desangrándose en el fregadero, y no volvía al sol ni a las caricias, ni a las llamadas. Entonces desaparecía durante una temporada y papá y yo la íbamos a visitar los domingos a la residencia que había al final de una carretera algo tortuosa, colina arriba, entre campos muy verdes y lagunas de orquídeas custodiadas. Papá siempre decía que no debía tener miedo de ver a mamá en aquel estado en que no me reconocía, que era porque necesitaba un tiempo de descanso y que esa era su manera de descansar; pero no me gustaba su mirada hueca, tampoco que no contestara a papá cuando le hablaba. Deseaba tanto su regreso que cuando lo hacía, no me importaba que durante unos días estuviera regañando por el desorden que encontraba en la casa.

Las ausencias de mamá fueron cada vez más largas, más profundas, y poco a poco, papá y yo nos acostumbramos a vivir solos, aunque él siguió yendo puntual, cada domingo, a hablarle de los últimos brotes de las flores de nieve que a ella tanto le gustaban, mientras veía caer la lluvia en el jardín, y se unía a los chorretones de llanto que escurrían en el cristal de la ventana.

Cuando me fui, mamá ya había muerto de una muerte dulce, en mitad de una noche muy oscura y manchada de estrellas, de una primavera empapada de agua y flores. Papá quiso quedarse en la casa, tan grande y vacía de presencias pero llena de fantasmas de colores cálidos que caminaban con él por las habitaciones y le hablaban y removían una y otra vez las brasas de los recuerdos.

Ahora he vuelto para cuidarlo. Nada serio dice él mientras la tos le corta el aliento. Nada serio dice el médico. Pero yo creo que el deseo aletargado despertó y que pronto será tan fuerte que nada podrá detenerlo.

22 comentarios:

Maite dijo...

Eres una paisajista y costumbrista excelente. Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Maite.

Besos volados.

AGUS dijo...

Impresionante. Creo que en este registro en el que sientes tan cómoda - se nota que disfrutas - tu literatura alcanza cotas muy altas. Es como si estuvieras pintando. Y el paisaje huele y la tierra huele. Excelente. Otra vez me voy de aquí anodado, pero eso sí, que me quiten lo bailao.

Abrazos, besos, a sus pies.

Lola Sanabria dijo...

Tú sí que dibujas bien cuando escribes sobre un relato. Gracias a puñados, Agustín.

Besos dobles.

David Figueroa dijo...

Lola, estoy sin palabras! Me ha encantado, un relato para releer, y releer, y releer...
Besos.

Lola Sanabria dijo...

Gracias, David. Aquí estará para que lo releas cuanto quieras.

Par de abrazos.

Juan Leante dijo...

Pero que cosa tan bonita y tierna.
Estos relatos son de genio y figura.
Un besazo enorme.

Nenúfar dijo...

Conmovedor el recuerdo sosegado y cariñoso de unas tardes de cotidianidad placentera y de un amor tierno y sólido.
Narración descriptiva, precisa, hermosa, que no deja indiferete al alma.
¡Espléndido!

Lola, besos agradecidos.

Un tipo dijo...

Me encanta tu narrativa, Lola. Es mera vida.
Un placer leerte.
Alimentas esta cabeza.



Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...

Para ternura la que dejas tú en el comentario que sé, que te conozco, que te sale del alma, Juan de mis amores.

Gracias, Edgar, un orgullo servirte de alimento. ¡Que te aproveche!


Puñado de besos.

No Comments dijo...

Cada vez que vengo, lo hago a menudo, me sorprendo por esta capacidad que tienes, vaya ternura, vaya derroche de palabra. Enhorabuena.

Un saludo indio

Lola Sanabria dijo...

Gracias, Nenúfar. Estoy encantada con tu emotivo comentario.

Abrazos dobles.

Lola Sanabria dijo...

De vez en cuando sube un golpe de emotividad a la terraza y salen cosas como ésta. Gracias, Indio. Me alegro de que te guste.

Besos triples.

Rocío dijo...

Ay, Lola, tengo una debilidad por los niños que me convierten en una crítica dura cuando aparecen en un relato. No te lo diría, créeme, si no me hubiera parecido uno de los mejores que he leído... y aunque acabe de llegar a la constelación de los blogs, ya imaginas que a la de la lectura no.
Asombrada y encantada,
Rocío

Lola Sanabria dijo...

Lo sé, Rocío, no hay nada más que leerte para darse cuenta de cuánto te gustan. Gracias.

Besos de la niña que vive en mí.

Ángeles Sánchez dijo...

Cómo es posible crear tanta belleza, extraerla de los recuerdos con esa frescura de tus letras, sin duda Lola este es uno de los relatos que más me han gustado, por varias cosas, pero principalmente por esas ausencias, por esas visitas puntales, por ese irse vencido y ganador.

Besos admirados

Lola Sanabria dijo...

Muy hermoso tu comentario, Ángeles.

Besos agradecidos.

Torcuato dijo...

Supongo que la ausencia de la madre fue más dura para el padre que para la niña. Para esta, la madre estuvo ausente toda su infancia. En cambio si que sentirá la ausencia del padre.
Como siempre, genial, Lola.
Un beso en el calor de la cara.

Lola Sanabria dijo...

A cada cual, una cosa así, le deja su huella. Pero sí, yo también supongo que la muerte en sí de la madre, pudo afectarle más al padre.

Besos volados.

manuespada dijo...

Un relato que en principio tiene facciones duras y que luego vas suavizando a golpe de cincel con bellas palabras Lola. Me ha gustado mucho. Besos también griposos.

Elèna Casero dijo...

Es un hermoso relato, lírico, apasionado, triste, tierno, para leer e imaginar lo que describes.

Muy bueno, Lola.

Lola Sanabria dijo...

¿Tú también con la gripe, Manu? Yo un día de estos me echo a la calle a aspirar humos de coche: o me curo, o me voy para el hoyo. Estoy hasta las mismísimas neuronas, que ni funcionan ni nada. Bueno, y una vez pasado el desahogo, gracias por pasarte y comentar mi relato.

Élena, creo que el relato tiene todos esos ingredientes que tú has visto tan bien. Gracias por comentarlo.

Besos volados (aún) por si los bichos.