16/8/13

CÓMO CRUZAR UNA CALLE DE SICILIA SIN MORIR EN EL INTENTO



Si usted viaja a Sicilia con ganas de pasarlo bien: reír hasta dolerle el estómago, soportar un calor del infierno, acabar con pies y piernas como patas de elefante, y dejarse vaciar los bolsillos con el pago de cuatro cervezas, usted, sufrido turista, debe leer con atención este manual de supervivencia vial.
1). Nunca, nunca, confíe en que un muñequito verde le va salvar el pellejo.
2). Sitúese en el bordillo de la acera frente al semáforo (ojo que no he dicho de cara al paso de cebra, porque puede que no exista ya que los recortes no dan para pintura).
3), Vigile que, en el momento del cambio de color del semáforo, no tenga un coche a menos de tres metros, pues el automóvil seguirá su camino pudiendo ocurrir que le pase por encima y le agüe la fiesta.
4). Una vez que no vea moros cercanos en la costa, encomiéndese a su madre (todas estamos dispuestas a interponer nuestros cuerpos entre agresor e hijo, o a echar mal de ojo a quien intente hacer daño a nuestro retoño), y láncese a la aventura, sin perder de vista ni su izquierda ni su derecha.
5). Si ve aparecer un morro asesino, no se fíe si detecta la presencia de un coche de la policía municipal y no siga a su ritmo, como si nada, con la creencia de que  esto lo va a detener, al contrario, y si usted protesta porque casi lo atropella, lo más probable es que se lleve el susto y una bronca por parte de la autoridad competente por entorpecer el tráfico. Eso si sobrevive.
6). Por tanto, si ve acercarse un vehículo estando en mitad de la vía, rece porque el conductor tenga los reflejos de un chico de veinte años, no esté hablando por el móvil, y su vida sea una maravilla. Usted, además de balbucear una oración o un epitafio, lo mismo da, ponga a trabajar sus músculos, calcule la distancia, y colabore con el quiebro que le va a hacer el coche cuando pase a un par de centímetros de su cuerpo.
7). Ya en la acera contraria, con el corazón repicando alegremente en su pecho, busque la manera de dar un rodeo para evitar cruzar otra calle. Y si es un anciano, o tiene artrosis u otra dolencia que le dificulte andar, mejor no salga a la calle; limítese a dejarse llevar por un autobús al que subirá bien provisto de agua, a la misma puerta del hotel.

    12/8/13

    LA RESEÑA DE DAVID MORENO DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN





    En microSeñales de Humo nueva reseña de Partículas en suspensión. Mi agradecimiento por su generosidad a David Moreno. Podéis leerla aquí.


    8/8/13

    RESEÑA EN LA REVISTA LITERATURAS.COM DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN

    Miguel Baquero ha hecho esa reseña de mi libro con la que cualquier autor sueña. Gracias, mil. Si queréis leerla podéis hacerlo aquí.


    21/7/13

    CARBÓN




    Chicas y chicos, no entraré en el blog durante unos días. Mientras, os dejo este relatito refrescante.
    Dibujo tomado de la red.


    "Pagarán caro lo del año pasado", pensaba mientras perpetraba su venganza. A media noche, lo despertó un grito y el ruido del motor del coche. Bajó la escalera y miró debajo del Árbol. Había un rastro de sangre hasta el jardín. ¿A cuál de los tres le habría tocado? Encendió el televisor y, a la espera de la noticia, se durmió. “¡Despierta, pequeño cabrón!”. La voz de su padre lo sobresaltó. Abrió los ojos y vio el pie vendado y el cepo para ratones colgando de una mano.

    13/7/13

    TODOS MUERTOS-GANADOR DEL XXVI CONCURSO INTERNACIONAL DE RELATOS POLICÍACOS SEMANA NEGRA DE GIJÓN 2013

    Tomada de la red.

    Cuando apenas llegaba a sus rodillas, mamá trazó una línea bajo el dintel de la puerta de mi habitación, con un jaboncillo gastado de los que hacía con aceite rancio y sosa cáustica. "Hasta la hora de la cena, no puedes pasar la raya", dijo. De nada sirvieron mis ruegos de perdón. Pasé la tarde ovillada en la cama, llorando. De todos los castigos que ella inventó para mí, aquél era el que más me dolía. Pero con el tiempo, la angustia dio paso al rencor y, de la mano de éste, a la venganza imaginativa.
         Recuerdo mi primera muerte. Fuera llovía con rabia y los cristales de la ventana parecían a punto de estallar. Yo estaba tumbada en la cama como siempre. Estiré las piernas y las manos, cerré los ojos y dejé de respirar. "Muerte por sufrimiento", leí en mi lápida, y vi a mi madre de pie junto a mi tumba, toda de negro, consumida por el remordimiento, mojando pañuelos anudados unos a otros como los que sacaba de su bolsillo el mago de la televisión; infinitos. Eterno su dolor. Cuando no pude aguantar más sin atrapar el aire pastoso del cuarto, dejé de estar muerta. La había castigado durante unos segundos y eso me hizo sentir mejor y secó para siempre mi llanto.
         Cada una de mis muertes posteriores superó a la anterior. Se sumaron al cortejo fúnebre algunos compañeros de colegio que se burlaban de mi cojera y una tía que me llamó estúpida cuando se deshizo en el agua la cara de mi muñeca de cartón. En mi último entierro, la comitiva de dolientes plañideras y ultrajadores de mi persona llenaba toda la calle, desde mi casa hasta la iglesia. Dentro, el altar rebosaba de cirios encendidos, y las coronas y las flores enroscadas en las barandillas de hierro forjado, asfixiaban el aire con su olor a compota. Llenaban mi fantasía las súplicas de perdón y los desmayos entre los bancos de madera y los reclinatorios forrados de terciopelo morado, cuando de repente escuché en un rincón la risa sofocada de mi compañera Berta y  toda la escena se derrumbó.

         Mamá había dejado de mover con un palo las grasas en el caldero, llenar las latas con la pasta hirviendo y cortarla en trozos cuando se enfriaban. No había líneas que me impidieran salir de mi habitación y la risa de Berta me puso al corriente de que ya no era una niña. A mis compañeros de Instituto, entretenidos en mirarse sus ombligos perforados,  mi posible muerte les importaba tanto como la de  las moscas que a veces hacían estallar entre las palmas de sus manos. Entonces encontré un nuevo camino de venganza. Ya no era yo la que moría, sino ellos. Sembré el Instituto de cadáveres: en las aulas, en los servicios, en los patios: cuerpos despanzurrados por doquier. A veces me daba algo de espanto ver cómo una chica pisaba a uno de mis muertos virtuales mientras se lavaba las manos. Su cabeza reventaba como una sandía y de las grietas  manaba la sangre como un surtidor. Pero en cuanto alguno se acercaba con una burla, se renovaba mi deseo de venganza.
         Mamá nunca sabrá la cantidad de dinero que le ahorré en psicólogos. Tenía una vecina que visitaba a un psicólogo todos los lunes y miércoles. Me lo dijo aquel día que llamó a mi puerta aterrada por su soledad y el acoso de sus demonios. La hice pasar y le hablé de cómo solucionaba yo mis problemas a golpe de pistola, machete o veneno, según el momento. Dijo que ya estaba más calmada y  volvió a su piso. Escuché desde el rellano cómo echaba la cadena y el cerrojo. Creo que incluso movió un mueble para apuntalar la puerta porque oí cómo arrastraba algo. Después de aquella tarde, cada vez que me la encontraba en la escalera, daba un respingo y aceleraba el paso.  Se llamaba Dolores y la tuve que matar.
         Un mediodía, al volver del Instituto, mamá me estaba esperando en mi habitación con muy mala cara.  Me dijo que la vecina le había contado a su madre todo lo que yo le había dicho. Cuando le expliqué que sólo era un juego, una manera de desahogarme, ella se echó a llorar, compadeciéndose de su mala suerte, y no me quedó más remedio que tranquilizarla con la promesa de que dejaría de matar de mentira. Ahí encontré el significado exacto de la  palabra venganza.
         Vencí el recelo de Dolores con invitaciones a merendar en casa y explicaciones de integrales que ella era incapaz de comprender. Se quedaba con el lápiz entre las dos paletas separadas, con la mirada vacía de entendimiento, como un muro de hormigón. Y yo seguí esforzándome en que cambiara el cero que el profesor de Matemáticas le ponía en sus hojas de exámenes por un número más alto, aunque fuera un dos. Mientras tanto, decidí que acabaría con sus terrores, el descalabro económico de la familia por el pago de las sesiones del psicólogo y su lengua demasiado larga, con unas cucharaditas de veneno en el tazón del Cola Cao que le preparaba mamá. Elegí esa forma de muerte porque yo la sangre sólo la soporto de mentira. Además de que era mucho más limpia. De suministrarme el veneno se encargó mamá, que odiaba a las hormigas y rociaba con aquellos polvillos el camino que iba de la puerta de la calle a la cocina. No le gustaban mis muertos virtuales, pero no le importaba dejar un reguero de patas y antenas retorcidas por el pasillo. Ahí estaba ella todas las mañanas con el recogedor y la escoba, quitando cadáveres. ¿Y por qué iba a ser más importante Dolores que una fila de hormigas? Ella tuvo mucho que ver con mi primer muerto de verdad.
         Matar a Dolores me costó muchas meriendas, porque aquella niña debía tener el estómago a prueba de veneno. Y eso que le cargaba bien la leche con el Cola Cao. Murió una noche y poco antes de morir fui  a verla a su casa. Estaba retorcida como uno de esos gusanos de tierra cuando los pinchas con un palo. Me miró con ojos de loca y, aunque no se le entendía lo que estaba diciendo, su madre me pidió que me marchara.  Fui al entierro. A fin de cuentas ella era mi primera víctima  y le tenía algo de apego.
         Después de aquello, mamá decidió que teníamos que cambiar, no sólo de casa, sino también de ciudad. No opuse resistencia. Me daba igual estar en un sitio que en otro. Mi única razón para haber continuado allí, acababa de morir. Porque, aunque yo fui la causante de los dolores de barriga y de su muerte, el día a día, la cucharadita de veneno con el Cola Cao, el pescozón cuando no entendía algo, que era siempre, el insulto intercalado con una palabra de ánimo, crearon un lazo de cariño y amistad. O así lo veía yo. Y aquel malestar de estómago que me acompañó durante una temporada, me hicieron prometerme que no volvería a las andadas, que solucionaría mis problemas de otro modo. Un puñetazo, bueno. Una zancadilla, no estaba mal. Y existían otros recursos no físicos. El insulto, la calumnia, el menosprecio, en fin algo menos definitivo.
         Durante una temporada larga fui feliz con la contemplación de los pajarillos, las mimosas, los peces en la pecera. Todo muy bonito. Y además me enamoré de un chico de mi nuevo Instituto. Era pelirrojo, con pecas y unos hierros en la boca que me encantaba repasar con mi lengua. Lo llevé a casa y se lo presenté a mi madre. Mamá tenía un aspecto de loca impresionante: pelos enmarañados, las bolas de los ojos girando dentro de las cuencas y una risa satánica que combinaba con un llanto manso, como de cordero degollado. Esperaba que la alegraría verme con un chico, porque me dijo muchas veces que yo  necesitaba  encontrar a alguien que espantara los pájaros de mi cabeza. Pero no fue así. Lo echó de casa a empujones mientras le decía que era por su bien. Y después de eso, él no quiso saber nada de mí. Supongo que no le hacía ninguna gracia salir con la hija de una loca. Así que mi madre tuvo la culpa de mi segunda muerte. Le hice llegar al pecoso una caja de bombones. Creo que fue una muerte muy dulce. Cuando mamá se enteró, recobró milagrosamente la cordura y dijo que me iba a denunciar. A mí, una víctima de sus manejos. La intenté convencer. Le dije que el nombre de la familia quedaría manchado para siempre si iba a la policía. Meterían las narices en nuestras vidas, rastreándolas hasta el lugar de donde vinimos y saldrían a la luz todos nuestros pecados, grandes y pequeños. Pero ella tenía la mirada dura, como aquella que yo veía cuando era niña mientras trazaba la raya con el jaboncillo hecho con jabón casero. Entonces lo vi claro: se trataba de una cuestión de supervivencia. Mamá, mi otra mamá, aquella que no dudó en solucionar los problemas con papá de manera expeditiva, esa que hizo una tarde un gran caldero con grasas y aceites y removió hasta la noche y salieron muchas latas de jabón y tuvo que venderlo porque no le cabía en la alhacena, esa era la mamá que me enseñó el camino. No comprendía por qué aquella señora venía con escrúpulos. Nunca lo entendí. “Niña, no hagas eso. Niña no hagas lo otro. Niña pórtate bien”.   Quizás fuera porque ahora me miraba con otros ojos, ojos de miedo, por lo que había decidido denunciarme, que era como denunciarse a sí misma.
         La cogí de la mano y la llevé a la terraza. Ella se dejó hacer. No opuso ninguna resistencia. A fin de cuentas, siempre dijo que era mejor morir en brazos de alguien querido. Bueno, no era exactamente así. No iba a morir en mis brazos, pero sí tendrían mucho que ver en la acción de mis dos manos. Le estuve hablando de nuestras cosas. De lo difícil que era conseguir que alguien te quisiera y no te dejase, como papá. Y ella asentía mientras lloraba mansamente, como yo lloré aquellas tardes cuando me encerraba en mi habitación. Le dije que entonces no la entendí, incluso llegué a odiarla, pero que ahora, con el paso del tiempo, veía las cosas de diferente manera. Quizás porque yo me sentía también como ella se debió de sentir: sin una emoción, sin un deseo de verme reflejado en otro, sin una necesidad de compañía. Nos quedamos frente a frente. Yo había dejado de hablar, pero no me decidía a terminar con aquella situación estúpida. Entonces ella sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal y se lo llevó a los ojos. En una esquina, había una jota y una te bordadas y recordé los días de colegio y me vi con el bastidor en la mano, bordando con mucha ilusión aquellos pañuelos pequeños de mujer. Luego fui a la papelería y compré un papel con balones de colores y celofán y pasé  toda la tarde intentando envolver mi regalo para el día de la madre. Rompí el papel y tuve que volver a la papelería a por otro de lacitos lilas y rosas y volví a intentarlo. Y así hasta cuatro veces, porque yo no me sentía satisfecha con los picos y las arrugas que se formaban. La señora Pilar me preguntó para qué compraba tanto papel de regalo y yo le dije llorando que era para envolver el regalo de mi mamá a la que quería mucho, y que no me salía bien. Entonces ella dijo pobrecilla, cuánto quiere a su mamá, y me pidió que le llevara los pañuelos a la tienda. Sacó un papel brillante como el oro y con mucha destreza hizo un paquete perfecto. Luego lo cruzó con una cinta de color rosa, cortó las puntas en tiras pequeñas y las rizó con las tijeras. Por último le pegó una etiqueta con la palabra felicidades y me lo entregó y no me cobró nada. Y yo estaba muy contenta porque mi regalo iba a devolverle la alegría a mi madre y se olvidaría de que papá no la quería a ella ni a mí tampoco porque quiso dejarnos solas, aunque mamá no se lo permitió. Recordé lo feliz que fue mamá con los pañuelos y cómo lloraba y me abrazaba.
         Me acerqué a ella y no hizo intención de retirarse. Se quedó con el pañuelo estrujado entre los dedos, haciendo aquel duelo por su hija que tantas veces había imaginado. Abrí su mano, cogí el pañuelo y  enjugué su llanto. Después pasé mi brazo derecho por encima de sus hombros, rodeé su cintura con el izquierdo y le di un abrazo.



       

    10/7/13

    CARRETERA

    Fotografía tomada de la red.

    Cerca de la carretera que une mi pueblo con otro más grande, hay un edificio de ladrillo sin enlucir ribeteado de bombillas, con un tendedero en el lateral huérfano siempre de ropa, hecho con dos horquillas de madera y una cuerda de nailon. Cuando paso de día con el coche, lo miro de reojo hasta que desaparece tragado por la distancia. Nunca veo a nadie.
    Algunas noches de verano, cuando voy con mi marido a cenar a ese pueblo, veo el edificio desde lejos, rabioso de luces de colores que me recuerdan las de mi infancia colgando en la caseta de “El tren de la bruja”. El tendedero lo ha borrado la noche, pero la puerta brilla como si la acabaran de pintar de rojo. Cuando el coche está a su altura, siempre me pregunto qué estará ocurriendo dentro.

    5/7/13

    RESEÑA EN LA BITÁCORA DE ALENA COLLAR SOBRE "PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN"


    Imagen extraida de la bitácora de Alena Collar.





    Esta es la primera reseña de "Partículas en suspensión". Un regalo inmenso, por el que le estoy muy agradecida a Alena Collar. Porque ella escribe desde su verdad, sin dejarse llevar por simpatías o antipatías personales. Por eso tiene tanto valor para mí su crítica literaria que podéis leer aquí.

    Vaya para ti, Alena, un puñado de besos.




    29/6/13

    PRESENTACIÓN COMPLETA DE "PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN"



    Todas las presentaciones corren el riesgo de convertirse en un acto insulso en el que la gente está deseando que acabe cuanto antes. Ayer, este riesgo no existió desde el momento en que Manu Espada se puso al frente de la dirección. El guión que preparó fue, como siempre, un derroche de creatividad y afectividad. Personalmente lo pasé en grande. No faltó el buen rollo y el impagable sentido del humor, rasgos imprescindibles en el devenir de estos tiempos tan difíciles.
    Quiero darle las gracias a Manu Espada por ser como es: una gran persona ante todo; y por el gran esfuerzo que hizo para que todo resultase de lo más divertido. Y por supuesto, a todos aquellos que han participado en este montaje,  sin los cuales la presentación no habría sido posible.
    Mis mejores deseos para Lola y su libro: "Partículas en suspensión".

    Juan Leante






    Estas primeras fotos van dedicadas a los que prepararon e hicieron posible la entretenida presentación de: Partículas en suspensión.

    Manu el direstó, la Lola y el correcaminos, digo..., Mariano Vega, el editor (Regidor al fondo)
    Ernesto Ortega - El regidor en la sombra. Siempre al loro.
    María Jesús Baratas.  Un toque de distinción
    Yolanda Del Valle. La voz del pueblo.

    Medio tapado, Gonzalo Cordero. Un desparrame de humor del bueno.





    La emotiva lectura de María Jesús Espada

    Rosana Alonso, alias la Negra, siempre dando el callo y no protesta.
     



    27/6/13

    "PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN" SE EMBARCA EN LA NAVE DE LOS LOCOS

    Hoy, Fernando Valls publica en su blog "La nave de los locos", el relato que da nombre al libro "Partículas en suspensión". 

    Podéis leerlo aquí.

    Mil gracias, Fernando. Un placer navegar de nuevo en tu nave.

    26/6/13

    RESEÑA EN LA ESPADA OXIDADA

    Hoy, en el blog de Manu Espada, un gran regalo para mí y un aperitivo del libro aquí.

    Mil gracias, Manu.


    24/6/13

    CONVOCATORIA Y ANEXO






    ANEXO A LA CONVOCATORIA:

    21/6/13

    BOOKTRÁILER DE "PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN"

    Con todos ustedes, el maravilloso trabajo de José Luis García. 




    19/6/13

    EL VIAJE- RELATO GANADOR DEL V CONCURSO DE RELATOS ESCRITOS POR PERSONAS MAYORES





    NOTA DE PRENSA
    Lola Sanabria, ganadora del Concurso de Relatos Escritos por Personas Mayores 2013 de la Obra Social ”la Caixa” y Radio Nacional de España.

    A la quinta edición del concurso se han presentado 1.572 relatos escritos por personas mayores de toda España, cifra que supone un aumento del 37 % respecto a la edición del año anterior (1.154).

    La mayoría de los autores proceden de la Comunidad de Madrid (477), Cataluña (248), Andalucía (278) y la Comunidad Valenciana (109). 

    El objetivo de la iniciativa, organizada por la Obra Social ”la Caixa” conjuntamente con Radio Nacional de España y con la colaboración de La Vanguardia, es estimular el hábito de la lectura, el uso de la imaginación y la actividad creativa entre la gente mayor.
     
    La ganadora del concurso, Lola Sanabria, residente en Madrid, recibirá como premio un ordenador, un trofeo, la adaptación radiofónica de su relato, El viaje,  y su publicación en La Vanguardia y en las webs de Radio Nacional de España y de la Obra Social ”la Caixa”.

    http://www.rtve.es/radio/20130618/rne-entrega-este-miercoles-premio-del-concurso-relatos-escritos-por-personas-mayores/691621.shtml

     http://prensa.lacaixa.es/obrasocial/concurso-relatos-escritos-personas-mayores-rne-la-vanguardia-obra-social-la-caixa-esp__816-c-18400__.html




    EL VIAJE
     
    La tarde anterior metió y sacó la ropa de la bolsa de viaje varias veces, desasosegada, no conforme con lo que había decidido llevarse. Pero siempre, encima de un jersey o una blusa, como una piedra sobre papeles para impedir que vuelen,  la brújula. Se la regaló su padre cuando la enfermedad le ganó la partida postrándolo en una cama para siempre. Él la solía llevar en sus largas caminatas por el campo, caminatas que el médico le prescribió y que retrasaron el final inevitable. Ella nunca entendió para qué la llevaba si no se alejaba de senderos conocidos y cercanos al pueblo. La dejó con el brillo de haberla lustrado mucho con el sudor de la mano. Y después de años olvidada sobre el estante, entre libros empolvados, se acordó de su padre sin saber por qué y decidió llevarla en el viaje.
         Se levantaron muy temprano, cuando el amanecer asomaba con una luz pálida entre las ondulaciones de la sierra. Durante el desayuno, él estuvo mirando el mapa en la cocina, uniendo distancias con un rotulador rojo, entre sorbo y sorbo de café. Un viaje corto, no más de tres horas, como mucho cuatro. Eso dijo cuando volvió a plegarlo por los cuatro dobleces de costuras avejentadas.
         Cerraron ventanas, bajaron persianas y se aseguraron de dejar los grifos bien cerrados, antes de dar varias vueltas a la llave de la puerta de la casa.
         Ya en la calle, ella soltó la bolsa en el suelo y él, antes de meterla dentro del maletero del coche, hizo el primer comentario. Seguro que la has llenado, dijo con la acritud que mostraba siempre que iban a hacer un viaje.
         El sol daba de frente en el parabrisas cuando él comentó que iba a detenerse a echar gasolina. Ella giró la cabeza para mirarlo y, entre sorprendida y enojada, le reprochó que no hubiera llenado el depósito antes de salir, como quedaron. Mientras el empleado ponía la gasolina al coche, entraron en el bar de carretera y se tomaron otro café. Ella con un mollete con tomate y aceite de oliva y él con un dónut de chocolate.
         Volvieron a la carretera. El viaje transcurría con la pesadez de un día de verano que ya mostraba su lado más duro en los campos de tallos cortos, amarillos, secos. Él puso la radio. Ella torció el gesto. La música disco le levantaba dolor de cabeza, pero no dijo nada. Buscó en el bolso, sacó el MP4 y se puso los auriculares. Aun así, el sonido se colaba entre los intersticios de las orejas machacando la voz de Leonard Cohen.
         La despertó el ruido de la gravilla bajo las ruedas del coche, el tránsito de deslizarse por la carretera de manera uniforme, a la reducción de velocidad  hasta detenerse frente al restaurante. Miró el reloj y comprobó la hora. “¿Aún no llegamos?”. La pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta, durante unos segundos que parecieron de alquitrán, luego él contestó algo enfadado con un no seco que atajaba cualquier posibilidad de seguir hablando.
         Comieron en silencio. Él desplegó el mapa sobre la mesa y, entre las judías con chorizo, el churrasco y la tarta de chocolate, estuvo estudiando, como si fuera un laberinto, aquella línea quebrada y roja. Ella lo miraba entre irritada y temerosa, mientras se llevaba a la boca unas judías verdes, una porción de lubina a la espalda y un trozo de manzana, pero no hizo ningún comentario.
         La tarde fue un sinfín de asfalto gris metalizado, pájaros en bandada abandonando árboles, nubes estiradas y rojas alejándose con la monotonía de la marcha uniforme del coche. Tres horas. Cuatro como máximo. Y sin embargo ¿cuánto tiempo había transcurrido desde que salieron de casa? Para llevar la cuenta exacta debía mirar la esfera del reloj pero sabía que él estaba atento, aunque tenía los ojos clavados en un punto fijo de la carretera, y que detectaría esa mirada, y seguramente acabarían discutiendo. Una de esas discusiones agotadoras, sin  salida. Y ella estaba muy cansada. Así que lo dejó correr.
          Dame un chicle, anda, pidió él cuando ya la línea del horizonte se había cargado de sombras. Ella buscó en el bolso. Lo vació sobre su falda. No tengo, dijo con un suspiro de resignación. ¿Cómo que no tienes? Tú eras la encargada de comprarlos. Al fondo, entre las lomas, se abrió un camino de luz quebrada. Tormenta, dijo ella con un tono triste de voz. No quería hablar de chicles. En realidad era mejor no hablar de ninguna cosa porque lo sabía, sabía que él estaba muy irritado y que necesitaba descargar su furia. Así que no has comprado, dijo rechinando un poco los dientes. Yo creo que sería mejor parar el coche y coger la brújula, dijo ella de repente, buscando alivio a aquel ahogo que sentía al final del esternón. ¿Y para qué te has traído la brújula? No se te ocurren nada más que tonterías, dijo él lanzándole una mirada de soslayo. Sin embargo, ella detectó algo que no era el desprecio de otras veces, algo que se parecía mucho al miedo. Para orientarnos. Él abrió la boca como para contestar pero no dijo ni una palabra. Una lluvia de granizos repiqueteó en el parabrisas. El fin del mundo, comentó ella. Tonterías, dijo él. Los granizos engordaron y el golpeteo en los cristales fue una amenaza firme de ruptura. Él sacó el coche de la carretera y lo detuvo en el arcén. Enseguida se vieron acorralados por los trozos de hielo que arreciaban y repicaban furiosos. Una cortina blanca los aislaba del exterior. No veían nada que no estuviera dentro del coche. No escuchaban otra cosa que el batir incesante del agua congelada. No olían nada que no fuera el miedo que los mantenía rígidos en sus asientos, esperando. Pero ¿a qué esperaban?, se preguntó ella en aquel tiempo muerto, detenidos en cualquier arcén de cualquier carretera. A que escampara, se dijo para tranquilizarse. Sin embargo, no había ni la más mínima señal de que el cielo se fuera a despejar en mucho rato. O tal vez nunca dejara de caer granizo. Nunca, pensó, y sintió de repente el aleteo de la muerte batiendo sus alas en aquel espacio tan pequeño, como una tumba para dos. Sería estupendo, se dijo, girarme, girarnos, y fundirnos en un abrazo. Lo sería si eso pudiera, de alguna manera, desnudarnos de la mortaja con la que cada uno se ha ido vistiendo en los últimos años. De repente él se volvió y dijo: Estamos perdidos. Lo dijo con resignación, con algo de pena. Lo estamos, confirmó ella. Podemos coger la brújula, sugirió él, bajito. Podemos. Habrá que esperar a que escampe, concedió ella.
    Fuera, el granizo se amontonaba sobre el capó y ya había ganado medio cristal del parabrisas.

    16/6/13

    UNA PARTÍCULA QUE SE COLÓ EN TU BLOG


    Trabajo de José Luis García y Marisa Belmonte.
    Es la segunda vez que entro en el blog de Lola sin avisarla. Pero tengo un motivo para hacerlo.
    Ser su compañero es un orgullo, y por eso tendréis que perdonar si lo que os voy a presentar peca de emotividad, seguro que lo entenderéis a poco que os pongáis en mi lugar.
    Como ya sabréis, Lola va a publicar el próximo día 28 de Junio su primer libro "Partículas en suspensión" con Editorial Talentura, y como es natural para mí es un motivo de satisfacción.

    Todos, en mayor o menor medida, conocéis sus trabajos y su forma de relacionarse, pero muchos seguramente no estéis al corriente de otra faceta suya y que yo la percibo casi día a día. Sobre esta versa el vídeo que he preparado, y que os presento a continuación, como  contribución particular a esta gran JUNTALETRAS, que así se define ella.

    (Al pinchar aparece el mensaje de: -Inserción desactivada por petición-, pero pulsando en "ver en Youtube", se iniciará el vídeo)

     

     FELICIDADES LOLA

    Juan Leante

    13/6/13

    PORTADA DE PARTÍCULAS EN SUSPENSIÓN



    Excelente trabajo de José Luis García y Marisa Belmonte.

    11/6/13

    ANÓNIMOS- Relato ganador de la semana de Wonderland



    El mar ya se había calmado. Eché la última palada. El conductor asomó la cabeza por la ventanilla y me apremió para que subiera. Ninguna señal, nada encima de cada elevación del terreno, esa era la orden. Los plásticos de los invernaderos brillaban bajo la luz de la luna. Me incliné y arranqué unos hierbajos con flores amarillas. Metí los tallos en la tierra y la apelmacé con las dos manos. Subí a la furgoneta y me senté pegado a un compañero. El patrón dijo que la noche era muy calurosa, pero yo llevaba el frío metido en los huesos.
     A partir del minuto 50.

    8/6/13

    SOL, SOLECITO, CALIÉNTAME UN POQUITO


    Fotografía tomada de la red.


    Querida niña:

    Estaba condenado a ser el eterno adolescente. Todos me decían lo que tenía que hacer. Siempre con sus advertencias. Les hacía caso, porque eran la voz sabia de los adultos. ¡Pero tú eres tan especial!
         Me asomaba en la oscuridad a tu ventana, y a través del cristal blindado,  seguía con mi uña tu cuerpo de ninfa. La piel, cobre bruñido por el sol. El pelo como noche con reflejos de luna llena. El pecho apretado y duro, seguro que duro. El cuello terso y palpitante. Me mareaba y en más de una ocasión caía sobre las ramas  del árbol que vigila tu sueño. En primavera, las flores del magnolio me irritaban los ojos, sentía ese escozor raro, como el llanto de los habitantes del pueblo. Parecías tan feliz, calentita, durmiendo en tu cama. Y yo cada vez más deprimido y con el corazón helado de frío.
          Hace tiempo que solo quedan cuatro habitantes. El cura, siempre metido en la iglesia. La vieja, seca como un sarmiento, que ninguno la quiere porque nada hay que sacar de ella. Y tú, mi niña, que me estás volviendo loco, loco; con tu padre el de la siembra de patatas y ajos, muchos ajos.
         Esta noche, tú (porque has sido tú sin duda), has colgado unas revistas de las ramas del magnolio, como cuando me dejaste “20 poemas de amor y una canción desesperada”, de Neruda. Las he estado leyendo. Todas hablan de los beneficios del sol. Y se ve a la gente en playas y yates, con un mar profundo, azul cielo o verde esmeralda, pero nunca negro. Y lo he comprendido. Es una invitación.
         Cuando vuelva al castillo, dejaré la lápida descorrida y las ventanas y la  puerta abiertas para que entren bien los rayos de sol. Ellos me guiarán hasta donde me esperas. Por fin te haré mía para siempre. Después de todo, los mayores también se equivocan.


    Tu  vampiro enamorado.




    5/6/13

    EL APRENDIZ

    Fotografía tomada de la red.

    Todos los años, unos días antes de Navidad, mi madre compraba un pollo vivo que metía en el chiscón de la cocina, con un palo atravesado para que se subiera y estuviera cómodo durmiendo. Mi hermano jugaba con él mientras le daba el trigo en la mano y cuando lo veía de plato principal en la cena de Nochebuena, se negaba a comerlo y no dejaba de llorar. El año en el que se estuvo preparando para hacer la Comunión, además de trigo, le daba lecciones del catecismo y el día antes de Nochebuena le ungió con un mejunje la cresta, le echó agua bendita, que dijo haber cogido de la iglesia, y le dio la absolución. El pollo amaneció muerto y mi madre no se atrevió a ponerlo en la cena. A partir de entonces, no volvió a traer nada vivo a casa.

    28/5/13

    PSICOSIS

    Tomada de la red.

    Cuando va de compras, mi mujer quiere que la acompañe siempre. Ella dice que es para que la ayude a elegir, pero no es así, me lleva para que cargue con las bolsas. Después de un sábado agotador, quedaron pendientes los regalos para mis suegros y mis cuñados. La Navidad a la vuelta de la esquina y ningún fin de semana más para dejar la tarjeta de crédito temblando. Tengo un compañero que a menudo enferma a media mañana y se va a casa. Quince años de trabajo en la empresa y yo nunca lo hice, pero aquello era una emergencia. Le eché la culpa al desayuno y al final, el café y los churros me sentaron fatal. Me fui a eso de la una y aguanté hasta las cinco, el estómago revuelto, el calor y el gentío asfixiantes. De camino a casa, detuve el coche en un semáforo en rojo y vi a mi jefe cruzando el paso de peatones. Estoy seguro de que él también me vio.

    24/5/13

    DETECTORES DE CAJAS DE GRASA CALIENTES (Mi microrrelato tuneado que se llevó Marina)


    No hace falta que me toque. Tampoco que esté muy cerca. Basta con tenerme al alcance de su mirada para saber hasta dónde he llegado. Así pues, el registrador se encuentra en el interior de sus ojos profundos como mina de hulla. El captador orilla mi falda, tal vez el desfiladero acuoso que se pierde en mi escote, o quizá esté en el engorde azulón de  venas palpitando en mis sienes. Él hace sus cálculos, se divierte mientras yo siento que de un momento a otro voy a quedar fundida a la silla, al suelo, a la barra donde apoyo mi mano. Y cuando me desabrocho la blusa empapada y agito mi pelo con el aire del abanico, entonces viene a mí sin prisas, se pega a mi cuerpo, y los dos nos enredamos en un vaivén salvaje de locomotora descarrilando hasta entrar en el vértigo del despeñadero. Después, la muerte súbita.

    20/5/13

    0TRA VEZ

    Ni el frío ni la amenaza de lluvia consiguieron desviar mi atención. Durante el trayecto a la macroquedada, iba dándole vueltas al asunto. Me bajé en Tribunal a lo tonto, porque quedaba más cerca Noviciado, pero a lo listo habría andado menos y las posibilidades de maquinación se habrían reducido al metro. Que cómo me las maravillaría yo. Que cómo me las maravillaría yo este año. Y así me presenté sin ningún plan concreto pero con la idea de que de alguna forma me saldría con la mía.
         La presentación del Viaje imaginario al Archipiélago de las Extinta, bien, para qué negarlo. Ro, hizo sus deberes. La de la antología, como siempre, siendo Manu, dinámica y divertida. De la comida no hablo. Y por fin el sorteo. Yo en la cola preguntándome si alguien me la habría levantado. Llegando, la veo en brazos de Francesc. A esa le tenía yo echado el ojo, le digo. Y él, caballero andante o sentado, qué más da, se ofrece a cambiármela por lo que me toque. Metí mi manita inocente y saqué número y tuneado. Confieso que me dio pena su mirada lastimera. Pero sólo un segundo. Enseguida reclamé que se hiciera efectivo el trato. Sí, una vez más me llevé un premio gordo. No me digáis que no es una ricura.

    ALIVIOS

    La madre busca entre los restos de su precario ajuar las sábanas bordadas de su noche de nupcias. Se traga las lágrimas, no es momento de llorar. Lava las sábanas y las tiende al sol para que haga desaparecer el amarillo añejo del tiempo transcurrrido. Espera el milagro que les devuelva la blancura que tenían aquella noche, cuando concibió a su hijo. Su único hijo. No quiere llorar, ahora no es el momento. Plancha las puntillas que engalanan el embozo y el almohadón, aunque este no hará falta., lo plancha igualmente. Siente alivio cuando piensa que serán estas sábanas el sudario que envuelva el cuerpo de su hijo. Mañana llorará.

    Rosa Martínez
    vanalaire.blogspot.com

    16/5/13

    ADAPTACIÓN



    Padre, madre e hijo estuvieron paseando con la bolsa de viaje a cuestas. Antes o después tendrían que acostarse, pero retrasaban el momento. Les costaba aceptar su nueva situación. Cuando el parque quedó desierto, extendieron los cartones y se echaron a dormir sobre los bancos.

    13/5/13

    BOOKTRÁILER "DE ANTOLOGÍA" DE JOSÉ LUIS GARCÍA

     ¡¡El 18 de mayo, sábado, la logia se reúne!! Estrenamos libro. ¿Te lo vas a perder?

    Booktráiler aquí

    9/5/13

    ÚLTIMO DETALLE DE DESPEDIDA



     
    Fotografía tomada de Internet

    Anoche se celebró el funeral-fiesta de la hija de Lara, tal y como ella dejó dispuesto. Desde primeras horas de la tarde, el servicio de catering fue llenando las mesas preparadas en la venta El Chorro, con bandejas de canapés variados, croquetas, gambas, pastel de cabracho y solomillos a la pimienta; además de vino, cerveza, coca cola y cava. Alrededor de cien invitados entre amigos y familiares, bebieron y comieron mientras una orquesta tocaba “Adelita“, “Reloj no marques las horas“, “Angelitos negros” y otras piezas del gusto de la difunta. A eso de la una de la madrugada, se retiraron los mayores, y se quedaron los más jóvenes disfrutando de barra libre y música enlatada.

    Sus hijos, a quienes la difunta dejó el frigorífico y el congelador llenos de tuper repletos de comida, lloran tan irreparable pérdida.

    7/5/13

    LA SOLEDAD DE LA BORDADORA

    Fotografía tomada de la red.


    A veces regreso a las tardes de escuela. Trenzo la madeja de hilo Moliné mientras me llega el griterío de la última pelea en el patio, la voz de la maestra disolviendo y provocando temblores de llanto. Y ya dispuesta, la aguja diminuta enhebrada, el bastidor, las tijeras y el punzón sobre el regazo, dejo de prestar atención a la compañera que escribe en la pizarra la fecha del día siguiente con tiza blanca, a los rezos del rosario. Los ojos fijos en la flor, atentos a la puntada larga, a la corta, del matizado. Y las imágenes van brotando, desenroscándose y estallando en colores y formas. Sueños de infancia y adolescencia.

    30/4/13

    A DOS MANOS- GANADOR SEMANAL DE WONDERLAND Y RELATOS TRADUCIDOS AL FRANCÉS




    Doble alegría la de hoy. De nuevo en Wonderland. Y tres de mis relatos traducidos al francés.


    A DOS MANOS

    Entrabas en la sala comenzada la película y elegías tu presa. Admiraba la delicadeza de tu mano derecha deslizándose por la piel ávida de caricias, la agilidad con que sacabas limpiamente la cartera con los dedos de la otra.
         Conmigo te costó algo más de tiempo, empeñada en implicar a tus dos manos en el gesto amoroso. Fracasé.
          Sé de tu disgusto, el billetero es de plástico y sólo contiene esta nota. Pero puedes recuperar el tuyo, aligerado de peso, con toda la documentación, en la papelera que hay a la entrada de nuestro cine que, estoy segura, seguirás frecuentando.

     Podéis escuchar el relato a partir del minuto 49

    http://www.rtve.es/alacarta/audios/wonderland/wonderland-litoral-parlem-amb-director-raimon-molins-els-actors-marc-rodriguez-lluis-marco/1796372/

    Os dejo el enlace a los relatos traducidos al francés, gracias a la intervención de Manu Espada.

    http://lecturesdailleurs.blogspot.fr/2013/04/expulses-silence-dieu-lola-sanabria.html?m=1

     

    Y aquí los relatos en castellano.

    SILENCIO

    Mis pies desmayados oscilan a dos centímetros del suelo, como peces moribundos, desde el precipicio de la cama. El esmalte de uñas se ha descascarillado. Muestra calvas blancas entre el rojo sucio. Muevo un poco los dedos hacia abajo a la búsqueda de aquella mañana, de aquella pelota rodando, rodando. Cierro los ojos y cuento hasta tres. Giro los tobillos y el hielo de la colcha me roza. Abro una rendija en los párpados. Levanto la mirada a la cómoda, al niño y al balón enmarcados. Un puñetazo que me corta el resuello. Bajo la cabeza. No encuentro las zapatillas.

    DIOS

    En el hospital, me espera la rutina. La bata blanca y los locos de siempre. Dejo de patear el andén, arriba y abajo. Tengo delante una cabeza rapada. A su derecha otra con coleta. A su izquierda, la de media melena. Chubasquero, blazer, abrigo, pantalón, falda, zapatos planos, de tacones, deportivas... Elijo a la chica de la coleta rubia, cazadora negra, pantalón vaquero y zapatillas. El tren asoma el morro por el túnel. Unos pasos, y me pego a ella. Acaricio su espalda con el dorso de la mano. Gira la cabeza y mírame; si sonríes, te perdono la vida.

    DESAHUCIADOS

    Las tres de la madrugada. Salgo con los zapatos en la mano, para no alertar al perro que dejaron de vigilancia. En el vestíbulo tropiezo con la maleta y las cajas. Unos segundos de espera, mordiendo el labio, para que se pase el dolor del meñique, siempre el meñique. Abro y cierro la puerta conteniendo la respiración. Me calzo. Bajo. Ni lobos en las aceras. Camino hasta el final de la primera calle. La corto con la radial, de lado a lado, a lo ancho, la voy enrollando como una alfombra, desandando el camino. Luego otra. Y después la siguiente. Así hasta no dejar ninguna de acceso a mi portal. Fuera de casa, el vacío. Sonrío satisfecho. Vuelvo a la cama. Duermo. Me despiertan los golpes. De un salto, me planto frente a la ventana. Han vuelto a poner las calles. Ya vienen. En las tiras blancas del paso de cebra, cuerpos estrellados como mosquitos. Aún no han tendido las redes. Rompo el cristal y salto. A medio camino me topo con el del quinto. Vamos cayendo, los desesperados.

    28/4/13

    DETALLE DE DESPEDIDA

    Fotografía tomada de la red.


    Con un kilo de tomates, medio de pepinos, un pimiento verde, un trocito de cebolla, un diente de ajo, miga de pan, sal, vinagre de Jerez, aceite de oliva virgen y agua, puedes hacerte el gazpacho que tanto te gusta y que hoy no encontrarás en la nevera cuando vuelvas a casa de madrugada.

    Ana.

    22/4/13

    PROFESIONES

    Tomada de la red.

    Cuando cumplí los doce años, me regalaron “El perro de los Baskerville” Decidí que sería detective y comencé a espiar a la vecina del octavo. Era muy sospechoso que se negara a que el portero bajara su basura. La seguí varias noches hasta el contenedor, esperé a que se alejara, pinché con un palo su bolsa de basura y revolví en ella. La señora le daba a la cerveza, apunté en mi cuaderno. Muy contento con el éxito, seguí con mis pesquisas, aunque durante unos días no descubrí nada nuevo. Hasta el día en que, al escuchar la voz de mi madre y el llanto de su prima, acercándose, me escondí detrás de la cortina de la salita.
    - Ya verás cuánto lo quieres cuando nazca. Fíjate en mí. Salté muchas veces desde el fregadero al suelo de la cocina, intentando que se deshiciera. Una de esas veces a poco me mato pues se me enganchó la lazada del delantal en la llave de paso. Y nada, la naturaleza siguió su curso y ahora estoy tan contenta con mi hijo.
         Somos dos hermanos. Agradecí a mi madre que no diera nombres.

    18/4/13

    METAMORFOSIS




    Mis padres iban al mercado los viernes. Abrían el carro y olía a fruta fresca y a pan tierno. Luego se anudaban los delantales, se metían en la cocina, y la casa se llenaba del aroma a cordero asado, sopa de cocido, pescado y carne a la plancha y palito de canela hirviendo en el arroz con leche. Pero cuando la empresa de papá presentó el ERE y a mamá la echaron del hospital, el interior de la nevera se cubrió de moho. Y a nosotros nos envolvieron, como crisálidas hibernando en su capullo, las nervaduras de las verduras descompuestas.

    12/4/13

    11,04,13

    Fotografía tomada de la red.


    Se van retirando por los pasillos, entre dentritas y  chisporroteos, el ruido del último golpe en el suelo, los gritos y los llantos. Y entran a borbotones las palabras atropelladas que quieren encontrar una explicación. Aún huele caliente. Adrenalina que suda y mezcla con sangre. Daño mínimo para un daño íntimo, profundo, enquistado, con escasa posibilidad de drenaje.
         Y él, el héroe, superviviente de abandonos y soledades, él que ha ayudado a contener al saurio que enseñaba los dientes desde el pozo oscuro, recibe contento el agradecimiento de educadores, de técnicos, de guardias de seguridad. Sonríe satisfecho. Tiene futuro. Se va a donde él quiere hoy mismo. Eso piensa. En eso confía. Es lo que le abrirá la puerta, lo que deshará el nudo que lo asfixia. Pantalón negro brillante. Camiseta guapa. Chaqueta. De Máximo Dutti, dice. Contento. Y se cambia de cinturón porque el blanco no le va bien al conjunto. Todos callamos. Sabemos a donde va. Sabemos de su decepción. Sabemos que no lo merece. Que no hay otra cosa para él, dicen. Y los pasillos se inundan de lágrimas secretas, calladas, ahogadas y ocultas en cualquier vestuario, en cualquier rincón.

    8/4/13

    LA COSTILLA DE EVA

    Toamada de la red.


    Miro la piel plisada como falda, las manchas, islotes sin mar ni costa, de mis manos, los nudos en las articulaciones de mis dedos, mientras lo oigo. Se ha enamorado de la joven vecina del sexto. 
    - ¿Te acuerdas? Sí, mujer, la del chucho- insiste.
    No voy a montar ningún escándalo. ¡A ver si se estrella!
    Entonces comienza a enumerar bienes. 

    - El televisor de plasma lo pagué yo. El ordenador también es mío. La cuenta del banco la dejaste vacía con tus compras estrafalarias.
    Piensa que me falla la memoria. Echo la cabeza hacia atrás para verlo bien, en perspectiva. Sigue siendo el mismo fiscal prepotente al que vapuleé hace treinta años. Y ahora vuelve a por otra. No escarmienta. Me acerco y dejo un beso en sus mejillas descarnadas. Es de agradecer que, cuando ya nada me motivaba, venga él y me ofrezca en bandeja la ocasión para volver a lucirme como abogada.

    4/4/13

    DESTELLOS EN EL CRISTAL





    La Internacional Microcuentista ha publicado un libro digital que recoge un amplio abanico de microrrelatos en torno al espejo. Podéis leerlos todos aquí


    DESAPARECIDA

    Descubrí una estrella de puntas irregulares. Rasqué un poco con la uña. La estrella perdió las puntas y se transformó en círculo. Lo cubrí con el dedo y noté que el cristal se ablandaba. Presioné y entró la yema.  Metí un brazo, detrás el otro, después una pierna, y luego la otra. Todo mi cuerpo pasó al otro lado del espejo. Y encontré a la niña.

    2/4/13

    PRIMAVERA

    Tomada de la red.

     
    En el cristal de la ventana, amargan los primeros brotes del almendro. La barra del armario se curva bajo el peso con sabor a hielo de los grises, y el tacto ligero de los azules y verdes que empujan al invierno. Arriba, en un ángulo del techo, la araña enhebra y tira hilo hacia el dintel de la puerta. Escucho mi desgana. El despertador ha dejado de temblar hace rato. Hora de levantarse cambiar la ropa y bajar la araña, me digo. Doy media vuelta y cierro los ojos. Un ratito más.