21/11/09
SOMBRAS
19/11/09
CUESTIÓN DE OLFATO (Finalista del V certamen de relatos Pompas de Papel)



El inspector Ramos se inclinó, abrió las aletas de la nariz y aspiró el aire. Tenía el mejor olfato del Departamento de Homicidios.
- El besugo es de ayer. El hielo no oculta el olor de los boquerones. La lubina, en cambio, es fresca- dijo a Rosa, su mujer, que esperaba su informe para hacer la compra.


31/10/09
HIJOS
Relato publicado en el libro “Vivencias” (Editorial Orola)
7/9/09

Los mejores relatos de La Ventana de Verano
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es "LA ÚLTIMA JUGADA"
(Relato leído por Juan Zavala)
30/8/09
Los mejores relatos de La Ventana de Verano
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es La chica del perrito.
LA SEÑORITA DEL PERRITO. Autora: Lola Sanabria.
(Relato leído por Soledad Puértolas)
Recojo las bolsas vacías de patatas fritas, los envoltorios de helados, las botellas de plástico. Echo todo en la bolsa de basura. Sin prisas. Paso el rastrillo, dejando caminos en la arena, como tierra arada a la espera de la siembra. Descanso. Apoyo las manos sobre el mango y miro hacia la barandilla: pasean del brazo las parejas, regresan a casa las familias con la nevera y la sombrilla, y los niños devoran bocadillos. Me retraso. Se retrasa ella. Entretengo la espera ensayando: “¿Tomaría un café conmigo, señorita?”. Y entonces la veo a lo lejos: una línea curva cerrada con una correa y un punto al lado. Cuando llegue, entonces lo dejaré todo, subiré las escaleras y le cortaré el paso. Saldrán solas las palabras. Se acerca. Ya veo los mechones blancos en su pelo corto y negro, sus labios finos, su frente marcada por el guiño de los ojos cuando el sol la deslumbra. Su cuerpo pequeño. El cocker se para y olisquea la palmera. Ella se detiene un momento y me mira, luego da un tirón a la correa y pasa de largo. El rastrillo resbala con el sudor de mis manos. Tal vez mañana.
9/8/09

Los mejores relatos de La Ventana de Verano
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es La casa del acantilado.
Iniciación. Autora: Lola Sanabria.
(Relato leído por Soledad Puértolas)
La tía Leonor se teñía el pelo de rubio y se pintaba de rojo la boca y las uñas de pies y manos. El primer día, dábamos un paseo por la playa cuando me llamó la atención aquella casa de postigos azules y paredes rojas, al borde del acantilado.
- ¿Quién vive ahí, tía Leo?- le pregunté.
- No te acerques a esa casa -, me ordenó. Y no quiso hablar más del asunto.
De día, la casa parecía deshabitada, pero de noche, iban y venían hombres y mujeres por el camino hacia la entrada alumbrado con luces de colores. Yo los espiaba desde la ventana de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, con los prismáticos que me regaló papá para mi cumpleaños. Una de esas noches, el deseo de acercarme me desveló. Salté por la ventana y estuve merodeando por los alrededores.
- ¡Qué chico tan guapo!- escuché la voz de una mujer a mi espalda.
. Volví corriendo a casa y cubrí mi cabeza con la sábana. Entonces me llegó el olor de la mano que revolvió mi pelo. El mismo olor que descubrí en el brazo de mi tía aquella misma mañana cuando dejó sobre la mesa el tazón del desayuno.




Los mejores relatos de La Ventana de Verano.
Cada viernes la escritora Soledad Puértolas se asoma a La Ventana de Verano para animaros a escribir. El tema de esta semana es Las tormentas.
EN LA SIESTA. Autora: Lola Sanabria.
(Relato leído por Marta González Novo)
Restallidos de cuero y luz cimbreando el aire. Se despierta con el olor a humedad que baja de sierra Boyera, de Los Sillones. Se ha ennegrecido la raya de la ventana. Apaga el ventilador. Se levanta. Abre la puerta del patio. Vienen globos de cieno desde la loma del repetidor. Se golpean las nubes y una escalera de luz corta el cielo en dos mitades. Al fondo, muy al fondo, un punto se enciende. Árbol que muere. Saca los pies descalzos al agua que baja desde las tapias al sumidero. Chillan las ratas y esconden sus hocicos entre lodos removidos. Brilla el rojo de las tejas. Escurre el agua, entra en la boca del canalón y sale en chorro que barre un trocito de ladrillo del suelo. Cuatro pasos más. Mete un pie en el talón y los dedos que dejó en el cemento tierno cuando era niña. Cuenta: Uno, dos... Y el aire revienta. Cuenta: Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Se aleja. Abre los brazos, sube la cara, saca la lengua. Agua. Luego el cielo se abre en colores que se doblan sobre el horizonte. Vuelve el calor.
8/8/09
Hasta hoy no había encontrado utilidad al bidé. Voy de un lado a otro descalza, intentando engañar al calor. No me quejo, soy del sur. Si viviera en Helsinki por ejemplo, la depresión me habría calado hasta el tu
30/7/09
LOS CINCO DEL LIBRO "PLUMA, PAPEL Y VINO"

BUEN CALDO
Poseía la mayor extensión de viñedos de la comarca. Sus uvas daban un buen vino. Pero de todos, el mejor era el que guardaba en una barrica. Ése lo reservaba para los amigos. Y cuando alguno le preguntaba: “¿Qué echas dentro para que haga un caldo tan excelente, un jamón?”, él siempre les contestaba con una sonrisa pícara: “No quieras saberlo”.
CATADOR
“Te quiero”, decía, y mojaba sus labios en el vino. Pero sus besos eran fugaces. “Te quiero”, repetía con los ojos entornados mientras lo saboreaba. Pero su lengua no tocaba mi boca. Descorché aquel regalo olvidado en la bodega. Mojé las yemas de mis dedos y dejé su humedad detrás de mis orejas, en las muñecas, entre mis pechos, en los tobillos... “Te quiero”, dijo. Y no se detuvo hasta la última uña.
EL REY
Decía que apreciaban su opinión. Pero hacía tiempo que perdió la finura del olfato, la delicadeza de un paladar exquisito. Ya no sabía distinguir un Marqués de Murrieta, de un vino peleón. En las bodegas seguían dándole una cata del último hallazgo. Por los tiempos pasados cuando él era el rey y todos lo admiraban.
IMPERDONABLE
Primero fueron sus gemelos de oro. Ella los tiró a la basura. Él le devolvió el golpe cortando la cola de su vestido de novia. Después le rayó el BMW con las llaves de la casa. Él hizo desaparecer sus pendientes de brillantes. Era una crisis matrimonial en toda regla. Podían haberla superado como otras veces. Pero ella llegó demasiado lejos. Estrelló la botella del Marqués de Cáceres contra el suelo de la cocina.
RECUERDO
Abrió la puerta del armario, sacó la camisa y la dejó sobre la cama. Un ramillete antiguo del color de las cerezas, manchaba la pechera. Hacía tanto de aquella cena que, a veces, se le iba el recuerdo. Se echó a su lado y se abrazó a ella. Siguió el rastro con olor a vino, de aquella noche inolvidable poco antes de que él se marchara.
21/7/09
ESCARMIENTOS
Cuando era muy pequeña, las calles de mi pueblo no estaban asfaltadas. Corría cuando jugábamos al escondite. Corría cuando nos perseguían los niños. Corría para ahuyentar el frío del invierno. Y mis caídas eran muy frecuentes. Si sólo era un raspón en la rodilla, me la curaba yo misma con saliva. Pero a veces no era suficiente. Iba a mi casa llorando, con la piel desollada y la sangre corriendo por las piernas. Mi madre sacaba entonces el agua oxigenada, empapaba un algodón y lo aplicaba a la herida. Al retirarlo, quedaba una espuma, como gaseosa efervescente, que escocía. Lloraba más. Y entre soplido y soplido a las rodillas, mi madre decía: “A ver si escarmientas”.
No escarmenté entonces. Me gustaba correr por la calle a pesar de las muchas caídas. Y no escarmiento ahora. Ya no corro, pero sí confío o espero de los demás, y me llevo muchas decepciones. Pero no escarmiento. Siempre consiguen sorprenderme. Y lloro. Aunque ya no tengo a mi madre para que me sople en las heridas o me haga una caricia, o me diga: “A ver si escarmientas de una vez”. Creo que, como me dijo no hace mucho una profesora de un curso, alimento muy bien a esa niña que llevo dentro. Escarmentar sería como matarla, y yo no quiero.
28/6/09
FINALISTA DEL PREMIO INTERNACIONAL DE MICRORRELATOS "CENTENARIO DEL PUERTO DE ALMERÍA"
Mi padre volvía con su disfraz de mecánico y se lo cambiaba por el de hombre cansado. Mi madre lo recibía con el de ama de casa anudado a la cintura. Yo dejaba mi disfraz de capitán de barco para volver a casa y sentarme a la mesa, en medio de un silencio de plomo. Después, ellos se vestían de matrimonio frente al televisor y yo me encerraba en mi habitación a soñar con que aquel barco empujado por el temporal, estaba varado en una playa donde la arena era oro.
Pero un día mi padre no volvió a casa y mi madre cambió todos sus disfraces por el de clown, aunque intentaba disimular su nariz roja con la borla de su polvera. Cambié mi disfraz de capitán de barco por el de mecánico de papá para que mamá dejara el de payaso.
Han pasado unos años y sigo de mecánico, aunque algunas noches, me pongo el disfraz de capitán, me acerco a la orilla y boto un barco grande. Y con el control remoto lo envío mar adentro, abriendo un camino oscuro y recto hacia esa isla y ese tesoro que aún aguardan a que yo los descubra.
24/5/09
MOVIDAS
No me gustan pero son necesarios. Con el primero que tuve, después de algunos desencuentros, llegamos a entendernos. Murió de viejo, como debe ser. El segundo iba camino de pasar a mejor vida y entonces vino el tercero envuelto en regalo de cumpleaños. Yo habría preferido una faldita, un pantalón, una blusa para enseñar el canalillo, pero la utilidad primó este año. Quizá el menosprecio con el que lo recibí, caló hondo y urdió esta venganza. Porque, díganme con la mano en el pecho o donde les dé la gana, si no es fruto de un cabreo supino lo que me está ocurriendo. Yo no soy de mensajes, tampoco de llamadas; como ya he dicho, este artilugio me parece útil para estar localizable, aunque a veces dudo sobre si no será como tener un chip de esos que ponen a los delincuentes para seguirlos a todos lados. En fin, que no mando casi nunca mensajes. Pero es de mala educación no contestar si recibes uno de alguien conocido. Y es de muy malas entrañas devolver un abrazo cuando te han enviado varios de esos de oso amoroso. Mi madre no me parió tacaña. Así que yo intento mandar abrazos, pero no me deja. De hecho me escribe los mensajes como le da la gana. Y así pasa, que una acaba con tal economía de palabras que parece que envíe un mendrugo de pan y agua. Por ejemplo, yo quiero poner camión, pues me sale camino. ¡Olé tu gracia torera!. Y qué decir de los acentos. A mí de momento sólo me concede acentuar las agudas que terminan en e. Un suplicio esto de los mensajitos. Yo empiezo: bip- pausa-bip-más pausa... , que parece que se oiga un marcapasos por toda la habitación. ¡Y el pariente descojonándose de risa!. Bueno pues el dichoso aparato debería apiadarse de mí, que ya me cuesta escribir letra a letra ¿no? Pero qué va, me deja colgada con unos mensajes miserables y como no me permite enviar abrazos, reparto besos y punto. Odio a este maldito móvil.
26/4/09
TAN LEJOS Y TAN CERCA.
(finalista del certamen "Los tesoros del agua")
Autora: Lola Sanabria
Si esa cabra comiera,
mi niña.
Una brizna de hierba,
mi niña.
Si una gota cayera,
mi niña.
Yo te daría leche.
Llueve sobre Europa.
África languidece.
26/11/08
De acuerdo con las bases de participación, no es posible publicar el texto del relato con el que participó Lola Sanabria y cuyo título es : "RÍOS Y AFLUENTES". Quedan pues, algunas imágenes del acto con la entrega de premios y lectura del relato ganador.
Presentación del acto a cargo de Ana García-Siñeríz.
Lola recogiendo el premio de finalista.
El actor Miguel Rellán hace la lectura del relato ganador.
Miembros del jurado con los participantes.
José Antonio Abellá (Ganador del concurso), Miguel Rellán y Lola durante el vino que ofreció la organización.
La familia arropando: Basi y Mª Jose a los lados y servidor tirando la foto.
AUTORA: Lola Sanabria.
(Relato ganador del XVII concurso de narrativa "María Fuentetaja" Ayuntamiento de El Escorial)
Recuesta la cabeza en el respaldo y mira a través de la ventanilla. Haces empacados sobre la tierra de tallos amarillos, cortados a ras de suelo. Ni una nube en el cielo. De vez en cuando, un campesino marcha lento, subido en el tractor. Sol de mediodía. Julio. Una mujer en un camino, con la cabeza cubierta por un sombrero de paja, avanza despacio con una cesta de mimbre al brazo, cuatro picos de tela a cuadros descansando sobre el trenzado. Dos paradas y el tren se detendrá en la estación. En el andén, el padre con la piel cuarteada por muchos soles, más viejo; y la madre con sus enormes pechos sobre el mandil con volantes, más vieja. Besos y abrazos. “La maleta, déjame la maleta”, dirá él. Y ella le hablará de camino a la casa del conejo con tomate que le habrá preparado, ese que tanto le gusta. La misma escena repetida todas las vacaciones. Pero ahora ha vuelto para quedarse. Respira profundo y los pulmones se caldean con el aire del vagón. Vuelve para quedarse. En la misma habitación que dejó cuando se fue a estudiar Agrónomos. El padre estará satisfecho. Dejará la maleta sobre la colcha de ganchillo que hizo la madre y ella la abrirá para sacar sus ropas y protestar por los roces y el color. “Un poco de lejía, algo de azulete en el aclarado, hilo y aguja, y quedarán como nuevas”. Ella siempre tan dispuesta a aprovecharlo todo, a sacar partido de cualquier cosa. Sobras de cocido: ropavieja. Manzanas dañadas por el pedrisco: compota.
casa y cantaban y tocaban la zambomba que su padre hacía con la vejiga del cerdo, bien tensada sobre la boca de un cántaro pequeño y una pajita en el centro. Cuántas risas con los sahumerios. Cuántas lágrimas cuando el pimiento picante se quemaba en los braseros. Invierno. Y con el invierno volvían los sabañones en las manos y las orejas, y la recogida de las aceitunas, a veces medio enterradas por las heladas. El padre siempre quiso que fuera Agrónomo. Nos vendrán bien tus estudios para el campo. Asoma el cauce del río, seco, con las piedras rodadas brillando, limpias, sin un verdín que hable de aguas recientes. El tren va más despacio. Le cuesta subir el repechón de Los Negrales. Cuando remonten, cuando salgan de este paraje de pinos, entrará en la penúltima estación. Sacude el pañuelo y bebe el último trago de cerveza. Vuelve a recostar la cabeza en el respaldo y mira por la ventanilla. Coto de caza. Antes no había tanto coto de caza. Había campo abierto y escopetas y cazadores haciendo huir en bandadas a los pájaros con el estampido de los cartuchos. Conejo con tomate. Su madre siempre le prepara conejo con tomate. Pero a él no le gusta el conejo con tomate. Le gustaba hasta aquel día en que se encontró con uno de frente, los ojos raros, la cabeza rara, y su padre dijo ni se te ocurra matarlo. Le cogió asco al conejo. Le dio por pensar que tal vez se comió alguno así, tan raro, tan feo con esos ojos reventones. Y él nunca se atrevió a decirle a la madre que no quería más conejo, ni con tomate, ni de ninguna otra manera. Por no herirla. Por
no defraudar al padre había estudiado Agrónomos. Le gustaba el campo en primavera, cuando los tallos de hinojo y los espárragos salían de la tierra. Cuando los días se estiraban y el sol caldeaba la humedad del río. Cuando los almendros florecían y sacaba las almendras de sus fundas verdes y eran tan tiernas que se hacían leche entre los dientes. Y daba gusto tumbarse en el patio y marearse con las estrellas que corrían de un lado a otro en las noches sin luna. Pide un deseo. “Ver mundo”, susurraba. “Que este pueblo es muy chiquito y asfixia”. Y eso que le gustaba mucho la hija de la Julia, una pecosa con trenzas de zanahoria. Pero a su madre no le hacía gracia verlo tontear con ella. Todo por una pelea antigua entre familias. Ángela empapand
o su camisa de llanto. Ángela. Baja los párpados y deja una rendija. Entre las pestañas se abre un arco iris en una gota que humedece un ojo. La alergia. Sólo ver las horcas aventando la parva y le entra ese polvillo que le pone la nariz de payaso, los ojos hinchados y llorosos, y le hace estornudar continuamente. Las consultas con el alergólogo le llevaron de visita a la ciudad. La primera vez que se bajó del tren y salió a la avenida, le asustó el caudal incesante de coches. Se sintió pequeño y desamparado. Su madre le agarró de la mano muy fuerte, tanto que le hizo daño, y anduvo sorteando coches como pudo, entre pitidos y gritos. Enseguida se acercó un guardia y le enseñó los semáforos y los pasos de peatones. La madre le dio las gracias y todo tipo de explicaciones sobre de dónde venían, a qué, y cómo se llamaba el doctor al que habían ido a visitar. El guardia fue muy amable, les indicó el camino para llegar a la consulta, y ella le ofreció su casa. “Si se anima a visitarnos, le haré un conejo con tomate, que me sale muy bueno, ¿verdad, hijo?”. Y el hijo movió la cabeza varias veces. Luego tiró de su mano y los dos se perdieron en un laberinto de calles y semáforos. La hija del médico era mayor que él. Despuntaban los pechos en su blusa de popelín, y recogía el pelo muy negro y espeso con un lazo en una coleta. Vestía el uniforme del colegio: una falda gris, tableada, que le llegaba a las rodillas, medias blancas y zapatos negros. Cuando salía de clase, iba a la consulta y esperaba a que terminara su padre para que la llevara a casa. Masticaba chicle de fresa y sacaba la punta de la lengua envuelta en una funda rosa. Soplaba y hacía un globo que estiraba y estiraba hasta estallarle en la cara y tocar la punta de su nariz. A él le gustaba verla hacer globos y a ella le divertía que él la observara. En una de aquellas visitas, la madre se quedó dentro hablando con el médico y ella aprovechó que estaban solos para llamarlo paleto. “¿Qué miras, paleto?”. No quería ser un paleto. Quería dejar el pueblo. Quería ser alguien tan importante como el padre de ella, tan sabio que le ponía unas inyecciones y le daba unas pastillas y adormecía la alergia. Si su padre no se hubiera empeñado en que hiciera Agrónomos, habría sido médico. El tren aminora la marcha en una curva que rodea una montaña. Él levanta los brazos y bosteza. Pronto habrá llegado. “¡Ahí está!”, dirá la madre señalando con un dedo la ventanilla. Y saludará con la mano y gritará: “¡Aquí, aquí!”, y aligerará el paso, siguiendo el cuadrado de cristal hasta que la locomotora se detenga. “Conejo con tomate, hijo, ya verás cómo te chupas los dedos”. “No lo agobies mujer, ¿no ves que viene cansado?”, dirá el padre cuando ella le coja la cabeza entre sus manos y le llene de besos la cara, alzada sobre las puntas de sus zapatillas de lona. “Nadie como su madre”, contestará. “Nadie como una madre”. El verano anterior a su partida, dejó de ir con Paco a la caída de la tarde para matar los pájaros que bajaban a beber al río, los dos emboscados entre los matorrales, silenciosos, la escopeta cargada, atentos a los trinos y vuelos. Paco era buen cazador y siempre volvía con el morral lleno a la espalda. Él menos. Pero le gustaba acompañarlo. Luego, de camino a casa, fumaban algún cigarro que Paco había comprado en el estanco con el dinero de la venta de los pájaros. A Paco le gustaba el campo y nunca pensó en hacer otra cosa que trabajar la tierra con el padre. Un poco terco, Paco. Dejó de hablarle
e un año. “No interesa. La gente ya no viaja en tren por estos pueblos. Prefieren el autocar. O el coche. ¿Tú tienes coche, chaval?”. Al Jefe de Estación lo han jubilado. El reloj de la estación tiene el cristal roto y las agujas marcan siempre las dos y veinte. La pintura del banco está levantada en varios sitios, como si un cepillo de carpintero hubiera dejado sin desprender del todo sus virutas. Hace años el cobre del reloj de la estación brillaba y el banco estaba verde y liso, recién pintado. Y sus padres un poco más jóvenes. Ellos dos solos, llorosa ella, muy serio él. Ángela no. No había sitio para ella en esa despedida. Le empapó la camisa de llanto la tarde anterior. “No me olvides”. “No te olvidaré”. “Vuelve”. “Vendré para Navidad”. Pero ella no dejaba de llorar, la cara pegada al pecho de él, como un aguacero. La madre. Ella se daría cuenta. El aire caliente que bajaba del cerro de las cruces la secaría, pero quedarían las arrugas. Tarde. Hacía rato que dieron las diez en el reloj del Ayuntamiento. Y Ángela que no lo soltaba. Nunca la vio llorar, nunca hasta entonces. La dejó de pie, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. “Una sonrisa, venga, hazlo por mí”. Y ella lo despidió así, con una sonrisa triste, los labios apretados, sin dejar salir las palabras, y los ojos rojos de tanto llanto. Ángela tenía el cuerpo de niña, a medio hacer, y poquito hueco entre sus caderas. “¿El viaje bien? Van a quitar la línea. No es rentable. Deja, deja que lleve la maleta”. El padre está más delgado, el pelo blanco, las arrugas más profundas. Y algo más encorvado. Lo observa cuando va delante hacia el Land Rover. ¿Cuántos años, setenta?
finos y pegajosos donde caían las moscas. Cuanto más se movían intentando escapar, más se liaban en sus mortajas. La araña salía de su escondite, avanzaba hacia la mosca y la dejaba vacía y retorcida. Como él. La madre entraba, le retiraba el pelo de la frente, le pedía que saliera a comer, a saludar a los que venían a verlo. Pero no quería ver a nadie, ni comer, ni moverse, sólo ver las arañas salir de la grieta. “No hay grietas, ni arañas, hijo”. Ella no las veía, no las podía ver. Él sí, gordas, pequeñas, como un río. “Huye”, decía. “Huye”, imploraba. Pero la mosca siempre caía en la tela y allí se quedaba esperando la muerte. Cuando la fiebre lo dejó en un estado de sopor, la madre le hizo beber caldos y tragar pastillas. Y poco antes de que acabaran las vacaciones, apareció en la puerta de la habitación. Pálido, casi translúcido. La madre ahogó un sollozo tapando su boca con el pañuelo. El padre arrastró una silla y le indicó que se sentara dando unas palmadas en las aneas. Silencio. Pollo en Nochebuena, mantecados y peladillas. Villancicos, aguinaldos, voces y risas. El paso de los borrachos tambaleándose en las aceras. Ruido en la calle. Dentro, el silencio. La madre abre la maleta sobre la colcha de ganchillo, saca la ropa y se la lleva. “Todo esto para lavar, que tiene muy mal color. Ya verás lo bien que queda con algo de lejía y azulete. Bien planchadita y cosidos los puntos que se han escapado de los jerseys. Ya lo verás”. Él se tumba sobre la cama y mira al techo. Blanco, sin grietas, sin arañas ni moscas. Oye el ruido de los platos en la cocina y enseguida la voz de la madre, llamándolo. Sobre el hule, humeando, el tomate que cubre dos patas y unas costillas de conejo. El dornillo y los cuencos. Gazpacho. Se sienta en la mesa, retira el plato y se echa el caldo. El padre miga pan, la madre no se sienta. Va de un lado a otro, atareada, inquieta. “¡Mira qué sandía!, se ha abierto ella sola, de lo buena que es. Azúcar, puro azúcar”, dice, y la pone sobre la mesa. Un balón atravesado por una enorme raja. Él abandona la cuchara en el cuenco y mira la línea quebrada y ancha como una herida profunda. La madre calla. “Ha muerto la Julia”, dice de repente. El hijo aparta la vista de la sandía y la mira. Le tiembla la barbilla. Saca un pañuelo del bolsillo del mandil y lo pasa por los ojos, por la boca, por toda la cara. “No callará esta mujer”, dice el padre mientras sigue echando trozos de pan en el gazpacho. “No te apures, yo la cuidaré. Ayer quité las malas hierbas, le di una mano de pintura negra al aro y le puse flores frescas”, dice la madre. Se acerca al hijo y le retira un mechón de pelo de la frente. - Gracias, madre. Acaba el gazpacho y se levanta. - ¿No vas a comerte el conejo? - No, madre. No me gusta el conejo. - ¿Desde cuándo? - Desde hoy. Antonio sale al patio y se sienta en la mecedora vieja. Su padre se sienta a su lado y mientras fuma un cigarro, le habla de la cosecha de trigo, de la vendimia a dos pasos como quien dice, de los frutales que fumigó y han dado muy buenos melocotones y albaricoques ese año. Sabe más que él del campo. No lo necesita.
Hay una algarabía de pájaros despidiendo la tarde. Cruza el aire una golondrina. Los vencejos se posan sobre el brocal del pozo un momento, luego remontan el vuelo y se achican hasta desaparecer detrás de una loma. Dos gorriones se arrullan entre las hojas de la parra. Y poco a poco llega la oscuridad. Un camino de luz cruza el cielo como un relámpago y cae detrás de los tejados. Pide un deseo. “Ver mundo”. Y sabe que esta vez su deseo se cumplirá.
20/11/08
ARRIBA, ABAJO.
AUTORA: Lola Sanabria
2º Premio del primer certamen de relatos breves "El Puente".
Esta mañana Alba salió temprano de casa. Ni siquiera la oí levantarse. A eso de las nueve, la peque me ha despertado. Se ha subido a la cama y me ha abierto los ojos tirando hacia arriba de los párpados. El sol entraba por las rendijas de los postigos dejando unas franjas de luz sobre las sábanas. He palpado con la m
-¿Sabes dónde está tu madre?- le he preguntado a la peque. Ella se ha encogido de hombros y se ha puesto a saltar sobre la cama.
En la cocina, bajo un vaso de agua, Alba dejó una nota en la que decía que se fue de compras y volvería a mediodía. De compras. ¿Qué habría que devolver esta vez? Mientras llenaba la cafetera de agua, echaba cucharadas de café en el filtro, la enroscaba y ponía al fuego, he barajado varias posibilidades. Un vestido para una cena de gala, un patinete para la peque, un cuadro... De todo ello había hablado por la noche. Calenté la leche, le puse el Cola Cao y eché cereales en un cuenco. El café salió a borbotones y llenó la cocina de olor amargo. La peque arrimó su silla a la mesa y se puso a desayunar. Me senté a su lado y mientras untaba una tostada de mantequilla y mermelada, le pregunté qué quería hacer esa mañana.
- Saltar a la goma- dijo ella con la boca manchada de Cola Cao- saltar a la goma en el patio. Levantó el tazón con las dos manos y apuró la leche. Luego salió de la cocina.
“Gasolina” se asomaba por la ventana, esperando a que abriera el cristal para saltar dentro. Miré el comedero vacío. Como Alba no se acordara, el gato se iba a quedar sin comida. Sólo un puñado de pienso. Eso era lo que había. Pero se acordaría. Ella nunca se olvidaba de la peque ni de “Gasolina”.
Recogí las tazas y platos del desayuno y los fregué. “Supongo”, pensé, “que traerá algo para la comida”. En esa fase, Alba siempre compra algo bueno para comer. Demasiado bueno, demasiado caro seguro. Pero eso no importa, porque luego viene la mala racha y todo se vuelve ahorro. No porque se lo proponga, sino porque las fuerzas no le alcanzan para pensar en otra cosa que no sea un plato de acelgas y patatas. Por ejemplo. Así que era el tiempo de las nécoras, los percebes, las quisquillas, el buey de mar. Algo de eso traería.
Sequé los platos y dejé el paño de cocina colgado cerca del frigorífico donde Alba había sujetado con un imán con forma de raja de sandía, un dibujo de la peque. Sonreí a la familia que parecía levitar, sin suelo bajo sus pies. Así es. Despegamos del mundo de tanto en tanto, para luego quedarnos amarrados a la tierra como si ésta tuviera grilletes de barro.
La peque trajo la goma y salimos al patio. Yo me senté y ella me pidió que abriera un poco las piernas para pasármela por los tobillos. Luego enganchó el otro extremo a las patas de una silla, quedando dos lados tensados y paralelos a ras de suelo, y comenzó a saltar pisando uno y luego otro mientras cantaba una canción. Corría una brisa que entraba del mar, olorosa a algas y pescado fresco. Miré el reloj. Aún era temprano. El sol asomaba entre los repetidores anclados en un alto, no muy lejos de la ermita que blanqueaba entre el verde oscuro de los pinos. Al día siguiente tendría que deshacer el entuerto. Siempre es así. A veces me canso de recorrer tiendas para hacer devoluciones, de reponer el dinero en la cartilla, de anular letras. Pero en el pueblo todos colaboran. Excepto Sixto el que compra y vende terrenos, con ése no valen explicaciones. Con ése hay que tener cuidado porque no se echa atrás de ninguna manera. Así fue como se quedó con los seiscientos euros que Alba dejó de señal para un terreno para la peque. Allí pensaba hacer una casita, a pie de mar, para que cuando creciera, tuviera su lugar donde vivir. Seiscientos euros no eran mucho, pero no volví a hablarle a Sixto. No quiero cuentas con él. Ni Alba. Es al único al que evita.
Del sastre Julián, siempre esperando inútilmente en la puerta de su negocio, con la cinta métrica colgada al cuello, a que venga algún jeque, alguien importante para encargarle trajes hechos a medida, no tengo queja alguna, pues cuando Alba va por allí y elige telas y le hace tomar medidas para un vestido largo, un smoking o cualquier otra prenda que se le antoje, él la atiende con diligencia y se contagia del entusiasmo y la vitalidad de Alba. Durante el tiempo que ella está en su sastrería, él vive un sueño, así me dice cuando voy a anular los encargos.
Comprensiva, aunque menos entusiasta, es la dueña de la tienda para bebés por donde Alba pasa de vez en cuando a comprar cuna, cochecito, vestidor, bañera y todo el equipo para un recién nacido, porque, según dice, piensa tener otro niño, hecho a todas luces imposible ya que después de la peque, en un momento en el que sólo veía negro a través de la retina, como si un trapo sucio se hubiera colado dentro, se hizo una ligadura de trompas. Sin embargo, ella insiste en que es algo reversible y se entusiasma con ranitas y baberos antes de abandonar la tienda y el fastidio de doña Mariquita que en cuanto la ve salir respira aliviada.
Con el peluquero es algo más complicado porque no hay aplazamiento posible. “Quiero un corte a trasquilones”, dice Alba. Y él se afana en dejarle la cabeza como una diosa de ahora, de esas modernas, sin perder de vista que no le puede cortar tanto como ella quiere, que de algún modo debe convencerla para que se deje hacer. Y al final lo consigue. El problema es el color. “Flequillo morado, centro verde limón, y cogote rosa”, ordena. Y el pobre Luichi, como se hace llamar aunque en realidad su nombre es Luis, traga saliva antes de soltar que es un disparate. Alba se enfada un poco. Poco porque sus poros desbordan alegría. Y ahí es inflexible. Lo más que puede conseguir Luichi es que los tonos sean suaves o, en el mejor de los casos, que anule un color. Aún así, la primera vez que la vi llegar a casa con la cabeza como un arco iris, casi me desmayo. Luego me acostumbré y hasta me da algo de tristeza cuando se quita el colorido con un tinte oscuro.
Pero, en general, todo está más o menos controlado.
Alba llegó a mediodía como había dejado escrito. Traía bolsas con comida y regalos para todos. Una cuerda de saltar para la peque y un patinete; un ordenador portátil para mí, a ver si así dejas de usar ese lápiz diminuto y la libreta mordida por las esquinas; una pelota con cascabeles, la quinta o sexta, para “Gasolina”; unos zapatos con tacón de aguja, ella que no aguanta más de cinco centímetro de altura; el anuncio de varios encargos en tiendas y la compra, apalabrada, del barco del viejo Tomás. El pelo no lo había tocado.
Lo repartió todo y luego se fue a la cocina a preparar sobre lechos de lechuga y hojas de roble todo el marisco que había comprado. A la peque le hizo un lenguado a la plancha. La comida, tal y como yo había previsto, fue un festín. Y mientras abríamos ostras y dejábamos ca
Después de comer la peque se echó la siesta. Alba y yo salimos al patio y nos tumbamos en las hamacas bajo el tejadillo. El sol estaba en lo alto y el aire estancado y oloroso a almizcle, aceite y fuel. Se oía la sirena de un barco llegar al puerto. Un barco de los grandes, de los de verdad, no como el cascarón de Tomás que se cae a trozos: una barca de pescador, dejada de la mano de Dios. La pe de Paloma desapareció hace tiempo desgastada por la sal, el agua y la arena. También por los vientos helados de los crudos inviernos. Todo fue carcomiendo la barca de Tomás. Como él, que achicó tanto que apenas parece un trozo de carbón con gorra bebiendo la
- ¡Claro que lo hará! ¿Para qué la quiere?- dijo algo enfadada.
- ¿Y nosotros qué haríamos con ella?- le pregunté a sabiendas de que era una pregunta estúpida.
- Pintarla, lo primero. La pe tiene que volver. Quizá cambie el color, no sé, ya veremos. Y luego salir a alta mar. Tú podrás pescar atunes...
- Pescar atunes...
- Yo los limpiaré y cortaré en rodajas para hacerlos a la plancha, encebollados o con pisto. Y la peque tomará el sol que es muy bueno para crecer, mientras escribe en su cuaderno las historias esas tan divertidas que inventa.
- Ese barco... ese cascarón podrido- insistí yo en llevarle la contraria.
Ella dejó de hablar y se oyeron los graznidos de la gaviota y, otra vez, la sirena del barco.
- ¿Tomaste la medicación?
- Ah, eso...
Así que no la había tomado. Me levanté de la hamaca y entré en la casa. Volví con las pastillas y un vaso de agua. Alba se incorporó y las fue tragando sin decir nada. Luego volvió a tumbarse. Dejé el vaso sobre la mesa de mimbre y me eché a su lado.
- ¿Qué ves ahí?- dijo señalando la gaviota, con un ojo guiñado.
- Una gaviota, qué si no- dije yo.
- Un vuelo de colores, eso veo yo- y alternó el guiño de los ojos.
Achiqué los míos hasta casi cerrarlos. El sol humedeció el lagrimal y se extendió en pequeñas gotitas entre las pestañas. Entonces vi el rastro que iba dejando en el cielo el movimiento de unas alas, varias veces repetido, como un dibujo de colores en abanico. Cerré los ojos y apareció la barca de Tomás, verde y blanca, reluciente, nueva, con la pe de Paloma brillando bajo la luz anaranjada. Allí estábamos: Alba, la peque y yo. Pescando atunes. ¿Por qué no? Esa tarde todo era posible. Y soñando, me quedé dormido.
31/10/08
MORIR DE AMORES, PERO NO TANTO
Relato publicado en el libro «Más cuentos para sonreir» (Editorial Hipálage) y en el libro «Partículas en suspensión» (Editorial Talentura).
4/10/08

Mi señor Caballero de la Triste Figura: Me llena de rubor su ofrecimiento de dar la vida por mí, si yo así lo quisiera, pero no puedo pedirle tanto por el agravio que cree haberme causado a través de quien relata sus andanzas. En mis salidas, oculta mi identidad bajo capa, y dentro de un carruaje, llegó a parecerme mucho menos aburrida esa mujeruca que urdió con mi nombre. A fin de cuentas, una zagala restregando ropa en el lavadero y riendo los chascarrillos de los mancebos que por allí pasan, es un soplo de aire fresco, una florecilla silvestre, de esas que crecen en las praderas y que huelen a libre albedrío. No me quedo con los sabañones en las manos, ni con las ropas sucias y toscas. Tampoco con una supuesta fealdad que el tal don Miguel se empeña en filtrar con la tinta de sus escritos. Me emocionan otras cualidades que vuesa merced vio en mi persona. Nunca le pedí nada, aunque también es verdad que me pareció demasiado generoso por su parte, ofrecer una ínsula al necio de Sancho, que sólo piensa en comer y conservar su pellejo. Vuesa merced merece otro escudero más acorde con su linaje, a la altura de sus bellos sentimientos, de la bravura en defender a su amada. Es hora de que piense en mi primo Benito de Torquetuertos, que si bien le falta un ojo, le sobra valor para seguir a su señor a donde hiciere falta. Del pago, puede llegar a un acuerdo con él. Unos maravedíes, comida y techo y la ínsula que ofreció a Sancho, será suficiente. Pero, mi señor, tengo un padre anciano que vive casi en la indigencia. ¡Sería tan hermoso que se ocupara de él! Uno de esos castillos que refiere haber conquistado, podría salvarlo de la intemperie. Y un terreno donde plantar trigo para el pan, con sus prados y sus vacas que le dieran leche. Claro que sería menester algunos labradores y otros empleados para llevar a buen fin las tareas del campo. Porque a mi padre el reúma le tiene agarrotados los dedos de manos y pies y no puede hacer trabajo alguno. De unos tíos míos que viven en Corral de Calatrava, he tenido malas noticias últimamente. Parece ser que un rayo cayó sobre la zahurda y dejó al único cerdo que engordaban para la matanza, hecho carbón. Espero de su merced, que tenga a bien enviarle unos cuantos marranos para que puedan cubrir sus jamones con sal en las artesas y colgar los chorizos del techo de la cocina y que se curen con el humo de la candela. Sabrá apreciar unas lonchas de tocino y unas tajadas de carne con las que, estoy segura, le agasajarán mis tíos en cuanto dispongan de los cerdos. En cuanto a mí, sepa vuesa merced que ando harta del amancebamiento por unos cuantos maravedíes, con caballeros que no conocen el jabón y el agua. Insuficientes para comprar un bonito vestido, un sombrero con pluma de ave, unos botines acharolados. Menos aún para comprar remedios con los que curar las enfermedades que este oficio conlleva. Además que ya he pasado de los treinta y noto al masticar la carne, los primeros rigores de la edad en el malestar de mis dientes. Quisiera pedirle, pues, mi señor, no que me libere de esta vida llevándome consigo en sus aventuras, por otro lado harto fatigosas; lo mío es más sencillo. Bastará con una visita al vizconde Ronualdo de Tocho Mocho. Dicen todos que tiene un arcón lleno de monedas de oro. Dicen y es verdad. De ello puedo dar fe. Me engañó. Sedujo a la moza de trece años que yo era, prometiéndome una de aquellas monedas a cambio de yacer con él. Y una vez conseguido su propósito, me lanzó a la calle. En ella ando desde entonces. El arcón está en el doblado, tapado con una manta toledana. Vuesa merced ya sabe lo que debe hacer.
Su amada, Dulcinea del Toboso.
