22/2/26

NOCHE DE PAZ. TERCER PREMIO DEL XXI CERTAMEN DE RELATO ¿DÓNDE ESTÁ LA NAVIDAD?

 


Noche cerrada. Cielo raso y negro. Dicen que hace frío. Mucho. Invierno, ¡qué otra cosa se puede esperar! Deben de haber puesto altavoces en el campanario de la iglesia. Llega hasta aquí el traca-traca de villancicos. Los de siempre y los nuevos. De niña, íbamos de puerta en puerta con la botella de anís, la cuchara, la zambomba y la pandereta cantando y pidiendo el aguinaldo. Las manos heladitas moviendo el metal en el cristal, frotando la caña, moviendo los platillos y tamborileando y restregando el pellejo con los dedos. Copita de licor para calentarnos, pintar colores en nuestras mejillas y coger una pequeña cogorza; mantecados, roscos de vino, almendras dulces, garrapiñadas. Tal vez unas perras gordas. Acabábamos en la plaza de la Iglesia. Nos repartíamos lo que nos habían dado. Siempre algo más a Elisa, la del tejar, la que decía mi madre que era pobre de solemnidad, la que remoloneaba antes de volver a su casa donde la esperaba algún sopapo de su padre que siempre andaba dando tumbos, borracho.

Mi madre mataba un pollo del corral y lo cocinaba con una salsa muy espesa con trocitos de almendras. Nos chupábamos los dedos. ¡Qué bueno estaba! Y también las patatas al machacaíllo. Pocos turrones y mantecados llegaban a la mesa. Y a las doce, a la Misa del Gallo.

Agua pasada aquellas Navidades que muchas veces acababan en peleas de adultos en la mesa y rodillas desolladas de niños y niñas que imitaban a los padres a mamporro limpio en la plaza del Ayuntamiento.

Me gustan las noches oscuras. Me gustan las noches de luna llena. Me gusta el silencio.  Me gusta el balido de las ovejas. Los cencerros de las vacas. No me gusta el ruido de los coches que pasan cerca. Siempre hubo una carretera ahí. Más bien un camino. No tanto tráfico como hay desde que asfaltaron.

Ahora llegan hijos e hijas de otros lugares al pueblo. Cada vez menos. Pasan del rollo navideño. Así lo llaman: rollo navideño. Se lo oí en una ocasión a mi nieto Santi cuando vino con mi hija Reme a visitarme. Retiró las hojas y la tierra con un cepillo. Cambió las flores secas por unas frescas. Me estuvo contando que iba a vender la casa, que ya no podía mantenerla. Lloró un poco. No ha vuelto. Más tranquilidad.

Acaban de dar las doce campanadas. Se oye un alboroto grande de jóvenes acercándose. Se animan. ¡Vamos, vamos!, gritan. Creo que nos van a hacer una visita. No es uno de noviembre, pero vienen. Debe de ser la moda. Un fastidio.

Van a retrasar nuestra cena. Lo tenemos todo preparado sobre la lápida de la familia Alcantarilla, gente rica que murió de forma estúpida al desplomarse el balcón desde el que veían pasar la procesión de la virgen de los Dolores. Ahora no salen para nada. Lloran todo el rato. Unos pesados. Solo se enfadan y dan porrazos cuando nos oyen arrastrar nuestras viandas y reír a mandíbula batiente. No les gusta que les estropeemos el mármol, protestan. Ya ves, un gusanillo aplastado lo que puede manchar.

Este año tenemos luminosidad extra. Huesos recientes con mucho fósforo. La niña Ángela está con nosotras desde hace un tiempo. Elisa fue de las primeras en ocupar un lugar. Una pulmonía se la llevó aún joven. Yo, en cambio, parecía eterna. Me vine para acá arrugada como una pasa de puro vieja.

No nos gusta hacer estas cosas, pero no queda más remedio. Se lo han buscado. Invaden nuestro espacio. No respetan las fechas. El viejo Ramón, sin la cabeza que le cortó la guadaña cuando segaba trigo, recibirá a la pandilla que ya abre la verja. Una buena representación y saldrán corriendo para el pueblo como almas en pena. A lo mejor hay suerte y, con el susto, cae alguien de infarto y se incorpora a la comunidad. No estaría mal darle un toque fresco a nuestra cena navideña y que la amenizara con las últimas novedades de la vida.

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