Noche
cerrada. Cielo raso y negro. Dicen que hace frío. Mucho. Invierno, ¡qué otra
cosa se puede esperar! Deben de haber puesto altavoces en el campanario de la
iglesia. Llega hasta aquí el traca-traca de villancicos. Los de siempre y los
nuevos. De niña, íbamos de puerta en puerta con la botella de anís, la cuchara,
la zambomba y la pandereta cantando y pidiendo el aguinaldo. Las manos
heladitas moviendo el metal en el cristal, frotando la caña, moviendo los
platillos y tamborileando y restregando el pellejo con los dedos. Copita de
licor para calentarnos, pintar colores en nuestras mejillas y coger una pequeña
cogorza; mantecados, roscos de vino, almendras dulces, garrapiñadas. Tal vez
unas perras gordas. Acabábamos en la plaza de la Iglesia. Nos repartíamos lo
que nos habían dado. Siempre algo más a Elisa, la del tejar, la que decía mi
madre que era pobre de solemnidad, la que remoloneaba antes de volver a su casa
donde la esperaba algún sopapo de su padre que siempre andaba dando tumbos,
borracho.
Mi
madre mataba un pollo del corral y lo cocinaba con una salsa muy espesa con
trocitos de almendras. Nos chupábamos los dedos. ¡Qué bueno estaba! Y también
las patatas al machacaíllo. Pocos turrones y mantecados llegaban a la mesa. Y a
las doce, a la Misa del Gallo.
Agua
pasada aquellas Navidades que muchas veces acababan en peleas de adultos en la
mesa y rodillas desolladas de niños y niñas que imitaban a los padres a
mamporro limpio en la plaza del Ayuntamiento.
Me
gustan las noches oscuras. Me gustan las noches de luna llena. Me gusta el
silencio. Me gusta el balido de las
ovejas. Los cencerros de las vacas. No me gusta el ruido de los coches que
pasan cerca. Siempre hubo una carretera ahí. Más bien un camino. No tanto
tráfico como hay desde que asfaltaron.
Ahora
llegan hijos e hijas de otros lugares al pueblo. Cada vez menos. Pasan del
rollo navideño. Así lo llaman: rollo navideño. Se lo oí en una ocasión a mi
nieto Santi cuando vino con mi hija Reme a visitarme. Retiró las hojas y la
tierra con un cepillo. Cambió las flores secas por unas frescas. Me estuvo
contando que iba a vender la casa, que ya no podía mantenerla. Lloró un poco.
No ha vuelto. Más tranquilidad.
Acaban
de dar las doce campanadas. Se oye un alboroto grande de jóvenes acercándose.
Se animan. ¡Vamos, vamos!, gritan. Creo que nos van a hacer una visita. No es
uno de noviembre, pero vienen. Debe de ser la moda. Un fastidio.
Van
a retrasar nuestra cena. Lo tenemos todo preparado sobre la lápida de la
familia Alcantarilla, gente rica que murió de forma estúpida al desplomarse el
balcón desde el que veían pasar la procesión de la virgen de los Dolores. Ahora
no salen para nada. Lloran todo el rato. Unos pesados. Solo se enfadan y dan
porrazos cuando nos oyen arrastrar nuestras viandas y reír a mandíbula
batiente. No les gusta que les estropeemos el mármol, protestan. Ya ves, un
gusanillo aplastado lo que puede manchar.
Este
año tenemos luminosidad extra. Huesos recientes con mucho fósforo. La niña Ángela
está con nosotras desde hace un tiempo. Elisa fue de las primeras en ocupar un
lugar. Una pulmonía se la llevó aún joven. Yo, en cambio, parecía eterna. Me
vine para acá arrugada como una pasa de puro vieja.
No
nos gusta hacer estas cosas, pero no queda más remedio. Se lo han buscado. Invaden
nuestro espacio. No respetan las fechas. El viejo Ramón, sin la cabeza que le
cortó la guadaña cuando segaba trigo, recibirá a la pandilla que ya abre la
verja. Una buena representación y saldrán corriendo para el pueblo como almas
en pena. A lo mejor hay suerte y, con el susto, cae alguien de infarto y se
incorpora a la comunidad. No estaría mal darle un toque fresco a nuestra cena
navideña y que la amenizara con las últimas novedades de la vida.