27/6/23
EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DE INFOLIBRE: MUÑECA Y CASA DE VERANO
12/3/23
LOS CUIDADOS. SEGUNDO PREMIO DEL III CERTAMEN LITERARIO CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER AYUNTAMIENTO DE ROBLEDO DE CHAVELA 2023
LOS
CUIDADOS
Esta
noche la nena se ha despertado no sé las veces. Seguramente le dolía la
tripita. Los cólicos del lactante. Ni anises ni puñetas. La he paseado en
brazos, boca abajo, con una mano haciéndole masaje. Parecía que se calmaba.
Cerraba los ojos, agotada, soltaba el chupete y dejaba de llorar. La dejaba en
su cuna como si fuera una pluma para que no sintiera abandono ni dolor. Pero al
rato estaba otra vez llorando. Loren roncaba. Al día siguiente tenía que
trabajar, así que yo debía apechugar, no me quedaba otra.
Delante
de una tostada y una taza de café me he preguntado si podría soportar todo el
día sin venirme abajo. Es dura la crianza. Se me cierran los ojos a esta luz
blanca de un amanecer que duele como puñaladas en un cuerpo machacado por la
falta de descanso. A ver si puedo echarme un poco después de darle el
biberón…¡En qué estaría pensando! No puedo. Ayer mismo me dejó Loren la lista
de la compra. Hacen falta verduras, pollo y fruta. Y leche para la nena.
Pañales tenemos aún bastantes. ¡Qué caro todo lo de los bebés! Deseando estoy
que pase a los purés y que controle esfínteres. Le compré un orinal monísimo de
la farmacia. Loren dijo que a santo de qué adelantarme tanto. Sí, tengo que
reconocerlo, me encandilo con cualquier cosa para la nena. ¡Y la ropita, tan
linda y tan cara! Chupetes tiene unos cuantos de todos los colores y formas.
Los guardo en el cajón de mis jerséis y los voy sacando conforme se ponen las
tetinas feas y desinfladas.
Mi
hija es el amor de mi vida. La veo dormidita, con las manos cerradas en puños
blanditos y con sus hoyuelos, el culo en pompa, las piernas encogiditas, y
vuela el agotamiento. Es tan pequeña y a la vez tan grande que parece mentira
que haya estado dentro de la barriga. Suspira. ¿Qué soñará? ¿Sueña ya tan
chiquita? Acerco la cabeza a la cuna. Aspiro el olor a bebé. Me gustaría
quedármelo dentro para siempre, siempre. No hay nada comparable a este aroma.
Dicen que a pan tierno. Nada. Tampoco a colonia. La colonia camufla la esencia
de recién nacida. No haces nada más que atravesar la puerta de la calle y ya
sabes que dentro crece una flor. Mi flor. Azucena.
Me
tengo que dar prisa para tenerlo todo preparado. Me ducho, guardo la lista, preparo
el cochecito y, mientras espero, pongo agua al fuego con un puñadito de sal y
un chorrito de aceite. Haré espaguetis. Saco el paquete del armario. El agua
rompe a hervir y la nena a llorar. Echo la pasta y voy al cuarto. ¿Qué le pasa
a mi niña? Ya, ya, ya… Le cambio el pañal y le doy el biberón en seguida. Sí,
por este orden. Me mira. Seguro que me mira. Y calla. Luego vuelve a llorar. Se
le ven las encías tiernas y rosadas. Se le ve hasta la campanilla. Espera,
espera, que ya voy. El nerviosismo no es bueno. Tranquilidad. Lo decía mi
madre: Vísteme despacio que tengo prisa. Me duele la espalda.
Los
espaguetis se han pegado a la cazuela. He llorado. Todo me parece una montaña
muy fatigosa de subir. Ha llamado Loren en plena debacle y me he desahogado un
poco. Lo entiende, claro que lo entiende. Luego, con más calma, he vuelto a
poner agua a hervir y no le he quitado ojo hasta que se ha ablandado la pasta.
Mientras movía el cochecito con un pie para que la nena se durmiera he picado
cebolla y chorizo, lo he rehogado con la carne picada, he incorporado los
espaguetis y el tomate frito y listo. Prueba superada.
La
señora Encarna y el señor Manolo me han recibido con el cariño de siempre. Que
mira lo que tenemos, han dicho, unos níscalos muy frescos para hacerlos con
patatas, y no son caros. Ellos saben que no podemos permitirnos muchos gastos.
Miramos hasta el último céntimo. A la niña que no le falte de nada. Las acelgas
son baratas. Y las patatas también. Pero hoy me llevo unos poquitos níscalos.
Haré un guiso mañana. La señora Encarna y el señor Manolo miran dentro del cochecito.
¡Qué bonita está! ¡Se cría bien! Pronto la verás correr por ahí. El tiempo pasa
volando. Aprovecha para disfrutar de ella ahora, antes de que se haga grande y
se vaya de casa. Dicen estas cosas siempre. Su hija ya es mayor y hace tiempo
que dejó el nido para volar lejos. ¡Y tanto, como que se fue al otro lado del
mundo! A ver, donde hay trabajo, aclara la señora Encarna una vez más.
En
la pescadería hay mucha gente. Pido la vez y me voy a la carnicería que parece
que hay menos esperando. Toño en un carnicero antipático pero un buen
profesional. Le pido filetes de babilla. Entra y sale de la cámara frigorífica
con una pieza que suelta de golpe sobre la tabla, le pasa la mano como si la
acariciara, afila el cuchillo y, cuando va a cortar, le digo: Medio kilo y
finitos. Me mira con el cuchillo en alto como si me preguntara qué hago yo allí
y por qué le pido siempre lo mismo. Luego vuelve a su tarea.
La
niña se ha despertado. Refunfuña. Busco el chupete de pasta con forma de
mariquita en la bolsa de tela y se lo meto en la boca. Me mira con esos ojitos
recién abiertos al mundo mientras chupetea con brío. ¿Algo más?, pregunta Toño.
Huesos de vaca y de jamón, tocino, morcillo… Lo necesario para hacer pasado
mañana un cocido.
Cuando
llego a la pescadería ya han despachado a quien me dio la vez. Respiro hondo,
hondo. Paciencia. Vuelvo a pedirla. Estaré al tanto. No hay nadie esperando en
la pollería de al lado. Un pollo en cuartos. Filetes de pechuga. Unos pasos más
allá, la panadería. Una barra de candeal. A Loren y a mí nos gusta el pan
bueno. Ahí no escatimamos en gasto.
La
nena llora. Escupe el chupete. Se lo vuelvo a meter en la boca. Miro el reloj.
Pronto va a ser su hora de biberón. Los nervios no valen para nada, me digo.
Aun así comienzo a morderme las uñas. Ya, ya me toca. Dos gallos grandecitos, o
cuatro pequeños, boquerones…¡ya los limpio yo que tengo prisa!, un hueso de
rape, que no hay, bueno pues morralla, tampoco, una raspa o algo. Cuarto de
chirlas, sí. Ciento cincuenta gramos de anillas de calamar y cien de gambas
arroceras. ¡Ya está! Salgo del mercado deprisa. Seguro que cuando llegue a casa
y repase la lista algo me habré dejado.
Loren
viene a comer. Tengo mala pinta, dice. ¡Qué quieres!, no he parado en toda la
mañana. Lo sé, lo sé, dice. Y me abraza por detrás. Mientras comemos siento que
el cuerpo se afloja, que baja la tensión y noto la carga en la espalda. Luego te
hago un masajito, dice. Un respiro de media hora para echarnos y descansar. Que
no se despierte la nena, por favor.
Abro
los ojos con el inicio de un leve gruñido. Es curioso cómo se agudiza el oído
cuando tienes una bebé en casa. El más mínimo ruido te hace despertar. Miro el
reloj. No falta nada para la siguiente toma de biberón. Hago un intento de
levantarme y vuelvo a echarme. Me duele todo. Solo faltaría que pillara un
virus. Pero no, es puro agotamiento. Me incorporo. Tengo que poner una lavadora
o acabaremos sin ropa limpia que ponernos. Sobre todo los pijamas de Azucena,
las camisitas, los bodis. Agacharme para meterlo todo en el tambor y
enderezarme demasiado deprisa y ahí está el bocado cogido a las lumbares. Debo
tener cuidado porque puede acabar en ciática y a ver cómo hacemos para cuidar
de la nena. Echo de menos a mis padres, tan lejos, allá en el norte. Admiro a
mi madre. Debió de ser tan dura la crianza de los hijos. Y ayudar a mi padre
con el ganado. No sé cómo pudo con tanta carga. Mis hermanas se quedaron cerca
de ellos. Yo no. Yo quería otros horizontes. Y estudiar. No me gustaba el
campo, ni las minas. Esta noche, cuando esté de vuelta Loren y tras la última
toma de biberón de la nena, hablaré un rato con mi madre, a ver si tiene ya la
fecha para venir unos días a vernos.
Se
me había olvidado completamente. Tengo cita con el pediatra. Siempre a la
carrera. Con los nervios he destrozado un pañal. Respiro hondo. La niña llora.
Es como una esponja que absorbe tensiones y prisas. ¡Ya está, ya está!, le digo
para calmarla mientras intento sacarle el bracito por la manga del jersey. Se
ha enredado un dedo. Cariño, cierra la mano, suplico. Vamos a llegar tarde.
Dejo de vestirla unos minutos. Comienzo a susurrarle: Tu tu, tu tu, tu tu, tu
tu, teshcote… Se va tranquilizando. Le doy el chupete y sigo con la nana
mientras termino de ponerle el mono.
He
llegado jadeando. El pediatra me ha recibido con un tranquilícese, por dios,
que va a poner nerviosa a su bebé. Y, como era de esperar, cuando él le ha
tocado la tripa, ella ha hecho un pis. Menos mal, ha dicho entre risas, que no
es niño porque si no me habría alcanzado. La ha pesado y medido. Va bien. Le
han puesto la vacuna. Azucena ha llorado.
Un
paseo por el parque nos vendrá bien. La vecina del quinto está sentada en un
banco. En cuanto nos ve viene a mirar dentro del cuco. ¡Qué guapa! ¡Qué bien la
crías!, exclama. La va a despertar. Balanceo un poco el cochecito. Gracias,
gracias, le digo, voy a moverme para que no se espabile, me excuso. Ella se
retira unos pasos. Sí, sí, claro. Me alejo. Me sienta fatal dejarla así,
sabiendo de su pérdida, pero tengo que respirar un poco de aire fresco o
acabaré cazando gamusinos. Recorro todo el perímetro del parque, luego me
siento en un banco. Los rayos de sol escapan entre las ramas de los pinos y me
dan calorcito en la cara. Se está bien aquí. Niñas y niños corriendo hacia el
tobogán. Un grupito de madres come pipas sentadas cerca del arenero donde sus
retoños manejan palas y cubos y hacen flanes. La nena se ha despertado. Un
poquito más, anda. Pero no. Me levanto y regreso a casa.
Dejo
la muda y el pañal sobre la cama. Preparo el baño. Pruebo la temperatura. Mi
brazo izquierdo sostiene el cuerpo de la nena. La meto en el agua. Balbucea algo. ¿Sonríe? Sí. Es una sonrisa
para mí, seguro. Le encanta. Da palmadas sin ton ni son, y salpica. Le paso la
esponja con la mano derecha. Le brilla la piel. Brotan dos rosas en sus
mejillas. Un poco más y la saco que, si no, se le quedan los dedos arrugados.
Suda
cuando toma el biberón. Se le cierran los ojos. Deja de succionar. Le paso un
dedo por la cara. Se espabila y sigue tragando hasta acabar con la leche.
Suspira. Acerco mi nariz a su cuerpo y me emborracho con su aroma a sueño de
bebé satisfecha. La dejo en la cuna.
Hace
mucho que la lavadora se paró. Abro la portezuela. Voy sacando la ropa. La tiendo
en la cuerda con las pinzas de colores a juego. Una manía mía. El verde tiene
que ir con el amarillo. El azul con el salmón. El rojo con el violeta… Manías.
Cada cual tiene las suyas. Cuando termino voy a la habitación pequeña. Sobre la
silla hay un montón de camisas, camisetas y pantalones para la plancha. Tendrá
que ser mañana, hoy no hay tiempo. Loren está al llegar y tengo que hacer la
cena.
Me
anudo el delantal del pollito. Saco del frigorífico alcachofas, zanahorias, judías
verdes y acelgas. Patatas y cebolla del verdulero de la terraza de la cocina.
Haré un hervido. Pongo agua a hervir con sal. Troceo las verduras sobre la
tabla de la encimera. Antes cocinaba con los cascos puestos para escuchar
música, ahora no es posible, hay que tener siempre los oídos alerta. La nena
llora. Suelto el cuchillo y voy a ver qué le ocurre.
Su
frente está algo caliente. La cojo en brazos, la acuno, le doy el chupete. Le pongo el termómetro. Tiene algunas
décimas. ¿De la vacuna? ¿Tan pronto? En
la cocina el agua sigue hirviendo sin nada. Con la nena en el brazo izquierdo,
voy echando con la mano derecha las verduras. Paseo por la casa. Está
intranquila. Lloriquea. Vuelvo a tomarle la temperatura. Ha subido. Me entra el
pico de angustia. No puedo evitarlo. Tengo que dejarla en la cuna un momento.
Voy al botiquín y cojo el medicamento para bajarle la fiebre. Le doy unas
gotas. Le retiro la colcha de la cuna. Tal vez debería darle un baño. Tengo que
tranquilizarme. ¡Cuánto tarda Loren! ¡Ojalá no le salga un trabajo de última
hora! ¿Llamo? No. Voy a esperar. Parece que se ha calmado. Ya no llora. Aguardo
un poco a que le haga efecto la medicina y tomo de nuevo su temperatura. Debo
calmarme. No es nada. A veces pasa con las vacunas.
Voy
a la cocina y retiro la verdura. Cuando esté Loren la escurro. Unas gotas de
vinagre, un chorrito de aceite y ya está. Voy a poner la mesa. Mejor voy antes
a ver cómo está la nena. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué no llora? La miro.
Tan pequeña y vulnerable. Solo pensar en que le pudiera pasar algo… El pecho
sube y baja. Respira. Le pongo el termómetro. No tiene décimas. Y es ahora
cuando me tiembla la barbilla con un llanto callado y de lágrimas escasas.
Pongo
el mantel en el comedor. Una vela. O dos. Esas que huelen a lilas. Todo
preparado. Me siento en el sofá. Tengo mensajes en el WhatsApp. Ojalá que
ninguno sea de Loren avisando de que llegará tarde. Necesito su abrazo cálido.
Sus palabras. Hablar. Me paso el día casi sin hablar. Solo con tenderos y
alguna madre o padre en el parque y poco. Sin comunicación con el mundo. No sé
qué está pasando. Ni tiempo para echar un vistazo a las noticias. Cojo el móvil
y miro. Mi madre que cómo está la niña. Contesto que bien. Loren puso un
mensaje hace un rato. Está de camino. Llega en breve. Una fotografía y un vídeo
de la pandilla con cervezas en la mano y muchas risas. Lo que te estás
perdiendo, dicen.
Voy
a la cocina. Saco el escurridor y vierto el contenido de la olla. Distribuyo
las verduras en dos platos. Escucho la puerta. ¡Ya estoy aquí!, grita Loren. Se
ha quitado el abrigo y lo ha colgado en la percha de la entrada. Deja las
llaves de la casa en la hoja de cerámica del mueble. Viene hacia mí. La miro.
¡Qué guapa está! Me pregunta qué tal me ha ido la tarde. Y yo digo que bien,
que todo muy bien. Ella sabe que estoy agotado. Me pasa la mano por la cara. Me
abraza. Luego, cuando cenemos, te hago ese masaje que te prometí y vemos una
película, promete. Y yo digo que sí, que lo que quiera. Porque mientras las
tenga cerca a ella y a la nena, soy el hombre más afortunado de la Tierra.
26/12/22
LA ESPERANZA. Relato seleccionado en el mes de octubre. Concurso de microrrelatos sobre abogados.
Creí que con el tiempo la piel se me haría más gruesa, pero no ha sido así, la siento cada vez más fina. Me cuesta finalizar la batería de preguntas sin que se me quiebre la voz de puro dolor. Me avergüenza decir esto con una criatura reventada por dentro que no vierte ni una lágrima. Es especial, me digo. O tal vez la endureció la barbarie. La reforma de la ley de aborto, con sus nuevas cláusulas, hará posible que Saray, con trece años y un cuerpo y una mente sin haber llegado a su plenitud de maduración, no pase por un calvario. Yo conseguiré que caiga todo el peso de la justicia sobre su tío, un miserable depredador. Y ella tendrá futuro con toda una vida por delante.
24/9/22
LA MEMORIA
Me veo de niña con un
babi blanco y cinta azul en lazada yendo a la escuela. No recuerdo dónde
llevaba, y si llevaba, la Enciclopedia Álvarez, los cuadernos de dos rayas, los
lápices… Me recuerdo sentada en un pupitre de dos plazas. Y recuerdo que
estudiaba a los Reyes Católicos. Tanto monta, monta tanto. Me gustaba el lema
por lo que significaba. Una mujer valía igual que un hombre. Mis recuerdos se
irán conmigo cuando muera.
Burlarán el tiempo y
pasarán a la historia, en cambio, dos grandes plumas de la Literatura que nos
han dejado este año: Almudena Grandes y Javier Marías. Para siempre.
21/9/22
EL DAÑO
Empujó la puerta con un
cuidado exquisito, como si su mano pudiera lastimarla. El daño se había
metido en la casa. Se detuvo un momento delante del espejo de la entrada y
recogió el mechón rebelde, liberado del pasador. Los tacones de sus zapatos
golpeaban con el ritmo de las campanas tocando a misa de difuntos, en las
baldosas recién lustradas. Nada le pareció ya igual. Todo era diferente. La luz
pálida de la mañana guillotinaba el salón. Recolocó los cojines del sofá. Aún
no era la hora de la comida familiar. Aún quedaba tiempo. Pasó por las
diferentes estancias hasta llegar a su habitación. Dejó los zapatos, alineados,
junto al galán de noche y se calzó unos más cómodos. Al agacharse le vino la
primera puñalada en el pecho. Se incorporó y tomó aire. ¡Era tan doloroso! No
debió ir. Ya era tarde.
Entró en la cocina. La
miraron un momento, extrañadas ante su presencia, después continuaron con sus
tareas. Las muchachas iban de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de la
cocinera. En ella había vida. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor de la sopa,
del asado en el horno, de los dulces y el caramelo líquido. Oyó las risas, las
voces cantarinas, el entrechocar de las cacerolas, el chisporroteo del aceite
en las sartenes. Se anudó el delantal a la cintura, tan fina aún y para
siempre. Se centró en cortar verduras en trozos pequeños. Con mimo. Todos
iguales. Sería una gran comida. LA COMIDA. La lágrima peleó por brotar, pero no
alcanzó el lagrimal. No había más. Estaba seca. Una segunda estocada le partió
el esternón. Paró un momento hasta que se hizo soportable el dolor. Siguió.
Pronto vendría todo el mundo y ocuparían sus sillas. Pronto estaría la mesa
llena de comida. A los postres. El momento sería cuando estuvieran con los
dulces. Nunca debió saber. La felicidad habría sido no haber conocido la
historia, sórdida y lacerante, para que no se resecara la sangre vigorosa y
sana, y dejara sin vida, antes de pararlo con un disparo, su corazón tan
blanco.
16/7/22
QUIEN ROBA A UN LADRÓN… SELECCIONADO EN JUNIO EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS
Margarita está sentada bajo el panel luminoso donde van saliendo los vuelos; lo mira con atención mientras protege con sus manos el tesoro de su bolso. Llegará a su país para el aniversario de su marcha, huyendo de la pobreza. Vuelve con las manos rebosando amor, sí, pero también comida, juguetes, y golosinas para sus hijos. Atrás deja la denuncia de su empleador. ¿Espió al señor cuando abría la caja fuerte, para obtener la clave? ¿Dónde estaba el dinero? Acusar sin aportar pruebas, más cuando se trata de dinero negro, circunstancia de la que no había sido informado, lo único que podía traerle era problemas, le dijo su amigo el juez en su despacho antes de hacer público el sobreseimiento de la causa.Margarita suspira hondo y libera la rabia acumulada por tantas humillaciones y trabajo mal pagado cuando se levanta y camina hacia la puerta de embarque.
UN LUGAR DONDE VIVIR. MICRORRELATO SELECCIONADO EL MES DE MAYO EN EL CONCURSO DE ABOGADOS
Me tocó a mí inscribir a Elvira. Amaneció con luz ceniza y manto lluvioso. Parado a la entrada, sin paraguas ni ganas de dar el paso para cruzar la puerta, la miré. Temblaba. Tenía las zapatillas empapadas. El pelo chorreando. El vestido pegado a su cuerpo desamparado. Me quité la chaqueta y se la puse por los hombros. Me miró y esbozó una tibia sonrisa. Gracias, dijo. ¿Gracias? Mamá había muerto. Las dos se cuidaban. Y el pronunciamiento desde el principio de Azucena, que de flor solo tenía el nombre, favorable a la incapacitación judicial por enfermedad mental y el ingreso en un centro, como la mejor opción, acabó por convencerme. Aquello era un asilo. No era sitio para ella. Me agaché a recoger la maleta, agarré del brazo a Elvira y volvimos al coche. ¿A dónde vamos, Ángel?, preguntó mi hermana. A casa, respondí mientras le acariciaba la cara.
12/7/22
PERMANENCIA DE LO EFÍMERO
El
día en que cumplí quince años me regalaron una golondrina. Estaba dormida en la
cama de mi abuela cuando mi madre vino a despertarme y me enseñó lo que traía
en el hueco de su mano. «La han encontrado los albañiles cuando limpiaban el
tejado». Me senté en la cama y la estuve mirando un rato. Tenía el pecho muy
blanco y las alas negras y brillantes como el charol. Intentó moverse, tal vez
volar, pero no pudo alzarse sobre las patas. «Tiene un ala rota», dijo mi
madre, «por eso estaba echada sobre las tejas». Le pedí que me la diera y ella
la dejó en mis manos y salió de la habitación. Levanté un ala, estirándola como
cuando se abre un abanico, y la vi perfecta. Levanté la otra, y en cuando solté
el extremo, se dobló hacia adentro. Aquel regalo me gustaba más que ningún otro
que pudieran hacerme, pero era un regalo condenado a desaparecer. Lo dijo mi
madre antes de dejarme sola: «No te encariñes con ella. Morirá pronto». Sin
embargo, yo me resistía a aceptar que no había nada que hacer. Me levanté de la
cama y fui a buscar a mi abuela. Se había comprado unas zapatillas de paño para
reemplazar las viejas, abiertas en los laterales por la presión de los
juanetes. Le pedí la caja y ella me preguntó para qué la quería. «Es para una
golondrina que me han regalado. Está herida y quiero cuidarla». «Morirá», dijo
ella, «no merece la pena que te esfuerces». Pero yo conseguí convencerla de que
debía intentarlo todo. Recurrí a su lado religioso y le recordé que las
golondrinas eran de Dios porque quitaron las espinas de la corona de
Jesucristo. La abuela era muy llorona. Se enjugó un par de lágrimas
con el pico de su delantal y fue a buscar la caja y me la dio. Metí a mi
golondrina dentro y me fui a desayunar café de malta con leche y pan
migado. Luego busqué en la leñera palitos cortos y, con ellos y un trozo de
cuerda de la que tenía mi madre para atar los chorizos, le entablillé el ala.
La golondrina se removió inquieta, me miró con sus dos bolitas negras como las
cabezas de los alfileres con los que las beatas sujetaban sus velos para ir a
misa, y soltó un trino. Después se estuvo quieta y me dejó hacerle una cama con
algodones y taparla con un trapo.
Mi madre mató un gallo y asó la
cresta en las ascuas de la candela. En esa ocasión no la compartí con mi
hermana, que renunció a su mitad porque era mi cumpleaños. Después hizo arroz
con gallo y una fuente de natillas con galletas María en el fondo. Cuando
terminamos de comer, me fui al patio y esperé a que las moscas se pegaran en
las gotitas de miel que puse sobre el muro de adobe. Cacé dos y fui a la caja
de zapatos y se las puse en el pico a la golondrina. «¡Anda, traga!», le dije.
Pero ella no se movió. Estuve tentada de abrirle el pico a la fuerza y meterle
una mosca, pero pensé que tal vez la lastimara y se las dejé muy cerca por si
se animaba más tarde.
La
abuela me dio unas monedas para que me comprara golosinas cuando saliera con
mis amigas, y mi madre me regaló la falda nueva que había terminado de coser la
noche anterior. Era de pana fina, con un dibujo de rositas, y un cinturón hecho
con la misma tela. Calenté agua y me lavé con el jabón que ella hacía con el
aceite usado y la sosa cáustica. Luego me puse la falda, un suéter de espuma
azul oscuro que marcaba mis pechos, los zapatos de ante marrón y las medias
amarillo canario.
A
eso de las cinco, llegó mi padre del campo. Había cogido unas varas con sus
flores blancas del almendro. Me puse muy contenta porque mi padre nunca se
acordaba de la fecha de mi cumpleaños y porque, después de la golondrina, era
el segundo mejor regalo de cumpleaños que había recibido. Las metí en un jarrón
con agua y después fui a ver cómo estaba mi golondrina. Seguía en la misma
posición, con las moscas al lado del pico. No se movió cuando levanté el trapo
y puse la yema del dedo sobre su cuerpo para comprobar si respiraba. Estaba
caliente, pero sus ojos se veían turbios. La volví a tapar y me fui al patio a
esperar a mis amigas. Había una algarabía de pájaros. Entraban y salían de los
agujeros en el muro de adobe. Elegí una golondrina al azar. Imaginé que era la
madre de mi golondrina y que la estaba buscando con sus vuelos que cruzaban el
cielo azul y rojo. Me fijé en su cola, como unas tijeras abiertas, y tuve un
mal presentimiento.
Escuché
las voces de mis amigas en el zaguán cantándome el cumpleaños feliz. Salí a
recibir sus besos y la tarjeta de felicitación. Era muy bonita, con una ventana
que se abría, un pájaro en el alféizar y una chica con labios en forma de
corazón. Mi madre les ofreció unas hojuelas con miel. Cuando se las comieron,
fuimos a la tienda de los Corrucos y compré unas bolsas de pipas de girasol con
el dinero que me dio mi abuela y las compartí con ellas. A las siete
nos acercamos al guateque que había organizado «la Bicha». Pusieron música de
Los Bravos y del Dúo Dinámico en el tocadiscos. Bailé con un chico que me
gustaba y ese día dejé que se arrimara un poco.
Cuando
llegué a casa corrí a ver a mi golondrina. Estaba fría, con las patas tiesas y
las garras encogidas como si quisiera atrapar el aire. Me fui a la cama sin
cenar y estuve llorando mucho rato en silencio para que no me oyera mi abuela.
11/7/22
EL MEJOR AMIGO
Hoy
se me hizo un pellizquito en el bolsillo nada más salir de casa y fui regando
el paseo de migas de pan. La barrita iba entera cuando dejé atrás el parterre
de juguetes de colores donde hormigueaban las flores. Pero ya se sabe que las
cosas tienen vida propia y deciden actuar cuando les da la gana. Y la gana le
dio a mi pan cuando vio a aquellos gorriones picotear la nada de un suelo
estéril de tan limpio por el baldeo de la amanecida. El forro del abrigo
cuchicheó con la corteza y llegaron a un acuerdo. Se abrió un agujero, ni muy
grande, ni muy chico, para que cayera el maná conforme yo iba caminando.
No
me importaba alimentar a los pájaros, que me seguían como perrillos falderos.
De hecho me gustan mucho. Pero el pan iba destinado al perro de mi vecina Puri.
Les cuento. Esta mujer ha sometido al pobre animal a una dieta severísima. Dice
que está gordo y por eso se retrasa todo el rato durante el paseo. Ella no se
da cuenta, o no quiere, de que ve más bien poco y lo que cree que es torpeza de
carnes, es en realidad años apilados sobre los lomos de Vitorino, que así se
llama el perro. Tiene más reuma que ella. Va renqueando, con una cojera tan
grande y desoladora que un día de estos le mando hacer una plataforma con
ruedas para llevarlo. Puri, tira que
tira. Y como también está bastante sorda no escucha las quejas del pobre. Lo
peor es que Vitorino anda hambriento todo el día y comienza a ser peligroso. El
otro día, sin ir más lejos, como ya está medio ciego también, debió de
confundir mi tobillo con un hueso de vaca o algo así y me tiró un bocado. Menos
mal que la dentadura tampoco la tiene muy bien. Aun así, me tuvieron que poner
la antitetánica por si acaso.
El
pan se acabó en un periquete, así que me desvié de mi camino habitual y pasé
por la panadería donde Berta parloteaba con los cruasanes y las pistolas. Me
costó que me vendiera una. Le tiene cariño a su pan y siempre me pone reparos.
Hoy me han salido regular. Mejor comes sin pan, María Antonia, me dice. Pero
ante mi insistencia, no le queda otra que despedirse de una barra con un
suspiro de amiga del alma.
Desde
lejos he visto un bulto sin correa ni perro. Puri estaba sentada en el banco de
todos los días con un clínex desmigado y dolorido encerrado en su puño derecho.
Se nos ha ido, ha dicho nada más verme parada frente a ella. ¿Quién?, le he
preguntado a lo tonto. Ni me ha contestado a la pregunta. Y lo peor, ha seguido
ella con la voz rota por un llanto incipiente, es cómo ha sido. ¡Qué horror!,
¿cómo se le pudo ocurrir? ¡Qué disparate! ¿Dónde se ha visto un perro comiendo
geranios? Se ha deshidratado con la diarrea. Ahí se ha callado. O sea, he
deducido yo, que Vitorino se pasó a vegetariano para no morirse de hambre y las
flores lo han matado. A duras penas he podido controlar la risa. Risa nerviosa,
sí, pero risa a fin de cuentas. ¡Qué barbaridad!, he pensado, mientras me
cubría la boca con la barra de pan. ¿Qué haces?, me ha preguntado Puri. Las
penas con pan son menos penas. He comenzado a cortar con la mano, un trozo para
Puri, otro para mí, un trozo para mí, otro para Puri. Y entre bocado y bocado
el consabido no somos nadie. Antes de despedirnos hemos quedado en ir al día
siguiente al refugio «Tu mejor amigo» a por otro perro, o quizás perra para
variar. Esta vez la cuidaremos entre las
dos. Ya tengo el nombre pensado: Dulce María. Siempre me gustó para la niña que
no tuve.
24/5/22
HUIDAS. SELECCIONADO EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS
Hace calor. Ni una brisa
ligera que mueva las ramas y traiga el olor del jazmín y el cardamomo, el del sudor del animal en la
carrera. Pero el legado de mi pueblo pone alas en mis pies. Rememoro. Ella se
mueve como gacela bajo el baobab. El ritmo lo lleva dentro. Echamos los malos espíritus
entre danzas y besos.
Ya estoy cerca. Lo
conseguiré. Sobrevivir para empezar una nueva vida. Ese es el plan. Estudiar
abogacía. Halima y Ajani. Los dos juntos para defender a nuestra gente. El
dulce olor a sangre derramándose en la tierra se acerca. Él lucha por
alcanzarme, aun herido. Yo por ponerme a salvo en nuestra aldea.
15/5/22
TIEMPO PARA SOÑAR
7 h.
Cielo despejado. Sol radiante. Me levanto. Me visto. Me calzo mis zapatillas superguays. Desayuno tazón de leche con pan desmigado.
8:30 h.
Comenzamos el camino, ligeros y bromistas. Conforme avanzamos, las mochilas pesan y el calor enmudece. En el cielo se desperezan las alas de las rapaces.
14:00 h.
Comemos bocadillos de jamón y queso. La morenita de ojos verdes no deja de mirarme. La invito a chocolate.
16 h, más o menos.
16:30 h.
20
h.
Ducha en el albergue El Peregrino. Le enjabono la espalda. Ella también a mí. Jugamos con las pompas de jabón.
21
h.
Cena. Brindamos con zumo de melocotón. Le doy un beso. Ella ríe.
21.30 h
Soy feliz.
Fin de viaje.
8:00 h
Escucho el ruido de las ruedas sin engrasar acercándose a mi puerta por el pasillo. Mamá viene a levantarme.
15/4/22
RESEÑA DE «EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIA NOCHE» DE MARK HADDON
La adolescencia como la nada del domingo agonizando. A veces, cuando
sentías un pequeño gran desengaño, el cuerpo enfermaba y tu madre decía: «Te
duelen los huesos, eso es que estás creciendo». Tenía razón: dolía el
crecimiento.
Etapa con sabor a algodón dulce y a piedra amarga, hermanas siamesas que, a
veces, se pisan; donde el mundo está contra ti y la realidad de los adultos que
te rodean es ajena e incomprensible.
Imaginemos la adolescencia de una persona especial. Todo lo expuesto
elevado a la enésima potencia.
El curioso incidente del perro a media noche, de Mark Haddon, es un libro
escrito con la voz de Cristopher Boone, un chico con trastorno
del espectro autista. Su valentía para enfrentarse a uno de sus mayores retos:
explorar el mundo en solitario.
La imaginación, su percepción de lo que ocurre a su alrededor, la
determinación, a pesar de los obstáculos, de desentrañar un misterio, que es su
manera de acercarse y entender a las personas, interpretar sus gestos,
motivaciones, el cómo y el porqué, en definitiva, de las relaciones humanas.
Una historia de intriga y descubrimientos donde el humor destaca como la
herramienta más potente en este viaje de superación personal.
12/4/22
COMPLEMENTARIOS
La infancia y la
adolescencia nunca nos abandonan. Están presentes el resto de nuestras vidas.
Con una fuerza que trasciende y viene cargada de imágenes, olores y sabores que
vuelven con el recuerdo. Son estallidos de felicidad como pompas de chicle de
fresa y también hiel de desesperación y dolor profundo. El petricor después de una
tormenta de verano. Las promesas de las luces de colores en la feria. Las
derrotas con sabor a almendras amargas. El sinsentido anudando los tobillos. El
fracaso. La nada. Soñar y despertar en tu pesadilla. Única. Nadie con quien
compartirla. Días de mucho sol y otros de ventisca. El abismo de sentir la
soledad. La culpa. La incomprensión. El sustento de la complicidad que se rompe
en pedazos y nunca volverá a recomponerse. El camino por andar. A veces recto y
cargado de esperanza, como un campo de amapolas; otras, lleno de ortigas que
escuecen en la piel. Y todo queda. Es la mochila que llevaremos como equipaje
el resto de nuestras vidas.
Nos reconocemos en libros como EL SUR de Adelaida García Morales. Y también en EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO de Jerome David Salinger. Tan diferentes y, sin embargo, cercanos. Somos Estrella y somos Holden Caulfield.
Dos libros imprescindibles para entender, para entendernos.
10/4/22
QUIEN A HIERRO MATA. SELECCIONADO EL MES DE FEBRERO EN MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS
Tomada de la red
Después del desestimatorio del
recurso presentado por su abogado no pudo evitar la cárcel. Solicitó la de
reciente construcción, bajo su mandato. Ahora se arrepentía de no haber
ordenado celdas más espaciosas. Las comisiones de unos y otros hicieron que la
constructora abaratara costes. Había sala con wifi pero, acceso restringido a
internet. Claro que empatizar, con sobre bajo cuerda, con el director del
centro le había allanado muchos caminos. Tenía trato preferente en todo. En
nada, estaría en la calle, pensaba satisfecho mientras miraba desde la ventana
el valle, cauce de río o algo así, dijeron los ecologistas, siempre dando
guerra.
Y entonces comenzó a moverse la
cama, la mesilla, el sillón… un rumor que fue creciendo hasta convertirse en
bramido. El edificio, construido sobre arenisca y con materiales de bajísima
calidad, cayó hasta convertirse en un montón de ladrillos que escupía polvo al
cielo.
RESEÑA DE MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA DE LUCIA BERLIN
MANUAL
PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA
Lucia Berlin
Los arañazos, los cortes superficiales y los profundos, los encuentros y desencuentros, los instantes plenos
de felicidad, las derrotas, el humor liviano, el espeso y negro, el alquitrán
pegado a la suela de los zapatos, la rebeldía, la insolencia, el amor y el
desamor, la ternura. La huella de una vida nada convencional. El libro de Lucia
Berlin contiene cuarenta y tres relatos tan verosímiles y pegados a la piel de
la autora que es imposible no identificarse con las vidas de tantas mujeres contenidas
en una sola. Las historias de Lucia Berlin se meten dentro; profundas,
diáfanas, duras y brillantes, con relatos de inmersiones en el mar, de
desesperación y supervivencia, contando los minutos para la llegada del
amanecer y la apertura de las licorerías, relatados con la ternura, el humor y la
camaradería del que da título al libro: Manual para mujeres de la limpieza.
Los relatos de Manual
para mujeres de la limpieza muestran, fundamentalmente, el orgullo y arrojo de
una mujer desplegada en muchas, como fractales, que cae y se levanta para
seguir, en los límites de la intensidad, construyendo vida.
30/3/22
LA FLOR. RELATO INCLUIDO EN EL LIBRO DEL XV PREMIO OROLA
Aquella
humilde flor parecía nacer del muro. De pétalos delicados, cada uno recogía la
savia del saber que dentro compartían profesores con estudiantes, ávidos de
cultura. La flor. Regada con ráfagas de lluvia fina que empapaban y
fertilizaban la tierra. Gotas de sangre que habían hecho brotar la primera flor
preñada de luz. Orgullo de todos. Del polen de aquella primera flor nacieron
nuevas que arroparon las paredes y se reprodujeron para dar testimonio de
sabiduría y belleza. Levantada sobre cimientos sólidos, la universidad mostraba
orgullosa su edificación de siglos. Habían pasado generaciones de españoles,
nativos y nuevos habitantes nacidos del mestizaje entre los pueblos.
Generaciones que seguían esparciendo la semilla del conocimiento por el mundo.
17/3/22
EL FOTÓGRAFO
Tomada de la red
Las detonaciones se escuchan
cerca. Están tomando la ciudad. Salgo al jardín. El cielo se ilumina con
edificios ardiendo como antorchas gigantes. Disparo varias ráfagas para captar
las imágenes. No lo veo venir. Me sorprende la orden a mis espaldas. Obedezco. Dejo
la cámara en el suelo, me acuclillo y cubro mi cabeza con las manos. Inmortalizar
el amanecer y saborear la primera taza humeante de café de la mañana. Plasmar
la tarde de tertulia en torno a unas jarras de cerveza en el bar del hotel.
Retratar la pasión de una última noche con Lina, follando hasta caer rendidos.
Tres deseos sí, pero un solo día. Espero el tiro de gracia.
El punching
ball de todos los periodistas, el chico de los recados, el payaso que recoge burlas
y chistes como si fueran pelotas de tenis interrumpe la escena con un fundido
en negro al aparecer por la puerta. ¿Qué haces así?, pregunta. El soldado ha desaparecido. También mi cámara.
4/3/22
VUESTRAS GUERRAS, NUESTROS MUERTOS
Voy de la habitación de mi madre a la de mis niños y a la nuestra; de la cocina, al baño. Día y noche. Los cuento y recuento. Sigue faltando él. A veces ocurre el milagro de unos minutos de silencio atronador. Entonces echo el pestillo, bajo la tapa y me siento en el váter a llorar. Ruedan las lágrimas, redondas y pesadas, por mi cara, bajan y se despeñan en mis rodillas y corren por los cauces secos de las junturas de las baldosas. La primera vez que lloré aquellas lágrimas que se movían bajo la presión de un dedo pero no se deshacían, comenté la rareza con el médico del vecindario y se quedó embobado con aquellas bolitas parecidas al mercurio. Vinieron a llevárselas para analizarlas: agua y sal, poco más. Y sin embargo, densas como metal líquido. Experimentaron con los monos. Ninguno sobrevivió. Muerte por tristeza extrema, determinó el forense. El ejército me ofreció comprar mis lágrimas para la guerra, pero yo no quise. Así pues, cuando un grito tras una detonación me reclama, me pongo de rodillas y busco bien por todos los rincones, las recojo y las meto en un termo grande de acero inoxidable y enrosco bien la tapa para que no lleguen nunca a las manos de mis hijos, para que nunca se usen como armas.
12/2/22
AGUJEROS NEGROS- GANADOR DE DICIEMBRE DE LA XI EDICIÓN DEL MICROCONCURSO CONVOCADO POR LA MICROBIBLIOTECA
Agujeros negros
Escucha la llave de hierro girar en la cerradura. Los goznes oxidados chirrían al abrirse la puerta. La silueta se recorta, imponente, en el cuadrilátero de luz. Huele a miedo, veneno y orines de ratas en el sótano. El niño sabe que va a morir. La sombra baja el primer peldaño. Ante los ojos del chico, la bola irisada en el quinto escalón de la escalera se le presenta como su única esperanza de salvación. Conforme la oscura figura acorta distancia, el sonido de loza y cristal se materializa en una bandeja con plato de comida y vaso de agua. El pequeño tiene sed. Mucha. El miedo se repliega. Necesita beber con urgencia. Anhela que lleguen hasta él las zapatillas cochambrosas. La suela izquierda pisa la canica. y el cuerpo sale despedido a los pies del chaval. Un crac de rama rota. La bandeja a un lado, las patatas guisadas esparcidas por el suelo y los cristales sobre un charquito. Pasan minutos, tal vez horas. El muchacho tiembla. Ha mojado el pantalón. Despierte, por favor, suplica con un hilo de voz.

