El tercer gol que
encajamos me lo perdí. Mi mujer se interpuso entre el televisor y yo. ¡Quita de
en medio!, me impacienté. Se apartó, pero siguió hablando. Miriam, déjame ver
esto, luego me cuentas lo que sea, le pedí. Ella, ni caso. Pellizqué el pan y
eché los trozos en el caldo, sin quitar ojo al número seis que avanzaba como un
viejo artrítico. ¡Así vamos! ¡Vete a tu casa, si no puedes! Me estaba
calentando. Miriam continuaba dando la tabarra en sordina. Todos estos años… Y
ni una sola vez… Pedía poco… Palabras sueltas que no me dejaban escuchar bien
al comentarista. Y eso que gritaba como un verraco. Del plato a la boca, de la
boca al plato, acabé con la sopa. Así te claves una espina. Ahora estoy seguro de
que dijo eso, pero entonces interpreté ahí tienes la lubina. Cocinaba bien
Miriam. Con el cuarto gol me tragué un trozo de guindilla. Y ella que si tal,
que si cual. Estaba negro. Que te calles, mujer, que te calles un poquito. A
esas alturas, el locutor estaba ronco y yo sudaba de rabia. Algo me distrajo
unos instantes. Fue un destello metálico girando en el mantel. Pero volví a lo
mío. El partido a punto de acabar. Cuatro a cero. Una vergüenza. Me bebí medio
vaso de vino para contrarrestar el picante y entonces me di cuenta de que
Miriam ya no hablaba. Salían los jugadores cabizbajos del campo cuando escuché
el portazo. En la mesa, el anillo acababa de detenerse. Me incorporé a medias
en la silla y estrellé el vaso contra el televisor. Mi mujer se había pasado
con la guindilla.
14/7/15
29/6/15
RELATO INCLUIDO EN EL LIBRO DEL III PREMIO DE MICRORRELATOS "MANUEL J. PELÁEZ" 2015
LARVADA
El niño duerme. Paseo
sobre la barandilla de mi terraza. Sin mirar abajo. Corre una brisa cálida.
Abro los brazos como funambulista y camino con cuidado, un pie delante del
otro, manteniendo el equilibrio. Voy hasta el muro de ladrillo, doy la vuelta y
llego al otro. Lo repito cuantas veces quiero. Cuando me canso, me detengo.
Sentada a horcajadas sobre el hierro, levanto una mano y anulo una estrella. Miro
hacia el infinito y veo un planeta en sombra. Escucho a sus habitantes. Gritos
de auxilio. Aullidos de terror. El horror petrificado en sus caras de hielo. Me
relajo. Paso mi pierna derecha por encima de las rejas y voy a la cocina. Los
azulejos chorrean el vapor de la sopa. Saco las lubinas, la cayena y los ajos.
Preparo la sartén y la tabla y cojo el cuchillo. Con él en la mano, entro en el
cuarto. Brilla el acero en la oscuridad. Meto la cabeza dentro de la cuna.
Inspiro. Huele a mi bebé. Los patitos del pijama suben y bajan con su
respiración sosegada. Oigo la llave girar en la cerradura. Salgo de la
habitación de puntillas y cierro la puerta con sumo cuidado. Él llega.
27/6/15
RELATO GANADOR DE LA SEMANA DE WONDERLAND Y UN FINALISTA
Finaliza el programa y nada mejor para ello que este regalo que me hacen. Para escuchar el audio clicad aquí. A partir del minuto 31.
DISIMULO
Ella guarda las poesías en un cajón de la cómoda.
Enhebra la aguja en silencio, con las gafas en el despeñadero de la nariz. Yo
la miro, a hurtadillas, por encima del periódico. Sorbe una lágrima rebelde.
También a mí me gustaría llorar, pero no puedo. Se queda un momento extasiada
con la polilla que busca la luz del farol. También a mí me gustaría soñar, pero
no sé. Deja prendida la aguja en el bajo del pantalón, se levanta y camina por
el corredor hacia la cocina. Levanta la mano derecha y acaricia, al paso, el
ramito de violetas.
INCOMPATIBILIDAD
Cuando
luce el sol, se pone el vestido escotado y las sandalias plateadas,
agarra el bolso y me deja solo todo el día, con un vaso de leche y una
manzana sobre la mesilla.
Cuando
llueve, le cuesta levantarse. Camina arrastrando los pies, con el pelo
enmarañado tapándole la cara. A mediodía me trae sopa. Luego se mete en
la cama y se abraza a mi cuerpo.
Yo busco sus programas favoritos en la televisión para que se
distraiga, pero se la ve triste, cansada.
Hace días que no para de llover. Ella reza, mirando al cielo. Yo también rezo.
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18/6/15
VACACIONES
Hace años íbamos a la playa: Virginia, la niña y
yo. Nos hartábamos de sol y agua y volvíamos morenos y relajados. Cuando la
niña se casó y se fue a vivir a una ciudad costera, comenzamos a pasar las
vacaciones en su apartamento. El binomio suegros-yerno nos devolvía a casa más
cansados. Después vino la nieta y ahora el nieto.
Escapamos de noche, sin avisar,
tras diez días de infierno. Virginia se ha encerrado en su despacho. Yo en el
mío. Cada uno repantingado en su sillón, con las persianas echadas, el aire
acondicionado puesto y los teléfonos desconectados.
30/5/15
RELATO GANADOR DE LA SEMANA, Y UN FINALISTA DE WONDERLAND
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| Fotografía tomada de la red. |
CANALLAS
Camina lenta, pesada.
Ojos tristes de niña vieja. Va a poquitos, como polluelo recién salido del
nido. Lejana ya, la infancia. Y sin embargo ayer mismo. Una explosión de
júbilo, su risa. Saltaba por el gozo de saberse junco, bebedor de vida. Jugaba
a ser mayor, como todas las niñas. Y en ese juego su futuro era malva, amarillo,
verde, rosa, azul, pero nunca del color del cieno.
Hoy, truncados sus
sueños, mira de reojo a los niños que botan las pelotas en la plaza, luego se
toca la barriga hinchada, extraña, y sigue andando de camino a su infierno.
LIMITACIÓN
A veces, a través de la
ventana de mi cuarto, miro un punto en la lejanía. Me gustaría saber qué hay
allí, quién vive en ese espacio y cómo se mueve. Si hay o no jardín, columpios
y niños que jueguen en él. Y entre la hierba ¿cuánta vida bullirá? ¿Qué muertes
ocurrirán bajo la zapatilla infantil? Subo la mirada al horizonte. Entonces
caigo en la cuenta de que por muchos años que viviera jamás podría recorrer cada
palmo de nuestro planeta. Conocer todas sus criaturas. Mucho menos el universo
entero. Y me retiro del cristal con una tristeza infinita.
Para escuchar el audio pinchad aquí. A partir del minuto 32: 12.
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