12/1/15

Finalista del I Premio de Cartas para el Año Nuevo convocado por el Centro de Creación para Escritores




EL PASO

¿Qué quieres, que te diga que no entres? Vas a hacer lo que te dé la gana. Tú eres muy tuyo y no escuchas a quienes tienen los días contados y te suplican una prórroga, mucho menos a mí que aún tengo cuerda para un ratito. Date un garbeo por el hiperespacio. O mejor aún: unas vueltas por la Tierra, en sentido inverso a las agujas de un reloj, y a lo mejor consigo el ovillo, si no completo (no quiero pecar de pasarme en la ambición), a medias. Y lo pasado, pasado. Nada de volver a pisar la hierba doblegada. ¿Que hubo mucho bueno? Ya. ¿Y qué? Un aburrimiento repetir lo mismo. No. Yo quiero encontrarme en mis veintitantos años y decirme eso de: tienes toda una vida por delante. A ver para dónde tiras esta vez. Así, con chulería. Con mucha arrogancia juvenil.

    Cierro los ojos y me miro por dentro. Un revoltijo de vivencias que podría guardar en una caja de cerillas es todo lo que veo de este tiempo orbital que se consume como el fogonazo de un fósforo. Un virus de acidez exasperante. El olor de la sal veraniega. El arañazo joven de una muerte ajena. El tamborileo de un premio. Un caleidoscopio de amores. Y mucho más. Pero lo pequeño se esconde en compartimentos sellados. Aunque no se pierdan. Aunque un día, al buen tuntún, se abra una compuerta que libere esa libélula. Y digas: ¡Anda, coño, si eso me ocurrió a mí! Pero hablamos de lo que permanece. Lo que decide tu memoria que es importante. Yo procuro no darle carrete a la nostalgia. No estar todo el día dale que te pego con el rollo del abuelo cebolleta de en el año tal, ocurrió tal cosa. Penoso. Así que me quedo con lo que registra mi disco duro. Y si viene un día diáfano de esos que quieres retener porque la felicidad de ese momento pleno te da un revolcón de paraíso, entonces haces un nudo, una lazada, cualquier cosa que trampee a la desmemoria, y lo fijas ahí, para que perdure. De esos tengo unos cuantos. Joyas que dejé escritas. Porque  la escritura me permite hacer lo que me dé la gana con las palabras. Ser libre. Recoger lo que quiero en un folio. Ya ves. Ahora me da la gana entretenerte, no dejarte pasar. Porque el tiempo es eterno aquí. Que sí, que tarde o temprano dejaré de teclear. Pondré fin. Me levantaré a por ese café o esa cerveza y tú tendrás el paso franco. No pongo en duda tu poder absoluto. Tampoco es que piense que vas a traerme solo sinsabores. Espero alguna golosina. Pero lo cierto es que cada vez que uno se avieja en el amarillo huevo de un calendario y entra un joven imberbe como tú, es un adiós que se aproxima. Y a todo esto, ¡hala!, le damos un bombo, un sinfín de atragantamientos, con los cuartos y las campanadas y las uvas metidas a toda prisa en la boca, que parecemos hámsters llorones. Porque jajá, jajá, que se me ha ido por el otro lado y estiro la pata aquí mismo. Y luego el  brindis y el champán. Y después las felicitaciones. Que no puedes ni llamar por teléfono porque están las líneas colapsadas. ¡Y venga estampidos de petardos y fuegos artificiales! Ya me dirás tú qué hay que celebrar. No me vengas con la tontería de que la entrada de un nuevo año es lo mejor. Nada, no me convence. Pero claro, hay que aturdir la realidad de las canas, de los nudos venosos en las manos, de la artrosis que se agarra como un perro rabioso a los huesos, con mucho ruido y mucha alegría falsa. Pero no. Están los que acaban las reuniones familiares como el rosario de la aurora, con cuchilladas traperas y algún insulto; están los que se meten una botella de alcohol para ir contentitos a las cenas con cuñados, sobrinos, tíos que no saben de dónde salen, etc, y pasan el trago medio regular aunque después les dé la llorera;  luego están los que no tienen ni para tabaco y se pasan el tiempo disimulando lo mal que se sienten. Algunos, los afortunados, huyen como conejos a cualquier lugar al sol lo más lejos posible de la familia, procurando olvidarse de esas fechas tan señaladas. ¡Ah!, cómo me gustaría a mí hacer un viajecito de esos… No puede ser. Ya ves, la crisis me ha dejado los bolsillos tiritando. Pero quizá lo consiga algún día. La esperanza es esa vieja zorra plateada que mantiene a las personas vivas. Porque si no hay deseos por cumplir, enseguida aparece la de la guadaña. Ya, bueno, tienes razón. Si seguimos esa línea de pensamiento, llegaremos a la conclusión de que tiempo detenido, tiempo muerto literalmente hablando. Porque lo de andar hacia atrás era solo un juego de niños, como el escondite, el balón prisionero o los cromos. Aún me acuerdo del bocado que me dio Fernando en el brazo cuando peleamos por aquel cromo de dragón de komodo. Quedó destrozado. El cromo, digo. Y a mi amigo le dejé unos moretones gloriosos en las espinillas. ¡Hay que ver cómo se pusieron nuestras madres! Unas fieras corrupias. Les duró más el enfado entre ellas que a nosotros que al día siguiente ya estábamos bailando la peonza juntos. ¡Eterno aquel tiempo infantil, interminables las tardes de domingo! Que sí, que no pierdo el hilo. Está claro que no puedo retenerte más. Vas a entrar y a lo grande. Está bien. Pero mira que no traigas nada corrupto en la barriga de tu último número. ¡Porque hay un pestazo por aquí! Ya. Que lo podrido está en el que se va. Bueno. Vigila que no te deje la bolsa de la basura, que se la lleve con él, la tire en el contenedor y le eche el candado para que nunca más vuelva a salir.

     Y ahora tengo que dejarte pasar, porque me está llegando el olor del café recién hecho desde hace rato y la tentación es muy fuerte. Yo me vendo por un café, ya ves, con poquito me conformo. Voy a dejar de teclear, no sin antes decirte que ojito con cómo te portas. Te estaré vigilando.

¡¡Tengamos una buena cosecha de año en paz!!

30/12/14

PÉRDIDA




Abarco con la mirada la plaza. Terrazas abiertas a la risa y la conversación animada en torno a unas jarras de cerveza y unas patatas fritas. Parejas cogidas de la mano. Pandillas de adolescentes que gritan el orgullo insolente de su juventud. Ancianos que caminan despacio, parándose de vez en cuando a descansar. Un hombre estatua se lleva el sombrero a lo Charlot a la cabeza y da dos pasos hacia delante con sus zapatones, cuando un niño echa una moneda en el pañuelo extendido en el suelo. La vida sigue. Y yo expulsada del paraíso. Yo sin mi niña.

20/12/14

RELATO GANADOR DE ESTA SEMANA Y UN FINALISTA DE WONDERLAND



REGALO



Lo encontré en el agua, una mañana tórrida de agosto. Me había alejado de la orilla abarrotada, buscando un espacio de soledad y, cuando quise regresar, no pude. Él me devolvió sin esfuerzo a la arena. Me fui a vivir con él a su casa del acantilado. Siempre sospeché que su pasión por el submarinismo era algo más que una afición. Pero en sus caricias naufragaban mis preguntas. Cada vez pasaba más tiempo zambullido en el mar, hasta el día en que no regresó. Me dejó el embrión de un niño pez plateado nadando en las profundidades de mi vientre.

A partir del minuto 28:40. Para escuchar el relato clicar aquí



NADA, DEMASIADO



La sospecha fue arraigando en su interior hasta acabar en certeza. Él le robaba hasta el último aliento con cada beso. Un catarro. Una gripe. El cólico nefrítico que la hizo llorar a gritos. La gastroenteritis... Cada uno de sus males sanaban en los labios del enamorado, mientras él enfermaba de repente. La casualidad, se decía ella. Pero llegó el terror en forma de tumor de huesos. Inoperable. Ahora el cuerpo del marido se hunde, esquelético, en la cama. Ella lo mira. Le duele la garganta. Duda. Le pide un último beso. Total, lo de él ya no tiene remedio.


10/12/14

A LA HORA SEÑALADA


Imagen tomada de la red.



Hace rato que cantó el gallo y no consigo despertarme. Lo oigo subir por la calle. Cada vez más cerca, el cortejo fúnebre.

30/11/14

BORRADO

 
Copiada de la red.


Nunca supo en qué instante ocurría cada pérdida. Tampoco habría querido saberlo. El llanto con que entró en la vida. La primera risa. La voz infantil. El gesto de limpiarse un beso de la tía Maruja. El vozarrón de adolescente. La fiereza de la mirada cuando sorprendió a la madre revolviendo sus cosas en su habitación. La mano cerrada y el labio mordido, para controlar las lágrimas que se desbordaban, al romperse el brazo. El limbo en su expresión y la sonrisa boba cuando se enamoró de Laurita. Su andar elástico como si fuera a tomar impulso y saltar en cualquier momento. Todo se lo llevó el olvido. Y ahora sólo le queda un chaval, su chaval, como una estatua de cartón, dentro de una cartulina sepia.