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LOLA SANABRIA
pajaro.alambre@gmail.com
10/3/25
21/2/25
7/2/25
LA SIEMBRA Y LA COSECHA. Segundo premio del Concurso de relatos #historiasdesolidaridad
Cuando nació mi hijo, el padre nos abandonó. Así que tuve que apechugar sola con la crianza. Porque él no volvió a dar señales de vida. Con el tiempo llegué a considerar que fue lo mejor que nos pudo pasar. Echaba la vista atrás y todo eran broncas. Él, un egoísta de libro. Solo pensaba en cómo no dar palo al agua. Le importaban un bledo los demás con tal de tener asegurado su bienestar. Trabajar, trabajaba, pero en cuanto llegaba a casa se arrellanaba en el sofá y de ahí no se movía hasta la hora de la cena. La llegada del niño fue un fastidio. No quería cogerlo. Tampoco oírlo llorar. Así que no tardó en desaparecer de nuestras vidas. Me puse a trabajar en un Centro de Primera Acogida. Allí aprendí mucho y comencé a interesarme por lo que ocurría en el mundo viendo a toda aquella gente que huía de guerras, persecuciones y muertes. Cada vez que leía un informe lloraba a lágrima viva. De aquellas personas apenas se hablaba en las noticias. ¿Cómo era posible que pasaran de puntillas por tanto drama? Comencé a ir a las convocatorias que hacían algunas organizaciones pacifistas. A veces frente a las embajadas de los países donde se daban los conflictos; otras en plazas y calles, pidiendo que se detuviera aquella sangría. La indignación ganaba terreno en mi interior. Cada día entraban más y más menores que huían de lo que eufemísticamente llamaban «zonas calientes». Menos cuando se referían a las pateras. El mar escupía cadáveres de niños y niñas, de mujeres, de hombres… Y las imágenes daban la vuelta al mundo. ¡Qué horror!, pobre gente, decían en los bares, mientras comían pinchos de tortilla y cervezas, quienes estaban al resguardo de miserias y bombas. Era un reguero continuo de vidas destrozadas. Menores que llegaban sin padres. Con el gesto duro, sin una lágrima. Secos los ojos. Con la determinación de sobrevivir a toda costa. Tragedias que se quedaban encerradas en el centro. Un respiro que la mayoría de las veces acababa cuando cumplían los dieciocho años y no tenían a dónde ir.
Y mi hijo mamó de aquella rabia.
Anoche tuvimos bronca. Tal vez sea yo la culpable. Sólo quería que nunca fuera a una guerra. Por eso lo llevaba conmigo a las manifestaciones. No pasa nada, le decía apretando su mano muy fuerte.
Cuando creció, invitaba a casa a sus amigos que cruzaban el Estrecho, y yo me esmeraba en la cocina. Mi hijo, un blanquito con rastas, escuchaba atento y olvidaba el tenedor en el plato. Hablaban de la falta de medicinas, de kilómetros de arena seca, de la lucha por su territorio, del hambre. A mí se me iban las ganas de comer, atenazado el estómago en una náusea que me duraba el resto del día.
—Ustedes los europeos…
Guardaba las sobras en el frigorífico. Echaba el agua de la jarra en las macetas. No quería que me dijeran: Ustedes los europeos derrochan.
Decidió estudiar periodismo. Y yo encantada. Ya lo veía en la televisión, o escribiendo artículos en los principales periódicos del país. Pero no. Quiere ir a donde hay conflicto, a donde asola la hambruna, a donde las guerras tribales siegan vidas humanas. Para que el mundo sepa, dice. Como hizo Marie Colvin, dice. La que murió, apostillo yo. Y él que no sea tan negativa. Que volverá y me sentiré orgullosa. Como si ya no lo estuviera.
No sé cómo va a arreglárselas. Él, que no aguanta la picadura de un mosquito, ni un roce del zapato. Que el calor le agobia. Pero se va y no puedo hacer nada por evitarlo.
Amanece. Me levanto, hago café, desayuno y salgo. Cuando vuelvo a casa, él ya se ha levantado.
—Te compré unas mudas. Y saqué dinero del Banco- digo.
—Gracias, pero no hacía falta.
—Y puedes llevarte las medicinas del botiquín.
—Vendrán bien— sonríe.
—No olvides la crema para los mosquitos.
— No la olvido.
—No dejes de protegerte. Tú ya sabes.
— ¡Mamá!
Lo sigo mientras él prepara la mochila. Luego nos quedamos uno frente al otro. No pasará nada, dice. Muevo la cabeza en silencio. No quiero llorar, pero lloro cuando nos abrazamos.
27/5/24
Primer premio del XI Concurso de Relatos Marbella Activa
EL VIAJE DE MAMÁ
ESPERANZA
Mamá nunca estuvo en
aquel lugar. Guardaba la postal que le envió su amiga Raquel en una caja de
madera con sus pertenencias más queridas. Para nosotras no tenía ningún valor
todo lo que había allí metido. La habíamos registrado muchas veces. De
pequeñas, por curiosidad; de mayores, porque, tras la muerte de mamá,
necesitábamos encontrar algo para vender que nos diera un respiro. La esperanza
se truncaba en decepción. Dientes de leche, rizos de pelo, cintas de colores y
la postal con una playa infinita y sombrillas de paja horadando la arena
dorada. Mar azul oscuro y cielo turquesa sin una nube. Ni un alma, decía yo
cada vez que la miraba como hechizada. Y mi hermana Sofía, que siempre dijo ver
más allá de la realidad, me corregía: «Bueno, eso de ni un alma… Yo veo la de
mamá, y otra más, revoloteando juntas».
Mamá nunca viajó a ese lugar. Yo era la mayor
de las hermanas. Recordaba el traqueteo del tren cuando aún no había nacido
Mónica, la segunda de las tres. Con aquel gentío que bullía en los vagones,
yendo de un lado a otro, acodándose en las ventanillas abiertas, compartiendo
tortilla y gaseosa a mediodía. Viajes con muchos túneles y paradas en cada
pueblo. Incómodos, largos para un recorrido que ahora se hace en mucho menos de
la mitad del tiempo que se empleaba entonces. Pero viajes que conectaban la
realidad con el sueño. No importaba si ibas a un pueblo perdido en la sierra o
a quemarte bajo el sol, compitiendo por un palmo de espacio para extender tu
toalla, en una playa atestada de gente. El viaje. Eso era lo mejor. Porque
mientras las ruedas del tren se deslizaban en los raíles torturando las
traviesas, yo hilvanaba historias de grutas y cuevas con sus monstruos y
leyendas; fantaseaba con amistades fascinantes
venideras con las que compartía
cuentos de aparecidos y ahogados en atardeceres con cucuruchos de helado de
nata y fresa, y fraguaba noviazgos de verano, Todo eso se mezclaba en mi imaginación con el bufido de la locomotora,
su respiración fatigada cuando se detenía en una de las muchas estaciones donde
familias enteras bajaban o subían al tren. Aquella excitación y alegría por un
porvenir carente de astillas, dulce de caramelo que se iba derritiendo
lentamente en la boca, solo era posible durante el trayecto. Parte de la magia
se deshacía cuando llegabas a tu destino. El fin en sí mismo era el viaje.
Mamá
nunca viajó a ese lugar. Yo lo habría sabido.
MÓNICA
A mi hermana Esperanza
no le gusta que la contradigan. Ella dice esto es así, y tiene que ir a misa.
No sabe si mamá hizo o no aquel viaje, pero como es la mayor está convencida de
que tiene que saberlo todo, si no, lo vive como una traición.
A veces sorprendía a mamá en su habitación,
con la postal de la playa y las sombrillas entre sus dedos y ese gesto
contenido, mezcla de tristeza y determinación. Volvía la cabeza hacia la puerta
y me invitaba a sentarme a su lado, dando golpecitos con la palma abierta de la
mano sobre la colcha de la cama. Le hacía caso porque ella lo necesitaba, no
porque me apeteciera escuchar lo de otras veces. Promesas de que algún día
haríamos las maletas y nos subiríamos a un tren que bordeaba las costas sin
prisas para dejarnos en nuestra playa, con mucho tiempo para aspirar el aire
marino cargadito de sal que tan bien me vendría para mi rinitis crónica. Mamá
no quería aceptar que, aquellos trenes que avanzaban con la parsimonia de los
abuelos contando cuentos a los niños los habían sustituido por otros más
rápidos, donde lo importante era el destino, no lo que acontecía en el devenir
de las horas dentro de los vagones. Y no lo aceptaba porque en uno de esos
viajes de largo tiempo y recorrido conoció a Raquel. Las dos con las pestañas
cargadas de sueños que entraban y salían de su interior a borbotones de
excitación. Eso me contaba. Compañeras durante un tiempo agrandado por la
intensidad de cada minuto. Poco importaba, decía, que hubiera una hora
establecida de llegada. Poco importó en la práctica. Porque la locomotora se
paró y no quiso seguir su camino. En mitad de la nada de una enorme y cálida
playa salvaje. Tiempo. Arena. Risas. Complicidad. Y mucho más. Aunque mamá
siempre acababa el relato en el momento en que venían a rescatarlas con una
nueva máquina. Ahí se le subía el pecho en un suspiro hondo de nostalgia.
Papá sabía. Lo sabía y callaba. Papá era el
convidado forzoso de un banquete de boda. Tenía siempre esa media sonrisa
torcida, entre tierna y resignada, que desarmaba a mamá. A ratos se hacía cargo
de su presencia. Le pasaba una mano por la cara redondita y dulce. Le cortaba
el pelo. Lo abrazaba largo. Y para él eso era amor. Y para él era suficiente.
Mamá vivía en otro lugar, aunque estuviera con nosotras. Nos quería. Nos
cuidaba. Todo en ella nacía de un amor más grande que el conocido. Enorme y
alimentado de recuerdos día a día.
Cuando mamá enfermó, cayó ese manto
donde ella recogía los trozos rotos de otra vida y los unía de esperanza. Un
sueño que rozó con la punta de los dedos el mismo día del entierro de nuestro
padre. Allí mismo, mientras tapiaban el ataúd con rasilla y paletadas de
cemento, ella, con su enorme presencia aun siendo bajita y quebradiza, contuvo
entre sus manos recogidas bajo el pecho la alegría del futuro que la aguardaba.
Seria y circunspecta, con alguna lágrima de pena rodando mejilla abajo,
traslucía una gran luz interior que pugnaba por salir. Las cuatro sentíamos
dolor. Mamá sentía dolor. Dejamos a papá solo del todo, mucho más solo de lo
que siempre había estado a pesar del cariño de mamá, del amor de sus tres
hijas, sobre todo de Sofía. Papá siempre estuvo solo. Y así se quedó, aunque
mamá no tardaría en acompañarlo. Siempre separados y siempre unidos. Siempre.
SOFÍA
Mamá va y viene. Va y
viene. Aletea entre nosotras como una mariposa a la búsqueda y encuentro de su
flor.
Mamá abrigaba mis manos entre las suyas y no
hablaba. Yo la veía desdoblarse y moverse en el pasado y en el presente,
proyectándose hacia el futuro, en diferentes lugares, con distintas personas,
como si fuera un personaje dentro de una película de cine.
Aquella playa larga, larga, con
caracolas y conchas rotas, polvo de estrellas que caían todas las noches al
mar, fue escenario de esa vivencia grande que se tiene una vez en la vida. La
máquina agonizando en la vía y mamá gozando en todo su esplendor. Así me
llegaba a través de las manos enlazadas de mamá y Raquel, del júbilo con el que
celebraron el anochecer escondidas entre las dunas, del canto al sol que les
regaló un nuevo día. Nunca vi a mamá tan feliz en vida. Dicen que esas cosas
pasan. Dicen que es verdad que el amor llega sin avisar, que irrumpe a
empellones, que atonta la realidad, que implosiona las sensaciones, los
sentimientos, el quererse sin tiempo ni medida. Yo aún no he vivido esa clase
de amor. Mamá decía que solo tengo que esperar.
Esperanza nunca le perdonó que no la
hiciera su confidente, que la dejara confundida, sin saber qué era lo que la
hacía suspirar por los rincones de la casa. Nunca entendió a mamá y eso la
irritaba. Discutía con ella y a veces ni
la dejaba acercarse. No aceptaba ese
mirarse el ombligo de mamá, como ella lo llamaba. Y sin embargo, Esperanza es
la más soñadora y la que más la quería.
Mónica va siempre más allá de lo que
mostramos. Ella está en paz con mamá. La entendió y la quiso sin
apasionamiento, aunque no pueda verla como yo.
Mamá viajó por segunda vez a esa playa, en la
casita donde Raquel se quedó a vivir para siempre. Lo hizo atravesada por la
derrota. No era fácil resistirse a las amenazas y el paisaje apocalíptico que
le pintaba la abuela. Hay personas capaces de luchar hasta la extenuación con
tal de seguir su sueño, aunque no lo consigan. Hay personas fuertes y personas
débiles y quebradizas. Mamá pertenecía a estas últimas. No soportó la presión.
Los errores se pagan, le decía la abuela antes de ir desgranando las ventajas
de seguir con papá y abandonar quimeras que solo la llevarían al fracaso. Y ahí
se empleaba a fondo en relatarle toda clase de problemas sociales y de
subsistencia. Porque, vamos a ver ¿de qué pensáis vivir?, decía, señalando con
su dedo índice la barriga de mamá. Luego le hablaba de lo buen hombre que era
papá, de lo mucho que la amaba, de lo bien que estarían, de que todo se torció
con aquel viaje que fue como una escapada, pero que se podía arreglar si ella
quería. Y mamá cedió.
Mamá hizo ese viaje
encogida en un asiento de un tren vestido de oscuridad. Ni la espuma de las
costas, ni la promesa más allá de la línea que dividía cielo y mar, ni las
bromas y risas de unos jóvenes inmortales; nada sacó a mamá del estado de alma
en pena que la llevaba al encuentro con Raquel en aquel pueblo de la costa,
donde nunca más regresó en vida.
Primero nació
Esperanza, luego Mónica y por último yo. Tres personitas, como nos llamaba
ella, a las que cuidar.
Quizá se hubiera
decidido a dar el paso si las cartas de Raquel hubieran llegado a sus manos.
Mamá nunca lo supo. Yo tampoco se lo dije. Ni siquiera poco antes de morir.
Hubiera sido muy cruel por mi parte contarle que Raquel le escribió y papá,
después de la llegada de la postal, interceptó todas las cartas. Y fueron
llegando, como mensajes en una botella, hasta que Raquel desapareció sin dejar
rastro.
Lo siento, mamá. Lo
siento mucho, le estuve repitiendo bajito al oído hasta que dejó de respirar.
Sé que me ha perdonado. También a papá. Yo no quería separarme de él y él no
quería separarse de ella.
Raquel vivió entre las algas que inundaron la
cueva. Habitado su cuerpo por estrellas, caballitos de mar y caracolas,
durmiendo la paz de una espera más dulce y llevadera que la que tuvo que
soportar mamá hasta que volvieron a encontrarse.
Ahora veo a mamá y a
Raquel revoloteando entre las sombrillas de paja, felices y juntas para
siempre.
16/10/23
EN LA CALLE. Finalista del Certamen de Microrrelatos SUR - III Premio Pablo Aranda
Aquel dibujo en el asfalto
había captado a la perfección el movimiento. Una pierna doblada hacia atrás,
como en el aire, y la otra tocando el suelo. Más que andar, corría. Y los
brazos. El derecho con la mano abierta, como si quisiera agarrar una rama, o
enlazar unos dedos amigos. El izquierdo hacia atrás, doblado por el codo,
impulsando el cuerpo. Unos trazos de tiza que trascendían, de alguien que amaba
a la humanidad. Podría haber sido una obra de arte, si no fuera porque
enmarcaba una gran mancha roja y correspondía al perfil del cuerpo de una mujer
recién asesinada.
APRENDIZAJES. SELECCIONADO MES DE SEPTIEMBRE EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS
8/8/23
CEGUERA- Seleccionado en el mes de junio en el concurso de microrrelatos de abogados
Brillante, acostumbrado a ganar litigios complicados en el estrado y a machacar a sus contrincantes en las elecciones al Colegio de Abogados, se tenía a sí mismo como un esposo y padre afable y justo en los castigos y no aceptaba de buen grado su retirada. Pactar con él no había sido fácil. Podría recorrer la casa a pie de mar que siempre quiso alquilar su mujer, y él le negó, para las vacaciones; ver a las pequeñas dormir plácidamente; a las mayores con un bullicio alegre en la cocina; a su mujer, con los labios sujetando un ramillete de alfileres y una sonrisa, mientras metía la bastilla de la falda para la fiesta en la playa. Entendería por qué le supo raro su café y, entonces, solo entonces, aceptaría subir a la barca, acompañarme al otro lado y dejar a la familia vivir en paz, sin amenazas, ni golpes.
27/6/23
EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DE INFOLIBRE: MUÑECA Y CASA DE VERANO
12/3/23
LOS CUIDADOS. SEGUNDO PREMIO DEL III CERTAMEN LITERARIO CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER AYUNTAMIENTO DE ROBLEDO DE CHAVELA 2023
LOS
CUIDADOS
Esta
noche la nena se ha despertado no sé las veces. Seguramente le dolía la
tripita. Los cólicos del lactante. Ni anises ni puñetas. La he paseado en
brazos, boca abajo, con una mano haciéndole masaje. Parecía que se calmaba.
Cerraba los ojos, agotada, soltaba el chupete y dejaba de llorar. La dejaba en
su cuna como si fuera una pluma para que no sintiera abandono ni dolor. Pero al
rato estaba otra vez llorando. Loren roncaba. Al día siguiente tenía que
trabajar, así que yo debía apechugar, no me quedaba otra.
Delante
de una tostada y una taza de café me he preguntado si podría soportar todo el
día sin venirme abajo. Es dura la crianza. Se me cierran los ojos a esta luz
blanca de un amanecer que duele como puñaladas en un cuerpo machacado por la
falta de descanso. A ver si puedo echarme un poco después de darle el
biberón…¡En qué estaría pensando! No puedo. Ayer mismo me dejó Loren la lista
de la compra. Hacen falta verduras, pollo y fruta. Y leche para la nena.
Pañales tenemos aún bastantes. ¡Qué caro todo lo de los bebés! Deseando estoy
que pase a los purés y que controle esfínteres. Le compré un orinal monísimo de
la farmacia. Loren dijo que a santo de qué adelantarme tanto. Sí, tengo que
reconocerlo, me encandilo con cualquier cosa para la nena. ¡Y la ropita, tan
linda y tan cara! Chupetes tiene unos cuantos de todos los colores y formas.
Los guardo en el cajón de mis jerséis y los voy sacando conforme se ponen las
tetinas feas y desinfladas.
Mi
hija es el amor de mi vida. La veo dormidita, con las manos cerradas en puños
blanditos y con sus hoyuelos, el culo en pompa, las piernas encogiditas, y
vuela el agotamiento. Es tan pequeña y a la vez tan grande que parece mentira
que haya estado dentro de la barriga. Suspira. ¿Qué soñará? ¿Sueña ya tan
chiquita? Acerco la cabeza a la cuna. Aspiro el olor a bebé. Me gustaría
quedármelo dentro para siempre, siempre. No hay nada comparable a este aroma.
Dicen que a pan tierno. Nada. Tampoco a colonia. La colonia camufla la esencia
de recién nacida. No haces nada más que atravesar la puerta de la calle y ya
sabes que dentro crece una flor. Mi flor. Azucena.
Me
tengo que dar prisa para tenerlo todo preparado. Me ducho, guardo la lista, preparo
el cochecito y, mientras espero, pongo agua al fuego con un puñadito de sal y
un chorrito de aceite. Haré espaguetis. Saco el paquete del armario. El agua
rompe a hervir y la nena a llorar. Echo la pasta y voy al cuarto. ¿Qué le pasa
a mi niña? Ya, ya, ya… Le cambio el pañal y le doy el biberón en seguida. Sí,
por este orden. Me mira. Seguro que me mira. Y calla. Luego vuelve a llorar. Se
le ven las encías tiernas y rosadas. Se le ve hasta la campanilla. Espera,
espera, que ya voy. El nerviosismo no es bueno. Tranquilidad. Lo decía mi
madre: Vísteme despacio que tengo prisa. Me duele la espalda.
Los
espaguetis se han pegado a la cazuela. He llorado. Todo me parece una montaña
muy fatigosa de subir. Ha llamado Loren en plena debacle y me he desahogado un
poco. Lo entiende, claro que lo entiende. Luego, con más calma, he vuelto a
poner agua a hervir y no le he quitado ojo hasta que se ha ablandado la pasta.
Mientras movía el cochecito con un pie para que la nena se durmiera he picado
cebolla y chorizo, lo he rehogado con la carne picada, he incorporado los
espaguetis y el tomate frito y listo. Prueba superada.
La
señora Encarna y el señor Manolo me han recibido con el cariño de siempre. Que
mira lo que tenemos, han dicho, unos níscalos muy frescos para hacerlos con
patatas, y no son caros. Ellos saben que no podemos permitirnos muchos gastos.
Miramos hasta el último céntimo. A la niña que no le falte de nada. Las acelgas
son baratas. Y las patatas también. Pero hoy me llevo unos poquitos níscalos.
Haré un guiso mañana. La señora Encarna y el señor Manolo miran dentro del cochecito.
¡Qué bonita está! ¡Se cría bien! Pronto la verás correr por ahí. El tiempo pasa
volando. Aprovecha para disfrutar de ella ahora, antes de que se haga grande y
se vaya de casa. Dicen estas cosas siempre. Su hija ya es mayor y hace tiempo
que dejó el nido para volar lejos. ¡Y tanto, como que se fue al otro lado del
mundo! A ver, donde hay trabajo, aclara la señora Encarna una vez más.
En
la pescadería hay mucha gente. Pido la vez y me voy a la carnicería que parece
que hay menos esperando. Toño en un carnicero antipático pero un buen
profesional. Le pido filetes de babilla. Entra y sale de la cámara frigorífica
con una pieza que suelta de golpe sobre la tabla, le pasa la mano como si la
acariciara, afila el cuchillo y, cuando va a cortar, le digo: Medio kilo y
finitos. Me mira con el cuchillo en alto como si me preguntara qué hago yo allí
y por qué le pido siempre lo mismo. Luego vuelve a su tarea.
La
niña se ha despertado. Refunfuña. Busco el chupete de pasta con forma de
mariquita en la bolsa de tela y se lo meto en la boca. Me mira con esos ojitos
recién abiertos al mundo mientras chupetea con brío. ¿Algo más?, pregunta Toño.
Huesos de vaca y de jamón, tocino, morcillo… Lo necesario para hacer pasado
mañana un cocido.
Cuando
llego a la pescadería ya han despachado a quien me dio la vez. Respiro hondo,
hondo. Paciencia. Vuelvo a pedirla. Estaré al tanto. No hay nadie esperando en
la pollería de al lado. Un pollo en cuartos. Filetes de pechuga. Unos pasos más
allá, la panadería. Una barra de candeal. A Loren y a mí nos gusta el pan
bueno. Ahí no escatimamos en gasto.
La
nena llora. Escupe el chupete. Se lo vuelvo a meter en la boca. Miro el reloj.
Pronto va a ser su hora de biberón. Los nervios no valen para nada, me digo.
Aun así comienzo a morderme las uñas. Ya, ya me toca. Dos gallos grandecitos, o
cuatro pequeños, boquerones…¡ya los limpio yo que tengo prisa!, un hueso de
rape, que no hay, bueno pues morralla, tampoco, una raspa o algo. Cuarto de
chirlas, sí. Ciento cincuenta gramos de anillas de calamar y cien de gambas
arroceras. ¡Ya está! Salgo del mercado deprisa. Seguro que cuando llegue a casa
y repase la lista algo me habré dejado.
Loren
viene a comer. Tengo mala pinta, dice. ¡Qué quieres!, no he parado en toda la
mañana. Lo sé, lo sé, dice. Y me abraza por detrás. Mientras comemos siento que
el cuerpo se afloja, que baja la tensión y noto la carga en la espalda. Luego te
hago un masajito, dice. Un respiro de media hora para echarnos y descansar. Que
no se despierte la nena, por favor.
Abro
los ojos con el inicio de un leve gruñido. Es curioso cómo se agudiza el oído
cuando tienes una bebé en casa. El más mínimo ruido te hace despertar. Miro el
reloj. No falta nada para la siguiente toma de biberón. Hago un intento de
levantarme y vuelvo a echarme. Me duele todo. Solo faltaría que pillara un
virus. Pero no, es puro agotamiento. Me incorporo. Tengo que poner una lavadora
o acabaremos sin ropa limpia que ponernos. Sobre todo los pijamas de Azucena,
las camisitas, los bodis. Agacharme para meterlo todo en el tambor y
enderezarme demasiado deprisa y ahí está el bocado cogido a las lumbares. Debo
tener cuidado porque puede acabar en ciática y a ver cómo hacemos para cuidar
de la nena. Echo de menos a mis padres, tan lejos, allá en el norte. Admiro a
mi madre. Debió de ser tan dura la crianza de los hijos. Y ayudar a mi padre
con el ganado. No sé cómo pudo con tanta carga. Mis hermanas se quedaron cerca
de ellos. Yo no. Yo quería otros horizontes. Y estudiar. No me gustaba el
campo, ni las minas. Esta noche, cuando esté de vuelta Loren y tras la última
toma de biberón de la nena, hablaré un rato con mi madre, a ver si tiene ya la
fecha para venir unos días a vernos.
Se
me había olvidado completamente. Tengo cita con el pediatra. Siempre a la
carrera. Con los nervios he destrozado un pañal. Respiro hondo. La niña llora.
Es como una esponja que absorbe tensiones y prisas. ¡Ya está, ya está!, le digo
para calmarla mientras intento sacarle el bracito por la manga del jersey. Se
ha enredado un dedo. Cariño, cierra la mano, suplico. Vamos a llegar tarde.
Dejo de vestirla unos minutos. Comienzo a susurrarle: Tu tu, tu tu, tu tu, tu
tu, teshcote… Se va tranquilizando. Le doy el chupete y sigo con la nana
mientras termino de ponerle el mono.
He
llegado jadeando. El pediatra me ha recibido con un tranquilícese, por dios,
que va a poner nerviosa a su bebé. Y, como era de esperar, cuando él le ha
tocado la tripa, ella ha hecho un pis. Menos mal, ha dicho entre risas, que no
es niño porque si no me habría alcanzado. La ha pesado y medido. Va bien. Le
han puesto la vacuna. Azucena ha llorado.
Un
paseo por el parque nos vendrá bien. La vecina del quinto está sentada en un
banco. En cuanto nos ve viene a mirar dentro del cuco. ¡Qué guapa! ¡Qué bien la
crías!, exclama. La va a despertar. Balanceo un poco el cochecito. Gracias,
gracias, le digo, voy a moverme para que no se espabile, me excuso. Ella se
retira unos pasos. Sí, sí, claro. Me alejo. Me sienta fatal dejarla así,
sabiendo de su pérdida, pero tengo que respirar un poco de aire fresco o
acabaré cazando gamusinos. Recorro todo el perímetro del parque, luego me
siento en un banco. Los rayos de sol escapan entre las ramas de los pinos y me
dan calorcito en la cara. Se está bien aquí. Niñas y niños corriendo hacia el
tobogán. Un grupito de madres come pipas sentadas cerca del arenero donde sus
retoños manejan palas y cubos y hacen flanes. La nena se ha despertado. Un
poquito más, anda. Pero no. Me levanto y regreso a casa.
Dejo
la muda y el pañal sobre la cama. Preparo el baño. Pruebo la temperatura. Mi
brazo izquierdo sostiene el cuerpo de la nena. La meto en el agua. Balbucea algo. ¿Sonríe? Sí. Es una sonrisa
para mí, seguro. Le encanta. Da palmadas sin ton ni son, y salpica. Le paso la
esponja con la mano derecha. Le brilla la piel. Brotan dos rosas en sus
mejillas. Un poco más y la saco que, si no, se le quedan los dedos arrugados.
Suda
cuando toma el biberón. Se le cierran los ojos. Deja de succionar. Le paso un
dedo por la cara. Se espabila y sigue tragando hasta acabar con la leche.
Suspira. Acerco mi nariz a su cuerpo y me emborracho con su aroma a sueño de
bebé satisfecha. La dejo en la cuna.
Hace
mucho que la lavadora se paró. Abro la portezuela. Voy sacando la ropa. La tiendo
en la cuerda con las pinzas de colores a juego. Una manía mía. El verde tiene
que ir con el amarillo. El azul con el salmón. El rojo con el violeta… Manías.
Cada cual tiene las suyas. Cuando termino voy a la habitación pequeña. Sobre la
silla hay un montón de camisas, camisetas y pantalones para la plancha. Tendrá
que ser mañana, hoy no hay tiempo. Loren está al llegar y tengo que hacer la
cena.
Me
anudo el delantal del pollito. Saco del frigorífico alcachofas, zanahorias, judías
verdes y acelgas. Patatas y cebolla del verdulero de la terraza de la cocina.
Haré un hervido. Pongo agua a hervir con sal. Troceo las verduras sobre la
tabla de la encimera. Antes cocinaba con los cascos puestos para escuchar
música, ahora no es posible, hay que tener siempre los oídos alerta. La nena
llora. Suelto el cuchillo y voy a ver qué le ocurre.
Su
frente está algo caliente. La cojo en brazos, la acuno, le doy el chupete. Le pongo el termómetro. Tiene algunas
décimas. ¿De la vacuna? ¿Tan pronto? En
la cocina el agua sigue hirviendo sin nada. Con la nena en el brazo izquierdo,
voy echando con la mano derecha las verduras. Paseo por la casa. Está
intranquila. Lloriquea. Vuelvo a tomarle la temperatura. Ha subido. Me entra el
pico de angustia. No puedo evitarlo. Tengo que dejarla en la cuna un momento.
Voy al botiquín y cojo el medicamento para bajarle la fiebre. Le doy unas
gotas. Le retiro la colcha de la cuna. Tal vez debería darle un baño. Tengo que
tranquilizarme. ¡Cuánto tarda Loren! ¡Ojalá no le salga un trabajo de última
hora! ¿Llamo? No. Voy a esperar. Parece que se ha calmado. Ya no llora. Aguardo
un poco a que le haga efecto la medicina y tomo de nuevo su temperatura. Debo
calmarme. No es nada. A veces pasa con las vacunas.
Voy
a la cocina y retiro la verdura. Cuando esté Loren la escurro. Unas gotas de
vinagre, un chorrito de aceite y ya está. Voy a poner la mesa. Mejor voy antes
a ver cómo está la nena. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué no llora? La miro.
Tan pequeña y vulnerable. Solo pensar en que le pudiera pasar algo… El pecho
sube y baja. Respira. Le pongo el termómetro. No tiene décimas. Y es ahora
cuando me tiembla la barbilla con un llanto callado y de lágrimas escasas.
Pongo
el mantel en el comedor. Una vela. O dos. Esas que huelen a lilas. Todo
preparado. Me siento en el sofá. Tengo mensajes en el WhatsApp. Ojalá que
ninguno sea de Loren avisando de que llegará tarde. Necesito su abrazo cálido.
Sus palabras. Hablar. Me paso el día casi sin hablar. Solo con tenderos y
alguna madre o padre en el parque y poco. Sin comunicación con el mundo. No sé
qué está pasando. Ni tiempo para echar un vistazo a las noticias. Cojo el móvil
y miro. Mi madre que cómo está la niña. Contesto que bien. Loren puso un
mensaje hace un rato. Está de camino. Llega en breve. Una fotografía y un vídeo
de la pandilla con cervezas en la mano y muchas risas. Lo que te estás
perdiendo, dicen.
Voy
a la cocina. Saco el escurridor y vierto el contenido de la olla. Distribuyo
las verduras en dos platos. Escucho la puerta. ¡Ya estoy aquí!, grita Loren. Se
ha quitado el abrigo y lo ha colgado en la percha de la entrada. Deja las
llaves de la casa en la hoja de cerámica del mueble. Viene hacia mí. La miro.
¡Qué guapa está! Me pregunta qué tal me ha ido la tarde. Y yo digo que bien,
que todo muy bien. Ella sabe que estoy agotado. Me pasa la mano por la cara. Me
abraza. Luego, cuando cenemos, te hago ese masaje que te prometí y vemos una
película, promete. Y yo digo que sí, que lo que quiera. Porque mientras las
tenga cerca a ella y a la nena, soy el hombre más afortunado de la Tierra.
26/12/22
LA ESPERANZA. Relato seleccionado en el mes de octubre. Concurso de microrrelatos sobre abogados.
Creí que con el tiempo la piel se me haría más gruesa, pero no ha sido así, la siento cada vez más fina. Me cuesta finalizar la batería de preguntas sin que se me quiebre la voz de puro dolor. Me avergüenza decir esto con una criatura reventada por dentro que no vierte ni una lágrima. Es especial, me digo. O tal vez la endureció la barbarie. La reforma de la ley de aborto, con sus nuevas cláusulas, hará posible que Saray, con trece años y un cuerpo y una mente sin haber llegado a su plenitud de maduración, no pase por un calvario. Yo conseguiré que caiga todo el peso de la justicia sobre su tío, un miserable depredador. Y ella tendrá futuro con toda una vida por delante.
24/9/22
LA MEMORIA
Me veo de niña con un
babi blanco y cinta azul en lazada yendo a la escuela. No recuerdo dónde
llevaba, y si llevaba, la Enciclopedia Álvarez, los cuadernos de dos rayas, los
lápices… Me recuerdo sentada en un pupitre de dos plazas. Y recuerdo que
estudiaba a los Reyes Católicos. Tanto monta, monta tanto. Me gustaba el lema
por lo que significaba. Una mujer valía igual que un hombre. Mis recuerdos se
irán conmigo cuando muera.
Burlarán el tiempo y
pasarán a la historia, en cambio, dos grandes plumas de la Literatura que nos
han dejado este año: Almudena Grandes y Javier Marías. Para siempre.
21/9/22
EL DAÑO
Empujó la puerta con un
cuidado exquisito, como si su mano pudiera lastimarla. El daño había se había
metido en la casa. Se detuvo un momento delante del espejo de la entrada y
recogió el mechón rebelde, liberado del pasador. Los tacones de sus zapatos
golpeaban con el ritmo de las campanas tocando a misa de difuntos, en las
baldosas recién lustradas. Nada le pareció ya igual. Todo era diferente. La luz
pálida de la mañana guillotinaba el salón. Recolocó los cojines del sofá. Aún
no era la hora de la comida familiar. Aún quedaba tiempo. Pasó por las
diferentes estancias hasta llegar a su habitación. Dejó los zapatos, alineados,
junto al galán de noche y se calzó unos más cómodos. Al agacharse le vino la
primera puñalada en el pecho. Se incorporó y tomó aire. ¡Era tan doloroso! No
debió ir. Ya era tarde.
Entró en la cocina. La
miraron un momento, extrañadas ante su presencia, después continuaron con sus
tareas. Las muchachas iban de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de la
cocinera. En ella había vida. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor de la sopa,
del asado en el horno, de los dulces y el caramelo líquido. Oyó las risas, las
voces cantarinas, el entrechocar de las cacerolas, el chisporroteo del aceite
en las sartenes. Se anudó el delantal a la cintura, tan fina aún y para
siempre. Se centró en cortar verduras en trozos pequeños. Con mimo. Todos
iguales. Sería una gran comida. LA COMIDA. La lágrima peleó por brotar, pero no
alcanzó el lagrimal. No había más. Estaba seca. Una segunda estocada le partió
el esternón. Paró un momento hasta que se hizo soportable el dolor. Siguió.
Pronto vendría todo el mundo y ocuparían sus sillas. Pronto estaría la mesa
llena de comida. A los postres. El momento sería cuando estuvieran con los
dulces. Nunca debió saber. La felicidad habría sido no haber conocido la
historia, sórdida y lacerante, para que no se resecara la sangre vigorosa y
sana, y dejara sin vida, antes de pararlo con un disparo, su corazón tan
blanco.
16/7/22
QUIEN ROBA A UN LADRÓN… SELECCIONADO EN JUNIO EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS
Margarita está sentada bajo el panel luminoso donde van saliendo los vuelos; lo mira con atención mientras protege con sus manos el tesoro de su bolso. Llegará a su país para el aniversario de su marcha, huyendo de la pobreza. Vuelve con las manos rebosando amor, sí, pero también comida, juguetes, y golosinas para sus hijos. Atrás deja la denuncia de su empleador. ¿Espió al señor cuando abría la caja fuerte, para obtener la clave? ¿Dónde estaba el dinero? Acusar sin aportar pruebas, más cuando se trata de dinero negro, circunstancia de la que no había sido informado, lo único que podía traerle era problemas, le dijo su amigo el juez en su despacho antes de hacer público el sobreseimiento de la causa.Margarita suspira hondo y libera la rabia acumulada por tantas humillaciones y trabajo mal pagado cuando se levanta y camina hacia la puerta de embarque.
UN LUGAR DONDE VIVIR. MICRORRELATO SELECCIONADO EL MES DE MAYO EN EL CONCURSO DE ABOGADOS
Me tocó a mí inscribir a Elvira. Amaneció con luz ceniza y manto lluvioso. Parado a la entrada, sin paraguas ni ganas de dar el paso para cruzar la puerta, la miré. Temblaba. Tenía las zapatillas empapadas. El pelo chorreando. El vestido pegado a su cuerpo desamparado. Me quité la chaqueta y se la puse por los hombros. Me miró y esbozó una tibia sonrisa. Gracias, dijo. ¿Gracias? Mamá había muerto. Las dos se cuidaban. Y el pronunciamiento desde el principio de Azucena, que de flor solo tenía el nombre, favorable a la incapacitación judicial por enfermedad mental y el ingreso en un centro, como la mejor opción, acabó por convencerme. Aquello era un asilo. No era sitio para ella. Me agaché a recoger la maleta, agarré del brazo a Elvira y volvimos al coche. ¿A dónde vamos, Ángel?, preguntó mi hermana. A casa, respondí mientras le acariciaba la cara.
12/7/22
PERMANENCIA DE LO EFÍMERO
El
día en que cumplí quince años me regalaron una golondrina. Estaba dormida en la
cama de mi abuela cuando mi madre vino a despertarme y me enseñó lo que traía
en el hueco de su mano. «La han encontrado los albañiles cuando limpiaban el
tejado». Me senté en la cama y la estuve mirando un rato. Tenía el pecho muy
blanco y las alas negras y brillantes como el charol. Intentó moverse, tal vez
volar, pero no pudo alzarse sobre las patas. «Tiene un ala rota», dijo mi
madre, «por eso estaba echada sobre las tejas». Le pedí que me la diera y ella
la dejó en mis manos y salió de la habitación. Levanté un ala, estirándola como
cuando se abre un abanico, y la vi perfecta. Levanté la otra, y en cuando solté
el extremo, se dobló hacia adentro. Aquel regalo me gustaba más que ningún otro
que pudieran hacerme, pero era un regalo condenado a desaparecer. Lo dijo mi
madre antes de dejarme sola: «No te encariñes con ella. Morirá pronto». Sin
embargo, yo me resistía a aceptar que no había nada que hacer. Me levanté de la
cama y fui a buscar a mi abuela. Se había comprado unas zapatillas de paño para
reemplazar las viejas, abiertas en los laterales por la presión de los
juanetes. Le pedí la caja y ella me preguntó para qué la quería. «Es para una
golondrina que me han regalado. Está herida y quiero cuidarla». «Morirá», dijo
ella, «no merece la pena que te esfuerces». Pero yo conseguí convencerla de que
debía intentarlo todo. Recurrí a su lado religioso y le recordé que las
golondrinas eran de Dios porque quitaron las espinas de la corona de
Jesucristo. La abuela era muy llorona. Se enjugó un par de lágrimas
con el pico de su delantal y fue a buscar la caja y me la dio. Metí a mi
golondrina dentro y me fui a desayunar café de malta con leche y pan
migado. Luego busqué en la leñera palitos cortos y, con ellos y un trozo de
cuerda de la que tenía mi madre para atar los chorizos, le entablillé el ala.
La golondrina se removió inquieta, me miró con sus dos bolitas negras como las
cabezas de los alfileres con los que las beatas sujetaban sus velos para ir a
misa, y soltó un trino. Después se estuvo quieta y me dejó hacerle una cama con
algodones y taparla con un trapo.
Mi madre mató un gallo y asó la
cresta en las ascuas de la candela. En esa ocasión no la compartí con mi
hermana, que renunció a su mitad porque era mi cumpleaños. Después hizo arroz
con gallo y una fuente de natillas con galletas María en el fondo. Cuando
terminamos de comer, me fui al patio y esperé a que las moscas se pegaran en
las gotitas de miel que puse sobre el muro de adobe. Cacé dos y fui a la caja
de zapatos y se las puse en el pico a la golondrina. «¡Anda, traga!», le dije.
Pero ella no se movió. Estuve tentada de abrirle el pico a la fuerza y meterle
una mosca, pero pensé que tal vez la lastimara y se las dejé muy cerca por si
se animaba más tarde.
La
abuela me dio unas monedas para que me comprara golosinas cuando saliera con
mis amigas, y mi madre me regaló la falda nueva que había terminado de coser la
noche anterior. Era de pana fina, con un dibujo de rositas, y un cinturón hecho
con la misma tela. Calenté agua y me lavé con el jabón que ella hacía con el
aceite usado y la sosa cáustica. Luego me puse la falda, un suéter de espuma
azul oscuro que marcaba mis pechos, los zapatos de ante marrón y las medias
amarillo canario.
A
eso de las cinco, llegó mi padre del campo. Había cogido unas varas con sus
flores blancas del almendro. Me puse muy contenta porque mi padre nunca se
acordaba de la fecha de mi cumpleaños y porque, después de la golondrina, era
el segundo mejor regalo de cumpleaños que había recibido. Las metí en un jarrón
con agua y después fui a ver cómo estaba mi golondrina. Seguía en la misma
posición, con las moscas al lado del pico. No se movió cuando levanté el trapo
y puse la yema del dedo sobre su cuerpo para comprobar si respiraba. Estaba
caliente, pero sus ojos se veían turbios. La volví a tapar y me fui al patio a
esperar a mis amigas. Había una algarabía de pájaros. Entraban y salían de los
agujeros en el muro de adobe. Elegí una golondrina al azar. Imaginé que era la
madre de mi golondrina y que la estaba buscando con sus vuelos que cruzaban el
cielo azul y rojo. Me fijé en su cola, como unas tijeras abiertas, y tuve un
mal presentimiento.
Escuché
las voces de mis amigas en el zaguán cantándome el cumpleaños feliz. Salí a
recibir sus besos y la tarjeta de felicitación. Era muy bonita, con una ventana
que se abría, un pájaro en el alféizar y una chica con labios en forma de
corazón. Mi madre les ofreció unas hojuelas con miel. Cuando se las comieron,
fuimos a la tienda de los Corrucos y compré unas bolsas de pipas de girasol con
el dinero que me dio mi abuela y las compartí con ellas. A las siete
nos acercamos al guateque que había organizado «la Bicha». Pusieron música de
Los Bravos y del Dúo Dinámico en el tocadiscos. Bailé con un chico que me
gustaba y ese día dejé que se arrimara un poco.
Cuando
llegué a casa corrí a ver a mi golondrina. Estaba fría, con las patas tiesas y
las garras encogidas como si quisiera atrapar el aire. Me fui a la cama sin
cenar y estuve llorando mucho rato en silencio para que no me oyera mi abuela.
11/7/22
EL MEJOR AMIGO
Hoy
se me hizo un pellizquito en el bolsillo nada más salir de casa y fui regando
el paseo de migas de pan. La barrita iba entera cuando dejé atrás el parterre
de juguetes de colores donde hormigueaban las flores. Pero ya se sabe que las
cosas tienen vida propia y deciden actuar cuando les da la gana. Y la gana le
dio a mi pan cuando vio a aquellos gorriones picotear la nada de un suelo
estéril de tan limpio por el baldeo de la amanecida. El forro del abrigo
cuchicheó con la corteza y llegaron a un acuerdo. Se abrió un agujero, ni muy
grande, ni muy chico, para que cayera el maná conforme yo iba caminando.
No
me importaba alimentar a los pájaros, que me seguían como perrillos falderos.
De hecho me gustan mucho. Pero el pan iba destinado al perro de mi vecina Puri.
Les cuento. Esta mujer ha sometido al pobre animal a una dieta severísima. Dice
que está gordo y por eso se retrasa todo el rato durante el paseo. Ella no se
da cuenta, o no quiere, de que ve más bien poco y lo que cree que es torpeza de
carnes, es en realidad años apilados sobre los lomos de Vitorino, que así se
llama el perro. Tiene más reuma que ella. Va renqueando, con una cojera tan
grande y desoladora que un día de estos le mando hacer una plataforma con
ruedas para llevarlo. Puri, tira que
tira. Y como también está bastante sorda no escucha las quejas del pobre. Lo
peor es que Vitorino anda hambriento todo el día y comienza a ser peligroso. El
otro día, sin ir más lejos, como ya está medio ciego también, debió de
confundir mi tobillo con un hueso de vaca o algo así y me tiró un bocado. Menos
mal que la dentadura tampoco la tiene muy bien. Aun así, me tuvieron que poner
la antitetánica por si acaso.
El
pan se acabó en un periquete, así que me desvié de mi camino habitual y pasé
por la panadería donde Berta parloteaba con los cruasanes y las pistolas. Me
costó que me vendiera una. Le tiene cariño a su pan y siempre me pone reparos.
Hoy me han salido regular. Mejor comes sin pan, María Antonia, me dice. Pero
ante mi insistencia, no le queda otra que despedirse de una barra con un
suspiro de amiga del alma.
Desde
lejos he visto un bulto sin correa ni perro. Puri estaba sentada en el banco de
todos los días con un clínex desmigado y dolorido encerrado en su puño derecho.
Se nos ha ido, ha dicho nada más verme parada frente a ella. ¿Quién?, le he
preguntado a lo tonto. Ni me ha contestado a la pregunta. Y lo peor, ha seguido
ella con la voz rota por un llanto incipiente, es cómo ha sido. ¡Qué horror!,
¿cómo se le pudo ocurrir? ¡Qué disparate! ¿Dónde se ha visto un perro comiendo
geranios? Se ha deshidratado con la diarrea. Ahí se ha callado. O sea, he
deducido yo, que Vitorino se pasó a vegetariano para no morirse de hambre y las
flores lo han matado. A duras penas he podido controlar la risa. Risa nerviosa,
sí, pero risa a fin de cuentas. ¡Qué barbaridad!, he pensado, mientras me
cubría la boca con la barra de pan. ¿Qué haces?, me ha preguntado Puri. Las
penas con pan son menos penas. He comenzado a cortar con la mano, un trozo para
Puri, otro para mí, un trozo para mí, otro para Puri. Y entre bocado y bocado
el consabido no somos nadie. Antes de despedirnos hemos quedado en ir al día
siguiente al refugio «Tu mejor amigo» a por otro perro, o quizás perra para
variar. Esta vez la cuidaremos entre las
dos. Ya tengo el nombre pensado: Dulce María. Siempre me gustó para la niña que
no tuve.
24/5/22
HUIDAS. SELECCIONADO EL MES DE ABRIL EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE ABOGADOS
Hace calor. Ni una brisa
ligera que mueva las ramas y traiga el olor del jazmín y el cardamomo, el del sudor del animal en la
carrera. Pero el legado de mi pueblo pone alas en mis pies. Rememoro. Ella se
mueve como gacela bajo el baobab. El ritmo lo lleva dentro. Echamos los malos espíritus
entre danzas y besos.
Ya estoy cerca. Lo
conseguiré. Sobrevivir para empezar una nueva vida. Ese es el plan. Estudiar
abogacía. Halima y Ajani. Los dos juntos para defender a nuestra gente. El
dulce olor a sangre derramándose en la tierra se acerca. Él lucha por
alcanzarme, aun herido. Yo por ponerme a salvo en nuestra aldea.
SENDEROS
Amanece sin canto de
gallo ni ring ring chirriante de despertador. Móvil y música. Me incorporo.
Miro el lado vacío de mi cama. A los pies las zapatillas que se doblan,
flexibles, y caben dentro del puño.
El calzado es
fundamental, niña. La abuela llevaba siempre alpargatas. A mí me compró unas
para que la acompañara en sus últimos viajes al pueblo vecino, cuando ya los
juanetes horadaban la loneta de las suyas. Once kilómetros de ida con una cesta
de huevos y una garrafa de aceite para vender. El medio de subsistencia durante
años para mantener a mamá y al tito.
Reviso el
avituallamiento. Pan y queso para el camino. Agua, mucha agua. Es la última
etapa. El cielo se aclara. Ni una nube. Hará calor. Se escucha crotorar a las
cigüeñas en el campanario. Me pongo en marcha, mochila a la espalda y tu gorra
a estrenar, Roberto, en la cabeza. Las sombras de los árboles juegan con el sol
a dibujar figuras en el suelo. Siento el cansancio, pero no me importa. Después
de los primeros días y algún roce del calcetín por imprudente, todo ha ido
según lo planificado. La naturaleza y yo. Nada más. Importaba la motivación.
Importaba hacer nuestro camino.
La abuela me dejó uno de
aquellos días, en mitad del camino. Soltó la garrafa de aceite y cayó a un
lado, como si estuviera rota por la cintura, tan frágil y menguada por la edad,
con el mandil de cuadritos negros y grises cubriendo su luto permanente por la
hija muerta. Yo solté la cesta y los huevos se abrieron. Corrió la clara como
babas de caracoles hasta los jaramagos de la cuneta, mientras las yemas reventaban,
amarillas, cerca de sus pies. Vinieron las urracas a picotear.
Yo no quería hacer el
camino de Santiago, Roberto. Yo, atea, no le veía sentido a esto. No seas
tonta. Es una experiencia única. No tienes que verlo como algo religioso, me
dijiste. Pero yo me resistía, escéptica, hasta que acepté, más que nada, por estar
juntos. Y fuiste conmigo a elegir estas zapatillas aladas con las que estoy a
punto de completar una ruta en la que he disfrutado de tu compañía, porque en
cada paso que daba estabas a mi lado, en el plano que trazaste, en las paradas,
en los lugares donde pernoctar y recibir el día. Tuviste que morirte y dejarme sola, Roberto, y
es duro de aceptar. Era nuestro último proyecto. Y debo decirte que tenías
razón. Este camino es una senda de vida.
Me detengo. Busco un lugar donde comer y beber antes de encarar el
último tramo.
Mi madre lloraba, me
abrazaba y no dejaba de decir pobrecita, pobrecita, encontrarse sola en esta
situación. Pero yo me sentía afortunada. Había estado hasta el final con mi abuela,
a quien tanto quería.
Plaza del Obradoiro. La catedral, majestuosa, imponente. Hemos llegado, Roberto. Se me aflojan las piernas. Tengo que sentarme en el suelo. Me tiembla la barbilla. Estoy llorando.
15/5/22
TIEMPO PARA SOÑAR
7 h.
Cielo despejado. Sol radiante. Me levanto. Me visto. Me calzo mis zapatillas superguays. Desayuno tazón de leche con pan desmigado.
8:30 h.
Comenzamos el camino, ligeros y bromistas. Conforme avanzamos, las mochilas pesan y el calor enmudece. En el cielo se desperezan las alas de las rapaces.
14:00 h.
Comemos bocadillos de jamón y queso. La morenita de ojos verdes no deja de mirarme. La invito a chocolate.
16 h, más o menos.
16:30 h.
20
h.
Ducha en el albergue El Peregrino. Le enjabono la espalda. Ella también a mí. Jugamos con las pompas de jabón.
21
h.
Cena. Brindamos con zumo de melocotón. Le doy un beso. Ella ríe.
21.30 h
Soy feliz.
Fin de viaje.
8:00 h
Escucho el ruido de las ruedas sin engrasar acercándose a mi puerta por el pasillo. Mamá viene a levantarme.