13/2/17

AMIGAS

Tomada de la red.

Para María José. Por todo lo recorrido, por lo mucho que queda por recorrer.
Aunque parezcan ajadas, en realidad dan fe de experiencia. Las limpia con frecuencia y las nutre con crema para que las arrugas no se abran en grietas. Hace un tiempo decidió darles un nombre oficial. Ese con el que de vez en cuando las llamaba. Así que la de la derecha es Filomena como una vela y la de la izquierda Felisa anda bien lista. Se las pone a diario, nada más canta el amanecer en el cielo. Y sale al Paseo. No importa si el día revienta de gris lluvia o de luz solar. Porque a esa hora el frío lo combate con gorros, bufandas y anorak y el calor aún no ha caído a plomo sobre las aceras aún húmedas de riego. Comienza a andar y ya está Felisa anda bien lista con el cordón desatado. Es díscola y no le gusta que le anuden la lengüeta. Se sienta en un banco y se agacha para hacer la lazada mientras, por lo bajini le vuelve a recriminar su egoísmo. Porque, ¿qué ocurriría si lo pisara? Podría caerse y romperse la crisma. Pero Felisa se pone muy digna y ni contesta. «¡Claro, como eres una zapatilla no tienes sentimientos!», le dice, sólo para hacerla saltar. Y lo consigue. «¿Ah, no? ¿Quién te libró de que patinaras en aquel barrizal, eh? Mi menda lirenda con esta suela que tengo que se agarra al asfalto como una lapa. ¿Y quién te hizo correr como una bala buscando refugio en el café de Pepón del aguacero del domingo?» Mientras Dora abraza un lazo con la otra punta, le da la razón, aunque puntualiza que Filomena como una vela también hizo lo suyo. Ahí no se da cuenta y un día un señor con abrigo de mezclilla y sombrero a lo Bogart, una joven con el ombligo al aire y un chicle de fresa en la boca, o una niña con un calcetín comido por su sandalia y dos ojazos muy vivos detrás de unas gafas, le preguntan si le pasa algo, si tiene algún problema y le pueden ayudar, o por qué habla sola. Ella dice que no le pasa nada, les da las gracias y retoma el paseo. Nadie tiene que saber que conversa con sus zapatillas. La tomarían por loca.
          Hace una semana, cuando recriminaba a la díscola Felisa anda bien lista su manía de deshacer el abrazo de los cordones, una vocecilla aguda como silbato, le dijo, mostrándole un pie derecho dentro de una zapatilla con dibujos de osos: «Son unas pesadas. A mí me pasa lo mismo con Enriqueta». Dora alzó la cabeza y se encontró con unos pelos de pincho del color de las zanahorias, una cara de panecillo moteado de pecas y una boquita roja como un fresón. Se llamaba Fita y había dejado atrás a su abuela que la llevaba a la escuela. Cuando la alcanzó, Fita cruzó los labios con un dedo rematado en una uña mordida y Dora hizo lo mismo. «No molestes a la señora», dijo la abuela. «No me molesta», contestó. Y decidió acompañarlas un trecho del camino. Hablaron de cosas triviales y por lo tanto importantes. A la abuela le gustaba pellizcar la miga del pan y dejarlo hueco. Fita guardaba los tirabuzones, que salían de los sacapuntas cuando afilaba los lápices de colores, en una caja vacía de galletas. A Dora le encantaba chapotear en los charcos pequeños, un chas, chas, que no llegaba a mojarle los pies por dentro.
          Con el tiempo, dejaron que Fita fuera a visitar a Dora a su casa y, mientras merendaban, hablaban con y de sus zapatillas. Incluso las dejaban corretear por el piso. A veces pasaban algún apuro cuando la abuela venía a buscar a la nieta, pues se escondían debajo de la cama, dentro de un armario, detrás de una cortina y tenían que buscarlas, llamándolas muy bajito. Porque la anciana no entendería que no supieran dónde habían dejado el calzado. Ni que decir tiene que el día que la mamá de Fita decidió comprarle otras zapatillas, llevó las viejas a casa de Dora que también tuvo que desprenderse de las suyas. Juntas conviven en el zapatero. De vez en cuando se las oye pelearse, o tirarse de puntera con la intención de darse una vuelta. Tanto Dora como Fita, las dejan salir y charlan un rato con ellas. Pero siempre cuando están solas.

9/2/17

ABRAZ0

 
Tomada de la red.
Hundo mis dedos en la tierra removida y mis manos desaparecen y buscan los hilos de la raíz de este árbol de agujas verdes y brillantes, rabiosas de luz. Hambriento. Dejo que mi cuerpo se deshaga y abone el terreno del que se alimenta. Sube por sus ramas la savia nueva mezclada con mi sangre que da color a este campo, yermo hace unos días, y que ahora comienza a despertar a la vida. Y veré la noche y su cielo azulón donde alguien echa puñados de luces que guiñan y corren para caer detrás de la curva que hay a mis espaldas. Pasarán días, meses, años,  y yo seguiré aquí como una roca, bien agarrada a la tierra; buscaré el agua ladera abajo con mis tentáculos, y absorberé el jugo de las lagartijas muertas, de los ciempiés, de los pequeños pájaros que cayeron del nido. En verano estaré quieta, herida por la luz intensa de un sol insolente que abrirá grietas en la piel reseca. Extenderé mis dedos hacia las gotas de agua que se esconden en manantiales internos, y sobreviviré mientras espero a que lleguen las primeras tormentas y calen hondo y empapen la tierra. Esas tormentas que alivian la sed, pero a las que tanto temo porque ya he visto caer a una amiga, abierta en dos por esa escalera de fuego. Aguantaré. Y después vendrá el otoño con su carga de nubes grises que reventarán de lluvia, y todo el campo se llenará de amarillo y ocre. Beberé  de ese nuevo caudal de vida, y mi cuerpo se estirará  en un intento de tocar el cielo y horadarlo para que descargue más lluvias. Después vendrá el invierno y dejará sus escarchas entre las hierbas donde estoy  plantada. Sentiré mis ramas azotadas por el aire frío y lloraré lágrimas de cristal que helarán la tierra y todo quedará paralizado. Me abrazaré al letargo de los lagartos y juntos dormiremos una siesta de meses mientras el tiempo avanza hacia la primavera que llegará con su aire tibio y perfumado por  el romero y el espliego florecidos. La brisa moverá mis brazos y me hará cosquillas y sentiré la emoción de la nueva vida. Veré pasar el día y escucharé el alboroto de los pájaros sobre mis ramas, cimbreándolas con sus idas y venidas para construir sus nidos.

     Aquí estaré cuando vuelvas y reposes tu cabeza en mi cintura. Y poco importará que a tu lado esté otra mujer y sea a ella a quien beses, porque yo me quedaré con la suave curva de tu nuca y tu olor permanecerá para siempre mezclado con el del musgo que algún día trepará por mis piernas, llenará mi espalda y me cubrirá toda para unirme aún más a este lugar al que tú, siempre volverás. Escucharé tus pasos que irán cambiando el andar insolente y seguro por el vacilante de los años; convertirá tu vida en una mirada hacia atrás, y yo estaré más viva que nunca. Vendrás a verme cada vez más a menudo y reconocerás mi voz en el ulular del viento que me devolverá las palabras y la música, al mover mi cuerpo. Sabrás que estoy esperándote, y acariciarás mis ramas como hiciste con mi pelo cuando nos conocimos. Me hablarás en susurros y cantarás aquella canción con la que me enamoraste. Estaré a tu lado, vigilando tu sueño y  tu vigilia, a ratos, cada vez más agotado, con más deseos de unirte a mí. Les dirás a tus hijos que quieres quedarte en este lugar, muy cerca de donde yo estoy, tocando mis brazos y mi cintura, llenando tu boca con la misma tierra que me llenó a mí. Y ellos reirán la ocurrencia con risa falsa, de las que pretenden alejar el momento, incapaces de aliarse con tu deseo de echarte a dormir conmigo porque para ellos ésta es una tierra baldía, sin cipreses, ni mármoles con fotos ovaladas y fechas, ni cruces que indiquen el lugar donde llorarte. Y entonces tú esperarás a que nazcan los nietos y les contarás cuentos de amores que se abrazan bajo tierra. Cuidarás de que no sepan  de odios ni de pasiones que se perdieron en un camino de bandos antiguos, de tajos de navajas. Les contarás un cuento de  princesa expulsada de este mundo por desear lo prohibido, por querer sin pedir permiso, ni atender a exigencias de quienes no perdonan el amor ajeno. Un cuento con final feliz, donde el príncipe pez seguirá a la princesa rana hasta su exilio y se querrán en ese lugar al que nadie osará entrar para separarlos. Años de cosechas y ferias de ganado. Años que suavizarán las aristas de los montes, que retirarán  el acero y la metralla. Años que llevarán a la tregua infinita. Años para el retorno a la mezcla de los colores. Dejarás que pasen y que el recuerdo se quede en los libros de escuela y que el maestro enseñe el horror de las guerras, la intolerancia del dios que juzga, destierra y extermina. Entonces, sólo entonces, ellos aceptarán que  te tumbes a mi lado, y echarán tierra sobre tus ojos, tu boca, tus manos, y sobre ti plantarán quizás un olivo, para que puedas alimentarlo con tu cuerpo y le des vida con tu sangre que se mezclará con la savia. Alargarás tus raíces buscando las mías para enlazarlas como dedos. Y nacerán nuevos brotes, alimentados de amor. Será como  cuando caminabas a mi lado por las callejas oscuras, evitando las miradas, los rencores, los odios que al final consiguieron alcanzarnos. Llegará el día en que se te olvidará volver a casa y ellos vendrán a buscarte.  Te pondrás en pie, y les indicarás el sitio exacto donde quieres que te dejen. Luego  te alejarás levantando una polvareda roja con tus  pies  cansados. La tarde siguiente faltarás a nuestra cita y yo escucharé los llantos y las carreras. Después, ellos vendrán, removerán la tierra y estaremos juntos para siempre.


SEQUÍA



Tomada de la red.


Mi vida amorosa había sido un hilo que se cortaba en continuos fracasos. Creo que fue la razón por la que me licencié en Lengua y Literatura. Me gustaba la poesía de amores contrariados, me gustaban las historias de pasiones con regusto amargo, pero también las que hablaban de futuros de vino y rosas.

Fue al final del primer trimestre. Corregía los exámenes cuando una hoja sin nombre escapó de las rimas y sobrevoló la mesa hasta aterrizar en el suelo del salón de mi casa. «Te quiero». Y un corazón rojo de sangre. Me pareció muy cursi pero me hizo sonreír. Al día siguiente sacaría la hoja, blandiéndola cual espada frente a los ojos de mis alumnos, y él tendría que confesar. Esa noche, antes de dormirme, le puse rostro a mi enamorado. Tenía los ojos del castaño en otoño, como Adrián, el jugo de las cerezas como la boca de Nacho, la rebeldía de las caracolas del pelo de Alejandro... Hice un retrato con lo mejor de mis alumnos. Aplacé mi decisión y no suspendí a ninguno. Aquella misma tarde solté mi moño estirado y fui a la peluquería. Un tinte rojo encendido y un corte a trasquilones me devolvieron mi edad real.

En el segundo trimestre recibí otra declaración de amor. Esta vez mi enamorado, además de un corazón alado y varios versos que a mi me parecieron los mejores que había leído en mi vida,  escribía sobre mi pelo y el olor a lilas que le llegaba cuando me movía entre las mesas. No suspendí a ninguno. Soñé con él durante días y noches. Me compré un vestido corto, de escote en pico, y paseaba mi ilusión de arriba abajo mientras leía los poemas de Rilke, consciente de que me estaría mirando.

El curso está a punto de terminar y todos se irán de vacaciones. Segundo de Bachillerato. Ha llegado el momento de barajar suspensos,  tres o cuatro por cada uno de mis alumnos preferidos. Dos meses de espera, y de nuevo septiembre.

6/1/17

EL CAMBIAZO



 
Tomada de la red.

En Navidad, nunca faltaban peladillas, turrones ni polvorones en la mesa. Y aunque los Reyes Magos no lo traían todo, siempre me echaban alguno de los regalos que había pedido en mi carta. Eso fue antes de que papá se quedara en casa, sin trabajo ni horizonte de que lo tuviera, como decía mamá. Después las cosas cambiaron. Estaba presente en el momento de mi decepción, cuando desenvolvía el papel de payasos y me encontraba con un par de calcetines, unos calzoncillos, o, como mucho, una caja de lápices de colores que mamá me quitaba enseguida y guardaba para el colegio en un cajón de su cómoda. ¿Ves? — decía papá, viendo mis lágrimas— ya te han dado otra vez el cambiazo. Aseguraba que yo era un buen chico, que me merecía todo lo que había pedido pero que otros niños, no tan buenos, me cambiaban los regalos. Mucha envidia y mucha mala leche, eso es lo que hay, decía mientras me abrazaba.

       A mamá no le gustaba oírlo hablar así. No le digas esas cosas al niño que se las va a creer, le recriminaba. Y luego me sonaba los mocos y me daba un mantecado para que me conformara. Esos pobres niños africanos no tienen ni un mendrugo que comer. Tú tienes suerte. A lo mejor los Reyes Magos les han dejado tus juguetes, decía ella. Y yo sorbía los mocos y cabeceaba como dándole la razón. Pero yo odiaba a los niños africanos que se llevaban mis juguetes.

     Estaba en segundo de Primaria cuando llegaron aquellos vecinos de rellano. Tenían un hijo de mi edad y enseguida vinieron a casa a traérmelo para que lo distrajera. Era un niño bobo, siempre con los calcetines limpios, los zapatos de espejo y la raya en mitad de la cabeza, separando su pelo relamido. No me cayó bien. Pero mamá se empeñó en que fuera amable con él, en que lo ayudara con los deberes. Mira, Julito, que su papá es inspector de sanidad y siempre le dan merluzas en el Mercado de Abastos. A ver si cae alguna. Yo hacía de tripas corazón, aunque nunca vi una merluza en nuestra mesa. El caso fue que tuve que cargar con el pánfilo del Arturito a todas horas, porque mi madre me calló la boca ante un nuevo intento de rebelión diciéndome que a lo mejor nos caían unas gambas o unos langostinos de esos que requisaba el padre por no cumplir alguna normativa.

     Unos días antes de Reyes, veía la televisión con mi vecino en mi casa. No paraban de echar anuncios de juguetes. ¡Me lo pido!, decía él a todo. No puedes, le aclaré en un momento. ¿Por qué no?, dijo de mal humor. Porque los Reyes tienen que repartir, no te vas a quedar tú con todo, le aseguré. Me quedaré con lo que me dé la gana que para eso mi padre es inspector, me gritó. Nos peleamos y él se marchó  muy enfadado.

     Yo había sido el más bueno de todos los niños buenos. Un campeón. Eso no me lo podían negar los Reyes Magos. Aguantar a aquel pelmazo, era motivo más que suficiente para que me trajeran lo que me había pedido frente al televisor la tarde de la riña. Una Santa Fe. Sólo eso. Así que estaba convencido de que ese año harían una excepción y no se la regalarían a los niños africanos.

     La mañana del día seis de enero ocurrió lo de otros años. En lugar de la Santa Fe, me encontré con un papel de pelotas de colores envolviendo un par de calcetines y un jersey que yo creía haber visto tejer a mi madre, pero que estaba claro que no podía ser porque ella no era reina ni maga, ni nada de eso. Se me atragantaron las lágrimas y el mantecado. Un amasijo en la garganta que a poco me ahoga. Papá no estaba en casa porque había ido al pueblo, a ver si la tía Eulalia le pasaba unos huevos para el roscón. Mamá se puso muy nerviosa y me arrastró a la casa de los vecinos. El padre de Arturito me dio un guantazo en la espalda con la mano abierta, y no sé si fue por eso o por lo que vi a los pies del Árbol de Navidad, pero se me quitó el ahogo de golpe. La Santa Fe, MI SANTA FE, para el bobo de su hijo. Así que papá tenía razón.

      ¿De quién es eso?, fue lo primero que dijo mamá en cuanto me vio jugar en mi cuarto con la máquina de tren. Mío, dije yo tranquilamente. ¿Cómo que tuyo? Yo no te he comprado ese juguete. Y tu padre tampoco, de eso estoy segura. ¿No será el regalo de Reyes de Arturito? Acabó la pregunta  con  la voz entrecortada. Es mía, aseguré mientras abrazaba la máquina contra mi pecho. Él me ha dado el cambiazo. Mamá perdió los nervios. Ni recuerdo todo lo que dijo, ni podría recordarlo aunque quisiera porque hablaba tan deprisa que sólo entendí palabras sueltas como deshonra, ladrón, cabrón de tu padre y cosas así. En cuanto apareció papá por la puerta, se enzarzaron en una pelea, durante la cual hubo hasta huevos rotos. Mamá le echaba la culpa de todo y él se la echaba a ella. Cuando me harté de oírlos me puse a jugar con mi Santa Fe. Fue un día inolvidable. Después vino lo de la explicación de los Reyes Magos y, lo más penoso, decidir qué iban a hacer con la máquina de tren. Por supuesto que ni me escucharon cuando les supliqué a moco tendido, que me dejaran quedármela, que la mantendría oculta en mi habitación y nunca la descubrirían los vecinos. Al final optaron por deshacerse de la prueba del delito tirándola a la basura. Estuve toda la noche asomado a la ventana, mirando la bolsa de plástico hasta que se la llevó el camión de la basura.

CRISIS





Papá seguía en el paro, pero mamá dijo que había que celebrar la Navidad como Dios manda. Asó un pollo al que llamó pavo y papá hizo de Árbol con sus bolas de colores, su espumillón y sus luces. Todo iba bien hasta que el abuelo, que ve menos que Rompetechos, enchufó las bombillas a la red. Quique, Mamen y Toño no paraban de aplaudir y dar saltos mientras mamá gritaba: ¡Haced algo! Tan apagados siempre, había que ver cómo se le encendieron los ojos a papá.