Los pusieron de cara al mar, con patera, pan y agua. Él remaba con las dos manos. De vez en cuando, subía un brazo y se limpiaba el sudor de la frente con la manga deshilachada de la camisa. Miraba a su niño, pegadito el cuerpo al de su mujer, y retomaba la tarea con brío, desoyendo el dolor de las muñecas, obligando a sus dedos a sacudirse el entumecimiento, a aletear con ganas. A lo lejos, la costa. Tal vez pudieran llegar a casa.
El otro día una persona se quejaba de que el gobierno consintiera que entraran inmigrantes sin papeles en España. Ellos quitaban el trabajo a los españoles. Discusión, discusión, discusión. No hubo posibilidad de dialogar. Así las cosas, nuestros insignes mandatarios deberían devolverlos a su país y en patera.
¡Echemos balones fuera!

