25/9/11

PERIFERIAS



- Ayer me puse delante del espejo y no me vi guapa, sólo vi un adefesio con palo de fregona. Tampoco vi a Dios en los fogones como usted dijo.
- Lo dijo Santa Teresa. Anda, reza tres padres nuestros y vete a casa.
-¿Y por qué tengo que rezar si no he hecho nada todavía?
- Para que se te quiten esas ideas que te rondan en la cabeza- dice don Agapito.
De mañana no pasa. Solicitará el traslado a una parroquia del barrio de Salamanca.

20/9/11

DEVOLUCIÓN

Fotografía cogida de la red


Soñé que no podía dormir. A través del cristal de la ventana de mi habitación, veía el cielo negro de una noche sin luna ni estrellas. Tenía mucha sed. Me levantaba iba a la cocina, abría el frigorífico y sacaba una botella de leche. Sabía a natillas con grumos y galletas maría. Me la bebía toda. Luego iba al cuarto de los niños. Sobre la mesa de color verde y naranja había una máquina de escribir antigua con un teclado alto que dejaba ver parte de sus tentáculos. Me sentaba en una silla pequeña y comenzaba a escribir. El carro iba devorando el papel y el timbre avisaba cada medio segundo de que había llegado al final de la línea. Olía a patio de colegio y a leche agria, por eso yo sabía que estaba escribiendo algo sobre las ayudas del plan Marshall. Llevaba escrito un papel corrido que arrastraba por la habitación, cuando se coló en mi nariz el olor del apresto de los uniformes recién estrenados. Supe que algo terrible iba a pasar. En seguida vino el hedor de la pólvora, de la tierra removida, de los ríos de sangre y de la carne abrasada. Soñé que dejaba de escribir, me iba al baño y vomitaba toda la historia.

14/9/11

EL COLECCIONISTA


Comencé en el instituto. Todos mis compañeros la llamaban Pinocho por su nariz, y se reían a sus espaldas. Yo seguía sus bromas con una risa floja porque la profesora de Lengua me gustaba muchísimo. Tenía el pelo más bonito que había visto después de las crines de los caballos que cepillaba mi padre.

Fue por casualidad. Uno de aquellos días en que mi salud débil y un frío intenso en el patio, me dejaron sin recreo. Me quedé solo en el aula. Un rayo de sol se dobló sobre la mesa y el pelo enredado en la espiral de su cuaderno, brilló como una hebra de té negro. Me levanté del pupitre y lo cogí. Era liso y muy suave. No pensaba hacer nada en concreto, pero en ese momento ella entró en clase y lo metí en mi bolsillo. A solas, en mi habitación, lo estuve mirando suspendido de la punta de mis dedos, contra el cristal de la ventana. Cambió de color con la luz roja del atardecer. Parecía un hilo de fuego. Busqué una de las bolsitas con cierre automático en las que mi madre tenía los botones y los corchetes y lo guardé dentro, luego la metí bajo el montón de libros y cuadernos. Desde ese día, pasé la mano por la espalda de la vecina, cuando lloró en mi hombro la pérdida de su perro Negrito, y me quedé con un filamento rizado, rubio oscuro; recogí el de color azafrán de una amiga en la universidad; arrastré entre mis dedos, con la excusa de retirar polvo de su chaqueta, la culebrilla castaña de una compañera de trabajo. Azafatas, cantantes, escritoras, carniceras, verduleras, amas de casa, actrices... Todo pelo que se me ponía a mano iba a parar a una bolsita para mi colección. Llegué a tener tres mil cuatrocientos cinco pelos.

Han estado a punto de descubrirme, he pasado apuros económicos. En cierta ocasión estuve cerca de venderlos a mi amigo Pablo, que colecciona desde recortes de periódicos, a alfileres de distintas cabezas. Pero no lo hice. Aguanté la mala racha comiendo la sopa boba. Y un día llego a mi casa y me encuentro a mi mujer en jarras diciéndome que soy un puerco y que ha tirado mi colección a la basura. Dijo que la encontró limpiando, pero fue un registro en toda regla, porque la muy pava creía que la engañaba con otra. Esa noche machaqué unos orfidales en un mortero y se los eché en el vino. Ella no dejó de hablar durante la cena. Parecía contenta, tal vez sorprendida de cómo me lo había tomado. Esperé a que estuviera bien dormida. Cogí las tijeras y le corté su hermosa melena del color de las nueces. Ahora, cuando barre, si me he cortado las uñas de los pies, deja un círculo con ellas dentro, y si ve unos pelos atravesados en las púas de mi peine, coge el cepillo para alisar los primeros brotes de su cabeza.

11/9/11

LA NUEVA BABEL

Ya he vuelto, queridos blogueros. Y para desengrasar un poco el lagrimal, una sonrisa.

Llegué en taxi, como debe ser, sobre las cinco de la tarde, después de la siesta como también debe ser. Una riñonera con la documentación y los ahorros de la cartilla que dejé temblando; la bolsa con cuatro trapitos, lo imprescindible. Camisetas, pantalones, vestidos, bragas, sujetadores, calcetines, pantis, zapatos, zapatillas, camisones, pijamas, bolsa de aseo y otras cosas más que ya no recuerdo, y el ordenata agarrado a mi muñeca con unas esposas. Me hice la dueña y señora de un banco y allí puse mi despacho, haciendo una especie de corralito con las latas de Coca Cola y otras bebidas que iba consumiendo. La comida regular pero ya estaba acostumbrada. Combinaba entre la cafetería, el restaurante y las máquinas de sánwiches y patatas fritas.

Al principio estaba encantada con el ambiente. Carros de equipaje empujados por mujeres, hombres y niños de todos los pelajes. Los altavoces soltando su carga enlatada de ofertas y los carteristas llevándose de todo un poco. Mestizaje puro. Luego comenzó a irritarme la cantinela de los altavoces y los talones mugrientos de algunos paseantes. Empecé a llamarle la atención al ladronzuelo que se había quedado por mi zona, amenazándolo con denunciarle si no se largaba para otro lado. Tenía la novela en la cabeza pero aún no había encontrado el momento de empezar. Era todo tan excitante. Aprendí pronto a distinguir al nacional del extranjero y me divertía provocar a todo bicho viviente.
Y así vivía yo, feliz gestando mi obra maestra, cuando se me cruzó él. Sólo dije aquello de, que no me entere yo de que ese culito pasa hambre, y solté una risotada. Sí, ya sé, un poco ordinaria sí que me había vuelto pero no merecí el castigo que se me vino encima. Se volvió y con una sonrisa espléndida me preguntó cuánto. ¿Cuánto qué?, le contesté yo con otra pregunta. Cuánto valer tú, me soltó a bocajarro. Y yo, que una no tiene precio, qué se había creído, que yo eso lo hacía gratis. Dónde, dijo él. Ahí me di cuenta de que la suerte estaba echada. El tipo se me pegó al costado y se puso a sobarme el brazo y no atendía a razones. Guapo lo era un rato largo pero una es muy estrecha y no ha pasado del piropo y siempre pensando que no se me iba a entender. ¡Quién iba a pensar que aquel negrazo de cuerpo imponente tendría conocimientos de castellano! Comencé a considerar que tal vez fue un error largarme de casa. Recogí mis cosas y salí por la primera puerta que vi, levantando una mano para llamar a un taxi. El senegalés, por decir algo, detrás, insistiendo. Se me ocurrió un plan diabólico. Le di la llave de la casa de mi pueblo andaluz, veinte centímetros de hierro, dirección incluida, y lo invité a perfeccionar su excelente castellano. Él aceptó encantado. Antes de subir al taxi, le di un beso llevada por la compasión más que por el deseo. Porque cuando el guaperas salga al patio y escuche al vecino a través del muro de separación discutir con la mujer en los términos de: que no jes eso ahí, estás ton o qué, y mira que te lo ten di que cuides del rroz; a una velocidad de dos mil palabras por segundo, una de dos, o se vuelve loco o se coge una depresión de consecuencias incalculables. Iré a rescatarlo dentro de unos días. Tan mala no soy. ¿O sí?

11/8/11

EL ASPIRANTE


Nunca supo el porqué de su infortunio. Le gustaba la vida. Tenía salud, una mujer a la que amaba y un hijo con la rebeldía propia de una adolescencia de libro. Entonces ¿por qué aquella amargura regurgitada desde lo más hondo? “Lo que te ocurre es por ser demasiado optimista. Mírame a mí: como espero poquitas raciones de felicidad, con cualquier cosa me contento”, le decía una y mil veces su mujer, como quien repite una letanía. Y él pasó del “mea culpa” a un odio cada vez más generalizado hacia los humanos. Sólo aguantaba a su gato, con quien no tenía problema alguno de comunicación. “Cada vez que me encuentro con el del tercero, me dan unas ganas de darle un puñetazo...”, se decía para sus adentros, pues ya había renunciado a transmitirle sus venenos a la mujer que era feliz pintando la terraza de azul cobalto o yéndose a las rebajas de las que volvía con un trapito que luego tiraba a la basura porque, a ver para qué quería ella una falda de lunares. De su trabajo, ni hablaba, para qué si era basura de último cuño capitalista. Aguantar, tenía que aguantar un rato largo las impertinencias de su jefe. Y el sueldo ni mencionarlo. En esas estaba, apurando los últimos gramos de optimismo, cuando se le ocurrió gritar a un conductor que lo había adelantado por la derecha que ojalá se lo llevaran los demonios. Fue decirlo y pararle el guardia civil y meterle un tajo de puntos que lo puso al otro al borde del llanto. Aquello, pudiendo ser una casualidad, no dejó de mosquearlo, así que detuvo el coche en el arcén, prendió un cigarro, aspiró fuerte y con una medio borrachera de alquitrán y nicotina, hizo el conjuro: “Vendería mi alma al diablo por aderezar el camino de mi vida con un puñado de cadáveres”. Entonces el guardia civil se le acercó y dijo: “Poder, puedo, pero no tanto. Sobre la vida y la muerte, manda Él, que para eso nos derrotó en la madre de todas las batallas. Ahora, si tú quieres, me quedo con esa piltrafilla de alma que arrastras por los suelos a cambio de algún descalabro de tus enemigos”. “¡Hecho!”, dijo él, tendiéndole la mano en un apretón más que caliente. “Lo siento, hombre, es que de donde vengo todo es brasa”, se disculpó el diablillo, pues eso dijo ser. Acordaron su primer trabajito: convertir a la mujer en una amante endiablada, no sólo siempre dispuesta a practicar el sexo, sino también, y eso era lo importante, una oyente activa que se quedara, cual papel secante, con todas las penas que él fuera estampando en su cabeza.
Cuando llegó a su casa, su mujer se acercó con los ojos brillantes de lascivia, en tanga y sujetador a medio pecho, le echó los brazos al cuello, cogió el labio inferior del marido con los dientes y le dio un mordisquito que le enderezó todo lo que había de lacio en su cuerpo. Luego ajustó el rojo fuego de sus labios a los de él y ardieron juntos en las llamas del mismísimo infierno.
Al día siguiente, le pidió al comprador de almas que arruinara a su jefe, ya que estaba claro que pensaba despedirlo. El diablillo aceptó encantado y le retiró al jefe todos los fondos de sus cuentas bancarias. El resultado de esa intervención acabó con un salto mortal del arruinado desde el decimonoveno piso de su apartamento, y las carcajadas satánicas del que antes fuera un alma en pena y que ahora andaba más contento que unas castañuelas en la feria de Sevilla.
Del hijo exigió, no respeto, sino sumisión y vuelta a las buenas maneras, porque, a ver qué era eso de tutear al padre; de usted y firme cada vez que él lo llamara para pedirle algo. A la suegra la mandó varias veces al hospital cuando se ponía cargante, pues con ella no valía conjuro alguno para doblegar su voluntad de arpía. El diablillo le confesó que tal vez fuera un demonio a medio hacer y por eso no había forma de que hincara la rodilla ante él. Pero no pudo librarse de una caída por la escalera del autobús, ni un cólico nefrítico que dejó el rastro de sus uñas en los camilleros que vinieron a buscarla en una ambulancia.
Comenzaron entonces los síntomas de una adicción al mal que puso al diablillo contra las cuerdas. “Que me quites de en medio a ese tío engominado”, ordenaba el vendedor de alma con los ojos volteándose en las cuencas y la excitación engarfiando sus manos. “¡Pero, hombre, ¿qué te ha hecho?!”, se escandalizaba el diablillo. “Su mera existencia me molesta. A ver cómo puedes meterle un buen puro. A ser posible con un final como el de mi exjefe”, le ordenaba con una risa cada vez más satánica. El tipo pagó sus excesos de gomina con una caída irrecuperable de pelo. Empezó a sufrir las burlas de los niños del barrio, y su vanidad encogió en la misma medida que su cuerpo se doblaba hasta exhibir una hermosa joroba en su espalda que provocó la risa del vecindario, y lo hizo encerrarse en el piso de donde lo sacaron medio enterrado por las bolsas de basura y con algún mordisco en las orejas por los ratones que habían tomado la casa.
Al cabo de un año, el diablillo intentaba esquivar al tipo sin alma que lo mismo pedía una rotura de piernas de un alcalde corrupto que una embolia de un especulador de vivienda. Se daba cuenta de que el humano ganaba en ánimos y ganas de vivir e iba de víctima en víctima, cual garrapata engordando en deseos de maldad, mientras él estaba cada día más alicaído y comenzaba a sentir remordimientos y pena por todos los que, de una manera u otra, terminaban engrosando las necrológicas de los periódicos. “Mira que nos la estamos jugando, que ya te dije que en los temas de la muerte no debía meterme”, le avisaba al desalmado. “¿Y quién dice que te metas? Si uno quiere morirse, pues que lo haga”, soltaba el exterminador de humanos con una carcajada del más allá. “Este me quita el puesto”, se dijo el diablillo. “Está haciendo méritos para pasar directamente a demonio con derecho a cornamenta, que era lo que me correspondía a mí”. Y en un último intento por acabar con el aspirante a demonio, urdió una trampa: puso la billetera al alcance de la mano del hijo adolescente con el convencimiento de que no sería capaz de hacerle daño a los de su propia sangre. “Me lo dejas en manos de la pija de la Rosario para que le retuerza los cojones, metafóricamente hablando, y se quede de por vida de calzonazos”, pidió el padre sin que la voz le temblara lo más mínimo. “¡Pero hombre, que es tu hijo!”, soltó el mediodiablillo, pues ya estaba sintiendo como un humano. “¡Quién lo sabe!”, dijo el mediohumano que ya notaba su transformación en demonio. “Además que yo lo que quiero es largarme a Manhattan, al mismo corazón de la maldad, y dedicarme a la compra-venta de almas. Así que puedes quedarte con él, te lo regalo”, y comenzó a llenar la maleta de bolsas con dinero. “!Pero tú no puedes!”, chilló el que ya sentía como humano, sabiendo que había perdido la partida. “A ver si te crees que las últimas intervenciones las hiciste tú. Nada, no funcionabas. Me di cuenta de que no podías ni con tu alma, menos con la mía que ya pesaba toneladas de maldad, cuando dudaste a la hora de quitarle toda pasión por la vida a mi mujer. Así que me puse en contacto con Él y ya sólo hago tratos a lo grande”. Cerró la maleta, cogió a su gato, y antes de salir, dijo: “ Si quieres, puedes quedarte también con ella”. Se marchó dando un portazo. Y mientras bajaba en el ascensor, soltó su última carcajada medio humana.

7/8/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)

Del blog animalnaturaleza.

Oía la llamada. Se hundía un poco más. Su nombre picoteado por el graznido de las gaviotas. Y de repente, mamá lo desenterraba de la arena.

5/8/11

ADICCIONES

Fotografía de Bernardo Álvarez


Soy amadecasapendiente y llevo unos minutos sin pensar en unos pimientos rellenos ni en hacer la compra.

Hace unos días toqué fondo. Toda la mañana cocinando, el frigorífico hasta arriba, y agarré la cesta y salí a la calle. ¿Qué hacía yo en mitad de la acera, en bata y con zapatillas de estar en casa?, me decía, cuando tropecé con una cuartilla abrazada a una farola anunciando un taller de escritura dos portales más abajo. Supongo que fue la hartura de mí misma la que me puso delante de un señor que me preguntaba a qué había ido.

-¿A qué va a ser?, a lo de aprender a escribir.

- Ya bueno, pero tenemos cursos de narrativa, de guión, de poesía...

Ahí sufrí un ataque, una puñalada trapera del cocineo y dejé al de las letras ofreciéndome cursos, para adentrarme en el bonito, que también me ofreció el pescadero a primera hora de la mañana, y sus maneras de prepararlo. "Quedaría bien encebollado, pero al niño no le va así, mejor con tomate."

- Entonces, ¿cuál le interesa?

- El que sea más fácil.

- Todos tienen su dificultad, pero podría comenzar con el cuento.

Dije que bueno y entonces él avanzó algo del curso.

-...Ab obo...

"Los huevos rellenos quedarían bien para el domingo"

-... in media res...

"Unos filetes en salsa y me hacen reverencias".

- Y sepa usted que contamos con la presencia de un alumno aventajado que ya ha ganado unos cuantos jamones de Teruel en un concurso radiofónico.

Temblando de emoción, abrí mi bolso, saqué el talonario, le hice una seña para que me dejara su bolígrafo, escribí seiscientos euros y firmé el cheque. Luego se lo entregué, agradecida, y salí pensando en los platos que iba a preparar con los jamones.

P.D. Este relato lo escribí hace tiempo, en un mano a mano con un escritor que ganó varios jamones en un concurso radiofónico. Lo traigo aquí como una pequeña muestra de la variedad de enganches de los que podemos quedarnos colgados: desde productos tóxicos, a la comida, al cuerpo, a los talleres literarios, etc. Todo muy nocivo para la salud.

3/8/11

NOSTALGIA (Finalista de junio del concurso sobre abogados)

fotografía tomada de la red

Todos los años por el cumpleaños de mamá, papá se saca del cuello la cinta morada con la llave y abre el candado que puso en el armario de ella. Revisa sus vestidos y zapatos. Comprueba que el birrete sigue en la balda de arriba. Se entretiene un poco acariciando las puñetas de la toga y por último coge el CD guardado en el primer cajón entre la ropa interior. Sentado al lado del plato vacío, escucha “Ansiedad” en la voz cadenciosa de Nat King Cole mientras brinda con una copa sin dueña. Sé que no debería consentirle que haga eso y seguir las instrucciones de su médico. La nostalgia es un tóxico más potente que cualquier veneno y su corazón es débil. Pero desde que se la arrebató el marido despechado de una clienta, a la puerta de los juzgados, él sólo piensa en reunirse con ella.

31/7/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)


Ella se baña. Él espera en el chiringuito. Pasa la lengua por la piel. Sabe a limón y sal: la devoraría. Un bocado, y se come media sardina.

26/7/11

RELATO GANADOR "CUENTA 140"


Mientras mamá dormitaba en su hamaca, él devolvía las olas al mar a raquetazos. Aquella ola gigante dejó la raqueta huérfana en la arena.

23/7/11

I36 DÍAS ENCERRADOS: EL ENCIERRO HA TERMINADO


Ayer, los padres, usuarios y trabajadores del C.O.Magerit, dejaron el encierro con una fiesta. Allí estuvimos para alegrarnos de los logros obtenidos, y despedirnos del Magerit. Han conseguido que no desaparezca un Centro Público. Dispondrán de un Centro donde reubicar a trabajadores y aquellos usuarios que quieran el cambio, después de unas reformas en un antiguo colegio. Quedan algunos flecos pendientes, como conseguir un compromiso escrito que garantice el regreso al Magerit tras las reformas necesarias, pero ha sido una gran victoria gracias a la perseverancia de padres, trabajadores, usuarios, simpatizantes y miembros de la Asamblea de Carabanchel del Movimiento 15M que plantaron sus tiendas dentro del recinto y no lo han abandonado hasta este momento. Creo que el eslogan que figuraba como estandarte de este largo pulso a la administración Aguirre, la cólera de dios, refleja muy bien lo que han sido estos 136 días de encierro : "Si luchas, puedes perder; si no luchas, estás perdido".

20/7/11

ENSAYOS (finalista del concuso de microrrelatos Eñe. Ganador de la semana del programa Wonderland)

Repaso sus ropas, las plancho, las doblo, les introduzco caramelos en los bolsillos del pantalón. Coso el ojo del hipopótamo, los lunares a la mariquita. Les preparo macarrones, croquetas, albóndigas, pizza, hamburguesas. Lo guardo todo en tupers etiquetados dentro del frigorífico. Dejo pan con chocolate sobre la mesa de la cocina, para la merienda. La última vez llegué hasta la estación, hoy tal vez pueda coger ese tren.

Wonderland


Repaso sus ropas, las plancho, las doblo, les introduzco caramelos en los bolsillos del pantalón. Coso el ojo al hipopótamo, los lunares a la mariquita, la estrella a la varita del hada madrina. Les preparo macarrones con tomate, arroz, croquetas, albóndigas y hamburguesas. Lo guardo todo en tupers etiquetados, dentro del congelador. Dejo leche y pan con chocolate sobre la mesa de la cocina, para la merienda. Escribo con mayúsculas una nota de despedida y la sujeto con un Bob Esponja a la puerta del frigorífico. La última vez llegué hasta la estación, tal vez hoy pueda coger ese tren.

18/7/11

LA CULPA (finalista de la tercera semana)


El abuelo manoseaba a menudo una moneda, dentro del bolsillo del pantalón. Cuando me muera será tuya, decía al preguntarle qué tenía ahí, pero nunca me la enseñó. Pasaban los años y comencé a impacientarme. El día que murió, papá dijo que podía quedarme con algo suyo. Entre un reloj de bolsillo, el chisquero y la petaca, sobre la mesa brillaba la matrona Hispania con un ramo de olivo en la peseta de plata. No quise nada

16/7/11

AMORES DE INSTITUTO


Fotografía cogida de la red
Mi vieja está contenta. Mi viejo, también. Yo no. Ahí fuera se ríen, no sé por qué. Tampoco sé por qué estoy así. He aprobado. Y con buenas notas. Sin embargo sólo quiero estar aquí, lanzando la pelota a la pared. Mañana mismo quitaré los pósters. Barricada ya no me gusta. AC/DC, tampoco. Menos, Extremoduro. Mañana. Hoy no tengo ganas de moverme. Alicia es nada. Una tonta del culo que anda babeando por el guaperas que ha venido al insti. El facu me sopló que la vio con él el otro día. Y mientras tanto yo, peleando con las mates. Pero no voy a llorar como un crío por eso. Las hay mejores. A su amiga Sonia todos quieren ligársela. No es llanto. Tengo los ojos irritados. Las mates se me resisten siempre. De mí dicen algunos que soy un gafapastas. Tal vez tengan razón....¡Pelotazo a la copa de fútbol que ganamos en el torneo! Abolladura. Lo que faltaba. El facu, el topo, el manchas, el Quique, me matan todos cuando la vean.
Llaman al telefonillo. Quieren que me baje. Y yo que no me encuentro bien. Y ellos que me lleve algo de bebida, que los chinos son unos jetas. Es lo único que les importa. “Ahora voy”, digo, derrotado. Tal vez me anime. Quizá sea el momento de dejar atrás a Alicia y entrarle a Sonia. Eso estaría bien. Para que se joda. Ir a por la amiga. “¡Ahora mismo bajo!”, grito, más animado.




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No sé qué le pasa al chico. Ha sacado buenas notas, debería estar contento. Es que no hay quien lo entienda. Lleva toda la santa tarde encerrado en la habitación. ¡Y venga darle golpes a la pared! Pero mejor no le digo nada. Si le digo algo, se arma. Tengamos la fiesta en paz. Un poco de tranquilidad, es lo que quiero. Alberto me ha preguntado qué bicho le ha picado, ¡cómo si yo supiera! Y otra vez que si no me ha contado nada. ¡Qué le va a contar a su madre! Antes sí, cuando era un niño, siempre que si mamá esto, que si mamá lo otro. Ya no. Son etapas. Eso dice el psicólogo. Es la adolescencia. “Cuando yo tenía su edad ya estaba trabajando en el taller de mi padre. No había tiempo para tonterías”. Eso dice Alberto. Y se enfada. Así que mejor lo dejo estar. Nos vamos a dar una vuelta por el parque y a ver si... ¡Vaya, lo vienen a buscar los amigos! Y se anima a salir. Le irá bien. Nos irá bien a todos airearnos un poco.



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A mis amigos les entra la risa por todo y por nada. No entiendo el porqué de esta alegría colectiva, que parece que todo Aluche se haya vuelto loco, aquí, apiñados, calentitos en este mayo que ha venido con ganas de hacernos sudar la camiseta a todos. En el Auditorio no cabe ni una paja. Los críos son así, dan grititos y saltos con Andy y Lucas. Niñatos. No veo por ningún lado a Sonia, tampoco a Alicia. Pero debo prepararme para el encuentro. Que no me vea muermo. Se me van las gafas con el sudor a la punta de la nariz. Gafapastas, así me llaman. Me da igual. Pienso operarme la vista en cuanto pueda. Ahí van mis viejos con los del facu, mirando a un lado y a otro, seguro que para ver por dónde andamos. Son unos brasas. A nada que bajes la guardia te someten a un interrogatorio. Ya están aquí. Con la sonrisa puesta. ¿Por qué hoy todo el mundo es feliz menos yo, joder? Va mi vieja, que no se le escapa nada y me pregunta si me pasa algo. Y yo que no, que volveré tarde, que estaré con los amigos por la feria hasta que nos cansemos. Echo a andar con los amigos y ellos se quedan un momento como alelados, mirándonos, y luego se van a lo suyo: ponerse ciegos de panceta, morcilla y chorizo. Y al día siguiente, mi vieja andando a paso ligero por el parque para darle caña al colesterol.
Así que tengo que ponerme la puta careta de felicidad. Voy detrás del grupo, me detengo un momento, me quito las gafas y limpio el cristal húmedo con la camiseta. No veo ni un pijo, y me doy de bruces con la jeta del guaperas que me ha levantado a Alicia. Me enrabia el temblor de piernas que me ha entrado. Me coloco las gafas y cierro los puños a los lados del cuerpo. Le daría de puñetazos ahora mismo. “¿Qué dices?”. Me pregunta a mí. No sé qué quiere ahora. “¿Te vienes para el Punto a tomar unas birras?”. Eso dice el muy... Y entonces reparo en que Alicia no está con él. Relajo el cuerpo, relajo las manos. “Vais solos, sin chicas”, afirmo mientras recorro el grupo, su grupo, para cerciorarme. “¡A ver si cae algo esta noche!”, grita uno de ellos. Me pongo a reír como un loco, como si fuera la cosa más graciosa que he oído en toda mi vida cuando es una gilipollez como un piano. Y sigo riendo mientras me alejo con los míos. El facu baja la cabeza y dibuja una línea con la deportiva en la tierra antes de arrancar detrás. ¡Qué cabrón!, me digo, sin embargo no tengo ganas de darle una hostia. No ahora. Porque ahora la veo venir con su amiga Sonia, los pulgares agarrados a las presillas del vaquero, el ombligo como un pocito perforado con el pircing, la camiseta negra con el Extremoduro (en qué estaría yo pensando cuando dije de quitar el póster de mi cuarto), el pelo rabioso de rojo... ¡ay, los ojos como caramelos de menta, me los comería aquí mismo! Me mira, me mira, me mira a mí. “Te subes a la noria conmigo, Alicia”, le digo. Y ella que sí. Sonríe enseñando los brakers que enderezarán unos dientes que a mí me gustan torcidos.




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¡Míralo! Mi chaval, tonteando con las chicas. Como yo a su edad. ¡Hace tanto de eso! Pero parece que fue ayer cuando buscaba encontrarme con Elena, su madre, por los pasillos del instituto. Su risa tonta, al cruzarnos. ¡Qué guapa, con aquella falda por encima de la rodilla. Esa rodilla atravesada por una cicatriz blanca, como una culebra de río, me atraía como un imán y fue motivo de nuestro primer enfado, porque a ella no le gustaba que la mirara tanto. Pero también me acuerdo de nuestro primer beso, sentados, con la música de fondo, los altavoces de la tómbola que repetían hasta la náusea lo de la muñeca y el perrito. En lo más oscuro, entre los árboles. ¡Qué lejos aquellos tiempos! ¡ Y sin embargo me parece que fue ayer mismo! Pero ahí está mi chico, con la pelusa encima del labio, los gallos en la voz, su rebeldía de adolescente, que me dice que no, que han pasado los años, y que ha llegado la hora de que sea él quien esté arriba, en la noria, con su chica. Es el relevo. Y así debe ser.




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Corre un aire fresco aquí arriba. Debería haberle hecho caso a mi vieja y haberme traído un jersey. Le paso el brazo por la espalda y la acerco hacia mi pecho. Siento su escalofrío y la abrazo más fuerte. La luna está llena. Desde aquí arriba veo las casetas de los Partidos, las de las Asociaciones, veo el humo subir desde los chiringuitos, veo a mis amigos, a mis padres, a todos ir y venir por la feria, como agua que corre. Dicen que aquí hubo antes un río y que de ahí le viene el nombre al barrio. Dicen. Y yo no quiero que la noria deje de girar y se acabe el viaje.



5/7/11

EL REENCUENTRO


Sobraban dos días. Miré la maleta abierta sobre la cama. La camiseta blanca, con la rosa que pinté, cerraba la ropa colocada en el hueco. Olía a cuero nuevo, a ramito de espliego durmiendo en el bolsillo de tela de un lateral. Sobraban dos días. El café amargo entró mezclado de algas. Lo sentí bajar lento hasta invadir tibio mi modorra. A lo lejos, un cuadrilátero blanco emborrachado con una marca de vermú, seguía, obediente y firme, la cola de un avión. Metí la cucharilla en la mermelada de frambuesa y la saqué completa. Brillaba la pulpa a la luz suave de la mañana. Saqué la lengua y la recogí en su barca. Ácida. Ácida y dulce la espera. Sobre la tostada, una onda marina amarillo pálido. La extendí. Un mordisco salado. Otro. Mantequilla de Holanda, dijo él. Y la dejó en el fondo del carrito de la compra. Una nueva taza de café y el minutero apuñalando otra raya del reloj de la cocina. Si fuera un cuco, pensé, lo mataría por bobo, pero esa esfera de plástico, con su escudo futbolero, ni tocarla. ¿A quién se le ocurre perforar el tiempo con algo tan anodino? A él, claro, ¿quién si no podría viajar con doce ostras metidas en hielo desde Galicia? ¿quién si no tendría el coraje de arropar un capullo con dos gotas de rocío en una mano y en la otra traer colgando semejante engendro ? Y sin embargo, sobraban dos días. El sol había roto la encimera dividiendo la hoja del cuchillo y remontando la mitad de una naranja sin jugo. Lavé la cafetera, la taza, el plato y la cucharilla. Todo limpio. Cogí el cubo naranja con su cangrejo de patas devoradas por la edad, también la pala amarilla de plástico gastado, y salí. En el porche, una gaviota insolente picoteaba un gusano desahuciado de una maceta. Moví los brazos y huyó chillando su protesta. Abajo, tierra húmeda, cementerio de conchas. Avancé por la orilla, dejando un rastro de huellas que el mar se iba comiendo, hasta llegar a la gruta. Me senté en la arena y fui llenando el cubo con mordiscos de días. Sobraban días. Nuevas paladas y el sol cegando de luz el agua. Sentía el estómago anunciando la hora. Montañas de arena apelmazada, enterrando minutos. Subió y pasó dos veces arriba dejando un rastro de chispas de estaño. Volví a casa, cerré la maleta, di dos vueltas de llave a la puerta de mi casa y me fui hacia la estación. El tren esperaba y, dos o tres giros de agujas dentro del cristal de mi muñeca, él .

28/6/11

PARA SIEMPRE (Finalista del concurso de microrrelatos sobre abogados)


La seguí hasta la feria. Entró en el barco fantasma. Me aposté detrás de un árbol. Hacía calor. Me deslicé entre las atracciones. Llegué a la casa del terror. Desde allí podría fotografiarla con el tipo. Encendí un cigarro. Di una calada. Lo imaginé. Pillada infraganti con su amante. Acusada de adulterio. No sacaría nada del divorcio. Ni pensión para los niños. Para eso estudié abogacía mientras ella cuidaba de los críos. Se le acabó lo de hacer tapetes de encaje para relajarse. Tendría que trabajar. Saboreaba ya mi triunfo cuando alguien me agarró por detrás y me metió dentro. Pensé que se trataba de una broma, al ver a todos esos personajes rodeándome: la niña del exorcista, Jason, la pequeña Elizabeth... pero cuando Freddy Kruger se acercó, entendí por qué mi mujer estaba últimamente tan contenta. Y aquí sigo, como un zombie más, asustando a los que entran.

23/6/11

EL JUEGO DE MAMÁ

Gum de Julie Blackmon


Cuando mami entra en mi habitación y me da un beso, huele mucho a tabaco. Luego se ducha y duerme toda la mañana. Se levanta a mediodía y come de pie, en la cocina. Por la tarde jugamos al escondite. Ella cuenta en el pasillo, de cara a la pared, y yo me escondo entre el abrigo azul y el vestido rosa. Me llama y me busca por toda la casa. Abre el armario, yo me tapo los ojos con las manos y ella vuelve a cerrarlo, dejando una rendija por donde la veo lamentarse porque me ha perdido. Salgo, le tiro de una manga y ella se pone muy contenta y las dos nos abrazamos. A la noche, me ducha y me pone una colonia que huele a limón. Después me sienta en la trona y mientras ceno, ella lee mi cuento preferido. Después me mete en la cama y seguimos jugando. Yo cuento, mami me ayuda, ella se esconde y no sale de su escondite hasta la mañana siguiente. Uno, dos, tres...

15/6/11

CORAZONES ROTOS (FINALISTA DEL III CONCURSO DE RELATOS ESCRITOS POR PERSONAS MAYORES RNE - FUNDACIÓN "LA CAIXA")



 He pasado la vida cosiendo corazones rotos. Una tarea muy delicada. Porque cada uno necesitaba su cabo de hilo y su aguja; incluso su color. Para Roberto era la fina de bordar, con seda verde esperanza que no le hería. Con Susana podía enhebrar la de ensartar cuentas de cristal con algodón tostado, porque siempre ha sido la más fuerte. A Marcos le iba bien el tamaño intermedio para el cordoncillo entreverado de lilas y amarillos: enseguida se le iba el dolor con unas risas.
Siempre he llevado cogida a mi pecho la almohadilla con las agujas y los hilos preparados para un zurcido de urgencia. Y con los años mi habilidad creció de tal modo que si ahora mismo sacaran los corazones de mis hijos, apenas se apreciaría la línea de una cicatriz.
Primero fue Marcos el que dominó el arte de la costura. Se fue de casa con un júbilo de arco iris que bien podía ocultar un negro nubarrón, pero del que estaba segura que sabría salir con el mínimo daño.
Más tarde se marchó Roberto, un temblor de mano agarrado a otro temblor de mano. Entre los dos repararían sus heridas.
Hoy estamos de fiesta. Se va Susana. Con su aguja y sus hilos. Y ha querido celebrarlo como si se tratara de un casamiento, aunque ella no va a casarse; ella se va a la India a curar otros corazones, dice. Seguro que lo conseguirá.
Estoy sentada en mi silla, un poco alejada de todos, con las manos en reposo, descansando la una sobre la otra, sin nada que hacer. Toca la orquesta y todos bailan. Miro alrededor y me encuentro con mi marido. Sonríe, bobalicón, con los ojos entornados, pegada su mejilla a la de nuestra vecina Maite. Y es ahora cuando siento el pinchazo y la humedad en la blusa, apenas un lunar rojo que va engordando, y no sé qué aguja, qué hilo debo coger del acerico para que no te desangres, mi querido y olvidado corazón.

9/6/11

VACÍO

fotografía tomada de la red.


No voy a llorar, lo prometo.
Sólo déjame estar aquí.
Cogerte de la mano.
Y si la congoja me ahoga,
en seco tragaré esa bola amarga.

Yo vigilaré si acaso duermes.
Como cuando dibujaba tu cuerpo,
con un dedo húmedo,
desde los pies de la cama;
y la imaginaba acurrucada
en el hueco de tus caderas.
Y sentía.

No paraba de llorar.
No parabas de reír.
Nos movíamos livianos
por la vida.
Su vida.
Nuestra vida.

No digas que no fue eso.
Ni se te ocurra.
Sí, lo merecía.
Merecía este castigo.

Seguí sonriendo a la placa transparente,
como un estúpido,
cuando el de la bata blanca
dictó su condena:
arrancarme de cuajo el sentimiento.
Para siempre.

Volveré a estar en alquiler.
A tanto el cadáver.
Será gratis para el de la bata blanca.
En cuanto acabemos con esto.
Nada más dejar libre el hueco en tus caderas.
Y si quieres,
yo también me marcharé.
Pero ahora, déjame estar aquí.
Te prometo que no voy llorar.

3/6/11

LOS BLOGUEROS MICRORRELATISTAS EN LA RADIO

fotografía cogida de la red
Como ya os anuncié en respuesta a un comentario, el domingo día 5 de junio a las 20h podréis escuchar la entrevista a un bibliotecario de Sol y la lectura de algunos de nuestros microrrelatos en Radio Círculo (100.4 FM Madrid)y también en www.circulobellasartes.com/Radio Círculo en directo

Y en este programa de radio Ágora Sol, hacia la hora y cuarto, Nieves lee también varios microrrelatos. Escuchadlo. A mí me ha encantado.
http://www.archive.org/details/agorasol.2011-06-02_lapersiana


Por otro lado, os informo de que podéis dejar vuestras críticas y comentarios de Literatura en el blog de El Planeta de los libros.

http://elplanetadeloslibros.wordpress.com/