
Fotografía cogida de la red
Mi vieja está contenta. Mi viejo, también. Yo no. Ahí fuera se ríen, no sé por qué. Tampoco sé por qué estoy así. He aprobado. Y con buenas notas. Sin embargo sólo quiero estar aquí, lanzando la pelota a la pared. Mañana mismo quitaré los pósters. Barricada ya no me gusta. AC/DC, tampoco. Menos, Extremoduro. Mañana. Hoy no tengo ganas de moverme. Alicia es nada. Una tonta del culo que anda babeando por el guaperas que ha venido al insti. El facu me sopló que la vio con él el otro día. Y mientras tanto yo, peleando con las mates. Pero no voy a llorar como un crío por eso. Las hay mejores. A su amiga Sonia todos quieren ligársela. No es llanto. Tengo los ojos irritados. Las mates se me resisten siempre. De mí dicen algunos que soy un gafapastas. Tal vez tengan razón....¡Pelotazo a la copa de fútbol que ganamos en el torneo! Abolladura. Lo que faltaba. El facu, el topo, el manchas, el Quique, me matan todos cuando la vean.
Llaman al telefonillo. Quieren que me baje. Y yo que no me encuentro bien. Y ellos que me lleve algo de bebida, que los chinos son unos jetas. Es lo único que les importa. “Ahora voy”, digo, derrotado. Tal vez me anime. Quizá sea el momento de dejar atrás a Alicia y entrarle a Sonia. Eso estaría bien. Para que se joda. Ir a por la amiga. “¡Ahora mismo bajo!”, grito, más animado.
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No sé qué le pasa al chico. Ha sacado buenas notas, debería estar contento. Es que no hay quien lo entienda. Lleva toda la santa tarde encerrado en la habitación. ¡Y venga darle golpes a la pared! Pero mejor no le digo nada. Si le digo algo, se arma. Tengamos la fiesta en paz. Un poco de tranquilidad, es lo que quiero. Alberto me ha preguntado qué bicho le ha picado, ¡cómo si yo supiera! Y otra vez que si no me ha contado nada. ¡Qué le va a contar a su madre! Antes sí, cuando era un niño, siempre que si mamá esto, que si mamá lo otro. Ya no. Son etapas. Eso dice el psicólogo. Es la adolescencia. “Cuando yo tenía su edad ya estaba trabajando en el taller de mi padre. No había tiempo para tonterías”. Eso dice Alberto. Y se enfada. Así que mejor lo dejo estar. Nos vamos a dar una vuelta por el parque y a ver si... ¡Vaya, lo vienen a buscar los amigos! Y se anima a salir. Le irá bien. Nos irá bien a todos airearnos un poco.
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A mis amigos les entra la risa por todo y por nada. No entiendo el porqué de esta alegría colectiva, que parece que todo Aluche se haya vuelto loco, aquí, apiñados, calentitos en este mayo que ha venido con ganas de hacernos sudar la camiseta a todos. En el Auditorio no cabe ni una paja. Los críos son así, dan grititos y saltos con Andy y Lucas. Niñatos. No veo por ningún lado a Sonia, tampoco a Alicia. Pero debo prepararme para el encuentro. Que no me vea muermo. Se me van las gafas con el sudor a la punta de la nariz. Gafapastas, así me llaman. Me da igual. Pienso operarme la vista en cuanto pueda. Ahí van mis viejos con los del facu, mirando a un lado y a otro, seguro que para ver por dónde andamos. Son unos brasas. A nada que bajes la guardia te someten a un interrogatorio. Ya están aquí. Con la sonrisa puesta. ¿Por qué hoy todo el mundo es feliz menos yo, joder? Va mi vieja, que no se le escapa nada y me pregunta si me pasa algo. Y yo que no, que volveré tarde, que estaré con los amigos por la feria hasta que nos cansemos. Echo a andar con los amigos y ellos se quedan un momento como alelados, mirándonos, y luego se van a lo suyo: ponerse ciegos de panceta, morcilla y chorizo. Y al día siguiente, mi vieja andando a paso ligero por el parque para darle caña al colesterol.
Así que tengo que ponerme la puta careta de felicidad. Voy detrás del grupo, me detengo un momento, me quito las gafas y limpio el cristal húmedo con la camiseta. No veo ni un pijo, y me doy de bruces con la jeta del guaperas que me ha levantado a Alicia. Me enrabia el temblor de piernas que me ha entrado. Me coloco las gafas y cierro los puños a los lados del cuerpo. Le daría de puñetazos ahora mismo. “¿Qué dices?”. Me pregunta a mí. No sé qué quiere ahora. “¿Te vienes para el Punto a tomar unas birras?”. Eso dice el muy... Y entonces reparo en que Alicia no está con él. Relajo el cuerpo, relajo las manos. “Vais solos, sin chicas”, afirmo mientras recorro el grupo, su grupo, para cerciorarme. “¡A ver si cae algo esta noche!”, grita uno de ellos. Me pongo a reír como un loco, como si fuera la cosa más graciosa que he oído en toda mi vida cuando es una gilipollez como un piano. Y sigo riendo mientras me alejo con los míos. El facu baja la cabeza y dibuja una línea con la deportiva en la tierra antes de arrancar detrás. ¡Qué cabrón!, me digo, sin embargo no tengo ganas de darle una hostia. No ahora. Porque ahora la veo venir con su amiga Sonia, los pulgares agarrados a las presillas del vaquero, el ombligo como un pocito perforado con el pircing, la camiseta negra con el Extremoduro (en qué estaría yo pensando cuando dije de quitar el póster de mi cuarto), el pelo rabioso de rojo... ¡ay, los ojos como caramelos de menta, me los comería aquí mismo! Me mira, me mira, me mira a mí. “Te subes a la noria conmigo, Alicia”, le digo. Y ella que sí. Sonríe enseñando los brakers que enderezarán unos dientes que a mí me gustan torcidos.
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¡Míralo! Mi chaval, tonteando con las chicas. Como yo a su edad. ¡Hace tanto de eso! Pero parece que fue ayer cuando buscaba encontrarme con Elena, su madre, por los pasillos del instituto. Su risa tonta, al cruzarnos. ¡Qué guapa, con aquella falda por encima de la rodilla. Esa rodilla atravesada por una cicatriz blanca, como una culebra de río, me atraía como un imán y fue motivo de nuestro primer enfado, porque a ella no le gustaba que la mirara tanto. Pero también me acuerdo de nuestro primer beso, sentados, con la música de fondo, los altavoces de la tómbola que repetían hasta la náusea lo de la muñeca y el perrito. En lo más oscuro, entre los árboles. ¡Qué lejos aquellos tiempos! ¡ Y sin embargo me parece que fue ayer mismo! Pero ahí está mi chico, con la pelusa encima del labio, los gallos en la voz, su rebeldía de adolescente, que me dice que no, que han pasado los años, y que ha llegado la hora de que sea él quien esté arriba, en la noria, con su chica. Es el relevo. Y así debe ser.
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Corre un aire fresco aquí arriba. Debería haberle hecho caso a mi vieja y haberme traído un jersey. Le paso el brazo por la espalda y la acerco hacia mi pecho. Siento su escalofrío y la abrazo más fuerte. La luna está llena. Desde aquí arriba veo las casetas de los Partidos, las de las Asociaciones, veo el humo subir desde los chiringuitos, veo a mis amigos, a mis padres, a todos ir y venir por la feria, como agua que corre. Dicen que aquí hubo antes un río y que de ahí le viene el nombre al barrio. Dicen. Y yo no quiero que la noria deje de girar y se acabe el viaje.