
Sobraban dos días. Miré la maleta abierta sobre la cama. La camiseta blanca, con la rosa que pinté, cerraba la ropa colocada en el hueco. Olía a cuero nuevo, a ramito de espliego durmiendo en el bolsillo de tela de un lateral. Sobraban dos días. El café amargo entró mezclado de algas. Lo sentí bajar lento hasta invadir tibio mi modorra. A lo lejos, un cuadrilátero blanco emborrachado con una marca de vermú, seguía, obediente y firme, la cola de un avión. Metí la cucharilla en la mermelada de frambuesa y la saqué completa. Brillaba la pulpa a la luz suave de la mañana. Saqué la lengua y la recogí en su barca. Ácida. Ácida y dulce la espera. Sobre la tostada, una onda marina amarillo pálido. La extendí. Un mordisco salado. Otro. Mantequilla de Holanda, dijo él. Y la dejó en el fondo del carrito de la compra. Una nueva taza de café y el minutero apuñalando otra raya del reloj de la cocina. Si fuera un cuco, pensé, lo mataría por bobo, pero esa esfera de plástico, con su escudo futbolero, ni tocarla. ¿A quién se le ocurre perforar el tiempo con algo tan anodino? A él, claro, ¿quién si no podría viajar con doce ostras metidas en hielo desde Galicia? ¿quién si no tendría el coraje de arropar un capullo con dos gotas de rocío en una mano y en la otra traer colgando semejante engendro ? Y sin embargo, sobraban dos días. El sol había roto la encimera dividiendo la hoja del cuchillo y remontando la mitad de una naranja sin jugo. Lavé la cafetera, la taza, el plato y la cucharilla. Todo limpio. Cogí el cubo naranja con su cangrejo de patas devoradas por la edad, también la pala amarilla de plástico gastado, y salí. En el porche, una gaviota insolente picoteaba un gusano desahuciado de una maceta. Moví los brazos y huyó chillando su protesta. Abajo, tierra húmeda, cementerio de conchas. Avancé por la orilla, dejando un rastro de huellas que el mar se iba comiendo, hasta llegar a la gruta. Me senté en la arena y fui llenando el cubo con mordiscos de días. Sobraban días. Nuevas paladas y el sol cegando de luz el agua. Sentía el estómago anunciando la hora. Montañas de arena apelmazada, enterrando minutos. Subió y pasó dos veces arriba dejando un rastro de chispas de estaño. Volví a casa, cerré la maleta, di dos vueltas de llave a la puerta de mi casa y me fui hacia la estación. El tren esperaba y, dos o tres giros de agujas dentro del cristal de mi muñeca, él .















