12/3/11

LAS HISTORIAS DE MANOLO (in memoria)

COMUNIDAD DE VECINOS
Hace tiempo, en los años de sequía, cortaban el agua durante horas. La daban a mediodía y los vecinos esperaban con los grifos
abiertos para llenar bidones, cubos, cántaros y botijos. Se oía un fluir continuo del líquido por todo el edificio hasta que, por encima del ruido del chorro cayendo, se escuchaba una voz aterradora, triturando la orden entre los dientes, cayendo por el hueco de la escalera. - ¡Dejen subir el agua! Detrás de cualquier puerta de los pisos más bajos, se oía a modo de contestación: - Sí, sí, en eso estaba yo pensando, con el chorrito tan bueno que sale ahora.

ANIMALES DE COMPAÑÍA
En la casa del tío Miguel, además de su mujer, su suegra y una tía de su mujer, vivía un gato de nombre "Pichi" que dormía encima del
fogón de la cocina con el beneplácito de las tres mujeres. Cuando el tío Miguel volvía de trabajar y se lo encontraba enroscado entre las ollas, se enfadaba mucho. El gato, al oírlo entrar en la cocina, apenas levantaba la cabeza y, según apreciaciones del tío, le sacaba la lengua. “Pobrecito", decía la suegra. "Pobrecito", apostillaba la hermana. "Pobrecito", zanjaba el asunto la mujer. El hombre, en minoría, callaba su rencor y comía ante la presencia insolente del felino que volvía a su sueño apacible. Conforme avanzaban los días el rencor del tío era proporcional al desprecio del gato, quien le sacaba la lengua nada más verlo para ignorarlo inmediatamente. Con la rabia reprimida por las costuras del alma, el tío se encontró un día a solas con "Pichi". Al gato no le dio tiempo a reaccionar, lo agarró y, dejando que la ira reventara de una vez por los costados, lo tiró contra el suelo. El felino se golpeó en la cara con la pata de la mesa, se quedó algo aturdido unos instantes y después salió corriendo a meterse debajo de una cama de donde no salió hasta que llegaron las mujeres. Al día siguiente "Pichi" mostraba un ojo morado. "¿Qué le habrá pasado al gato?", se preguntaban. Y el tío se reía para sus adentros y no contestaba. Desde entonces, Pichi, en cuanto oía la llave entrar en la cerradura de la casa, saltaba del fogón para ir a refugiarse debajo de la cama. 



EL MEJOR PREMIO

En los años cincuenta, en lugar de una copa, un diploma, o una medalla, al ganador de una carrera le daban chuletas de cordero. La organizaban en el barrio de mi cuñ
ado y el patrocinador era el carnicero. Salían los corredores de la puerta de la carnicería y hacían un recorrido de varios kilómetros en círculo. El carnicero, mandil blanco con la barriga manchada de sangre, esperaba al ganador preparado con un kilo de chuletas. Antes de entregárselas, abría el envoltorio, levantaba una por el palo y la mostraba para que todos vieran que era de lechal, tierna y sonrosada. El corredor, en cuanto recuperaba el resuello, agarraba el paquete y se iba para casa tan contento pensando en el atracón que se iba a dar. Uno de aquellos años participó el gorrón del barrio. Lo llamaban así porque ya desde el colegio apuntaba maneras. Solía registrar las mochilas de los compañeros y apropiarse del bocadillo de mortadela que encontraba a mano. Por eso, cuando se inscribió en la carrera, todos desconfiaron.
El carnicero dio la salida, como cada año, con un gatillazo de la escopeta con tapón de corcho de su hijo, y todos salieron corriendo como si les fuera la vida en ello, y a tenor de los huesos que mostraban, algo de verdad había. El gorrón se quedó el último y todos los espectadores lo vieron doblar la esquina tan tranquilo.

Volvió el primero, fresco y sonriente y agarró las chuletas sin esperar a las demostraciones del carnicero. Ya se iba con el botín cuando, yo Claudio, apodado así desde pequeño por su tartamudeo y la manía de espiar a todo el mundo, llegó corriendo y, entre atranques y desatranques de palabras, informó a todo el mundo de que el gorrón había subido a un autobús con el que había hecho todo el recorrido.

Cuando el carnicero y los demás participantes que habían ido llegando, estuvieron al corriente de lo ocurrido y quisieron detener al gorrón, el pájaro había volado.

10/3/11

ATROPELLO

Llevo dos días que no salgo del estupor.
Supongamos que el S.R.B.S. con su brazo armado Aguirre, la cólera de dios, quieren lo mejor para las personas con discapacidad intelectual y el personal que los atiende. Supongamos que, aunque ningún techo se ha venido abajo, ni un muro se ha derruido en estos días, de repente se han alarmado ante la posibilidad de que esto ocurra y decidan salvaguardar la integridad de estas personas cerrando centros para su rehabilitación. Supongamos que esto no obedece a una maniobra bestial de privatizar lo público desalojando a usuarios y trabajadores y dispersándolos para ir menguando plantillas y metiendo a entidades con ánimo de lucro en la gestión de los nuevos centros. Supongamos que son buena gente. Supongamos. Todos estaríamos entonces de acuerdo en que se reformen centros que tienen muchos años sobre sus tejados. Pero no con cuarenta y ocho horas de plazo. No provocando angustia en las familias, padres octogenarios que abarrotaban el despacho de la directora pidiendo información, no angustiando a los usuarios que no saben a dónde van ni por qué de la noche a la mañana se los llevan en grupos a otros centros con otros compañeros y con otro personal. Eso ocurre hoy con el C.O. Magerit donde estuve trabajando durante cuatro años. Un atropello en toda regla.
Ayer se encerraron los trabajadores. Esta noche está previsto que entren a desalojarlos. Ayer, cuando fui al centro con otros compañeros a pasar un rato con el personal, volví a casa hecha polvo. No puede ser lo que está ocurriendo, me dije. No se puede llegar a tal grado de inhumanidad. Hoy he vuelto. Había una concentración a la puerta. Y se me ha ocurrido pasar dentro. Y he visto a los usuarios abrazarse a los trabajadores llorando a moco tendido. Y he escuchado a una belleza de persona preguntarle, atemorizada, a su hermana: “¿Adónde me llevan?”. Regreso hecha polvo, no sólo físicamente. No me lo acabo de creer.
Y mientras tanto, hoy hemos tenido una reunión de urgencia en el centro donde ahora trabajo para preparar de la mejor manera posible a veintinueve usuarios que nos llegan mañana. Se intentará que, siendo personas que lo pasan muy mal si se les saca de la rutina, que ésta se les trastoque lo menos posible, pero cómo no, si se les ha expulsado de un sitio donde habían asistido durante muchos años, separado de otros compañeros y del personal de referencia. De urgencia se han elaborado informes médicos y psicológicos. Y así tiraremos.
Hablo del Magerit, pero con él han caído el C.O. Fray Bernardino que ha tenido más suerte porque los ubican juntos, echando a unos ancianos previamente de su residencia, y ha caído el CAMP de Arganda.
Lo dicho: un atropello. No sé qué más pueden hacer, pero seguro que se les ocurre algo. La maldad anda suelta.

P.D.Espero que sepáis entender que no esté comentando en blogs que sigo habitualmente, pero ando trastabillada, agotada, y no doy abasto.

8/3/11

FINALISTA DE "CUENTA 140"


Desde que se metió en el negocio del nido, el cuervo, acompañado por dos buitres, va de torreón en campanario, con una orden de desalojo.

2/3/11

"ME QUIERES, NO TE QUIERO"

 
GANADORA DEL VI CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR, DE LA CASA DE CULTURA DEL AYUNTAMIENTO DE GRADO (ASTURIAS)




Querido Alberto:

Te escribo para recordarte, para recordarnos, porque a veces se me queda la mente en blanco y añoro nuestra vida que presiento tras la niebla espesa que penetra y se queda durante un tiempo infinito, en mi cabeza.
“Dime que me quieres”, te decía yo cuando era muy joven. Tú me contestabas: “No te quiero” y yo reía fuerte, cerraba los ojos y movía mi cuerpo a ritmo de bolero.
Dime que me quieres”, me decías tú cuando nació nuestro hijo. Yo te contestaba: “No te quiero” y tú te esforzabas en sonreír pero se te quedaba en mueca amarga. Porque tú querías que la estancia del amor se llenara contigo, sólo contigo. Comenzaste a repetir: “Dime que me quieres”, como si el hecho de que yo te dijera sí, te pudiera asegurar el amor. Como si el hecho de pronunciar dos palabras, me amarrara a ti para siempre.
“Dime que me quieres”, te pedía cuando comenzaste a volver tarde del trabajo y yo arrastraba las zapatillas por la casa, con la bata cruzada en el cuerpo, el pelo recogido con una goma en una coleta, y una mancha de leche rezumando de mi pecho. "Te quiero”, decías, y yo no te creía. Aborrecía mi imagen en el espejo, aborrecía la espera a que tú llegaras, aborrecía el suelo, las paredes, el cazo y las ollas. Me aborrecía.
Una cinta larga, larga, como una cadena de color gris. Eso era yo para ti. Dejaste de venir a casa. “Dime que me quieres”, me empeñaba yo en arrancarte un sí, todas las noches, cuando llamabas. Me contestaba tu silencio. Luego: “¿Cómo está el niño?”. Y después cortabas y yo me quedaba con el auricular pegado a la oreja, escuchando el tono.
Un día abrí una ventana de vapor en el espejo del baño y me miré. Recogí mi pelo en la nuca con el pasador de carey, le di unos toques de color a mi cara. Pinté mis labios. Sonreí. Dejé de llorar. En el armario, mis vestidos, mis jerseys, mis faldas y los zapatos de tacón habían esperado a que aquella nube turbia se disolviera en el cielo. No te llamé más. Dejé que el tiempo transcurriera suave. Y entonces fuiste tú el que volviste a nuestro viejo juego. “Dime que me quieres”, decías en mitad de una de nuestras conversaciones por teléfono, cada vez más largas, más penoso el momento de colgar, más difícil la despedida. “No te quiero”, te contestaba, y tú, como cuando éramos muy jóvenes, te reías.
“Dime que me quieres”, te digo. Me pongo delante. Entre tu mirada y el infinito que sigues explorando todos los días. Y a veces mueves la cabeza y sonríes, aunque nuestro hijo diga que no, que ya no sabes lo que es eso, y acercas tu mano a mi cara. Otras, preguntas quién soy. Las más, ni siquiera contestas. Abro el cuaderno por donde lo dejé el día anterior y sigo escribiendo esta carta. Para que quede ahí, para que no se pierda en el olvido que soy casi siempre para ti, en el olvido que serás, tal vez, para mí. Paro de vez en cuando. Levanto el bolígrafo de punta fina y te observo. Ya no veo ese brillo en tu mirada que unas veces era enfado, otras dudas, y algunas miedo. Aquella viveza con la que me seguías hasta la cocina, abrías el frigorífico y mientras yo terminaba de freír un pescado o de echar los fideos a la sopa, tirabas de la anilla y bebías de la lata de cerveza. ¿Cuándo dejé de pedirte que me dijeras que me querías? ¿Cuándo dejaste de hacerlo tú? No lo recuerdo. Quizás fue un pacto entre los dos, sin que lo acordáramos con palabras. Quizás dejé de pedirte que me dijeras que me querías, porque si me contestabas sí, yo pensaba que era no, que necesitabas tapar algo con ese sí, y si me contestabas no, tal vez te creería. Habías vuelto y ya no era igual que antes. Ni mejor, ni peor, sólo diferente. Con más dudas y miedos quizás, pero también con heridas cicatrizadas de las que habíamos aprendido algo. Volviste y todo fue más reposado, un discurrir de días como si flotáramos en un mar calmo, tú y yo, y también el niño, a quien habías aprendido a amar como algo tuyo, separándolo de mí, de lo que yo pudiera sentir por él. Era un yo contigo, tú conmigo, tú con él, yo con él, tú, él y yo. Un mecerse sobre olas tibias.
Comencé a mirarte todas las noches mientras dormías, con el brazo doblado bajo la nuca. Seguía tu respiración pausada, tus sonrisas, tus llantos; porque sí, a veces reías y llorabas en sueños, y también hablabas. Hablabas de aquella vez, cuando te alejaste de mí porque no soportabas que yo me volcara en el pequeño, y se interpuso entre los dos cuando debía ser de otra manera. Hablabas y nombrabas a una mujer que no era yo. Así son los sueños, traicionan los secretos. Y aquel hueco tuyo, me estuvo mortificando durante un tiempo. Porque yo quería llenar cada uno de tus instantes, seguir tus pasos, conocer tu vida, hacerla mía. Que no hubiera un pedazo tuyo ajeno a mí. Intentaba ocuparlo con una historia y no funcionaba. Porque unas veces era de traición y otras de amores rotos como la porcelana que rompió mi madre cuando mi padre la dejó. ¿Me quieres? Así estuve durante mucho tiempo, intentando despejar esa incógnita que se había quedado, como un cristal duro, invisible, pero imposible de atravesar, entre nosotros. Te espiaba dormido, porque despierto no quería preguntarte e iniciar un nuevo remolino de celos, reproches y otras malas hierbas que había que segar día a día para que no cogieran fuerza y reventaran los cimientos del amor con sus raíces. De aquellas noches en vela, mirándote y escuchando tu bisbiseo y el nombre, siempre el mismo, entre sueños, guardo un recuerdo que, fíjate, lejos de ser amargura en su estado puro, tiene algo de agridulce. Porque sentí que te quería más, admiré el perfil de tu cara, iluminado por la luz de la luna que entraba a través de las rendijas de la persiana, a trozos, con sombras de agujeros negros, como los que yo llevaba en mi interior. De madrugada, me abrazaba a tu cuerpo, y me sentía feliz por poder tenerte a mi lado y dormía hasta que sonaba el despertador y tú te levantabas y me mirabas desde tu altura. Quieto durante unos minutos. Vigilando mi falso sueño. Te miraba a través de dos rendijas, entre los juncos de mis pestañas, sin que tú te dieras cuenta. ¿O tal vez sí?
No fue premeditado. Te inclinaste para darme un beso, como hacías todas las mañanas, después de mirarme. Y yo susurré un nombre que no era el tuyo. Te detuviste a medio camino, y te pusiste serio un momento. Pero enseguida volviste a sonreír. Bajaste hacia mí y, después de besarme, dijiste: “Yo también te quiero”. Y me sentí feliz y algo avergonzada por mí, por las dudas, por el resentimiento acumulado durante todas esas noches. A ti no te importaba que otro nombre habitara mis sueños ¿por qué iba a importarme a mí? A veces pienso que tú, como yo, fingías dormir, y que inventaste un nuevo juego para nosotros. Nunca podré saberlo porque tú ya sólo estás a ratos conmigo y esos ratos se nos van en un mutuo reconocimiento. En tocarnos. Volver a nuestro antiguo juego, decirte una vez más: “Dime que me quieres”. Y contestarme con una sonrisa y un cabeceo, antes de que la mirada se te vaya otra vez detrás de la ventana, de los edificios, del campo, del mar, de la tierra, del espacio, del pozo en el que ahora andas metido, mi querido Alberto.

1/3/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Saqué el cuchillo de la caña de mi bota y lo hundí en su pecho. Dicen que era estrabismo, pero lo cierto es que me miró mal.

28/2/11

NOCTÁMBULOS

Caían durante la noche. Rodaban por el tejado. Los tres, escondidos en el sótano, oían cómo chascaban sus huesos y explotaban sus abdómenes hinchados al estrellarse en el porche. Se colaba por las rendijas del tragaluz, el olor de la sangre. Y los dos se rebullían inquietos, tragaban saliva, evitaban mirar al niño, y rogaban para que amaneciera pronto.

26/2/11

"ME ACUERDO DE" (relatos leídos por J.J. Millás)


Me acuerdo del dolor repentino y punzante en el pecho, avisando de la enfermedad; llorando calle arriba, y la casa cada vez más inalcanzable, un domingo por la tarde.

Me acuerdo de que me puse tan pesada que mi madre me hizo un sostén-camiseta.

24/2/11

BREVE QUE TE QUIERO BREVE


Recordad que mañana viernes podéis seguir por Internet el recital Breve que te quiero breve: Pinchar aquí.


DETERMINACIÓN


Después de la intentona, el capitán me encargó de su custodia. Yo vigilaba sus ojos en la oscuridad, él me vigilaba a mí. Pasamos la noche hablando. Yo le conté las fatigas de mi trabajo; él de qué huía. A las cinco de la madrugada vi las hogueras en la costa, guiándolo para darle cobijo en casas de gente anónima. Ocultos por las últimas sombras, estarían los de la Guardia Civil. Le di la espalda y enseguida escuché el chapoteo en el agua.

22/2/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Tenía la lengua tan afilada que cada vez que la sacaba a trabajar cortaba de un tajo matrimonios y noviazgos.

21/2/11

ROSAS Y MARGARITAS


Mamá me llevaba a todas partes. Yo era una sombra amarrada a su tobillo, del que no podía soltarme, ni de día ni de noche. Ella se movía por las habitaciones del hotel con el aspirador, el cubo y la fregona, con un apéndice gritón. Nunca puso freno a mis voces, ni a los tirones que daba de su vestido. Tampoco se quejaba cuando le hacía un nudo en el delantal para llamar su atención. Lo importante era que no me alejara de ella. Yo la observaba todos los días frente al espejo de la habitación más grande del hotel, sacándose el guante de látex de su mano derecha, mientras tarareaba y movía las caderas y giraba, llevándome en volandas. Pero cuando el último recuerdo se borró de la memoria de la gran Rita, mamá se quedó en blanco y nunca más hubo representaciones frente al espejo.

Yo no discernía entre el tú y el yo. Para mí era nosotras. Y cuando vino la señora del Ayuntamiento y preguntó cómo me llamaba, contesté sin dudarlo: Rosa y Margarita. Al separarme de Rosa, no supe qué hacer ni a dónde ir. Porque era Rosa la que dirigía mis pasos. Así que me quedé varada en el cuarto al que me llevaron, sin mover los pies. Sólo las manos actuaban por su cuenta. Una goma elástica entre los dedos que trenzaba y destrenzaba sin descanso.

Después de un tiempo, me sacaron del cuarto, y me llevaron a un despacho frente a un señor que me hacía preguntas absurdas. Bajé los ojos y lo vi sobre la mesa, encuadrado con una señora a su derecha, y una niña y su réplica con una sonrisa rayada por un hierro, tapándoles medio cuerpo al señor y a la señora. La niña me fue dictando los síes y los noes y contesté al señor hasta que se debió de cansar y soltó aire y movió una mano hacia fuera para que me retirara.

De mamá no supe nada hasta el día en que me llevaron a verla. Me acerqué, y ni se movió de la silla. Miraba al infinito con una sonrisa boba. Estuve sentada frente a sus ojos que veían más allá de la pared, sin decir nada, hasta que la señorita que me acompañaba tiró de mí. Me llevé la sombra de mamá agarrada a mi tobillo. Era ligera y muy flexible. Si levantaba la pierna, ella se quedaba colgando como una mancha. Si giraba el pie, ella se desplazaba. Hasta que ganó confianza y comenzó a moverse por su cuenta. Al poco tiempo, me llevaron de nuevo al despacho del señor de las preguntas y éste me dijo que mamá ya no estaba entre nosotros, que ya no tenía mamá. No dije nada, pero mamá se retorció en el suelo de risa.

De aquellos años guardo el recuerdo de un espejo con tirabuzones de nata alrededor, donde me desdoblaba, como hacía mamá en la habitación grande. Unas veces era Rosa y otras Margarita. Unas veces reía y otras lloraba. Sobre la cama, girando la muñeca, mirando por la ventana, tumbada en el suelo, iban desdoblándose Rosas y Margaritas, como esos monigotes que se recortan de un papel doblado muchas veces y luego se estiran. Sólo que cada una de ellas era única aunque parecida. Se movían distinto, pensaban distinto, hablaban distinto.

Cuando llevaba varios años allí, llegó un señor que fumaba en pipa, seguido de un joven con una cámara. Pasó por el comedor a la hora del desayuno y paseó entre las mesas, con el joven detrás. Se detuvo a mi lado. Yo bebía mi leche y mojaba las galletas. De vez en cuando paraba y le ofrecía a una de las Rosas o de las Margaritas, y ellas decían sí o la rechazaban. El de la pipa anduvo toda la mañana pegado a mí, como si fuera mi otra sombra y el de la cámara como la sombra del señor de la pipa. No me molestaban. Ya estaba acostumbrada a que las demás chicas me siguieran y se rieran de mis conversaciones con mis Rosas y mis Margaritas. Así que continué hablando y moviéndome como si ellos no existieran.

Al día siguiente, volvieron a llevarme al señor de las preguntas y éste me dijo que si quería ser actriz. Yo no quería ser nada, pero me pareció que debía decir que sí porque hablaba de hoteles y dinero y joyas y pieles, y mi mamá siempre dijo que eso era lo mejor del mundo y que si yo no hubiera nacido, ella habría sido tan buena actriz como la gran Rita y habría vivido siempre en la suite de las estrellas, que era la que más le gustaba. Me llevé a las Rosas y Margaritas y ahora, todas las noches van al teatro y hablan y se mueven libremente en el escenario. Luego vienen los aplausos, los bombones y las flores y hay una gran fiesta en el camerino.

El señor que se ocupa de mis cosas dice que puedo tener una casa para mí sola, una gran casa con todo lo que yo quiera, pero yo lo que quiero es volver todas las noches al hotel de mi mamá, subir a la suite de las estrellas, desnudarme frente al espejo, y dejar que salgan todas las Rosas y Margaritas.

18/2/11

EL BRINDIS (Finalista del concurso de abogados -enero 2011)

Cada vez que papá ganaba un caso, lo celebrábamos con un brindis. Mis padres con champán, yo con gaseosa. Papá era muy bueno en su trabajo, demasiado bueno para no hacerle sombra a su jefe. Lo echó del bufete de abogados. Entre nosotros hubo un pacto de silencio. Nunca hablábamos de deudas, pero yo veía cómo se acumulaban los recibos en el mueble de la entrada. Seguimos brindando por éxitos fantasmas. Ellos con gaseosa, como yo, aunque lo llamaban cava. Debimos abandonar el piso para irnos a un hotel de mala muerte. Mamá se empleó en una empresa de limpieza y papá como conserje de un edificio. Con mucho esfuerzo, conseguí llegar a juez. El primero al que senté en el banquillo fue al antiguo jefe de papá, por malversación de fondos. Ese día, compré el mejor cava del mercado y brindé con mis padres en nuestra nueva casa.

16/2/11

GANADOR DE "CUENTA 140"


Todos los años por San Valentín encarga champán y caviar y la sienta a la mesa. Pasan una velada entrañable antes de devolverla al sótano.

10/2/11

SE BUSCA

¡Eran tantos! Derribaron muros y ampliaron la hacienda para acoger a padres, hijos, nietos, tíos, sobrinos, cuñados y primos. Un día Lara Seda decidió explorar el lado este de la casa. Encontró a Ray Capullo en un patio bajo una higuera y se lo llevó a vivir con ella. Desde entonces, no dejan de amarse en su cuarto del lado sur. Sara Beis ya lleva empapelado un tercio de la casa con la fotografía de su esposo. Nadie sabe de su paradero.

Estaré fuera unos días. Feliz finde y hasta la vuelta.

8/2/11

FINALISTA "CUENTA 140"



La aprendiza dijo que mi mujer le estaba haciendo la cera a un cliente. Aquellos gruñidos no parecían de dolor, pero había que hacer caja.

7/2/11

BREVE QUE TE QUIERO BREVE




Y Rosana me llamó un lunes y me dijo que ahí te quiero ver, y yo, claro, cómo iba a negarme.

6/2/11

LA RECOLECTORA DE LLUVIA



















Para mi cuña, querida. Espero que te guste una porción de lo que te gusta la lluvia.

Algunos coleccionan radios antiguas, otros contadores de la luz. Ella colecciona agua de lluvia. Desde el calabobos que escurre de una hoja de eucalipto, a la torrencial de una tormenta de verano cuando reposa en los charcos con olor a tierra removida y raíces de almendros. Se hizo construir un mueble de madera con celdillas donde las iba guardando en botellitas, con la puerta de cristal biselado para que el sol jugara a combinar los colores del arco iris con las diferentes aguas. Y cuando el calor se pone terco y no asoma ni una nube en el cielo y la tierra se abre en múltiples heridas, ella moja, cada noche, un dedo y deja la humedad detrás de las orejas y en el pulso de las muñecas y se duerme con una lluvia fina con olor a madreselva. Pasaba el tiempo recolectando y etiquetando, cuando una mañana, en plena faena, vio desde la terraza a un chico que corría huyendo de un aguacero. Y le sorprendió la idea de que sería bonito tener agua de lluvia de personas. Metió una botellita en el bolso, bajó a la calle y, con el dedo índice, recogió un reguerito que bajaba desde el pelo y corría por la cara pecosa de un niño. Le gustan mucho esas aguas. Espera impaciente a que llegue el otoño y la primavera para guardar unas gotas que tocaron la oreja de un anciano, el mestizaje de una mujer llorando, la cortina que escurre del sombrero de un cantante canalla. Todos colaboran cuando ella les pide permiso para acercar sus dedos, una cucharilla o un bastoncillo de algodón. Todos menos el adolescente. Con él aún no lo ha conseguido. Tiene azogue en el cuerpo, no deja que nadie se le acerque, no le gusta que lo toquen. Pero ella continúa, paciente, un día tras otro, estudiando sus costumbres, siguiendo sus pasos. Ha descubierto que cuando él escucha al petirrojo, se aquieta un momento y mira hacia la hierba con la boca muy abierta como si la vida se hallara a ras de suelo. Algún día coincidirán lluvia, petirrojo y adolescente y allí estará ella para pasar la cucharilla por el hueco de la mano y recoger el agua que escurre de la sudadera, con tanta delicadeza, que ni se enterará de lo que está pasando.

4/2/11

CULEBRONES


Mi mamá saca el pañuelo del bolsillo del delantal. “Pobrecita”, dice mirando a la señora de la televisión, que está muy guapa con su boca pintada, su collar y su vestido azul. A mi mamá se le suelta un rulo del pelo cuando se suena la nariz. Meto un dedo en el agujero de su jersey y ella se vuelve a mirarme. Tiene una mancha morada en el ojo que no le para de llorar. “Pobrecita”, digo cuando la abrazo. Yo también, llorando.

2/2/11

ARREPENTIMIENTO


El ahorcado cortó la cuerda en el último momento. La navaja cayó y las cachas quedaron atrapadas en el agujero del entarimado. Esperando su caída, la punta del acero.

1/2/11

FINALISTA DE "CUENTA 140"


Cada vez que metía la mano en la ranura del buzón de correos, sentía el calor que había dentro.