10/12/14

A LA HORA SEÑALADA


Imagen tomada de la red.



Hace rato que cantó el gallo y no consigo despertarme. Lo oigo subir por la calle. Cada vez más cerca, el cortejo fúnebre.

30/11/14

BORRADO

 
Copiada de la red.


Nunca supo en qué instante ocurría cada pérdida. Tampoco habría querido saberlo. El llanto con que entró en la vida. La primera risa. La voz infantil. El gesto de limpiarse un beso de la tía Maruja. El vozarrón de adolescente. La fiereza de la mirada cuando sorprendió a la madre revolviendo sus cosas en su habitación. La mano cerrada y el labio mordido, para controlar las lágrimas que se desbordaban, al romperse el brazo. El limbo en su expresión y la sonrisa boba cuando se enamoró de Laurita. Su andar elástico como si fuera a tomar impulso y saltar en cualquier momento. Todo se lo llevó el olvido. Y ahora sólo le queda un chaval, su chaval, como una estatua de cartón, dentro de una cartulina sepia.

23/11/14

GANADOR SEMANAL Y FINALISTA DE WONDERLAND



Podéis escuchar el relato a partir del minuto 33:47 clicando aquí.

OTRA OPORTUNIDAD




Ayer tarde se formó una tormenta de viento. Apareció de repente. Yo recogía la ropa del tendedero, sorbiendo lágrimas interiores y liberando sábanas de pinzas moradas. Caían éstas en un cestillo de mimbre, con chasquidos de huesecillos mondados. Justo cuando doblaba el pernil de un pantalón sobre el otro, hice ese movimiento con la mano como si limpiara un cristal o borrara lo escrito en una pizarra. Me agarré con fuerza, aun así, aquel huracán me llevó en sus tripas. Amanecí en otra cama, otra casa, otra vida. De momento voy a probar con esta familia. Tiempo tengo de regresar.




ROLES



No tenéis hijitos a quienes acunar contra vuestro pecho. Tampoco limpiáis  babitas con una servilleta. Ni dais biberones para ver sus cabecitas perladas de sudor mientras succionan leche. Ni que decir tiene que nunca ponéis pañales ni los retiráis cuando están sucios. No hay baños, ni aceite, ni colonia de bebés. Tampoco recibís un mordisco rabiosillo cuando echan los dientes. No me mires así. Yo soy la madre, ¿ves? Y este cabroncete que acaba de echarme el puré como un surtidor a la cara es mi niño. Y tú, Indalecio, que te las das de padre, eres sólo un donante.


10/11/14

EN LA REVISTA IRREDUCTIBLES.NET

Mil gracias a Conejilopa Smith por la excelente entrada que le ha hecho a Partículas en suspensión. Aquí podéis entrar y comprobarlo. Os dejo el microrrelato seleccionado del libro, pero hay más, muuuucho más en la revista.

HERMANO 
De repente entró la noche con un reguero de pólvora detrás de las cortinas. Un ruido de golpes firmes y apagados de toallas se coló por los encajes. Soportar el miedo separado por un tejido de hilos de araña. No salir, dejar que pase el frío y el calor que se alterna sofocando las orejas, helando las manos. Inmóviles los pies, el pulso saliendo en bocanadas de espanto. Un  nuevo golpe y la nada. Dos seguidos y el silencio. Desde su cobardía pide escuchar una voz de dolor o de furia, cualquier cosa que le llegue humana. Pero pide al aire, a la nada y nada le llega que no sean esos latigazos de felpa. Y cuando todo cesa, deja su escondite chapoteando en el charco que tiene a sus pies y antes de ir a secar sus ropas, se queda mirando un momento el bulto ovillado en el suelo y comprueba que se mueve a ritmo de respiración y de llanto contenido. Entonces le pasa la mano por el pelo y después huye hacia el cuarto de baño procurando esquivar la sombra del padre.

Y aquí el enlace a un microrrelato inédito de mi autoría que os dejo más abajo.

Ilustración tomada de la revista irreductibles.net






 PARADOJA

Tiene fijación con los juegos infantiles, pero nos deja escoger. Asistí como observador al de la Oca: una agonía más larga con diferentes métodos pero final cierto. Elegí el de piedra, papel o tijera porque se resuelve rápido. Él me mostró una sonrisa fea. Después de un par de rondas en las que mis tijeras cortaron su papel y mi piedra rompió su tijera, su papel envolvió mi piedra.  Salimos del calabozo y de camino al patio, me preguntaba cómo lo haría. Hasta que he visto las enormes bolas hechas con periódicos prensados y cinta adhesiva. Alguna, aún se mueve.

2/11/14

TRES FINALISTAS DE WONDERLAND









OTRO


Oculto la mano dentro del bolsillo del delantal. Vuelve mamá. “Bonito, ¿eh?. Para que le cocines a tu marido”. Lo desato y cubro las iniciales con que él hirió la mesa de la cocina. “Cuarenta años con tu madre, y ni una sola vez”. Papá levanta la cabeza mientras arma la cuna. Cierro la puerta de esa habitación infantil. Respiro hondo. Observo el aro en mi anular. Ya sin brillo. Y con el crujido de la gravilla a la entrada de mi casa, desaparecen la culpa y la vergüenza. Retiro la colcha y dejo el paso franco a la pasión.

CEGUERA
 
De vez en cuando las tardes se desploman sobre el jardín. Luego bailotean en el aire las transparencias irisadas hasta posarse en los macizos de flores.
     La niña debe tener cuidado para no pisarlos. Si esto ocurre, si escucha el crujido bajo sus mocasines, llora desconsolada.
- Son sólo hormigas- dice la madre.
- ¿Y esas alas?- señala la niña.
- Hormigas de alas, que las perdieron  al estrellarse.
     La hija calla. Sabe que son ángeles caídos, pero la madre no desea verlos. Del mismo modo que no quiere ver la gran bota sobre sus cabezas que amenaza con aplastarlas.



LA ESPERA

Contempló el sol de frente. Lo vio hundirse en la franja azul, como una enorme custodia. Pasaron las horas y el mar se hizo calmo y sus aguas oscuras. Se tumbó en la arena y miró al cielo donde una falsa estrella, piloto de avión, le guiñaba un ojo y luego desaparecía dejándola sola en la inmensidad de la noche. “No estará, lo sabes”,  le dijo su madre con un temblor de llanto en la voz. Pero ella estaba segura de que uno de aquellos atardeceres, el viento que lo empujó desde el acantilado, arrastrándolo mar adentro, se lo devolvería.



28/10/14

SUTILEZAS

Tomada de la red.


Llevamos muchos años juntos y siempre encuentras el regalo ideal para mi cumpleaños. No olvidas la fecha de nuestro aniversario, ni el ramo de flores con la tarjetita cuajada de bellas palabras. Tampoco dejas para el último día la reserva de nuestra mesa en nuestro restaurante si queremos celebrar algo. Cada mañana te despides con un beso cuando vas a trabajar.  Si regresas tarde y yo estoy acostada, me arropas y susurras algo tierno a mi oído. Pero ayer, mientras me abrazabas fuerte, los dos desnudos en nuestra cama, cuando te miré a los ojos, no me veías a mí.

21/10/14

EN LA LIBÉLULA

 La libélula


En el programa La LiBélula, de radio 3 de rtve, mi microrrelato Ensayos. Si queréis escucharlo clicar aquí.
Un placer compartir espacio con Rosa Martínez y Milan Kundera.

17/10/14

APRENDIZAJE

Fotografía tomada de la red.



Anotamos cada movimiento. A qué hora se levantaba. Cuándo iba al trabajo. Dónde comía. Qué tiendas frecuentaba. Las citas en la peluquería. Las de los masajes. No le gustaba conducir. El Jaguar se empolvaba en el garaje. Utilizaba siempre el coche oficial. Decidimos que el mejor momento era al volver a casa. Justo cuando metía la llave en la cerradura. La detuvimos. La llevamos al hospital. Le pusimos el traje. La metimos en la habitación y la dejamos con la contagiada para que la cuidara aquella noche, y supiera de primera mano, a qué clase de peligro nos estábamos enfrentando.

13/10/14

EQUIDAD

Tomada de la red.


Decían que Rosa era bruja. Al poco de llegar al pueblo, los granos de las espigas de Santi engordaron hasta reventar las vainas. Se acabó el hambre de la familia. El pequeño Tomás se precipitó desde la torre de la iglesia y aterrizó como una pluma sobre la acera. Que un meteorito cayera en la plaza aplastando al maltratador marido de Rosa, pudo ser casualidad, pero que lo rematara una lluvia de calabazas, eso era otro cantar. Todos la defendieron cuando la Guardia Civil quiso apresarla. Aquello, dijeron mirando al cielo, no era cosa de brujería, aquello era justicia divina.

3/10/14

ENGATILLAMIENTO

Imagen tomada de la red.


Todos los días, a la misma hora, en el mismo vagón. Sentada, con un mechón de pelo color trigo quebrando el trazo delicado de su cara. Fija la mirada, los pulgares disparando como gatillos sobre el teclado. Y aunque lo intento, siempre de pie, desde mi agotamiento crónico, no puedo dejar de mirarla. Guapa, con una juventud insultante y ya cansada. Me dan ganas de actuar. Me dan ganas de arrebatarle el móvil y lanzarlo a la vía. Porque debería estar cambiando el mundo y no matando bichos o lo que coño haga todo el puto viaje en esa pantalla.


17/9/14

AGOTAMIENTO

Fotografía tomada de la red.


Salgo de la boca del metro. Miro el reloj. Camino hacia el trabajo. Escucho el sonido acolchado de mis pisadas en la acera. Una masa compacta imantada a la Tierra. Con un pie en alto, a punto de caer en la raya blanca del paso de cebra, se desprende y eleva un ectoplasma de mi cuerpo como muda de serpiente. Y conforme sube, observa cómo ese otro de carne y hueso, primero es una pigmeo y después una hormiga a punto de caer bajo las ruedas de un coche. Cuando llega a la estratosfera, de mi vida no queda nada.

31/8/14

ON THE ROAD

Fotografía tomada de la red.


Hace mucho calor. Monotonía de ruedas sobre el asfalto. De vez en cuando, un cambio. El coche culebrea, seguro que esquiva un bache, y mi cabeza se desplaza hacia la chapa.
Hemos recorrido dos pueblos y un almuerzo. Seguro que ya pasó la hora del concierto. En el aparcamiento, alguna conversación sofocada, un portazo que otro y el silencio. Después el vehículo volvió a ponerse en marcha. A ella le gusta el rock and roll, tiene la música muy alta y sigue la letra a trompicones, con algún estallido de chicle de por medio. Él habla poco. Dame esto, baja eso. Me corre el sudor por la frente, cae en mis ojos, me llega a la boca. Tengo sed. Me rugen las tripas. De repente mi voz se apaga. Él atiende una llamada. No van a pagar, dice. Los muy cabrones prefieren que acabemos con él y quedarse con la pasta. ¿Y ahora qué?, pregunta ella. Nos lo quedamos, contesta el hombre. Actuará para nosotros hasta que pague su propio rescate.
     Espero que, al menos, estos dos sean agradables. Tal y como está el mercado con la crisis, vamos a pasar mucho tiempo juntos.

22/8/14

LOS POSOS DE LAS CIVILIZACIONES VIAJA EN LA NAVE DE LOS LOCOS



Tomada de la bitácora La nave de los locos.


Una vez más mi agradecimiento a Fernando Valls, por darme espacio en su bitácora. Si queréis leer el relato pinchad aquí.

POR EL CAMINO- Para Manu Espada porque sí




 

El tiempo, amontonado y herrumbroso.
El hielo se resquebraja bajo su peso.
Y si eso ocurre,
se hundirá en las aguas blancas,
y ya no podrá abrazarlo ni escuchar su voz
cuando él quiera.
Sin manos grandes que se sacien con las caricias.
Un paso, dos, lo que pueda,
hacia la determinación y la lucha.
Y ese tiempo se esponjará y será nubes,
negros hilachos que se estiran
hasta ser sólo fracturas de vida,
cuanto más lejos, más pequeñas.

20/8/14

LOQUEANDO EN LA NAVE


 
Tomada de la bitácora La nave de los locos.



Hoy, en La nave de los locos, un amable encuentro con la Autoridad. Si queréis leerlo pinchad aquí 

Gracias, Fernando..

3/8/14

DIECISÉIS TONELADAS

Fotografía tomada de la red.


Dieciséis toneladas de felicidad para María.



Rayaba el amanecer en una línea sucia de cielo gris en el cristal de la ventana. Sacó un brazo del calor del edredón. Febrero se había metido en el hueso de la cadera como hielo picado. Sábado, podía quedarse un ratito más en la cama. Sábado y su cumpleaños. Se levantaría cuando le diera la gana. Las amigas le habían preparado una fiesta nocturna para celebrar sus sesenta años. “Habrá tarta y regalo sorpresa”, le dijo por teléfono Calixta, con esa risa de coneja que arrastraba desde la niñez. Luego colgó como si temiera no poder morderse la lengua. Y razón tenía, porque Calixta no conseguía guardar un secreto. Pero a ella, Rosi de la Palma Dulce, no le hacía falta que se fuera de la lengua. Paloma Blanca había dicho que lo mejor que podía hacer una señora a cierta edad era pasar unos días en un balneario. “Vuelves a casa como nueva, sin reuma y ligera como una pluma”.
     Rosi se imaginaba dentro de una piscina de fango. Y ya puesta a imaginar, le llegaban las imágenes de una salida grandiosa, una ducha que desleía el marrón pastoso y sacaba todo el esplendor de su cuerpo de marfil. Y ni rastro del runrún cansino de dolor que le agarraba como una tenaza cualquier hueso que eligiera el reuma. ¿Y los masajes? Porque esa era otra maravilla, según Paloma, de los balnearios. “Chica, qué manos los de Jimena de “El descanso total”, te deja relajadita y dispuesta a dormir tooooda la noche como un bebé”, dijo con los ojos entrecerrados, en ese éxtasis místico al que era tan aficionada.
    Comida sana. Verduras a todas horas. Zumos en el desayuno y la merienda.  Tisanas. Fruta. Volvería sin el flotador que se había afincado en su cintura y que no había forma humana de desalojarlo. En fin, que le vendrían muy bien unos días en un balneario, se dijo antes de destaparse de golpe y echar pie en baldosa buscando las zapatillas.

     Mónica la Moderna llegó puntual a buscarla. Rosi percibió, en cómo torcía el gesto, que no aprobaba su vestido de lana verde botella, ni sus zapatos de tacón grueso.
- Hija, pareces una vieja- dijo, sin cortarse, como era habitual en ella.
- Tengo mis años- contestó, algo irritada, Rosi.
- Pero no hace falta que te pongas la mortaja- insistió la Moderna.
- Tengamos la fiesta en paz- pidió Rosi.
- Tengamos la fiesta- concedió Mónica.

     El local le pareció a la homenajeada un tanto estrafalario, sus amigas bastante raras, con los ojos brillantes de excitación, con la excepción de Paloma que tenía cara de haberse tragado un palo.
     Sentaron a Rosi en primera fila y se apagó la luz. En una puerta lateral del escenario apareció un círculo de luces que se movió hasta detenerse en el centro, levantarse en la oscuridad y caer sobre las tablas con un ruido de bombillas rotas. Entonces se escuchó aquella vieja canción: “Dieciséis toneladas”, y volvió la luz. A Rosi se le quedó la media sonrisa congelada, los ojos abiertos como canicas y los dedos de ambas manos engarfiados sobre las muñecas de la Moderna y de Calixta.
    Un Adonis. Un hombre-hombre. Un David bailonguero, con camisa, pantalón, botas y casco de minero, emergía cual Neptuno en seco de las profundidades de una inmensa tarta.
- ¡Ay, suelta, que me clavas las uñas!- se quejó Mónica mientras se zafaba de la garra que había comenzado a arrancar la piel mejor cuidada en el salón de belleza “El arte de rejuvenecer en diez días”.
- ¡Jesús, Dios mío! ¡Jesús, Dios mío!- no dejaba de exclamar Rosi, con un punto brillante de lágrima de tanto fijarse en el cuerpazo que se contoneaba ante ella mientras iba despojándose de la camisa a golpe de currante del carbón.
- ¡No mires!- chilló, roja como un tomate maduro, Paloma- Y vámonos de aquí ahora mismo. ¡Qué vergüenza!
- Vete tú yendo que ya te sigo- dijo sin prestarle atención, Rosi de la Palma Dulce a un punto del babeo.
- ¡Ahora!- chilló descompuesta- Paloma.
     El guaperas mostraba unos pectorales donde debía de ser un sueño descansar la cabeza, pensó la cumpleañera.
- Maravilloso, maravilloso- musitó Rosi recorriendo con la mirada unos brazos hechos para abrazar.
- ¡Me voy!- chilló histérica, perdidos los papeles, Paloma Blanca.
     Nadie se enteró de cuándo salió hecha una furia por la puerta, atentas como estaban al bellezón que, paso a paso, fue mostrando sus encantos con una bajada espectacular de pantalones mientras seguía moviéndose como la mismísima serpiente que pervirtió a Eva y Adán.
- La madre que...- inició Calixta.
- ...lo parió- terminó Mónica.
- ¡Menudo quesito!- se animó Lola la del Botijillo, soltando una carcajada un punto ordinaria, impropia en una mujer de maneras y risas suaves como terciopelo.
- ¡Que me lo envuelvan, que me lo llevo ahora mismo- gritó Marifé dando palmas.
- Maravilloso, maravilloso- repetía Rosi como en una nube de algodón rosa.
     El falso minero, en tanga, botas y casco, se acercó a Rosi sin dejar de contonearse, le cogió la mano agarrotada por la emoción, se la abrió y dejó en la palma dos billetes de avión a París, oh, la lá, y una reserva en un hotel para un fin de semana para dos.
- ¿Y con quién voy a ir yo a Paris?- preguntó Rosi con el vello erizado aún por el roce de piel de aquel Apolo hecho carne.
- ¡Con él!- gritaron todas.
- ¡Qué disparate!- se escandalizó Rosi mientras se comía con los ojos al morenazo que se retiraba hacia la puerta del escenario con los últimos acordes de la canción.
- Será tu acompañante, tonta- la tranquilizó o desilusionó, vete tú a saber, la Moderna.- Una cena romántica.... Un baile... Un paseo por los Campos Elíseos... Otro por la orilla del Sena... Nada, nada, relájate mujer...
Mucho mejor que un balneario, pensó Rosi, ¡a dónde va a parar! Se compraría un bañador nuevo, o tal vez un bikini, por si había spa o piscina climatizada. Mañana mismo se pasaba por “El Cortijo del Inglés” y renovaba todo su vestuario.
- ¡Carpe diem!- se escuchó gritar como en un sueño.
- ¡Carpe diem!- corearon las demás.
    Levantaron sus copas y brindaron con champán. Después Mónica la Moderna propuso que tomaran la última copa en un local de moda. Ninguna se negó.

21/7/14

CARTELES - SEGUNDO PREMIO DEL I CONCURSO DE RELATO CORTO “SIERRA DEL POZO”

Mi agradecimiento al jurado de Pozo Alcón y especialmente a Francisco José Rodríguez Torrecillas, concejal de cultura que, con su buen hacer, consiguió que fuera una visita inolvidable.

Tomado de la red.





Ayer retiraron el cartel. Una reliquia, dijo el dueño de la sala. Hay que renovarse, siguió él justificando el destrozo. Ni tiempo me dio a pedir que me lo dieran. El joven tiró de una esquina y separó a James Estewart de Kim Novak con una línea quebrada y blanca. Quedó el hermoso rostro de ella colgando como un despojo antes de que la mano del chico del mono azul acabara de rematar la faena arrancando el trozo más grande y James arrastrara a Kim en su caída. Luego rascó y rascó hasta hacer desaparecer cualquier rastro de aquel Vértigo que tanto me emocionó. En el suelo quedaron amontonados los restos, como testigos mudos de tantos pases como vi con la cabeza asomada, oculta detrás de los pesados cortinajes de la entrada. ¡Anda, entra!, me decía Antonio, el portero, cuando ya las luces interiores se habían apagado, porque no tenía dinero para ver todo el cine que yo quería. Entonces daban grandes películas, sin tantos artificios como ahora, historias que llegaban muy adentro. Y la sala se llenaba. A mí no me importaba quedarme de pie todo el rato, casi ni me daba cuenta de cuánto me dolían los pies de estar todo el día trajinando. Vivía. Era un sitio acogedor y seguro. Aunque echaran una película del oeste, con muchos tiros y serpientes de cascabel, a mí no me daba miedo. Me asustaba lo que había fuera: niños que alimentar, facturas por pagar, y él. Mi Ricardo. Lo quería mucho, pero daba tanta pena que envolvía la alegría en una suerte de sudario. Así que mi vida era el cine. Un mercado donde coger las mejores frutas, las más sabrosas, las más refrescantes y dulces.
      Por las mañanas era diferente. Todos aquellos carteles, encerrando tantas historias, mudos, planos, algunos descoloridos, otros brillantes, estaban ahí sólo para mí. Yo deslizaba mi mano por la cara de Gary Cooper, los colmillos de King Kong, la boquilla de Audrey Hepburn, el vuelo de la falda de Marilyn Monroe, la sonrisa de Glenn Ford, el pelo de Rita Hayworth... Cuidaba de ellos. Pasaba suave el trapo del polvo para no dañarlos. Y luego, cuando decidían cambiarlos, siempre estaba yo para recogerlos y llevármelos a casa. ¿Lo quiere, Felisa?, Marcos nunca se olvidaba de preguntarme. Este era el último cartel de los de antes. Me habría gustado tanto quedármelo. Las paredes de mi casa están llenas de ellos, pero le habría buscado un huequecito. Tal vez en la habitación de Marina. Ya no volverá a casa. Habrá hecho su vida por esos mundos de Dios. Uno a uno, todos se han ido. También mi Ricardo, después de penar lo suyo, el pobre. Estoy sola. Hace tiempo que lo estoy. Pero fue ayer cuando me di cuenta. De eso y de lo poquito que me queda de estar aquí. Mañanas enteras pasando el aspirador por las butacas, barriendo palomitas y recogiendo vasos de papel. Y luego la fregona. Un brillo sacado a fuerza de agua que dejaba los pasillos, las escaleras, todo, como un espejo. Mi reino. Y entre tanto chapoteo de agua y restregón, reverberaban las despedidas y los encuentros, los llantos y las alegrías, los nacimientos y las muertes. Aprendí de memoria más de un diálogo que el tiempo ha ido borrando de mi cabeza.
     Ahora soy yo la que se va. Jubilación lo llaman. Un merecido descanso, dicen. Pero ¿qué voy a hacer yo todo el día, mano sobre mano, si los recuerdos se me están yendo? A veces me asusta quedarme frente a un cartel donde una mujer y un hombre se despiden, con un avión al fondo, y no saber de qué película se trata, ni cómo se llamaban los actores, ni qué historia vivieron. Me está desapareciendo mi vida, como tragada por un desagüe. ¿Y qué me quedará entonces? La nada. Así que lo tengo decidido. Yo de esta sala no me muevo. Me quedaré aquí, día y noche, alimentándome de chocolatinas y palomitas, hasta que mi cuerpo lo absorba la tapicería de una butaca. Veré todas las películas que quieran pasar. Las antiguas, mis favoritas, no creo que vuelvan, me tendré que conformar con las nuevas, esas que no me gustan mucho, pero distraen. Formaré parte de este cine hasta que lo derriben para hacer un centro comercial, o lo dividan en multisalas, cualquier cosa. Entonces desapareceré con él para siempre.

15/7/14

LA MORDIDA DEL LOBO

Ilustración tomada de la red.


Arropada bajo las faldas de su madre, los oía a menudo merodear fuera de la casa. Pero aquella vez sintió el ahogo del paraguas de lana y brocado sobre su cabeza y abandonó la protección familiar para huir con el vendedor ambulante de platería.
     Lo siguió de un lado a otro, entre arrumacos y desaires, hasta recalar en aquel pueblo blanco hostigado por turistas.
     Estaba la luna redonda y sombreada cuando él no regresó de su galanteo a inglesas y alemanas. Ella volvió al redil maternal dañada y con la cabeza gacha.
     De día, para no escuchar la llamada, ni las patas golpeando, nunca se acerca a la ventana de la calle. Teje bufandas y jerséis en el patio de atrás y cuando los termina, los deshace y vuelve a comenzar.
     De noche, no puede conciliar el sueño. Se levanta de la cama cuando dan las doce, va descalza hasta el zaguán y mira a través de una hendidura en la madera. Los ve acechando, a la espera. Y a ella cada vez le cuesta más frenar el impulso de abrir la puerta de par en par y dejarlos entrar.