EL CEPO
Se sienta en el balancín del porche y escucha, en un silencio de bisagras oxidadas, los golpes y los gritos que reverberan en su cabeza. Cuando la tarde agoniza, enciende el farolillo y observa cómo la luz atrae a las polillas. Caen dentro de la urna mortuoria, con las alas quemadas, apiladas unas sobre otras. A medianoche, se levanta, recorre el sendero de grava, empuja la cancela y sale al camino que lleva al puerto. En las tabernas se encuentran los mejores especímenes. Hombres siempre dispuestos a dar un puñetazo, a romper algún diente. Hombres, muy hombres. Como su padre.
Se sienta en el balancín del porche y escucha, en un silencio de bisagras oxidadas, los golpes y los gritos que reverberan en su cabeza. Cuando la tarde agoniza, enciende el farolillo y observa cómo la luz atrae a las polillas. Caen dentro de la urna mortuoria, con las alas quemadas, apiladas unas sobre otras. A medianoche, se levanta, recorre el sendero de grava, empuja la cancela y sale al camino que lleva al puerto. En las tabernas se encuentran los mejores especímenes. Hombres siempre dispuestos a dar un puñetazo, a romper algún diente. Hombres, muy hombres. Como su padre.
Os copio la traducción del traductor oficial del programa. Gracias, mil, Agustín.
La clave del microrrelato es que utiliza técnicas propias de la poesía, recreando imágenes líricas muy potentes que juegan al equívoco, al despiste. El título es muy amplio, significativo y simbólico. Es un texto de atmósfera, la autora recrea con precisión y certeza una fotografía triste, dura, oscura. La historia se mueve en círculos, sugiere pero no dice, hasta que llega al final contundente, sin ningún tipo de concesión y fisura. La aparición del padre al final - una figura que hasta entonces no había aparecido en la narración - obliga al lector a volver al inicio y realizar una segunda lectura donde se aprecian con más claridad los detalles ínfimos que componen el texto, como si de un puzzle se tratase.
La clave del microrrelato es que utiliza técnicas propias de la poesía, recreando imágenes líricas muy potentes que juegan al equívoco, al despiste. El título es muy amplio, significativo y simbólico. Es un texto de atmósfera, la autora recrea con precisión y certeza una fotografía triste, dura, oscura. La historia se mueve en círculos, sugiere pero no dice, hasta que llega al final contundente, sin ningún tipo de concesión y fisura. La aparición del padre al final - una figura que hasta entonces no había aparecido en la narración - obliga al lector a volver al inicio y realizar una segunda lectura donde se aprecian con más claridad los detalles ínfimos que componen el texto, como si de un puzzle se tratase.
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