
Imagen cogida de la red
Hace años, cuando intenté llevar a un Consejo Escolar las quejas de unos padres sobre un profesor de instituto que trataba a los alumnos de niños de teta y tontos, el director no me dejó hablar aduciendo que no se podía hacer y nombró no sé qué Ley. Cuando terminó el Consejo, lo alcancé en el pasillo y le pedí que me dijera dónde estaba publicada esa Ley. Me llevó a su despacho, me leyó un párrafo sobre competencias de los C.E y me despidió con ¡un caramelo!
En la siguiente asamblea convocada por la Asociación de Padres, expuse lo que había ocurrido. Los padres me dieron su apoyo para llevar, como su representante, en los siguientes consejos escolares, aquellas quejas que plantearan. Así lo hice, pero con respeto, no como algunos profesores que no dudaban en poner a caldo a los padres y, reír, acompañados (esto es lo triste) de ciertos padres y alumnos, las ocurrencias de unos y otros cuando se estaba tratando de algo tan serio como era la expulsión de un chico (carne de cañón) del instituto para siempre, o sea a la p. calle donde todos le pronosticaban un futuro más que negro. No negaré que mi defensa, una y otra vez, de que en la educación estaban implicados alumnos, padres y profesores, me dio más de un quebradero de cabeza. Pero no me arrepiento.
En el ámbito de la Literatura, existen autores que no se implican socialmente con sus escritos, sin embargo ocurre que no dejan pasar en su vida malos tratos, ni vejaciones, ni insultos, ni mordazas de ningún tipo. ¡Chapeau por ellos! Luego están los que escriben textos denuncia y son consecuentes con lo que predican plantándoles cara a quienes abusan, de una u otra forma, de los demás. ¡Olé sus ovariocojones! Pero ¡ay!, también nos encontramos con quienes hacen literatura social, pero aceptan ese caramelito.
¡Cuidado, queridos blogueros!, si perdemos la dignidad, el compromiso; si no levantamos la barbilla, si nos dejamos sobornar por cantos de sirena, decidme ¿qué nos queda?