
Gracias al aviso de Rosana supe que era finalista. Si no, ni me habría enterado. Me ha costado encontrar el acta, pero aquí está el enlace, que he rescatado de otra página (pinchando el título)
Me presenté a este concurso el mismo día en que finalizaba el plazo, ya caída la tarde, con un relato que tenía por ahí guardado. Ruego, pues, que no seáis muy duros ya que no lo refiné mucho.
DIAGNÓSTICO
Desde que la ciencia habló por boca del médico y puso fecha de caducidad a su vida, el abuelo veía pasar su entierro todas las tardes, sentado en el umbral de su casa. Unas veces desfilaba el féretro de caoba, con cuatro asas doradas en los laterales, los hijos cargando la caja sobre sus hombros, la cabeza gacha y los ojos enrojecidos de llanto seco. Atrás, ellas, enlutadas de arriba abajo, con el moquero amasando la humedad con la doblez de sus dedos. Delante, don Anselmo, con Manolín de monaguillo, guiando el cortejo hasta la iglesia. Otras, pasaba el ataúd de pino llevado por los jornaleros. Su familia detrás, con cara de pena sí, pero sin soltar una lágrima y entonces se sentía solo en la estrechura de las cuatro tablas. Se fue haciendo muy sensible y cualquier pequeño detalle que él creyera de falta de amor, le parecía una prueba de que su paso por la vida había sido un camino estéril.
- Elisa, hija, ¿tú me quieres?- preguntaba a la menor de sus hijas. Y ella respondía que sí con un tono de cansancio que a él no le pasaba desapercibido.
A los hijos los mandaba llamar todos los días para dejar arreglados sus asuntos. Eso decía. Pero todo estaba bien atado y sólo causaba cierto hastío sus continuas demandas de cariño, aunque todos tenían mucha paciencia. Sin embargo, los días avanzaban y cada uno de ellos era un soplo que se le iba por la boca, así que su angustia creció.
Una de aquellas tardes, se llevó a su nieto Miguel hasta la puerta, lo sentó a su lado, y le dijo, mientras un abrazo le cortaba la respiración:
- Mira bien, Miguelito, que va a pasar el entierro de tu abuelo.
Y le fue describiendo una escena terrorífica donde el muerto estaba tieso dentro de una caja de la peor calidad porque su familia no se había querido gastar más en su entierro, con la mandíbula cerrada bajo el nudo de un pañuelo, y dos algodones tapándole los orificios de la nariz. Entonces el niño se puso a llorar a gritos y vino la madre a sacarlo del abrazo bestial. Las cosas comenzaron a torcerse en la familia y cada vez que el abuelo pedía atención todos estaban ocupados, y cuando le preguntaba a Miguelito si lo quería acompañar al campo a por nueces, subido en la burra Clementina, él lo miraba espantado y echaba a correr.
La última tarde no vio pasar su entierro.