3/6/11

LOS BLOGUEROS MICRORRELATISTAS EN LA RADIO

fotografía cogida de la red
Como ya os anuncié en respuesta a un comentario, el domingo día 5 de junio a las 20h podréis escuchar la entrevista a un bibliotecario de Sol y la lectura de algunos de nuestros microrrelatos en Radio Círculo (100.4 FM Madrid)y también en www.circulobellasartes.com/Radio Círculo en directo

Y en este programa de radio Ágora Sol, hacia la hora y cuarto, Nieves lee también varios microrrelatos. Escuchadlo. A mí me ha encantado.
http://www.archive.org/details/agorasol.2011-06-02_lapersiana


Por otro lado, os informo de que podéis dejar vuestras críticas y comentarios de Literatura en el blog de El Planeta de los libros.

http://elplanetadeloslibros.wordpress.com/

31/5/11

LA TORMENTA EN UN VASO


Estoy contenta. Muy contenta. Porque he ganado el concurso, sí. Pero también porque está Manu Espada como finalista, a quien conozco desde hace tiempo y he visto crecer como escritor. Y porque el jurado es de lujo.

AVENTURERO
Superó la tormenta, el ataque del barco pirata y la cuarentena. Cuando estaba a punto de atracar en el puerto, su madre lo llamó para la cena.

29/5/11

NUEVA PROPUESTA

fotografía cogida de la red


En un comentario en Facebook de "El Planeta de los libros" sobre el aluvión de libros en la biblioteca de los acampados en Sol, informé de que habíamos llevado microrrelatos. Hoy encuentro este comentario: "Si fuera posible que nos los enviarais también al programa... :-)". Los tengo todos en una carpeta. ¿Los envío? Contestadme, blogueromicrorrelatistas.

P.D.Para quien no lo sepa, "El Planeta de los libros" es un programa de Radio Círculo conducido por la periodista Nieves Martín.


27/5/11

MISIÓN CUMPLIDA

ENTREGA DE RELATOS Y PASEO POR EL CAMPAMENTO.
Queridos blogueros, esta tarde, mi compañero y yo hemos hecho la entrega de nuestros escritos en la biblioteca de la acampada de Sol.
La chica que los ha recibido nos ha dicho que están pensando en hacer un festival con lectura de textos y que, si prospera, se pondría en contacto a través de cualquiera de los blogs cuya dirección iba incluida con cada microrrelato, así que si os escribe a alguno, comunicadlo al resto.

Besos como lluvia de pétalos de rosas para todos.



Entrega de los relatos en la biblioteca.

















¡BASTA!

Tomado de la red

Esta es mi contribución para llevar a los acampados. No seáis demasiado duros que yo también he tenido poco tiempo.

Aquellos seres minúsculos vivían bien en su poblado. El día era trabajo. El día era diversión. El día era un sinfín de posibilidades que les alegraban la vida. Y entonces, caído del cielo, llegó él. Un bebé llorón e insaciable. Sensibles y acostumbrados a dar porque el otro lo necesita, los habitantes decidieron que debían criarlo. Comenzaron a trabajar más, a vivir menos, a agotarse en un continuo ir y venir para alimentar a aquel ser extraño que no paraba de crecer y crecer hasta tocar el cielo de donde había venido. Acabó con la comida almacenada. Y tanta comida le dio una sed sin límites que dejó seco el cauce del río, como una herida abierta al sol. No llovía. No había cosechas. Los seres minúsculos agotaron toda su buena fe cuando el enorme crío les pidió que fueran a otros poblados y los saquearan para él.
Primero fue el más decidido. Escaló por su pierna y se tumbó en su enorme tripa. Uno tras otro, lo siguieron hasta la cima donde almacenaba todo lo que se había quedado el gran glotón. Y fueron montaña. Y presionaron su barriga. Y de la boca del gigante brotó como un surtidor toda el agua que necesitaban para que el río volviera a ser río. El ser extraño lloró, suplicó, amenazó, pero nadie le hizo caso. “Si quieres comer, trabaja”, le decían cuando pedía dos docenas de bollos. “Si quieres beber, cava pozos”, le conminaban cada vez que exigía agua. Pero él no estaba dispuesto a mover un dedo, así que fue encogiendo más y más hasta acabar en un pequeño ser arrugado y gritón al que nadie hacía caso.
Una mañana desapareció. Nadie lo echó en falta.

25/5/11

PROPUESTA


Se me ha ocurrido que podríamos hacer microrrelatos relacionados con el Movimiento 15-M., que recojan de alguna manera el espíritu de rebeldía que lo alimenta. Sería la aportación de los blogueros relatistas.
Mi propuesta es colgar cada uno en su blog su microrrelato firmado con su nombre real o el que utilice en el blog y dejar el link aquí para que pueda imprimirlo. Me comprometo a llevarlos a la Plataforma de Sol el viernes. Así que tendríamos que poner las neuronas a funcionar ya y colgarlo no más tarde de mañana a última hora de la noche.
Si estáis de acuerdo contestad con un sí, aquí mismo.

22/5/11

EL ENCUENTRO



Nada más cruzar la puerta, lo noté cerca. Miré a mi alrededor pero todos tenían la sonrisa pintada y las orejas puestas en lo que decía el microrrelatista del momento. Apagué el móvil y se oyó. Nadie pareció darse cuenta de ese detalle. Me concentré en las lecturas que iban cayendo como uvas vendimiadas, o sea como un vino de reserva. Y entonces volvió a atacarme, muy cerca del oído derecho, como si se riera de algo. Levanté la mano y me di un tortazo que, claro, dado el estado de ensimismamiento del personal reunido, ni cuenta se dio nadie. Me tragué una lagrimilla tonta que quería desbordarse por el lagrimal. Después lo noté arriba, entre los pelos, como escarbando el muy cabrito. Hice como si me rascara la cabeza y cesó el cosquilleo impertinente. Me centré en el espectáculo. Micros y más micros con diferentes texturas, colores y sabores. Entonces se puso a jugar con el vello de mi antebrazo. ¿Qué voy a hacer contigo, maldito?, le dije en un susurro masticado. Y entonces escuché mi nombre y supe que mi hora había llegado. Leí y le dejé hacer, que ya estaba harta de esquivar lo inevitable. ¡Sáciate!, le lancé, despectiva. Y ya lo creo que se sació. Me dejó el brazo a caldo. Leí y me quedé en otro sitio para tener una panorámica de todos los microrrelatistas y, sobre todo, de él que zumbaba a su libre albedrío sin que nadie, tan embobados estaban, tan embobados estabais, se diera cuenta. Se puso morado y ni un quítate de aquí, bicho. Lo vi salir surcando el aire con el abdomen hinchado. ¡A ver si revientas en pleno vuelo!, le espeté con el pensamiento más criminal que nunca tuve. Pero, a pesar de la carga, siguió su camino y desapareció de mi vista.
Cuando acabó la lectura y nos fuimos de cañas, pude comprobar las marcas que había dejado en manos, narices, brazos y piernas. Pero allí nadie se enteraba de nada. Todos tan felices. Pues que sepáis blogueros microrrelatistas, que anda suelto un mosquito con la barriga llena de gotitas de vuestra, nuestra sangre, en una suerte de mestizaje que vete tú a saber qué alteraciones genéticas en esto de escribir puede acabar trayéndonos. ¡Avisados quedáis!

19/5/11

FIRMA DE AUTORIZACIÓN



Pinchad y firmad.
¡Por una democracia real, ya!

15/5/11

¡DEMOCRACIA REAL, YA!

fotografía cogida de la red
"Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos".

Martin Luther King



TERROR NOCTURNO ( Ganador del I Premio de microrrelatos "Pepe Ortuño")

Imagen tomada de la red
Cambió la cerradura de la puerta. Consiguió una orden judicial de alejamiento. Pero todas las noches, entra en sus sueños.

10/5/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Comenzó matando ratas en el vertedero. Una cosa llevó a la otra y acabó disparando el revólver a quemarropa entre los banqueros.

7/5/11

"PRIORIDADES", EN EL LIBRO. (Relato leído en La Ventana de Verano)

PRIORIDADES.
Quedamos en La Corredera al anochecer. Necesitaba hablar con Gonzalo. Él dijo que también, por teléfono. Llegué cuando el cielo cambiaba al azulón y, junto a la media luna, brotaban los primeros puntos luminosos. Nada más sentarnos a la mesa, me contó que Elena lo había echado de casa, así, por las buenas, sin más aviso que el silencio profundo de los últimos tiempos. Ignoró a la camarera. Tuve que pedir yo: salmorejo y cazón adobado. Y él siguió lamentándose de su soledad, en el cuarto de una pensión de mala muerte. No me dejaba meter baza. Me removí en la silla. Distraje mi atención en la paloma que picoteaba una patata. Entonces una serpiente de dolor barrió el suelo, subió y me golpeó de lleno en el pecho. Miré a Gonzalo. Sollozaba. Se me antojó un Boabdil con barba de días y la camisa arrugada. Puse mi mano derecha sobre su antebrazo y fui desgranando palabras de consuelo, de esperanza. A mí acababan de despedirme del trabajo, pero tenía a María Luisa.

6/5/11

AMADÍSIMO ESPOSO (Finalista del concurso de abogados del mes de marzo)



Querido Curro:

No creas que se apagó la hoguera de mi amor por ti. Pero comprenderás que no vaya a verte. Faltó poco para que me estrangularas en la última visita. ¿Y qué hice yo para merecer esto? Nunca me metí en tus cosas, aunque tú te desgañitaras gritando en el juicio que era la instigadora de tus manejos, la responsable del pleito que te ha llevado ahí. No, Curro, no, yo me conformaba con el menú diario de acelgas y pescadilla. Otra cosa es que me quejara de tu exiguo sueldo de concejal y te hiciera notar que en el Ayuntamiento todos intercambiaban comisiones y favores. Y ahora me has dejado con una mano delante y otra detrás. Tú envíame la clave para entrar en tus cuentas y tener dinero para gastos, y prometo sacarte de la cárcel. Hazlo a través del abogado que es de confianza.

Tu Piluca.

2/5/11

LA ESPIRAL

Entraba en el instituto con su falda gris tableada, las medias y la camisa blancas, los mocasines negros, el pelo recogido en una coleta y la piel de nácar. Cuando sonaba el timbre, se encerraba en los servicios y cambiaba el uniforme por vaqueros rotos de cinturilla en la cadera, camiseta que dejaba al aire el ombligo perforado por la espiral de plata y botas de tacón alto. Salía con la cara morena de maquillaje, dos rosas en las mejillas y un corazón de sangre en los labios. Alcanzaba la puerta con la cabeza gacha, ocultando la identidad a la mirada de algunos profesores rezagados, llegaba a las afueras y allí se quedaba con la espalda pegada a una farola. Paraba un coche. Ella se acercaba a la ventanilla, el conductor bajaba el cristal, hablaban. A veces subía y otras dejaba sobre el metal la humedad de una mano pequeña que iba desapareciendo conforme se alejaba.

29/4/11

MORDIDA

Cuando las escaleras mecánicas se detuvieron, sintió la presión en la puntera de la bota. Miró hacia abajo y vio el mordisco de los dientes de acero. Su hija le preguntó qué pasaba. “No te muevas”. Intentó darle a la voz un tono de tranquilidad que no sentía. Necesitaba desabrochar la hebilla y bajar la cremallera cuanto antes, pero no soltaba la mano de la niña. Encogió los dedos del pie. En cualquier momento, la electricidad pondría en marcha la escalera y la ranura se tragaría el peldaño. A no ser que el bocado fuera tan grande que no pudiera con él. Entonces se quedaría parada con el botín entre sus fauces. No sabía cómo hacerlo. Sudaba. Se agachó, obligando a la hija a bajarse, y con los dedos de la mano derecha tiró de la correa y la sacó de la hebilla. La niña empezó a llorar y a quejarse de que le hacía daño. Abrió su mano izquierda y liberó la de su hija. Le ordenó que se cogiera al pasamanos. Sentía su presencia al lado, pero no dejaba de repetirle que no se moviera. Sujetó el cuero con la mano izquierda y con la derecha comenzó a bajar la cremallera. La luz volvió de repente y se oyó el ruido de los motores al ponerse en marcha.

25/4/11

ME ACUERDO DE (leído por Juan José Millás)


Me acuerdo de mi abuela corrigiéndome, desde la cama, cuando yo cantaba la versión que hizo Nuestro pequeño mundo, de la canción "Me casó mi madre".

15/4/11

EDITADOS EN "MIRADAS Y LETRAS II EN EL CAMINO DE LA LENGUA CASTELLANA "


ERRANTES

¿Y si la botica guardara un remedio para mi dolor? Entraría de puntillas, para no despertar a los que aún duermen, y bebería el elixir que aliviara mi tristeza. Apenas despunta el alba por el cono del ciprés. Y es aquí, en este lugar de piedras antiguas, de amores antiguos, donde espero encontrarla. Ella, tan ligera que, apenas la toco con la punta de mis dedos, se desvanece. Alma que pena por los rincones del monasterio, buscándome, buscándonos. Y es ahora que el canto gregoriano se guarece entre las grietas de los muros, cuando el monje sale al claustro con el libro abierto en una mano. Me levanto y sonrío. Me acerco. Lo tengo enfrente. Sigue andando. Levanto la palma de mi mano a la altura de su pecho. Continúa, absorto, sin mirarme. Apenas se estremece, apenas me estremezco cuando me traspasa, cuando lo traspaso.


PASIÓN POR DULCINEA

Soy perro. Perro y doble galgo. Así me decía mi madre. Me levanto del jergón cuando me echan a escobazos. Arrimo la nariz al comedero y olisqueo huesos rancios. Ni probarlos. Doy un trago de agua fresca y salgo a la calle dividida por el sol y la sombra. Dos pasos y me tumbo. El rugido de la moto me saca de un sueño muy dulce. Pasa rozándome “El manchego loco”. Me levanto y voy hasta la fábrica. Alzado sobre las patas traseras, meto el hocico en el contenedor de basura y encuentro flores de azúcar, galletas y chocolates rotos. Como hasta hartarme. Doy unos pasos hacia el toldo con el rótulo: “Dulces Dulcinea” y me echo debajo, en la acera por si vuelve “El manchego loco”. Soy perro y doble galgo. ¡Cuánta razón tenía mi madre!

RESERVA

Poco antes de morir, mi padre me dio la llave que abría la arqueta que heredó del abuelo. Me dijo: “Cuídalas”. Luego concentró sus fuerzas en un abrazo que tuvo que deshacer mi madre.
Después del entierro, me despedí de mi madre y regresé a Valladolid. Cuando deshice el equipaje, apareció la caja de madera. Me senté sobre la cama y la abrí. Saqué palabras a puñados: trébede, zarcillo, zascandil, dornillo, jofaina, alacena, alforjas, zoquete, almirez... Palabras antiguas, olvidadas. Y entonces surgieron a borbotones los recuerdos. Mi abuela abrochándose un aro de oro en la oreja, mi abuelo sacando queso de las bolsas de tela, mi padre lavándose en una palangana de porcelana, mi madre haciendo gachas en una sartén sobre un soporte de hierro. Volví a guardar las palabras dentro de la arqueta y eché la llave. Al día siguiente sacaría copias y las distribuiría por toda la ciudad.

Volveré a pasarme por aquí, por allá y por acullá después de unos días de descanso. Disfrutad de la Semana Santa o de la impía, según creencias.
Besos, abrazos, achuchones y demás cariñitos.

12/4/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Solía quejarse de su mala sombra ante la burla de sus vecinos. Lo encontraron muerto a pleno sol. La sombra había huido.

8/4/11

ABSOLUCIÓN Y CONDENA

Cuando encontraron el cuerpo de la niña Blanca Romero flotando en el río, su padre, el juez Ricardo Romero, y su madre, la abogada Paloma Reyes, se encerraron en su casa y clavaron tablones en puertas y ventanas.
A veces, a través de las tapias del patio, se oye el cacareo agónico de una gallina, su aleteo sofocado y el gorgoteo sobre el plato de aluminio.

6/4/11

MIRADAS EN LA INTERNACIONAL MICROCUENTISTA






La Inter me ha mirado y yo le he devuelto la mirada.

Mi agradecimiento se transformó en otra mirada.

Y nos quedamos los dos mirándonos.

Y hubo un cambio de temperatura.

Y pasamos del frío invierno al calor primaveral.

Gracias, Inter.

Gracias, Víctor.

Abanico de besos.

5/4/11

FINALISTA "CUENTA 140"


El enterrador oyó ruidos bajo la lápida. Exhumaron el cadáver y encontraron a la bella mujer con la cara arañada, al lado de la gata.

4/4/11

CARNE DE BAJA CALIDAD (Para Pablo Gonz, con mi agradecimiento)




Supe que había llegado por el rastro brillante en la alfombra. Me senté tranquilamente a leer mi libro sobre las costumbres del oso polar. A eso de las nueve de la noche, escuché la llave en la cerradura. Me repantingué más en mi sillón. Luego la tos cazallera conseguida tras muchos años de darle a la frasca.
- ¿Qué hay de cena?- así se presentó.
Ensalivé mi dedo corazón y pasé página, luego lo miré por encima de las gafas. Pequeño, peludo, piernas combadas y morro de chimpancé.
- Tengo preparada una sorpresa. Ve desnudándote- le dije con una sonrisa prometedora.
Me hizo caso como el animal en celo continuo que era. Dejé el libro y puse mi mano derecha detrás de la oreja para no perder detalle de lo que ocurría en la habitación de al lado. Creo que quiso decir hija puta, pero se quedó en hija, ahogada la voz con el rugido de mi tigre. El pobre aún se está recuperando de la indigestión.

2/4/11

FINALISTA EN EL CONCURSO DE RELATO DE LA UNED


Gracias al aviso de Rosana supe que era finalista. Si no, ni me habría enterado. Me ha costado encontrar el acta, pero aquí está el enlace, que he rescatado de otra página (pinchando el título)

Me presenté a este concurso el mismo día en que finalizaba el plazo, ya caída la tarde, con un relato que tenía por ahí guardado. Ruego, pues, que no seáis muy duros ya que no lo refiné mucho.


DIAGNÓSTICO

Desde que la ciencia habló por boca del médico y puso fecha de caducidad a su vida, el abuelo veía pasar su entierro todas las tardes, sentado en el umbral de su casa. Unas veces desfilaba el féretro de caoba, con cuatro asas doradas en los laterales, los hijos cargando la caja sobre sus hombros, la cabeza gacha y los ojos enrojecidos de llanto seco. Atrás, ellas, enlutadas de arriba abajo, con el moquero amasando la humedad con la doblez de sus dedos. Delante, don Anselmo, con Manolín de monaguillo, guiando el cortejo hasta la iglesia. Otras, pasaba el ataúd de pino llevado por los jornaleros. Su familia detrás, con cara de pena sí, pero sin soltar una lágrima y entonces se sentía solo en la estrechura de las cuatro tablas. Se fue haciendo muy sensible y cualquier pequeño detalle que él creyera de falta de amor, le parecía una prueba de que su paso por la vida había sido un camino estéril.

- Elisa, hija, ¿tú me quieres?- preguntaba a la menor de sus hijas. Y ella respondía que sí con un tono de cansancio que a él no le pasaba desapercibido.

A los hijos los mandaba llamar todos los días para dejar arreglados sus asuntos. Eso decía. Pero todo estaba bien atado y sólo causaba cierto hastío sus continuas demandas de cariño, aunque todos tenían mucha paciencia. Sin embargo, los días avanzaban y cada uno de ellos era un soplo que se le iba por la boca, así que su angustia creció.

Una de aquellas tardes, se llevó a su nieto Miguel hasta la puerta, lo sentó a su lado, y le dijo, mientras un abrazo le cortaba la respiración:

- Mira bien, Miguelito, que va a pasar el entierro de tu abuelo.

Y le fue describiendo una escena terrorífica donde el muerto estaba tieso dentro de una caja de la peor calidad porque su familia no se había querido gastar más en su entierro, con la mandíbula cerrada bajo el nudo de un pañuelo, y dos algodones tapándole los orificios de la nariz. Entonces el niño se puso a llorar a gritos y vino la madre a sacarlo del abrazo bestial. Las cosas comenzaron a torcerse en la familia y cada vez que el abuelo pedía atención todos estaban ocupados, y cuando le preguntaba a Miguelito si lo quería acompañar al campo a por nueces, subido en la burra Clementina, él lo miraba espantado y echaba a correr.

La última tarde no vio pasar su entierro.

30/3/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Desde que su cuñado lo hirió gravemente con un tenedor, todos los días lee las necrológicas y se cerciora de que no está su nombre.

26/3/11

FRÍO, TEMPLADO, CALIENTE

Después de meses de olor a Nenuco, jabón, polvos de talco y camisitas de bebé secándose en los radiadores, llegó el momento de cambiarlo por el del cuero, la madera y el ambientador. Preparé biberones, leche en polvo y Milton para esterilizar, saqué del armario la falda negra, el suéter verde, las medias y los zapatos negros, me vestí y maquillé con esmero y salí del piso dejando mi niño al cuidado de mi madre.
Había pasado parte de la mañana, hablando y enseñando las fotografías de mi hijo a las compañeras de oficina, cuando me llamó mi jefe. Entré en su despacho, me senté frente al ordenador de la mesa supletoria, crucé las piernas, tiré de la falda hasta las rodillas, y me dispuse a escribir. Él dejó su sillón, tras la gran mesa de caoba, y comenzó a pasear, como era su costumbre, mientras dictaba con el tono impersonal de siempre. Los zapatos con un leve crujido de piel nueva, de un lado a otro, hundiéndose apenas en la moqueta gris, y un Mont Blanc de oro en la mano derecha con el pulgar presionando la bola que sacaba y retiraba su punta. Al poco rato, se paró ante su mesa, cogió una botellita de agua, llenó un vaso y bebió. Miré mi reloj, pensé que a esa hora mi bebé estaría tomando su primer biberón y sentí la nostalgia de las tardes, cuando se dormía con una mano sobre mi pecho izquierdo y el pezón retenido en la humedad de su boca. Dormitábamos y suspirábamos y así nos encontraba mi marido cuando regresaba de la oficina. Se llevaba al niño a la cuna, volvía, se arrodillaba delante de mí, mojaba la yema de su dedo índice en saliva y lo pasaba suave y en círculos, por mis pezones irritados. El ruido del vaso sobre la mesa, me devolvió a la oficina y a mi jefe que había reanudado sus paseos y el dictado de la carta. Fue entonces cuando sentí los pequeños ríos de calor subir y desembocar en una pequeña mancha a dos dedos del latido acelerado de mi corazón. Al dar la vuelta en su paseo, se dio cuenta. Se paró y después de unos segundos de titubeos continuó, intentando dejar su mirada en el marfil de la pared, pero siempre volvían a la humedad que se iba extendiendo en el cachemir de mi suéter adaptándose a la forma de mis pezones. Mi jefe se había callado. Lo miré y vi las pequeñas gotitas en su frente. Volvió a la mesa, sacó un clínex del paquete, se enjugó el sudor y, vuelto de espaldas, me dijo: "Por hoy hemos terminado. Puede marcharse". Guardé la carta, cerré el ordenador, me levanté y salí. Cuando me alejaba por el pasillo, le oí ordenar que nadie lo molestara. Después escuché el roce del pestillo de su despacho.

23/3/11

EL PODER

“Quiero a la liebre como abogada, que es la más lista”, pidió la marmota. Subida en el estrado, sus dientes castañeteaban de miedo. Intenté que el juez aceptara un tarro de mermelada como fianza, pero la Reina de Corazones pedía su cabeza. No me dejó otra opción que hacerla desaparecer. Lo del tres de picas, en cambio, fue un accidente. Pero el gato de cheshire me ponía de los nervios cuando se hacía invisible a trozos. Ahora Sombrerero, se sienta a mi derecha. El conejo, a mi izquierda. El gusano, el lirón y las rosas, se distribuyen por doquier. ¡Feliz no cumpleaños! Nos pasamos las galletas de viento, entre estornudos y risas. “Una taza de té con una nube de leche”, le digo a Sombrerero. “¡Sírvetelo tú!”, se atreve a contestarme. En cuanto acabe. Entonces lo llevaré a mi madriguera, lo pondré frente al espejo y le diré: ”Toca, toca”.

18/3/11

MAL DE AMORES


Salió al patio. Desnudo. Entró en el taller de reparaciones. Cogió la bolsa. La agitó. Hizo música con los guijarros. Volvió afuera. Rodeó el brocal del pozo. Buscó el centro. Sacó el tirachinas. Sujetó con una mano la horquilla. Puso un guijarro en mitad de la goma. La estiró con la otra mano. Apuntó a la luna. Disparó. Escurrió su cuerpo al suelo y, encogido como una cochinilla, lloró.

16/3/11

SE NECESITAN FIRMAS URGENTES


















Un error ha hecho que duplicara la entrada sobre este asunto de las firmas. Una de ellas causaba confusión porque el enlace iba a la página de comentarios. He decidido suprimirlo y de paso pediros disculpas a los que ya os habíais manifestado en esa entrada.
Saludos.

13/3/11

EL ÚLTIMO CUENTACUENTOS






Agustín ha querido sumarse al homenaje que hago más abajo a Manolo y me ha regalado esta belleza de relato. Gracias, Agus.










Los días de feria la plaza mayor se llena de comerciantes, artesanos, vendedores ambulantes, acróbatas, titiriteros y nigromantes que pugnan por atraer la atención de los que por allí pasean. Ajeno al bullicio, un anciano deambula cabizbajo entre la gente. Antes solía madrugar para coger sitio. Hoy es el único que aún viene por aquí. Cuando llega bajo el soportal detiene sus pasos y comienza a hablar. Al principio nadie le presta ningún interés, pero pronto se acercan unos niños. Luego algunas mujeres. Y en apenas un instante, una muchedumbre se agolpa alrededor suyo. El hombre gesticula, alza la voz y mueve los brazos sin cesar. Sus ojos, desorbitados, escudriñan a cada uno de los allí presentes. El hombre devora las palabras. Y éstas, hambrientas, se comen las orejas de todos los que escuchan su increíble historia. Esta mañana cuenta una antigua leyenda que le explicó su padre. De repente, se oye un terrible alarido y un batir de alas metálico. Alguien grita y señala el cielo. En lo alto, un dragón de tres cabezas escupe fuego y se abalanza contra un valiente caballero. Éste blande la espada y se defiende con su escudo. Tras un intenso combate, la bestia malherida cae sobre la plaza. La multitud aplaude, se dispersa y vuelve otra vez a sus cosas. El hombre desaparece. Y el dragón, moribundo, exhala su último y definitivo suspiro.


Agustín Martínez Valderrama

12/3/11

LAS HISTORIAS DE MANOLO (in memoria)

COMUNIDAD DE VECINOS
Hace tiempo, en los años de sequía, cortaban el agua durante horas. La daban a mediodía y los vecinos esperaban con los grifos
abiertos para llenar bidones, cubos, cántaros y botijos. Se oía un fluir continuo del líquido por todo el edificio hasta que, por encima del ruido del chorro cayendo, se escuchaba una voz aterradora, triturando la orden entre los dientes, cayendo por el hueco de la escalera. - ¡Dejen subir el agua! Detrás de cualquier puerta de los pisos más bajos, se oía a modo de contestación: - Sí, sí, en eso estaba yo pensando, con el chorrito tan bueno que sale ahora.

ANIMALES DE COMPAÑÍA
En la casa del tío Miguel, además de su mujer, su suegra y una tía de su mujer, vivía un gato de nombre "Pichi" que dormía encima del
fogón de la cocina con el beneplácito de las tres mujeres. Cuando el tío Miguel volvía de trabajar y se lo encontraba enroscado entre las ollas, se enfadaba mucho. El gato, al oírlo entrar en la cocina, apenas levantaba la cabeza y, según apreciaciones del tío, le sacaba la lengua. “Pobrecito", decía la suegra. "Pobrecito", apostillaba la hermana. "Pobrecito", zanjaba el asunto la mujer. El hombre, en minoría, callaba su rencor y comía ante la presencia insolente del felino que volvía a su sueño apacible. Conforme avanzaban los días el rencor del tío era proporcional al desprecio del gato, quien le sacaba la lengua nada más verlo para ignorarlo inmediatamente. Con la rabia reprimida por las costuras del alma, el tío se encontró un día a solas con "Pichi". Al gato no le dio tiempo a reaccionar, lo agarró y, dejando que la ira reventara de una vez por los costados, lo tiró contra el suelo. El felino se golpeó en la cara con la pata de la mesa, se quedó algo aturdido unos instantes y después salió corriendo a meterse debajo de una cama de donde no salió hasta que llegaron las mujeres. Al día siguiente "Pichi" mostraba un ojo morado. "¿Qué le habrá pasado al gato?", se preguntaban. Y el tío se reía para sus adentros y no contestaba. Desde entonces, Pichi, en cuanto oía la llave entrar en la cerradura de la casa, saltaba del fogón para ir a refugiarse debajo de la cama. 



EL MEJOR PREMIO

En los años cincuenta, en lugar de una copa, un diploma, o una medalla, al ganador de una carrera le daban chuletas de cordero. La organizaban en el barrio de mi cuñ
ado y el patrocinador era el carnicero. Salían los corredores de la puerta de la carnicería y hacían un recorrido de varios kilómetros en círculo. El carnicero, mandil blanco con la barriga manchada de sangre, esperaba al ganador preparado con un kilo de chuletas. Antes de entregárselas, abría el envoltorio, levantaba una por el palo y la mostraba para que todos vieran que era de lechal, tierna y sonrosada. El corredor, en cuanto recuperaba el resuello, agarraba el paquete y se iba para casa tan contento pensando en el atracón que se iba a dar. Uno de aquellos años participó el gorrón del barrio. Lo llamaban así porque ya desde el colegio apuntaba maneras. Solía registrar las mochilas de los compañeros y apropiarse del bocadillo de mortadela que encontraba a mano. Por eso, cuando se inscribió en la carrera, todos desconfiaron.
El carnicero dio la salida, como cada año, con un gatillazo de la escopeta con tapón de corcho de su hijo, y todos salieron corriendo como si les fuera la vida en ello, y a tenor de los huesos que mostraban, algo de verdad había. El gorrón se quedó el último y todos los espectadores lo vieron doblar la esquina tan tranquilo.

Volvió el primero, fresco y sonriente y agarró las chuletas sin esperar a las demostraciones del carnicero. Ya se iba con el botín cuando, yo Claudio, apodado así desde pequeño por su tartamudeo y la manía de espiar a todo el mundo, llegó corriendo y, entre atranques y desatranques de palabras, informó a todo el mundo de que el gorrón había subido a un autobús con el que había hecho todo el recorrido.

Cuando el carnicero y los demás participantes que habían ido llegando, estuvieron al corriente de lo ocurrido y quisieron detener al gorrón, el pájaro había volado.

10/3/11

ATROPELLO

Llevo dos días que no salgo del estupor.
Supongamos que el S.R.B.S. con su brazo armado Aguirre, la cólera de dios, quieren lo mejor para las personas con discapacidad intelectual y el personal que los atiende. Supongamos que, aunque ningún techo se ha venido abajo, ni un muro se ha derruido en estos días, de repente se han alarmado ante la posibilidad de que esto ocurra y decidan salvaguardar la integridad de estas personas cerrando centros para su rehabilitación. Supongamos que esto no obedece a una maniobra bestial de privatizar lo público desalojando a usuarios y trabajadores y dispersándolos para ir menguando plantillas y metiendo a entidades con ánimo de lucro en la gestión de los nuevos centros. Supongamos que son buena gente. Supongamos. Todos estaríamos entonces de acuerdo en que se reformen centros que tienen muchos años sobre sus tejados. Pero no con cuarenta y ocho horas de plazo. No provocando angustia en las familias, padres octogenarios que abarrotaban el despacho de la directora pidiendo información, no angustiando a los usuarios que no saben a dónde van ni por qué de la noche a la mañana se los llevan en grupos a otros centros con otros compañeros y con otro personal. Eso ocurre hoy con el C.O. Magerit donde estuve trabajando durante cuatro años. Un atropello en toda regla.
Ayer se encerraron los trabajadores. Esta noche está previsto que entren a desalojarlos. Ayer, cuando fui al centro con otros compañeros a pasar un rato con el personal, volví a casa hecha polvo. No puede ser lo que está ocurriendo, me dije. No se puede llegar a tal grado de inhumanidad. Hoy he vuelto. Había una concentración a la puerta. Y se me ha ocurrido pasar dentro. Y he visto a los usuarios abrazarse a los trabajadores llorando a moco tendido. Y he escuchado a una belleza de persona preguntarle, atemorizada, a su hermana: “¿Adónde me llevan?”. Regreso hecha polvo, no sólo físicamente. No me lo acabo de creer.
Y mientras tanto, hoy hemos tenido una reunión de urgencia en el centro donde ahora trabajo para preparar de la mejor manera posible a veintinueve usuarios que nos llegan mañana. Se intentará que, siendo personas que lo pasan muy mal si se les saca de la rutina, que ésta se les trastoque lo menos posible, pero cómo no, si se les ha expulsado de un sitio donde habían asistido durante muchos años, separado de otros compañeros y del personal de referencia. De urgencia se han elaborado informes médicos y psicológicos. Y así tiraremos.
Hablo del Magerit, pero con él han caído el C.O. Fray Bernardino que ha tenido más suerte porque los ubican juntos, echando a unos ancianos previamente de su residencia, y ha caído el CAMP de Arganda.
Lo dicho: un atropello. No sé qué más pueden hacer, pero seguro que se les ocurre algo. La maldad anda suelta.

P.D.Espero que sepáis entender que no esté comentando en blogs que sigo habitualmente, pero ando trastabillada, agotada, y no doy abasto.

8/3/11

FINALISTA DE "CUENTA 140"


Desde que se metió en el negocio del nido, el cuervo, acompañado por dos buitres, va de torreón en campanario, con una orden de desalojo.

2/3/11

"ME QUIERES, NO TE QUIERO"

 
GANADORA DEL VI CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR, DE LA CASA DE CULTURA DEL AYUNTAMIENTO DE GRADO (ASTURIAS)




Querido Alberto:

Te escribo para recordarte, para recordarnos, porque a veces se me queda la mente en blanco y añoro nuestra vida que presiento tras la niebla espesa que penetra y se queda durante un tiempo infinito, en mi cabeza.
“Dime que me quieres”, te decía yo cuando era muy joven. Tú me contestabas: “No te quiero” y yo reía fuerte, cerraba los ojos y movía mi cuerpo a ritmo de bolero.
Dime que me quieres”, me decías tú cuando nació nuestro hijo. Yo te contestaba: “No te quiero” y tú te esforzabas en sonreír pero se te quedaba en mueca amarga. Porque tú querías que la estancia del amor se llenara contigo, sólo contigo. Comenzaste a repetir: “Dime que me quieres”, como si el hecho de que yo te dijera sí, te pudiera asegurar el amor. Como si el hecho de pronunciar dos palabras, me amarrara a ti para siempre.
“Dime que me quieres”, te pedía cuando comenzaste a volver tarde del trabajo y yo arrastraba las zapatillas por la casa, con la bata cruzada en el cuerpo, el pelo recogido con una goma en una coleta, y una mancha de leche rezumando de mi pecho. "Te quiero”, decías, y yo no te creía. Aborrecía mi imagen en el espejo, aborrecía la espera a que tú llegaras, aborrecía el suelo, las paredes, el cazo y las ollas. Me aborrecía.
Una cinta larga, larga, como una cadena de color gris. Eso era yo para ti. Dejaste de venir a casa. “Dime que me quieres”, me empeñaba yo en arrancarte un sí, todas las noches, cuando llamabas. Me contestaba tu silencio. Luego: “¿Cómo está el niño?”. Y después cortabas y yo me quedaba con el auricular pegado a la oreja, escuchando el tono.
Un día abrí una ventana de vapor en el espejo del baño y me miré. Recogí mi pelo en la nuca con el pasador de carey, le di unos toques de color a mi cara. Pinté mis labios. Sonreí. Dejé de llorar. En el armario, mis vestidos, mis jerseys, mis faldas y los zapatos de tacón habían esperado a que aquella nube turbia se disolviera en el cielo. No te llamé más. Dejé que el tiempo transcurriera suave. Y entonces fuiste tú el que volviste a nuestro viejo juego. “Dime que me quieres”, decías en mitad de una de nuestras conversaciones por teléfono, cada vez más largas, más penoso el momento de colgar, más difícil la despedida. “No te quiero”, te contestaba, y tú, como cuando éramos muy jóvenes, te reías.
“Dime que me quieres”, te digo. Me pongo delante. Entre tu mirada y el infinito que sigues explorando todos los días. Y a veces mueves la cabeza y sonríes, aunque nuestro hijo diga que no, que ya no sabes lo que es eso, y acercas tu mano a mi cara. Otras, preguntas quién soy. Las más, ni siquiera contestas. Abro el cuaderno por donde lo dejé el día anterior y sigo escribiendo esta carta. Para que quede ahí, para que no se pierda en el olvido que soy casi siempre para ti, en el olvido que serás, tal vez, para mí. Paro de vez en cuando. Levanto el bolígrafo de punta fina y te observo. Ya no veo ese brillo en tu mirada que unas veces era enfado, otras dudas, y algunas miedo. Aquella viveza con la que me seguías hasta la cocina, abrías el frigorífico y mientras yo terminaba de freír un pescado o de echar los fideos a la sopa, tirabas de la anilla y bebías de la lata de cerveza. ¿Cuándo dejé de pedirte que me dijeras que me querías? ¿Cuándo dejaste de hacerlo tú? No lo recuerdo. Quizás fue un pacto entre los dos, sin que lo acordáramos con palabras. Quizás dejé de pedirte que me dijeras que me querías, porque si me contestabas sí, yo pensaba que era no, que necesitabas tapar algo con ese sí, y si me contestabas no, tal vez te creería. Habías vuelto y ya no era igual que antes. Ni mejor, ni peor, sólo diferente. Con más dudas y miedos quizás, pero también con heridas cicatrizadas de las que habíamos aprendido algo. Volviste y todo fue más reposado, un discurrir de días como si flotáramos en un mar calmo, tú y yo, y también el niño, a quien habías aprendido a amar como algo tuyo, separándolo de mí, de lo que yo pudiera sentir por él. Era un yo contigo, tú conmigo, tú con él, yo con él, tú, él y yo. Un mecerse sobre olas tibias.
Comencé a mirarte todas las noches mientras dormías, con el brazo doblado bajo la nuca. Seguía tu respiración pausada, tus sonrisas, tus llantos; porque sí, a veces reías y llorabas en sueños, y también hablabas. Hablabas de aquella vez, cuando te alejaste de mí porque no soportabas que yo me volcara en el pequeño, y se interpuso entre los dos cuando debía ser de otra manera. Hablabas y nombrabas a una mujer que no era yo. Así son los sueños, traicionan los secretos. Y aquel hueco tuyo, me estuvo mortificando durante un tiempo. Porque yo quería llenar cada uno de tus instantes, seguir tus pasos, conocer tu vida, hacerla mía. Que no hubiera un pedazo tuyo ajeno a mí. Intentaba ocuparlo con una historia y no funcionaba. Porque unas veces era de traición y otras de amores rotos como la porcelana que rompió mi madre cuando mi padre la dejó. ¿Me quieres? Así estuve durante mucho tiempo, intentando despejar esa incógnita que se había quedado, como un cristal duro, invisible, pero imposible de atravesar, entre nosotros. Te espiaba dormido, porque despierto no quería preguntarte e iniciar un nuevo remolino de celos, reproches y otras malas hierbas que había que segar día a día para que no cogieran fuerza y reventaran los cimientos del amor con sus raíces. De aquellas noches en vela, mirándote y escuchando tu bisbiseo y el nombre, siempre el mismo, entre sueños, guardo un recuerdo que, fíjate, lejos de ser amargura en su estado puro, tiene algo de agridulce. Porque sentí que te quería más, admiré el perfil de tu cara, iluminado por la luz de la luna que entraba a través de las rendijas de la persiana, a trozos, con sombras de agujeros negros, como los que yo llevaba en mi interior. De madrugada, me abrazaba a tu cuerpo, y me sentía feliz por poder tenerte a mi lado y dormía hasta que sonaba el despertador y tú te levantabas y me mirabas desde tu altura. Quieto durante unos minutos. Vigilando mi falso sueño. Te miraba a través de dos rendijas, entre los juncos de mis pestañas, sin que tú te dieras cuenta. ¿O tal vez sí?
No fue premeditado. Te inclinaste para darme un beso, como hacías todas las mañanas, después de mirarme. Y yo susurré un nombre que no era el tuyo. Te detuviste a medio camino, y te pusiste serio un momento. Pero enseguida volviste a sonreír. Bajaste hacia mí y, después de besarme, dijiste: “Yo también te quiero”. Y me sentí feliz y algo avergonzada por mí, por las dudas, por el resentimiento acumulado durante todas esas noches. A ti no te importaba que otro nombre habitara mis sueños ¿por qué iba a importarme a mí? A veces pienso que tú, como yo, fingías dormir, y que inventaste un nuevo juego para nosotros. Nunca podré saberlo porque tú ya sólo estás a ratos conmigo y esos ratos se nos van en un mutuo reconocimiento. En tocarnos. Volver a nuestro antiguo juego, decirte una vez más: “Dime que me quieres”. Y contestarme con una sonrisa y un cabeceo, antes de que la mirada se te vaya otra vez detrás de la ventana, de los edificios, del campo, del mar, de la tierra, del espacio, del pozo en el que ahora andas metido, mi querido Alberto.

1/3/11

FINALISTA "CUENTA 140"


Saqué el cuchillo de la caña de mi bota y lo hundí en su pecho. Dicen que era estrabismo, pero lo cierto es que me miró mal.