
5/4/11
FINALISTA "CUENTA 140"

4/4/11
CARNE DE BAJA CALIDAD (Para Pablo Gonz, con mi agradecimiento)

Supe que había llegado por el rastro brillante en la alfombra. Me senté tranquilamente a leer mi libro sobre las costumbres del oso polar. A eso de las nueve de la noche, escuché la llave en la cerradura. Me repantingué más en mi sillón. Luego la tos cazallera conseguida tras muchos años de darle a la frasca.
- ¿Qué hay de cena?- así se presentó.
Ensalivé mi dedo corazón y pasé página, luego lo miré por encima de las gafas. Pequeño, peludo, piernas combadas y morro de chimpancé.
- Tengo preparada una sorpresa. Ve desnudándote- le dije con una sonrisa prometedora.
Me hizo caso como el animal en celo continuo que era. Dejé el libro y puse mi mano derecha detrás de la oreja para no perder detalle de lo que ocurría en la habitación de al lado. Creo que quiso decir hija puta, pero se quedó en hija, ahogada la voz con el rugido de mi tigre. El pobre aún se está recuperando de la indigestión.
2/4/11
FINALISTA EN EL CONCURSO DE RELATO DE LA UNED

Me presenté a este concurso el mismo día en que finalizaba el plazo, ya caída la tarde, con un relato que tenía por ahí guardado. Ruego, pues, que no seáis muy duros ya que no lo refiné mucho.
DIAGNÓSTICO
Desde que la ciencia habló por boca del médico y puso fecha de caducidad a su vida, el abuelo veía pasar su entierro todas las tardes, sentado en el umbral de su casa. Unas veces desfilaba el féretro de caoba, con cuatro asas doradas en los laterales, los hijos cargando la caja sobre sus hombros, la cabeza gacha y los ojos enrojecidos de llanto seco. Atrás, ellas, enlutadas de arriba abajo, con el moquero amasando la humedad con la doblez de sus dedos. Delante, don Anselmo, con Manolín de monaguillo, guiando el cortejo hasta la iglesia. Otras, pasaba el ataúd de pino llevado por los jornaleros. Su familia detrás, con cara de pena sí, pero sin soltar una lágrima y entonces se sentía solo en la estrechura de las cuatro tablas. Se fue haciendo muy sensible y cualquier pequeño detalle que él creyera de falta de amor, le parecía una prueba de que su paso por la vida había sido un camino estéril.
- Elisa, hija, ¿tú me quieres?- preguntaba a la menor de sus hijas. Y ella respondía que sí con un tono de cansancio que a él no le pasaba desapercibido.
A los hijos los mandaba llamar todos los días para dejar arreglados sus asuntos. Eso decía. Pero todo estaba bien atado y sólo causaba cierto hastío sus continuas demandas de cariño, aunque todos tenían mucha paciencia. Sin embargo, los días avanzaban y cada uno de ellos era un soplo que se le iba por la boca, así que su angustia creció.
Una de aquellas tardes, se llevó a su nieto Miguel hasta la puerta, lo sentó a su lado, y le dijo, mientras un abrazo le cortaba la respiración:
- Mira bien, Miguelito, que va a pasar el entierro de tu abuelo.
Y le fue describiendo una escena terrorífica donde el muerto estaba tieso dentro de una caja de la peor calidad porque su familia no se había querido gastar más en su entierro, con la mandíbula cerrada bajo el nudo de un pañuelo, y dos algodones tapándole los orificios de la nariz. Entonces el niño se puso a llorar a gritos y vino la madre a sacarlo del abrazo bestial. Las cosas comenzaron a torcerse en la familia y cada vez que el abuelo pedía atención todos estaban ocupados, y cuando le preguntaba a Miguelito si lo quería acompañar al campo a por nueces, subido en la burra Clementina, él lo miraba espantado y echaba a correr.
La última tarde no vio pasar su entierro.
30/3/11
FINALISTA "CUENTA 140"
26/3/11
FRÍO, TEMPLADO, CALIENTE
Después de meses de olor a Nenuco, jabón, polvos de talco y camisitas de bebé secándose en los radiadores, llegó el momento de cambiarlo por el del cuero, la madera y el ambientador. Preparé biberones, leche en polvo y Milton para esterilizar, saqué del armario la falda negra, el suéter verde, las medias y los zapatos negros, me vestí y maquillé con esmero y salí del piso dejando mi niño al cuidado de mi madre.23/3/11
EL PODER
“Quiero a la liebre como abogada, que es la más lista”, pidió la marmota. Subida en el estrado, sus dientes castañeteaban de miedo. Intenté que el juez aceptara un tarro de mermelada como fianza, pero la Reina de Corazones pedía su cabeza. No me dejó otra opción que hacerla desaparecer. Lo del tres de picas, en cambio, fue un accidente. Pero el gato de cheshire me ponía de los nervios cuando se hacía invisible a trozos. Ahora Sombrerero, se sienta a mi derecha. El conejo, a mi izquierda. El gusano, el lirón y las rosas, se distribuyen por doquier. ¡Feliz no cumpleaños! Nos pasamos las galletas de viento, entre estornudos y risas. “Una taza de té con una nube de leche”, le digo a Sombrerero. “¡Sírvetelo tú!”, se atreve a contestarme. En cuanto acabe. Entonces lo llevaré a mi madriguera, lo pondré frente al espejo y le diré: ”Toca, toca”.18/3/11
MAL DE AMORES

Salió al patio. Desnudo. Entró en el taller de reparaciones. Cogió la bolsa. La agitó. Hizo música con los guijarros. Volvió afuera. Rodeó el brocal del pozo. Buscó el centro. Sacó el tirachinas. Sujetó con una mano la horquilla. Puso un guijarro en mitad de la goma. La estiró con la otra mano. Apuntó a la luna. Disparó. Escurrió su cuerpo al suelo y, encogido como una cochinilla, lloró.
16/3/11
SE NECESITAN FIRMAS URGENTES
13/3/11
EL ÚLTIMO CUENTACUENTOS

Los días de feria la plaza mayor se llena de comerciantes, artesanos, vendedores ambulantes, acróbatas, titiriteros y nigromantes que pugnan por atraer la atención de los que por allí pasean. Ajeno al bullicio, un anciano deambula cabizbajo entre la gente. Antes solía madrugar para coger sitio. Hoy es el único que aún viene por aquí. Cuando llega bajo el soportal detiene sus pasos y comienza a hablar. Al principio nadie le presta ningún interés, pero pronto se acercan unos niños. Luego algunas mujeres. Y en apenas un instante, una muchedumbre se agolpa alrededor suyo. El hombre gesticula, alza la voz y mueve los brazos sin cesar. Sus ojos, desorbitados, escudriñan a cada uno de los allí presentes. El hombre devora las palabras. Y éstas, hambrientas, se comen las orejas de todos los que escuchan su increíble historia. Esta mañana cuenta una antigua leyenda que le explicó su padre. De repente, se oye un terrible alarido y un batir de alas metálico. Alguien grita y señala el cielo. En lo alto, un dragón de tres cabezas escupe fuego y se abalanza contra un valiente caballero. Éste blande la espada y se defiende con su escudo. Tras un intenso combate, la bestia malherida cae sobre la plaza. La multitud aplaude, se dispersa y vuelve otra vez a sus cosas. El hombre desaparece. Y el dragón, moribundo, exhala su último y definitivo suspiro.
Agustín Martínez Valderrama
12/3/11
LAS HISTORIAS DE MANOLO (in memoria)
Hace tiempo, en los años de sequía, cortaban el agua durante horas. La daban a mediodía y los vecinos esperaban con los grifos abiertos para llenar bidones, cubos, cántaros y botijos. Se oía un fluir continuo del líquido por todo el edificio hasta que, por encima del ruido del chorro cayendo, se escuchaba una voz aterradora, triturando la orden entre los dientes, cayendo por el hueco de la escalera. - ¡Dejen subir el agua! Detrás de cualquier puerta de los pisos más bajos, se oía a modo de contestación: - Sí, sí, en eso estaba yo pensando, con el chorrito tan bueno que sale ahora.
ANIMALES DE COMPAÑÍAEn la casa del tío Miguel, además de su mujer, su suegra y una tía de su mujer, vivía un gato de nombre "Pichi" que dormía encima del fogón de la cocina con el beneplácito de las tres mujeres. Cuando el tío Miguel volvía de trabajar y se lo encontraba enroscado entre las ollas, se enfadaba mucho. El gato, al oírlo entrar en la cocina, apenas levantaba la cabeza y, según apreciaciones del tío, le sacaba la lengua. “Pobrecito", decía la suegra. "Pobrecito", apostillaba la hermana. "Pobrecito", zanjaba el asunto la mujer. El hombre, en minoría, callaba su rencor y comía ante la presencia insolente del felino que volvía a su sueño apacible. Conforme avanzaban los días el rencor del tío era proporcional al desprecio del gato, quien le sacaba la lengua nada más verlo para ignorarlo inmediatamente. Con la rabia reprimida por las costuras del alma, el tío se encontró un día a solas con "Pichi". Al gato no le dio tiempo a reaccionar, lo agarró y, dejando que la ira reventara de una vez por los costados, lo tiró contra el suelo. El felino se golpeó en la cara con la pata de la mesa, se quedó algo aturdido unos instantes y después salió corriendo a meterse debajo de una cama de donde no salió hasta que llegaron las mujeres. Al día siguiente "Pichi" mostraba un ojo morado. "¿Qué le habrá pasado al gato?", se preguntaban. Y el tío se reía para sus adentros y no contestaba. Desde entonces, Pichi, en cuanto oía la llave entrar en la cerradura de la casa, saltaba del fogón para ir a refugiarse debajo de la cama.

EL MEJOR PREMIO
En los años cincuenta, en lugar de una copa, un diploma, o una medalla, al ganador de una carrera le daban chuletas de cordero. La organizaban en el barrio de mi cuñado y el patrocinador era el carnicero. Salían los corredores de la puerta de la carnicería y hacían un recorrido de varios kilómetros en círculo. El carnicero, mandil blanco con la barriga manchada de sangre, esperaba al ganador preparado con un kilo de chuletas. Antes de entregárselas, abría el envoltorio, levantaba una por el palo y la mostraba para que todos vieran que era de lechal, tierna y sonrosada. El corredor, en cuanto recuperaba el resuello, agarraba el paquete y se iba para casa tan contento pensando en el atracón que se iba a dar. Uno de aquellos años participó el gorrón del barrio. Lo llamaban así porque ya desde el colegio apuntaba maneras. Solía registrar las mochilas de los compañeros y apropiarse del bocadillo de mortadela que encontraba a mano. Por eso, cuando se inscribió en la carrera, todos desconfiaron.
El carnicero dio la salida, como cada año, con un gatillazo de la escopeta con tapón de corcho de su hijo, y todos salieron corriendo como si les fuera la vida en ello, y a tenor de los huesos que mostraban, algo de verdad había. El gorrón se quedó el último y todos los espectadores lo vieron doblar la esquina tan tranquilo.
Volvió el primero, fresco y sonriente y agarró las chuletas sin esperar a las demostraciones del carnicero. Ya se iba con el botín cuando, yo Claudio, apodado así desde pequeño por su tartamudeo y la manía de espiar a todo el mundo, llegó corriendo y, entre atranques y desatranques de palabras, informó a todo el mundo de que el gorrón había subido a un autobús con el que había hecho todo el recorrido.
Cuando el carnicero y los demás participantes que habían ido llegando, estuvieron al corriente de lo ocurrido y quisieron detener al gorrón, el pájaro había volado.
10/3/11
ATROPELLO
Llevo dos días que no salgo del estupor.Ayer se encerraron los trabajadores. Esta noche está previsto que entren a desalojarlos. Ayer, cuando fui al centro con otros compañeros a pasar un rato con el personal, volví a casa hecha polvo. No puede ser lo que está ocurriendo, me dije. No se puede llegar a tal grado de inhumanidad. Hoy he vuelto. Había una concentración a la puerta. Y se me ha ocurrido pasar dentro. Y he visto a los usuarios abrazarse a los trabajadores llorando a moco tendido. Y he escuchado a una belleza de persona preguntarle, atemorizada, a su hermana: “¿Adónde me llevan?”. Regreso hecha polvo, no sólo físicamente. No me lo acabo de creer.
Y mientras tanto, hoy hemos tenido una reunión de urgencia en el centro donde ahora trabajo para preparar de la mejor manera posible a veintinueve usuarios que nos llegan mañana. Se intentará que, siendo personas que lo pasan muy mal si se les saca de la rutina, que ésta se les trastoque lo menos posible, pero cómo no, si se les ha expulsado de un sitio donde habían asistido durante muchos años, separado de otros compañeros y del personal de referencia. De urgencia se han elaborado informes médicos y psicológicos. Y así tiraremos.
Hablo del Magerit, pero con él han caído el C.O. Fray Bernardino que ha tenido más suerte porque los ubican juntos, echando a unos ancianos previamente de su residencia, y ha caído el CAMP de Arganda.
Lo dicho: un atropello. No sé qué más pueden hacer, pero seguro que se les ocurre algo. La maldad anda suelta.
P.D.Espero que sepáis entender que no esté comentando en blogs que sigo habitualmente, pero ando trastabillada, agotada, y no doy abasto.
8/3/11
FINALISTA DE "CUENTA 140"
2/3/11
"ME QUIERES, NO TE QUIERO"
GANADORA DEL VI CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR, DE LA CASA DE CULTURA DEL AYUNTAMIENTO DE GRADO (ASTURIAS)
Querido Alberto:
Te escribo para recordarte, para recordarnos, porque a veces se me queda la mente en blanco y añoro nuestra vida que presiento tras la niebla espesa que penetra y se queda durante un tiempo infinito, en mi cabeza.
“Dime que me quieres”, te decía yo cuando era muy joven. Tú me contestabas: “No te quiero” y yo reía fuerte, cerraba los ojos y movía mi cuerpo a ritmo de bolero.
Dime que me quieres”, me decías tú cuando nació nuestro hijo. Yo te contestaba: “No te quiero” y tú te esforzabas en sonreír pero se te quedaba en mueca amarga. Porque tú querías que la estancia del amor se llenara contigo, sólo contigo. Comenzaste a repetir: “Dime que me quieres”, como si el hecho de que yo te dijera sí, te pudiera asegurar el amor. Como si el hecho de pronunciar dos palabras, me amarrara a ti para siempre.
“Dime que me quieres”, te pedía cuando comenzaste a volver tarde del trabajo y yo arrastraba las zapatillas por la casa, con la bata cruzada en el cuerpo, el pelo recogido con una goma en una coleta, y una mancha de leche rezumando de mi pecho. "Te quiero”, decías, y yo no te creía. Aborrecía mi imagen en el espejo, aborrecía la espera a que tú llegaras, aborrecía el suelo, las paredes, el cazo y las ollas. Me aborrecía.
Una cinta larga, larga, como una cadena de color gris. Eso era yo para ti. Dejaste de venir a casa. “Dime que me quieres”, me empeñaba yo en arrancarte un sí, todas las noches, cuando llamabas. Me contestaba tu silencio. Luego: “¿Cómo está el niño?”. Y después cortabas y yo me quedaba con el auricular pegado a la oreja, escuchando el tono.
Un día abrí una ventana de vapor en el espejo del baño y me miré. Recogí mi pelo en la nuca con el pasador de carey, le di unos toques de color a mi cara. Pinté mis labios. Sonreí. Dejé de llorar. En el armario, mis vestidos, mis jerseys, mis faldas y los zapatos de tacón habían esperado a que aquella nube turbia se disolviera en el cielo. No te llamé más. Dejé que el tiempo transcurriera suave. Y entonces fuiste tú el que volviste a nuestro viejo juego. “Dime que me quieres”, decías en mitad de una de nuestras conversaciones por teléfono, cada vez más largas, más penoso el momento de colgar, más difícil la despedida. “No te quiero”, te contestaba, y tú, como cuando éramos muy jóvenes, te reías.
“Dime que me quieres”, te digo. Me pongo delante. Entre tu mirada y el infinito que sigues explorando todos los días. Y a veces mueves la cabeza y sonríes, aunque nuestro hijo diga que no, que ya no sabes lo que es eso, y acercas tu mano a mi cara. Otras, preguntas quién soy. Las más, ni siquiera contestas. Abro el cuaderno por donde lo dejé el día anterior y sigo escribiendo esta carta. Para que quede ahí, para que no se pierda en el olvido que soy casi siempre para ti, en el olvido que serás, tal vez, para mí. Paro de vez en cuando. Levanto el bolígrafo de punta fina y te observo. Ya no veo ese brillo en tu mirada que unas veces era enfado, otras dudas, y algunas miedo. Aquella viveza con la que me seguías hasta la cocina, abrías el frigorífico y mientras yo terminaba de freír un pescado o de echar los fideos a la sopa, tirabas de la anilla y bebías de la lata de cerveza. ¿Cuándo dejé de pedirte que me dijeras que me querías? ¿Cuándo dejaste de hacerlo tú? No lo recuerdo. Quizás fue un pacto entre los dos, sin que lo acordáramos con palabras. Quizás dejé de pedirte que me dijeras que me querías, porque si me contestabas sí, yo pensaba que era no, que necesitabas tapar algo con ese sí, y si me contestabas no, tal vez te creería. Habías vuelto y ya no era igual que antes. Ni mejor, ni peor, sólo diferente. Con más dudas y miedos quizás, pero también con heridas cicatrizadas de las que habíamos aprendido algo. Volviste y todo fue más reposado, un discurrir de días como si flotáramos en un mar calmo, tú y yo, y también el niño, a quien habías aprendido a amar como algo tuyo, separándolo de mí, de lo que yo pudiera sentir por él. Era un yo contigo, tú conmigo, tú con él, yo con él, tú, él y yo. Un mecerse sobre olas tibias.
Comencé a mirarte todas las noches mientras dormías, con el brazo doblado bajo la nuca. Seguía tu respiración pausada, tus sonrisas, tus llantos; porque sí, a veces reías y llorabas en sueños, y también hablabas. Hablabas de aquella vez, cuando te alejaste de mí porque no soportabas que yo me volcara en el pequeño, y se interpuso entre los dos cuando debía ser de otra manera. Hablabas y nombrabas a una mujer que no era yo. Así son los sueños, traicionan los secretos. Y aquel hueco tuyo, me estuvo mortificando durante un tiempo. Porque yo quería llenar cada uno de tus instantes, seguir tus pasos, conocer tu vida, hacerla mía. Que no hubiera un pedazo tuyo ajeno a mí. Intentaba ocuparlo con una historia y no funcionaba. Porque unas veces era de traición y otras de amores rotos como la porcelana que rompió mi madre cuando mi padre la dejó. ¿Me quieres? Así estuve durante mucho tiempo, intentando despejar esa incógnita que se había quedado, como un cristal duro, invisible, pero imposible de atravesar, entre nosotros. Te espiaba dormido, porque despierto no quería preguntarte e iniciar un nuevo remolino de celos, reproches y otras malas hierbas que había que segar día a día para que no cogieran fuerza y reventaran los cimientos del amor con sus raíces. De aquellas noches en vela, mirándote y escuchando tu bisbiseo y el nombre, siempre el mismo, entre sueños, guardo un recuerdo que, fíjate, lejos de ser amargura en su estado puro, tiene algo de agridulce. Porque sentí que te quería más, admiré el perfil de tu cara, iluminado por la luz de la luna que entraba a través de las rendijas de la persiana, a trozos, con sombras de agujeros negros, como los que yo llevaba en mi interior. De madrugada, me abrazaba a tu cuerpo, y me sentía feliz por poder tenerte a mi lado y dormía hasta que sonaba el despertador y tú te levantabas y me mirabas desde tu altura. Quieto durante unos minutos. Vigilando mi falso sueño. Te miraba a través de dos rendijas, entre los juncos de mis pestañas, sin que tú te dieras cuenta. ¿O tal vez sí?
No fue premeditado. Te inclinaste para darme un beso, como hacías todas las mañanas, después de mirarme. Y yo susurré un nombre que no era el tuyo. Te detuviste a medio camino, y te pusiste serio un momento. Pero enseguida volviste a sonreír. Bajaste hacia mí y, después de besarme, dijiste: “Yo también te quiero”. Y me sentí feliz y algo avergonzada por mí, por las dudas, por el resentimiento acumulado durante todas esas noches. A ti no te importaba que otro nombre habitara mis sueños ¿por qué iba a importarme a mí? A veces pienso que tú, como yo, fingías dormir, y que inventaste un nuevo juego para nosotros. Nunca podré saberlo porque tú ya sólo estás a ratos conmigo y esos ratos se nos van en un mutuo reconocimiento. En tocarnos. Volver a nuestro antiguo juego, decirte una vez más: “Dime que me quieres”. Y contestarme con una sonrisa y un cabeceo, antes de que la mirada se te vaya otra vez detrás de la ventana, de los edificios, del campo, del mar, de la tierra, del espacio, del pozo en el que ahora andas metido, mi querido Alberto.
1/3/11
FINALISTA "CUENTA 140"

Saqué el cuchillo de la caña de mi bota y lo hundí en su pecho. Dicen que era estrabismo, pero lo cierto es que me miró mal.
28/2/11
NOCTÁMBULOS
Caían durante la noche. Rodaban por el tejado. Los tres, escondidos en el sótano, oían cómo chascaban sus huesos y explotaban sus abdómenes hinchados al estrellarse en el porche. Se colaba por las rendijas del tragaluz, el olor de la sangre. Y los dos se rebullían inquietos, tragaban saliva, evitaban mirar al niño, y rogaban para que amaneciera pronto.26/2/11
"ME ACUERDO DE" (relatos leídos por J.J. Millás)
24/2/11
BREVE QUE TE QUIERO BREVE

Recordad que mañana viernes podéis seguir por Internet el recital Breve que te quiero breve: Pinchar aquí.
DETERMINACIÓN

22/2/11
FINALISTA "CUENTA 140"

Tenía la lengua tan afilada que cada vez que la sacaba a trabajar cortaba de un tajo matrimonios y noviazgos.
21/2/11
ROSAS Y MARGARITAS

Yo no discernía entre el tú y el yo. Para mí era nosotras. Y cuando vino la señora del Ayuntamiento y preguntó cómo me llamaba, contesté sin dudarlo: Rosa y Margarita. Al separarme de Rosa, no supe qué hacer ni a dónde ir. Porque era Rosa la que dirigía mis pasos. Así que me quedé varada en el cuarto al que me llevaron, sin mover los pies. Sólo las manos actuaban por su cuenta. Una goma elástica entre los dedos que trenzaba y destrenzaba sin descanso.
Después de un tiempo, me sacaron del cuarto, y me llevaron a un despacho frente a un señor que me hacía preguntas absurdas. Bajé los ojos y lo vi sobre la mesa, encuadrado con una señora a su derecha, y una niña y su réplica con una sonrisa rayada por un hierro, tapándoles medio cuerpo al señor y a la señora. La niña me fue dictando los síes y los noes y contesté al señor hasta que se debió de cansar y soltó aire y movió una mano hacia fuera para que me retirara.
De mamá no supe nada hasta el día en que me llevaron a verla. Me acerqué, y ni se movió de la silla. Miraba al infinito con una sonrisa boba. Estuve sentada frente a sus ojos que veían más allá de la pared, sin decir nada, hasta que la señorita que me acompañaba tiró de mí. Me llevé la sombra de mamá agarrada a mi tobillo. Era ligera y muy flexible. Si levantaba la pierna, ella se quedaba colgando como una mancha. Si giraba el pie, ella se desplazaba. Hasta que ganó confianza y comenzó a moverse por su cuenta. Al poco tiempo, me llevaron de nuevo al despacho del señor de las preguntas y éste me dijo que mamá ya no estaba entre nosotros, que ya no tenía mamá. No dije nada, pero mamá se retorció en el suelo de risa.
De aquellos años guardo el recuerdo de un espejo con tirabuzones de nata alrededor, donde me desdoblaba, como hacía mamá en la habitación grande. Unas veces era Rosa y otras Margarita. Unas veces reía y otras lloraba. Sobre la cama, girando la muñeca, mirando por la ventana, tumbada en el suelo, iban desdoblándose Rosas y Margaritas, como esos monigotes que se recortan de un papel doblado muchas veces y luego se estiran. Sólo que cada una de ellas era única aunque parecida. Se movían distinto, pensaban distinto, hablaban distinto.
Cuando llevaba varios años allí, llegó un señor que fumaba en pipa, seguido de un joven con una cámara. Pasó por el comedor a la hora del desayuno y paseó entre las mesas, con el joven detrás. Se detuvo a mi lado. Yo bebía mi leche y mojaba las galletas. De vez en cuando paraba y le ofrecía a una de las Rosas o de las Margaritas, y ellas decían sí o la rechazaban. El de la pipa anduvo toda la mañana pegado a mí, como si fuera mi otra sombra y el de la cámara como la sombra del señor de la pipa. No me molestaban. Ya estaba acostumbrada a que las demás chicas me siguieran y se rieran de mis conversaciones con mis Rosas y mis Margaritas. Así que continué hablando y moviéndome como si ellos no existieran.
Al día siguiente, volvieron a llevarme al señor de las preguntas y éste me dijo que si quería ser actriz. Yo no quería ser nada, pero me pareció que debía decir que sí porque hablaba de hoteles y dinero y joyas y pieles, y mi mamá siempre dijo que eso era lo mejor del mundo y que si yo no hubiera nacido, ella habría sido tan buena actriz como la gran Rita y habría vivido siempre en la suite de las estrellas, que era la que más le gustaba. Me llevé a las Rosas y Margaritas y ahora, todas las noches van al teatro y hablan y se mueven libremente en el escenario. Luego vienen los aplausos, los bombones y las flores y hay una gran fiesta en el camerino.
El señor que se ocupa de mis cosas dice que puedo tener una casa para mí sola, una gran casa con todo lo que yo quiera, pero yo lo que quiero es volver todas las noches al hotel de mi mamá, subir a la suite de las estrellas, desnudarme frente al espejo, y dejar que salgan todas las Rosas y Margaritas.
18/2/11
EL BRINDIS (Finalista del concurso de abogados -enero 2011)
Cada vez que papá ganaba un caso, lo celebrábamos con un brindis. Mis padres con champán, yo con gaseosa. Papá era muy bueno en su trabajo, demasiado bueno para no hacerle sombra a su jefe. Lo echó del bufete de abogados. Entre nosotros hubo un pacto de silencio. Nunca hablábamos de deudas, pero yo veía cómo se acumulaban los recibos en el mueble de la entrada. Seguimos brindando por éxitos fantasmas. Ellos con gaseosa, como yo, aunque lo llamaban cava. Debimos abandonar el piso para irnos a un hotel de mala muerte. Mamá se empleó en una empresa de limpieza y papá como conserje de un edificio. Con mucho esfuerzo, conseguí llegar a juez. El primero al que senté en el banquillo fue al antiguo jefe de papá, por malversación de fondos. Ese día, compré el mejor cava del mercado y brindé con mis padres en nuestra nueva casa. 16/2/11
GANADOR DE "CUENTA 140"

10/2/11
SE BUSCA
¡Eran tantos! Derribaron muros y ampliaron la hacienda para acoger a padres, hijos, nietos, tíos, sobrinos, cuñados y primos. Un día Lara Seda decidió explorar el lado este de la casa. Encontró a Ray Capullo en un patio bajo una higuera y se lo llevó a vivir con ella. Desde entonces, no dejan de amarse en su cuarto del lado sur. Sara Beis ya lleva empapelado un tercio de la casa con la fotografía de su esposo. Nadie sabe de su paradero.Estaré fuera unos días. Feliz finde y hasta la vuelta.
8/2/11
FINALISTA "CUENTA 140"
7/2/11
6/2/11
LA RECOLECTORA DE LLUVIA
Para mi cuña, querida. Espero que te guste una porción de lo que te gusta la lluvia.
Algunos coleccionan radios antiguas, otros contadores de la luz. Ella colecciona agua de lluvia. Desde el calabobos que escurre de una hoja de eucalipto, a la torrencial de una tormenta de verano cuando reposa en los charcos con olor a tierra removida y raíces de almendros. Se hizo construir un mueble de madera con celdillas donde las iba guardando en botellitas, con la puerta de cristal biselado para que el sol jugara a combinar los colores del arco iris con las diferentes aguas. Y cuando el calor se pone terco y no asoma ni una nube en el cielo y la tierra se abre en múltiples heridas, ella moja, cada noche, un dedo y deja la humedad detrás de las orejas y en el pulso de las muñecas y se duerme con una lluvia fina con olor a madreselva. Pasaba el tiempo recolectando y etiquetando, cuando una mañana, en plena faena, vio desde la terraza a un chico que corría huyendo de un aguacero. Y le sorprendió la idea de que sería bonito tener agua de lluvia de personas. Metió una botellita en el bolso, bajó a la calle y, con el dedo índice, recogió un reguerito que bajaba desde el pelo y corría por la cara pecosa de un niño. Le gustan mucho esas aguas. Espera impaciente a que llegue el otoño y la primavera para guardar unas gotas que tocaron la oreja de un anciano, el mestizaje de una mujer llorando, la cortina que escurre del sombrero de un cantante canalla. Todos colaboran cuando ella les pide permiso para acercar sus dedos, una cucharilla o un bastoncillo de algodón. Todos menos el adolescente. Con él aún no lo ha conseguido. Tiene azogue en el cuerpo, no deja que nadie se le acerque, no le gusta que lo toquen. Pero ella continúa, paciente, un día tras otro, estudiando sus costumbres, siguiendo sus pasos. Ha descubierto que cuando él escucha al petirrojo, se aquieta un momento y mira hacia la hierba con la boca muy abierta como si la vida se hallara a ras de suelo. Algún día coincidirán lluvia, petirrojo y adolescente y allí estará ella para pasar la cucharilla por el hueco de la mano y recoger el agua que escurre de la sudadera, con tanta delicadeza, que ni se enterará de lo que está pasando.
4/2/11
CULEBRONES

2/2/11
ARREPENTIMIENTO
1/2/11
30/1/11
LITERALIDAD
....Y cuando estéis frente a frente, no olvidéis que es el enemigo. ¡Disparad a matar! Acabada la arenga, entrelazó las manos a la espalda y levantó la barbilla, como un dios egipcio. Akil había escuchado con atención las palabras del presidente. Llevó la mano a la cartuchera, sacó la pistola, apuntó con pulso firme y disparó a la cabeza.29/1/11
ARAÑAS
No debí subir a aquel vagón, pero el color champán de su vestido me atrajo como la luz a la polilla, y fui derecho al matadero. Me adormeció el olor del azahar del ramo de ella, el frufrú de sedas y encajes de los invitados. Una tras otra, las estaciones fueron quedando atrás sin que él apareciera. Me agarraron a traición. Cambiaron mi camiseta y mis jeans por camisa, pajarita y frac. Antes de llegar al final de trayecto, ya me habían casado.27/1/11
ALBOROZO

26/1/11
EL PODER
Y entonces te detienes y regresas a los pies de la cama. Muerdes mi labio inferior y lo repasas con la punta de la lengua. Te descalzas y, sin soltar tu presa, abres las distintas puertas. Botones de camisa que se hunden en el ojal, cremalleras con sus dientes separados. Me tumbas con un empellón de tu mano de muñeca nacarada con uñas de sangre. Y consumas tu posesión. Bebo el rojo. Palpo el perfume de vainilla. Veo el aullido salvaje. Oigo las mariposas batiendo alas. Huelo el fa sostenido hasta que estalla. Luego te levantas jadeante. Ajustas la falda de vuelo, el jersey blanco, te pones los zapatos de tacón y caminas, tambaleante, hasta la puerta. Tú tienes el poder. Tú mandas. Pero sólo he de gritar no quiero, para que vuelvas. Tal vez mañana.25/1/11
FINALISTA DE "CUENTA 140"
22/1/11
EL MIEDO (finalista del concurso de microrrelatos sobre abogados de diciembre del 2010)

La primera pena la doblé y la escondí en el bolsillo del pantalón. Fue cuando mataron a mamá en plena calle, la única forma de destruir aquella columna de granito que era ella y acabar con su persecución implacable de las mafias en nuestro país. Con la segunda pena, otro doblez. Fue cuando “la Mandarina” consiguió el sobreseimiento de un caso de asesinato eliminando al testigo. La tercera ocurrió cuando ya ejercía como juez. Sonó la campana de la entrada y apenas tuve tiempo de echarme al suelo. Murió una niña que compraba dulces en la pastelería. Un nuevo doblez de pena. Y entonces el bolsillo reventó y fue el vencimiento de todas las penas. Dejé de ceder ante el miedo, de titubear a la hora de una condena. Ahora, blindado con la armadura de la justicia, hago prevalecer la Ley. Nada ni nadie podrá con Ella.
21/1/11
CRÍA CUERVOS

20/1/11
JUANCHO

Hace tiempo que Nena se marchó. De vez en cuando, Mami entra en la habitación, se sienta en la cama, me coge, me estrecha contra su pecho y se queda así un rato. Yo también la echo de menos.
19/1/11
NADA

En septiembre comenzaba el curso. El primer día, la maestra nos iba nombrando de dos en dos para que ocupáramos los pupitres. A mí siempre me ponía de compañera a Rosa. Ni yo le gustaba a ella, ni ella me gustaba a mí. Trazaba una línea con el lapicero para dejar claro cuál era su espacio, muy limpio, pues pasaba las mañanas lijando la madera. El mío, en cambio, siempre tenía manchas de tinta y rayas de lapiceros. Lo que más me desagradaba de ella, era su cara blanda y rosácea de lechoncillo. Tenía un plumier de madera de dos pisos y le gustaba abrir la tapa del primero y girarlo para descubrir en el segundo las pinturas de colores Alpino. Y así lo dejaba todo el tiempo, para que yo lo envidiara.
17/1/11
BROTES

A papá le gustaba cazar y a mamá la muerte la volvía loca. De vez en cuando ella se quedaba ausente frente a una liebre desangrándose en el fregadero, y no volvía al sol ni a las caricias, ni a las llamadas. Entonces desaparecía durante una temporada y papá y yo la íbamos a visitar los domingos a la residencia que había al final de una carretera algo tortuosa, colina arriba, entre campos muy verdes y lagunas de orquídeas custodiadas. Papá siempre decía que no debía tener miedo de ver a mamá en aquel estado en que no me reconocía, que era porque necesitaba un tiempo de descanso y que esa era su manera de descansar; pero no me gustaba su mirada hueca, tampoco que no contestara a papá cuando le hablaba. Deseaba tanto su regreso que cuando lo hacía, no me importaba que durante unos días estuviera regañando por el desorden que encontraba en la casa.
Las ausencias de mamá fueron cada vez más largas, más profundas, y poco a poco, papá y yo nos acostumbramos a vivir solos, aunque él siguió yendo puntual, cada domingo, a hablarle de los últimos brotes de las flores de nieve que a ella tanto le gustaban, mientras veía caer la lluvia en el jardín, y se unía a los chorretones de llanto que escurrían en el cristal de la ventana.
Cuando me fui, mamá ya había muerto de una muerte dulce, en mitad de una noche muy oscura y manchada de estrellas, de una primavera empapada de agua y flores. Papá quiso quedarse en la casa, tan grande y vacía de presencias pero llena de fantasmas de colores cálidos que caminaban con él por las habitaciones y le hablaban y removían una y otra vez las brasas de los recuerdos.
Ahora he vuelto para cuidarlo. Nada serio dice él mientras la tos le corta el aliento. Nada serio dice el médico. Pero yo creo que el deseo aletargado despertó y que pronto será tan fuerte que nada podrá detenerlo.
13/1/11
CÓMO HACER UNA PAELLA SIN ABRASARTE

(Este microrrelato es mi pequeña aportación a la propuesta de Agus)
Para hacer una buena paella campera sin correr riesgos, hay que contratar un pinche de cocina. Fundamental porque será el encargado de buscar la leña y encender el fuego. También estará atento a echar el conejo en la paellera, sobre todo si hay hígado, por si salta y abrasa alguna mano. Es importante que sea éste el que retire troncos ardiendo o ascuas, si el fuego está muy vivo; nos evitaremos así pisarlas y quedarnos sin gomas en los zapatos, o ir arrastrando de por vida un carbón incrustado que raye el suelo de negro. Luego viene lo de echar el caldo. También se encargará él porque puede ocurrir que la paellera tenga el culo combado y se nos venga el caldillo azafranero hacia los pies. Una vez cocido el arroz, será el pinche el que lo retire del fuego, todos sabemos lo difícil que es coger la paellera de las asas sin que se te queden los dedos soldados al metal.
Mientras el arroz reposa, le damos al pinche la pomada para las quemaduras que se haya podido producir, luego le pagamos lo convenido y lo largamos con una palmada en la espalda y una sonrisa.
Con los guantes de cocina, el delantal del gallo, regalo de “Avecren”, y la cabeza muy alta, cogeremos la paellera y la llevaremos a la mesa donde toda la familia aplaudirá al cocinero. Desde ese momento tendremos la tarde libre. Después de comer y escuchar las alabanzas de todos, podremos extender la manta en la hierba y echarnos una siestecita, que nos la hemos merecido. Eso si las hormigas, moscas, avispas y otros animalitos camperos dan su permiso.
CORAZONADA

Él esperaba, tumbado en un banco. Me senté al otro lado, cerca del túnel. Colgadas del techo, las pantallas tiraban frases cortas y machaconas, como anuncios de colonias. Hablaban de muertos. De la espesura llegó el trac-trac de los raíles vencidos por el peso de las ruedas. Se levantó. Yo hice lo mismo en el otro extremo. Llevaba una gabardina arrugada que me hizo sonreír al recordar a Colombo. El convoy asomó el morro y fue aminorando la velocidad hasta detenerse. Pulsé el botón y las puertas del vagón se abrieron. Una pareja de jóvenes besándose, una rubia con zapatos de tacón de aguja y falda ceñida, y un par de mulatos con un radiocasete y la música alta, viajaban conmigo. Me senté, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento. El tren era un pasillo largo, sin separaciones entre los vagones. Giré la cara y miré hacia el fondo. Él avanzaba con las piernas algo abiertas, buscando el equilibrio, hacia donde yo estaba. Desde lejos, más que Colombo, me pareció un loco, pues sólo a un perturbado se le ocurriría ir con gabardina en el mes de agosto. Me sobresaltó ese detalle. Conforme se iba acercando, reparé en la boca del periódico enrollado bajo el brazo. Tuve un pálpito, uno de esos presentimientos que me vienen de golpe, y vi los cañones recortados, la pareja de jóvenes agonizando en sus asientos, los mulatos y el aparato lanzados contra la chapa del vagón y la rubia despatarrada cerca de la puerta. Me puse en pie intentando mantener la calma. Conté el sonido de sus pasos amplificados en mi cabeza. En sordina la música rapera. Calculé. Veinte segundos para entrar en la estación. Tenía la espalda empapada. Sobre todo, no pierdas la serenidad, me dije. El metro tomó una curva y él tuvo que parar y agarrarse a una barra. Una bolsa vacía de patatas, plateada y verde mar, barrió el suelo. Cuando él reanudó el paso, el tren aminoraba la marcha. Me levanté, puse el dedo en el botón aguardando a que se detuviera y, en cuanto las puertas se abrieron, salí corriendo. Al llegar a la escalera mecánica, mis piernas se doblaron. Caí sobre los primeros peldaños, que tiraron de mi cuerpo hacia la salida.
11/1/11
FINALISTA "CUENTA 140"

Para Navidad, mamá compró un pollo vivo y lo metió en la carbonera. Mi hermano quería ser cura. Antes de matarlo le dio la extremaunción.
7/1/11
MICRORRELATO EN LA NAVE DE LOS LOCOS
6/1/11
IMAGINEMOS (Para Juan Leante en nuestro aniversario)

¿Y si pasáramos un paño por nuestras vidas, como cuando limpias el cristal de una ventana? ¿Y si nos asomáramos a ver pasar a la gente? Tal vez pudiéramos observar a lo lejos a esa chica de pelo corto, vaquero, camiseta, chaleco de borrego y sandalias, caminando calle abajo. Y al joven de melena, botas lustradas y guerrera verde oliva viniendo del otro lado. Atentos al paso, al momento único, al encuentro rozándose apenas un brazo. Y luego seguirían, sin volver la cabeza, cada uno en su mundo recién estrenado, o casi, cada uno en su ilusión. Y él se movería por el barrio, buscando, siempre buscando. Y ella pasearía por los colegios mayores, buscando, siempre buscando. Tal vez un día él encontraría a una chica y se iría a vivir con ella y tendría hijos y se movería por su mundo. Quizá ella conociera a un chico y se iría a vivir con él y tendría hijos y se movería por su mundo. Y se borrarían la rosa, la canción, el tirón de pelos, los besos, los abrazos, los encuentros, los desencuentros, los hijos, las fatigas, las alegrías, las penas, los regalos, la pasión, el dolor, el bálsamo, la ilusión, las caídas y las levantadas, los viajes, la mirada de frente un día en un piso, el baile, el cortejo; lo vivido, en fin.
Pero entonces ¿qué sería de nosotros? Rebobinemos. La ventana se queda como está, algo rayada quizá por el paso de los años, algo empañada también, pero si pasamos un papel secante con cuidado quedará impregnado de colores vivos, colores de vida. Treinta y siete años juntos. Y más.
4/1/11
FINALISTA DE "CUENTA 140"
3/1/11
POST-IT (finalista del concurso de abogados de agosto del 2010)
Te lo dejo escrito en la nevera, bajo una raja de sandía. Al fin he roto esta burbuja asfixiante con nombre de casa. Años me ha costado. No bastaba con el deseo que, al igual que a ti, rezumaba por los poros del alma. Tú te lanzaste a la desesperada, con aquel pasador de encuestas. Te salió rana. Y volviste al redil, derrotada, dispuesta a aceptar como un decreto, una vida de sombra. Pero yo no volveré. No quiero ver más tu dedo índice cruzando el temblor de tus labios, sólo porque él haya dado instrucciones de que no se oiga el vuelo de una mosca durante la siesta. Me voy con la mochila bien llena. Estudiaré leyes, como el abuelo. Pero, a diferencia de él, entenderé que la ley no es, no debe ser siempre castigo, también es derecho, libertad y protección del débil, como tú, madre. 










